Un lejano vecino (NGC 6652)

Hoy le toca el turno a un compañero de M69, un globular que podemos visitar de paso cuando observemos en el interior de la “tetera” de Sagitario. NGC 6522 fue descubierto por James Dunlop en 1826, casi 50 años después que M69, a pesar de que se encuentra a sólo un grado de distancia aparente.

Foto NGC 6652

NGC 6652 dista 32.900 años luz de nosotros y es uno de los globulares más cercanos al núcleo de la Vía Láctea, a poco más de 6.000 años luz de distancia. Todo parece indicar que se formó en el halo galáctico, a pesar de que se encuentre en el bulbo, probablemente atraído en el pasado por la intensa gravedad de nuestra galaxia. Posee una baja metalicidad, una pista más para corroborar su origen alejado del núcleo, ya que si se hubiera formado en las regiones centrales la “contaminación” del espacio interestelar habría producido estrellas de mayor metalicidad, formadas por elementos más pesados. Su edad se estima en unos 11.700 millones de años, por lo que estamos ante un cúmulo relativamente joven.

En 2012 el telescopio Chandra encontró hasta 11 fuentes emisoras de rayos X. Por un lado, algunas de ellas están relacionadas con binarias de rayos X, un sistema binario compuesto por una estrella “normal” que gira en torno a una estrella de neutrones o agujero negro, cediendo parte de su masa a su masivo compañero, momento en el cual se emiten grandes cantidades de rayos X. Otras de las fuentes parecen ser estrellas de neutrones que brillan como faros cósmicos, mientras que algunas otras se correlacionan con variables cataclísmicas (son sistemas binarios en los que una enana blanca absorbe materia de una estrella compañera, de una manera similar a las binarias de rayos X, produciendo un aumento súbito de la magnitud de la estrella).

Para llegar a NGC 6652 podemos salir de M69, bajando al sur hasta una hilera de estrellas brillantes (la más occidental, por cierto, se llama HD 170479 y es una estrella doble con sus dos componentes separados por 3 segundos de arco, con magnitudes de 5.4 y 9.7). Al otro extremo encontramos el cúmulo globular, que brilla con una magnitud 8.5 y un diámetro de unos 6 minutos de arco. A bajo aumento aparece como pequeña esfera nebulosa, sin un gradiente remarcable. Al usar mayores aumentos (en mi caso utilicé el ocular Cronus de 7 mm, con 214 aumentos) el núcleo aparece de aspecto estelar y los bordes parecen alcanzar una mayor distancia, sin cambios bruscos en la homogeneidad de su superficie. Con paciencia comienzan a vislumbrarse algunas estrellas salpicando la periferia del globular, con sutiles destellos que necesitan un cielo oscuro para ser distinguidos. Uno puede imaginar que son los reflejos de esas exóticas estrellas que mandan ráfagas de rayos X, añadiendo interés a un cúmulo pequeño pero ciertamente sugestivo.

NGC 6652

Ambiguo M69

No hace falta esperar mucho estos días para ver cómo asoma Sagitario sobre el horizonte, con la famosa “tetera” bien definida acompañando a una perfilada y grumosa Vía Láctea. Pues bien, vamos a sumergirnos en esta tetera para contemplar dos de sus cúmulos globulares, el primero de los cuales pertenece al catálogo Messier.

Foto M69

M69, también conocido como NGC 6637, fue descubierto por Charless Messier en 1780, siendo uno de los cúmulos globulares más débiles de su lista. Se encuentra a 29.700 años luz de nosotros, a tan sólo 6.000 años luz del centro galáctico. De la misma manera, M70 es un vecino próximo, habiendo entre ambos algo menos de 2.000 años luz: tiene que ser asombrosa su visión recíproca, o mejor aún, la vista desde algún planeta cercano a los dos. Su radio es de unos 42 años luz y tiene una masa equivalente a 300.000 masas solares. La mitad de esta masa está condensada en los 7.2 años luz centrales, a pesar de lo cual pertenece a la categoría V de la clasificación Shapley-Sawyer, una concentración moderada pero sin llegar a extremo.

