A la luz de una lejana vela (IC 1470)

En la entrada anterior vimos algunas regiones HII que formaban parte de una gran nube molecular: hoy vamos a ver otra región HII que se encuentra más lejos aún y ocupa el borde de su nube molecular. Vamos a hablar de IC 1470, una pequeña masa de gas que se encuentra en Cefeo, asociada probablemente al cúmulo NGC 7510, que se sitúa muy cerca, a apenas 45 minutos de arco.

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La distancia a IC 1470 se ha estimado en casi 16.000 años luz, inmersa en el brazo de Perseo, a una distancia mayor de la que estamos acostumbrados a observar, de ahí el pequeño tamaño aparente de esta masa de gas. Mide apenas 2 minutos de arco de diámetro, por lo que debemos equiparnos de un buen mapa y una pequeña dosis de paciencia para encontrarla. Algunos estudios coinciden en que su composición es muy similar a la conocida M8, la Nebulosa de la Laguna, aunque se encuentren en lugares opuestos. Sin embargo, mientras que la Laguna tiene un diámetro de unos 70 años luz, IC 1470 mide unos 16 años luz de lado a lado. Otras cuatro regiones HII, demasiado débiles para ser vistas con el telescopio, se encuentran dispersas por la zona, todas formando parte de la misma nube molecular, en una región de formación estelar que se conoce como Avedisova 1336 o 110.12+0.04. Una estrella de tipo espectral O7 es la encargada de ionizar el hidrógeno de IC 1470 y la responsable de que podamos verla a través de nuestros telescopios.

Si tenemos problemas para observarla, ya sea porque las condiciones no son lo suficientemente oscuras o porque la apertura sea pequeña, podemos recurrir a un filtro UHC, que aumentará el contraste de la nebulosa con el fondo del cielo. Debido a su pequeño tamaño podemos usar elevados aumentos sin que pierda definición, apreciándola como una nubecilla difusa con el centro más intenso. Sus bordes adquieren una forma triangular, visible especialmente con visión lateral. Mientras observaba esta nube de gas intenté tomar conciencia de las distancias: alguien estaría contemplando en ese momento la misma nebulosa desde un lejano planeta, pudiendo observarla a simple vista y ocupando una gran porción de su firmamento; sin embargo, desde nuestro humilde planeta no es más que una diminuta sombra en la negrura  del cielo. Todo es relativo.

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Nubes en la oscuridad (Sh2-235)

Volvemos a usar hoy el potencial del filtro H-Beta con un objeto poco conocido que se encuentra en la constelación de Auriga, un poco más allá de las nebulosas IC 405 e IC 410, en pleno Brazo de Perseo. Vamos a pasar al lado de la asociación Auriga OB1, dejando atrás al brillante cúmulo M36 para centrarnos en otra nube molecular que se encuentra a casi 6.000 años luz de distancia. En el cristal de proa de nuestra nave imaginaria, ayudados por un filtro apropiado, podríamos ver algo similar a la siguiente fotografía:

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Crédito: Terry Hancock

A la derecha destacan IC 405 e IC 410, que desperdigan sus filamentos nebulosos por toda la zona. M38, arriba, y M36, abajo, dominan aparentemente la población estelar, dando paso a esas nebulosas rojizas que tocan el borde izquierdo de la imagen. En esa región vamos a centrarnos, a unos 5.850 años luz de nosotros, apreciándola mejor aquí:

