Parte de un todo (VdB 16)

Volvemos a estudiar una gran estructura del cielo en base a una pequeña parte de su extensión. Ya hemos leído sobre la Nube de Perseo, una de las nubes moleculares más cercanas a nosotros. Las nubes moleculares son grandes masas compuestas es su mayor parte por hidrógeno y algo de polvo, ocupando extensos volúmenes en el disco de nuestra galaxia. En ocasiones sufren un proceso de fragmentación en el que se diferencian zonas de mayor densidad que el resto, y esas zonas, denominadas núcleos densos, irán atrayendo el gas circundante hasta formar estrellas. Cuando las primeras estrellas se forman en estos núcleos densos conforman una asociación OB, denominada así porque las estrellas de tipo espectral O y B son las que dominan esa región de la nube molecular, iluminando su entorno como grandes candelas celestes.

Volvamos a la Nube de Perseo. Se encuentra en el brazo de Orión, a unos 1.000 años luz de distancia, y ocupa un área extensa del cielo, desde la Nebulosa California a las nebulosas NGC 1333 e IC 348, lindando por el oeste con VdB 16 y VdBb 13, ya en la constelación de Aries. En toda la extensión de la nube se encuentran dos principales poblaciones de estrellas, siendo la más añosa la que se organiza en la asociación Perseo OB2, en torno a IC 348, cuyas estrellas se formaron hace unos 5 millones de años. La otra población es mucho más joven, tanto que sus estrellas están naciendo en este mismo momento, como se puede comprobar en las inmediaciones de NGC 1333.

El hidrógeno molecular que forma las nubes moleculares es invisible a nuestros ojos, por lo que sólo podemos observarlo si alguna fuente externa ilumina el gas y el polvo, algo que ocurre con las nebulosas de reflexión. Hoy vamos a espiar una de las porciones de la Nube de Perseo que es iluminada por una estrella de tipo espectral F, conocida como HIP 16170. El gas a su alrededor nos envía el reflejo fantasmagórico de la estrella, constituyendo una nebulosa de reflexión que conocemos como VdB 16, una denominación que pertenece al catálogo de nebulosas de reflexión que elaboró Sidney Van den Bergh.

VdB 16 se encuentra en el borde una nebulosa oscura, LDN 1455, cuya única diferencia con la nebulosa de reflexión es la estrella que ilumina a ésta última. Con unos 4 minutos de arco de diámetro, observar VdB 16 no es especialmente difícil desde cielos oscuros. Es débil, eso sí, y no su visión no se verá facilitada por el uso de ningún filtro, pero con un poco de esfuerzo mostrará sus principales trazos. La mayor dificultad para observarla radica en diferenciar el halo de HIP 16170, que ronda la magnitud 9.15, con la propia nebulosa, aunque con paciencia seremos capaces de distinguirlo sin problema. La nebulosidad se dispone flanqueando a la estrella, siendo por un lado difusa y, por el otro, más brillante y con un borde curvado que se aprecia con visión lateral. Parece una simple nube débil y difusa, pero no perdamos de vista que estamos observando la punta de un inmenso iceberg cósmico.

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El nacimiento de una estrella (NGC 1555)

Estamos acostumbrados a ver grandes nebulosas de emisión en cuyo interior brillan grandes estrellas con una edad de apenas unos pocos millones de años. Hoy, sin embargo, vamos a ir un paso más allá en la infancia de una peculiar estrella. Dirigiremos nuestra mirada a un punto muy concreto de la Nube Molecular de Tauro, una masa de gas que comprende una gran área del cielo, situada a unos 450 años luz de distancia. En concreto, el objeto que nos ocupa hoy es NGC 1555, una débil nebulosa que rodea a la estrella T Tauri. Pero empecemos por el principio…

