El anillo del escorpión (NGC 6337)

En estas noches cálidas de junio las dos estrellas que forman el aguijón del escorpión se elevan a medianoche, y justo a su derecha vamos a observar el objeto de hoy. La siguiente fotografía supone una buena introducción:

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Romano Corradi / Observatorio Roque de los Muchachos

Después de la sequía primaveral, las nebulosas planetarias vuelven a tomar algo de protagonismo, en esta ocasión con NGC 6337, una bonita planetaria que se encuentra en Escorpio, a una distancia que se estima entre 4500 y 5200 años luz. Se sitúa en pleno Brazo de Sagitario, el brazo que da cobijo a las grandes nebulosas del verano y que divide el cielo con su imponente luz. Fue descubierta en 1834 por John Hesrchel, en una época en la que nadie podría imaginarse su verdadera naturaleza. Una de las características más llamativas de NGC 6337 es que cinco estrellas atraviesan su disco de lado a lado, transmitiéndonos cierta sensación de artificio. Sin embargo, ha sido la casualidad la que ha colocado a las estrellas en ese lugar desde nuestra perspectiva, siendo sólo una de ellas la enana blanca que ha dado origen a la nebulosa. La estrella central, con una magnitud de 15, resulta bastante difícil de observar con telescopios de apertura media, si bien no es del todo imposible bajo cielos impecables. En la siguiente imagen podemos observar a NGC 6337 en su ambiente más cercano, un lugar repleto de hidrógeno que es ionizado por la multitud de estrellas que se están gestando.

Foto NGC 6337 campo

Don Goldman / Astrodon

Podríamos sentirnos tentados de describir NGC 6337 como una esfera de gas, pero la realidad es muy distinta, ya que presenta una estructura bipolar más parecida a M27, por ejemplo. Su orientación hacia nosotros es lo que evita que veamos los dos lóbulos, aunque una leve inclinación permite apreciar cierta elongación en el halo externo de la nebulosa. Que se formen dos lóbulos opuestos a la estrella es algo que puede desafiar nuestra lógica, cuando sabemos que la nebulosa se forma por la expulsión de las capas superficiales de una gigante roja… ¿Por qué no es, entonces, una esfera perfecta? La respuesta está en la estrella central, que no es una sino un sistema binario. Una pequeña estrella orbita a su compañera principal, dejando una estela de polvo que rodea a la estrella central como si fuera un donut, una estructura que se conoce como torus. Este donut cósmico es el responsable de canalizar el gas que expulsa la estrella central, que sólo puede expandirse a través de sus dos polos opuestos. No ha debido ser fácil descubrir el origen de estas nebulosas, y aún quedan muchos detalles que sacar a la luz para poder explicar de una forma más precisa su formación.

Una vez en el campo donde debería estar la nebulosa, será fácil que no seamos capaces de ver nada salvo una miríada de estrellas pululando aquí y allá. Estamos mirando directos al Brazo de Sagitario, así que no debería extrañarnos. Con mi Dobson de 30 centímetros comencé a notar su presencia al poco rato, como un tenue brillo fantasmagórico que formaba un triángulo con dos estrellas. Decidí entonces poner el filtro OIII y la magia surtió efecto. El anillo de humo apareció de repente ante mis ojos, tenue pero fácilmente reconocible, como una pálida versión de M57, algo más redondeada y débil. El borde, engrosado, no era precisamente fino, apreciándose sin ningún problema un considerable grosor si tenemos en cuenta la dificultad de su observación. Las estrellas colindantes, eso sí, desaparecieron en su mayoría con el filtro. Probé a retirarlo y ya, sabiendo su posición exacta, sí podía observar su contorno, distinguiendo sin problema la estrella más brillante de su hilera central, situada en uno de los extremos, que parecía inmersas en el borde del anillo de humo, rozando el agujero que parecía abrirse a sus pies. Sin duda, fue una de las sorpresas de la noche, así como un aliciente para volver a cazar esa esquiva estrella central. Finalmente decidí dibujar la planetaria con el filtro OIII, por lo cual aparece el campo especialmente vacío de estrellas. La débil estrella que tocaba su borde apenas podía apreciarse con el filtro, pero la he dibujado un poco más brillante para que se vea su posición.

