Los efectos de la luna

La de hoy es una entrada diferente, un ejemplo de cómo la luna puede influir en la observación, tanto como si hubiera un foco de luz cerca de nuestro lugar de observación. La primera observación la realicé el 2 de Septiembre, con la luna llena muy cerca de este interesante objeto. Aquí adjunto el enlace para conocerlo un poco más en detalle:

https://elnidodelastronomo.wordpress.com/2015/09/06/antepasados-ic-2003-y-ngc-1514/

En esa ocasión lo vi como una esfera de bajo brillo superificial, aunque visible con visión directa, rodeando a una estrella central. Ningún detalle pude apreciar en su interior.

NGC 1514 (con luna)

En esta segunda imagen queda reflejado tal y como lo vi un mes y medio después, el 15 de Octubre, en una noche clara y sin luna. Pude verlo con mayores aumentos sin problemas de turbulencias, y llegué a distinguir esos dos entrantes que caracterizan a esta bonita planetaria, con visión periférica.

NGC 1514 (sin luna)

También, siendo objetivos, hay que tener en cuenta que en mes y medio el ojo ha tenido tiempo de adaptarse mejor a este tipo de objetos y siempre hay un entrenamiento detrás de cada observación que realizamos, por lo que es posible que ese factor también influya. Sería interesante realizar los dibujos de forma más seguida, lo cual apunto en mi lista de tareas pendientes.

La joven NGC 7027

Las nebulosas planetarias son, como ya sabemos, las exhalaciones de las estrellas que, moribundas, comienzan a apagarse poco a poco. Es una fase que dura relativamente poco tiempo y presenta una gran variedad de formas. La nebulosa que vamos a ver hoy es especial, no sólo por su forma, sino porque es la nebulosa más joven que se conoce hasta ahora, habiéndose formado hace la irrisoria cantidad de 600 años. En términos astronómicos, que suelen medirse en millones de años, la edad de NGC 7027 es el equivalente a un zigoto recién formado, lo cual nos permite ver, en primera línea, cómo se forman estas grandes masas de gas. Esta nebulosa planetaria es, por tanto, una de las más estudiadas por los astrofísicos.

Fue descubierta en 1878 por Edouard Stephan, famoso por descubrir también el conocido como “Quinteto de Stephan”, que será la siguiente entrada del blog. Hasta 1996 se pensaba que NGC 7027 era una nebulosa protoplanetaria, la fase anterior a una nebulosa planetaria, en la que la estrella central no tiene energía Foto NGC 7027suficiente para ionizar el gas expelido (también tendrán su propia entrada en breves). En ese año, el telescopio Hubble mostró al mundo su verdadera naturaleza y el gas ionizado que brillaba en su interior, pasando a ser considerada entonces una nebulosa planetaria, pero especialmente joven. Su estrella central tiene una masa unas 3-4 veces mayor que nuestro sol, y se encuentra a “tan sólo” 3.000 años luz de nosotros. Dicha distancia hace pensar que debería tener un tamaño considerable, pero lo cierto es que es verdaderamente pequeña. Mientras que la mayoría de nebulosas planetarias miden más de un año luz de diámetro, NGC 7027 mide 0.1×0.2 años luz, como decíamos, es como una nebulosa recién nacida. El gas se aleja de la estrella a 17 km por segundo, necesitando sólo 10 minutos para recorrer la tierra de un extremo a otro, y unos 100 días para cubrir la distancia que nos separa del sol.

En fotografías de larga exposición destacan una serie de distintas capas superpuestas entre sí. En la imagen del Hubble se aprecian varias capas circulares a modo de cebolla, formadas por sucesivas expansiones de la cubierta de la estrella. En su interior el gas expelido, debido a los vientos y a la rotación de la estrella, ha dado lugar a una forma de almohada muy característica de esta nebulosa, partida en dos por el centro. Una gran fuente de rayos X y radiación infrarroja sale de esta región, signo de las altas temperaturas a las que está sometido.

