Un lejano vecino (NGC 6652)

Hoy le toca el turno a un compañero de M69, un globular que podemos visitar de paso cuando observemos en el interior de la “tetera” de Sagitario. NGC 6522 fue descubierto por James Dunlop en 1826, casi 50 años después que M69, a pesar de que se encuentra a sólo un grado de distancia aparente.

Foto NGC 6652

NGC 6652 dista 32.900 años luz de nosotros y es uno de los globulares más cercanos al núcleo de la Vía Láctea, a poco más de 6.000 años luz de distancia. Todo parece indicar que se formó en el halo galáctico, a pesar de que se encuentre en el bulbo, probablemente atraído en el pasado por la intensa gravedad de nuestra galaxia. Posee una baja metalicidad, una pista más para corroborar su origen alejado del núcleo, ya que si se hubiera formado en las regiones centrales la “contaminación” del espacio interestelar habría producido estrellas de mayor metalicidad, formadas por elementos más pesados. Su edad se estima en unos 11.700 millones de años, por lo que estamos ante un cúmulo relativamente joven.

En 2012 el telescopio Chandra encontró hasta 11 fuentes emisoras de rayos X. Por un lado, algunas de ellas están relacionadas con binarias de rayos X, un sistema binario compuesto por una estrella “normal” que gira en torno a una estrella de neutrones o agujero negro, cediendo parte de su masa a su masivo compañero, momento en el cual se emiten grandes cantidades de rayos X. Otras de las fuentes parecen ser estrellas de neutrones que brillan como faros cósmicos, mientras que algunas otras se correlacionan con variables cataclísmicas (son sistemas binarios en los que una enana blanca absorbe materia de una estrella compañera, de una manera similar a las binarias de rayos X, produciendo un aumento súbito de la magnitud de la estrella).

Para llegar a NGC 6652 podemos salir de M69, bajando al sur hasta una hilera de estrellas brillantes (la más occidental, por cierto, se llama HD 170479 y es una estrella doble con sus dos componentes separados por 3 segundos de arco, con magnitudes de 5.4 y 9.7). Al otro extremo encontramos el cúmulo globular, que brilla con una magnitud 8.5 y un diámetro de unos 6 minutos de arco. A bajo aumento aparece como pequeña esfera nebulosa, sin un gradiente remarcable. Al usar mayores aumentos (en mi caso utilicé el ocular Cronus de 7 mm, con 214 aumentos) el núcleo aparece de aspecto estelar y los bordes parecen alcanzar una mayor distancia, sin cambios bruscos en la homogeneidad de su superficie. Con paciencia comienzan a vislumbrarse algunas estrellas salpicando la periferia del globular, con sutiles destellos que necesitan un cielo oscuro para ser distinguidos. Uno puede imaginar que son los reflejos de esas exóticas estrellas que mandan ráfagas de rayos X, añadiendo interés a un cúmulo pequeño pero ciertamente sugestivo.

NGC 6652

Ambiguo M69

No hace falta esperar mucho estos días para ver cómo asoma Sagitario sobre el horizonte, con la famosa “tetera” bien definida acompañando a una perfilada y grumosa Vía Láctea. Pues bien, vamos a sumergirnos en esta tetera para contemplar dos de sus cúmulos globulares, el primero de los cuales pertenece al catálogo Messier.

Foto M69

M69, también conocido como NGC 6637, fue descubierto por Charless Messier en 1780, siendo uno de los cúmulos globulares más débiles de su lista. Se encuentra a 29.700 años luz de nosotros, a tan sólo 6.000 años luz del centro galáctico. De la misma manera, M70 es un vecino próximo, habiendo entre ambos algo menos de 2.000 años luz: tiene que ser asombrosa su visión recíproca, o mejor aún, la vista desde algún planeta cercano a los dos. Su radio es de unos 42 años luz y tiene una masa equivalente a 300.000 masas solares. La mitad de esta masa está condensada en los 7.2 años luz centrales, a pesar de lo cual pertenece a la categoría V de la clasificación Shapley-Sawyer, una concentración moderada pero sin llegar a extremo.