Se dice que una estrella pertenece a la Secuencia Principal (main sequence en inglés) cuando comienza a producir la fusión nuclear del hidrógeno en su núcleo. Hasta ese momento la estrella no era más que el acúmulo de gas que, condensándose progresivamente por acción de la gravedad (atrayendo a la materia circundante), alcanza temperaturas más altas que la hacen brillar, de manera predominante en el infrarrojo. Hay un momento en el que la presión y la temperatura del núcleo son tan elevadas que tiene lugar la fusión nuclear, entrando la estrella en la Secuencia Principal. Pues bien, las  estrellas de masa menor a 2-3 masas solares que todavía no sufren la fusión nuclear se denominan estrellas T Tauri, un tipo de estrella, por tanto, extremadamente joven, que apenas llega al millón de años de edad. Estas estrellas están envueltas aún en el disco de polvo y gas del que se están nutriendo, un disco que va girando a su alrededor y evolucionando rápidamente, motivo por el cual las estrellas parecen cambiar su brillo de manera irregular.

El nombre de T Tauri se debe que el prototipo de este tipo de estrellas es T Tauri, un astro que normalmente brilla con la décima magnitud, colindante con las Híades. Se encuentra a una distancia de unos 460 años luz, 300 años más lejos que el conocido cúmulo abierto, por lo que su unión en el cielo es pura perspectiva. En la siguiente fotografía de larga exposición podemos comprobar el denso medio en el que la estrella se encuentra, una zona cubierta por densas nubes de polvo que oscurecen el fondo, dejando un resquicio para apreciar T Tauri. NGC 1555 es la porción de esta nube más cercana a la estrella, más brillante que el resto porque refleja su luz amarillenta.

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La estrella fue descubierta por John Russell Hind en 1852, brillando con magnitud 10 y acompañada de una nebulosidad en forma de arco. Sin embargo, a partir de 1861 la nebulosa fue apagándose hasta hacerse completamente indetectable en 1868: ¡los astrónomos de la época no podrían dar crédito! Luego, para asombro de todos, la nebulosa volvió a aparecer en 1890, desapareció y reapareció en 1920, quedando relativamente estable desde entonces. La propia estrella también variaba su brillo, bailando entre la magnitud 9 y la 14 sin seguir ningún patrón definido. Por si fuera poco, en 1860, Otto Struve descubrió otra pequeña nebulosa situada más cerca de T Tauri, a la que bautizó como NGC 1554 (Louis d’Arrest confirmó la existencia de este objeto): sin embargo, en unos pocos años ya había desaparecido por completo, motivo por el cual se vino a conocer como la Nebulosa perdida de Struve. Por lo que sabemos hoy en día, NGC 1554 tuvo que ser una pequeña porción de NGC 1555 que quedó iluminada transitoriamente por la estrella, como las nubes bajas y rápidas que pasan sobre una farola, iluminándose por momentos y apagándose al pasar. Y no acaba aquí el exotismo de T Tauri: en 1981 se descubrió que poseía una pequeña estrella compañera con la que formaba un sistema binario, con una separación entre ellas de unos 0.7 segundos de arco. Poco después una tercera componente hizo su aparición, conformando definitivamente un interesante sistema triple.

Cuando observemos NGC 1555 debemos tener en cuenta que estamos ante un objeto débil que requerirá cielos oscuros, más aún si la nebulosa ha sufrido un nuevo oscurecimiento. Una cercana estrella de magnitud 8.5 nos puede orientar para a la hora de estimar el brillo de T Tauri. Si tenemos un poco de paciencia y nuestros ojos están bien adaptados a la oscuridad podremos apreciar una débil nebulosidad, apreciable con visión periférica, que rodea a T Tauri por uno de sus lados, formando una especie de arco fantasmal. El uso de los filtros OIII o UHC hace que la débil nebulosidad desaparezca bruscamente, como ocurre con la mayoría de nebulosas de reflexión. A pesar de su debilidad, NGC 1555 es un objeto verdaderamente fascinante que deberíamos observar con apremio (a diferencia de lo que ocurre con galaxias y otros objetos de cielo profundo): no sabemos si el año que viene estará ahí para que podamos disfrutarlo.

