Sobre la Pipa (NGC 6401 y NGC 6369)

La visión de la Vía Láctea estival bajo un cielo estrellado lejos de las grandes urbes puede llegar a ser verdaderamente sobrecogedora. Mil formas se perfilan en su superficie, destacando en Sagitario la gran nube oscura que comienza en el Cisne. Esta grieta negruzca presenta salientes hacia ambos lados, y si la noche es oscura podremos ver una de estas prolongaciones que se encuentra a la derecha de M8 y por encima de la cola del escorpión, formando un triángulo recto. Nos llamará la atención que presenta una forma muy linear, especialmente con visión indirecta, contrastando con todas las curvas que predominan en la zona. Esta nube oscura es conocida como la Nebulosa de la Pipa, y la zona más rectilínea se corresponde a la cánula y a la boquilla, en el extremo, mientras que hacia el Este se abre un poco más y forma la “cazoleta”. La nube, que podemos recorrer con prismáticos para disfrutar de cada uno de sus recovecos, está formada por varias nebulosas oscuras, destacando Barnard 78 (B78), B67, B66, B65 y B59, constituyendo esta última la boquilla. Pero el interés que hoy tenemos en esta nebulosa es que nos sirve para orientarnos y encontrar los objetos que tenemos en lista, ya que se encuentran justo al norte de “la Pipa”, donde tres estrellas brillantes formando una curva nos ayudarán en la búsqueda.

Comenzaremos por NGC 6401, un débil cúmulo globular que se encuentra a unos 34.000 años luz de distancia. William Herschel y su hijo, en el siglo XVIII, lo confundieron con una nebulosa, lo cual ya nos da una idea de su elevada dificultad. A pesar de tener una magnitud de 7.4, su brillo superficial es extremadamente bajo y sus estrellas quedan fuera del alcance de nuestros telescopios. Destaca una brillante estrella de magnitud 11 que parece engarzada en la corona del cúmulo, pero no es más que un efecto de perspectiva, ya que dicha estrella se encuentra mucho más cerca de nosotros. Una vez localizado, NGC 6401 aparece como una esfera de unos 5 minutos de arco de diámetro, muy débil y de bordes difusos, aunque la visión lateral ayuda a verla con mayor facilidad. Su superficie, sin embargo, podría describirse como “granujienta”, dando la curiosa sensación de que, de un momento a otro, todas sus estrellas van a resolverse. Pero no, NGC 6401 permanece envuelto en el halo de misterio que le rodea y no soltará prenda a no ser que se fotografíe con una exposición lo suficientemente prolongada. Aun así, merece la pena echarle un vistazo y dejar que se nos insinúe con ese crepitar invisible de estrellas que se puede adivinar en su interior.

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Vamos a viajar ahora a unos 3.500 años luz de distancia para contemplar una espectacular nebulosa planetaria denominada NGC 6369, conocida también como la Nebulosa del Pequeño Fantasma. Es una joven planetaria con una llamativa estructura anular, cuyas capas externas se expanden a unos 24 km por segundo. Se encuentra inmersa en la nebulosa oscura Barnard 77, por lo que no nos debe sorprender la pobreza en el campo de estrellas una vez que estemos con el telescopio. Nuevamente, la estructura anular de esta planetaria no se debe a una forma esférica, como la lógica podría dictar, sino que posee una estructura cilíndrica en forma de reloj de arena que vemos de frente (estructura similar a M27, en cuyo caso la vemos de perfil). Por este motivo puede parecernos, en fotografías de larga exposición, que la estrella central se encuentra un poco descolocada del centro exacto.

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NGC 6369 se encuentra a medio camino entre dos brillantes estrellas, c Oph y b Oph, formando un triángulo muy abierto con ellas. A bajo aumento ya se puede apreciar como una estrella borrosa y algo engrosada, imagen que irá cambiando si nos acercamos. A 214 aumentos la nebulosa se aprecia redondeada y más grande, aunque no supera el minuto de arco de diámetro, y su magnitud de 11.4 se hace patente, siendo más débil que la mayoría de planetarias que estamos acostumbrados a ver por esta zona. Sin embargo se puede apreciar sin problemas siempre que observemos bajo un lugar alejado de la contaminación lumínica, y con visión periférica comenzará a dejarse ver su interesante estructura: un anillo de humo de bordes engrosados, bastante regular en toda su extensión, sin atisbo de estrella central que causa tal espectáculo. Ésta es una enana blanca cuya magnitud de 16 complica bastante su detección, pero no hace falta verla para disfrutar de las vistas.