Entre sus estrellas más masivas podemos ver algunas de tipo espectral G2, lo cual nos da una información privilegiada sobre su edad. Al principio de su formación un globular cuenta con estrellas de todo tipo, pero son las más masivas las que tienen una vida más corta. Estas estrellas son las gigantes azules de tipo espectral O, a las que siguen las blancas de tipo B y A, de manera que van desapareciendo progresivamente. Conociendo el tipo espectral de las estrellas más masivas del cúmulo podemos inferir la edad. Sería una lógica similar a: “las estrellas de tipo A tienen una vida de 12.000 millones de años y las de tipo G de 15.000 millones de años, si en el cúmulo no hay ninguna de tipo A pero sí las hay de tipo G, entonces la edad del cúmulo estará entre 12.000 y 15.000 millones de años”. De esta manera se conoce que la edad de M69 es de unos 13.000 millones de años, algo que no cuadra con la metalicidad del cúmulo (y aquí introducimos un segundo dato importante). En el universo joven las cantidades de hidrógeno y helio eran mayores a las que hay ahora, ya que los elementos más pesados se han ido formando en el interior de las estrellas con posteridad. Así, la muerte de las estrellas ha esparcido los elementos más pesados y ha contaminado el medio: las estrellas de mayor metalicidad se han formado en etapas posteriores, mientras que las de baja metalicidad se formaron en una época en la que el hidrógeno y helio eran mucho más abundantes. De esta manera, la metalicidad de M69 choca directamente con lo que sabemos por su tipo espectral. Para un globular de 13.000 millones de años cabría esperar una metalicidad muy baja, pero en este cúmulo nos topamos con lo contrario, un importante enriquecimiento de elementos pesados. La causa de este desajuste reside directamente en la localización del cúmulo, ya que se encuentra en el bulbo de nuestra galaxia, en la zona central donde hay una mayor proliferación de estrellas y, por tanto, una mayor cantidad de elementos pesados. Por tanto, podemos decir que la metalicidad de una estrella depende principalmente de su edad, pero también del lugar en el que se haya formado.

M69 tiene un tamaño de 10 minutos de arco y una magnitud de 8.3, por lo que es fácilmente visible a través de unos pequeños prismáticos, aunque sólo lo veremos como una pequeña estrella desenfocada. Al telescopio M69 nos muestra su esplendor, sobre todo si observamos desde un lugar oscuro y con una atmósfera limpia. Podremos disfrutar entonces de su enjambre de estrellas que brillan formando una esfera luminosa. Con el Celestron C11 numerosas estrellas salpicaban toda su superficie, llegando a resolverse incluso en el mismo núcleo. Éste, pequeño y de forma triangular, se diferenciaba claramente de la periferia, presentando un notable incremento de brillo, como corresponde a un globular de concentración V. El campo colindante, repleto de puntos, nos recuerda que estamos observando el barrio central de nuestra galaxia, un lugar lleno de transeúntes.

M69

Bajo la laguna (NGC 6553)

El cielo de verano se va adelantando cada noche, y con él una miríada de estrellas puebla nuestros ojos cuando miramos a través del telescopio. Vamos dejando atrás las galaxias perdidas en un mar oscuro para encontrar luciérnagas de múltiples colores allá donde miremos, con nebulosas, cúmulos… Estamos apuntando directamente al centro de nuestra galaxia. Hemos hablado en varias ocasiones de M8, la Nebulosa de la Laguna, y también dedicamos una entrada a NGC 6544, un interesante globular que se encontraba justo debajo. Pues bien, hoy vamos a seguir bajando por este camino celeste para llegar a otro cúmulo globular, apenas situado a un grado de la nebulosa.

