Dueto meridional (NGC 246 y NGC 255)

Seguimos en la constelación de Cetus, esta vez para hablar de una pareja de objetos, a la altura de otras parejas como NGC 6712 e IC 1295, NGC 253 y NGC 188, o NGC 6940 y NGC 6946… Este tipo de objetos tiene algo especial, al mostrarnos al mismo tiempo dos variedades de cuerpos celestes completamente diferentes, independientes entre sí, pero que parecen haber nacido el uno para el otro. En esta ocasión nos referimos a una nebulosa planetaria y una lejana galaxia, NGC 246 y NGC 255, ambas fáciles de encontrar cerca de Deneb Algenubi o eta Ceti, el vértice izquierdo del triángulo que marca la cola de Cetus. Como recuerdo mitológico cabe decir que Cetus era el que iba a ser verdugo de Andrómeda, sacrificada por sus padres (Casiopea y Cefeo) como ofrenda por haber ofendido a Poseidon diciendo que su hija era la más bella. Por suerte Perseo llevaba encima una cabeza de Medusa que usó para petrificar al monstruo marino y rescatar a su amada Andrómeda (esta historia viene a ser los tres cerditos de los griegos, así salían de aquellos niños esos guerreros que no conocían el miedo…).

Un ocular que nos proporcione un grado de campo visual ya nos permite apreciar cómodamente a estos dos objetos. NGC 246, también conocida como Caldwell 56 o la nebulosa del esqueleto, es una nebulosa planetaria relativamente grande y con varios misterios a su espalda. Por un lado Herschel la describe en 1785 como un trapecio de cuatro o cinco brillantes estrellas en cuyo interior hay cierta nebulosidad lechosa… Ya de entrada hay algo que no cuadra, ¿cuatro estrellas o cinco? Si son brillantes no debería haber ninguna duda… De hecho, al ver fotografías se ven claramente las estrellas brillantes, y la nebulosa no está encuadrada dentro de ningún trapecio. Observadores con experiencia, en la década de los 80, manifestaron no ser capaces de ver la estrella central de la nebulosa, que brilla con una magnitud 12. Para más inri, dicha estrella a principios de siglo brillaba con una magnitud 9, por lo que ha ido perdiendo brillo gradualmente. ¿Cómo es posible que haya tantas disparidades? Según O’Meara, puede deberse a que una parte de la nebulosa es bastante más débil, por lo que si no se tiene en cuenta esa región, la zona central caería en zona de nebulosa sin estrella central. El hecho de que sea una nebulosa de bajo brillo superficial la hace predisponente a estos errores, que en ocasiones son más bien ilusiones ópticas.

Foto NGC 246Lo que sí está claro es que no todos los días podemos ver una nebulosa planetaria de esta disposición, con estrellas tan brillantes sobre ella. Además, su estrella central es en realidad doble, con una compañera a 3’’8 de distancia. Sería relativamente fácil de separar si no fuera porque brilla con una magnitud 14, inmersa además en la nebulosidad, lo que la pone fuera del alcance de la mayoría de telescopios de aficionado.

NGC 246 es el resultado de la rápida muerte de una estrella, rápida en el sentido astronómico (hablamos de un proceso de unos 10.000 años). Su estrella central va camino de convertirse en una enana blanca, con un diámetro poco mayor que el de la Tierra. A 1.600 años luz de nosotros, es un objeto relativamente cercano que nos permite poder estudiarlo con detenimiento.  Ya a bajos aumentos podemos apreciar “algo” en el ocular que resulta extraño. Con mirada periférica y fijándonos bien somos capaces de apreciar un disco relativamente amplio, de unos 4 minutos de arco, siendo la imagen bastante mejor a 125 aumentos. Vemos claramente entonces su forma redondeada, con cuatro brillantes estrellas en su interior, una de las cuales linda con el borde. El filtro OIII ayuda bastante a aumentar el contraste de esta bonita planetaria, y a altos aumentos ya podemos comprobar que su superficie no es completamente regular. Tras un rato de adaptación conseguí ver dos regiones más oscuras, una situada en el centro y otra un poco hacia la periférica, englobando a una de las estrellas. Es de agradecer estos detalles que aumentan aún más el interés de la planetaria.