Entre sus estrellas más masivas podemos ver algunas de tipo espectral G2, lo cual nos da una información privilegiada sobre su edad. Al principio de su formación un globular cuenta con estrellas de todo tipo, pero son las más masivas las que tienen una vida más corta. Estas estrellas son las gigantes azules de tipo espectral O, a las que siguen las blancas de tipo B y A, de manera que van desapareciendo progresivamente. Conociendo el tipo espectral de las estrellas más masivas del cúmulo podemos inferir la edad. Sería una lógica similar a: “las estrellas de tipo A tienen una vida de 12.000 millones de años y las de tipo G de 15.000 millones de años, si en el cúmulo no hay ninguna de tipo A pero sí las hay de tipo G, entonces la edad del cúmulo estará entre 12.000 y 15.000 millones de años”. De esta manera se conoce que la edad de M69 es de unos 13.000 millones de años, algo que no cuadra con la metalicidad del cúmulo (y aquí introducimos un segundo dato importante). En el universo joven las cantidades de hidrógeno y helio eran mayores a las que hay ahora, ya que los elementos más pesados se han ido formando en el interior de las estrellas con posteridad. Así, la muerte de las estrellas ha esparcido los elementos más pesados y ha contaminado el medio: las estrellas de mayor metalicidad se han formado en etapas posteriores, mientras que las de baja metalicidad se formaron en una época en la que el hidrógeno y helio eran mucho más abundantes. De esta manera, la metalicidad de M69 choca directamente con lo que sabemos por su tipo espectral. Para un globular de 13.000 millones de años cabría esperar una metalicidad muy baja, pero en este cúmulo nos topamos con lo contrario, un importante enriquecimiento de elementos pesados. La causa de este desajuste reside directamente en la localización del cúmulo, ya que se encuentra en el bulbo de nuestra galaxia, en la zona central donde hay una mayor proliferación de estrellas y, por tanto, una mayor cantidad de elementos pesados. Por tanto, podemos decir que la metalicidad de una estrella depende principalmente de su edad, pero también del lugar en el que se haya formado.

M69 tiene un tamaño de 10 minutos de arco y una magnitud de 8.3, por lo que es fácilmente visible a través de unos pequeños prismáticos, aunque sólo lo veremos como una pequeña estrella desenfocada. Al telescopio M69 nos muestra su esplendor, sobre todo si observamos desde un lugar oscuro y con una atmósfera limpia. Podremos disfrutar entonces de su enjambre de estrellas que brillan formando una esfera luminosa. Con el Celestron C11 numerosas estrellas salpicaban toda su superficie, llegando a resolverse incluso en el mismo núcleo. Éste, pequeño y de forma triangular, se diferenciaba claramente de la periferia, presentando un notable incremento de brillo, como corresponde a un globular de concentración V. El campo colindante, repleto de puntos, nos recuerda que estamos observando el barrio central de nuestra galaxia, un lugar lleno de transeúntes.

M69

Bajo la laguna (NGC 6553)

El cielo de verano se va adelantando cada noche, y con él una miríada de estrellas puebla nuestros ojos cuando miramos a través del telescopio. Vamos dejando atrás las galaxias perdidas en un mar oscuro para encontrar luciérnagas de múltiples colores allá donde miremos, con nebulosas, cúmulos… Estamos apuntando directamente al centro de nuestra galaxia. Hemos hablado en varias ocasiones de M8, la Nebulosa de la Laguna, y también dedicamos una entrada a NGC 6544, un interesante globular que se encontraba justo debajo. Pues bien, hoy vamos a seguir bajando por este camino celeste para llegar a otro cúmulo globular, apenas situado a un grado de la nebulosa.

Foto NGC 6553

NGC 6553 se encuentra a 19.600 años luz de distancia de nosotros, casi en línea recta hacia el centro de nuestra galaxia, del que dista unos 7.200 años luz. Es una zona difícil de observar debido a la ingente cantidad de polvo, gas y estrellas que se interpone: estamos observando a través los densos brazos de nuestra galaxia. William Herschel descubrió este globular en 1784, si bien creía que era una nebulosa planetaria al no distinguir ninguna estrella en su interior. NGC 6553 se encuentra inmerso en una órbita casi circular alrededor del núcleo galáctico. Tiene una metalicidad alta y pertenece a la población de cúmulos globulares del bulbo, lo cual se asocia a una edad relativamente joven. Sin embargo se ha estimado su edad en unos entre 12 y 13 mil millones de años, por lo que se formó durante los primeros momentos de vida de la Vía Láctea. Gracias a estos datos podemos aventurar que el bulbo galáctico se enriqueció de metales en esa franja de tiempo, probablemente por la explosión de las primeras grandes estrellas, que poblaron el cielo con hierro, carbono y elementos más pesados.

NGC 6553 pertenece a la categoría XI de la clasificación Shapley-Sawyer, lo cual habla en favor de una baja concentración de estrellas, que presentarán un brillo relativamente homogéneo. Efectivamente, al telescopio no encontramos ningún intenso núcleo brillando sobre el resto, sino una masa nubosa de similar brillo que no destaca especialmente. Tiene unos 4 minutos de arco y una magnitud conjunta de 8, con lo cual no resulta difícil de detectar. Distinguir sus finas estrellas, sin embargo, requerirá unos buenos cielos y apertura moderada. Con mi Dobson de 30 cm lo observé a 214 aumentos, observando una interesante esfera difusa en cuyos bordes se adivinaban varias franjas estelares. Algunas otras, diminutas, salpicaban su superficie, ayudando a sentir que esa débil nubecilla era en realidad una masa formada por miles de soles. Los bordes, poco definidos, exhibían dos débiles protuberancias como si fueran dos orejas triangulares, añadiendo un toque personal a este lejano vecino.