Foto NGC 6553

NGC 6553 se encuentra a 19.600 años luz de distancia de nosotros, casi en línea recta hacia el centro de nuestra galaxia, del que dista unos 7.200 años luz. Es una zona difícil de observar debido a la ingente cantidad de polvo, gas y estrellas que se interpone: estamos observando a través los densos brazos de nuestra galaxia. William Herschel descubrió este globular en 1784, si bien creía que era una nebulosa planetaria al no distinguir ninguna estrella en su interior. NGC 6553 se encuentra inmerso en una órbita casi circular alrededor del núcleo galáctico. Tiene una metalicidad alta y pertenece a la población de cúmulos globulares del bulbo, lo cual se asocia a una edad relativamente joven. Sin embargo se ha estimado su edad en unos entre 12 y 13 mil millones de años, por lo que se formó durante los primeros momentos de vida de la Vía Láctea. Gracias a estos datos podemos aventurar que el bulbo galáctico se enriqueció de metales en esa franja de tiempo, probablemente por la explosión de las primeras grandes estrellas, que poblaron el cielo con hierro, carbono y elementos más pesados.

NGC 6553 pertenece a la categoría XI de la clasificación Shapley-Sawyer, lo cual habla en favor de una baja concentración de estrellas, que presentarán un brillo relativamente homogéneo. Efectivamente, al telescopio no encontramos ningún intenso núcleo brillando sobre el resto, sino una masa nubosa de similar brillo que no destaca especialmente. Tiene unos 4 minutos de arco y una magnitud conjunta de 8, con lo cual no resulta difícil de detectar. Distinguir sus finas estrellas, sin embargo, requerirá unos buenos cielos y apertura moderada. Con mi Dobson de 30 cm lo observé a 214 aumentos, observando una interesante esfera difusa en cuyos bordes se adivinaban varias franjas estelares. Algunas otras, diminutas, salpicaban su superficie, ayudando a sentir que esa débil nubecilla era en realidad una masa formada por miles de soles. Los bordes, poco definidos, exhibían dos débiles protuberancias como si fueran dos orejas triangulares, añadiendo un toque personal a este lejano vecino.

NGC 6553

Siguiendo los pasos de Arecibo: M13

El universo está lleno de ondas de distinto tipo, aunque hay un conjunto de ondas de radio que merecen especial atención, ya que fueron emitidas por los seres humanos como una señal de comunicación hacia otros mundos. Ahora se encuentran a 43 años luz de nosotros y, si algún día son encontradas por una raza inteligente, serán capaces de descifrar datos interesantes, como la estructura de nuestro sistema solar, el ADN del que estamos formados, las moléculas más frecuentes e incluso un dibujo de una persona con su altura media y la población del planeta. Se conoce como el Mensaje de Arecibo, porque fue emitido desde el radiotelescopio de Arecibo, enviado desde su órbita espacial en 1974. Su destino es el mismo que vamos a seguir nosotros en este artículo…

Si por algo es famosa la constelación de Hércules es por albergar uno de los cúmulos globulares más conocidos del cielo, conocido como el Gran Cúmulo de Hércules, M13 o NGC 6205, el punto del vasto infinito al que se envió el Mensaje de Arecibo. Visible sin necesidad de ningún instrumento óptico bajo cielos oscuros, M13 es uno de los objetos más impresionantes que la primavera nos puede ofrecer.

Foto M13

Crédito: Roth Ritter

Se encuentra a unos 25.100 años luz de distancia y mide unos considerables 146 años luz de diámetro. Fue descubierto por Edmond Halley en 1714, adelantándose medio siglo a nuestro amigo Charles Messier. William Herschel describió unas alineaciones de estrellas que partían del cúmulo hacia el exterior y que se conocen como patas de araña. Este astrónomo acometió la hercúlea tarea de contar las estrellas de este cúmulo, estimando que lo conformaban unas 8000 componentes. Sin embargo, ni siquiera se acercó, pues la población de esta esfera de luces es de unas 300.000 estrellas, por encima de la media de estos cuerpos. Tiene una categoría V en la clasificación Shapley-Sawyer, lo cual indica la presencia de un gradiente moderado, con un núcleo más denso y periferia difusa.

