Vuelta a M46

Hace unos meses, la noche en la que estuve jugando con el pequeño Celestron Astro Fi 5, decidí apuntar con él a M46, un objeto que me ha fascinado desde siempre, con esa miríada de estrellas y la presencia de la cautivante nebulosa planetaria NGC 2438. Es un cúmulo grande, de casi 30 minutos de arco de diámetro, por lo que decidí usar el Panoptic de 24mm. Como comentábamos en esta entrada, el cúmulo tiene unas 500 estrellas con una edad de unos 300 millones de años, por lo que no sería de extrañar que alguna planetaria se dejara ver… Sin embargo, NGC 2438 no pertenece al cúmulo: se encuentra a unos 3.000 años luz de distancia, mientras que la familia de estrellas se encuentra 2.000 años luz más allá. Con el pequeño telescopio la planetaria se ve con facilidad como una nube pequeña y redondeada, apreciable con visión directa, que contrasta enormemente con el resto de estrellas puntuales.

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Sin embargo, hoy quiero añadir algo más de este objeto, y es que cuenta con una nebulosa protoplanetaria que realmente pertenece al cúmulo… ¿Protoqué…? Si quieres leer más en profundidad sobre estos objetos puedes entrar en este artículo, aunque, básicamente, las nebulosas protoplanetarias suponen la fase previa a la nebulosa planetaria. Próxima a su muerte, la estrella se desprende de sus capas externas y da lugar, tras convertirse en una gigante roja, a estructuras como las que podemos apreciar en las protoplanetarias. A menudo son bipolares, con dos chorros de gas saliendo disparados a gran velocidad. En el caso de la protoplanetaria que habita en M46, denominada popularmente como la Nebulosa de la Calabaza (su nombre menos poético es OH 231.84 +4.22) o la Nebulosa de los Huevos Podridos (por su alto contenido en azufre), el gas que se aleja de la estrella alcanza el millón de kilómetros por hora. En la siguiente fotografía podemos ver el gas expulsado, de color amarillo, interaccionando con el medio interestelar, que brilla con un fuerte color azulado. Dentro de unos pocos miles de años la estrella central ionizará el gas y entonces pasará a ser considerada una nebulosa planetaria, brillando a la par que NGC 2438 si se da prisa.

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Lo único malo es que la Nebulosa de la Calabaza se encuentra fuera del alcance visual de la mayoría de los telescopios, aunque hay quien afirma haberla intuido con un telescopio de 13 pulgadas bajo cielos perfectos. Sea como sea, necesitaremos apertura, buen cielo y una sobrada dosis de paciencia para encontrarla entre tanta estrella. Os dejo esta imagen obtenida en el Mount Lemmon Sky Center para que la encontréis y os sirva de referencias si alguna vez os animáis… ¿algún voluntario?

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La “Calabaza” brilla débilmente a la derecha y abajo de la brillante planetaria.

El cúmulo de Lacaille (NGC 2477)

Todos conocemos, sin duda, los principales objetos de Puppis. M46 con su planetaria, M47, M93, el casco de Thor… Sin embargo, a los observadores del hemisferio norte se nos escapan algunas de las maravillas que la constelación guarda más hacia el sur. Ese es el caso, por ejemplo, de NGC 2477, una de las joyas que los cielos australes reservan para sí. Sin embargo, si la noche es clara y estable, podemos intentar disfrutarlo y perdernos entre sus innumerables estrellas.

Esta parte media de la Popa contiene algunas estrellas brillantes que pueden llamarnos la atención, sin saber muy bien cómo ubicarlas por no ser muy frecuentadas. Si la noche es oscura puede que nos llame la atención una zona que parece neblinosa, y que corresponde con el cúmulo abierto NGC 2451, una impresionante y amplia agrupación de estrellas brillantes dispuestas en un espacio de 50 minutos de arco, con la roja C Puppis presidiendo su centro. En otro momento le haremos la visita que merece, pero hoy nos vamos a ir un poco más abajo aún. La estrella que vemos con facilidad a simple vista es Zeta Puppis, que recibe el nombre Naos. Es una estrella de tipo espectral O4, una de las más luminosas y calientes visibles a simple vista, así como de las más cercanas. Su temperatura mayor a 40.000 grados centígrados es, en parte, responsable de los enormes vientos producidos a su alrededor. Con una masa entre 20 y 50 veces la de nuestro sol, su final como supernova está garantizado, y entonces será, durante un tiempo, la más brillante de todas las estrellas que podamos observar.