NGC 6553

Nova en Sagitario. ¿Qué es y cómo verla?

El cielo no es un lienzo inmóvil e inerte, como hemos podido comprobar a menudo a lo largo de la historia. El ser humano ha sido testigo, desde que mira al cielo, de apariciones repentinas de estrellas desconocidas hasta entonces. No nos referimos a estrellas fugaces, sino estrellas que, de repente, aparecen incrustadas en el firmamento y tardan días e incluso semanas en desaparecer. Nos referimos a las novas, término acuñado por Tycho Brahe en el siglo XVI, cuya experiencia podemos repetir hoy si disponemos de unos prismáticos o de un pequeño telescopio. Porque sí, podemos decir que “ha nacido” una estrella en nuestro cielo. Antes de describir su posición vamos a dar unas nociones para conocer el proceso del que estamos hablando, y entenderemos entonces que, más que “nacer”, el término más adecuado sería “renacer”.

Vamos a viajar varios miles de años atrás, muy lejos de la Tierra, a un peculiar sistema solar en dirección a la constelación de Sagitario. Conforme nos acercamos podemos apreciar que, en realidad, está compuesto por dos estrellas, una de ellas grande y roja, mientras que la otra, extremadamente pequeña y blanca, nos llama poderosamente la atención. A pesar de ser más pequeña, notamos como se nos eriza el cabello y la nave en la que vamos sufre unas pequeñas vibraciones que denotan un fuerte campo gravitatorio. Pero no es eso lo más llamativo, sino que el material más externo de la estrella rojiza está siendo atraído por la enana blanca, hidrógeno y helio en su mayor parte, tan alejados de su estrella que la gravedad no es capaz de retenerlos. Se ha superado lo que se conoce como “lóbulo de Roch”, el punto del espacio tras el cual un cuerpo escapa de la influencia de su estrella. Contemplamos atónitos como este material va girando alrededor de la enana blanca, formando un bonito disco que nos recuerda a los anillos de Saturno. Nos acercaremos para curiosear…

foto-nova-enana

La actividad de la enana blanca es mínima, es una estrella en las últimas etapas de su vida, ya que ha quemado casi todo el combustible disponible. Sin embargo, la estrella roja, cediendo parte de su material, está recargando su depósito una vez más. El material del disco hace que aumente la presión en las capas externas de la enana blanca y, si recordamos las clases del colegio, al aumentar la presión aumenta la temperatura, con lo cual la estrella vuelve a disponer de las herramientas para quemar hidrógeno. Se produce entonces la combustión repentina de este elemento en diversos puntos de la atmósfera estelar, un proceso en cual dos átomos de hidrógeno se unen para formar helio y, como resultado, desprenden una ingente cantidad de energía. Esta fusión conjunta promueve una gargantuesca liberación de radiación electromagnética, luz y otros tipos de ondas que salen despedidos al exterior en una gran explosión. La estrella ha renacido…

Volvemos a nuestro tiempo y a nuestro hogar, a salvo de estos cataclísmicos eventos, y cogemos nuestro telescopio. Miramos ahora a la nova de la que hemos oído hablar y nos sorprende verla como una estrella más. Si no supiéramos la historia que hay tras ella no tendría mayor interés para nosotros, pero saber que esa estrella era invisible hasta hace unos días le da otro sentido al asunto. En unos días volverá a apagarse, pero el cosmos sigue su curso, y la enana blanca seguirá absorbiendo material de la gigante roja, con lo cual, tras varios días, o incluso meses, es posible que vuelva a brillar de nuevo, arrojando más información sobre su composición, estructura y composición.

Una vez conocida su naturaleza, vamos a salir a la caza de este peculiar evento. Para ello necesitaremos algún instrumento óptico, ya sean unos buenos prismáticos o un pequeño telescopio, quizás ese que tenemos guardado en el garaje desde aquélla Navidad… La hora también es decisiva, porque se encuentra en Sagitario, y sólo podremos verlo a primera hora de la noche, cuando la luz del sol haya desaparecido por completo. Primero tenemos que conocer cómo es la constelación de Sagitario, que muchos comparan con una casa o, más acertadamente, con una tetera, y se situará al oeste, por encima de donde se pone el sol. En el siguiente dibujo tenéis un esquema para encontrarla. Vamos a situarnos en la estrella Gamma Sagittarii, que es la boquilla de la tetera, y a ella apuntaremos nuestros instrumentos.