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Recorrido por Ofiuco

Conocemos bien las zonas más meridionales de Ofiuco, el serpentario, habiendo visto ya varios de sus cúmulos globulares y planetarias. Hoy vamos a ir a una región menos conocida pero no por ello menos interesante, situada en la parte superior de la constelación. Si la noche es oscura veremos un grupito de estrellas que adoptan, por un lado, la forma de la letra “V”, destacando al oeste otras dos estrellas más aisladas. Podríamos asemejar esa letra “V” con las famosas Hyades, en Tauro, y no en vano guarda cierta relación, pues antaño fue una constelación denominada Taurus Poniatovii, o Toro de Poniatowski, en honor al rey de Polonia en el siglo XVIII. La constelación fue después despojada de su título y sus estrellas volvieron a pertenecer a Ofiuco y a Aquila, quedando Tauro como único bóvido de la esfera celeste. Alrededor de esta extinta constelación vamos a viajar con nuestros telescopios para observar la tremenda variedad de objetos que podemos encontrar en esta zona del cielo: desde grandes cúmulos a lejanas galaxias, pasando por una interesante planetaria y, como no, por la estrella más veloz que podemos observar.

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Vamos a comenzar en el centro de toda esta región, dominada por una manchita perceptible a simple vista, que constituye un cúmulo verdaderamente interesante. Se trata de IC 4665, también conocido como el Gran Cúmulo de Ofiuco, una agrupación de una treintena de jóvenes estrellas que se disponen en un área equivalente a dos lunas. Su edad se ha estimado en unos 36 millones de años, más joven que las famosas Pléyades, aunque no hay rastro de la nebulosa que propició su nacimiento. Curiosamente no fue descrito por Messier, a pesar de que seguramente lo notaría brillar tímidamente en el cielo oscuro de su época. Probablemente se deba a que su gran tamaño hace que sea difícil de percibir con telescopios de campo reducido. Fue descrito, sin embargo, por Caroline Herschel (siendo el objeto número 21 de su catálogo), aunque su primera observación se atribuye a Philippe Loys de Chéseaux.

IC 4665 es, como podemos imaginar, un objeto para disfrutar con prismáticos o con un ocular de gran campo, ya que de otra manera no veremos más que algunas estrellas brillantes sin ninguna relación entre sí. En mi caso usé el ocular de 34 mm, que me proporcionaba unos 44 aumentos, suficientes para encuadrar todo el cúmulo en el mismo campo. Una docena de estrellas con un tinte blanco-azulado destacaban con fuerza en un campo bastante poblado de fondo, adquiriendo cierta estructura simétrica entre ellas. Por el buscador del telescopio el cúmulo cobraba mayor entidad, apareciendo más pequeño y aglomerado, dando una mayor sensación de agrupación.

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Nos desplazamos poco más de 3 grados al oeste para encontrar una galaxia, NGC 6384, objeto peculiar en esta zona veraniega del cielo. Es una espiral barrada muy llamativa que se encuentra inclinada unos 45º con respecto a nosotros, mostrando dos brazos principales que se van dividiendo progresivamente. Se encuentran poblados con multitud de manchas más rosadas, regiones HII, mientras que el núcleo aparece más amarillento, debido a la presencia de estrellas de edad avanzada. Recientemente la galaxia ha sufrido un aumento en su formación estelar gracias a la barra central, que canaliza el gas de los brazos y promueve el nacimiento de nuevas estrellas. Es considerada una galaxia LINER (low-ionization nuclear emission-line region), una galaxia cuyas líneas de emisión características se pueden explicar, o bien por un agujero negro supermasivo central, o por la emisión generada en grandes regiones HII.

