Sangre en el cielo (R leporis e IC 418)

La constelación lepus, la Liebre, corretea siempre bajo la inmensa figura de Orión, condenada a ser obviada con facilidad. Aun así, guarda en su seno algunos tesoros dignos de atraer las miradas de astrónomos inquietos, como pudimos comprobar con M79. Hoy veremos otros dos objetos que piden a gritos una visita.

El primero de ellos es R leporis, una estrella con carácter y nombre propio, conocida también con el romántico nombre de “Estrella carmesí de Hind” (o, en inglés, Crimson star) o el macabro pero acertado nombre de “la gota de sangre”. Su alias lo dice todo, y es que cualquiera que mire esta estrella comprenderá que no todo en el cielo es blanco y negro. Es una estrella de carbono, y como tal muestra una increíble tonalidad rojiza como pocas podemos observar por nuestro telescopio. ¿De dónde viene ese color? La atmósfera de R leporis tiene más carbono del habitual, proveniente de zonas más internas de la estrella, tras la fusión de moléculas de helio. El carbono, así como el monóxido de carbono, no dejan pasar la luz azul, con lo cual el resultado es esa tonalidad rojiza. Son estrellas extremadamente frías, estimándose para R leporis una temperatura superficial poco mayor de 2.000º K, con un diámetro que supera unas 500 veces a nuestro sol. Las estrellas de carbono son de tipo espectral C y van camino de convertirse en una enana blanca, con su envoltura formando una nebulosa planetaria.

Pero R leporis es, además, una estrella variable tipo Mira. Siendo el prototipo Mira Ceti, que veremos en otra ocasión, son estrellas cuyo brillo presenta grandes variaciones en cuanto a magnitud durante un período mayor de 100 días. De color rojo intenso, las variables tipo Mira son gigantes rojas de edad avanzada que se expanden y contraen sufriendo con ello cambios en la temperatura y luminosidad, desprendiéndose poco a poco de su envoltura gaseosa. De hecho, muchas de estas estrellas no tienen forma esférica y van dejando un rastro de gases tras de sí. En la siguiente imagen podemos apreciar, en luz ultravioleta, los restos que va soltando Mira Ceti, como si de un cometa estelar se tratase, aunque a juzgar por la foto más bien pareciera una medusa espacial…

Foto Mira ceti.jpg

R leporis es fácil de encontrar, ubicada al oeste de mu leporis, visible con prismáticos siempre y cuando no se encuentre en el mínimo de su brillo. La intensidad del color que veamos dependerá del momento del ciclo, de modo que es más rojiza en su mínimo brillo, debido a que es el momento en el que mayor concentración de carbono hay en su atmósfera. Su período comprende un total de 445 días, y su magnitud varía entre 5.5 y 11.7. Cuando la observé, el 1 de febrero de 2016, tenía un brillo aproximado de 8, que la hacía distinguible con los prismáticos, si bien no mostró su naturaleza hasta mirar por el telescopio. Quedé boquiabierto al ver ese punto rojizo y brillante, y más aún, me quedé con ganas pensando cómo se verá cuando esté en su mínimo, dentro de un año. Es increíble poder apreciar estos colores tan llamativos en el cielo, y R leporis es, sin duda, una estrella que atrapa. Al verla no pude evitar acordarme de la primera estrella de carbono que vi, accidentalmente, moviéndome por la “cola” del Águila. Allí descubrí a V aquilae, y recuerdo que lo primero que pensé fue que no podía existir algo así, y la guardé en mi interior como visita obligada en las noches de verano.

R lep.png

Un poco más al norte y al este encontramos nuestro siguiente objetivo, una bonita nebulosa planetaria cuya envoltura gaseosa tiene apenas unos pocos miles de años de edad. Recibe el nombre de la “Nebulosa Espirógrafo”, debido a que fotografías de este objeto recuerdan a los dibujos realizados con espirógrafos (instrumento de dibujo que realiza formas geométricas características, unas curvas llamadas hipotrocoides y epitrocoides). Viene al caso observarla tras R leporis, pues comparte con ella el hecho de que sus gases parecen ser bastante ricos en carbono. La nebulosa se denomina IC 418 y se sitúa a unos 1.100 años luz de nosotros, otra característica que comparte con R leporis. El tamaño de su envoltura, de unos 0.3 años luz, es una muestra de su relativa juventud. En fotografías de larga exposición podemos apreciar una forma ovalada, con dos capas superpuestas, rodeando a una estrella de magnitud 10.2, una enana blanca que ha comenzado la última etapa de su vida. Esta estrella ioniza a la nebulosa con una temperatura de unos 35.000º K, bastante poco si lo comparamos con otras planetarias. La temperatura necesaria para que una estrella ionice a su envoltura de gases es de 26.000º K. Por debajo de dicho límite la estrella moriría en el más absoluto anonimato, sin homenaje alguno visible desde la lejanía. IC 418 irá creciendo a medida que pasa el tiempo, ya que su envoltura se expande a unos 12 km por segundo.

Foto IC 418

Además de su llamativa textura, fruto de los vientos producidos por su estrella central, captan la atención sus vivos colores, que han dado que hablar a los observadores visuales. A pesar de que muchas nebulosas planetarias adquieren cierto tono verdoso o azulado, algunos observadores mantienen que son capaces de observar cierto matiz anaranjado en esta nebulosa, así como marronáceo, rosado o rojizo. Además, la percepción de dichos colores parece cambiar según el instrumento usado y la magnificación, dejando a cada observador libre interpretación.