Al buscar NGC 7027 tenemos que conocer bien la zona que vamos a ver, pues es una región muy poblada de estrellas, en plena constelación del cisne, y la nebulosa es bastante pequeña, midiendo unos escasos 14 segundos de arco. Por este motivo tendremos que usar el ocular de mayor aumento que dispongamos,

Ya a bajos aumentos podemos verla como una estrella brillante (tiene una magnitud 10) y algo engrosada. El observador habituado a las planetarias pequeñas sabrá apreciar esa sensación de que “no es una estrella normal”. Mayores aumentos muestran un engrosamiento de una pequeña mancha con forma ligeramente alargada. Tuve que usar 214 aumentos para ver claramente como esa mancha se dividía en dos y adquiría cierta forma rectangular, siendo más brillante en cada uno de sus polos. Una de las partes destaca con un tamaño algo mayor que la otra, pero aun así sus dimensiones son bastante pequeñas. El filtro OIII resalta una barbaridad el brillo de la nebulosa, haciéndola distinguible del resto de estrellas, si bien no me resultó muy útil para diferenciar las dos partes.

NGC 7027

Como complemento a esta visita podemos dar una vuelta por NGC 7044, un lejano cúmulo abierto que se encuentra a 10.000 años luz de nosotros. Es especialmente interesante porque se aprecia como una nube pequeña y lejana, tanto que es verdadera difícil distinguir sus estrellas. A 125 aumentos empiezan a aparecer algunas chisporroteando sobre el fondo blanquecino. Sea como fuera, es una agradable visión que no deberíamos obviar si pasamos por esta zona.Foto NGC 7044

Desentrañando a Cefeo (NGC 7419 y NGC 7354)

La constelación de Cefeo se encuentra en una posición privilegiada para observar durante el verano, y a partir de estos meses irá descendiendo paulatinamente hasta esconderse bajo el horizonte al norte de nosotros. Ya hemos visto algunos objetos verdaderamente interesantes que guarda en sus dominios, como NGC 6946 o NGC 7023, y hoy vamos a sumar otros dos a la lista, un cúmulo abierto y una nebulosa planetaria.

NGC 7419 es un pequeño cúmulo abierto que yace entre Cefeo y Casiopea, en una zona densamente poblada por estrellas, como corresponde al camino de la Vía Láctea en su región otoñal. Se encuentra situado a una gran distancia de nosotros, a 61.300 años luz, lo cual, si tenemos en cuenta que el centro de la galaxia está a unos 27.000 años luz, es una dimensión importante. Se encuentra, pues, al “otro lado” de la Vía Láctea, de ahí su bajo brillo. Es peculiar porque se han descubierto en él 5 supergigantes rojas, las estrellas de mayor diámetro que se conocen hasta ahora. Uno pensaría que deben ser extremadamente calientes, pero la realidad es totalmente opuesta, pues presentan muy poca densidad, con lo cual lo que hacen realmente es enfriarse conforme más grandes son. Dentro del espectro, suelen ser de tipo K y M, las más rojas conocidas. Tras esta etapa de gigante roja, las estrellas terminarán su vida, de forma silenciosa o en forma de supernova. Otras estrellas de este tipo más famosas son, por ejemplo, Betelgeuse en Orión o Antares en Escorpio (no necesitan presentación y ya hablaremos de ellas a su debido momento). En el corazón de NGC 7419 brilla, además, una estrella de carbono, que resulta cuando la estrella ha quemado su hidrógeno, componiéndose principal de helio. Entonces los átomos de helio se agrupan de tres  en tres y, a la vez que sueltan energía, forman átomos de carbono. Estas estrellas son de un color rojizo oscuro, muy interesantes a la vista, aunque la componente de este cúmulo se escapa al alcance del aficionado.