Invisible a nuestros ojos  (y a los de la cámara fotográfica) toda esta zona se encuentra poblada por un inmenso complejo de nubes moleculares que se conoce como G174+2.5, formado al parecer por la fusión entre dos grandes nubes moleculares. Esta nube, formada por hidrógeno molecular, sufrió un proceso conocido como fragmentación y colapso, a través del cual aparecieron zonas de mayor densidad en su interior, denominadas núcleos densos. Estas regiones tenían una mayor capacidad atractora por su mayor masa, de manera que fueron acretando más y más masa. Así, la densidad en su interior aumentó hasta el punto que la temperatura, también elevada, permitió la fusión nuclear del hidrógeno, naciendo las primeras estrellas de la nube. Cuando las estrellas más jóvenes y masivas estimulan el gas con su radiación ultravioleta producen la ionización del hidrógeno, y toda la masa de gas resplandece con esa tonalidad rojiza: es lo que conocemos como una región HII. Por tanto, lo que estamos observando en la fotografía son algunas de las regiones HII que pertenecen a la nube molecular G174+2.5. Además, en esta nube se ha podido comprobar una teoría que en inglés se denomina “collect and collapse”, que viene a decir que la proliferación estelar es un fenómeno contagioso. Básicamente, una región HII recién formada produce algunas estrellas supermasivas que, en unos pocos millones de años, terminarán su vida como supernovas. Además, generan fuertes vientos estelares, contribuyendo así a estimular las zonas colindantes de la nube molecular, pudiendo desencadenar una cadena de formación estelar. Pues bien, en toda esta zona de la nube molecular se han encontrado más de diez cúmulos que, partiendo del más céntrico como origen (situado en Sh2-235), parecen tener mayor edad conforme mayor es la distancia a la que se encuentran. Son datos que apoyan esta teoría de formación estelar encadenada, que también se ha podido estudiar en algunas otras galaxias.

A la izquierda de la imagen, la región HII más extensa se denomina Sh2-232, bastante débil y difusa. La más destacada y brillante es Sh2-235: cuenta con un diámetro de unos 100 años luz y es la más fácil de observar con un filtro H-Beta. De hecho, cuando me asomé al ocular tras colocar el filtro mis ojos fueron directos a ella sin siquiera saber su posición exacta. No obstante, necesitaremos visión lateral para distinguirla con claridad. Aparece como una nubecilla de forma triangular y bordes difusos. La estrella BD+35 1201, que podemos ver brillando en el centro, es la responsable de ionizar la masa gaseosa.

Sh2-231 es la débil nebulosa arriñonada que aparece a la derecha, también visible con el filtro H-Beta pero de una manera mucho más débil, apenas visible con visión periférica si no es con paciencia y una buena adaptación a la oscuridad. Sh2-233, la pequeña y rosada nebulosa, no es más que otra región HII, parte del mismo todo que rodea la zona. Es, buscando un símil aproximado, como si estuviéramos en una enorme cueva y sólo pudiéramos observar algunas partes, aquéllas en las que una vela deja entrever algunos de sus tesoros.

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La Nebulosa California (NGC 1499)

Hay objetos que nos suenan particularmente lejanos, a menudo porque su brillo es tan bajo que sólo nos atrevemos a soñar con ellos. Sin embargo, en ocasiones los planetas se alinean y somos capaces de disfrutarlos con asombrosa facilidad. Algo parecido me ha ocurrido con la Nebulosa California, un objeto del que había leído desde que comencé con la astronomía pero del que nunca había conseguido ver nada más que las fotos que había en los libros. Nunca llegué a pensar que podría verlo con un pequeño telescopio y sin ningún esfuerzo, desde un cielo relativamente oscuro pero cerca de la campana de luz de Granada. Sin embargo, los astrónomos contamos, hoy en día, con algunas importantes ayudas, como son los filtros visuales. Me había comprado recientemente el filtro H-Beta y estaba deseando probarlo con algunos objetos particulares, pero uno de los que más interés despertaba en mí era éste:

La Nebulosa California, también conocida como NGC 1499 o Sh-220, toma su nombre del evidente parecido con el estado norteamericano. Es una nebulosa de emisión, una enorme nube de hidrógeno que se encuentra relativamente cerca, a unos 1.500 años luz de distancia: forma parte de la rama de Orión, el mismo lugar que ocupamos nosotros en la galaxia. Su diámetro mayor alcanza los 100 años luz, con unos 25 años luz de anchura, lo cual no es nada desdeñable. En el cielo, sus dimensiones aparentes alcanzan los 2.5 grados de arco, por lo que resulta evidente en la inmensa mayoría de fotografías de gran campo en las que aparece Perseo. Es esa brillante mancha rojiza de aspecto alargado que se aprecia al otro lado de las Pléyades:

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Cientos de estrellas recién nacidas se encuentra inmersas en los dominios de NGC 1499, pero sólo una es la responsable de ionizar la mayor parte de la nebulosa: xi Persei, la brillante estrella que se ve en la región central. También conocida como Menkib, es una estrella de tipo espectral O7, una de las más calientes que podemos apreciar a simple vista (con unos 35.000ºC en su superficie). Comenzó siendo una estrella con una masa 40 veces mayor que la del Sol, pero en unos pocos millones de años ha consumido todo su hidrógeno y los fuertes vientos la han despojado de una buena parte de sus capas externas. Su origen tuvo lugar en la asociación Perseus OB2, lugar del que salió disparada a gran velocidad y que estudiamos con más detenimiento en esta entrada. A esta estrella le debemos el espectáculo que nos brinda la Nebulosa California.

NGC 1499 no es un objeto que debamos abarcar con prisa: su bajo brillo superficial no nos facilitará la tarea. Sin embargo, un filtro H-Beta será de una ayuda inestimable. En mi caso, tras haber observado sin éxito la zona a bajo aumento, no pude evitar ahogar un grito cuando coloqué el filtro tras el ocular: la nebulosa cobró vida. Una primera región fantasmagórica surgió en torno a la brillante xi Persei que, por cierto, empalideció al usar el filtro. La masa nebulosa fue haciéndose cada vez más patente, con sus bordes más definidos, y pronto quedó enmarcada como dos franjas luminosas más destacadas que discurrían como dos ríos paralelos, con zonas de menor nebulosidad que se prolongaban más allá. La nebulosa era más estrecha de uno de sus extremos, ampliándose después tal cual podía apreciarse en las fotografías. Me quedé atrapado tras el ocular hasta que perdí la noción del tiempo: si en ese cielo podía distinguir tanto detalle, no podía imaginar cómo sería observarla bajo un cielo oscuro. Cuando conseguí despegarme del ocular guardé el filtro en su caja: no podía alegrarme más de tenerlo finalmente conmigo.
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Formación estelar en el Cisne (IC 5146)

Nos sumergimos de lleno en la constelación del Cisne para observar un objeto que aparece frecuentemente en fotografías. Se trata de IC 5146, conocida popularmente como la Nebulosa del Capullo.

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Julie and Jessica Garcia/Adam Block/NOAO/AURA/NSF

Es una región de formación de estrellas en la que conviven nebulosas de emisión, reflexión y de absorción en un armonioso popurrí cuyo colofón es un río de oscuridad que serpentea y desemboca en la nebulosidad. Fue descubierta por Thomas Espin en 1899, aunque hay quien atribuye su descubrimiento a E. Barnard en 1893, a la par que descubría Barnard 168, el “río” que forma parte de este paisaje celeste y del que hablaremos posteriormente. Sea como sea, IC 5146 pasó a formar parte del catálogo Caldwell con el número 19 y, posteriormente, del catálogo Sharpless, conocido como Sh2-125. Se encuentra a unos 4000 años luz de distancia, y en el entramado nebuloso se han encontrado hasta cuatro núcleos de mayor densidad, puntos de ebullición estelar que lideran la gestación de estrellas. En el centro destaca una estrella de magnitud 9, BD 46º 3474, que ha surgido del centro de la nebulosa y cuya emisión ha limpiado de polvo y gas el centro de la misma, esculpiendo su entorno y haciendo que el sobrenombre “del Capullo” tenga algún sentido.

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Tom V. Davis

IC 5146 se ha asociado erróneamente a ambas estructuras, la nebulosa y el cúmulo de estrellas que ampara, si bien lo correcto sería denominar IC 5146 a la nebulosa y Collinder 479 al cúmulo, pues fue en este último catálogo cuando se hizo referencia a la agrupación estelar. Más de 100 estrellas se vislumbran en los 12 minutos de arco que mide la nebulosa, aunque el Spitzer ha revelado, en el infrarrojo, más de 200 fuentes emisoras que corresponden a objetos extremadamente jóvenes, como cuerpos Herbig-Haro u objetos T-Tauri. B168 forma parte de LDN 1055, una nube molecular que cuenta con unas 2500 masas solares. B168, oscura por carecer de estrellas que la iluminen, muestra su mayor opacidad a unos 20 minutos de arco de IC 5146, aunque su estela se puede seguir hasta el mismo centro.