NGC246-255

A apenas medio grado de NGC 246 podemos encontrar a su compañero visual, NGC 255, una galaxia espiral que sitúa miles de veces más lejos que la nebulosa, a unos 60 millones de años luz. Es, concretamente, una espiral barrada que se nos presenta de frente, si bien es demasiado pequeña y débil como para apreciar ningún detalle. Sus brazos están plagados de regiones HII y zonas de formación de estrellas azules, lo cual indica que es una galaxia relativamente joven.

Visualmente sólo se aprecia como una mancha redondeada y difusa, fácil de ver a cualquier aumento, si bien no hay detalles que ver, aunque no deja de ser una interesante visión. Contemplar dos objetos tan dispares y tan lejanos al mismo tiempo le hace a uno sentir pequeño, una de las sensaciones de la astronomía, sin duda, que más enganchan.

Fondos neblinosos en Auriga (NGC 2192 y NGC 1857)

Auriga, asomando estas noches por el Este, es una constelación rica en cúmulos abiertos, aglomeraciones de numerosas estrellas que flotan en el espacio unidas por la gravedad. Normalmente no queda rastro de la nebulosa que dio lugar a su origen, y sus componentes se van separando lenta pero inexorablemente, dejando su nido al cabo de millones de años para vagar como estrellas adultas por el cosmos. No son tan diferentes de los seres humanos.

Cada cúmulo abierto es único, ya sea por su tamaño, color de sus estrellas, formas, brillo… En este caso he seleccionado dos que tienen un rasgo especialmente interesante, para mi gusto, y es que se encuentran arropados por un manto neblinoso que corresponde a las estrellas más débiles, irresolubles con el telescopio.

NGC 2192 es un llamativo cúmulo abierto que se encuentra bajo Theta Aurigae, la tercera estrella más brillante de la constelación.  Ya a bajos aumentos se aprecia como un agradable cúmulo de unos 5 minutos de arco, con una barbaridad de puntos tenues que titilan en medio de una nubecilla con cierta forma triangular. A 125 aumentos cuento aproximadamente unas 30 estrellas, pero muchas más se adivinan inmersas en la nube irresoluble. El campo estelar que rodea a este cúmulo es muy rico en estrellas, como corresponde a esta zona del cielo de Invierno. NGC 2192 se encuentra a unos 7.000 años luz de nosotros y se clasificaría como III1p, según la clasificación de Trumpler, lo cual significa:

-III: relativamente disperso (va de I, muy concentrado, a IV, muy disperso).

-1: hace referencia al brillo de las estrellas, siendo 1 débiles y 3 muy brillantes.

-p: poor, es decir, pobre en estrellas, considerándose pobre con unas 30 estrellas, medio con 50-100, o rico si tiene más de 100.

Esta categorización, claro está, es puramente descriptiva, y no nos predice si nos gustará más o menos. Por ejemplo, personalmente, los cúmulos pequeños con fondo nebuloso me parecen más interesantes y sugerentes que aquéllos grandes en los que de un vistazo resuelves la totalidad del objeto.

NGC 1857

El siguiente cúmulo es uno pequeño y más débil aún, NGC 1857. Se sitúa cerca de Capella o Alfa Aurigae, la sexta estrella más brillante del cielo (magnitud de 0.71), que se encuentra a 42 años luz de nosotros. Ya que estamos podemos dedicarle unos momentos a esta estrella cuyo nombre significa “pequeña cabra”, haciendo referencia a Amaltea, la cabra que, según la mitología romana, amamantó a Zeus (estos romanos…). Hay testimonios escritos que otorgan a Capella un tono rojizo, algo inexplicable hoy en día. Esta estrella es de tipo espectral G8, y brilla con un tono claramente amarillo. Es mayor que el sol en cuanto a volumen, superándolo por un factor de 12, pero es bastante más joven, estimándose su origen hace 525 millones de años (frente a los 4.500 millones de años de nuestra estrella). En su núcleo el helio ha comenzado a crear carbono, por lo que es posible que en poco tiempo sí adquiera un color rojizo, en su camino a transformarse en gigante roja. Como tantas estrellas en el cielo, Capella no camina solitaria, sino que es una estrella múltiple. Su principal compañera es otra estrella amarilla, algo más joven y unas 2.6 veces mayor que el sol. Otras dos hermanas, enanas rojas, brillan tímidamente a una distancia mucho mayor, como si tuvieran miedo a quemarse. Todo el sistema forma parte de la Corriente de las Híades, una aglomeración de estrellas, con centro en el cúmulo de las Híades, que se desplazan inexorablemente hacia Betelgeuse, el hombro de Orion. Como decíamos en otra entrada, el universo está en continuo movimiento, se mire donde se mire.