A bajos aumentos NGC 7419 ya se sospecha al lado de una estrella más brillante, el ojo percibe claramente, si la noche es buena, que ahí hay algo que no debería estar. A 125 aumentos se percibe una nebulosidad de forma alargada con un chisporroteo de estrellas en su interior. Envueltas en una difusa nebulosa que arropa al cúmulo, a 214 aumentos obtuve la mejor imagen, pudiendo distinguir unas 10 estrellas débiles, parpadeando unas junto a otras, en un espacio que medirá unos 4-5 minutos de arco. La nebulosidad de fondo me recordaba a esos cúmulos irresolubles, aunque en este caso obedece realmente a la presencia de gases, los restos de la formación de ese grupo de estrellas tan lejanas. No pude apreciar tonalidades rojas que se correspondieran a las supergigantes, supongo que el bajo brillo imposibilita distinguir los colores, pero quizá alguien con más sensibilidad sea capaz de conseguirlo.

NGC 7419

El siguiente objeto se encuentra bastante más cerca de nuestro sistema solar, a 4.200 años luz de distancia. Es NGC 7354, una bonita nebulosa planetaria con estructura anular perfectamente asequible a la mayoría de telescopios. En fotografías se pueden apreciar dos capas de gases, una externa perfectamente circular y otra interna más ovalada. Ambas son el resultado de expulsar los gases de la envoltura estelar en diferentes momentos de la vida de la estrella central, que luego han sido moldeados por los vientos solares generados. Esta estrella es una enana blanca que brilla con una magnitud 16, fuera del alcance del telescopio medio.

NGC 7354

Al ocular ya destaca como algo especial a bajos aumentos. Es un objeto de bajo brillo, más débil que otras como M57 o NGC 2022. Aun así, no es difícil identificarla entre el brillante campo de estrellas circundantes. Mayores aumentos serán necesarios para distinguir su estructura. A 214 aumentos se aprecia una pequeña nebulosa con cierta forma ovalada, no llega a ser un círculo perfecto. Con el filtro OIII el brillo de sus bordes se incrementa sustancialmente y muestra todo el esplendor de una nebulosa anular, con la zona interior más oscura. En su interior no se aprecia estrella alguna, pero ver estos anillos de humo en el cielo es una fuente inagotable para la vista.

Planetarias australes (NGC 1360 y NGC 1535)

Los cielos más meridionales guardan tesoros fascinantes para descubrir. A los observadores del hemisferio norte no nos queda más remedio que sorprendernos con estas maravillas intentando cazarlas a vuelo bajo sobre el horizonte. En esta ocasión me topé, casi sin quererlo, con dos bonitas planetarias de las constelaciones Fornax y Eridanus. Una madrugada con el cielo especialmente limpio busqué en mi lista de objetos a observar. Como desde mi casa hay cierta contaminación lumínica (cielos suburbanos cercanos a Granada) decidí echar un ojo a nebulosas planetarias que tuviera apuntadas. Gracias a esa inesperada y clara noche descubrí estos dos objetos.

El primero de ellos, NGC 1360, es una nebulosa planetaria que se encuentra cerca de alfa fornacis. Resulta raro este término, y es que Fórnax es una de esas constelaciones “extrañas” cuya culpa es viajar a tan baja altura. Además, esta estrella, la más brillante de la constelación, brilla con una magnitud de 3.90, con lo cual podemos hacernos una idea de lo débil que es. Sus estrellas tienen una disposición característica que, personalmente, en nada recuerdan a un horno, y es fácil que las confundamos con otras vecinas, por lo que es importante conocernos bien la zona para poder movernos con efectividad. Por cierto, aunque había una diosa griega del pan y la cocción, esta constelación tiene su origen en un homenaje a Lavoisier, el famoso químico del siglo XVIII.

NGC 1360 se encuentra cerca de un triángulo de estrellas brillantes, cerca de dos de ellas que presentan una curiosa disposición simétrica que se aprecia muy bien por el buscador. Cuando apunté a donde debía estar la nebulosa apenas vi nada, “algo” neblinoso alrededor de una estrella débil… Pero no me cabía duda, ahí debía estar NGC 1360. Decidí poner entonces el filtro OIII y no pude contener una exclamación. ¡Eso sí que es aprovechar un filtro! Como por arte de magia, una enorme nebulosa apareció ante mis ojos, con una forma totalmente inusual para mí, un óvalo alrededor de la estrella, con una luz fantasmagórica pero de bordes muy bien delimitados. Mediría unos 10 minutos de arco de longitud, algo más de la mitad de anchura. A 65x la visión era muy cómoda, empeorando a mayores aumentos. Con el filtro eso sí, la estrella central prácticamente se desvanecía.

