Formación estelar en el Cisne (IC 5146)

Nos sumergimos de lleno en la constelación del Cisne para observar un objeto que aparece frecuentemente en fotografías. Se trata de IC 5146, conocida popularmente como la Nebulosa del Capullo.

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Julie and Jessica Garcia/Adam Block/NOAO/AURA/NSF

Es una región de formación de estrellas en la que conviven nebulosas de emisión, reflexión y de absorción en un armonioso popurrí cuyo colofón es un río de oscuridad que serpentea y desemboca en la nebulosidad. Fue descubierta por Thomas Espin en 1899, aunque hay quien atribuye su descubrimiento a E. Barnard en 1893, a la par que descubría Barnard 168, el “río” que forma parte de este paisaje celeste y del que hablaremos posteriormente. Sea como sea, IC 5146 pasó a formar parte del catálogo Caldwell con el número 19 y, posteriormente, del catálogo Sharpless, conocido como Sh2-125. Se encuentra a unos 4000 años luz de distancia, y en el entramado nebuloso se han encontrado hasta cuatro núcleos de mayor densidad, puntos de ebullición estelar que lideran la gestación de estrellas. En el centro destaca una estrella de magnitud 9, BD 46º 3474, que ha surgido del centro de la nebulosa y cuya emisión ha limpiado de polvo y gas el centro de la misma, esculpiendo su entorno y haciendo que el sobrenombre “del Capullo” tenga algún sentido.

Foto ic 5146 gran

Tom V. Davis

IC 5146 se ha asociado erróneamente a ambas estructuras, la nebulosa y el cúmulo de estrellas que ampara, si bien lo correcto sería denominar IC 5146 a la nebulosa y Collinder 479 al cúmulo, pues fue en este último catálogo cuando se hizo referencia a la agrupación estelar. Más de 100 estrellas se vislumbran en los 12 minutos de arco que mide la nebulosa, aunque el Spitzer ha revelado, en el infrarrojo, más de 200 fuentes emisoras que corresponden a objetos extremadamente jóvenes, como cuerpos Herbig-Haro u objetos T-Tauri. B168 forma parte de LDN 1055, una nube molecular que cuenta con unas 2500 masas solares. B168, oscura por carecer de estrellas que la iluminen, muestra su mayor opacidad a unos 20 minutos de arco de IC 5146, aunque su estela se puede seguir hasta el mismo centro.

Foto IC 5146 spitzer

No es difícil encontrar la nebulosa en la zona más oriental del Cisne, por encima de la brillante Deneb. Podemos guiarnos gracias a M39, que se encuentra especialmente cerca y servirá para maravillarnos y adaptar nuestra visión a la oscuridad. Una vez en el campo veremos, rodeando a un grupito de seis estrellas, una tenue nebulosidad que parece abrazarlas de una forma tremendamente sutil, sin una forma definida. Tendremos que hacer uso de nuestra paciencia para esperar tras el ocular, y un buen rato después, con visión periférica, comenzaremos a desentrañar este curioso objeto. Es mejor usar aumentos relativamente bajos, de otra manera el contraste disminuye y la nube se pierde difuminada en el cielo. Encontré algo de mejoría con el filtro UHC, lo cual no hacer más que corroborar que la mayor parte de la nebulosa es de emisión, mientras que el OIII oscurecía demasiado la imagen. La zona interna, libre de nebulosidad, se hizo patente a los pocos minutos, con algunas otras condensaciones que destacaban muy levemente. Los bordes, más engrosados, parecían otorgar al centro la forma del símbolo infinito, una imagen que me recordaba a la planetaria Jones 1. Media hora después estaba observando una imagen que recordaba a las fotografías que ya conocía, si bien tuve que hacer un esfuerzo importante para no perder detalle. No encontré la nebulosa oscura, pues no sabía con certeza su posición y, además, estaba usando aumentos demasiado elevados para verla. Bajo cielos oscuros bastan un par de prismáticos para poder distinguirla sin dificultad, aunque de ello hablaremos en otro momento.