Tras esta presentación de Capella, nos desplazamos brevemente hacia el Este y entramos en los dominios de NGC 1857, un pequeño y débil cúmulo abierto que no deja de ser interesante. Una veintena de estrellas se disponen en unos 10 minutos de arco, la mayoría de ellas débiles y formando una línea principal que se aleja de la estrella central. Esta estrella, bastante más brillante, llama poderosamente la atención por su intenso color rojizo, que es, para mi gusto, lo que convierte a este cúmulo en algo verdaderamente interesante. Para ver un mayor número de estrellas necesité usar 214 aumentos.

NGC 2192

Detrás de las estrellas se aprecia cierta nebulosidad, pequeñas estrellas irresolubles desde los cielos relativamente contaminados cerca de Granada, que, no obstante, no carecen de atractivo. Cuando las circunstancias impiden a uno salir en busca de cielos más oscuros, sólo queda adaptar los objetos a ver. Por otro lado, la clara comodidad del hogar invita a observar de una manera más cómoda, pudiendo disfrutar de un café recién hecho y, en caso de nublarse, sólo tendremos que recoger y meternos en la cama. Hay que buscar el punto positivo.

Miradas desde el cielo (NGC 6543)

William Herschel apuntó su telescopio a una nebulosa en 1786, y quedó maravillado al ver que una pequeña estrella brillaba en su interior. Pensó entonces que lo que estaba contemplando no era sino el nacimiento de una estrella nueva. Era la primera vez que alguien observaba la estrella central de una nebulosa planetaria. Un siglo después, William   Huggins determinó su espectro, topándose con que dicha nebulosa estaba formada de gas, entre otros, hidrógeno, magnesio y un elemento desconocido que recibió el nombre de “nebulium”. Posteriormente se sabría que dicho elemento correspondía al oxígeno ionizado, tan frecuente en las nebulosas planetarias. La gran relevancia de conocer su naturaleza gaseosa, razonadamente lógica, era que en esa época se pensaba que todas las nebulosas eran en realidad aglomeraciones de estrellas (cómo en los cúmulos globulares), y que la visión como nebulosidad simplemente era debida a la incapacidad de los telescopios contemporáneos para resolver sus estrellas. El descubrimiento de Huggins cambió esa concepción, confirmando que en el espacio también existían nubes de gas. Esta nebulosa “pionera” sobre la que tantos descubrimientos se hicieron no es otra que NGC 6543. Situada a una distancia entre 3.000 y 4.000 años luz, ha sido una de las nebulosas planetarias más estudiadas y, sin duda, una de las más complejas que podemos encontrar en el cosmos.

Foto NGC 6543

NGC 6543 es una muestra de los caprichos dinámicos del espacio, donde el sobrenombre “Ojo de Gato”, con el que se la conoce, se queda corto. En las fotografías de larga exposición vemos numerosas volutas de humo, anillos, arcos con forma de “S” que rodean a la estrella central formando espirales… Una mezcla de formas y colores que elevan a esta nebulosa a la primera división. Pero, ¿por qué tiene esa forma? Si una estrella es perfectamente esférica cabría suponer formas igualmente regulares si se desprende de su envoltura. Parece ser que hay varias posibilidades. Una de las más probables es que se deba a la presencia de una compañera estelar que orbita muy cercanamente a la estrella central (aunque no se ha detectado hasta ahora), de forma que en cada vuelta deformaría el gas que emana de la principal y lo despediría formando las características volutas que podemos ver. Fuertes vientos también contribuirán a esculpirla, con una velocidad mayor a 6 millones de kilómetros por hora, número que se dice muy rápido. Sea como sea, no podemos negar que es una de las visiones más interesantes que pueden existir de forma natural. Su estrella central es de tipo espectral O7, una estrella azul que se viste a 80.000 grados de temperatura y es de la mitad del tamaño del sol. Sin embargo, posee un brillo 10.000 veces mayor. Lo que hace la distancia…

La visión de NGC 6543 por el telescopio no muestra la espectacularidad de las fotografías, pero puede llegar a ser verdaderamente gratificante. Es visible ya a bajo aumento como una estrella gruesa y desenfocada. A 125 aumentos se aprecia su estrella central, tímida, de magnitud algo superior a 11, rodeada de un círculo nebuloso. Alguna irregularidad podemos apreciar entonces, pero merece la pena acercarnos más. A 214 aumentos ya somos plenamente conscientes de que no estamos ante la típica planetaria (si es que realmente existe la “típica” planetaria). La estrella central se halla rodeada por un pequeño anillo redondeado, perfectamente definido. Abrazando a este anillo podemos ver una nebulosidad más débil con forma ovalada, con los extremos inferior y superior estrechos, casi en punta. Verdaderamente parece un ojo observando desde la oscuridad del cielo.