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No es difícil encontrar la nebulosa en la zona más oriental del Cisne, por encima de la brillante Deneb. Podemos guiarnos gracias a M39, que se encuentra especialmente cerca y servirá para maravillarnos y adaptar nuestra visión a la oscuridad. Una vez en el campo veremos, rodeando a un grupito de seis estrellas, una tenue nebulosidad que parece abrazarlas de una forma tremendamente sutil, sin una forma definida. Tendremos que hacer uso de nuestra paciencia para esperar tras el ocular, y un buen rato después, con visión periférica, comenzaremos a desentrañar este curioso objeto. Es mejor usar aumentos relativamente bajos, de otra manera el contraste disminuye y la nube se pierde difuminada en el cielo. Encontré algo de mejoría con el filtro UHC, lo cual no hacer más que corroborar que la mayor parte de la nebulosa es de emisión, mientras que el OIII oscurecía demasiado la imagen. La zona interna, libre de nebulosidad, se hizo patente a los pocos minutos, con algunas otras condensaciones que destacaban muy levemente. Los bordes, más engrosados, parecían otorgar al centro la forma del símbolo infinito, una imagen que me recordaba a la planetaria Jones 1. Media hora después estaba observando una imagen que recordaba a las fotografías que ya conocía, si bien tuve que hacer un esfuerzo importante para no perder detalle. No encontré la nebulosa oscura, pues no sabía con certeza su posición y, además, estaba usando aumentos demasiado elevados para verla. Bajo cielos oscuros bastan un par de prismáticos para poder distinguirla sin dificultad, aunque de ello hablaremos en otro momento.

IC 5146

Complejo de nebulosas en Gemini OB1

Las estrellas no se forman de manera de aislada: nacen en el seno de una nube molecular que se va enfriando y, una vez alcanzada determinada densidad, la presión en las regiones más internas es capaz de producir la fusión del hidrógeno, dando vida a una estrella. Sin embargo, en el núcleo de estas nubes moleculares las estrellas se forman en racimos, cúmulos estelares que, con el paso del tiempo, se irán separando. Nuestro Sol corrió la misma suerte, aunque hoy apenas nos sintamos parte de ningún grupo concreto (en su momento compartimos nido con algunas de las estrellas de la Osa Mayor). Hoy vamos a conocer una región verdaderamenrte fértil, situada al norte de Orión, junto al brazo derecho del cazador. Allí tenemos no una, sino varias regiones HII que se agrupan en una singular familia, cada una de las cuales es una zona condensada de la misma nube molecular, que se denomina Gem OB1. Como su nombre indica, abarca un área importante de la constelación de Géminis, aunque en su región más meridional alcanza parte de Orión. Es una de las nubes moleculares más extensas de nuestra galaxia, con unas dimensiones de entre 500 y 800 años luz, y en ella hay hasta 13 condensaciones donde se están formando estrellas de forma activa. Podemos ver gran parte de esta nube en la siguiente imagen:

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Se sitúa en el brazo de Perseo, a unos 8000 años luz de distancia, y la zona que nos interesa hoy es un complejo de 5 regiones HII que fueron descritas por Sharpless en 1959. Sh2-254 es la más débil, así como la más extensa, ionizada por HD 253247, una estrella de tipo espectral O9.5. Las dos nebulosas más brillantes son, sin lugar a dudas, Sh2-255 y Sh2-257, ambas visibles con instrumentos de mediano calibre. Sh2-255 también es conocida como IC 2162, y fue descubierta con anterioridad por Edward Barnard, en 1890. Un filtro UHC ayuda a observar estos cuerpos, aumentando el contraste del hidrógeno ionizado que conforma las nubes. Entre estas dos últimas nebulosas se encuentra un cúmulo abierto cuyas estrellas apenas han visto la luz. Son tan jóvenes que aún se encuentran envueltas en la nebulosa de la que están naciendo, siendo por tanto invisibles a nuestros ojos. El telescopio Spitzer, sin embargo, es capaz de atravesar este caparazón con sus ojos sensibles al infrarrojo, de manera que puede mostrarnos los astros en su más temprana edad. Deberán pasar unos cuantos años hasta que podamos verlos con nuestros propios ojos (desde unos cientos de miles hasta unos pocos millones de años, apenas un suspiro cósmico…). Los cuerpos más jóvenes se denominan YSO, del inglés “Young Stellar Objects”, y su estudio puede proporcionarnos valiosa información sobre el origen de las estrellas. Sh2-256 y Sh2-258 son otras dos de las nebulosas de este complejo, bastante débiles como para ser apreciadas con nuestros telescopios, si bien no son difíciles de fotografiar, presumiendo de ese tono rojizo tan típico de las guarderías estelares. Hay al menos otros 6 cúmulos escondidos entre estas regiones, ocultos por las masas de gas que los están formando, de manera que en poco tiempo habrá toda una hueste de cúmulos abiertos con los que disfrutarán nuestras futuras generaciones.

Este complejo de nubes se encuentra a los pies de Géminis, justo rozando el brazo derecho que alza Orión mientras apunta con su arco al oeste. Las dos nebulosas más brillantes son relativamente fáciles de ver, dispuestas alrededor de dos brillantes estrellas como pequeñas manchas algodonosas extremadamente tenues, que aumentan su contraste con el fondo cuando usamos un filtro UHC. La zona en conjunto alcanza unas dimensiones de hasta 50 minutos de arco, de manera que nos beneficiaremos de oculares de gran campo aparente. En mi caso usé un ocular de 22 mm y dos pulgadas, acompañado de un filtro UHC. Sh2-255 aparecía algo más brillante, redondeada alrededor de su “estrella central”. A su lado, Sh2-257 destacaba también como una nube circular, más definida al usar visión periférica. Algunas estrellas salpicaban su superficie, como si quisieran formar parte de un marco familiar, aunque no sabría decir si pertenecen al complejo nebuloso. Sh2-254 fue la sorpresa de este grupo, ya que pude distinguirla, con suma dificultad, a continuación de las dos anteriores. Con un tamaño algo mayor, sólo pude ver una de sus regiones, extremadamente débil y etérea, pero claramente visible en los momentos de mayor adaptación a la oscuridad. No podía dejar de mirar ese interesante trío fantasmagórico, pensando en lo pequeño que podía llegar a parecer algo tan importante como el germen de la vida de una estrella.

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Os dejo la siguiente versión de la imagen con los nombres incluídos:

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Las tres caras del hidrógeno (IC 1283, NGC 6589, NGC 6590)

Todos sabemos ya que el hidrógeno es el elemento más común en el universo, formando parte del agua que bebemos, el aire que respiramos y las grandes nubes que hay entre las estrellas. De estas nubes vamos a hablar hoy, así como de las distintas formas de hidrógeno que podemos encontrar en el cielo, eligiendo para ello una zona verdaderamente interesante en la que confluyen varias corrientes de gas.