Con una magnitud poco mayor de 10, IC 418 es un objeto fácil de encontrar y fácil de distinguir, si bien su pequeño tamaño, de apenas 12 segundos de arco, nos debe hacer mirar con atención si observamos a bajos aumentos. Ya a 125x la nebulosa es claramente visible rodeando a una brillante estrella. La noche que la observé soplaba un fuerte viento y la atmósfera no dejaba ver con total claridad objetos a grandes aumentos, pero decidí usar 214 aumentos para intentar percibirla mejor. El tamaño, con el Kronus de 7 mm, era mayor, lógicamente, aunque siguen siendo 12 segundos… Aun así, el pequeño tamaño unido a su forma perfectamente redonda y brillante hacen de IC 418 un objeto muy atractivo. No conseguí distinguir, eso sí, ningún color, cosa de la que no me extrañé, pues mis ojos no son especialmente sensibles al color. Intenté advertir un pequeño anillo interno que bordea la estrella, que en imágenes se muestra más fácilmente, pero las turbulencias de la atmósfera me impedían distinguir ningún detalle. De todas formas disfruté con su observación, una pequeña esfera en medio de un espacio oscuro con algunas estrellas, todavía jóvenes, que rodean al anciano de la vecindad, sin saber que a ellas les espera un final muy similar.

IC 418.png

Extraño en casa (M79)

El otoño es una estación especialmente escasa en cúmulos globulares, aunque el invierno nos va dejando caer algunos de ellos paulatinamente, con lo cual podemos quitarnos el “mono” de este tipo de objetos. El que nos ocupa hoy es M79, un interesante globular que se encuentra en la constelación de Lepus (la Liebre), justo por debajo de Orión. Es muy fácil de encontrar siguiendo la línea que forman sus dos estrellas más brillantes hacia el sur, doblando su distancia.

Foto M79

No hay dos cúmulos globulares iguales, y M79 difiere, además, de la inmensa mayoría que podemos observar desde nuestros telescopios. Si bien casi todos los globulares a nuestro alcance pertenecen a nuestra galaxia, M79 es un extraño cuyo origen es extragaláctico. Pertenece a los dominios de la Galaxia Enana del Can Mayor, una pequeña galaxia que está siendo devorada por la Vía Láctea y es considerada la más cercana a nosotros, por delante de la Galaxia Enana de Sagitario. Se encuentra a unos 25.000 años luz de nosotros, y sus estrellas se hayan dispersas por un área enorme en forma anular, dejando una estela alrededor del núcleo de la Vía Láctea. A ella pertenece M79, así como NGC 1851, NGC 2298 y NGC 2808, así como otros cúmulos abiertos que abordaremos más adelante. La visión de la galaxia propiamente dicha nos está vetada por la interposición del disco de nuestra galaxia, que hace de pantalla.

Foto Dwarf Canis Mayor.jpg

M79 es una aglomeración de miles de soles dispuestos en una esfera de 117.5 años luz de diámetro, con una densidad que aumenta enormemente hacia el centro, en el que se produce un fenómeno conocido como colapso nuclear, con una altísima condensación. Sus estrellas son muy antiguas, pero algo menos que los cúmulos de nuestra galaxia. Mientras que estos últimos suelen tener más de 12.000 millones de años de edad, a M79 se le atribuyen 11.7000 millones de años, nada despreciable de todas formas. Predominan en ella las estrellas de espectros anaranjados y rojizos, si bien también se encuentran algunas “azules rezagadas” o blue stragglers, de las que ya hablábamos en otras entradas. Estas estrellas azules se forman, según se cree, tras una colisión entre dos estrellas, que producen una “reactivación” de la estrella y aumento de su energía producida, adquiriendo el tono azul característico de cuerpos más jóvenes.

Este cúmulo globular cuenta con dos importantes desventajas de cara a su observación: por un lado, se sitúa detrás del plano galáctico, con lo cual una inmensa cantidad de polvo y partículas obstruyen su visión. Por otro lado, su situación demasiado hacia el sur dificulta su observación para los observadores del hemisferio norte, cuyos telescopios deben atravesar una cantidad mayor de turbulencias atmosféricas. Aun así, merece la pena dirigir nuestros instrumentos hacia él.

M79

Con prismáticos ya es visible claramente, al lado de una brillante estrella de magnitud 5.5, como una pequeña esfera brillante y perfectamente definida, con un núcleo más intenso que se va degradando hacia el exterior. Una visión al telescopio cambia totalmente el panorama. La noche que observé M79 la estabilidad atmosférica permitía usar altos aumentos sin perder mucha definición. A 125 aumentos pude resolver muchas de sus estrellas, pero fue a 214 cuando el cúmulo, sin lugar a dudas, se mostró en todo su esplendor. De entrada me recordó un poco a NGC 288, con sus estrellas relativamente débiles (comparado con otros globulares) y un gradiente débil del centro a los bordes. Sin embargo, pude ver una mayor cantidad de estrellas brillantes, principalmente en sus zonas más internas. El cúmulo ocupaba algo más de 5 minutos de arco, con una bonita forma esférica, enmarcado en un campo de estrellas que parecen flanquearlo. Una inmensa cantidad de astros chisporroteaban en toda su superficie, aumentando la cantidad con visión lateral. No aprecié un límite claro entre centro y corona, sino más bien un aumento progresivo desde la periferia hasta el intenso y brillante núcleo. Después de tanto tiempo sin ver un cúmulo globular, se agradece la oportunidad, aunque haya que luchar contra el grosor de la atmósfera. En pocos meses vendrán Ofiuco, Sagitario, Escorpio y esa cohorte de constelaciones que ofrecen la mayor condensación posible de estas gigantes poblaciones estelares. Poco a poco las iremos tachando de la lista.