NGC 6543

De vez en cuando, especialmente con mirada periférica, se advierten algunas líneas fantasmales que salen del círculo interno y desaparecen en una fracción de segundo. Por un momento la razón te dice que es un espejismo, pero una parte de ti se niega a aceptarlo. Posteriormente, al compararlo con las fotografías, se confirma que existen tales líneas fantasmales. Todavía no he podido disfrutar de NGC 6543 en una noche verdaderamente buena y un horizonte limpio, así que esperaré a la madrugada de los meses invernales para darle otra oportunidad. Es lo bueno de nuestra afición, siempre va a haber nuevas oportunidades.

Un brazo pegado a una galaxia (NGC 772)

El título puede sonar algo estrambótico y, efectivamente, es una exageración, pero representa la imagen que vemos de NGC 772, una distante galaxia situada a 115-130 millones de años luz en la constelación de Aries. La luz salió de sus estrellas cuando los dinosaurios estaban en todo su apogeo. Su tamaño duplica el de nuestra galaxia, con más de 200.000 años luz de diámetro, y tiene mucho que contar y mostrar. Es la principal galaxia de un grupo de unos 11 componentes, los cuales orbitan alrededor de NGC 772 como satélites, destacando una elíptica enana, NGC 770. Esta última es la responsable de la principal característica de 772. Se cree que las fuerzas de marea que ha generado en aquélla han producido la deformación de uno de sus brazos, que presenta una desviación de su posicióFoto NGC 772n habitual y un aumento de brillo y tamaño espectacular. El aspecto tan peculiar le ha valido a esta galaxia la inclusión en el catálogo Arp, con el número 78. Este brazo tan grande es rico en regiones HII de formación estelar, si bien el resto de la galaxia no muestra tales indicios, siendo bastante más débil. De hecho, los brazos más externos se han separado del núcleo y se están desvaneciendo lentamente en el espacio intergaláctico.

Junto a su núcleo se descubrió, en 1980, un quásar, denominado [HB89] 0156+ 18, que ha dado que hablar a la comunidad científica y podría traer importantes cambios en la concepción de las distancias cósmicas. Este quásar es una inmensa fuente de energía electromagnética con un gran corrimiento al rojo, lo cual la sitúa, según la Ley de Hubble, a más de 11 mil millones de años luz. El problema viene cuando se ha examinado este objeto con diversos instrumentos y la mayoría coinciden en que, si realmente estuviera a tal distancia, sería eclipsado por la brillante galaxia, pareciendo incluso que [HB89] 0156+187 se encuentra a la misma distancia que NGC 772. De ser cierto esto, haría replantear a la comunidad científica la validez del método del redshift (corrimiento al rojo) propuesto por Hubble para medir distancias extragalácticas. Vamos, que nuestra concepción de las distancias y la expansión del universo tendría que cambiar radicalmente. Mientras tanto, nos contentaremos con mirarla a través de nuestros instrumentos.

Concepto del corrimiento al rojo

Una galaxia produce un determinado espectro, que no es más que un conjunto de líneas en franjas de colores que representan los elementos químicos que hay en ese lugar. Esas líneas son longitudes de onda. Si la galaxia se está alejando de nosotros la longitud de onda aumentará (igual que las ondas de sonido de un coche, cuando nos deja atrás, se expanden). Esto supone que en el espectro encontraremos las mismas líneas de emisión y absorción pero un poco desplazadas hacia la izquierda, hacia el rojo. Es lo que se denomina corrimiento al rojo o redshift. De igual manera, si un objeto se acerca a nosotros las ondas se van estrechando (por eso oímos la sirena de una ambulancia más aguda si viene hacia nosotros), adquieren más energía y las líneas del espectro aparecen desplazadas hacia la derecha. Edwin Hubble fue el primero en relacionar este corrimiento al rojo con la distancia de las galaxias, de manera que cuanto más se aleja una galaxia de nosotros, mayor es la longitud de onda, menos energía tienen y aparecen desplazadas hacia el rojo del espectro. Además, comprobó así que las galaxias más distantes se alejan de nosotros a mayor velocidad, una de las pruebas básicas para la teoría del Big Bang.

