Vida y muerte de una estrella a través de un pequeño refractor

Cuando tuve en mis manos el Nextar 102SLT pensé que estaba sujetando un juguete, acostumbrado a mi Dobson de 30 cm que tengo que transportar en varias partes. Nunca imaginé que iba a poder ver las cosas que he visto a través de este tubo de 10 cm y con el detalle que las he observado, y me ha hecho tener más claro aún que lo importante para disfrutar de la astronomía con plenitud es disponer de un cielo oscuro. En las siguientes líneas voy a hacer un repaso del nacimiento y la muerte de las estrellas, usando dibujos que he elaborado mirando por este refractor de 102 mm de abertura y 660 mm de focal. Los oculares empleados han sido un Panoptic de 24 mm, un Hyperion de 13 mm y un Kronus de 5 mm.

Comenzamos nuestro viaje a 4000 años luz de nuestro hogar, hacia una inmensa nube que recibe el nombre de M8 o, más popularmente, la Nebulosa de la Laguna. En el universo no existe el vacío de forma literal, encontramos nubes de hidrógeno poblando sus rincones, moviéndose a merced del viento que generan las estrellas más jóvenes o de los suspiros que exhalan las más ancianas. M8 es una inmensa región HII, una nebulosa en la cual se están gestando estrellas a partir del hidrógeno circundante, estrellas que podemos apreciar fácilmente si nos asomamos al ocular. La noche que observé M8 a través del telescopio me esperaba ver una nube poco definida y alargada, con algunas estrellas en el campo de visión, pero en seguida comprobé lo equivocado que estaba. Aparecían varias nubes principales alrededor del pequeño cúmulo de estrellas y de otras dos estrellas más brillantes a la izquierda. Estas dos se continuaban con la porción de nebulosa más brillante, estando separadas del resto por una franja oscura. Más que laguna, siempre he pensado que debería considerarse un río, y esa sensación la encontré fácilmente en el refractor. Otras zonas más densas destacaban también a ambos lados de este “río lóbrego”, expandiendo los límites de la guardería estelar. La mejor visión la obtuve con el ocular Hyperion de 13 mm, que me proporcionaba unos cómodos 50 aumentos. El filtro UHC exaltaba aún más cada uno de estos accidentes geográficos, magnificando un objeto ya de por sí inigualable.

C4 M8.png

Conocido ya el entorno en el que se forman las estrellas, vamos a ver ahora el futuro que le espera a nuestro sol, así como a la mayoría de estrellas de masa similar. Una vez agotado el combustible (hidrógeno y helio, principalmente), la gravedad va comprimiendo la estrella cada vez más al mismo tiempo que su atmósfera se expande en todas direcciones, creando una burbuja de gas a su alrededor. En el centro queda una enana blanca, una estrella pequeña y extremadamente caliente que puede alcanzar los 150.000 grados de temperatura. Uno de los ejemplos más conocidos de este tipo de objetos es M57, la Nebulosa del Anillo, en la constelación de Lyra. De nuevo la observé algo escéptico, pensando que iba a percibir un objeto extremadamente pequeño y que a duras penas conseguiría distinguir el anillo. Pues bien, un espectacular anillo de humo apareció en el ocular de 5 mm, a 132 aumentos, tan denso que se veía sobradamente con visión directa. Su tamaño no suponía ningún problema, adoptando una forma más bien ovalada, apreciándose incluso sus bordes más engrosados en los lados más estrechos. No necesité usar ningún filtro, ya la visión a través del ocular era, prácticamente, tan buena como la que he visto a través de mi Dobson de 30 cm. En este último puedo aspirar a observarla con un mayor tamaño, pero la diferencia de abertura hace que merezca la pena el pequeño refractor, en aras de un transporte más cómodo. La enana blanca no aparece en el centro del anillo, su magnitud la aleja de las posibilidades del 102SLT, pero no es difícil usar la imaginación para visualizarla allí, a 2283 años luz de distancia, exhalando su último suspiro.