Se han descubierto algunos elementos interesantes en este cúmulo. En 2005, por ejemplo, se encontró un sistema binario, uno de cuyos componentes resultó ser una estrella de neutrones que emitía rayos X. Para conocer lo que es una estrella de neutrones podemos leer esta entrada, en la que hablábamos acerca de la conocida M1. Barnard 29 es una estrella descubierta en el cúmulo que presenta un tipo espectral B2, lo cual contrasta enormemente con el resto de estrellas, mucho más rojizas, que rondan el tipo espectral G. ¿Cómo es posible, si las estrellas de un cúmulo se forman a la vez, que haya una tan joven en apariencia? Pues bien, la respuesta no está en la edad de las estrellas, sino en su temperatura. Barnard 29 parece ser una estrella evolucionada que ha perdido sus capas más externas, de manera que ha dejado al descubierto su núcleo mucho más caliente y, por tanto, más azulado.

Con una magnitud de 5.8, M13 es fácilmente distinguible a simple vista siempre y cuando nos alejemos de las luces artificiales, apareciendo como una tenue estrella borrosa en uno de los márgenes del cuerpo del héroe griego. Con un par de prismáticos su visión es sublime, con un denso núcleo,  llamando la atención esas dos brillantes estrellas que lo flanquean, HIP 81673 y HIP 81848, ambas rondando la magnitud 7. Con el más pequeño de los telescopios la vista es sobrecogedora. Lo observé una noche que estaba probando el NextStar 102 SLT, y quedé maravillado con el resultado. Usé el ocular Cronus de 7 mm, obteniendo 94 aumentos, suficiente para que las dos brillantes estrellas aparecieran en el mismo campo. M13, con sus 20 minutos de arco de diámetro, dominaba el centro del ocular, con un intenso núcleo redondeado que superaba los 5 minutos de arco. Las estrellas aparecían y desaparecían en su interior, en ocasiones tan juntas que se hacían difíciles de separar. Una zona más débil se extendía alrededor, una corona en la que las estrellas pululaban con mayor libertad, en un número bastante menor. Poco a poco fueron apareciendo las famosas patas de araña que ya describió en su día Herschel, como prolongaciones que salían del núcleo y se extendían más allá, rozando su periferia. Las dos patas centrales, algo más cortas, se quedaban a mitad de camino, pero las otras dos se curvaban y parecían querer abrazar el cúmulo. Sin duda, una imagen para recordar y volver a visitar siempre que tengamos oportunidad.

M13

Breve historia de un cúmulo globular (NGC 6749)

Los cúmulos globulares, que nos parecen tan alejados del tumultuoso disco galáctico, no tienen una vida precisamente tranquila. Hay dos grandes poblaciones de estos cúmulos en nuestra galaxia, los que se encuentran más cercanos al núcleo, en el bulbo, y los más alejados o cúmulos del halo. Según pertenezcan a uno u otro grupo sus características serán diferentes, de manera que los más internos son especialmente ricos en metales (elementos más pesados que el hidrógeno y helio). Los cúmulos del halo, más alejados del tumulto galáctico (supernovas, nubes moleculares en interacción…) se han formado en un medio “libre de humos”, exento de dicha concentración de elementos pesados, por lo cual sus estrellas son ricas en hidrógeno y helio. Todas estas esferas estelares van girando alrededor del núcleo galáctico como una canica que se lanza al lavabo. Si su velocidad es demasiado elevada (velocidad de escape) acabará saliendo disparada por el borde; de otra manera, irá perdiendo gradualmente energía hasta caer finalmente en el oscuro sumidero, que en nuestro ejemplo sería el centro más denso de la Vía Láctea, lugar de residencia de nuestro agujero negro supermasivo.

Durante la mayor parte de su existencia (algunos llegan a los 13.000 millones de años) los cúmulos globulares vagan alrededor de la galaxia sin grandes cambios, perdiendo sutilmente energía, de manera que al final de su vida la gravedad vence la partida y son atraídos al centro galáctico. Algunos sobreviven a su paso por el centro, a costa de perder gran parte de su población de estrellas, aunque luego volverán a ser arrastrados nuevamente, de manera que es imposible que escapen de su inexorable destino. No sólo tienen que luchar contra la gravedad del núcleo de la galaxia, sino contra la gravedad del conjunto de estrellas y gases que pueblan el bulbo.