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A apenas 2 grados y medio de Naos encontramos, por fin, a NGC 2477, el cúmulo abierto que nos ocupa hoy (también conocido como Caldwell 71). Ha sido catalogado por muchos como uno de los diez mejores cúmulos del cielo y, con una magnitud de 5.8, es visible a simple vista desde lugares más meridionales. Fue descubierto por Abbé Lacaille en 1751, un sacerdote francés que dedicó gran parte de su vida a la astronomía. Un año antes de su descubrimiento viajó al Cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica, para intentar calcular la distancia a los planetas por trigonometría (los resultados le sirvieron para comprobar que el polo sur estaba más aplanado que el polo norte. Durante su estancia elaboró un catálogo con más de 10.000 estrellas y 42 objetos nebulosos entre los cuales figuraba NGC 2477. Es un cúmulo de edad avanzada, con aproximadamente un millón de años, de ahí el tono amarillento de sus estrellas. Su edad se ha podido calcular estudiando algunas de sus enanas blancas, cuya proporción respecto al resto de la población es un marcador de la edad total. Se encuentra a unos 4.000 años luz de distancia y la mayoría de sus estrellas se sitúan entre la magnitud 12 y 14. Unas 300 estrellas se disponen en un área de 27 minutos de arco, lo cual corresponde a un diámetro real de unos 30 años luz. La brillante estrella de magnitud 4.5 que comparte campo con NGC 2477, B Puppis, no pertenece al cúmulo, sino que se encuentra a poco más de 600 años luz, casi 7 veces más cerca. Es otra joven y masiva estrella de tipo espectral B que tiene “tan sólo” unos 27 millones de años de vida.

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Encontrar NGC 2477 con el telescopio es sencillo debido a que en regiones tan meridionales del cielo sólo podemos ver las estrellas brillantes, y Naos saltará a la vista sin ninguna dificultad como la estrella más representativa de la zona. Una vez en ella sólo tendremos que subir un poco hacia el noroeste y veremos, por el buscador, una pequeña nube redondeada. Cuando pongamos el ojo tras el ocular quedaremos maravillados por la gran riqueza de este cúmulo. A 125 aumentos se obtiene una imagen espectacular, con el grupo de estrellas ocupando dos terceras partes del campo. Inmediatamente podemos comprobar que, a pesar de tener forma redondeada, no posee un gradiente especialmente marcado como lo mayoría de los cúmulos globulares. De hecho, se parece bastante a M71, e incluso a M56, que ya de por sí son cúmulos globulares escasamente densos. Al intentar contar las componentes es fácil perderse, personalmente cuento alrededor de ciento cincuenta, y un fondo blanquecino hace suponer que el número es todavía mayor, dando la sensación de ser “un verdadero cúmulo”. Muchas de sus estrellas conforman líneas aleatorias de predominio radial, como si fueran prolongaciones que parten hacia la periferia. Sin duda, es uno de los cúmulos abiertos más espectaculares que he podido ver, y el desafío que supone su baja altura lo hace aún más interesante.

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Una ardiente enana blanca (NGC 2440 y NGC 2432)

Ya hemos podido comprobar que el norte de la constelación Puppis, o la Popa, esconde una gran cantidad de objetos interesantes listos para ser observados. La protagonista de este capítulo es una espectacular nebulosa planetaria que pasa relativamente desapercibida debido a su situación sureña, aunque está al alcance de observadores de latitudes medias siempre y cuando el horizonte sur se encuentre limpio de contaminación lumínica.

NGC 2440 es una nebulosa planetaria situada a unos 4.000 años luz, y con un año luz de diámetro, se considera que su edad es bastante pequeña, habiéndose llegado a considerar incluso una nebulosa protoplanetaria. Sin embargo, la estrella central tiene suficiente energía como para ionizar la envoltura de gas que le rodea, por lo cual es una nebulosa planetaria con todas las de la ley. En fotografías de larga exposición despliega unas alas de mariposa en forma bipolar, con múltiples filamentos internos que irradian luz intensamente. Se han distinguido tres capas principales de gas que sugieren que la estrella central ha ido bombeando sus capas superficiales con una periodicidad en torno a 10.000 años.