NGC 6337

Burbujas y medusas cósmicas (Abell 6 y HFG1)

El 14 de marzo salió publicada en AAPOD2 una fotografía que me cautivó y me obligó a mirar al cielo buscando algún retazo de lo que pudiera ver. La fotografía en cuestión es ésta, de Frank Iwaszkiewicz:

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En ella podemos ver dos protagonistas indiscutibles, ambas nebulosas planetarias pero muy distintas entre sí. Abell 6, la pequeña que vemos a la derecha, fue la única que vi, y realmente es la excusa que utilicé para hablar sobre la otra, mucho más interesante y fuera de lo habitual. Ambas se encuentran en la constelación de Casiopea, muy cerca de los límites con Draco. Abell 6, también conocida como PK 136+4.1, es una nebulosa planetaria relativamente joven, que aparece con la habitual forma de burbuja cósmica de un color azulado verdoso, característico del oxígeno ionizado. Presenta algunas irregularidades en su zona central, pero llama la atención la perfección de sus bordes, que se muestran ligeramente engrosados. De la enana blanca que ocupa su centro apenas podemos atisbar un tenue reflejo.

Sin embargo, la otra planetaria llama poderosamente nuestra atención. Su nombre ya es peculiar, ya que se conoce como HFG1, en honor a Heckerthorn, Fesen y Gull, sus descubridores en 1982 (también se denomina PK 136+0.5). Su estrella precursora es V664, de magnitud 14.5, un tipo de estrella denominada binaria precataclísmica, formada por dos estrellas que giran a distancias cada vez más cercanas. Una de ellas es una enana blanca, mientras que la otra es una gigante roja, y completan un giro completo en apenas 14 horas, lo cual da una idea de su proximidad. Fuertes vientos en la zona condicionan la pérdida de abundante gas por parte de la gigante roja, y esto, añadido al hecho de la gran velocidad a la que recorre el medio interestelar, ha propiciado la formación de su elemento más característico. Como se puede apreciar en fotografías de larga exposición, HFG1 va dejando tras de sí un reguero de gas ionizado, una estela de material que se desprende al paso de la estrella como la cola de un enorme cometa. Serpentea a lo largo de unos 20 minutos de arco de longitud, como una víbora rojiza en cuya cabeza se encuentra la porción principal de la planetaria. Podemos apreciar un arco bien definido en uno de los lados de la nebulosa, el frente de choque que nos informa de la dirección hacia la cual se mueve este portento cósmico.

Estos objetos son especialmente interesantes en fotografías de larga exposición, aunque que su bajo brillo superficial los reserva para grandes telescopios y cielos especialmente oscuros. Desde mi lugar de observación habitual me enfrasqué en su búsqueda hace un mes, con Casiopea ya perdiéndose hacia el horizonte, pero quería conocer lo que podía ver antes de que descendiera demasiado. Encontré fácilmente la posición de Abell 6, aunque verla no fue tan sencillo. Tuve que ubicarla perfectamente, en medio de un pequeño triángulo de estrellas, y luego estuve bastante rato intercambiando oculares, probando con los filtros OIII y UHC. Finalmente, con el Hyperion de 13 mm y el filtro OIII conseguí intuir algo, vagamente al principio, aunque con un poco de persistencia pude llegar a apreciar la fantasmagórica forma redondeada de Abell 6. Resoplé aliviado y descansé la vista, dispuesto a afrontar la observación de HFG1. Sin embargo, he de admitir que se me resistió. La constelación se estaba sumergiendo en el hongo luminoso de la periferia de Granada, con lo cual tuve que darme por vencido. Sin embargo, ya está en mi lista de segundas oportunidades, porque estoy seguro de que está al alcance de un Dobson de 12 pulgadas. Solamente hay que buscarla cuando ocupe el lugar más alto del cielo y más lejos aún de cualquier fuente de contaminación lumínica. El otoño que viene habrá que intentarlo nuevamente.

Abell 6

Las alas de NGC 2346

Sabemos ya de sobra que los objetos celestes no son algo estático, no se encuentran flotando inmóviles, sino que interactúan entre sí de diversas y floridas maneras. Hoy vamos a estudiar un objeto apasionante que ilustra perfectamente este dinamismo cósmico. Se trata de NGC 2346, una nebulosa planetaria situada en la constelación de Monoceros, el unicornio, y que lleva tras de sí una historia fascinante. La fase de nebulosa planetaria ocupa un período relativamente corto de tiempo, poco mayor de 10.000 años de duración, pero antes de encontrar lo que veremos en la siguiente fotografía, dos estrellas ocupaban su lugar, girando una alrededor de otra en un delicado equilibrio de fuerzas.

