Copérnico, rey de los cráteres

La otra noche la luna brillaba a la altura perfecta para echarle un vistazo con el telescopio, y decidí pasar un rato con ella. Era el día 9 de lunación y, sin saber muy bien qué mirar, me dispuse a recorrerla de arriba abajo buscando un objetivo. Lo encontré rápidamente, cuando mis ojos quedaron prendados con un enorme cráter cargado de detalle. Una rápida búsqueda me reveló su nombre: Copérnico.

Con 93 kilómetros de diámetro, Copérnico llama la atención con sus escarpadas laderas, y las sombras que inundaban el suelo interior añadían un toque realmente misterioso. Los bordes no son perfectamente redondeados, sino que se disponen en distintas líneas paralelas a diferentes alturas. La anchura de estos desniveles llega a alcanzar los 30 km de grosor en algunos puntos. Desde el reborde más alto la altura decae hacia el cráter casi 4 km, y el suelo se nos muestra especialmente “liso”, muestra de su relativa juventud (se formó a raíz de una colisión hace unos 800 millones de años). En efecto, la lava no ha llegado a inundar el cráter, y tan sólo podemos encontrar algunas colinas formadas por el material eyectado en la colisión salpicando la zona sur. Sin embargo, tres altos picos destacan en su centro, más aún cuando las sombras internas son extensas. Estos picos centrales llegan a alcanzar los 1200 metros de altura, por lo que no llegan a sobresalir con respecto a las paredes, y están separados por pequeños valles.

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Las paredes de la vertiente oriental proyectan sus largas sombras sobre el fondo del cráter, ocupando la mitad de éste. Uno de los elementos más llamativos, rodeando a Copérnico, son los rayos de material eyectado que se disponen de forma radial, alejándose del cráter, con algunos saliendo del ocular. De hecho, algunos de ellos alcanzan los 500 km de longitud, más de 5 veces el diámetro del cráter. Podemos ver muchos de estos rayos rodeando el cráter, algunos bien marcados, otros más débiles y apenas distinguibles del gris lunar.

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Dos pequeños cráteres destacan al sur de Copérnico, denominados Fauth y Fauth A, con 2000 metros de profundidad y unos 10 km de diámetro, muestra del bombardeo de meteoritos que ocurrió en la misma época en que se formó Copérnico. Al otro lado del gran cráter encontramos una importante cordillera, los Montes Cárpatos. Se encuentran flanqueando a Mare Imbrium, una enorme cuenca que se formó por la colisión de un gran objeto hace más de 3.000 millones de años, el segundo mayor impacto que ha ocurrido en la luna. Los Montes Cárpatos tienen una longitud de más de 300 kilómetros y algunos de sus cimas alcanzan los 2400 metros, separadas por grandes valles. En su parte más meridional destaca un cráter con sombras en su interior denominado Gay-Lussac, con algunos otros pequeños cráteres visibles si la atmósfera está estable. Es interesante observar, en estas cordilleras, las grandes y picudas sombras que dejan las montañas, lo que verdaderamente nos hace conscientes de que lo que vemos no es precisamente llano, sino un mundo plagado de altibajos continuos.

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La perla de la luna

En el suroeste de la luna, en contraposición al Mare Crisium, destaca un pequeño mar redondeado que guarda alguna de las más sofisticadas formaciones de nuestro satélite. Mare Humorum es un mar de unos 380 km de diámetro que se formó hace 3.900 millones de años, en el período nectárico, por el impacto con un gran asteroide. La colisión hizo florecer grietas que bañaron con la lava interna la mayor parte de la cuenca formada, cubriéndola con más de 3 km de espesor, suavizando de esa manera su superficie. Alrededor de Mare Humorum se levantan formaciones elevadas que marcan el borde del cráter, y en su superficie pequeños cráteres han ayudado a conocer su edad.

Pero quizás la formación más interesante y llamativa de esta zona sea el cráter Gassendi, que corona el mar en su vertiente norte. Con unos 110 km de diámetro, escarpadas paredes bordean este cráter en cuyo centro se alzan tres picos, alcanzando uno de ellos los 1.200 metros. Esta formación central denota su origen por impacto. Su muralla en la región sur presenta una estrecha comunicación con el Mare Humorum. La “perla”, denominada Gassendi A, es un cráter de 33 km con altas paredes e irregularidades en su interior, con terrazas escalonadas y pequeñas montañas centrales. Al oeste, el cráter Mersenius, de unos 85 km de diámetro, se encuentra bañado por las sombras que dejan sus paredes occidentales, y es único cráter capaz de encarar al espectacular Gassendi.

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Delimitando al Mare Humorum, al noroeste, podemos ver una larga grieta curvada, Rimae Mersenius, que va desde Gassendi hasta un pequeño cráter de 20 km de diámetro denominado Liebig G. Si continuamos descendiendo hacia el sur encontramos, en el borde del mar, un interesante cráter denominado Doppelmayer, de 65 km, cuyas paredes orientales han sido cubiertas con lava, de forma que resalta con más claridad su pared al oeste. Una alta montaña central domina el horizonte, fácilmente visible con el telescopio. Justo a su lado reside un curioso cráter fantasma con sus murallas apenas elevándose sobre el nivel de base, denominado Poiseux. De hecho, si los rayos solares no inciden mínimamente oblicuos resultará extremadamente difícil distinguirlo.

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Un poco hacia el sur destaca otro cráter parcialmente inundado por lava, Lee, de 41 km de diámetro, en estrecho contacto con Lee M, otro cráter aún menos profundo pero algo más ancho, con 77 km. El último componente de este grupo de cráteres es Vitelio, con 41 km de diámetro y unas paredes externas de casi 2.000 metros de altura. Alberga, además, una pequeña montaña central.