IC 5146

Mirando a través de la ventana (M24)

El que traemos hoy es quizás el objeto más peculiar de todo el catálogo Messier, debido, precisamente, a que no es un “objeto” como tal… ¿Cómo? Se trata de M24, catalogada en numerosas ocasiones como “nube estelar” o incluso como cúmulo abierto, pero esas denominaciones se alejan de su verdadera naturaleza. Para comprender lo que estamos viendo alejémonos por un momento de telescopios, prismáticos y pantallas de ordenador, yéndonos a un lugar oscuro en el que, al menos, podamos ver ligeramente la Vía Láctea surcando el cielo. Vemos que discurre desde el noreste, acompañando a Casiopea, hasta terminar entre Sagitario y Escorpio (más al sur si observamos desde latitudes meridionales), y podremos apreciar que se encuentra parcheada, con claroscuros bien definidos que la hacen completamente irregular. Pues bien, todas estas diferencias en su brillo se deben a ingentes cantidades de polvo y materia interestelar que se encuentran bloqueando nuestra visión del brazo de la galaxia, como si una pared traslúcida nos permitiera ver tan sólo una fracción del total de estrellas que discurren por el lechoso camino. Imaginemos por un momento el alto brillo que tendría la Vía Láctea si no fuera por este polvo: y, si no queremos imaginarlo, no tenemos más que dirigir nuestra mirada a M24.

M24 es una ventana, una zona del cielo libre de polvo y gas que nos muestra directamente lo que hay detrás, una claraboya que nos permite mirar directamente al brazo de Norma. Atravesamos, de esa manera, nuestro propio grupo de estrellas, el brazo de Sagitario-Carina e incluso el brazo de Centauro para sumergirnos aún más lejos, entre estrellas que se encuentran más allá de 12.000 años luz de distancia. Con el siguiente esquema podemos hacernos una idea de nuestro punto de vista:

Vía Láctea M24.png

Apuntemos con nuestros prismáticos al “cúmulo” estelar, y nos sorprenderemos con la cantidad de estrellas que podemos contar. De hecho, es el lugar donde más estrellas podemos ver en el mismo campo del ocular, habiendo mil de ellas al alcance de cualquier instrumento, dispersas por una superficie de apenas 2 grados de ancho y 1 de alto. Tan brillante es que puede apreciarse a simple vista como un enaltecimiento de la Vía Láctea, entre las pequeñas manchas que se corresponden con M8, la Laguna, y M17, la Nebulosa del Cisne. Si no fuera por el polvo interestelar toda la Vía Láctea tendría un brillo similar a M24, tanta luz que incluso proyectaría nuestra sombra sobre el suelo. En esta fotografía, realizada por Juan Francisco Salinas Jiménez, podemos apreciar la zona en cuestión: es verdaderamente difícil hacerse a la idea de que esa condensación de la Vía Láctea se sitúa en realidad mucho más lejos que las regiones colindantes, que pertenecen al cercano brazo de Sagitario-Carina.

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Autor: Juan Francisco Salinas Jiménez

La ventana que supone M24 tiene, a 12.000 años luz de distancia, un diámetro de unos 600 años luz, y en ella vemos la superposición de estrellas, cúmulos y nebulosas que se sitúan incluso a 16.000 años luz de distancia. Muy relacionado con esta situación se encuentra el término “extinción”, que no es más que el oscurecimiento de los objetos debido a la absorción y dispersión de la radiación electromagnética producida, principalmente, por gas y polvo. Por regla general se ha calculado que la extinción es responsable de que, por cada 3200 años luz de distancia, el brillo de los objetos disminuya entre 0.7 y 1 magnitudes. A 12.000 años luz, donde comienzan las estrellas de M24, esto supondría una disminución de su brillo en casi 4 magnitudes, pero la extinción de M24 se ha estimado en tan sólo 1.5.