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Una de las estrellas agotó el hidrógeno de su núcleo y, al colapsarse por acción de la gravedad, el aumento de densidad provocó su reactivación y la combustión del hidrógeno que quedaba en sus capas, de manera que estas se expandieron, entrando en la fase de gigante roja. Esta situación redujo la distancia que separaba a ambas estrellas, y su compañera, una gigante blanca, giraba veloz a su alrededor, cada vez más cerca, esparciendo el gas de su compañera en forma de anillo, de la misma manera que un ventilador en una habitación llena de polvo lo dispersaría en todas direcciones, o una manguera echando agua sin control a uno y otro lado. Al mismo tiempo la gigante roja se expandía aún más, enfriándose a medida que el calor debía dispersarse por un volumen mayor. Esta estrella terminó por expeler su envoltura y dar lugar a una nebulosa planetaria, con el gas expulsado deformándose en forma de mancuerna, en una estructura denominada bipolar. Su imagen nos recuerda a tantas otras planetarias de este tipo, como M27, M76 o NGC 2440, aunque NGC 2346 es más débil que todas ellas, con una magnitud aparente de 11.6 y un tamaño de un minuto de arco.

Su estrella central ronda la magnitud 11, fácilmente visible con cualquier telescopio, pero no siempre ha brillado así… En 1981 se registró una disminución de su intensidad hasta alcanzar la magnitud 15, que es estableció durante un año para volver, posteriormente, a su magnitud habitual. Luego, en 1996, se repitió el mismo proceso, y en 2004 tuvo lugar por última vez. ¿A qué se debe esa repentina disminución? Parece ser que a grandes nubes de gas que emitió en su momento la gigante roja, quedando desde entonces girando a su alrededor y produciendo, de vez en cuando, estos eclipses al interponerse entre la estrella y nosotros. En la siguiente gráfica de la AAVSO podéis apreciar estos cambios de magnitud.

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NGC 2346 es una nebulosa observable desde cielos contaminados, aunque su esplendor se muestra al observarla desde sitios verdaderamente oscuros. En mi caso la observé con el Dobson de 30 cm desde el Barrio de Monachil, a apenas 7 km de Granada, con una magnitud límite de 5, con lo cual no pude disfrutarla como se merece, aunque estas observaciones sirven para motivar una segunda visita. La estrella central brillaba intensamente, libre en ese momento de nubes de polvo y gas que pudieran oscurecerla. Desde el primer momento ya era evidente la presencia de cierta nebulosidad alrededor del astro, así que me decidí a probar mayores aumentos para obtener más detalle. A 300 aumentos la nebulosa adquiría una forma alargada, y algunas irregularidades comenzaron a notarse, algunos salientes que parecían querer romper con la homogeneidad y comenzar a formar nuevas prolongaciones, el principio de las “alas de la mariposa”.  No llegué a apreciar la característica estructura bipolar, aunque esos despuntes nebulosos eran muy sugestivos, dejando a mis ojos con ganas de más.

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En la siguiente imagen he representado cuáles serían sus bordes reales, los que se pueden apreciar en fotografías de larga exposición. En astronomía, sobre todo cuando las condiciones no son las ideales, tenemos que recurrir a la imaginación, aunque eso no es un impedimento para disfrutar de esta afición.

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Nubes al viento (Sh2-188)

Todas las constelaciones guardan secretos, objetos tenues y poco conocidos que esperan el momento de ser encontrados. El que nos ocupa hoy se encuentra en Casiopea y, a pesar de denominarse Sh2-188, no es una región HII. Más bien al revés, es una nebulosa planetaria excepcionalmente tenue, tanto que no fue descubierta hasta 1951 por el observatorio Simiez en Rusia, siendo catalogada posteriormente por Sharpless. En la siguiente imagen de Ken Crawford, del observatorio Rancho del Sol, podemos apreciar su espectacular despliegue:

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De entrada puede parecernos muy similar a Abell 21 o Sh2-274, la nebulosa de la Medusa, y puede que ambos objetos compartan más de un atributo. Sh2-188 fue considerada, al principio, un remanente de supernova, debido a la presencia en su parte más brillante de desgarrados filamentos que sugerían un evento especialmente catastrófico, y posteriormente se la consideró una región HII, momento en que fue incluida en el catálogo Sharpless. Sin embargo, años después se llegó a conocer su verdadera naturaleza gracias al espectro de su masa gaseosa, rica, entre otros elementos, en oxígeno ionizado. La estrella causante de tal espectáculo es una diminuta bola de gas cuya superficie supera los 100.000 kelvin. De hecho, en la anterior fotografía podemos verla, situada justo encima de la estrella anaranjada que ocupa el centro de la mitad izquierda de la nebulosa. Ese pequeño punto azulado es la estrella central.