NGC 1360


 Teniendo en cuenta las condiciones del cielo no puedo quejarme de la observación, si bien tendré que apuntarle desde cielos más oscuros para intentar ver alguna irregularidad de su superficie y una mayor cantidad de estrellas en el campo. Por suerte no va a desaparecer próximamente.

La siguiente sorpresa, que se convirtió en uno de mis objetos favoritos, fue NGC 1535. Es otra nebulosa planetaria situada, esta vez, en Eridanus, no muy lejos del anterior. Nada más aparecer en el ocular impregnó mi retina de un bonito color azul, el primer color que realmente distingo, y me quedé intentando recordar si había leído algo sobre ella. No recordé nada, así que me dispuse a disfrutar como un niño chico, que ya luego habría tiempo de buscar información.

NGC 1535

A bajos aumentos la vislumbré fácilmente, una esfera pequeña y brillante, muy brillante, resaltando sobre todas las estrellas de alrededor. A mayores aumentos fui descubriendo las maravillas que tenía. Una estrella brillaba en el centro fácilmente visible, rodeada por la nebulosa, que resaltaba bastante con el filtro OIII, aunque decidí no usarlo para no perder el atractivo de la estrella. A 214 aumentos, con el cielo nítido, la visión era espectacular. La estrella central se encontraba rodeada por un anillo más denso, y éste, a su vez, por una corona difuminada de gas, perfectamente definida, con ese color azul tan característico. Me costó trabajo despegarme del ocular.

Luego comprobé en Internet su forma, idéntica a lo que había visto, y el nombre por el que se la conoce, “El Ojo de Cleopatra” (probablemente por el color azul, aunque no se sabe realmente Foto NGC 1535cómo tenía los ojos. Elisabeth Taylor, que hizo de Cleopatra en la gran pantalla, sí los tenía azulados). Como dato extra, unos días después la apunté de nuevo en un cielo mucho más oscuro pero con peor seeing. Curiosamente la imagen fue bastante peor que desde mi terraza, a pesar de una diferencia de casi dos magnitudes en el cielo. Con este ejemplo me ha quedado más claro que, a la hora de ver la mayoría de planetarias, el seeing es el que manda. A unos 5.000 años luz de distancia, las distintas capas que la componen no son más que suspiros que han ocurrido separados en el tiempo, latidos de la enana blanca que habita en su centro, pulsos que se irán espaciando hasta que se apague por completo. En un acto de heroísmo, esos gases acabarán formando el corazón de nuevas estrellas.

Dueto meridional (NGC 246 y NGC 255)

Seguimos en la constelación de Cetus, esta vez para hablar de una pareja de objetos, a la altura de otras parejas como NGC 6712 e IC 1295, NGC 253 y NGC 188, o NGC 6940 y NGC 6946… Este tipo de objetos tiene algo especial, al mostrarnos al mismo tiempo dos variedades de cuerpos celestes completamente diferentes, independientes entre sí, pero que parecen haber nacido el uno para el otro. En esta ocasión nos referimos a una nebulosa planetaria y una lejana galaxia, NGC 246 y NGC 255, ambas fáciles de encontrar cerca de Deneb Algenubi o eta Ceti, el vértice izquierdo del triángulo que marca la cola de Cetus. Como recuerdo mitológico cabe decir que Cetus era el que iba a ser verdugo de Andrómeda, sacrificada por sus padres (Casiopea y Cefeo) como ofrenda por haber ofendido a Poseidon diciendo que su hija era la más bella. Por suerte Perseo llevaba encima una cabeza de Medusa que usó para petrificar al monstruo marino y rescatar a su amada Andrómeda (esta historia viene a ser los tres cerditos de los griegos, así salían de aquellos niños esos guerreros que no conocían el miedo…).

