Sorpresas en la Vía Láctea (V Aql y NGC 6751)

Recuerdo la primera vez que vi una estrella roja. Hasta entonces nunca había imaginado que se vería tan clara, tan intensa, y la sorpresa que me llevé aún la guardo hoy en mi memoria. Llevaba pocos días con mi nuevo Dobson de 30 cm y decidí explorar a bajo aumento la Vía Láctea, apenas visible desde los cielos suburbanos desde los que observaba. Miles de estrellas aparecían tras el ocular, cruzándolo de lado a lado, por la constelación del Águila, y entonces la vi: una perla roja que contrastaba enormemente con el resto de estrellas que había a su alrededor, emitiendo destellos anaranjados y amarillos como si estuviera en llamas (valga la redundancia). Aparté la vista del ocular para comprobar que me encontraba en la cola del águila, y busqué el nombre de la estrella, que resultó ser V Aquilae. Descubrí así que hay estrellas de colores, colores que verdaderamente se aprecian, que no todas las estrellas tienen la misma composición, que hay estrellas de carbono que otorgan al cielo un punto vista más variopinto…

Hoy vamos a hablar brevemente de esta estrella y de una nebulosa planetaria que ha ido a parar a sus inmediaciones. V Aquilae es, por tanto, una estrella de carbono, un término que recordaremos de esta entrada anterior. Resumiendo un poco, la estrella, una vez ha agotado su combustible, tiene la masa suficiente como para fusionar el helio y formar una abundante cantidad de carbono, que se va desplazando a sus capas más externas. El carbono es un elemento que absorbe las longitudes de onda más azuladas, de manera que los colores que deja pasar son de la gama del rojo, naranja y amarillo, que en suma producen esa tonalidad tan característica. V Aquilae, en concreto, se sitúa a unos 1825 años luz de distancia, y brilla con una luminosidad 14.000 veces mayor que la de nuestro sol. Supera a nuestra con un tamaño 620 veces mayor, si bien es bastante más fría, con una temperatura de unos 2500 grados centígrados. Es, además, una estrella variable, emitiendo pulsos con una periodicidad de casi un año, variando entre la magnitud 6.6 y 8.4. Cuando la observé, el 11 de Julio de 2016, su magnitud estaba cercana a su máximo, ya que parecía ligeramente más brillante que una vecina estrella de magnitud 6.9.

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A bajo aumento ya se podía distinguir una pequeña mancha situada al otro lado del campo, redondeada y débil. NGC 6751 es una llamativa nebulosa planetaria situada a unos 6500 años luz de nosotros. Contrariamente a V Aquilae, la temperatura de su estrella central es extremadamente alta, llegando a los 140.000 grados centígrados. Es una planetaria joven y pequeña, de algo menos de un año luz de diámetro, que se está expandiendo a velocidades del orden de los 40 km por segundo. Tiene una bonita estructura anular, con algunas corrientes gaseosas más frías emitidas a alta velocidad que se dispersan radialmente, como los ejes de la rueda de un carruaje.

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Visualmente NGC 6751 es una nebulosa muy interesante, apareciendo a bajo aumento como una esfera pequeña y tenue que descansa en un campo extremadamente rico de estrellas. Si la noche es estable podemos usar sin miedo altos aumentos, ya que no pierde definición. Con el ocular de 5 mm llegué a los 300 aumentos, sorprendiéndome al distinguir, con relativa facilidad, una delicada estrella central. Decidí probar a colocar el filtro OIII, que aumentó enormemente el contraste de la nebulosa, a costa de perder una importante cantidad de estrellas. Sin embargo, con visión indirecta comprobé emocionado que la esfera no era homogénea, sino que sus bordes aparecían engrosados y más brillantes que el interior, mostrando una débil estructura anular. Cuando uno descubre estas estructuras sin conocer nada del objeto en cuestión la satisfacción es aún mayor.

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Una estrella roja como la sangre, un anillo de humo, un campo tan lleno de estrellas que incluso a elevados aumentos no dejan huecos libres entre ellas… Sin duda esta zona de la Vía Láctea merece la pena, y si navegamos sin rumbo por ella puede que nos encontramos con alguna que otra sorpresa.

Sangre en el cielo (R leporis e IC 418)

La constelación lepus, la Liebre, corretea siempre bajo la inmensa figura de Orión, condenada a ser obviada con facilidad. Aun así, guarda en su seno algunos tesoros dignos de atraer las miradas de astrónomos inquietos, como pudimos comprobar con M79. Hoy veremos otros dos objetos que piden a gritos una visita.

El primero de ellos es R leporis, una estrella con carácter y nombre propio, conocida también con el romántico nombre de “Estrella carmesí de Hind” (o, en inglés, Crimson star) o el macabro pero acertado nombre de “la gota de sangre”. Su alias lo dice todo, y es que cualquiera que mire esta estrella comprenderá que no todo en el cielo es blanco y negro. Es una estrella de carbono, y como tal muestra una increíble tonalidad rojiza como pocas podemos observar por nuestro telescopio. ¿De dónde viene ese color? La atmósfera de R leporis tiene más carbono del habitual, proveniente de zonas más internas de la estrella, tras la fusión de moléculas de helio. El carbono, así como el monóxido de carbono, no dejan pasar la luz azul, con lo cual el resultado es esa tonalidad rojiza. Son estrellas extremadamente frías, estimándose para R leporis una temperatura superficial poco mayor de 2.000º K, con un diámetro que supera unas 500 veces a nuestro sol. Las estrellas de carbono son de tipo espectral C y van camino de convertirse en una enana blanca, con su envoltura formando una nebulosa planetaria.