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El parto de una estrella (Parsamyan 21)

Cada vez disponemos de mejores telescopios, más grandes y de mejor calidad, con lo cual el número de objetos que podemos observar se va ampliando exponencialmente. Los catálogos tradicionales, como el Messier o el NGC, ya no son suficientes, y a veces buscamos más allá: ya no sólo buscamos objetos lejanos, sino que vamos tras el exotismo de muchos de ellos, y como muestra el objetivo de hoy: Parsamyan 21.

Su nombre puede hacer que se nos agudice el oído, pues es un objeto relativamente “raro”. También se conoce como GC 19.26.6.01, y su naturaleza es verdaderamente interesante. Corresponde a un tipo de estrellas variables conocidas como FU orionis, recibiendo nuestra protagonista el nombre de HBC 687 o Herbig-Haro 221 (si quieres recordar más sobre los cuerpos Herbig-Haro haz clic en este enlace). Este tipo de estrellas son extremadamente jóvenes, envueltas aún en la nube de gas y polvo que les ha visto nacer. Este  gas va girando a su alrededor, produciendo eclipses cada cierto tiempo que resultan en el oscurecimiento de la estrella. Producen intensos vientos estelares de hasta 1000 km por hora, capaces de remover el disco de acreción que van formando a su alrededor. Parsamyan 21 es parte de la masa de gas que envuelve a HBC 687, una nebulosa de reflexión que brilla al reflejar el brllo de la estrella central. Su rápida rotación ha producido la emisión de gas en forma de dos chorros bipolares, uno de los cuales se puede apreciar con un telescopio de apertura moderada bajo un cielo oscuro.

Parsamyayn 21 se encuentra en la constelación del Águila, cerca de la interesante nebulosa planetaria NGC 6804. Es pequeña, alcanzando apenas un minuto de arco en su eje mayor, por lo que no debemos dudar en usar altos aumentos. Una vez tengamos localizada la nebulosa observémosla con paciencia y con visión indirecta. Si la atmósfera es estable no tendremos problema en ver una diminuta mancha nebulosa, casi como una estrella gruesa y desenfocada. El matiz viene cuando insistimos en su observación y esa pequeña mancha parece vestirse con una débil cola de gas, tomando el aspecto de un lejano cometa con sus bordes muy definidos. Es verdaderamente curioso contemplar un objeto de esta naturaleza, más aún si somos conscientes de lo que estamos viendo. En poco tiempo todo el gas circundante quedará disipado y Parsamyan 21 desaparecerá para dejar lugar a una solitaria estrella

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Formación estelar en el Cisne (IC 5146)

Nos sumergimos de lleno en la constelación del Cisne para observar un objeto que aparece frecuentemente en fotografías. Se trata de IC 5146, conocida popularmente como la Nebulosa del Capullo.

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Julie and Jessica Garcia/Adam Block/NOAO/AURA/NSF

Es una región de formación de estrellas en la que conviven nebulosas de emisión, reflexión y de absorción en un armonioso popurrí cuyo colofón es un río de oscuridad que serpentea y desemboca en la nebulosidad. Fue descubierta por Thomas Espin en 1899, aunque hay quien atribuye su descubrimiento a E. Barnard en 1893, a la par que descubría Barnard 168, el “río” que forma parte de este paisaje celeste y del que hablaremos posteriormente. Sea como sea, IC 5146 pasó a formar parte del catálogo Caldwell con el número 19 y, posteriormente, del catálogo Sharpless, conocido como Sh2-125. Se encuentra a unos 4000 años luz de distancia, y en el entramado nebuloso se han encontrado hasta cuatro núcleos de mayor densidad, puntos de ebullición estelar que lideran la gestación de estrellas. En el centro destaca una estrella de magnitud 9, BD 46º 3474, que ha surgido del centro de la nebulosa y cuya emisión ha limpiado de polvo y gas el centro de la misma, esculpiendo su entorno y haciendo que el sobrenombre “del Capullo” tenga algún sentido.