Sh2-188 es una planetaria anular cuya estructura no ha sido especialmente distorsionada, ya que todavía podemos ver la forma anular principal, que comenzó a formarse hace más de 20.000 años. La característica más llamativa de esta nebulosa es la estela de gas que va dejando a su paso, algo que captó la atención de astrofísicos desde su descubrimiento. En la génesis de las nebulosas planetarias, según los modelos actuales, tienen una gran importancia los vientos estelares, de manera que durante la fase principal de la estrella, cuando se convierte en una gigante roja, va generando un viento a baja velocidad que es alcanzado por el viento rápido que la estrella genera posteriormente, cuando comienza a colapsarse por la gravedad. El viento rápido interactúa con el viento lento y se produce un frente de ionización, dando lugar a la forma característica que vemos en la mayoría de planetarias, una envoltura que se expande a unos 45 km por segundo. Y aquí entra a colación el motivo por el que Sh2-188 es especial. Normalmente los objetos se van moviendo a través del universo, porque como hemos visto en innumerables ocasiones el cosmos no es algo estático. La mayoría de nebulosas planetarias viaja a una velocidad entre 30 y 50 km por segundo, alcanzando algunas los 70 km por segundo. Sin embargo, Sh2-188 rompe estas barreras llegando a la vertiginosa velocidad de 125 km por segundo. De la misma manera que si sacamos la mano llena de harina por la ventanilla del coche los polvos van desperdigándose y formando una estela tras nuestro paso, el gas de Sh2-188 va quedando esparcido a su veloz paso a través del medio interestelar (conocido por las siglas ISM en inglés).

Visualmente no debemos esperar gran cosa, pues sólo podemos aspirar a atisbar la zona más brillante de la porción anular de la nebulosa, esa “onda de choque” que es la primera en golpear el medio interestelar. Sin embargo, conocer lo que estamos viendo convierte el desafío en algo excitante, aunque tendremos que disponer de cielos muy oscuros para intentarlo. La localización de Sh2-188 es extremadamente sencilla, cerca de Ruchbah o delta Cas, una brillante gigante blanca de tipo espectral A5 y magnitud 2.66, que se encuentra a unos 100 años luz de distancia. De ahí saltaremos a Chi Cas, una gigante amarilla de 4.68 de magnitud, y muy cerca podremos ver a la bonita gigante roja HD 9352, de magnitud 5.7 y un tono rojizo que delatará su presencia a bajo aumento. Muy cerca, a menos de medio grado de distancia, se encuentra Sh2-188, aunque para localizarla con exactitud será mejor tomar como referencia unas brillantes parejas de estrellas que hay un poco más lejos. Una vez conocida la posición exacta puede que no veamos nada, al menos si observamos con un telescopio “normal” en un cielo “normal”. Pero ya sabemos que, a veces, las cosas no son fáciles, así que es mejor ponernos cómodos y tener paciencia. El filtro OIII se hace imprescindible, a costa de sacrificar estrellas.

Nuestro objetivo será cazar la parte más brillante, la “proa”, la región que va golpeando en primer lugar la materia interestelar. Con mi Dobson de 30 cm, a 115 aumentos, apareció tras un largo rato como un tenue filamento alargado, sin bordes definidos, que desapareció en cuestión de segundos. Insistí y persistí, y de nuevo se dejó entrever por un espacio corto de tiempo. Allí, entre dos débiles estrellas, podía adivinarlo con visión periférica, extremadamente débil, extremadamente etéreo. Cuando la vista no muestra una imagen espectacular, nuestra mente debe encargarse de ello, así que no tardé en imaginarme ese filamento como la onda de choque de una inmensa nube de gas que atravesaba el espacio como un fugaz meteoro, provocando chispas de luz que ahora, 3150 años más tarde, llegaban a mi retina. Puede que mucha gente se pregunte si merece la pena tanto esfuerzo y frío para ver una mancha tan débil que roza la frontera con lo invisible; vaya si lo merece…

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Despidiendo estrellas (NGC 6804 y NGC 6842)

Hoy veremos dos nebulosas planetarias veraniegas que, aunque a priori no parezcan especialmente llamativas, cuentan con varias características interesantes. La primera se trata de NGC 6842, una de las pocas planetarias que tienen un puesto en el catálogo Sharpless, con la denominación Sh2-95 (este catálogo es un compendio, principalmente, de regiones HII). Se encuentra en la constelación de Vulpécula o la Raposa, a 5 grados de Albireo, y su magnitud de 13.5 no debe hacer que desestimemos en el intento. Al ser pequeña, de 1 minuto de arco cuadrado, no resulta tan complicado como pueda parecer. Se encuentra a unos 4000 años luz de distancia, protegida por miles de estrellas que sobrevuelan esa zona de nuestra galaxia. La planetaria se encuentra en plena rama de Orión, que vemos de frente, motivo por el cual hay tantas estrellas superpuestas. Eso, sumado a que una importante cantidad de polvo y gas bloquean parte de su luz, hace que no existan fotografías de alto detalle, apareciendo en la mayoría de ellas relativamente borrosa. Su estrella central, de magnitud 15.5, es ciertamente esquiva, ya que a su bajo brillo hay que añadir que queda disimulada por la superficie nebulosa.