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El cielo parece algo estático, y podemos pensar que el movimiento de las estrellas es demasiado lento como para que lo apreciemos durante nuestra corta vida humana. Pero estaríamos equivocados si pensamos así, ya que hay algunas estrellas con un movimiento aparente lo suficientemente rápido como para apreciarlo en un lapso de tiempo asequible. La estrella más rápida que vemos desde nuestro humilde planeta tiene nombre propio, conocida como la Estrella de Barnard en honor a su descubridor, Edward Emerson Barnard, que la describió en 1916.

Se encuentra a 5.98 años luz de nosotros y está acercándose al sol rápidamente, de manera que en el año 9800 se aproximará a tan sólo 3.75 años luz de distancia. Es casi la estrella más cercana, tan sólo superada por el sistema de Alfa Centauri. Es una enana roja de tipo espectral M4, cinco veces más pequeña que nuestro sol. En la década de los 70 se llegó a la conclusión de que estaba siendo orbitada por, al menos, un gigante gaseoso, si bien hoy se ha descartado esa posibilidad, aunque se sigue buscando la presencia de planetas de tipo rocoso. Es una estrella muy antigua, con una edad estimada entre los 7.000 y 12.000 millones de años, bastante mayor que nuestro sol. Sin embargo, aunque debería estar relativamente tranquila, se observó en 1998 una alteración en los parámetros espectrales concordante con la emisión de una llamarada, como si fuera una estrella fulgurante, un patrón típico de estrellas más jóvenes y activas. Nos queda todavía mucho por conocer, pero lo cierto es que esas grandes llamaradas no son lo más adecuado para los hombrecillos verdes…

La estrella de Barnard tiene el movimiento propio más rápido que podemos ver desde la Tierra, el equivalente a 90 km por segundo. A la distancia a la que se encuentra, corresponde a unos 10.3 segundos de arco cada año, de manera que, observándola cada cierto tiempo, podemos ser testigos del movimiento del astro. Su magnitud de 9.51, además, la hace asequible a cualquier instrumento, siendo recomendable usar altos aumentos para notar mejor las diferencias en su posición de un año para otro. Este dibujo tiene poco valor de forma individualizada, pero en los siguientes años podré compararlo con más imágenes para, de esa manera, observar el movimiento de la estrella.

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Tras esta observación estelar vamos a observar miles de estrellas aglomeradas entre sí, formando el curioso cúmulo globular NGC 6426. Los cúmulos globulares pueden diferenciarse en cuanto a su metalicidad, es decir, en cuanto a la presencia en ellos de elementos químicos más pesados que el helio. Aquellos de baja metalicidad tienen una edad más avanzada, ya que al formarse no había muchos elementos pesados en la galaxia. Suelen ser más frecuentes en el halo galáctico, mientras que los de alta metalicidad predominan en zonas más internas, en el bulbo. NGC 6426 pertenece al primer grupo, y es, de hecho, uno de los cúmulos con menor metalicidad que conocemos. Su edad se ha estimado unos 700 millones de años mayor que la de M92, convirtiendo al globular en uno de los más ancianos de nuestra galaxia. Su distancia a nosotros, de unos 67.000 años luz, así como el polvo que se interpone en nuestra línea de visión, hacen que no sea uno de los globulares más vistosos, aunque bien merece una visita. Con el Dobson de 30 cm, a 214 aumentos se apreciaba como una pequeña esfera de unos 3 o 4 minutos de arco de diámetro, difusa, con un centro más brillante que iba decreciendo hacia la periferia. Su núcleo medía aproximadamente un minuto de arco, y una quincena de débiles estrellas hacían gala de su brillo a pesar de la distancia, apareciendo por toda su extensión con relativa homogeneidad. Es un cúmulo de categoría IX en la clasificación de Shapley-Sawyer, si bien personalmente le habría dado una categoría algo más concentrada.