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Dicha estrella central cuenta con una peculiaridad, y es que es una de las estrellas más calientes que se conocen, con una temperatura en superficie de 200.000ºC (30 veces más que nuestro sol). Este dato puede chocar con el hecho de que las enanas blancas se consideran “frías” casi por definición. Usaremos este ejemplo para refrescar la memoria en cuanto a este tema. La estrella, una vez consumido el hidrógeno que la forma, dispone de una gran cantidad de helio, que fusionará entonces para formar oxígeno y carbono. Aquí viene un punto determinante, ya que las estrellas de masa menor a 8-10 masas solares no tienen energía suficiente para “quemar” oxígeno y carbono, de manera que su producción energética se detiene. Es entonces cuando en el núcleo toma importancia la fuerza de la gravedad, que, ante la falta de resistencia, comienza a colapsarlo rápidamente, al tiempo que las envolturas más superficiales de gas (el hidrógeno superviviente en su mayor parte) son expulsadas hacia el exterior, dando lugar a la formación de la nebulosa planetaria. El colapso del núcleo se detiene finalmente cuando, por así decirlo, la densidad de átomos es tan alta que  no deja que se comprima más, de manera que el resultado final es una estrella muy pequeña y enormemente densa, denominándose entonces enana blanca. En este proceso de colapso el núcleo, hasta entonces inactivo, vuelve a emitir una gran cantidad de energía térmica, y es en este punto donde se encuentra la estrella central de NGC 2440, HD 62166, y el motivo por el que presenta una temperatura tan aumentada. ¿Por qué entonces se dice que las enanas blancas son frías? Porque la mayoría lo son: una vez consumido su combustible, la imposibilidad para generar más calor va a hacer que pierdan su temperatura gradualmente, convirtiéndose en cuerpos cada vez más fríos. De hecho, teóricamente la enana blanca derivaría en lo que se ha denominado enana negra, un tipo hipotético de estrella en la que no se desprende energía. Sin embargo, todavía no se han podido observar, ya que no ha habido tiempo desde la formación del universo para que se formen dichos cuerpos. Habrá que esperar varios miles de millones de años para observarlos y confirmar las hipótesis.

Foto ngc 2440 centro

Volviendo a NGC 2440, su estrella central es demasiado débil para verla con nuestros telescopios, pero en las fotografías podemos apreciarla en el centro exacto de la nebulosa. Impresiona saber que algo tan “pequeño” ha producido esa impresionante imagen.

Al telescopio es un objeto notable, especialmente si la abertura es importante y la noche es especialmente estable, permitiéndonos usar altos aumentos que nos ayudarán a distinguir algunos detalles en su estructura. La noche que la observé me llamó la atención, en primer lugar, su forma alargada, un halo difuso de aproximadamente 1 minuto de arco. A bajos aumentos no pude apreciar mucho más que su forma alargada con los extremos más estrechos. Cuando usé 300 aumentos el panorama cambió radicalmente. El centro mostraba un brillo muy elevado, aunque no había ninguna estrella en su interior, sino nebulosidad muy intensa  con cierta forma redondeada. Tras adaptar al vista y esperar unos minutos conseguí ver, asombrado, que el núcleo adquiría una forma alargada en perpendicular al halo, fino, y ambos extremos de la barra se bifurcaban formando una imagen similar a dos letras “C” unidas por la espalda. Sin recordar fotografías previas de este objeto lo dibujé tal como lo vi, algo escéptico ante lo que me parecía un detalle anormal en nebulosas planetarias. Sin embargo, al compararlo con varias imágenes pude comprobar que, en efecto, en su región central se encuentra una zona más brillante muy similar a lo que vi. Lo curioso de la observación de este objeto, y que puede llevar a equívoco, es que lo que se ve al ocular es un óvalo que forma una diagonal respecto a lo que muestran las fotografías, siendo su centro los “picos” que dejan ambas “C”. Lo mejor, sin duda, es verlo por uno mismo y dedicarle el tiempo necesario para ello (y en la noche oportuna, por supuesto…).

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Justo unos minutos al sur podemos desviarnos para ver un modesto cúmulo abierto, NGC 2432. De unos 10 minutos de largo, muestra una disposición alargada, y sus astros son relativamente débiles, una familia de 20 estrellas de magnitud entre 11 y 13 que luchan por destacar en un cielo extremadamente rico en estrellas. Es, a pesar de ello, un buen complemento a la visita de NGC 2440, no debiendo menospreciarlo por la cercana presencia de cúmulos de la talla de M46 o M47. Esta zona de la Popa ofrece, sin duda, cúmulos para todos los gustos posibles.

NGC 2432

Encuentros imprevistos (M93 y NGC 2467)

De vez en cuando, o a menudo si visitamos una zona densamente poblada del cielo, nos topamos sin quererlo con objetos que desconocemos y cuya visita nunca habíamos planeado. Cúmulos, nebulosas, galaxias… En algunas regiones del cielo es especialmente frecuente, como ocurre en la zona de Puppis o la Popa, al sureste de la brillante Sirio. En esta región me encontraba el otro día, visitando NGC 2452, cuando apareció en el buscador una brillante nube, de gran tamaño y plagada de pequeñas estrellas. Teniendo en cuenta su localización pude identificarlo como M93, uno de los últimos objetos que catalogó Messier, a finales del siglo XVIII.