Con todo esto, NGC 6842 se deja ver si observamos desde un lugar oscuro. A 115 aumentos ya se podía intuir en un campo densamente poblado de estrellas. Decidí usar mayores aumentos, definiéndose un poco más como un disco pequeño y difuso, aunque lo decisivo aquí es el filtro OIII, que realza “mágicamente” la nebulosa. Por supuesto, no pude ver ni rastro de la estrella central, que con mayores aberturas debe apreciarse sin problemas. También me resultó imposible detectar un engrosamiento muy leve de sus bordes que le proporciona una difusa estructura anular. Aun así, siempre es interesante ver estas burbujas de gas y pensar que, algún día, nuestro sol correrá la misma suerte.

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Nuestro siguiente objetivo es, visualmente, mucho más interesante, ayudado quizás porque se encuentra a medio camino entre el brazo de Sagitario y la rama de Orión, y puede verse menos afectado por el polvo galáctico. Se trata de NGC 6804 y es una de las planetarias más llamativas que podemos encontrar en la constelación del Águila. Descubierta por William Herschel en 1791, fue considerada durante mucho tiempo como un cúmulo abierto, en una época en que las nebulosas eran consideradas aglomeraciones de estrellas lo suficientemente débiles como para no ser resueltas. Así lo describe Herschel, e incluso William Henry Smith, afirmando “haber resuelto sus estrellas”, debido a la presencia de su estrella central y otras dos que aparecen embebidas en su superficie. En 1917, Frances G. Pease (famoso por descubrir Pease 1, la planetaria inmersa en M15) fue el que arrojó luz sobre su verdadera naturaleza al fotografiar el objeto con el reflector de 150 cm de Mount Wilson.

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NGC 6804, situada a 4900 años luz de distancia, presenta una estructura compleja formada por hasta 4 capas gaseosas superpuestas. La tercera es la más brillante, dispuesta a modo de torus alrededor de la estrella central, como si fuera un gran donut. La capa más externa forma una burbuja de más de un año luz de diámetro, muy débil pero visible en telescopios de gran abertura. Un vistazo en fotografías de larga exposición nos permitirá comprobar que hay cierta asimetría en el tamaño de sus capas, de manera que el lado hacia el sureste se encuentra más compactado que el opuesto. Este dato, sumado a que la velocidad radial de cada capa decrece del interior al exterior, ha llevado a la conclusión de que NGC 6804 está interaccionando intensamente con el medio interestelar, con si lanzamos una pompa de jabón contra la pared (aunque no llegará a explotar). Cada una de las capas es fruto de una época distinta, de un pulso de la estrella agonizante que, al fusionar helio, produce un súbito calentamiento y dilatación de sus capas más externas. Sin embargo, su destino ya está escrito. Cada vez soplará con menos fuerza y se transformará en una débil enana blanca, invisible a nuestros ojos.

Como adelantábamos, NGC 6804 es verdaderamente interesante a la hora de observarla a través del telescopio. Ya detectable con pequeños telescopios, gracias a su magnitud 12, con instrumentos de abertura moderada mostrará detalles muy llamativos. En mi caso, la mejor imagen la obtuve a 214 aumentos, apareciendo ante mis ojos un disco tenue en el que, de entrada, podía adivinar cierta heterogeneidad. Una visión más atenta puso en relieve la presencia de varias estrellas en su superficie. La estrella central, de magnitud 14, se adivinaba perfectamente como el eje de una lejana rueda, mientras que otras dos brillantes estrellas la flanqueaban con un ángulo de unos 150 grados. Tres astros más débiles, por último, rondaban la nebulosa a corta distancia. La nubecilla no era perfectamente redonda, sino que presentaba una forma ovalada, y en seguida saltaron a la vista dos condensaciones que marcaban sus bordes en polos opuestos, a modo de estructura anular dividida en dos partes. Una de las estrellas brillantes marcaba una de estas divisiones, mientras que la otra aparecía en realidad por fuera del borde. Me recordó a NGC 40, sólo que ella tiene sus bordes más finos, pero la imagen era ciertamente similar. El filtro OIII apenas proporcionaba mejoría evidente, en detrimento de las estrellas, así que decidí prescindir de él y disfrutar en directo de la nebulosa, imaginando cómo sería estar en esa “onda expansiva” que avanza a más de 50.000 km por hora.