C4 M57.png

Ya sabemos lo que ocurrirá a nuestro sol, y vamos a terminar esta visita observando en un primer plano lo que ocurre cuando una estrella “grande” termina sus días. En este caso no es un suspiro, sino una verdadera explosión de dimensiones cataclísmicas lo que tiene lugar, lo que denominamos como supernova. En las estrellas con una masa 8 veces mayor que nuestro sol, cuando se quedan sin combustible, la gravedad colapsa la estrella tan rápido y con tanta fuerza que produce, en su núcleo, una densidad tan inmensa que la estrella explota, literalmente, esparciendo su contenido por todo el universo circundante. En el seno de esta explosión es donde se han creado algunos de los elementos químicos que forman parte de nosotros, como el calcio de nuestros huesos. Somos, pues, el resultado de la muerte de una gran estrella que tuvo lugar hace millones de años. Si miramos arriba en las noches de verano podemos ver los restos de una de estas supernovas, conocida como la Nebulosa del Velo, en la constelación del Cisne. Situada a 1500 años luz de distancia, es una enorme nebulosa que se formó hace unos 8000 años, tan grande que no es tarea fácil encuadrarla de una vez en el campo de visión. Cuando la observé a través del refractor tuve que ahogar un grito de emoción al contemplar su forma tan clara y definida. Observé una de las partes de esta “onda expansiva”, NGC 6992, la que se asemeja a la rama de un árbol con pequeñas ramificaciones en su extremo. El único requisito para disfrutar de esta nebulosa es contar con un filtro OIII, que hace aparecer, como por arte de magia, la nebulosa en toda su extensión. Con una forma curvada, posee numerosas condensaciones, algunos filamentos más brillantes que parecen salir del cuerpo principal y, cerca de uno de sus extremos, emite dos llamativas ramificaciones en ángulo recto. Con esta variedad de formas podemos sentir la fuerza de este evento que avanza por el cielo como una ola rompiendo contras las rocas, a miles de kilómetros por hora.

NGC 6992 C4.png

*Si quieres conocer mejor el proceso que tiene lugar en una supernova te recomiendo leer el siguiente artículo:

https://elnidodelastronomo.com/2015/12/04/seda-sobre-negro-ngc-6992-y-ngc-6960/

*Ficha técnica del telescopio Celestron 102SLT.

Medusa espacial (IC 443)

La constelación de Géminis contiene, curiosamente, dos medusas en su interior. Por un lado tenemos a la medusa mitológica, con su cabellera plagada de serpientes, representada por la nebulosa Abell 21. Por otro, tenemos a la verdadera medusa del reino animal, con tentáculos que se contornean a través de un espacio lleno de vida. Ésta última se denomina IC 443 o Sh2-248, situada a los pies de Géminis, a unos 5.000 años luz de nosotros.

Foto IC 443

Fotografía de Juan Antonio Sánchez JASP, Granada.

Es el resultado de una de las mayores catástrofes que podemos encontrar a nivel cósmico, el remanente de una supernova que explotó hace 30.000 años (aunque algunos estudios sugieren una edad más temprana, de hasta 3.000 años), en medio de una región HII llena de gas. La estrella original debía tener una masa 20 veces mayor que la del sol, y al quedarse sin combustible interno la gravedad ganó la partida y se produjo un colapso tan rápido que la mayor parte de la estrella salió despedida en todas direcciones, dispersándose en medio de una espectacular explosión. Todo el hidrógeno y helio que formaba las capas externas de la estrella se encuentran hoy flotando en el medio interestelar, componiendo bellas formas a medida que se alejan de la estrella, como ondas de agua al tirar una piedra a la charca. Su diámetro actual llega a alcanzar los 70 años luz, motivo por el cual su brillo superficial es tan bajo, ocupando en nuestro cielo unos 50 minutos de arco. Está compuesta por dos capas principales en forma de caparazón, y un vistazo rápido a cualquier fotografía deja entrever que hacia uno de sus lados la densidad es mucho mayor que en el extremo puesto. Esto es debido a la diferencia de densidad de la región HII que la rodea, que se opone de distinta manera a la expansión de IC 443.