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Vamos a terminar esta visita con la guinda del pastel, una nebulosa planetaria conocida como NGC 6572 o la Nebulosa de la Raqueta Azul. Es uno de los objetos más fascinantes que podemos encontrar en la constelación, y el misterio no hace más que aumentar cuanto mayor es la abertura utilizada. De entrada su nombre ya indica que es una planetaria colorida, con observaciones que van desde el azul hasta el verde (también es conocida como el Ojo Esmeralda), pasando por el turquesa. Personalmente no tengo muy buena distinción de estos colores, pero pude apreciarla de un color azul claro bastante llamativo. Situada a unos 4800 años luz de distancia, fue descubierta por el buscador de dobles Wilhelm von Struve en 1825. Es una planetaria joven de forma cilíndrica, con su estrella central rodeada por un torus gaseoso que “estrangula” a la nebulosa en el ecuador. Sin embargo, no la vemos así porque se nos presenta de frente, apareciendo como un disco muy brillante con algunas prolongaciones hacia los lados. Su estrella central es variable, con estimaciones que van desde la décima magnitud hasta la 14.

Con una extensión de 14 segundos de arco (que corresponden a un tercio de un año luz a la distancia a la que se encuentra) es un objetivo pequeño, aunque extremadamente brillante. Tiene una magnitud de 8.1, mucho más brillante que M57, y es fácilmente visible con unos prismáticos como una estrella más. Basta mirar con el telescopio y usar elevados aumentos para apreciarla como un pequeño disco brillante de color azulado. Brilla más que cualquiera de las estrellas que hay a su alrededor, y con visión periférica, a 214 aumentos, pude apreciar una débil estrella central. Personalmente no creo que fuera tan débil, diría que es el efecto atenuante de estar inmersa en una masa gaseosa tan distintiva. A 300 aumentos adquirió un tamaño levemente ovalado, y durante los momentos de estabilidad aparecían dos pequeños arcos abrazando a la nebulosa en lugares opuestos, como el comienzo de unos brazos galácticos en espiral. Sorprendido por el descubrimiento (no había visto previamente imágenes de la nebulosa), seguí disfrutando algunos minutos más, y entonces fui consciente de que la planetaria estaba rodeada de una esfera muy débil y más amplia, como si fuera un halo externo. Me recordaba mucho al halo de humedad que rodea a las estrellas brillantes algunas noches, cuando se observa a muchos aumentos, así que moví el telescopio hacia otras estrellas brillantes, comprobando que dicho halo desaparecía. Volví de nuevo a NGC 6572 y allí estaba, extremadamente débil, esa etérea capa apenas visible. Leyendo posteriormente encontré que O’Meara comenta en su libro “Deep Sky Companions: Hidden Objects” que también ha llegado a apreciar alguna vez un halo, así como también lo han documentado otros astrónomos observando por grandes telescopios. La lógica habla en su contra, pues, al parecer, la planetaria es bastante joven (poco más de 2000 años) como para haber desarrollado una envoltura tan grande. Tampoco he encontrado fotografías donde se vea esa capa, pero el hecho de no ser el único que la ha visto hace que me replantee el asunto. Personalmente, debería volver a observarla bajo condiciones idóneas para comprobar que se repite su visión, aunque la transparencia de esa noche, a 3.000 metros de altura en lo alto del Veleta, es difícil de superar. Bueno, está claro que la astronomía puede dar sorpresas y comeduras de coco a partes iguales, y ahí radica parte de su encanto. Adoptaré un punto de vista agnóstico: no negaré la existencia de esa capa gaseosa ni me empecinaré en confirmarla. Simplemente, me llevo para mí la sensación de asombro que sentí esa noche, y posteriores observaciones ya se encargarán de inclinar la balanza hacia uno u otro lado.

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Mellizos en Ofiuco (M10 y M12)

La estación de los cúmulos globulares ha llegado, y con ella la constelación de Ofiuco, una de las más ricas en este tipo de objetos, se eleva cada vez a primera hora de la noche. Los cúmulos globulares se formaron a la par que la galaxia, mil millones de años arriba o abajo, ajenos a las turbulencias y supernovas que ocurrían en el disco galáctico, por lo cual podemos observarlos prácticamente tal cual eran por entonces. Hoy vamos a ver dos de estas reliquias de la Vía Láctea, M10 y M12.