Un ocular que nos proporcione un grado de campo visual ya nos permite apreciar cómodamente a estos dos objetos. NGC 246, también conocida como Caldwell 56 o la nebulosa del esqueleto, es una nebulosa planetaria relativamente grande y con varios misterios a su espalda. Por un lado Herschel la describe en 1785 como un trapecio de cuatro o cinco brillantes estrellas en cuyo interior hay cierta nebulosidad lechosa… Ya de entrada hay algo que no cuadra, ¿cuatro estrellas o cinco? Si son brillantes no debería haber ninguna duda… De hecho, al ver fotografías se ven claramente las estrellas brillantes, y la nebulosa no está encuadrada dentro de ningún trapecio. Observadores con experiencia, en la década de los 80, manifestaron no ser capaces de ver la estrella central de la nebulosa, que brilla con una magnitud 12. Para más inri, dicha estrella a principios de siglo brillaba con una magnitud 9, por lo que ha ido perdiendo brillo gradualmente. ¿Cómo es posible que haya tantas disparidades? Según O’Meara, puede deberse a que una parte de la nebulosa es bastante más débil, por lo que si no se tiene en cuenta esa región, la zona central caería en zona de nebulosa sin estrella central. El hecho de que sea una nebulosa de bajo brillo superficial la hace predisponente a estos errores, que en ocasiones son más bien ilusiones ópticas.

Foto NGC 246Lo que sí está claro es que no todos los días podemos ver una nebulosa planetaria de esta disposición, con estrellas tan brillantes sobre ella. Además, su estrella central es en realidad doble, con una compañera a 3’’8 de distancia. Sería relativamente fácil de separar si no fuera porque brilla con una magnitud 14, inmersa además en la nebulosidad, lo que la pone fuera del alcance de la mayoría de telescopios de aficionado.

NGC 246 es el resultado de la rápida muerte de una estrella, rápida en el sentido astronómico (hablamos de un proceso de unos 10.000 años). Su estrella central va camino de convertirse en una enana blanca, con un diámetro poco mayor que el de la Tierra. A 1.600 años luz de nosotros, es un objeto relativamente cercano que nos permite poder estudiarlo con detenimiento.  Ya a bajos aumentos podemos apreciar “algo” en el ocular que resulta extraño. Con mirada periférica y fijándonos bien somos capaces de apreciar un disco relativamente amplio, de unos 4 minutos de arco, siendo la imagen bastante mejor a 125 aumentos. Vemos claramente entonces su forma redondeada, con cuatro brillantes estrellas en su interior, una de las cuales linda con el borde. El filtro OIII ayuda bastante a aumentar el contraste de esta bonita planetaria, y a altos aumentos ya podemos comprobar que su superficie no es completamente regular. Tras un rato de adaptación conseguí ver dos regiones más oscuras, una situada en el centro y otra un poco hacia la periférica, englobando a una de las estrellas. Es de agradecer estos detalles que aumentan aún más el interés de la planetaria.

NGC246-255

A apenas medio grado de NGC 246 podemos encontrar a su compañero visual, NGC 255, una galaxia espiral que sitúa miles de veces más lejos que la nebulosa, a unos 60 millones de años luz. Es, concretamente, una espiral barrada que se nos presenta de frente, si bien es demasiado pequeña y débil como para apreciar ningún detalle. Sus brazos están plagados de regiones HII y zonas de formación de estrellas azules, lo cual indica que es una galaxia relativamente joven.

Visualmente sólo se aprecia como una mancha redondeada y difusa, fácil de ver a cualquier aumento, si bien no hay detalles que ver, aunque no deja de ser una interesante visión. Contemplar dos objetos tan dispares y tan lejanos al mismo tiempo le hace a uno sentir pequeño, una de las sensaciones de la astronomía, sin duda, que más enganchan.