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El final de las estrellas (NGC 7094 y Jones 1)

Las nebulosas planetarias tienen algo que nos fascina, quizás sea el hecho de poder contemplar una estrella despidiéndose, o conocer de primera mano cómo acabará sus días nuestro sol… Incluso las más pequeñas tienen algo de mágico, una pequeña esfera entre tanta estrella puntual, y resulta estimulante imaginar cómo sería su visión desde unos pocos años luz de distancia si pudiéramos viajar hasta ella. Hay una inmensa variedad en cuanto a forma, tamaño e incluso color, y todas ellas tienen un origen similar, comenzando el proceso cuando la estrella tiene unos cuantos miles de millones de años.

La estrella ha consumido el hidrógeno, su principal fuente de combustible, por lo que la gravedad gana terreno y comienza a contraer todo su volumen. Este colapso aumenta la densidad y, con ello, la temperatura, por lo que la fusión de hidrógeno se reactiva en las capas externas de la estrella y su atmósfera crece enormemente, convirtiéndose en una gigante roja. Al mismo tiempo, el aumento de la temperatura condiciona que, en el núcleo, el helio se pueda fusionar y dar lugar a oxígeno y carbono, elementos inservibles para una estrella de masa media (menor de 8 masas solares). El helio es un elemento bastante sensible a la temperatura, por lo que pequeños cambios de temperatura originan importantes aumentos en la intensidad de sus reacciones nucleares. Esto deriva en que la estrella comienza a emitir pulsaciones de energía, fuertes latidos que producen, paulatinamente, la expulsión de sus capas más externas de gas, formando una envoltura que recibe el nombre de nebulosa planetaria. Cuando la estrella pierde suficientes capas de su atmósfera deja en evidencia al brillante núcleo, que ha pasado a denominarse “enana blanca”, y su radiación ioniza los átomos de la envoltura gaseosa, que emite luz propia, fotones que llegan a nuestros telescopios y nos permiten maravillarnos con este interesante proceso. Proceso, además, extremadamente rápido, al menos en términos astronómicos, ya que la fase de nebulosa planetaria dura unos 10.000 años, tras los cuales el gas queda dispersa por el espacio, con una mínima densidad, y la estrella central, la enana blanca, se convierte en un silencioso espectador del cosmos que, poco a poco, se irá apagando en un completo anonimato.

Hoy vamos a ilustrar esta fase de la vida de una estrella con dos interesantes objetos que se encuentran en Pegaso. Esta constelación es famosa, principalmente, por sus numerosas galaxias, por lo que se agradece poder disfrutar en ella de dos nebulosas planetarias. La primera, la más pequeña, es NGC 7094, una esfera filamentosa situada a unos 5500 años luz de distancia, que comparte cielo muy cerca de M15, por lo que podemos aprovechar para observar el cúmulo globular de paso. NGC 7094 puede parecer una nebulosa relativamente normal, pero lo cierto es que muestra algunas características que la hacen especial. Su estrella central pertenece a una categoría denominada “estrellas PG 1159”, estrellas con altas concentraciones de helio, carbono y oxígeno, pero deficientes en hidrógeno, que representan un breve episodio de transición entre la estrella central de una nebulosa planetaria y una enana blanca que ha perdido su envoltura. Por lo tanto, NGC 7094 es una planetaria en vías de extinción, y su estrella, aunque brilla con una magnitud de 13, está apagándose a gran velocidad. El astro pertenece, concretamente, a un subtipo conocido como “estrella PG 1159 híbrida”, ya que muestra en su espectro líneas de Balmer correspondientes al hidrógeno. Sólo hay tres objetos que cumplen estos requisitos (siendo los restantes Sh2-68 y Abell 43, que veremos en otra ocasión) y las causas de su composición no se conocen bien aún. Estudiando NGC 7094 se ha encontrado la presencia de fuertes vientos estelares que pueden estar haciendo que pierda masa a una velocidad relativamente alta, así como una pequeña variabilidad de brillo y temperatura que podrían corresponder a los últimos esfuerzos de la estrella por mantener su compostura.