El hidrógeno atómico, o neutro, es la forma más simple de este elemento, un protón y un electrón en constante interacción, y forma grandes nubes que se diseminan por todo el universo. Estas nubes se conocen como regiones HI, zonas de gas poco denso y frío (temperaturas de 150ºC bajo cero), invisible a nuestros ojos. Sin embargo, con instrumentos especializados se puede detectar, ya que emite una línea espectral característica que se conoce como línea de 21 cm. Si dos átomos se unen obtenemos una molécula, y eso es básicamente el material del que están formadas las grandes nubes moleculares, hidrógeno molecular o H2. Éstas predominan en las regiones de los brazos galácticos y son el lugar donde se forman nuevas estrellas, gracias a la progresiva condensación y enfriamiento de sus partículas. Al igual que el hidrógeno atómico, el H2 no es apreciable a simple vista. Sin embargo, con determinados instrumentos podemos localizar algunos otros elementos químicos que acompañan siempre a estas nubes moleculares, como es el caso del monóxido de carbono (CO). De esta manera, la existencia de monóxido de carbono en el cosmos nos revela la presencia concomitante de hidrógeno molecular. La última forma del hidrógeno, y la que mejor conocemos en astronomía, es el hidrógeno ionizado, el protagonista de las regiones HII. Cuando una estrella nace y adquiere suficiente energía, su radiación es capaz de ionizar átomos de hidrógeno, es decir, el electrón es arrancado del átomo y en su interior queda, tan sólo, un solitario protón. En el momento en que el electrón se desprende, emite radiación electromagnética en una determinada longitud de onda, ésta vez visible por nuestros ojos y detectada en determinados instrumentos como una luz característicamente rojiza. Este es el motivo por el que gran parte de las nebulosas tienen esa tonalidad en fotografías, como ocurre con M42, M8 o Sh2-112. En la siguiente imagen, obtenida por Sergio Eguivar, vamos adelantando el espectáculo al que vamos a dedicar la entrada:

Con esta breve introducción teórica ya estamos en disposición de asomarnos al telescopio para “observar” con otros ojos y ver en directo el proceso del que estamos hablando. Justo por debajo de M24, la cual tratamos extensamente en esta entrada, se encuentra una zona de encrucijada entre varias nubes de gas, situadas a una distancia algo mayor de 5000 años luz. La más llamativa, una gran masa de hidrógeno molecular, se denomina Lynds 291 y tiene una forma alargada y geniculada, de más de 250 años luz de longitud y hasta 65 años luz de anchura. En fotografías de larga exposición aparece como una zona oscurecida, ya que, como hemos comentado al principio, el hidrógeno molecular no se percibe en visual. Sin embargo, al norte de la nube podemos apreciar una zona rojiza que corresponde a Sh2-37, uno de nuestros objetivos de esta noche. También se conoce como IC 1283, Gum 78 o RCW 153A, y es la parte más brillante y densa de una región HII de mayor envergadura que tiene forma de anillo y se denomina RCW 153. En toda su extensión, esta nube de hidrógeno ionizado nos envía sus fotones, indicándonos que en su seno se están formando multitud de estrellas. Sh2-37 es fácil de apreciar a través del ocular, como una débil nubecilla difusa alrededor de la brillante estrella HD 167815, de magnitud 7 y tipo espectral B (en realidad es un sistema binario), que es la responsable de ionizar el hidrógeno. El filtro UHC realza el brillo de la nebulosa, aunque sigue teniendo una forma poco definida, y su mayor superficie parece extenderse hacia el sur.

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RCW 153. A la derecha abajo Sh2-37

Volvemos la vista atrás para conocer otra región HII conocida como Sh2-35, alargada y extremadamente débil, difícil incluso de captar en fotografías de larga exposición. Se encuentra al sureste de Lynds 291 y junto a ella encontramos varias estrellas de tipo espectral O y B, estrellas extremadamente jóvenes y energéticas que ionizan todo el gas que hay a su alrededor, conformando la denominada Asociación Sag OB7. Los brazos de nuestra galaxia están poblados de asociaciones como estas que dan color al cielo y generan nuevas estrellas a partir de simple hidrógeno, como el que forma parte de las moléculas de nuestras células. Hay un dato interesante sobre esta zona y tiene que ver con la otra cara del hidrógeno que nos queda por ver, el hidrógeno neutro. Éste se encuentra disperso formando grandes nubes y, como comentábamos al principio, se puede detectar gracias a la línea de emisión de 21 cm. Pues bien, gracias a instrumentos que detectan esta línea de misión se ha podido comprobar que existe una burbuja exenta de hidrógeno neutro justo alrededor de Sh2-37 y Sag OB7, un vacío en expansión similar al que dejaría una persona que salta a una piscina llena de agua. Las grandes estrellas recién formadas producen fuertes vientos capaces de remover y dispersar el gas que las rodea, y eso es lo que ha ocurrido en este lugar, aunque al parecer hay un factor más que promueve la expansión de esta burbuja en la nube de hidrógeno neutro. Todo apunta al efecto producido por varias supernovas ocurridas en los últimos millones de años, estimándose entre 9 y 13 de ellas que, mediante sus ondas expansivas, han “barrido” el gas interestelar.