La estrella que dio lugar a este espectáculo celeste no se encuentra en el punto más céntrico, sino un poco más al sur, y es una estrella de neutrones que gira a enorme velocidad, de manera similar a la estrella de M1, la Nebulosa del Cangrejo. Ésta última se clasifica como Plerión, una estrella de neutrones que produce inmensos vientos que son los responsables de moldear el gas circundante. Sin embargo, en IC 443 el principal elemento escultor es el calor generado por la supernova, aunque también produce corrientes de viento relativamente rápidas. La estrella de neutrones se denomina CXOU J061705.3+222127, y no es la única supernova que se ha dado a conocer en el barrio. De hecho, estudios recientes han puesto en evidencia la presencia de una tercera capa gaseosa, más débil y escondida entre las otras dos, que corresponde a la explosión de otra supernova que ocurrió hace unos 100.000 años. ¿Veremos alguna de estas maravillas en el lapso de tiempo que nos ha tocado vivir?

La brillante estrella roja que yace al lado de IC 443, de magnitud 3.2, es Eta Geminorum, conocida como Propus o Tejat Prior. Es una gigante roja de tipo espectral M3 situada a 350 años luz de nosotros. Su fría temperatura de 3.600 grados centígrados traduce esa tonalidad tan intensa que podemos contemplar con cualquier instrumento y que añade un toque de gracia a la observación de la nebulosa. Como complemento, Propus es una estrella doble con una componente de magnitud cercana a 9 situada a 1.4 segundos de arco, con lo cual necesitaremos una atmósfera estable si queremos separarlas.

IC 443

Para ver IC 443 a través de un telescopio necesitamos un cielo suficientemente oscuro, ya que su brillo superficial es extremadamente bajo. Su magnitud 12 se halla dispersa por un área demasiado extensa. Un filtro OIII será indispensable para poder saborear, aunque sea, una pequeña porción de la nebulosa. Llevaba un tiempo intentando ver esta nebulosa. Varias veces en el último invierno había apuntado a la zona con la esperanza de distinguir la más mínima anomalía en la negrura del cielo, pero no tuve suerte. Sin embargo, a principios de abril me encontré bajo un millar de estrellas en uno de los lugares más oscuros que he conocido hasta ahora, al sur de Granada. Géminis ya iba camino de acostarse dejando prioridad a la primavera, pero todavía estaba a tiro de piedra, así que apunté el telescopio a sus pies convencido de que esa noche sería distinto. Y no me equivoqué. Una vez en la zona, me fui directo al lugar donde se sitúa la porción más brillante, y miré a través del ocular de 44x. Un montón de estrellas poblaban el campo, pero no había rastro de IC 443. Sin embargo, tenía conmigo la herramienta principal, así que coloqué el filtro OIII y volví a mirar por el ocular. El número de estrellas disminuyó drásticamente, pero en seguida pude notar, con emoción, un jirón difuso, una débil nebulosidad alargada que siempre había permanecido invisible a mis ojos. “Ahí estás, por fin”, le dije sonriendo. Con el paso de los minutos, mientras disfrutaba de su visión, pude percibirlo de una forma más extensa, como un filamento ancho que ocupaba casi la mitad del campo. No pude cerrar el círculo como se aprecia en las fotos, pero quedé más que satisfecho. Todos tenemos nuestros “némesis”, objetos que se nos resisten una y otra vez, y cada vez que conseguimos cazar uno es motivo para sentirnos algo más llenos por dentro. No hay que desesperar, no hay prisa para verlo todo, esa es la suerte de la que goza la astronomía. Pero eso sí, tenemos que estar atentos y aprovechar los cielos verdaderamente oscuros para buscar esos esquivos objetos

Orión alternativo

“La catedral del cielo”, como algunos conocen a la constelación de Orión, es una caja de sorpresas que esconde tesoros por toda su superficie. Una vez conocidos los principales, la curiosidad va hurgando por los rincones en busca y captura de cualquier otro objeto. Hoy nos vamos a ocupar de un cúmulo abierto, una nebulosa especial, y algo que no suele asociarse al Cazador, una galaxia.