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Crédito: CHART32

Con un diámetro de 1 minuto y medio de arco, no es difícil de encontrar si disponemos de un mapa detallado, ya que a bajo aumento se distingue sin problema su estrella central, de magnitud 13, en un campo relativamente poblado teniendo en cuenta la zona del cielo en la que nos encontramos. La magnitud de la nebulosa se ha estimado en 13.7, pero su pequeño diámetro hace que podemos verla sin problema si usamos aumentos adecuados. En mi caso, con el Dobson de 30 cm, la mejor visión la obtuve a 214 aumentos, apareciendo la nebulosa como una pequeña esfera bien definida, con la estrella causante justo en el centro. El filtro OIII mejoraba mínimamente la imagen en detrimento de las estrellas, así que decidí disfrutar de ella sin más cristales de por medio (cuando el cielo es bueno, el uso de filtros se reduce muchísimo). Mirando el paisaje celeste que aparecía ante el ocular no podía dejar de maravillarme pensando que esa diminuta estrella, embebida en la nube de gas, dejaría de brillar en lo que dura un suspiro, mostrando una vez más que el cielo no es un cuadro indeleble, sino un lugar en constante movimiento y actividad.

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La segunda planetaria de la noche resultó ser una sorpresa mayúscula. Ya de entrada su nombre nos pone sobre aviso, ya que Jones 1 no es un nombre que relacionemos automáticamente con un objeto celeste. Dicho nombre hace referencia Rebecca Jones, la astrónoma que la descubrió en 1941. Se encuentra más cerca que la anterior, a 2300 años luz de distancia, por lo que su tamaño también es mayor, sobrepasando los 5 minutos de arco de diámetro. A la distancia estimada obtenemos un tamaño real de unos 3.5 años luz, convirtiéndose así Jones 1 en una de las mayores nebulosas planetarias conocidas. Hay varias estimaciones en cuanto a su magnitud visual, variando entre 13 y 15, si bien lo cierto es que presenta un brillo superficial extremadamente bajo. Su estrella central, de magnitud 16, se escapa en este caso a nuestro telescopio, aunque con mayor abertura y mejores cielos no debe ser muy complicada de ver.

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T.A. Rector/Univ.Alaska Anchorage, H. Schweiker/NOAO/AURA/NSF

Tiene una forma peculiar, esferoidal, aunque sus bordes son algo irregulares y engrosados en forma de letra C. Destaca en la imagen anterior una zona anaranjada justo bajo la planetaria que corresponde a una masa de hidrógeno, más bien característica de las zonas de formación estelar, por lo que es independiente de Jones 1. No podemos negar, sin embargo, que produce un llamativo contraste de color. Al telescopio, pude apreciar la nebulosa planetaria con el Hyperion de 13 mm, a 115 aumentos, como una nube informe y extremadamente tenue, tan sólo visible cuando movía ligeramente el tubo. Sin embargo el filtro OIII en este caso sí aportó una importante mejoría, apareciendo, como por arte de magia, una nubecilla de forma levemente ovalada. No pude ver ninguna estrella en su interior, tampoco contaba con ello, pero lo que sí pude apreciar fueron sus dos arcos más brillantes, situados en bordes opuestos, sobre todo con visión periférica. Aunque seguía siendo débil, conforme pasaban los minutos la veía con mayor facilidad, sorprendido por esa estructura de la que hace gala en las fotografías de larga exposición y preguntándome cómo no había oído hablar de ella con anterioridad. Por muchas noches que haya estado alguien bajo las estrellas y por muchos objetos que haya visto, siempre se pueden encontrar maravillas escondidas que requieren una búsqueda algo más intrincada. El resultado siempre merece la pena.

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Subiendo por las piernas de Casiopea (1ª parte)

Todos tenemos claro que los griegos tenían una imaginación extremadamente prolífica para ver figuras donde nosotros vemos estrellas. Algunas de estas constelaciones tienen una forma que recuerda a su nombre, pero hay otras que nada tienen que ver, destacando, entre otras, Casiopea, que es una antigua reina cuyo cuerpo está formado por cinco brillantes estrellas en forma de letra “M” o “W”, según cuando la observemos. Sin embargo, podemos encontrar una explicación a esa forma contorsionista. Casiopea, como ya sabemos, era la mujer del rey Cefeo, y ambos presumían de la belleza de Andrómeda, su hija, alegando que era mayor que la de las Nereidas. Nero, molesto por tal comparación, se quejó ante Poseidón, que envió a Cetus, la ballena, a destruir el reino de la pareja. La única manera de evitar al monstruo fue ofrecerle a Andrómeda como sacrificio, pero Perseo la salvó ayudado de la cabeza de Medusa. Hasta aquí, la leyenda más contada del cielo nos suena a todos, pero resulta que tras la unión de Andrómeda y Perseo, Casiopea, que buscaba el matrimonio de su hija con Fineo, mandó a cientos de guerreros para asesinar a su yerno. Éste, viéndose acorralado, sacó la cabeza de la Medusa y los petrificó a todos. No es de extrañar, pues, que los dioses castigasen a Casiopea colocándola en el cielo en una postura tan poco refinada, con las rodillas dobladas y moviéndose por el cielo con la cabeza hacia el suelo, como si estuviera zambulléndose en el agua (como escribió el poeta Arato: “nunca más volverá a reinar en un trono, pero se zambulle como un buzo con las rodillas dobladas”).