En el siguiente esquema he intentado representar las distintas nubes de gas que participan en este encuentro galáctico, quedando M24 al norte de la escena:

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Si miramos con cautela puede que distingamos dos pequeñas nubecillas azuladas que se encuentran cerca de Sh2-37, representadas en el esquema en color celeste. Se trata de dos interesantes nebulosas de reflexión que pertenecen al complejo gaseoso RCW 153. También formadas mayoritariamente por hidrógeno, la luz azulada no es más que un reflejo de las estrellas que hay en su interior. Estas estrellas no tienen energía suficiente para ionizar el hidrógeno, sino que el gas cercano, así como el polvo, reflejan su luz hacia nosotros. Son estrellas azuladas, de ahí el color que percibimos en las fotografías de larga exposición.

La más brillante de ellas es NGC 6590 (aunque en algunos sitios aparece como NGC 6595 que, al parecer, hace alusión a un cúmulo abierto inexistente), situada en torno a una estrella doble cuyas componentes, ambas de magnitud 10, tienen una separación de 20 segundos de arco. En fotografías aparece, junto a estas estrellas, una pequeña nebulosa oscura muy opaca que, seguramente, estará al alcance de telescopios medianos si la noche es buena y nos permite usar aumentos considerables. En mi caso no pude apreciarla (tampoco conocía su existencia), así que habrá que hacerle otra visita más adelante. La otra nebulosa de reflexión, algo más pequeña, es NGC 6589, un poco más débil también pero interesante de ver junto a sus compañeras gaseosas. Con visión periférica se ve con mayor facilidad, mientras que los filtros la hacen desaparecer prácticamente, una prueba más de que no es una nebulosa de emisión.

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Para disfrutar de este complejo de objetos será mejor que lo hagamos en una noche bien oscura, alejados de las luces de la ciudad. Usemos primero unos prismáticos de gran campo para deleitarnos con la miríada de estrellas que pueblan el ocular. Tratemos de recordar la disposición de las distintas nubes que hemos visto y situémoslas con ayuda de la imaginación. No es difícil si tenemos el esquema claro en nuestra mente. Nos podemos ayudar de la nube molecular L291, que aparece como una zona especialmente vacía en contraste con la Vía Láctea colindante. Luego usemos el telescopio para enfrascarnos, poco a poco, en cada uno de los rincones que esta increíble zona tiene para ofrecernos. Cuando cacemos las principales nebulosas no nos quedemos ahí, intentemos ir más allá. ¿Somos capaces de ver la nebulosa oscura de NGC 6589? Puede que necesitemos varios minutos, media hora, una hora… No hay prisa, y si se nos resiste no tenemos más que volver otra noche en la que las condiciones sean más favorables. A base de práctica terminaremos por desentrañar los misterios de estas nubes celestes.

La cueva (Sh2-155)

El cielo está plagado de gas, hidrógeno en múltiples formas que llena cada espacio del cosmos, formando estrellas cuando se dan las condiciones adecuadas, la materia prima más importante. Hoy vamos a ver una gran masa de gas que se encuentra en la constelación de Cefeo, a una distancia de 2400 años luz, un lugar en el que se unen varias nubes de formación estelar. En concreto, vamos a estudiar la zona fronteriza entre la asociación Cepheus OB3b (un cúmulo de estrellas inmersas en el gas que les ha visto nacer) y la nube molecular Cepheus B. El término de “nube molecular” hace referencia a una región de gas formada por hidrógeno en su forma molecular (H2), una zona de potencial proliferación estelar: la materia prima está ahí, lista para ser usada cuando llegue el momento.