Foto ic 5146 gran

Tom V. Davis

IC 5146 se ha asociado erróneamente a ambas estructuras, la nebulosa y el cúmulo de estrellas que ampara, si bien lo correcto sería denominar IC 5146 a la nebulosa y Collinder 479 al cúmulo, pues fue en este último catálogo cuando se hizo referencia a la agrupación estelar. Más de 100 estrellas se vislumbran en los 12 minutos de arco que mide la nebulosa, aunque el Spitzer ha revelado, en el infrarrojo, más de 200 fuentes emisoras que corresponden a objetos extremadamente jóvenes, como cuerpos Herbig-Haro u objetos T-Tauri. B168 forma parte de LDN 1055, una nube molecular que cuenta con unas 2500 masas solares. B168, oscura por carecer de estrellas que la iluminen, muestra su mayor opacidad a unos 20 minutos de arco de IC 5146, aunque su estela se puede seguir hasta el mismo centro.

Foto IC 5146 spitzer

No es difícil encontrar la nebulosa en la zona más oriental del Cisne, por encima de la brillante Deneb. Podemos guiarnos gracias a M39, que se encuentra especialmente cerca y servirá para maravillarnos y adaptar nuestra visión a la oscuridad. Una vez en el campo veremos, rodeando a un grupito de seis estrellas, una tenue nebulosidad que parece abrazarlas de una forma tremendamente sutil, sin una forma definida. Tendremos que hacer uso de nuestra paciencia para esperar tras el ocular, y un buen rato después, con visión periférica, comenzaremos a desentrañar este curioso objeto. Es mejor usar aumentos relativamente bajos, de otra manera el contraste disminuye y la nube se pierde difuminada en el cielo. Encontré algo de mejoría con el filtro UHC, lo cual no hacer más que corroborar que la mayor parte de la nebulosa es de emisión, mientras que el OIII oscurecía demasiado la imagen. La zona interna, libre de nebulosidad, se hizo patente a los pocos minutos, con algunas otras condensaciones que destacaban muy levemente. Los bordes, más engrosados, parecían otorgar al centro la forma del símbolo infinito, una imagen que me recordaba a la planetaria Jones 1. Media hora después estaba observando una imagen que recordaba a las fotografías que ya conocía, si bien tuve que hacer un esfuerzo importante para no perder detalle. No encontré la nebulosa oscura, pues no sabía con certeza su posición y, además, estaba usando aumentos demasiado elevados para verla. Bajo cielos oscuros bastan un par de prismáticos para poder distinguirla sin dificultad, aunque de ello hablaremos en otro momento.

IC 5146

Una estela de luz en Cefeo (VdB 152)

A veces las fotografías nos inspiran a buscar ciertos objetos que, de otra manera, habríamos creído fuera de nuestro alcance, perdiendo la oportunidad de observarlos con nuestros telescopios. Algo parecido me ocurrió cuando observé por primera vez la exótica nebulosa VdB 152, que podéis apreciar en la siguiente fotografía. Resulta impresionante contemplar esa brillante nube blanco-azulada que va dejando tras de sí una sombría estela de gas y polvo, como un fantasma que se desplaza a través del universo.