El borde oriental del Mare Humorum no es tan rico en detalles y formaciones llamativas, contando con pequeñas cordilleras salpicadas con algunos cráteres, poco visibles en este día lunar. Dentro de unos días el sol se pondrá volverá a salir en la luna y producirá las sombras opuestas a las que podemos ver hoy, dando un toque distinto a un mismo lugar. Sea como sea, el Mare Humorum nos invita a visitarle tan a menudo como podamos, descubriendo sus pequeños cráteres centrales y las grandes formaciones que pueblan su periferia.

Luna - Gassendi detalles

En la región de los Alpes

Después de tantas noches con el telescopio guardado “por culpa” de la luna, he decidido aprovecharla y aprender sobre ella, y de paso estrenar mi nueva libreta de papel negro. El día que la observé, el pasado sábado, la luna tenía una edad poco mayor de 7 días, es decir, presentaba un semicírculo perfecto. Con ayuda de un libro me propuse observar su zona norte, algo más despejada, ya que el polo sur está tan cargado de cráteres y diversas formaciones que empezar por ahí me parecía una verdadera locura. Aprovechando que el cielo parecía bastante estable, puse el ocular de 5 mm, con 300 aumentos, y me dispuse a inundarme de un tema que me resultaba totalmente ajeno hasta ahora.

Decidí comenzar por la región de los Alpes, una cadena montañosa de unos 200×80 km de superficie, cuyos picos tienen una media de 2.400 metros. El limbo del sol se encontraba justo en su mitad, de manera que no podía apreciar las sombras que dejaban sobre el suelo. Sí llamaba la atención, sin embargo, una enorme franja negra, muy larga, que atravesaba los Alpes por el centro, como la hoja de una afilada espada. Es una falla con un suelo liso y profundo, bordeada por paredes verticales que en algunos tramos llegan a alcanzar 1.000 de altura. En su interior, aunque no pude apreciarlo por el telescopio, discurre un surco sinuoso de unos 700 metros de ancho, muestra del recorrido de un extinto río de lava. La falla, denominada Vallis Alpes, se formó a raíz de la erosión de un caudal de lava que, poco a poco, fue horadando la piedra hasta dejar esa cicatriz tan llamativa. Imaginémonos por un momento atravesando ese valle, a orillas del río seco que lo recorre, y miremos arriba para contemplar esas paredes que se elevan un kilómetro en vertical. El Cañón del Colorado quedaría en evidencia a su lado. En un extremo de la cordillera veríamos asomando la cima del Mont Blanc, un enorme pico con una altura de casi 4.000 metros, más alto que cualquier montaña de la Península Ibérica.

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Los Alpes terminan desembocando a un curioso cráter denominado Cassini, de 57 kilómetros de diámetro. En su interior, dos pequeños cráteres muestran su fondo sombrío. El mayor de ellos, Cassini A (los cráteres que hay dentro de otros cráteres toman su nombre seguido de una letra del abecedario), se hunde hasta casi 3 kilómetros de profundidad. Siguiendo el camino que llevamos recorriendo nos encontramos con una imponente pared de altas montañas, con picos afilados que se elevan hacia el cielo, con una altura media de más de 3.600 metros. Entre las altas cimas se intercalan profundos valles, y dichas diferencias de nivel suponen un espectáculo para la vista cuando se contempla la sombra que dejan en el suelo lunar. Como si fueran dientes punzantes, la silueta queda reflejada a todo lo largo de esta cordillera que recibe el nombre de los montes Cáucasos. Entre sus montañas esconden algunos cráteres, siendo el más llamativo Calippus, un cráter de 33 kilómetros de diámetro y 2.6 kilómetros de profundidad. Desde lo alto de los montes Cáucasos, mirando al sureste, podríamos ver el Mare Serenitatis, una vasta extensión cuyos límites, más allá de 600 kilómetros, forman un círculo apreciable a simple vista.

Formando un triángulo con Cassini y los montes Cáucasos vemos un imponente cráter que compite en altura con estos últimos. El sol tan sólo ha iluminado su pared más oriental, otorgándole un aspecto de semicírculo grande y llamativo con un fondo totalmente oscuro. Se aprecian perfectamente material amontonado en sus laderas formando capas a diferentes alturas. Este cráter, denominado Aristillus, es mucho más joven que el resto de estructuras que hemos visto, con una edad aproximada de unos mil millones de años (frente a los 3.500 millones de años de los Alpes o los Cáucasos). En su interior guarda algunas sorpresas, pero en el momento de la observación el solo no las iluminaba, de manera que lo dejaremos para otro momento.

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Para terminar hay que imaginar que subimos al Mont Blanc, en los Alpes, a la zona que mira al oeste, que permanece aún en la sombra. A nuestra izquierda podemos ver, abajo, el cráter Cassini, y un poco más allá el alto Aristillus, con su falda llena de irregularidades. Nuestra vista se iría, sin duda, al mar de sombras que tenemos delante, Mare Imbrium, y por una buena razón. Veríamos una explanada de un color negro azabache, a la que todavía no han llegado los rayos solares. Sin embargo, a poco más de 50 kilómetros hacia el oeste, una alta montaña se elevaría sobre las sombras, con su cima fuertemente iluminada por el sol, devolviéndonos sus potentes rayos blanquecinos. Es el monte Piton, una formación de 2.200 metros de altura que, al telescopio, aparece como una isla de luz a la deriva en un mar de oscuridad. Poco a poco el sol irá bañando Mare Imbrium y el monte Piton perderá esa exclusividad, así que aprovechemos ahora que refulge más que nunca.