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Fotografía obtenida por Bill Snyder

La Nebulosa de la Cueva, conocida como Sh2-155 o Caldwell 9, se encuentra entre estas grandes regiones y es un débil objeto envuelto en un halo de misterio. Es una nebulosa de emisión cuyas moléculas de hidrógeno, ionizadas por la luz de brillantes estrellas, emiten luz que puede ser captada desde la Tierra. Su dificultad estriba en que su brillo superficial es extremadamente débil, ya que se encuentra oscurecida por densas masas de polvo interestelar que absorben la mayor parte de sus fotones. En fotografías de larga exposición es un objetivo relativamente fácil de captar, pero en visual tendremos que sudar… Su principal atractivo radica en la peculiar forma que ha adquirido, con ese llamativo arco oscuro que parece la entrada a una lejana cueva. Dicha zona oscura es en realidad la nube molecular Cepheus B, que puede verse en la siguiente imagen, obtenida por telescopio Chandra:

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Justo en la silueta de la cueva está teniendo lugar una importante proliferación estelar, contando algunas de sus estrellas con una edad menor de un millón de años. Esta nueva generación de estrellas debe su existencia, al parecer, a la onda de choque producida entre ambas masas gaseosas. La asociación OB3b, cuyas estrellas emiten importantes cantidades de viento y radiación, producen un estímulo en la nube molecular Cepheus B, de manera que sus moléculas de hidrógeno comienzan a interaccionar entre sí y, paulatinamente, derivan en la formación de estrellas.

Llama la atención que un objeto tan débil fuese incluido en el catálogo Caldwell. Quizás Patrick Moore buscara añadir algún desafío, algún objeto que nos hiciera ganarnos el esfuerzo invertido. Y bien que lo consiguió. Personalmente ha sido uno de los objetos más difíciles que he observado, a pesar de observarlo bajo cielos verdaderamente oscuros en la región conquense. Su localización requiere algo de tiempo, en uno de los laterales de Cefeo, aunque podemos llegar más fácilmente a partir de M52 o NGC 7635, la nebulosa de la Burbuja. Una vez allí lo más probable es que no veamos nada, pero no desistamos. En mi caso esperé pacientemente, identificando cada estrella y comparándola con una imagen que tenía preparada. Personalmente creo que conocer la forma del objeto con anterioridad puede hacer que nuestra vista se sugestione, pero en ocasiones no queda otro remedio que saber dónde mirar. A los pocos minutos se hizo patente una nebulosidad en torno a las dos estrellas centrales que, según la fotografía, destacaban sobre el techo de la cueva. Poco después otras dos zonas aparecieron poco a poco, tímidas, parte de la enorme asociación Cepheus OB3b. Multitud de estrellas poblaban el campo, como corresponde a esta zona inmersa en la Vía Láctea.

El aumento empleado es crítico, ya que esta nebulosa es un objeto amplio y de un bajo brillo superficial. En mi caso, con el Dobson de 30 cm, el mejor ocular resultó ser el Hyperion de 13 mm, con 115 aumentos, y los filtros, curiosamente, no me resultaron especialmente útiles. Probablemente la excelente calidad del cielo los hacía inservibles. Mi siguiente objetivo, una vez descubiertos los parches de nebulosidad más brillantes, fue captar la boca de la cueva, esa nube de hidrógeno que no emite luz propia. Más de una hora pasé enfrascado ante el ocular, relajando la mirada constantemente para evitar el sobreesfuerzo, y finalmente pude atisbar ese entrante oscuro momentáneamente, en los momentos en los que la atmósfera reunía las condiciones idóneas de estabilidad. Tras verlo por primera vez, las demás ocasiones resultaron algo más sencillas, si bien es de los objetos más esquivos que he visto. Recuerdo haber encontrado con más facilidad los Pilares de la Creación que la cueva de Sh2-155, y quizás por eso deja tan buen sabor de boca. Lo primordial aquí es contar con un cielo de cine, de otra manera el débil brillo de la nebulosa se verá totalmente anulado. Si un día no lo vemos no hay que desesperar, estos objetos acaban cediendo cuando se intentan en varias ocasiones, siempre buscando los mejores cielos posibles.

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