El cúmulo es NGC 2112, una agrupación de estrellas que se encuentra al Este de Orión, cerca de la iridiscente M78, que ya vimos el otro día.  Está formado por un centenar de estrellas, si bien con mi Dobson 305 mm llegué a observar unas 30. Destacan unas 7 u 8 de ellas algo más brillantes, con el resto de magnitud inferior a 12. Las más débiles parecen chisporrotear en la distancia de manera muy tenue. Ocupa un espacio de 18 minutos de diámetro, y no es especialmente aparente al buscador, necesitando usar mayores aumentos para distinguir su naturaleza cumular. En la siguiente fotografía podemos verlo en la zona superior, una débil agrupación estelar; pero lo más llamativo de la imagen es, evidentemente, esa banda rojiza que la atraviesa de arriba abajo, como un río de gas.

Foto Barnard

Para comprender la naturaleza de esa banda luminosa no tenemos más que irnos hacia atrás para observarla en su conjunto, y nos daremos cuenta entonces de que estamos ante una porción del Bucle de Barnard. En esta fotografía de gran campo, que ya hemos usado alguna vez, podemos ver ese inmenso bucle rodeando a la constelación, desde su hombro a su pie izquierdo, dejando en su interior al cinturón y a M42.

Foto Complejo Orion

Recibe el nombre de Sh2-276 (del catálogo Sharpless) y es el resultado de la explosión de una supernova que ocurrió hace unos 4 ó 5 millones de años. Lo que podemos ver es el frente de la explosión que se va expandiendo a velocidades de entre 10 y 25 kilómetros por segundo, cuyo gas se ioniza por las jóvenes y brillantes estrellas que pueblan la constelación de orión. Ese hidrógeno ionizado, como hemos visto en anteriores ocasiones, es el responsable de otorgar el intenso color rojizo que caracteriza a esta nebulosa. Barnard fue el primero en fotografiarla, a finales del siglo XIX, si bien ya Herschel incluyó una de sus partes en su catálogo de “Regiones de Herschel” con el número 27. En dicho catálogo Herschel enumeraba lo que él pensaba que eran condensaciones de la Vía Láctea. Y sí, resulta que el Bucle de Barnard es apreciable a simple vista, sobre todo algunas de sus zonas más brillantes. Para ello, lógicamente, habría que disfrutar de cielos espectaculares, de los que ya van escaseando en el mundo. No obstante, algo podremos ver…

La noche que observé NGC 2112, una oscura noche en Blancares, con el sur lo suficientemente alejado de las luces de Granada, pude ver una especie de neblina que se encontraba acompañando al cúmulo. No me llamaba la atención su naturaleza “neblinosa”, que podría haber sido causa de la contaminación lumínica, sino que parecía ocupar solo la mitad del ocular, bañando en su borde a NGC 2112. Rápidamente comprobé que correspondía exactamente al límite del Bucle de Barnard y, asombrado, volví a refutar la visión. Allí estaba esa orilla traslúcida que pasaría de largo sin una adecuada adaptación a la oscuridad, y no pude menos que admirar el paisaje celeste. Es una imagen que debemos intentar ver.

NGC 2112

Pasamos al otro objeto de interés, que es lo último que esperaríamos encontrar en esta constelación: una galaxia. Lo cierto es que Orión cuenta con cientos de ellas al alcance de telescopios, pero ninguna tan brillante o extensa como para llamar la atención y ganarse un puesto en el podio de cielo profundo. NGC 2110 es una galaxia elíptica (tipo S0) situada a unos 100 millones de años luz, brillando con una magnitud algo superior a 12. Es una galaxia de tipo Seyfert, con un núcleo activo que emite energía hacia el lejano espacio a modo de faro cósmico.