Foto Nova Sag.jpg

Justo encima hay otra estrella brillante y, si seguimos foto-nova-mapahacia arriba y un poco a la izquierda, veremos otra estrella relativamente destacada. Continuamos en la misma dirección y podremos apreciar una curiosa agrupación de 4 estrellas alineadas que apuntan directamente a la nova. Si apuntamos con unos prismáticos no veremos más que la nova, pero en el telescopio nos puede llamar la atención un estrecho trapecio, con dos de sus esquinas más brillantes. Una de ellas es nuestra nova, la brillante enana blanca que nos envía su luz tras haber revivido y nos permite asombrarnos desde nuestro humilde planeta. Paradójicamente, la luz que vemos de ella es anaranjada, probablemente enrojecida a raíz de las capas de polvo y gas que se interponen en su camino hasta llegar a nosotros.

La nova, que ha recibido el romántico nombre TCP J18102829-2729590, fue descubierta el 20 de octubre por el japonés Koichi Itagaki, y en sólo dos días aumentó drásticamente su brillo, para mantenerse relativamente estable a lo largo de esta semana. Aprovechemos para disfrutar de ella antes de que su luz se vuelva a apagar.

Nova Sag 2016.png

Las tres caras del hidrógeno (IC 1283, NGC 6589, NGC 6590)

Todos sabemos ya que el hidrógeno es el elemento más común en el universo, formando parte del agua que bebemos, el aire que respiramos y las grandes nubes que hay entre las estrellas. De estas nubes vamos a hablar hoy, así como de las distintas formas de hidrógeno que podemos encontrar en el cielo, eligiendo para ello una zona verdaderamente interesante en la que confluyen varias corrientes de gas.

El hidrógeno atómico, o neutro, es la forma más simple de este elemento, un protón y un electrón en constante interacción, y forma grandes nubes que se diseminan por todo el universo. Estas nubes se conocen como regiones HI, zonas de gas poco denso y frío (temperaturas de 150ºC bajo cero), invisible a nuestros ojos. Sin embargo, con instrumentos especializados se puede detectar, ya que emite una línea espectral característica que se conoce como línea de 21 cm. Si dos átomos se unen obtenemos una molécula, y eso es básicamente el material del que están formadas las grandes nubes moleculares, hidrógeno molecular o H2. Éstas predominan en las regiones de los brazos galácticos y son el lugar donde se forman nuevas estrellas, gracias a la progresiva condensación y enfriamiento de sus partículas. Al igual que el hidrógeno atómico, el H2 no es apreciable a simple vista. Sin embargo, con determinados instrumentos podemos localizar algunos otros elementos químicos que acompañan siempre a estas nubes moleculares, como es el caso del monóxido de carbono (CO). De esta manera, la existencia de monóxido de carbono en el cosmos nos revela la presencia concomitante de hidrógeno molecular. La última forma del hidrógeno, y la que mejor conocemos en astronomía, es el hidrógeno ionizado, el protagonista de las regiones HII. Cuando una estrella nace y adquiere suficiente energía, su radiación es capaz de ionizar átomos de hidrógeno, es decir, el electrón es arrancado del átomo y en su interior queda, tan sólo, un solitario protón. En el momento en que el electrón se desprende, emite radiación electromagnética en una determinada longitud de onda, ésta vez visible por nuestros ojos y detectada en determinados instrumentos como una luz característicamente rojiza. Este es el motivo por el que gran parte de las nebulosas tienen esa tonalidad en fotografías, como ocurre con M42, M8 o Sh2-112. En la siguiente imagen, obtenida por Sergio Eguivar, vamos adelantando el espectáculo al que vamos a dedicar la entrada:

Con esta breve introducción teórica ya estamos en disposición de asomarnos al telescopio para “observar” con otros ojos y ver en directo el proceso del que estamos hablando. Justo por debajo de M24, la cual tratamos extensamente en esta entrada, se encuentra una zona de encrucijada entre varias nubes de gas, situadas a una distancia algo mayor de 5000 años luz. La más llamativa, una gran masa de hidrógeno molecular, se denomina Lynds 291 y tiene una forma alargada y geniculada, de más de 250 años luz de longitud y hasta 65 años luz de anchura. En fotografías de larga exposición aparece como una zona oscurecida, ya que, como hemos comentado al principio, el hidrógeno molecular no se percibe en visual. Sin embargo, al norte de la nube podemos apreciar una zona rojiza que corresponde a Sh2-37, uno de nuestros objetivos de esta noche. También se conoce como IC 1283, Gum 78 o RCW 153A, y es la parte más brillante y densa de una región HII de mayor envergadura que tiene forma de anillo y se denomina RCW 153. En toda su extensión, esta nube de hidrógeno ionizado nos envía sus fotones, indicándonos que en su seno se están formando multitud de estrellas. Sh2-37 es fácil de apreciar a través del ocular, como una débil nubecilla difusa alrededor de la brillante estrella HD 167815, de magnitud 7 y tipo espectral B (en realidad es un sistema binario), que es la responsable de ionizar el hidrógeno. El filtro UHC realza el brillo de la nebulosa, aunque sigue teniendo una forma poco definida, y su mayor superficie parece extenderse hacia el sur.