M93 es un cúmulo abierto situado a unos 3.600 años luz de nosotros, con un diámetro de unos 25 años luz. Fue el primer objeto de cielo profundo que observó Caroline Herschel, y el que la motivó a compilar su catálogo. Podemos decir, por tanto, que M93 fue la primera luz que una mujer astrónoma vio a lo largo de historia. Con sus 100 millones de edad, está formado en su mayoría por brillantes gigantes azules de tipo espectral B, si bien hay algunas pocas estrellas anaranjadas y rojizas. La nebulosa que dio lugar a sus componentes ya se ha dispersado, de forma que no podemos verla. A pesar de su relativamente pequeño tamaño, el alto brillo de sus estrellas hacen que tenga una magnitud de 6, visible a simple vista cuando la noche es oscura. Al telescopio es preferible no usar demasiados aumentos, pues debido a su diámetro de 22 minutos de arco se perdería la sensación de cúmulo. A 125 aumentos, con mi Dobson 305 mm, ocupaba casi todo el ocular, mostrándose como una gran aglomeración de astros brillantes, contando alrededor de 100 componentes, en un fondo repleto de estrellas. Muchas de ellas forman alineaciones, parejas y tríos, aunque no conseguí ver ninguna forma característica. Es, sin duda, uno de esos grandes cúmulos que se aprecian mejor a bajos aumentos, incluso por un par de buenos prismáticos sujetos a un trípode.

M93

A los pocos minutos de observar M93, pasó por el ocular, mientras movía el telescopio, una brillante nube que me hizo retroceder rápidamente para enfocarla. “Esto tiene que ser algo importante”, pensé. Y no me equivocaba. NGC 2467 es un quebradero de cabeza y una completa muestra de lo variada que puede llegar a ser una pequeña parcela celeste. Herschel descubrió NGC 2467 en 1784, catalogándola como una nebulosa planetaria, por su forma circular alrededor de una estrella brillante. Por tanto, si nos ceñimos a la historia, NGC 2467 no es un cúmulo abierto, como se indica en numerosos sitios, sino la nebulosa propiamente dicha, que no es planetaria sino una nebulosa de emisión, que también recibe el nombre de Sharpless 2-311 o Gum 9.

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La confusión, probablemente, venga porque esta nebulosa (una región HII) comparte localización con varios cúmulos estelares que han coincidido en nuestra línea de visión, por lo que encontramos, en apenas 15 minutos de arco, dos cúmulos abiertos y una nebulosa de emisión (además de otras peculiaridades que iremos viendo a continuación). Sharpless 2-311 es, por tanto, una región HII en la que se están gestando estrellas, brillando con un tono rojizo intenso debido a la ionización del hidrógeno por las recién nacidas estrellas. En la siguiente imagen de la ESO podemos ver el corazón de esta nebulosa, en el que destacan pequeñas nubes negras que corresponden a glóbulos de Bok, en cuyo interior el gas se va condensando hasta que las altas concentraciones terminan formando los astros. Columnas de gas se perfilan desde la zona inferior, esculpidas por los vientos estelares, recordando enormemente a los Pilares de la Creación de M16. No en vano ambas zonas comparten la mayoría de sus características. El telescopio Spitzer ha descubierto unas 45 protoestrellas a lo largo de la nebulosa, una muestra más de su alta actividad proliferativa. La estrella central, HD 64315, es una brillante y joven estrella de tipo espectral O6, que preside este espectáculo desde un lugar privilegiado.

A cosmic concoction in NGC 2467

Muy cerca encontramos, como ya comentábamos, dos cúmulos estelares. El más tenue de ellos se denomina Haffner 19, a la derecha en la fotografía inicial. Está envuelto en lo que se conoce como Esfera de Strömgren, que es básicamente el halo de gas ionizado que rodea a una estrella que emite radiación intensa, en este caso un brillante astro de tipo espectral B. La existencia de estos cuerpos fue teorizada por Bengt Strömgren en 1937, y posteriormente pudo confirmarse, siendo uno de los ejemplos más claros la Nebulosa Roseta. Haffner 19 se encuentra a 20.900 años luz, algo más alejado que Sharpless 2-311, a 20.500 años luz. Su edad se estima en unos 2 millones de años.