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NGC 6749 era un cúmulo solitario y tranquilo hasta que, recientemente, la gravedad se empeñó en atraerle al centro de la galaxia. Se formó hace 13.000 millones de años en el halo galáctico, algo que sabemos gracias a su composición pobre en metales. Recientemente atravesó el centro de la galaxia, encontrándose hoy a menos de 1000 años luz del eje ecuatorial de la galaxia, siendo el globular más “céntrico” de cuantos conocemos Se encuentra situado, desde nuestro punto de vista, justo detrás de la Gran Nube del Escudo, una inmensa aglomeración de estrellas con una masa estimada de 10.000 millones de masas solares. Si a eso sumamos, la masa de la barra central de nuestra galaxia (20.000 millones de masas solares) y la del propio bulbo galáctico, que posee un 30% de la masa total de nuestra galaxia, el resultado es tan descomunal que NGC 6749 no tiene ninguna posibilidad de salir ilesa: está rozando ese anillo metálico de la boca del sumidero del lavabo, y es cuestión de tiempo que tanta fuerza termine por dispersas todas sus estrellas.

NGC 6947 es un cúmulo de pequeño tamaño, estimándose su diámetro en unos 45 años luz, y extremadamente difuso, tanto que en la categoría de Shapley-Sawyer ocupa el número XII, el último número de la lista. Otra causa de su dificultad observacional es el oscurecimiento que sufre por su situación. Miles de millones de estrellas pertenecientes al brazo de Orión, así como a todas las estructuras mencionadas, se interponen en nuestra visión, sumado a una gran cantidad de gas, remanentes de supernovas y polvo en general. NGC 6749 alcanzaría una magnitud 4 veces más brillante de no ser por las estrellas y el polvo que bloquean su visión. Su magnitud visual es de 12.4, siendo sus estrellas más brillantes de la 16.5.

Hay algo de discordancia en cuanto a la identificación de este objeto, ya que John Herschel, en 1827, lo describió como “un cúmulo de débiles estrellas dispersas que ocupan todo el ocular”, siendo su posición además 8 minutos más alejada del cúmulo globular. Parece que Herschel pudo haber catalogado simplemente una región más densa de la Vía Láctea, ya que con su telescopio difícilmente podría haberlo resuelto, y su descripción no se adapta a la realidad que hoy conocemos. Y es que NGC 6749 es un cúmulo extremadamente débil, uno de esos objetos con un brillo superficial tan bajo (de 21.8) que se aprecia como un tenue fantasma con visión lateral (tiene fama de ser el cúmulo del catálogo NGC más difícil de ver). Aproveché para observarlo una visita al Veleta, el punto más alto de Sierra Nevada al que se puede llegar en coche, con una atmósfera inmejorable. La única pega esa noche fue el frío viento que nos sorprendió con poco abrigo, pero la calidad visual de los objetos hizo que mereciera la pena. De hecho pude apreciar el brillo tenue y disperso de NGC 6749 sin gran esfuerzo, con una brillante estrella marcando uno de sus bordes. Con visión lateral sus límites se expandían algo más, alcanzando unos 4 minutos de arco de diámetro. Con el paso de los minutos algunas minúsculas estrellas se asomaron en la periferia, para desaparecer sobre la marcha, como una chispa incandescente que se encuentra excesivamente lejos. Me lo tomé como un regalo de la atmósfera cristalina en compensación por el frío que me estaba haciendo pasar.

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Globulares fantasma

Si eres aficionado a la astronomía, los cúmulos globulares o te gustan, o te acaban gustando. Más aún cuando te das cuenta de la inmensa variedad de formas y estructuras que pueden adoptar. Hoy vamos a ver tres de ellos muy cercanos entre sí, característicos por su extrema debilidad, que les da la apariencia de difusas nebulosas redondeadas. Se encuentran justo en el límite entre Serpens Cauda (la Cola de la Serpiente) y Ofiuco.