foto-rcw-153

RCW 153. A la derecha abajo Sh2-37

Volvemos la vista atrás para conocer otra región HII conocida como Sh2-35, alargada y extremadamente débil, difícil incluso de captar en fotografías de larga exposición. Se encuentra al sureste de Lynds 291 y junto a ella encontramos varias estrellas de tipo espectral O y B, estrellas extremadamente jóvenes y energéticas que ionizan todo el gas que hay a su alrededor, conformando la denominada Asociación Sag OB7. Los brazos de nuestra galaxia están poblados de asociaciones como estas que dan color al cielo y generan nuevas estrellas a partir de simple hidrógeno, como el que forma parte de las moléculas de nuestras células. Hay un dato interesante sobre esta zona y tiene que ver con la otra cara del hidrógeno que nos queda por ver, el hidrógeno neutro. Éste se encuentra disperso formando grandes nubes y, como comentábamos al principio, se puede detectar gracias a la línea de emisión de 21 cm. Pues bien, gracias a instrumentos que detectan esta línea de misión se ha podido comprobar que existe una burbuja exenta de hidrógeno neutro justo alrededor de Sh2-37 y Sag OB7, un vacío en expansión similar al que dejaría una persona que salta a una piscina llena de agua. Las grandes estrellas recién formadas producen fuertes vientos capaces de remover y dispersar el gas que las rodea, y eso es lo que ha ocurrido en este lugar, aunque al parecer hay un factor más que promueve la expansión de esta burbuja en la nube de hidrógeno neutro. Todo apunta al efecto producido por varias supernovas ocurridas en los últimos millones de años, estimándose entre 9 y 13 de ellas que, mediante sus ondas expansivas, han “barrido” el gas interestelar.

En el siguiente esquema he intentado representar las distintas nubes de gas que participan en este encuentro galáctico, quedando M24 al norte de la escena:

mapa-sag-ob7

Si miramos con cautela puede que distingamos dos pequeñas nubecillas azuladas que se encuentran cerca de Sh2-37, representadas en el esquema en color celeste. Se trata de dos interesantes nebulosas de reflexión que pertenecen al complejo gaseoso RCW 153. También formadas mayoritariamente por hidrógeno, la luz azulada no es más que un reflejo de las estrellas que hay en su interior. Estas estrellas no tienen energía suficiente para ionizar el hidrógeno, sino que el gas cercano, así como el polvo, reflejan su luz hacia nosotros. Son estrellas azuladas, de ahí el color que percibimos en las fotografías de larga exposición.

La más brillante de ellas es NGC 6590 (aunque en algunos sitios aparece como NGC 6595 que, al parecer, hace alusión a un cúmulo abierto inexistente), situada en torno a una estrella doble cuyas componentes, ambas de magnitud 10, tienen una separación de 20 segundos de arco. En fotografías aparece, junto a estas estrellas, una pequeña nebulosa oscura muy opaca que, seguramente, estará al alcance de telescopios medianos si la noche es buena y nos permite usar aumentos considerables. En mi caso no pude apreciarla (tampoco conocía su existencia), así que habrá que hacerle otra visita más adelante. La otra nebulosa de reflexión, algo más pequeña, es NGC 6589, un poco más débil también pero interesante de ver junto a sus compañeras gaseosas. Con visión periférica se ve con mayor facilidad, mientras que los filtros la hacen desaparecer prácticamente, una prueba más de que no es una nebulosa de emisión.

ngc-6589

Para disfrutar de este complejo de objetos será mejor que lo hagamos en una noche bien oscura, alejados de las luces de la ciudad. Usemos primero unos prismáticos de gran campo para deleitarnos con la miríada de estrellas que pueblan el ocular. Tratemos de recordar la disposición de las distintas nubes que hemos visto y situémoslas con ayuda de la imaginación. No es difícil si tenemos el esquema claro en nuestra mente. Nos podemos ayudar de la nube molecular L291, que aparece como una zona especialmente vacía en contraste con la Vía Láctea colindante. Luego usemos el telescopio para enfrascarnos, poco a poco, en cada uno de los rincones que esta increíble zona tiene para ofrecernos. Cuando cacemos las principales nebulosas no nos quedemos ahí, intentemos ir más allá. ¿Somos capaces de ver la nebulosa oscura de NGC 6589? Puede que necesitemos varios minutos, media hora, una hora… No hay prisa, y si se nos resiste no tenemos más que volver otra noche en la que las condiciones sean más favorables. A base de práctica terminaremos por desentrañar los misterios de estas nubes celestes.