El otro cúmulo visible es Haffner 18, aún más joven que su compañero, con una edad media que ronda el millón de años. Está situado algo más cerca que Haffner 19, aunque se les puede considerar un cúmulo binario. Sus estrellas casi se han despojado del gas que les rodea, pero hay una de ellas que delata su verdadera edad. Con el peculiar nombre de FM3060A se designa a una de las estrellas más jóvenes que podemos ver a través de nuestro telescopio. Nació hace apenas 40.000 años, cuando los primeros pobladores de Europa caminaban por sus llanuras. De hecho, todavía se encuentra recubierta por la envoltura de gas que la vio nacer, de unos 2.5 años luz de diámetro, y cuyos bordes se expanden a unos 20 kilómetros por segundo. Es el análogo perfecto de un zigoto que apenas lleva unos instantes de vida, lo cual no deja de ser asombroso. En “pocos” años su envoltura desaparecerá y FM3060A comenzará su infancia, pubertad, madurez, e inexorablemente terminará sus días volviendo a expulsar el gas que la compone. Todo, como en los seres vivos, no es más que la transformación de unas moléculas en otras y el reciclaje de los átomos imperecederos.

Visualmente, la región que rodea a NGC 2467 merece un tiempo dedicado proporcionalmente a todo lo que tiene que contarnos. La brillante nebulosa es lo primero que llama la atención, de entre 5 y 10 minutos de arco de diámetro. Sus bordes se van perdiendo poco a poco, otorgando una forma circular, aunque con visión lateral la silueta es más difusa y de mayor envergadura. En su interior, la brillante estrella que la preside se encuentra rodeada de unas 20 estrellas mucho más débiles, inmersas en la nebulosidad.

NGC 2467

Haffner 18 se encuentra justo debajo, y destaca su forma triangular, con las estrellas más brillantes formando las aristas principales. Está formado por unos 20 componentes, y en uno de sus extremos podemos apreciar a la recién nacida FM3060A. Con nuestros instrumentos no podemos vislumbrar la esfera de gas que la rodea, pero la imaginación no entiende de capacidades. Muy cerca, a apenas 5 minutos de arco de distancia, destaca Haffner 19, más claro cuando usamos mayores aumentos. En un primer momento se aprecia como una pequeña agrupación de 3 ó 4 estrellas muy unidas. Una exploración más minuciosa, usando mirada lateral, revela algunas estrellas más, al borde de la visibilidad, y una débil nebulosidad que rodea a la zona, perceptible tan sólo con una adaptación completa a la oscuridad.

NGC 2467 detalles

Todo este conjunto de objetos queda realzado por el inmejorable marco que supone la Vía Láctea, que inunda cada espacio del ocular con una miríada de estrellas incontables. Sin duda, a veces merece la pena desviarse de la observación prevista y perderse en algunos de estos rincones perdidos.

Parejas celestes (NGC 2452 y NGC 2818)

Estamos acostumbrados a ver todo tipo de objetos tras el ocular, pero cuando dos de estos ocupan un lugar tan cercano el uno del otro que aparecen en el mismo campo, la imagen es sin duda especial. Ya sean dos cúmulos abiertos, nebulosas, galaxias, es innegable que no podemos permanecer impasibles ante su visión. Dos de las parejas más impresionantes, de las que ya hemos podido leerr, son M46 en Puppis (con NGC 2438), y  la que forman NGC 6712 e IC 1295. Hoy vamos a añadir a la lista otras dos que se encuentran en Puppis y en Pyxis, y si bien no son tan llamativas, no dejan de ser interesantes.

El primer dúo está formado por NGC 2452 y NGC 2453, situados en una zona de Puppis totalmente plagada por cúmulos abiertos. Basta un rápido vistazo con unos prismáticos para ver multitud de nubecillas de distintos tamaños y formas, como los bolsones de Procesionaria en las copas de los pinos. NGC 2453 es un cúmulo abierto situado a unos 7.000 años luz de distancia, formado por una treintena de jóvenes estrellas de tipo espectral B, de una edad aproximada de 40 millones de años (apenas un suspiro si lo comparamos con los 4.500 millones que tiene nuestro planeta). Foto NGC 2452.jpgSe encuentra entre dos importantes regiones de formación estelar, Puppis OB1 y Puppis OB2, de ahí la gran abundancia en cúmulos estelares. A apenas 15 minutos de arco tenemos una nebulosa planetaria, muy cercana en el ocular pero 1.500 años luz más alejada de nosotros. NGC 2452 es una nebulosa planetaria de magnitud 11.9 y pequeña, de unos 30 segundos de arco de diámetro. Su estrella central, lejos de nuestras posibilidades visuales, es de magnitud 19. En la fotografía de NGC 2452 realizada por el Telescopio Espacial Hubble podemos apreciar una interesante estructura algodonosa, con filamentos que se expanden hacia el exterior, con la estrella convertida en enana blanca ocupando la región central, responsables de esa última exhalación que hoy podemos cazar desde nuestro lugar de observación.