Foto VdB 152

Crédito: Éder Iván

También conocida como Cederblad 201, se trata de una nebulosa de reflexión que habita en la constelación de Cefeo a unos 1400 años luz de distancia. Sidney van den Bergh es un astrónomo canadiense que nació en 1929, conocido, entre otras cosas, por crear un catálogo de nebulosas de reflexión que se disponen por todo el cielo. En total registró 158 de estos interesantes objetos, que no son más que porciones de gas iluminadas por alguna estrella cercana. En concreto, VdB 152 ocupa el borde de una nube molecular que se llama LDN 1217. La nebulosa de reflexión es la cubierta que envuelve a un Glóbulo de Bok, esa región oscura que aparece adyacente a ella y que se conoce como Barnard 175. En su interior están naciendo nuevas estrellas, que paulatinamente irán erosionando la nebulosa y dando la cara. Vemos una brillante estrella en el seno de VdB 152, BD+69 1231, de magnitud 9.3. Podríamos estar tentados de decir que es una de las estrellas nacidas en la nube molecular, pero lo cierto es que el movimiento de la estrella y el de la nebulosa son bien distintos, de manera que tienen orígenes dispares. El trayecto de la estrella la ha llevado a rondar esta región de la nebulosa, haciendo que brille al reflejar su luz. Dentro de unos miles de años el movimiento de ambos objetos hará que la porción iluminada de la nebulosa sea otra diferente. En el interior de la nube se pueden observar múltiples estrellas en proceso de formación, siendo una de ellas especialmente llamativa, ocupando en la siguiente imagen el borde derecho superior de la nebulosa.

Foto VdB 152 NOAO

T.A. Rector (University of Alaska Anchorage) and H. Schweiker (WIYN and NOAO/AURA/NSF)

Se trata de un cuerpo de Herbig-Haro, en concreto de HH 450, una estrella en sus primeros estadios de vida cuya rápida rotación produce la expulsión de enormes chorros de gas de forma bipolar. En la imagen también se pueden apreciar dos líneas rojizas, los restos de una antigua explosión de supernova que vagan cerca de la nebulosa.

Observar esta nebulosa es más fácil de lo que podría parecer, siempre y cuando observemos desde un lugar oscuro. Desde un primer momento, incluso a bajo aumento, se detecta sin mayores problemas que hay “algo” alrededor de la estrella principal, una nebulosidad que se aprecia mejor con visión lateral. Poco a poco la luz fantasmal va adoptando una forma alargada, y cuando nuestra vista se encuentra bien adaptada no es difícil distinguirla como si tuviera una forma de “L”, bastante similar a lo que observamos en las fotografías. La estela oscura que va dejando tras de sí es harina de otro costal: como mucho se observa que en la zona de la nebulosa oscura no hay más estrellas que una brillante en su región intermedia, mientras que en el exterior la concentración de estrellas es moderada. Una brillante estrella, STF 2883, pone la guinda a la observación. Es una estrella doble con sus componentes, de magnitud 5.6 y 8.6, separadas por unos 13 segundos de arco. La principal aparece de un color amarillo claro, mientras que la secundaria muestra un azul pálido muy sugerente. Sin duda, es una zona del cielo que vale la pena recorrer.

VdB 152

Nubes en Cefeo (NGC 7129 y NGC 7142)

Hace años, mientras buscaba NGC 7023, descubrí, en el corazón de Cefeo, una curiosa formación de estrellas asociadas a una patente nebulosidad, captando mi atención y haciendo que me detuviera un tiempo para observarlas. Varios años después me decidí a volver al lugar, esta vez con mayor sosiego y disponibilidad de tiempo. Se trataba de NGC 7129, y la siguiente imagen puede darnos una idea de su naturaleza:

Foto NGC 7129

Adam Block/Mount Lemmon SkyCenter/University of Arizona

Volvemos a observar las grandes masas de gas que nos rodean y que rellenan todo el cosmos propiciando la aparición de nuevas estrellas. En este caso estamos observando a unos 3.300 años luz de distancia, al centro de una nube molecular de hidrógeno en la que una elevada densidad ha dado lugar al nacimiento de una cohorte de estrellas, de apenas un millón de años de edad. En concreto, se han podido contar unas 130 estrellas, la mayoría de las cuales son invisibles a nuestros ojos, precisando observar en otras longitudes de onda para distinguirlas. En la siguiente imagen obtenida por el Spitzer, en el infrarrojo, destacan en color verde las estrellas más jóvenes. En concreto, esos filamentos verdosos son objetos Herbig-Haro, de los que hablábamos con anterioridad en esta entrada. Básicamente, son estrellas recién nacidas que generan fuertes vientos, dispersando el gas del que se forman hacia sus polos en forma de rápidos y cambiantes jets que calientan el gas. Uno de los más patentes en longitud de onda visible es el que tenemos en la región superior de esta rosa cósmica, denominado HH 103 (estoy seguro de que, bajo las condiciones de observación adecuadas, debe ser visible a través de telescopios de suficiente apertura).