M24, conocida también como la “Pequeña Nube de Sagitario” (la Gran Nube de Sagitario es otra región especialmente brillante y de mayor tamaño que se encuentra al oeste de la constelación), es realmente espectacular a través de unos simples prismáticos. Con una forma alargada, cientos de estrellas brillan en su interior, resultando imposible contarlas todas. La mayoría de ellas tienen una edad muy joven, de unos 220 millones de años, aunque destacan algunas estrellas rojizas que denotan una vida más larga y, probablemente, una situación más periférica con respecto al núcleo de la galaxia. Una de las más destacadas, apreciable sin dificultad a través de los prismáticos, al norte de M24, se denomina HD 167720, con una magnitud de 5.8. Es de tipo espectral K4 y, a casi 1000 años luz de distancia, es una gigante roja con un diámetro 40 veces mayor que nuestro sol.

Pero no nos quedemos en la visión global de esta familia de estrellas que, si bien resulta sobrecogedora, tiene más que ofrecernos si nos fijamos en los detalles. Sus dos elementos más llamativos, si la noche es oscura, serán dos nebulosas oscuras conocidas como Barnard 92 y Barnard 93, ambas situadas a una distancia mucho más cercana, a pocos cientos de años luz. El gas que las forma no se encuentra iluminado por ninguna fuente de luz, por lo que actúan como una pared bloqueando por completo lo que hay tras ellas. La más evidente es B92, que cuenta con una opacidad de 6 (siendo ese valor el más oscuro en la escala que elaboró Edward Emerson Barnard), mientras que B93, más pequeña, tiene un valor de opacidad de 4. Aparecen como dos pequeñas manchas negras, al norte de M24, siendo B93, más alargada, la única que contiene una débil estrella en su interior. B93, por cierto, era conocida antiguamente como el “agujero negro”, aunque dicho nombre quedó en desuso tras el descubrimiento de los famosos agujeros negros, que nada tienen que ver con estas nubes oscuras.

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Otro detalle llamativo de M24 es un cúmulo abierto que a menudo se ha confundido con la propia nube estelar. Se trata de NGC 6603, un interesante cúmulo abierto situado a unos 12.000 años luz de distancia. Esta familia de estrellas tiene una edad estimada en 200 millones de años, suficientes para que la nebulosa que les diera origen se haya diseminado por completo. La mayoría de ellas son de tipo espectral B, una treintena de componentes cuyo brillo individual no supera la magnitud 14. Sin embargo, su alta densidad hace que el cúmulo en conjunto brille con una magnitud de 11.4, por lo que será fácil de apreciar como una pequeña nebulosidad en el centro de M24. Con el Dobson de 30 cm se aprecian multitud de sus componentes, si bien con los prismáticos de 22×100 mm sólo se distingue una minúscula nubecilla redondeada, apenas destacada entre el inmenso brillo de la nube estelar. Por cierto, muy cerca de este cúmulo hay una estrella doble visible a bajo aumento, HD 168021. Sus dos componentes, de magnitudes 6.4 y 7.9, tienen una separación de 18 segundos de arco. La enorme cantidad de estrellas, sin embargo, resta protagonismo a este sistema binario que, de otra manera, captaría invariablemente nuestra atención.

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M24 contiene aún otros tesoros por resolver: una pequeña nebulosa planetaria denominada NGC 6567, más cúmulos abiertos como Collinder 469 y Markarian 18, así como algunas nebulosas oscuras menos evidentes. Tendremos tiempo para ir estudiando todos estos detalles, completando así la topografía de esta ventana al interior de nuestra galaxia. Muy cerca, además, como podemos comprobar en el dibujo, está el cúmulo abierto M18, así como otras grandes regiones HII que iremos viendo progresivamente.