Miradas desde el cielo (NGC 6543)

William Herschel apuntó su telescopio a una nebulosa en 1786, y quedó maravillado al ver que una pequeña estrella brillaba en su interior. Pensó entonces que lo que estaba contemplando no era sino el nacimiento de una estrella nueva. Era la primera vez que alguien observaba la estrella central de una nebulosa planetaria. Un siglo después, William   Huggins determinó su espectro, topándose con que dicha nebulosa estaba formada de gas, entre otros, hidrógeno, magnesio y un elemento desconocido que recibió el nombre de “nebulium”. Posteriormente se sabría que dicho elemento correspondía al oxígeno ionizado, tan frecuente en las nebulosas planetarias. La gran relevancia de conocer su naturaleza gaseosa, razonadamente lógica, era que en esa época se pensaba que todas las nebulosas eran en realidad aglomeraciones de estrellas (cómo en los cúmulos globulares), y que la visión como nebulosidad simplemente era debida a la incapacidad de los telescopios contemporáneos para resolver sus estrellas. El descubrimiento de Huggins cambió esa concepción, confirmando que en el espacio también existían nubes de gas. Esta nebulosa “pionera” sobre la que tantos descubrimientos se hicieron no es otra que NGC 6543. Situada a una distancia entre 3.000 y 4.000 años luz, ha sido una de las nebulosas planetarias más estudiadas y, sin duda, una de las más complejas que podemos encontrar en el cosmos.

Foto NGC 6543

NGC 6543 es una muestra de los caprichos dinámicos del espacio, donde el sobrenombre “Ojo de Gato”, con el que se la conoce, se queda corto. En las fotografías de larga exposición vemos numerosas volutas de humo, anillos, arcos con forma de “S” que rodean a la estrella central formando espirales… Una mezcla de formas y colores que elevan a esta nebulosa a la primera división. Pero, ¿por qué tiene esa forma? Si una estrella es perfectamente esférica cabría suponer formas igualmente regulares si se desprende de su envoltura. Parece ser que hay varias posibilidades. Una de las más probables es que se deba a la presencia de una compañera estelar que orbita muy cercanamente a la estrella central (aunque no se ha detectado hasta ahora), de forma que en cada vuelta deformaría el gas que emana de la principal y lo despediría formando las características volutas que podemos ver. Fuertes vientos también contribuirán a esculpirla, con una velocidad mayor a 6 millones de kilómetros por hora, número que se dice muy rápido. Sea como sea, no podemos negar que es una de las visiones más interesantes que pueden existir de forma natural. Su estrella central es de tipo espectral O7, una estrella azul que se viste a 80.000 grados de temperatura y es de la mitad del tamaño del sol. Sin embargo, posee un brillo 10.000 veces mayor. Lo que hace la distancia…

La visión de NGC 6543 por el telescopio no muestra la espectacularidad de las fotografías, pero puede llegar a ser verdaderamente gratificante. Es visible ya a bajo aumento como una estrella gruesa y desenfocada. A 125 aumentos se aprecia su estrella central, tímida, de magnitud algo superior a 11, rodeada de un círculo nebuloso. Alguna irregularidad podemos apreciar entonces, pero merece la pena acercarnos más. A 214 aumentos ya somos plenamente conscientes de que no estamos ante la típica planetaria (si es que realmente existe la “típica” planetaria). La estrella central se halla rodeada por un pequeño anillo redondeado, perfectamente definido. Abrazando a este anillo podemos ver una nebulosidad más débil con forma ovalada, con los extremos inferior y superior estrechos, casi en punta. Verdaderamente parece un ojo observando desde la oscuridad del cielo.

NGC 6543

De vez en cuando, especialmente con mirada periférica, se advierten algunas líneas fantasmales que salen del círculo interno y desaparecen en una fracción de segundo. Por un momento la razón te dice que es un espejismo, pero una parte de ti se niega a aceptarlo. Posteriormente, al compararlo con las fotografías, se confirma que existen tales líneas fantasmales. Todavía no he podido disfrutar de NGC 6543 en una noche verdaderamente buena y un horizonte limpio, así que esperaré a la madrugada de los meses invernales para darle otra oportunidad. Es lo bueno de nuestra afición, siempre va a haber nuevas oportunidades.

Bajo el ala del cisne (NGC 6894 y NGC 6940)

El cisne, en plena vía láctea, es un verdadero museo estelar, contando en su haber con una incontable colección de objetos de todo tipo. Bajo una de sus alas, junto a los imponentes Velos, el cisne guarda dos joyas poco reconocidas, accesibles ambas a instrumentos de pequeña abertura.