Ya a bajos aumentos destaca como una mancha algo alargada en un campo estelar más bien pobre. He llegado a verla sin mayores problemas con mi Dobson 305 mm bajo los cielos suburbanos del Barrio de la Vega, acompañada de NGC 770, lo cual es muestra de su importante brillo. De entrada, uno no se imagina que está ante una galaxia situada a 130 millones de años. Bajo cielos oscuros la imagen mejora notablemente, haciéndose más patente su compañera, algo alargada también. A 125 aumentos, y no sin esfuerzo y tiempo dedicado, es cómo observé el imponente brazo que en las fotografías es tan claro. Con mirada periférica se aprecia una proyección desde la parte inferior, a modo de una muy difusa protuberancia que sobresale unos dos minutos de arco, otorgando entonces al conjunto una forma de letra “p”. Por momentos el brazo se pierde de mi retina, pero tras descansar la vista ahí sigue, dejándose notar a pesar del gran vacío cósmico que nos separa.

NGC 772

Bajo el ala del cisne (NGC 6894 y NGC 6940)

El cisne, en plena vía láctea, es un verdadero museo estelar, contando en su haber con una incontable colección de objetos de todo tipo. Bajo una de sus alas, junto a los imponentes Velos, el cisne guarda dos joyas poco reconocidas, accesibles ambas a instrumentos de pequeña abertura.

El primero de ellos es una bonita nebulosa planetaria, el último suspiro de una estrella moribunda que ha querido dejar un recuerdo de su presencia para la posteridad (o, al menos, para los próximos 10.000 años). NGC 6894 stripesSe trata de NGC 6894, un objeto de bajo brillo superficial pero agradecido bajo buenos cielos. Es una nebulosa planetaria con forma de anillo que recuerda a la famosa M57. A su lado, en fotografías de larga exposición, presenta tres franjas de nebulosidad, paralelas entre sí y demasiado débiles para ser observadas a simple vista. Su orientación convierte en culpable de su presencia, según un estudio reciente, al medio interestelar (conocido por sus siglas en inglés ISM). Este medio interestelar hace referencia al espacio que hay entre las estrellas que, lejos de lo que se cree, no es vacío precisamente. Está formado por átomos de distintos elementos, con un 90% de hidrógeno, en estado principalmente gaseoso y algo de polvo (un 1% del total). Este ISM se clasifica según su temperatura en tres categorías, y cuando es más frío favorece el depósito de sus elementos y la aglomeración, siendo el germen de futuras nebulosas y posteriores estrellas. Además, está sujeto a los fuertes vientos electromagnéticos provocados por las estrellas y la rotación de la galaxia. Tendemos a creer que el espacio entre las estrellas es un oscuro desierto vacío, pero lo cierto es que es un mar de vientos y gases en constante movimiento.

NGC 6894

Al mirar con el telescopio a NGC 6894 llama la atención el gran tamaño si lo comparamos con la mayoría de nebulosas planetarias, que son poco mayores que puntos en el cielo. El disco de esta nebulosa se aprecia perfectamente, débil al principio, más intenso conforme el ojo se va a acostumbrando a la oscuridad. Una vez adaptados, a partir de 125 aumentos, deja ver, intermitentemente, un borde más brillante, que le otorga un bonito aspecto anular. Con el filtro OIII esta característica queda bastante más contrastada, apreciándose como un débil anillo de humo, una réplica algo más tenue de M57. Es una imagen muy sugerente que se queda grabada en la retina.

El siguiente objeto, NGC 6940, es mucho más luminoso, un cúmulo abierto que se encuentra dentro de los límites de la constelación de Vulpecula (un nombre peculiar, pero preferible a “La Zorra”). A 2.500 años luz de nosotros, este cúmulo abierto es una gran aglomeración de estrellas azules y rojas que vagan juntas por el cielo. Con una magnitud de 6.30, debería ser visible a simple vista bajo un cielo oscuro.