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Con la explicación mitológica a la contorsionada figura de la reina, vamos a recorrer una zona que corresponde a sus piernas, plagadas, como si fueran lunares, de decenas de cúmulos abiertos para todos los gustos. Comenzaremos en la estrella que marca su extremo, Epsilon Cassiopeiae, también denominada Segin (en la Nasa se conoce como Navi, en honor a Virgil Ivan “Gus” Grissom, uno de los astronautas que murieron en la misión Apolo I). Es una estrella de tipo espectral B3 y una magnitud de 3.38, situada a la considerable distancia de 442 años luz. A ambos lados de esta estrella se sitúan los dos objetos que vamos a ver hoy. El primero de ellos es una interesante y escurridiza nebulosa planetaria cuyo descubrimiento se atribuye a Wilhelmina Fleming, la primera mujer en dedicarse a la astronomía de manera profesional. Trabajó para Edward Charles Pickering y catalogó más de 10.000 estrellas en función de su tipo espectral, descubriendo además numerosas estrellas variables y nebulosas, destacando entre estas últimas IC 434, más conocida como la Nebulosa de la Cabeza de Caballo.

La nebulosa planetaria a la que nos referimos ahora es IC 1747, una pequeña planetaria de apenas 20 segundos de arco de diámetro que se encuentra a unos 30 minutos de Epsilon Cas, por lo que seguramente nos deslumbrará al principio cuando intentemos buscarla. Tiene una magnitud visual de 12, que sumado a su pequeño tamaño le proporciona un brillo superficial elevado. Su estrella central brilla con una magnitud de 15.8, situándola fuera de nuestro alcance, ya que la dificultad es aún mayor por el hecho de estar arropada por un fondo gaseoso. Se encuentra a 9600 años luz de nosotros y a unos 35.000 años luz del centro galáctico, no habiendo más datos de interés en los artículos publicados, que son muy escasos. Su forma, como tantas otras planetarias, es anular, con unos borde gruesos más marcados en dos lados opuestos.

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La primera vez que la observé la encontré con facilidad gracias a su cercana localización a la brillante estrella, apareciendo a bajo aumento como una estrella desenfocada. Al usar el ocular de 5 mm, a 300 aumentos, pude observar un bonito disco redondeado con bordes bien definidos. Por entonces no conocía su estructura, y tras varios minutos observándola me sorprendió notar, durante varios segundos, un agujero oscuro en su interior. Sorprendido, busqué entre mis apuntes a ver si tenía algo anotado sobre ella, pero sólo indicaba su nombre y su posición, así que volví al ocular. Cuando mis ojos se adaptaron nuevamente a la oscuridad comprobé que no me había equivocado, adquiriendo la nebulosa un aspecto anular tremendamente atractivo, con unos bordes más gruesos de lo que suele ser habitual en estas nebulosas. Sonriendo, la dibujé con paciencia, y cuanto más tiempo pasaba mirándola más fácilmente notaba ese anillo engrosado. La contemplé una vez más antes de irme, observando esa esfera de gas entre tantas otras estrellas, estrellas que tarde o temprano seguirán el mismo camino que su compañera.

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Cogí el atlas y comprobé que muy cerca, al otro lado de Epsilon Cas, había un cúmulo abierto, así que me fui directamente hacia él. Se trata de NGC 637, un cúmulo situado a unos 7000 años luz de distancia y compuesto por unas 30 estrellas de edad relativamente joven, contando tan sólo con 10 millones de años de vida. La nebulosa que les vio nacer ya se ha disipado, pero las estrellas persisten unidas entre sí en un espacio de unos 10 años luz de diámetro. Es rico en estrellas variables cefeidas, las estrellas que nos permitieron comenzar a intuir la verdadera envergadura del cosmos, como comentábamos en esta entrada. NGC 637 es un cúmulo pequeño, que no llega a los 5 minutos de arco de diámetro, y sus estrellas más brillantes adoptan la forma del número “2” mirando hacia abajo, con unas 12 estrellas más brillantes y algunas otras asomando tímidamente entre el resto.

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Enlaces relacionados a la galería del Nido del Astrónomo:

-Nebulosas planetarias-

-Cúmulos abiertos-