Al ocular aparece como una pequeña mancha de poco más de 1 minuto de arco de diámetro, redondeada, con los bordes difusos y más débiles. Es fácil de ver, pudiendo apreciarse con visión directa, aunque no podremos ver en ella ningún detalle más, ni siquiera en fotografías de larga exposición. NGC 2110 no es, por así decirlo, nada especial, si pensamos que ser capaces de ver una bola inmensa de miles de millones de soles, situada a 100 millones de años luz de nosotros, no es nada especial… Además, el simple hecho de ser un objeto “raro” con respecto a sus vecinos es un aliciente más para cazarla con nuestro telescopio en estas frías noches de invierno.

NGC 2110

Un faro cósmico (M1)

En julio de 1054 una estrella apareció en el cielo refulgiendo con un brillo tan solo superado por el de la Luna, manteniéndose junto a las astas del toro durante dos años hasta que se fue apagando poco a poco. Los testigos de este enigma fueron astrónomos chinos y árabes, y gracias a sus manuscritos podemos desentrañar hoy ese misterio. La estrella que apareció esa noche envió sus fotones desde una distancia de 6.300 años luz, por lo que realmente los astrónomos la vieron tal y como era en el quinto milenio antes de Cristo. La estrella fue consumiendo todo el hidrógeno que la formaba, de manera que perdió su combustible principal y la gravedad ganó entonces la batalla, comenzando a comprimir toda su masa hacia el centro mientras los gases más superficiales eran expulsados al exterior. Sin embargo, hay un punto tan denso en el que los electrones se resisten a comprimirse más, de forma que el colapso se detiene. En una estrella de masa similar a nuestro Sol es el normal devenir, dando lugar a la formación de una enana blanca, muy densa y caliente. Sin embargo, la estrella protagonista de esta historia tenía una masa superior a 8 masas solares, por lo que la gravedad no cedió ante la resistencia de los electrones, sino que siguió comprimiendo el núcleo hasta que los electrones colapsaron con los protones de los átomos, dando lugar a la formación de neutrones y neutrinos, formando lo que se conoce como estrella de neutrones. La rápida condensación provocó una supernova, una gran explosión en la que la envoltura de la estrella salió rápidamente disparada hacia el exterior, alcanzando un brillo millones de veces superior al original. Ese fue el destino de la estrella que brilló esa noche de abril de 1054.

Volvamos a nuestra estrella de neutrones, esta vez con conocimiento de lo que estamos viendo. Imaginémosla como una esfera brillante con la masa de una estrella reducida a un diámetro de unos 25 kilómetros, lo cual nos da una idea de la enorme densidad a la que se encuentra. Foto neutronesDe hecho, un sólo centímetro de una estrella de neutrones puede llegar a pesar cientos de millones de toneladas. Algunas de estas estrellas se encuentran girando rápidamente sobre su propio eje, a velocidades vertiginosas, recibiendo entonces el nombre de púlsares. La estrella que brilló esa noche de 1054, ya hablando con propiedad, es un púlsar. Gira sobre su eje unas 30 veces por segundo, perdiendo masa que sale despedida en todas direcciones. Esta pérdida de masa va condicionando que poco a poco vaya perdiendo velocidad, pero lo hace de manera prácticamente imperceptible. Su interior es tan denso que termina por adquirir conductancia eléctrica, promoviendo la formación de campos electromagnéticos que moldean su entorno, junto a los fuertes vientos que se forman a su alrededor. De esta manera, y a modo de resumen, tenemos una gigantesca pelota hecha principalmente de hierro que gira rápidamente sobre su eje, formando un verdadero ciclón a su alrededor y emitiendo una gran cantidad de energía en todas las longitudes de onda medibles, desde ondas de radio hasta rayos gamma.