NGC 6940

Con prismáticos es una visión excepcional, una nube alargada con pequeñas estrellas hormigueando en su interior, flotando en medio de la vía láctea. Al telescopio es un espectáculo impresionante, no sólo por el cúmulo, sino por el marco de la imagen, con cientos de estrellas brillando a su alrededor. No en vano estamos apuntando a uno de los brazos de nuestra galaxia. Varias estrellas brillantes guardan entre ellas a NGC 6940, una concentración de un centenar de astros de diferentes brillos que rellenan un espacio de unos 15-20 minutos de arco. Hay tantas que es difícil, por no decir imposible, definir cuáles pertenecen al cúmulo, que en teoría posee unas 80. Un fondo que parece neblinoso deja de ser tal cuando se mira atentamente a 125 aumentos, dejando claro que la supuesta nebulosa no son más que estrellas, más aún de las que parecía. El cúmulo tiene una forma ligeramente alargada, diría que en “Y”, siendo el extremo central y uno de los lados más abundantes en estrellas. Justo antes de terminar me llamó la atención una estrella que ocupaba el centro del cúmulo, que brillaba con un intenso tono rojo. Personalmente, me considero una persona con baja sensibilidad al color, pero esta estrella la pude apreciar sin lugar a dudas. Luego, comparando con fotografías, pude comprobar que, efectivamente, una bonita estrella roja preside el conjunto, poniendo el broche de oro a este objeto.

La reina del norte (M101)

Es, sin duda, una de las mejores exponentes de galaxias en espiral, algo delicada y exigente, pero pocas galaxias nos muestran sus brazos de la forma en que lo hace M101. Descubierta por Pierre Mechain y catalogada por Messier a finales de siglo XVIII, ninguno de sus coetáneos se podía imaginar que la difusa nebulosa que observaban por sus primitivos telescopios era en realidad uno de los grandes universos islas que forman el cosmos.

M101, también conocida como NGC 5457, es una galaxia en espiral que nos mira de frente desde una distancia de 27 millones de años luz. Está compuesta por un billón de estrellas… Es una cifra fácil de decir pero difícil de entender. Para hacernos una idea, se les estima a nuestra galaxia una cantidad entre 100.000 y 400.000 millones de estrellas, por lo que M101 tiene de 2.5 a 10 veces más componentes. Pertenece al “grupo M101”, compuesto por una decena de galaxias, que se sitúa cerca del grupo M51 y del grupo NGC 5866, ambos situados a una distancia similar de nosotros.

Ya conocida su región, nos centramos en ella. Es una galaxia con una importante formación estelar, patente en las más de 3.000 regiones HII que se han descubierto a lo largo de sus brazos, algunas de ellas, comFoto M101o veremos, visibles al telescopio. En su centro, a diferencia de muchas de sus congéneres, no se ha encontrado ningún agujero central masivo (hemos pasado de una época en la que difícilmente se podía creer en la existencia de agujeros negros, a otra en la que lo difícil es que no haya ninguno en una galaxia). Las fotografías muestran el esplendor de unos inmensos brazos en espiral que se extienden por un diámetro de 170.000 años luz, algo mayor que la nuestra. En ellos destaca cierta asimetría, producida por anteriores interacciones con las galaxias que la rodean (tiene cinco compañeras a relativamente corta distancia). Esta singular estructura la ha hecho meritoria de entrar a formar parte del catálogo de galaxias peculiares con el nombre de Arp 26.

Su gran tasa de formación estelar la hacen protagonista de frecuentes procesos de novas y supernovas, habiéndose detectado en ella tres novas en el último siglo. La última de ellas tuvo lugar en 2011, conocida como SN 2011fe, apareciendo en uno de sus brazos en forma de brillante estrella que fue aumentando su intensidad hasta alcanzar, en apenas dos semanas, la increíble magnitud de 9.9, fácilmente visible por cualquier tipo de instrumento. Brillaba, en ese momento, con la fuerza de 2.500 millones de soles…

Al apuntar mi telescopio en mayo de este año no vi en ella ninguna supernova, pero sí una de las mejores galaxias que he visto hasta ahora. El lugar de observación, entre Jaén y Granada, era especialmente oscuro, si bien la noche no era lo diáfana que podía ser. Iba con la idea predefinida de que vería lo mismo que antiguamente, con mi Dobson 200 mm: una “mancha” muy difusa y sin detalles definidos. Por eso noté un hormigueo cuando vi claramente, en cuanto adapté la vista, dos brazos espirales con una nitidez increíble, sin esfuerzo, ambos saliendo de un núcleo redondeado bien definido. Después de M51, los brazos de M101 fueron los segundos que pude ver.