M10 es un globular situado a una distancia de 14.300 años luz, relativamente cerca si lo comparamos con el resto de cúmulos. Va girando lentamente alrededor del núcleo de la Vía Láctea, tardando unos 140 millones de años en recorrer una vuelta completa. Fue descubierto por Messier en 1764, pero no sería hasta 8 años después cuando William Herschel pudo distinguir de forma individualiza su multitud de estrellas. M10 se encuentra dentro de la categoría VII de la clasificación de Shapley-Sawyer, lo cual nos habla de una concentración relativamente baja (recordemos que el grado I era el de mayor densidad central). Cuenta con unas 100.000 estrellas entre su población, destacando en su núcleo una importante cantidad de estrellas binarias. Es en estas zonas donde se han descubierto varias estrellas “rezagadas azules”, formadas precisamente por la colisión entre dos estrellas, algo que no es de extrañar dado el gran número de éstas. El diámetro de M10 se estima en poco más de 80 años luz, si bien su periferia es tan débil que no será visible sino en fotografías de larga exposición.

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Sin embargo, visualmente, M10 es uno de esos globulares que marcan a cualquiera que lo vea desde un lugar apartado de las luces de la ciudad. Visible sin dificultad a través del buscador, a bajo aumento revela una forma circular, con el centro más brillante. A medida que vamos usando mayores aumentos podremos apreciar que su estructura es de todo menos homogénea, siendo probablemente uno de los cúmulos globulares que más variedad puede mostrar. A pesar de ser un globular de categoría VII, su núcleo queda bien destacado en el centro, con una forma alargada, achatado en la mitad, como si fuera un cacahuete. Multitud de estrellas pueblan esta zona, perfectamente resueltas y tan juntas que a veces cuesta trabajo diferenciar unas de otras. A partir de ahí la corona se extiende por diámetro total mayor de 10 minutos de arco, siendo mayor el radio por su lado noreste. Sin embargo, lo más llamativo de M10 se aprecia conforme pasan los minutos, cuando van apareciendo débiles prolongaciones desde el núcleo hacia la periferia, como las patas de una araña, destacando dos más brillantes. Algunas zonas más densas rompen la poca uniformidad que pudiera haber, completando así uno de los cúmulos más llamativos que podemos contemplar.

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Muy cerca, a poco más de 3 grados de distancia, encontramos a la pareja del M10, otro cúmulo globular que nos permitirá comparar distintas morfologías y estructuras. Se trata de M12, situado tan sólo un poco más lejos que su compañero, a unos 16.000 años luz, y con un diámetro de unos 75 años luz. De igual modo que en el vientre materno uno de los gemelos puede verse perjudicado con respecto al otro, M12 ha sufrido de manera más acusada su paso a través del disco galáctico. Las fuertes corrientes de marea han apartado del cúmulo a las estrellas menos masivas, de manera que M12 ha perdido un millón de estrellas que han quedado dispersas por los brazos de la Vía Láctea. Hoy cuenta con unos 250.000 astros que se disponen con una densidad muy baja, tanto que hasta hace poco se pensaba que M12 era un producto intermedio entre un cúmulo abierto y un globular. Hoy se sabe a ciencia cierta que se un cúmulo globular muy poco concentrado, obteniendo un grado IX en la clasificación Shapley-Sawyer.

Al ocular, en seguida notaremos la diferencia con respecto a M10. M12 es menos brillante y sus estrellas parecen minúsculas motas de polvo. Aunque poco marcada, presenta un núcleo más definido de forma romboidal, con una corona que alcanza un diámetro de unos 10 minutos de arco, que se va perdiendo gradualmente hasta desaparecer por completo. Las estrellas del núcleo son algo más brillantes, y tras varios minutos de adaptación a la oscuridad destacan 3 prolongaciones que salen en dirección norte a modo de dedos. M12 cuenta con un as bajo la manga que atraerá nuestra mirada instantáneamente si la atmósfera está limpia. Se trata de una estrella rojiza que destaca claramente justo al borde del núcleo, llamando poderosamente la atención, proporcionando a esta familia de soles una firma totalmente personalizada.