Mirando a través de la ventana (M24)

El que traemos hoy es quizás el objeto más peculiar de todo el catálogo Messier, debido, precisamente, a que no es un “objeto” como tal… ¿Cómo? Se trata de M24, catalogada en numerosas ocasiones como “nube estelar” o incluso como cúmulo abierto, pero esas denominaciones se alejan de su verdadera naturaleza. Para comprender lo que estamos viendo alejémonos por un momento de telescopios, prismáticos y pantallas de ordenador, yéndonos a un lugar oscuro en el que, al menos, podamos ver ligeramente la Vía Láctea surcando el cielo. Vemos que discurre desde el noreste, acompañando a Casiopea, hasta terminar entre Sagitario y Escorpio (más al sur si observamos desde latitudes meridionales), y podremos apreciar que se encuentra parcheada, con claroscuros bien definidos que la hacen completamente irregular. Pues bien, todas estas diferencias en su brillo se deben a ingentes cantidades de polvo y materia interestelar que se encuentran bloqueando nuestra visión del brazo de la galaxia, como si una pared traslúcida nos permitiera ver tan sólo una fracción del total de estrellas que discurren por el lechoso camino. Imaginemos por un momento el alto brillo que tendría la Vía Láctea si no fuera por este polvo: y, si no queremos imaginarlo, no tenemos más que dirigir nuestra mirada a M24.

M24 es una ventana, una zona del cielo libre de polvo y gas que nos muestra directamente lo que hay detrás, una claraboya que nos permite mirar directamente al brazo de Norma. Atravesamos, de esa manera, nuestro propio grupo de estrellas, el brazo de Sagitario-Carina e incluso el brazo de Centauro para sumergirnos aún más lejos, entre estrellas que se encuentran más allá de 12.000 años luz de distancia. Con el siguiente esquema podemos hacernos una idea de nuestro punto de vista:

Vía Láctea M24.png

Apuntemos con nuestros prismáticos al “cúmulo” estelar, y nos sorprenderemos con la cantidad de estrellas que podemos contar. De hecho, es el lugar donde más estrellas podemos ver en el mismo campo del ocular, habiendo mil de ellas al alcance de cualquier instrumento, dispersas por una superficie de apenas 2 grados de ancho y 1 de alto. Tan brillante es que puede apreciarse a simple vista como un enaltecimiento de la Vía Láctea, entre las pequeñas manchas que se corresponden con M8, la Laguna, y M17, la Nebulosa del Cisne. Si no fuera por el polvo interestelar toda la Vía Láctea tendría un brillo similar a M24, tanta luz que incluso proyectaría nuestra sombra sobre el suelo. En esta fotografía, realizada por Juan Francisco Salinas Jiménez, podemos apreciar la zona en cuestión: es verdaderamente difícil hacerse a la idea de que esa condensación de la Vía Láctea se sitúa en realidad mucho más lejos que las regiones colindantes, que pertenecen al cercano brazo de Sagitario-Carina.

foto-via-lactea-m24

Autor: Juan Francisco Salinas Jiménez

La ventana que supone M24 tiene, a 12.000 años luz de distancia, un diámetro de unos 600 años luz, y en ella vemos la superposición de estrellas, cúmulos y nebulosas que se sitúan incluso a 16.000 años luz de distancia. Muy relacionado con esta situación se encuentra el término “extinción”, que no es más que el oscurecimiento de los objetos debido a la absorción y dispersión de la radiación electromagnética producida, principalmente, por gas y polvo. Por regla general se ha calculado que la extinción es responsable de que, por cada 3200 años luz de distancia, el brillo de los objetos disminuya entre 0.7 y 1 magnitudes. A 12.000 años luz, donde comienzan las estrellas de M24, esto supondría una disminución de su brillo en casi 4 magnitudes, pero la extinción de M24 se ha estimado en tan sólo 1.5.

M24, conocida también como la “Pequeña Nube de Sagitario” (la Gran Nube de Sagitario es otra región especialmente brillante y de mayor tamaño que se encuentra al oeste de la constelación), es realmente espectacular a través de unos simples prismáticos. Con una forma alargada, cientos de estrellas brillan en su interior, resultando imposible contarlas todas. La mayoría de ellas tienen una edad muy joven, de unos 220 millones de años, aunque destacan algunas estrellas rojizas que denotan una vida más larga y, probablemente, una situación más periférica con respecto al núcleo de la galaxia. Una de las más destacadas, apreciable sin dificultad a través de los prismáticos, al norte de M24, se denomina HD 167720, con una magnitud de 5.8. Es de tipo espectral K4 y, a casi 1000 años luz de distancia, es una gigante roja con un diámetro 40 veces mayor que nuestro sol.