Foto M1

Ya desde 1949 se manifestó como una brillante fuente de ondas de radio, y en los años 60 se identificaron sus potentes radiaciones electromagnéticas emitidas en forma de breves pulsos. No es de extrañar que muchos especialistas admitieran la posibilidad de que la fuente tuviera su origen en una hipotética civilización extraterrestre. Posteriormente, y gracias a los importantes avances tecnológicos, se ha podido entender la naturaleza de esta estrella, ahondando en sus profundos secretos. De hecho se ha comprobado que sus zonas más internas evolucionan a una velocidad pasmosa, pudiendo apreciar cambios en las masas de gas de un mes para otro. En la siguiente imagen podemos comparar el centro de la nebulosa que envuelve a la estrella y los cambios que experimenta cada 2 meses:

Foto M1 cambios

Tras esta prolongada charla sobre una peculiar estrella ya podemos ponerle nombre, que no es ni más que menos que PSR B0531+21. Sin embargo, no es la estrella la que posee un nombre propio, sino la nebulosa a la que ha dado lugar, que recibe el sobrenombre de la Nebulosa del Cangrejo, acuñado por William Parson, tercer conde de Rosse. Vio en ella filamentos que le recordaban a las patas de dicho animal, si bien la observación de esos detalles está reservada a grandes telescopios o fotografías de larga exposición. Messier, en 1758, la incluyó como primera entrada en su popular catálogo, gracias al paso cercano de un cometa.

Una vez terminada esta aproximación teórica es hora de pasar a la práctica, y para ello nada más fácil que dirigir nuestro instrumento al asta izquierda de la constelación de Tauro. Es fácil de encontrar la estrella guía si prolongamos el cuerno izquierdo, el que termina con Aldebaran, unas 4 ó 5 veces su longitud. Allí, unos prismáticos en un cielo oscuro nos mostrarán un pequeño parche de luz difusa, apenas perceptible si la noche no es oscura. Elegí una noche especialmente nítida para observar M1 en profundidad con mi Dobson 305 mm, ya que, aunque es fácil de ver, es difícil de obtener detalles si no es con bastante paciencia. A bajos aumentos pude apreciar perfectamente una forma irregular, una mancha algo alargada con forma de “S”, de brillo uniforme y bordes relativamente definidos. Varias estrellas aparecen inmersas en la nebulosidad, y el campo que tiene alrededor se encuentra bastante poblado. A 214 aumentos se apreciaba con un buen contraste, fácilmente visible con visión directa, aunque la visión lateral marca mejor los bordes. Tras adaptar completamente la vista conseguí percibir algunas irregularidades en las regiones centrales, claroscuros en posible relación con los filamentos que podemos apreciar en fotografías. No deja de ser sugerente, aunque no pudiera apreciar mayor detalle.

M1

El astro central, la estrella de neutrones responsable de estos jirones espaciales, es de magnitud 18, demasiado débil para verla. Sin embargo, no es difícil imaginarla en el centro de la nebulosa, y si nos esmeramos podemos incluso notar cómo gira 30 veces por segundo, emitiendo chorros de energía como si fuera un enorme faro cósmico que ilumina todo el cielo. M1 no es uno de los objetos más espectaculares que podamos contemplar con nuestros instrumentos, eso está claro, pero es, sin duda, uno de los que llevan a cuestas una historia más interesante e inusual.

Seda sobre negro (NGC 6992 y NGC 6960)

El cielo parece un lugar tranquilo y sosegado, y en una noche clara nada hace pensar lo contrario. Las estrellas titilan en la distancia, con la Vía Láctea atravesando el escenario de un extremo a otro, fantasmal, con irregularidades en su contorno, fruto de nebulosas oscuras que nos ocultan algunas de sus estrellas… Nadie diría que en la constelación del Cisne ha tenido lugar uno de los eventos más catastróficos que podríamos imaginar, de proporciones tan grandes que un millón de bombas atómicas empalidecerían a su lado. Una de las más bellas imágenes del firmamento es la manifestación directa de esta enorme explosión, una supernova que dio lugar a lo que hoy conocemos como la Nebulosa del Velo. Antes de hablar sobre ella daremos unas pinceladas sobre la teoría de las supernovas y su origen.