Pero R leporis es, además, una estrella variable tipo Mira. Siendo el prototipo Mira Ceti, que veremos en otra ocasión, son estrellas cuyo brillo presenta grandes variaciones en cuanto a magnitud durante un período mayor de 100 días. De color rojo intenso, las variables tipo Mira son gigantes rojas de edad avanzada que se expanden y contraen sufriendo con ello cambios en la temperatura y luminosidad, desprendiéndose poco a poco de su envoltura gaseosa. De hecho, muchas de estas estrellas no tienen forma esférica y van dejando un rastro de gases tras de sí. En la siguiente imagen podemos apreciar, en luz ultravioleta, los restos que va soltando Mira Ceti, como si de un cometa estelar se tratase, aunque a juzgar por la foto más bien pareciera una medusa espacial…

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R leporis es fácil de encontrar, ubicada al oeste de mu leporis, visible con prismáticos siempre y cuando no se encuentre en el mínimo de su brillo. La intensidad del color que veamos dependerá del momento del ciclo, de modo que es más rojiza en su mínimo brillo, debido a que es el momento en el que mayor concentración de carbono hay en su atmósfera. Su período comprende un total de 445 días, y su magnitud varía entre 5.5 y 11.7. Cuando la observé, el 1 de febrero de 2016, tenía un brillo aproximado de 8, que la hacía distinguible con los prismáticos, si bien no mostró su naturaleza hasta mirar por el telescopio. Quedé boquiabierto al ver ese punto rojizo y brillante, y más aún, me quedé con ganas pensando cómo se verá cuando esté en su mínimo, dentro de un año. Es increíble poder apreciar estos colores tan llamativos en el cielo, y R leporis es, sin duda, una estrella que atrapa. Al verla no pude evitar acordarme de la primera estrella de carbono que vi, accidentalmente, moviéndome por la “cola” del Águila. Allí descubrí a V aquilae, y recuerdo que lo primero que pensé fue que no podía existir algo así, y la guardé en mi interior como visita obligada en las noches de verano.

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Un poco más al norte y al este encontramos nuestro siguiente objetivo, una bonita nebulosa planetaria cuya envoltura gaseosa tiene apenas unos pocos miles de años de edad. Recibe el nombre de la “Nebulosa Espirógrafo”, debido a que fotografías de este objeto recuerdan a los dibujos realizados con espirógrafos (instrumento de dibujo que realiza formas geométricas características, unas curvas llamadas hipotrocoides y epitrocoides). Viene al caso observarla tras R leporis, pues comparte con ella el hecho de que sus gases parecen ser bastante ricos en carbono. La nebulosa se denomina IC 418 y se sitúa a unos 1.100 años luz de nosotros, otra característica que comparte con R leporis. El tamaño de su envoltura, de unos 0.3 años luz, es una muestra de su relativa juventud. En fotografías de larga exposición podemos apreciar una forma ovalada, con dos capas superpuestas, rodeando a una estrella de magnitud 10.2, una enana blanca que ha comenzado la última etapa de su vida. Esta estrella ioniza a la nebulosa con una temperatura de unos 35.000º K, bastante poco si lo comparamos con otras planetarias. La temperatura necesaria para que una estrella ionice a su envoltura de gases es de 26.000º K. Por debajo de dicho límite la estrella moriría en el más absoluto anonimato, sin homenaje alguno visible desde la lejanía. IC 418 irá creciendo a medida que pasa el tiempo, ya que su envoltura se expande a unos 12 km por segundo.

Foto IC 418

Además de su llamativa textura, fruto de los vientos producidos por su estrella central, captan la atención sus vivos colores, que han dado que hablar a los observadores visuales. A pesar de que muchas nebulosas planetarias adquieren cierto tono verdoso o azulado, algunos observadores mantienen que son capaces de observar cierto matiz anaranjado en esta nebulosa, así como marronáceo, rosado o rojizo. Además, la percepción de dichos colores parece cambiar según el instrumento usado y la magnificación, dejando a cada observador libre interpretación.

Con una magnitud poco mayor de 10, IC 418 es un objeto fácil de encontrar y fácil de distinguir, si bien su pequeño tamaño, de apenas 12 segundos de arco, nos debe hacer mirar con atención si observamos a bajos aumentos. Ya a 125x la nebulosa es claramente visible rodeando a una brillante estrella. La noche que la observé soplaba un fuerte viento y la atmósfera no dejaba ver con total claridad objetos a grandes aumentos, pero decidí usar 214 aumentos para intentar percibirla mejor. El tamaño, con el Kronus de 7 mm, era mayor, lógicamente, aunque siguen siendo 12 segundos… Aun así, el pequeño tamaño unido a su forma perfectamente redonda y brillante hacen de IC 418 un objeto muy atractivo. No conseguí distinguir, eso sí, ningún color, cosa de la que no me extrañé, pues mis ojos no son especialmente sensibles al color. Intenté advertir un pequeño anillo interno que bordea la estrella, que en imágenes se muestra más fácilmente, pero las turbulencias de la atmósfera me impedían distinguir ningún detalle. De todas formas disfruté con su observación, una pequeña esfera en medio de un espacio oscuro con algunas estrellas, todavía jóvenes, que rodean al anciano de la vecindad, sin saber que a ellas les espera un final muy similar.

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