El primero de ellos pertenece al selecto grupo Palomar y se denomina Palomar 7. Como ya sabemos, los 15 globulares que forman parte de este catálogo fueron descubiertos, en su mayoría, en la década de los 50, en el observatorio Palomar de California. Sin embargo, el que nos ocupa hoy ya se conocía, al parecer, con anterioridad, con la entrada del Index Catalogue IC 1276. Se encuentra bastante cerca de nosotros, a unos 17.600 años de distancia, siendo su pecado estar dispuesto tras densas nubes oscuras que lo han hecho empalidecer y disminuir varias magnitudes. Su tamaño es de 8 minutos de arco y su magnitud de 10.34, pero no nos dejemos engañar, pues su brillo superficial es bastante bajo. Se encuentra en la constelación Serpiente, a una altura similar a la constelación del Escudo, y para verlo necesitaremos un cielo alejado de la contaminación lumínica. Con mi Dobson de 30 cm lo encontré sin problemas con el ocular de 13 mm, a 115 aumentos, apareciendo como una pequeña esfera homogénea, más fácilmente visible con mirada periférica, sin ningún gradiente distinguible. Dos estrellas aparecían tímidas en el seno del cúmulo, seguramente ajenas a la población real, que son mucho más débiles.

Palomar 7.png

El siguiente cúmulo, aunque del catálogo NGC, no es mucho más deslumbrante. Se trata de NGC 6539, una aglomeración de soles situada a unos considerables 25.400 años luz de distancia, sufriendo también los efectos atenuantes de la materia interestelar. Su magnitud de 9.6 también se encuentra algo sobreestimada debido a su bajo brillo superficial, aunque es más sencillo que Palomar 7. Aparece a 214 aumentos como una esfera homogénea, como corresponde a su categoría X de la clasificación Shapley-Sawyer, con bordes homogéneos que se van perdiendo gradualmente. Algunas estrellas pueden intuirse en la periferia, de nuevo estrellas intrusas que quieren hacerse pasar por habitantes de esta enorme familia de estrellas. Visualmente podría pasar por una amplia nebulosa planetaria, y no es de extrañar que no se descubriera hasta 1856.

NGC 6539.png

Cruzamos ahora la invisible línea que delimita las constelaciones y nos situamos en Ofiuco, si bien vamos a ir mucho más lejos en profundidad, hasta los 35.500 años luz, distancia a la que se encuentra NGC 6517, el último globular de este triplete. Su magnitud de 10 y un tamaño aparente menor que el anterior podrían hacernos pensar que nos será bastante difícil encontrarlo, pero nada más lejos de la realidad. El principal motivo para ello reside en su mayor concentración hacia el centro, que produce un brillante núcleo coronado por una periferia más débil. Pertenece a la categoría IV de la clasificación Shapley-Sawyer, siendo útil su comparación con NGC 6539 (categoría X, mucho menos concentrado). Ninguna de sus estrellas se individualizó en mi telescopio a 214 aumentos, si bien me transmitió cierta sensación de granulación, a diferencia de los otros, la sensación de que verdaderamente me encontraba ante un cúmulo globular.

NGC 6517.png

Observar este tipo de globulares, tan débiles e irresolubles, puede parecer algo tedioso e incluso aburrido al principio, aunque cuando uno es consciente de lo que está viendo cambia la perspectiva. También es interesante el hecho de saber que su número es limitado, conociéndose a día de hoy unos 160, aunque se estima que hay unos 180 girando alrededor de la Vía Láctea, lo cual añade el aliciente de cazar el máximo número de ellos.