Visualmente, lo primero que nos llamará la atención será el cúmulo abierto, NGC 2453, una aglomeración de más de 20 estrellas dispuestas con cierta forma triangular. Algunas son de magnitud 12, pero la mayoría de ellas son más débiles, disponiéndose muchas en parejas. Una vez tengamos la vista adaptada, algo ajeno nos llamará la atención. A bajos aumentos nos parecerá una estrella algo engrosada, pero a partir de 125x ya puede observarse un pequeño disco circular, que no es ni más ni menos que NGC 2452. A unos 15 minutos de distancia, la nebulosa planetaria ofrece el aspecto más característico de estos objetos y que les valió su denominación. No es difícil imaginarlo como un planeta gaseoso lejano, como si fuera el “Planeta Nueve” tan de moda estos días. Mayores aumentos hacen que NGC 2452 se muestre a mayor tamaño, pero aparece entonces independiente del cúmulo, lo cual le resta parte de su encanto. Fue descubierta en 1847 por Herschel, que lo definió como “un objeto cuya naturaleza no consigo entender. No es claramente una estrella, ni una cercana estrella doble…”. Pasarían aún décadas hasta comprender su verdadera naturaleza.

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La otra pareja recibe el nombre de NGC 2818, englobando bajo el mismo número a la nebulosa planetaria y al cúmulo abierto, si bien este último suele conocerse como NGC 2818A. Se encuentran en la constelación asutral Pyxis (la Brújula), a la izquierda de Puppis. Por su localización demasiado sureña nos conviene buscarlos en las frías noches de invierno en las que atmósfera esté lo más estable posible, libre de incómodas turbulencias que conviertan el horizonte en una marejada de aire. El cúmulo abierto se compone de algo más de 20 estrellas situadas a unos 10.000 años luz. Se ha podido comprobar, sin embargo, que la nebulosa planetaria se mueve a distinta velocidad de las estrellas del cúmulo, situándose por lo tanto posterior a ellas, de manera que no forman una verdadera pareja. De hecho, sólo se conoce una nebulosa planetaria que pertenezca realmente a un cúmulo abierto, y se conoce como PHR 1315-6555, en la constelación de la Mosca. ¿Y por qué no hay planetarias en los cúmulos? La respuesta es sencilla. Hay varios factores más, pero el motivo principal es que las estrellas de los cúmulos abiertos suelen ser relativamente jóvenes (cuando crecen el cúmulo se dispersa y desaparece), por lo que no dan tiempo suficiente a que una estrella se desarrolle por completo y muera en forma de nebulosa planetaria. Las estrellas de NGC 2818, por ejemplo, tienen unos 40 millones de años, mientras que la nebulosa, con sus 6.5 años luz de diámetro, debe tener bastantes más. Además, la fase de nebulosa planetaria dura unos pocos miles de años, con lo cual equivale a captar con una fotografía una bala recién disparada.

Foto NGC 2818.jpg

La fotografía obtenida por el Hubble nos muestra todo un espectáculo de colores lleno de dinamismo que más bien parece una obra de arte. Se aprecia la envoltura gaseosa que ha desprendido la estrella que brilla en el centro, y llaman la atención unos filamentos que parecen cometas avanzando hacia el centro. Esas imágenes recuerdan a la nebulosa de la Hélice, NGC 7293, y probablemente sean regiones más densas de gas que están siendo “despeinadas” por los vientos estelares, arrancando su material y arrastrándolo hacia el exterior. Lo cierto es que la imaginación puede volar contemplando esa foto.

Visualmente no se muestra de forma tan espectacular, aunque muestra algunos detalles interesantes. En el centro del ocular, a 214 aumentos, se puede apreciar el cúmulo abierto, formado por estrellas débiles que se disponen por una superficie de unos 7 minutos de arco. Algunas de sus estrellas forman interesantes líneas que parecen desembocar en la nebulosa. Ésta última, situada en un lateral del cúmulo, destaca frente al resto de las estrellas, con su forma redondeada y bordes algo difusos. Lo que vemos es realmente su región central, la más destacada en las fotografías. Desde el primer momento da la sensación de ser algo irregular en su superficie, y tras permanecer un rato frente al ocular, con la visión bien adaptada, pude comprobar que uno de sus bordes presentaba una condensación más brillante. Con el filtro OIII se apreciaba mejor, y la nebulosa en general ganaba contraste, aunque el campo estelar se veía bastante perjudicado en contraposición. Así mismo, de vez en cuando una débil estrella aparecía momentáneamente en el extremo contrario, aunque como ya hemos visto, estrella y nebulosa deben estar muy alejadas en el espacio.