El primero de ellos es una bonita nebulosa planetaria, el último suspiro de una estrella moribunda que ha querido dejar un recuerdo de su presencia para la posteridad (o, al menos, para los próximos 10.000 años). NGC 6894 stripesSe trata de NGC 6894, un objeto de bajo brillo superficial pero agradecido bajo buenos cielos. Es una nebulosa planetaria con forma de anillo que recuerda a la famosa M57. A su lado, en fotografías de larga exposición, presenta tres franjas de nebulosidad, paralelas entre sí y demasiado débiles para ser observadas a simple vista. Su orientación convierte en culpable de su presencia, según un estudio reciente, al medio interestelar (conocido por sus siglas en inglés ISM). Este medio interestelar hace referencia al espacio que hay entre las estrellas que, lejos de lo que se cree, no es vacío precisamente. Está formado por átomos de distintos elementos, con un 90% de hidrógeno, en estado principalmente gaseoso y algo de polvo (un 1% del total). Este ISM se clasifica según su temperatura en tres categorías, y cuando es más frío favorece el depósito de sus elementos y la aglomeración, siendo el germen de futuras nebulosas y posteriores estrellas. Además, está sujeto a los fuertes vientos electromagnéticos provocados por las estrellas y la rotación de la galaxia. Tendemos a creer que el espacio entre las estrellas es un oscuro desierto vacío, pero lo cierto es que es un mar de vientos y gases en constante movimiento.

NGC 6894

Al mirar con el telescopio a NGC 6894 llama la atención el gran tamaño si lo comparamos con la mayoría de nebulosas planetarias, que son poco mayores que puntos en el cielo. El disco de esta nebulosa se aprecia perfectamente, débil al principio, más intenso conforme el ojo se va a acostumbrando a la oscuridad. Una vez adaptados, a partir de 125 aumentos, deja ver, intermitentemente, un borde más brillante, que le otorga un bonito aspecto anular. Con el filtro OIII esta característica queda bastante más contrastada, apreciándose como un débil anillo de humo, una réplica algo más tenue de M57. Es una imagen muy sugerente que se queda grabada en la retina.

El siguiente objeto, NGC 6940, es mucho más luminoso, un cúmulo abierto que se encuentra dentro de los límites de la constelación de Vulpecula (un nombre peculiar, pero preferible a “La Zorra”). A 2.500 años luz de nosotros, este cúmulo abierto es una gran aglomeración de estrellas azules y rojas que vagan juntas por el cielo. Con una magnitud de 6.30, debería ser visible a simple vista bajo un cielo oscuro.

NGC 6940

Con prismáticos es una visión excepcional, una nube alargada con pequeñas estrellas hormigueando en su interior, flotando en medio de la vía láctea. Al telescopio es un espectáculo impresionante, no sólo por el cúmulo, sino por el marco de la imagen, con cientos de estrellas brillando a su alrededor. No en vano estamos apuntando a uno de los brazos de nuestra galaxia. Varias estrellas brillantes guardan entre ellas a NGC 6940, una concentración de un centenar de astros de diferentes brillos que rellenan un espacio de unos 15-20 minutos de arco. Hay tantas que es difícil, por no decir imposible, definir cuáles pertenecen al cúmulo, que en teoría posee unas 80. Un fondo que parece neblinoso deja de ser tal cuando se mira atentamente a 125 aumentos, dejando claro que la supuesta nebulosa no son más que estrellas, más aún de las que parecía. El cúmulo tiene una forma ligeramente alargada, diría que en “Y”, siendo el extremo central y uno de los lados más abundantes en estrellas. Justo antes de terminar me llamó la atención una estrella que ocupaba el centro del cúmulo, que brillaba con un intenso tono rojo. Personalmente, me considero una persona con baja sensibilidad al color, pero esta estrella la pude apreciar sin lugar a dudas. Luego, comparando con fotografías, pude comprobar que, efectivamente, una bonita estrella roja preside el conjunto, poniendo el broche de oro a este objeto.