Sobre la Pipa (NGC 6401 y NGC 6369)

La visión de la Vía Láctea estival bajo un cielo estrellado lejos de las grandes urbes puede llegar a ser verdaderamente sobrecogedora. Mil formas se perfilan en su superficie, destacando en Sagitario la gran nube oscura que comienza en el Cisne. Esta grieta negruzca presenta salientes hacia ambos lados, y si la noche es oscura podremos ver una de estas prolongaciones que se encuentra a la derecha de M8 y por encima de la cola del escorpión, formando un triángulo recto. Nos llamará la atención que presenta una forma muy linear, especialmente con visión indirecta, contrastando con todas las curvas que predominan en la zona. Esta nube oscura es conocida como la Nebulosa de la Pipa, y la zona más rectilínea se corresponde a la cánula y a la boquilla, en el extremo, mientras que hacia el Este se abre un poco más y forma la “cazoleta”. La nube, que podemos recorrer con prismáticos para disfrutar de cada uno de sus recovecos, está formada por varias nebulosas oscuras, destacando Barnard 78 (B78), B67, B66, B65 y B59, constituyendo esta última la boquilla. Pero el interés que hoy tenemos en esta nebulosa es que nos sirve para orientarnos y encontrar los objetos que tenemos en lista, ya que se encuentran justo al norte de “la Pipa”, donde tres estrellas brillantes formando una curva nos ayudarán en la búsqueda.

Comenzaremos por NGC 6401, un débil cúmulo globular que se encuentra a unos 34.000 años luz de distancia. William Herschel y su hijo, en el siglo XVIII, lo confundieron con una nebulosa, lo cual ya nos da una idea de su elevada dificultad. A pesar de tener una magnitud de 7.4, su brillo superficial es extremadamente bajo y sus estrellas quedan fuera del alcance de nuestros telescopios. Destaca una brillante estrella de magnitud 11 que parece engarzada en la corona del cúmulo, pero no es más que un efecto de perspectiva, ya que dicha estrella se encuentra mucho más cerca de nosotros. Una vez localizado, NGC 6401 aparece como una esfera de unos 5 minutos de arco de diámetro, muy débil y de bordes difusos, aunque la visión lateral ayuda a verla con mayor facilidad. Su superficie, sin embargo, podría describirse como “granujienta”, dando la curiosa sensación de que, de un momento a otro, todas sus estrellas van a resolverse. Pero no, NGC 6401 permanece envuelto en el halo de misterio que le rodea y no soltará prenda a no ser que se fotografíe con una exposición lo suficientemente prolongada. Aun así, merece la pena echarle un vistazo y dejar que se nos insinúe con ese crepitar invisible de estrellas que se puede adivinar en su interior.

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Vamos a viajar ahora a unos 3.500 años luz de distancia para contemplar una espectacular nebulosa planetaria denominada NGC 6369, conocida también como la Nebulosa del Pequeño Fantasma. Es una joven planetaria con una llamativa estructura anular, cuyas capas externas se expanden a unos 24 km por segundo. Se encuentra inmersa en la nebulosa oscura Barnard 77, por lo que no nos debe sorprender la pobreza en el campo de estrellas una vez que estemos con el telescopio. Nuevamente, la estructura anular de esta planetaria no se debe a una forma esférica, como la lógica podría dictar, sino que posee una estructura cilíndrica en forma de reloj de arena que vemos de frente (estructura similar a M27, en cuyo caso la vemos de perfil). Por este motivo puede parecernos, en fotografías de larga exposición, que la estrella central se encuentra un poco descolocada del centro exacto.

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NGC 6369 se encuentra a medio camino entre dos brillantes estrellas, c Oph y b Oph, formando un triángulo muy abierto con ellas. A bajo aumento ya se puede apreciar como una estrella borrosa y algo engrosada, imagen que irá cambiando si nos acercamos. A 214 aumentos la nebulosa se aprecia redondeada y más grande, aunque no supera el minuto de arco de diámetro, y su magnitud de 11.4 se hace patente, siendo más débil que la mayoría de planetarias que estamos acostumbrados a ver por esta zona. Sin embargo se puede apreciar sin problemas siempre que observemos bajo un lugar alejado de la contaminación lumínica, y con visión periférica comenzará a dejarse ver su interesante estructura: un anillo de humo de bordes engrosados, bastante regular en toda su extensión, sin atisbo de estrella central que causa tal espectáculo. Ésta es una enana blanca cuya magnitud de 16 complica bastante su detección, pero no hace falta verla para disfrutar de las vistas.

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