Pero no nos quedemos en la visión global de esta familia de estrellas que, si bien resulta sobrecogedora, tiene más que ofrecernos si nos fijamos en los detalles. Sus dos elementos más llamativos, si la noche es oscura, serán dos nebulosas oscuras conocidas como Barnard 92 y Barnard 93, ambas situadas a una distancia mucho más cercana, a pocos cientos de años luz. El gas que las forma no se encuentra iluminado por ninguna fuente de luz, por lo que actúan como una pared bloqueando por completo lo que hay tras ellas. La más evidente es B92, que cuenta con una opacidad de 6 (siendo ese valor el más oscuro en la escala que elaboró Edward Emerson Barnard), mientras que B93, más pequeña, tiene un valor de opacidad de 4. Aparecen como dos pequeñas manchas negras, al norte de M24, siendo B93, más alargada, la única que contiene una débil estrella en su interior. B93, por cierto, era conocida antiguamente como el “agujero negro”, aunque dicho nombre quedó en desuso tras el descubrimiento de los famosos agujeros negros, que nada tienen que ver con estas nubes oscuras.

m24

Otro detalle llamativo de M24 es un cúmulo abierto que a menudo se ha confundido con la propia nube estelar. Se trata de NGC 6603, un interesante cúmulo abierto situado a unos 12.000 años luz de distancia. Esta familia de estrellas tiene una edad estimada en 200 millones de años, suficientes para que la nebulosa que les diera origen se haya diseminado por completo. La mayoría de ellas son de tipo espectral B, una treintena de componentes cuyo brillo individual no supera la magnitud 14. Sin embargo, su alta densidad hace que el cúmulo en conjunto brille con una magnitud de 11.4, por lo que será fácil de apreciar como una pequeña nebulosidad en el centro de M24. Con el Dobson de 30 cm se aprecian multitud de sus componentes, si bien con los prismáticos de 22×100 mm sólo se distingue una minúscula nubecilla redondeada, apenas destacada entre el inmenso brillo de la nube estelar. Por cierto, muy cerca de este cúmulo hay una estrella doble visible a bajo aumento, HD 168021. Sus dos componentes, de magnitudes 6.4 y 7.9, tienen una separación de 18 segundos de arco. La enorme cantidad de estrellas, sin embargo, resta protagonismo a este sistema binario que, de otra manera, captaría invariablemente nuestra atención.

m24-detalles

M24 contiene aún otros tesoros por resolver: una pequeña nebulosa planetaria denominada NGC 6567, más cúmulos abiertos como Collinder 469 y Markarian 18, así como algunas nebulosas oscuras menos evidentes. Tendremos tiempo para ir estudiando todos estos detalles, completando así la topografía de esta ventana al interior de nuestra galaxia. Muy cerca, además, como podemos comprobar en el dibujo, está el cúmulo abierto M18, así como otras grandes regiones HII que iremos viendo progresivamente.

Vida y muerte de una estrella a través de un pequeño refractor

Cuando tuve en mis manos el Nextar 102SLT pensé que estaba sujetando un juguete, acostumbrado a mi Dobson de 30 cm que tengo que transportar en varias partes. Nunca imaginé que iba a poder ver las cosas que he visto a través de este tubo de 10 cm y con el detalle que las he observado, y me ha hecho tener más claro aún que lo importante para disfrutar de la astronomía con plenitud es disponer de un cielo oscuro. En las siguientes líneas voy a hacer un repaso del nacimiento y la muerte de las estrellas, usando dibujos que he elaborado mirando por este refractor de 102 mm de abertura y 660 mm de focal. Los oculares empleados han sido un Panoptic de 24 mm, un Hyperion de 13 mm y un Kronus de 5 mm.