Foto NGC 7129 Spitzer

La nube molecular original permanece invisible en las fotografías, manifestándose su presencia gracias a las regiones que son iluminadas por las nuevas estrellas. Este tipo de nebulosa es, por tanto, una nebulosa de reflexión, ya que el gas todavía no se encuentra ionizado, como ocurre en las regiones HII. La nebulosa, simplemente, se encarga de “reflejar” la luz de las estrellas que la iluminan. NGC 7129 debe su brillo a 3 estrellas centrales de tipo espectral B; en concreto es una de ellas, LkHα, la que se ha encargado de esculpir la nebulosa, vaciando su contenido interno de gas. Los grandes vientos generados y su erosiva luz ultravioleta han sido sus exclusivas herramientas.

Con una magnitud de 11.5, NGC 7129 es fácilmente visible con cualquier instrumento, distinguiéndose incluso a través del buscador si la noche es oscura. Seis brillantes estrellas llaman la atención en un campo estelar relativamente pobre, y la principal porción de nebulosa se establece alrededor de dos de ellas, disponiéndose como una nube difusa de forma triangular y unos 4 minutos de diámetro. Sus bordes no son definidos, sino que se pierden poco a poco hasta entremezclarse con el cielo. Otra pequeña mancha se encuentra situada al lado, entre otras dos estrellas brillantes. Algo más débil, presenta una forma alargada y los filtros, tanto el UHC como el OIII, no hacen más que oscurecer su silueta, confirmándonos que no son nebulosas de emisión. Una estrella cercana también parecía reflejar un tenue halo de luz fantasmagórica, y es que esta nebulosa, como se puede apreciar en las fotografías, es más grande de lo que podría parecer en un primer momento.

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No deberíamos perder la oportunidad de visitar un cercano cúmulo que prácticamente linda con la nebulosa, a unos 25 minutos de arco. Se trata de NGC 7142, situado a una distancia bastante mayor, estimada en unos 7000 años luz. Está formado por unas 250 estrellas cuya edad, mucho más avanzada, es de unos 3.000 millones de años, más en consonancia con nuestro propio Sol. Resulta curioso contemplar agrupaciones de estrellas que, pese a su avanzada edad, aún continúan unidas como si hubieran nacido ayer. Entre sus estrellas abundan, como es lógico, aquéllas de un color rojizo, si bien se han encontrado un número relativamente alto de rezagadas azules, las estrellas que encontrábamos en algunos globulares y que suelen estar asociadas con lugares extremadamente densos. La siguiente imagen muestra los dos objetos de esta entrada en el mismo campo, tan cercanos pero, a la vez, separados por miles de años luz.

Foto NGC 7129 7142

Crédito: Tony Hallas

NGC 7142, con una magnitud que ronda la novena y un tamaño de entre 10 y 15 minutos de arco, es un objetivo sencillo de observar con pequeños instrumentos. A través de mi Dobson de 30 cm pude contemplar una maraña de diminutas estrellas (una treintena de ellas) de magnitud superior a 13, colocadas todas ellas alrededor de tres estrellas protagonistas de mayor brillo. Un fondo neblinoso delataba la presencia de más componentes en la lejanía, y se podían adivinar algunas alineaciones estelares que colgaban como guirnaldas de las principales estrellas.