M12

Aires de verano (M107 y NGC 6309)

Ofiuco es una de esas grandes constelaciones que, abarcando una zona de gran superficie, no llega a tener una forma clara y definida en nuestra imaginación, como puede suceder con Leo o con Escorpio. Es conocido también como el “serpentario” o el cazador de serpientes, y se encuentra precisamente entre las constelaciones de Serpens Caput y Serpens Cauda. A mis ojos aparece como la silueta de una inmensa casa cuya base reposa sobre el lomo del escorpión, y guarda una enorme cantidad de objetos de cielo profundo, destacando, sin duda, los cúmulos globulares.

Hoy vamos a hablar de M107, un cúmulo que fue descubierto por Méchain a finales del siglo XVIII, pero no se incluyó en el catálogo Messier hasta 1947, junto con M105 y M106. Es un cúmulo globular muy disperso, de tipo X, que se encuentra a unos 21.000 años luz de distancia. Además de ser poco denso, es relativamente pequeño, alcanzando los 80 años luz de diámetro. Unas 100.000 estrellas conforman su población, encontrándose entre ellas 25 variables y algunas azules rezagadas. Su metalicidad es característicamente elevada, pudiendo compararse a un 11% de la solar, lo cual habla en favor de una edad relativamente joven para un cúmulo globular. La mayoría de los globulares, de mayor edad, tienen una metalicidad que raramente supera el 1%.

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Al ocular, M107 es un espléndido objeto que, bajo un cielo oscuro, puede mostrarnos un gran aspecto. La mejor imagen la obtuve con el Kronus de 7 mm, a 214 aumentos. El globular ocupaba casi una tercera parte del campo, con forma redondeada y sus estrellas dispuestas en dos grupos. Uno central, más brillante y con sus componentes más unidas entre sí, y otro más periférico, con diminutas estrellas salpimentando la zona, todo ello arropado por una débil neblina de fondo.

A unos 10 grados hacia el corazón de la constelación, por encima de Sabik o Eta Ophiuchi, hay otro objeto digno de observar tras contemplar a M107. Después de una primavera rica en galaxias, es de agradecer la presencia de una nebulosa planetaria, y más aún una tan interesante como NGC 6309. Wilhelm Tempel la descubrió bien entrado el siglo XIX, y apenas 4 años después se pudo comprobar su naturaleza gaseosa gracias a la determinación de su espectro. NGC 6309 es una planetaria que se encuentra a unos 7000 años luz de distancia y posee en su centro una débil estrella, enana blanca, que va camino de apagarse por completo. Es una estrella muy densa, extremadamente caliente, que alcanza los 90.000ºK, y su magnitud visual se estima alrededor de 13,7. Imágenes en diferentes longitudes de onda han revelado una estructura tetrapolar, con dos parejas de prominencias bipolares, formadas al parecer por la emisión de chorros de gas o jets de la estrella central que, además, posee una pequeña compañera orbitando a su alrededor.

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Al telescopio es evidente el sobrenombre con el que se conoce a la nebulosa, “el signo de exclamación”. Aparece a bajo aumento como una nebulosidad fina y alargada, concentrada, junto a cuyo extremo hay una estrella de la magnitud 13 que semeja el punto de la exclamación. Sin conocer muy bien si podía encontrar algún detalle más en su interior, cuando la observé intenté usar mayores aumentos, utilizando para ello el Kronus de 5 mm, que me proporcionaba 300x y una imagen bastante estable. El filtro OIII aumentaba su contraste con respecto al fondo del cielo, pero me daba la sensación de que emborronaba la imagen, así que decidí seguir a ojo desnudo. Al cabo de unos minutos pude ver, con visión lateral, que el tercio más cercano a la estrella aparecía con un brillo más intenso, así como el extremo más alejado, aunque este último algo menos. Quedaba así conformada la nebulosa por tres lóbulos, siendo el del medio el más débil, más o menos de similares proporciones entre sí. No pude ver rastro de la estrella central, probablemente se veía enmascarada por el brillo general de la nebulosa, así que no estará de más probar en un futuro con mayor aumento.

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