Comenzamos nuestro viaje a 4000 años luz de nuestro hogar, hacia una inmensa nube que recibe el nombre de M8 o, más popularmente, la Nebulosa de la Laguna. En el universo no existe el vacío de forma literal, encontramos nubes de hidrógeno poblando sus rincones, moviéndose a merced del viento que generan las estrellas más jóvenes o de los suspiros que exhalan las más ancianas. M8 es una inmensa región HII, una nebulosa en la cual se están gestando estrellas a partir del hidrógeno circundante, estrellas que podemos apreciar fácilmente si nos asomamos al ocular. La noche que observé M8 a través del telescopio me esperaba ver una nube poco definida y alargada, con algunas estrellas en el campo de visión, pero en seguida comprobé lo equivocado que estaba. Aparecían varias nubes principales alrededor del pequeño cúmulo de estrellas y de otras dos estrellas más brillantes a la izquierda. Estas dos se continuaban con la porción de nebulosa más brillante, estando separadas del resto por una franja oscura. Más que laguna, siempre he pensado que debería considerarse un río, y esa sensación la encontré fácilmente en el refractor. Otras zonas más densas destacaban también a ambos lados de este “río lóbrego”, expandiendo los límites de la guardería estelar. La mejor visión la obtuve con el ocular Hyperion de 13 mm, que me proporcionaba unos cómodos 50 aumentos. El filtro UHC exaltaba aún más cada uno de estos accidentes geográficos, magnificando un objeto ya de por sí inigualable.

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Conocido ya el entorno en el que se forman las estrellas, vamos a ver ahora el futuro que le espera a nuestro sol, así como a la mayoría de estrellas de masa similar. Una vez agotado el combustible (hidrógeno y helio, principalmente), la gravedad va comprimiendo la estrella cada vez más al mismo tiempo que su atmósfera se expande en todas direcciones, creando una burbuja de gas a su alrededor. En el centro queda una enana blanca, una estrella pequeña y extremadamente caliente que puede alcanzar los 150.000 grados de temperatura. Uno de los ejemplos más conocidos de este tipo de objetos es M57, la Nebulosa del Anillo, en la constelación de Lyra. De nuevo la observé algo escéptico, pensando que iba a percibir un objeto extremadamente pequeño y que a duras penas conseguiría distinguir el anillo. Pues bien, un espectacular anillo de humo apareció en el ocular de 5 mm, a 132 aumentos, tan denso que se veía sobradamente con visión directa. Su tamaño no suponía ningún problema, adoptando una forma más bien ovalada, apreciándose incluso sus bordes más engrosados en los lados más estrechos. No necesité usar ningún filtro, ya la visión a través del ocular era, prácticamente, tan buena como la que he visto a través de mi Dobson de 30 cm. En este último puedo aspirar a observarla con un mayor tamaño, pero la diferencia de abertura hace que merezca la pena el pequeño refractor, en aras de un transporte más cómodo. La enana blanca no aparece en el centro del anillo, su magnitud la aleja de las posibilidades del 102SLT, pero no es difícil usar la imaginación para visualizarla allí, a 2283 años luz de distancia, exhalando su último suspiro.

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Ya sabemos lo que ocurrirá a nuestro sol, y vamos a terminar esta visita observando en un primer plano lo que ocurre cuando una estrella “grande” termina sus días. En este caso no es un suspiro, sino una verdadera explosión de dimensiones cataclísmicas lo que tiene lugar, lo que denominamos como supernova. En las estrellas con una masa 8 veces mayor que nuestro sol, cuando se quedan sin combustible, la gravedad colapsa la estrella tan rápido y con tanta fuerza que produce, en su núcleo, una densidad tan inmensa que la estrella explota, literalmente, esparciendo su contenido por todo el universo circundante. En el seno de esta explosión es donde se han creado algunos de los elementos químicos que forman parte de nosotros, como el calcio de nuestros huesos. Somos, pues, el resultado de la muerte de una gran estrella que tuvo lugar hace millones de años. Si miramos arriba en las noches de verano podemos ver los restos de una de estas supernovas, conocida como la Nebulosa del Velo, en la constelación del Cisne. Situada a 1500 años luz de distancia, es una enorme nebulosa que se formó hace unos 8000 años, tan grande que no es tarea fácil encuadrarla de una vez en el campo de visión. Cuando la observé a través del refractor tuve que ahogar un grito de emoción al contemplar su forma tan clara y definida. Observé una de las partes de esta “onda expansiva”, NGC 6992, la que se asemeja a la rama de un árbol con pequeñas ramificaciones en su extremo. El único requisito para disfrutar de esta nebulosa es contar con un filtro OIII, que hace aparecer, como por arte de magia, la nebulosa en toda su extensión. Con una forma curvada, posee numerosas condensaciones, algunos filamentos más brillantes que parecen salir del cuerpo principal y, cerca de uno de sus extremos, emite dos llamativas ramificaciones en ángulo recto. Con esta variedad de formas podemos sentir la fuerza de este evento que avanza por el cielo como una ola rompiendo contras las rocas, a miles de kilómetros por hora.

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*Si quieres conocer mejor el proceso que tiene lugar en una supernova te recomiendo leer el siguiente artículo:

https://elnidodelastronomo.com/2015/12/04/seda-sobre-negro-ngc-6992-y-ngc-6960/

*Ficha técnica del telescopio Celestron 102SLT.