La mayoría de estrellas, como hemos visto recientemente, terminan sus vidas en forma de nebulosa planetaria, convertidas en una solitaria enana blanca. Sin embargo, aquéllas con una masa mayor a 8 masas solares tienen un destino muy diferente… Tenemos que tener claro algunos conceptos. En una estrella hay dos fuerzas en oposición, en constante lucha: la gravedad, que empuja toda la masa hacia el centro, y las reacciones nucleares que liberan energía, ejerciendo fuerza hacia el exterior. La estrella va fusionando helio a un ritmo rápido, convirtiéndolo en helio y liberando energía. El helio, posteriormente, forma Carbono en el núcleo de la estrella, donde la presión ejerce más fuerza y permite que los núcleos se fusionen. En una estrella normal el proceso termina en este punto, pero en las estrellas más grandes la gravedad imprime tanta energía que puede hacer que el carbón se fusione nuevamente, creando elementos más pesados cada vez (oxígeno, azufre, magnesio…). El sol va, de esta manera, aprovechando cada último aliento para sobrevivir un poco más, haciendo un esfuerzo mayor a medida que los elementos son más pesados. Durante este proceso la estrella adquiere una disposición en “capas de cebolla”, con los elementos más pesados en el núcleo y los más ligeros hacia la periferia, con una capa de hidrógeno en la región más externa.

El gran cambio se produce cuando en la fusión nuclear se forma hierro. El hierro es un elemento distinto a los anteriores, ya que al fusionarse, en vez de desprender energía, “absorbe” energía, que la estrella no puede cederle. Por lo tanto el complejo sistema de fusión nuclear se detiene y el núcleo deja de respirar súbitamente. Imaginemos a cámara lenta este proceso, en el que todas las explosiones que estaban teniendo lugar en el núcleo ceden bruscamente, haciéndose un silencio sepulcral. Entonces la gravedad no encuentra ninguna oposición y se prepara para dar el último golpe. Toda la estrella, cada uno de sus átomos, sufren una atracción tan inmensa que en una fracción de segundo la estrella se colapsa hasta poseer un diámetro tan pequeño como nuestro planeta, con una densidad que alcanza los 1.000.000.000 kg/cm3. Imaginemos por un momento un centímetro de un material que llegue a pesar mil millones de kilos… Al encontrarse toda la masa colapsada a tal velocidad, no es difícil imaginar la energía producida al fusionarse tantos protones y neutrones, hasta el punto de que muchos de ellos se deshacen y pierden su estructura. El núcleo entonces sufre la mayor de las explosiones concebidas en el universo, una supernova, y el material de la estrella es expulsado con violencia hacia el medio interestelar, colisionando con todo lo que encuentra a su paso y brillando con la luz de millones de soles, tanto como una pequeña galaxia.

Foto supernova.jpg

En esa intensa reacción nuclear se forman elementos pesados como el oro que hoy en día forma parte de joyas, el calcio que da resistencia a nuestros huesos o el hierro que corre por nuestra sangre, por lo que podríamos decir que existimos gracias a un gran desastre natural que ocurrió hace miles de millones de años en nuestras inmediaciones. En esa explosión incluso los fotones adquieren tanta energía que destrozan núcleos de elementos más pesados como el hierro y provocan un aluvión de hidrógeno desprendiendo aún más energía. Una bomba de hidrógeno es 1.000 veces más potente que la bomba atómica que destruyó Hiroshima, y su mecanismo de acción es también la fusión de hidrógeno, pero reducida a menos de un metro cúbico de volumen. Imaginemos esa bomba multiplicada por los 300 millones o más kilómetros que puede alcanzar una estrella antes de colapsarse y nos podremos hacer, vagamente, una idea de las dimensiones de las que hablamos…