NGC 7142

Las nubes moleculares de Orión-Monoceros (NGC 2149 y NGC 2170)

El universo está enormemente jerarquizado, y siempre hay una estructura que está por encima de otra. Hemos estado en varias ocasiones la nube molecular de Orión, y ahora vamos a conocer la región en la que se engloba. El complejo de nubes moleculares de Orión-Monoceros es una maravillosa estructura que abarca una gran área del cielo, cuya fascinante historia se remonta a la época en la que se extinguieron los dinosaurios.

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Según numerosos estudios, hace 60 millones de años tuvo lugar un encuentro entre una nube de hidrógeno neutro (una masa de gas conocida como “high velocity H1 cloud” o nube de H1 de alta velocidad) y el disco de nuestra galaxia. La nube de alta velocidad tendría un diámetro de unos 1250 años luz y entraría en el disco galáctico desde el hemisferio sur, avanzando a la vertiginosa velocidad de 100 km por segundo (de ahí el adjetivo que las define). Esta colisión sería la que determinaría la formación, 20 millones de años después, de una inmensa nube molecular, formada también por hidrógeno, aunque en su forma molecular en vez de atómica (dos hidrógenos unidos entre sí). Esta gran estructura se vería esculpida, a posteriori, por las fuerzas de marea de nuestra propia galaxia, así como por la influencia de numerosas supernovas y los vientos de jóvenes estrellas supermasivas. El resultado final lleva a la disgregación del complejo molecular en nubes moleculares más pequeñas, formándose así sus principales componentes, las nubes de Orión A, Orión B y Monoceros R2.

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Las nubes de Orión fueron las primeras en nacer, hace unos 30 millones de años, mientras que la de Monoceros se formó más adelante, hace unos 10 millones de años. Las primeras, más cercanas, se encuentran a unos 1500 años luz de distancia, situándose la de Monoceros a 2500 años luz, a pesar de lo cual están estrechamente relacionadas entre sí y comunicadas a través de filamentos. En el seno de la nube molecular de Monoceros R2 comenzaron a destacar algunos núcleos más densos, dando lugar a las nebulosas que nos ocupan hoy.

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NGC 2170, fotografía de Adam Block

NGC 2170 fue descubierta por William Herschel en 1784, mientras que NGC 2149 permaneció oculta a la vista del hombre hasta cien años más tarde, cuando fue descubierta por Édouard Jean-Marie Stephan (el mismo que dio nombre al famoso quinteto de galaxias). Esta última se encuentra en el límite de las nubes de Monoceros R2 y Orión A, la cuales se encuentran unidas y formando una estructura anular, probablemente fruto de la burbuja en expansión producida por una supernova reciente. NGC 2170, la nebulosa más brillante de Monoceros R2, se encuentra a 3 grados y medio de su compañera. Al igual que ocurre con la Nebulosa de Orión, estas masas de gas ocultan tras de sí un enjambre de estrellas recién nacidas, así como otras tantas que están aún por nacer.

NGC 2149 es la más débil de estas nebulosas, precisando un cielo relativamente oscuro. Su tamaño de 3 minutos de arco hace aconsejable usa aumentos elevados, siempre y cuando no perdamos demasiado contraste. Con mi Dobson de 30 cm llegué a apreciarla con mayor claridad a 214 aumentos, apareciendo como una nebulosidad extremadamente débil que se disponía alrededor de una pequeña estrella. Ligeramente alargada, la nubecilla desaparecía por complejo cuando fijaba la vista, aunque con mirada periférica se dejaba ver con relativa facilidad.

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Mucho más brillante es NGC 2170, a pesar de contar con unas dimensiones similares. Aparece como una nebulosidad más densa en torno a una llamativa estrella, con dos prolongaciones que se disponen a ambos lados, abarcando otras dos estrellas como si fueran sus brazos. Con visión periférica se extienden algo más lejos, aunque no llegan a superar los 3 minutos de arco. Es emocionante pensar que estamos contemplando dos pequeñas cimas de un enorme iceberg que se encuentra oculto a nuestros ojos, haciendo patente, una vez más, que el universo se encuentra entrelazado e interactuando en todo momento.

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