Negro sobre blanco (NGC 6520 y B86)

Me atrevería a decir que la fascinación que causan dos objetos celestes distintos en el mismo campo del telescopio es algo común a la inmensa mayoría de astrónomos. La estación estival es, además, especialmente propicia para este tipo de parejas, ya que la zona que engloba a la Vía Láctea es tan rica en cúmulos y nebulosas que no es de extrañar que a menudo aparezcan agrupados. Hoy le toca el turno a la pareja formada por NGC 6520 y Barnard 86.

NGC 6520 es un cúmulo abierto de estrellas jóvenes, brillantes y azuladas cuyo origen data unos 160 millones de años atrás. Se encuentra a poco más de 6.000 años luz de distancia, ocupando un área de 6 minutos de arco de diámetro. A su lado destaca una mancha negra, que coloquialmente se conoce como “la mancha de tinta”. Se trata de Barnard 86, una nebulosa oscura que no se ve iluminada por otras estrellas. Durante mucho tiempo se relacionó con el cúmulo, ya que ambos se encuentran a una distancia similar y no sería inverosímil que el gas de B86 fuera el progenitor de las estrellas de NGC 6520. Sin embargo, estudios recientes han comprobado que cada uno de los objetos posee velocidades muy dispares, de manera que, aunque ahora estén en el mismo lugar de nuestra galaxia, hace millones de años se encontraban en zonas totalmente apartadas entre sí. Son, por tanto, fruto de un encuentro fortuito que nos permite disfrutar hoy de su unión. B86 bloquea la visión de las estrellas de fondo, una miríada de puntos que parecen formar una impenetrable placa de granito blanco. Estamos mirando a una zona próxima al centro galáctico, a tan sólo 4 grados de distancia, por lo que podemos perdernos entre infinitos puntos de luz. Probablemente esa sea la mejor baza de B86, estar situado ante un fondo tan brillante, de manera que el contraste está garantizado. Me pregunto cuántas nebulosas oscuras habrá en el firmamento, invisibles por encontrarse en un campo de escasas estrellas. Hablando de estrellas, hay una especialmente interesante que luce aún más por encontrarse junto a estos objetos. Se trata de SAO 186161, un brillante astro de magnitud 6.7 que desprende una intensa tonalidad rojiza. Es una gigante roja de tipo espectral K que se encuentra a poco más de 800 años luz de distancia. No tiene nada que ver con la nebulosa ni con el cúmulo, pero supone la guinda que corona a esta bonita estampa celeste.

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Para disfrutar de esta pareja (trío si tenemos en cuenta la estrella) de objetos es imprescindible ir a un lugar oscuro, ya que cualquier atisbo de contaminación lumínica hace empalidecer a las nebulosas oscuras. Con el buscador podremos percibir una pequeña mancha a medio camino entre Alnasl (gamma Sagittarii) y M8. NGC 6520 aparece como un bonito cúmulo de estrellas, contando cerca de una treintena de ellas en un espacio reducido. A su lado destaca B86, recortada sobre el brillante campo estelar, haciendo verdadero honor a su nombre, como si una gota de tinta negra como el carbón hubiera caído en ese rincón del cielo. Es tan opaca que nos permitirá usar mayores aumentos para observar el cúmulo con más detalle. En mi caso pude llegar cómodamente a los 214 aumentos sin perder ni una pizca de nitidez, eso sí, bajo los estables cielos de Sierra Nevada. B86 adquiría entonces una forma peculiar, con dos prolongaciones separadas entre sí a modo de corazón o letra “Y”. No es difícil imaginarla en un espacio tridimensional, especialmente gracias a la estrella SAO 186161, que brilla rojiza poniendo la nota de color a la observación. Sin duda, B86 es una de las nebulosas con las que todo astrónomo aficionado debería iniciarse para quitarse el miedo a este tipo de objetos, siempre y cuando la oscuridad del cielo acompañe.

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