NGC 2818

Con este objeto cerramos este capítulo, aunque en breve aparecerán nuevas parejas a las que observar, por no mencionar los grandes grupos de galaxias que se avecinan por el este. La primavera se está acercando, asomando estas noches en las frías madrugadas. De hecho, tan largas son las noches de invierno que, cuando anochece, el cielo otoñal se va escondiendo por el oeste, mientras que al amanecer ya podemos saludar a Antares en el corazón del Escorpión. Tenemos un cielo a la carta para elegir a nuestro antojo a dónde viajar.

Un globular y un intruso (NGC 2298 y NGC 2243)

La zona que rodea al Can Mayor, que en estas fechas se sitúa en un lugar privilegiado (un poco bajo, desde luego), ofrece dos objetos muy similares entre sí visualmente, pero totalmente opuestos en su naturaleza, a muy poca distancia entre sí. El primero es NGC 2298, un bonito cúmulo globular que se sitúa a unos 30.000 años luz de nosotros. M79 era, si recordamos el anterior artículo, un componente de la Galaxia Enana del Can Mayor, una galaxia en interacción con la nuestra cuyas estrellas se dispersaban a su alrededor en forma de filamentos alargados. Al igual que M79, NGC 2298 es un cúmulo globular perteneciente a dicha galaxia, y como tal, sus estrellas son algo más jóvenes que las del resto de globulares de la Vía Láctea. Es bastante pequeño, de unos 50 años luz de diámetro, y los estudios sugieren que está perdiendo estrellas a grandes velocidades, debido a las fuerzas de marea que genera nuestra galaxia. Pero no debemos preocuparnos, pasarán miles de años hasta que sus estrellas se dispersen y se entremezclen con las nuestras, así que tenemos tiempo de sobra para observarlo.

Su principal contrapartida a la hora de verlo es su baja altitud sobre el horizonte, en los dominios de la constelación de la Popa, a medio camino entre ésta, Columba y el Can Mayor. Su localización no resulta complicada si bajamos a partir de kappa Canis Majoris. Eso sí, habrá que elegir una noche estable y con un horizonte sur lo más oscuro posible si queremos sacarle provecho. La noche que lo observé me recreé en él, ya que los cúmulos globulares no abundan en esta estación del año, así que su visión siempre es de agradecer. A bajos aumentos se apreciaba sin problemas como una esfera pequeña y perfectamente redondeada de unos 3 minutos de arco de diámetro, con un núcleo más brillante. Coloqué el ocular de 5 mm, que da a mi Dobson de 30 cm unos 300 aumentos, y sonreí cuando comprobé que varias estrellas saltaban sobre esa esfera, que había aumentado de tamaño. Conté una docena de débiles estrellas, con algunas en el límite de la visión del telescopio. La mayor parte de los componentes del cúmulo son de magnitud 16, con lo que no es de extrañar su tímida apariencia. Destaca un fuerte gradiente luminoso, de forma que el núcleo es bastante más brillante que la periferia, diferenciándose de forma brusca el límite que los separa. Una imagen para recordar, sobre todo teniendo en cuenta que es una esfera formada por miles de estrellas que pertenecen, ni más ni menos, a otra galaxia.

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El siguiente, al suroeste del Can Mayor, es un objeto singular, un imitador, un cúmulo abierto cuyo afán es ser un globular, y no es de extrañar su envidia sana. De hecho, lo hace tan bien que NGC 2243 parece un cúmulo globular más claramente que el anterior NGC 2298, y engañaría a cualquiera que no se informara previamente. Está situado a la mitad de distancia que su compañero, a casi 15.000 años luz, y sus estrellas se disponen formando un núcleo denso y una periferia redondeada a modo de esfera. Son estrellas de edad bastante avanzada, llegando a los 4.000 millones de años, algo inusual para un cúmulo, pues lo normal es que tras ese período de tiempo sus componentes se hayan dispersado por el espacio.

NGC 2243

NGC 2243 se encuentra justo en el borde del Can Mayor con Columba, por lo que también tendremos que observarlo cuando contemos con un horizonte sur lo suficientemente limpio. En lo primero que uno piensa al ver NGC 2243 es, como ya hemos adelantado, en un cúmulo globular. Una mancha nebulosa perfectamente circular de algo más de 5 minutos de arco de diámetro parece mirarnos desde lejos, con una treintena de débiles estrellas que hacen su aparición titilando con magnitudes superiores a la 13. En los momentos en los que la atmósfera se libra de las turbulencias la cantidad de estrellas apreciables aumenta enormemente, insinuándose muchas de ellas por toda su superficie. El núcleo es más brillante, degradándose a medida que nos acercamos a la periferia. Uno no puede dejar de preguntarse cómo puede ser tan similar a los globulares que ya hemos visto, y la respuesta nos trae a la mente una imagen plagada de estrellas y nos confunde, aunque en este caso no creo que nos importe demasiado.