Foto velos

Una vez conocidos los cimientos de estos decesos estelares estamos ya en disposición de hablar de la Nebulosa del Velo, que es, ni más ni menos, el mejor y más impactante ejemplo de los restos de una supernova que tenemos a nuestro alcance. Una estrella explotó hace unos 8.000 años, en una época en que las personas se distribuían en pequeñas tribus cazadoras y recolectoras, y brilló en el cielo con una intensidad mayor que la luna llena, siendo apreciable durante el día a simple vista. Los gases que la estrella expulsó al colapsarse se han ido expandiéndose desde entonces, haciéndose cada vez menos densos, ocupando en el momento actual una longitud en el cielo de 3 grados, lo que equivale a 6 lunas llenas seguidas. A unos 2.000 años luz de distancia, sus gases alcanzan ya un diámetro de unos 100 años luz (recordemos, como referencia, que las nebulosas planetarias más antiguas apenas llegan a los 4 años luz).

Se conoce como Nebulosa del Velo a las regiones más brillantes de esta remanente de supernova, que son visibles con instrumentos de aficionado, siendo el resto del “anillo” demasiado débil y poco denso como para apreciarlo. Se compone, por tanto, de dos regiones principales, conocidas como NGC 6992 (la región más occidental) y NGC 6990 (las más oriental). Entre ambas hay otras zonas más débiles que veremos en otro momento. A pesar de su fama de difícil, para ver la nebulosa sin problemas necesitamos simplemente un filtro para nebulosas, preferiblemente el OIII (el UHC también es muy útil), y entonces resalta con cualquier instrumento. Es apreciable en noches oscuras con unos prismáticos bien fijos en un trípode, aunque para ver detalles consistentes tendremos que recurrir al telescopio. Es entonces cuando, al usar el filtro OIII, la nebulosa parece cobrar vida y mostrarse tal cual lo hace en las fotografías, constituyendo una de las imágenes imprescindibles del verano.

NGC 6960

NGC 6960 llama la atención por varios motivos. Por un lado, está en contacto con una bonita y brillante estrella en su porción media, que en ocasiones puede dificultar un poco la visión si la abertura es pequeña. Con mi Dobson 305 mm la imagen es espectacular con el ocular de 65x, apareciendo como el palo de una escoba de bruja, siendo más ancha en un extremo y agudizándose a medida que avanza hacia el otro lado hasta terminar en una delicada punta. Durante el recorrido de la misma aparecen volutas de humo que se entrelazan entre ellas, y queda patente el motivo del nombre con el que se la conoce, la Nebulosa del Velo. Realmente parece un pañuelo de seda colgado del cielo, y con visión periférica y un poco de paciencia se comienza a apreciar más detalles internos y algo de nebulosidad fuera de la porción principal.

NGC 6992

Tenemos que mover el telescopio hacia el lado opuesto, imaginando que NGC 6960 es parte de una circunferencia, y nos toparemos con otro espectáculo aún más impresionante, si cabe, que su compañera. Es NGC 6992, y a mí me gusta referirme a ella como la “Nebulosa de las Cascadas” o “de las ramas”, ignoro si alguien ha llegado a la misma conclusión. El cuerpo principal de esta porción también es ligeramente curvo, perdiéndose por el borde del ocular, y en su extremo es donde guarda mayores secretos. Dos ramificaciones salen en perpendicular como si fueran chorros de agua que caen de un río, con una tercera más débil que se adivina solitaria en el cielo oscuro. La mayor parte de la nebulosa se encuentra salpicada de claroscuros, pequeños salientes de diferentes densidades que contribuyen a otorgar una sensación de tridimensionalidad. El campo de infinitas estrellas adorna a este David de la astronomía y resalta su belleza, comparándose perfectamente la sensación visual a lo que se ve en fotografías. No sé con cuál de las partes me quedaría si tuviera que elegir, probablemente con las dos, o con ninguna, porque cada una es especial a su manera, y entre las dos logran cautivar a la mirada y consiguen que el tiempo parezca detenerse. Es difícil imaginar que esa imagen que vemos a través del ocular sea el vestigio de tanto caos, y sin embargo cualquiera que observe nuestro planeta con un potente telescopio imaginará un paraíso verde y azul sin ruidos, humo o violencia. Todo es cuestión de perspectiva.