M101

Pero no terminó ahí la cosa… Tras varios minutos observando fui consciente de que había algunos “parches”, condensaciones en los brazos. Luego pude comprobar que son regiones HII tan brillantes que cuentan incluso con un lugar propio en el catálogo NGC. Había dos en el brazo más inferior y otro al final del brazo superior. Un tercer brazo hacía su aparición tímidamente en uno de los laterales del núcleo, de una forma menos definida que los principales.

M101 detalles

Creo que no le dediqué todo el tiempo que pude, así que estoy deseando tenerla a tiro en un cielo oscuro para poder completar esos brazos y ver más condensaciones, para sacarle jugo. Ya, por estas fechas, habrá que esperar unos meses y visitarla antes del amanecer. El hecho de saber que siempre estará ahí otorga cierta tranquilidad a esta afición.

Paciencia, o NGC 6946

Hay objetos que le piden a uno tiempo, lo exigen sin miramientos, y ése es el caso de NGC 6946. Las primeras dos veces que la vi a través del telescopio, apenas distinguí una mancha difusa, grande, pero difusa. La tercera vez, en un lugar más oscuro y tras varios minutos, sus dos brazos más brillantes aparecieron ante mis ojos. Y, por último, un tercer brazo apareció en la última observación, dejando claro que la práctica y constancia son fundamentales en esta afición.

NGC 6946, también denominada Caldwell 12 o Arp 29, es una pequeña galaxia espiral de unos 40.000 años luz de diámetro (poco más de una tercera parte de la nuestra) que se encuentra en la constelación de Cefeo, a una distancia de 18 millones de años luz, flotando solitaria sin pertenecer a ningún grupo de galaxias. Resulta extraño entonces encontrar en ella una tasa de formación de estrellas muy alta, ya que las galaxias más “productivas” son aquellas que están rodeadas por otras galaxias, con las cuales pueden interactuar y usar su material para formar estrellas. No, NGC 6946 flota sola en el espacio, con tan sólo dos galaxias satélite pequeñas situadas a bastante distancia como para que sean las causantes de su proliferación. Y esto no es lo más llamativo de esta galaxia.

Foto - NGC 6946

Es conocida popularmente como “Fire Cracker Galaxy”, o la Galaxia de los fuegos artificiales. Dicho nombre procede de la aparición de continuas supernovas en el último siglo. Desde 1917 se han observado en ella nueve supernovas, visibles muchas de ellas con telescopios de aficionado, habiendo sido las últimas en 2002, 2004 y 2008. Este gran número de explosiones refuerza el concepto de su importante actividad estelar (en comparación, en nuestra galaxia tiene lugar, en promedio, una supernova por siglo).

Como he comentado al principio, NGC 6946 no es una galaxia especialmente fácil de ver, debido principalmente a que tiene un brillo superficial bajo (se encuentra “tapada” parcialmente por la vía láctea, restándole un brillo importante). Sin embargo, conforme pasamos tiempo ante el ocular, los detalles van apareciendo. A 65x apenas se distingue algo más que una mancha difusa de unos 10’ de arco. A 125x NGC 6946 nos empieza a mostrar sus encantos. Llama la atención, de entrada, un núcleo redondo e intenso con un halo alargado. Dos brazos son fácilmente visibles, en lugares diametralmente opuestos, perdiéndose en la oscuridad. La visión periférica revela mejor su curvatura y su posición. Un poco más difícil es el tercer brazo, que tiene su origen en un lado del halo y es más cerrado que los anteriores. En fotografías se aprecia un cuarto brazo que no fui capaz de distinguir, así que tengo un motivo más para apuntar a ella en la próxima salida. A mayores aumentos la imagen se atenúa bastante, perdiendo con ello detalle.

NGC 6946

Apuntemos a ella el telescopio en estas noches de verano y otoño, porque no sabemos cuándo volverá a aparecer otra supernova. Sólo veremos en ese caso una diminuta estrella en alguno de sus brazos, pero la espera habrá merecido la pena.

PD: por cierto, podemos sacar más provecho a esta visita. Muy cerca, compartiendo ocular a pequeños aumentos, tenemos a NGC 6939, un bonito y llamativo cúmulo abierto con un gran número de estrellas pululando a todo lo ancho.