Gigantes en colisión

Al hablar de galaxias en colisión probablemente se nos venga a la cabeza M51, como prototipo de este tipo de objetos. Pero lo cierto es que hay una cantidad ingente de galaxias en interacción pululando por el espacio, siendo muchas de ellas accesibles a nuestros telescopios. Las galaxias, como ya sabemos, tienen una gravedad tan elevada que no les resulta difícil atraer a otras galaxias hacia ellas. La más cercana, dentro de unos pocos miles de años, será M31 y nuestra propia galaxia, que se van acercando paulatinamente en un baile inevitable a largo plazo. Las galaxias que vamos a ver hoy se encuentran en una fase temprana de colisión, de forma que todavía no se han deformado sus brazos ni han adquirido estrambóticas siluetas.

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Cuando las noches invernales y la contaminación lumínica nos permitan disponer de un horizonte sur despejado podremos ver a la pareja que forman NGC 2207 e IC 2163, justo por debajo de Murzim o beta Canis Majoris. Se encuentran a algo más de 100 millones de años luz y su diámetro es considerable. La primera, mayor, mide 150.000 años luz de un extremo a otro, dimensiones similares a nuestra galaxia. La otra, algo menor, tiene unos 130.000 años luz de diámetro. En la siguiente fotografía podemos comprobar cómo se rozan sus halos, con un brazo de IC 2163 que ha sido empujado en dirección opuesta a su compañera. Con el transcurso de los años se producirá una maraña de filamentos y brazos desviados digna de observar por el telescopio. Más adelante aún, ambas galaxias quedarán unidas en una galaxia elíptica tremendamente brillante, de manera similar a M87. En el momento actual podemos observar una cantidad enorme de regiones HII en NGC 2207, fruto de la colisión en curso, que no es más que un estímulo para promover la formación estelar. De hecho, NGC 2207 es residencia habitual de supernovas, como atestigua la aparición de tres de ellas en los últimos quince años. La última ocurrió en 2013, así que en cualquier momento nos puede sorprender nuevamente.

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Al telescopio ambas galaxias son perfectamente evidentes una vez enmarcadas en el campo del ocular. NGC 2207 es la mayor y la más brillante, con una magnitud de 11. Aparece como una mancha difusa y redondeada con un núcleo muy brillante y puntiforme, como si fuera una estrella superpuesta. No es muy grande, de unos 3 minutos de arco de diámetro, pero tiene un tamaño cómodo para observar. A su lado hay una mancha más pequeña y débil, de magnitud 12.6, que corresponde a IC 2163. Con visión periférica se ve algo más definida, aunque no llega a mostrar ningún detalle aparente. La imagen es similar a una M51 más pequeña y débil, y no cuesta imaginar el gran espectáculo que debe suponer esta colisión desde lugares más cercanos.

La otra pareja en cuestión se encuentra en Cáncer, muy cerca de ese manchurrón visible a simple vista que es M44, el cúmulo del Pesebre. Se trata de NGC 2672 y NGC 2673, una pareja de galaxias elípticas situadas a unas distancia de unos 200 millones de años luz, si bien esta distancia ha sido discutida e incluso hay algunos artículos en contra de su estrecha relación. Según el corrimiento al rojo (o redshift), NGC 2673 estaría a 210 millones de años luz, mientras que NGC 2672 estaría situada a 185 millones de años luz. Lo que ocurre aquí es que cuando dos galaxias están interactuando entre sí pueden dar este tipo de movimientos relativos, ya que, por decirlo de alguna manera, giran entre sí, llevando a equívoco en algunos casos. No sabemos a ciencia cierta si son verdaderas compañeras o no, pero lo cierto es que nadie diría lo contrario al ver su imagen. Ambas están incluidas en el catálogo Arp de galaxias peculiares con el número 167.

NGC 2672

Son dos galaxias que en estas noches invernales se sitúan en el cenit, en una zona perfecta para poder usar aumentos elevados y verlas con más claridad. A 125 aumentos ya es evidente la galaxia principal, NGC 2673, redondeada y brillante, visible con visión directa, aunque es algo mayor con mirada lateral. NGC 2672 se encuentra rozándola, una mancha más pequeña, mejor definida a mayores aumentos. El ocular de 7 mm resultó la mejor opción para esta pareja, a 214 aumentos, alcanzando un equilibrio entre definición y oscurecimiento del fondo que encuentro muy útil para galaxias pequeñas. Una débil estrella de magnitud 14 forma un curioso trío con las dos galaxias descritas, intentando hacerse ver ante miles de millones de estrellas que, por efecto de la distancia, parecen una simple mota de polvo flotando en un vasto océano.