Una pequeña nube de estrellas (NGC 7062)

Más allá de la cola del Cisne, en dirección al Lagarto, podremos distinguir, si observamos con prismáticos bajo un cielo oscuro, una multitud de pequeñas manchas nebulosas, grandes familias estelares para todos los gustos. M39 es, probablemente, el cúmulo más grande y brillante de la zona, pero otros muchos esperan a ser conocidos. Hoy nos centraremos en uno que encontré por casualidad, mientras buscaba la nebulosa IC 5146. Fue el primero de muchos que pasaron tras mi ocular, pero su aspecto delicado me hizo querer capturarlo con el lápiz.

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Se trata de NGC 7062, un cúmulo abierto que se encuentra a unos 4800 años luz de distancia. Debemos su descubrimiento a William Herschel en 1788, gracias a un telescopio de 45 cm de apertura. NGC 7062 colinda con Cygnus X, la gran región de formación estelar que forma parte, al igual que el Sol, de la rama de Orión, esa franja de estrellas que comunica el Brazo de Sagitario y el de Perseo. Por tanto, al mirar hacia NGC 7062 estamos atravesando miles de años luz repletos de estrellas y nebulosas; tenemos suerte de poder distinguir objetos tras este frondoso bosque. Las estrellas de NGC 7062 se distribuyen por un área de unos 3.5 años luz de diámetro, que corresponden a unos 6 minutos de arco tras nuestros instrumentos. El núcleo del cúmulo parece estar sufriendo un lento colapso, como si algo estuviera apretando sus estrellas entre sí. Todo apunta como causante a una nube molecular que se acerca inexorablemente hacia el cúmulo, como si fuera una mano que amasa un puñado de arcilla. La inmensa cantidad de polvo que se interpone entre NGC 7062 y nosotros dificultad su estudio, aunque parece que cuenta con una masa equivalente a 1560 soles, un número nada desdeñable. Su edad se ha estimado en unos mil millones de años, la cual no deja de ser una cifra elevada si tenemos en cuenta la aparente concentración de estrellas que posee.

Al telescopio NGC 7062 no deslumbrará con el brillo de cien soles, ni tampoco destacará por su enorme tamaño o curiosa forma, no. NGC 7062 es uno de esos cúmulos cuyo encanto reside en su delicadeza, mostrándose como una débil nubecilla ovalada en la que chisporrotean, lejanas, numerosas estrellas titilantes. Cuatro de ellas son más brillantes y forman una especie de trapecio que parece enmarcar al resto, al menos una veintena, protegiéndolo de las restantes estrellas. Curiosamente, en sus alrededores no encontramos una gran densidad estelar, y es que el polvo en esta región de la Vía Láctea se deja ver en cada rincón, por lo que no es de extrañar que todo parezca un poco más apagado.

NGC 7062

Nubes en Cefeo (NGC 7129 y NGC 7142)

Hace años, mientras buscaba NGC 7023, descubrí, en el corazón de Cefeo, una curiosa formación de estrellas asociadas a una patente nebulosidad, captando mi atención y haciendo que me detuviera un tiempo para observarlas. Varios años después me decidí a volver al lugar, esta vez con mayor sosiego y disponibilidad de tiempo. Se trataba de NGC 7129, y la siguiente imagen puede darnos una idea de su naturaleza:

Foto NGC 7129

Adam Block/Mount Lemmon SkyCenter/University of Arizona

Volvemos a observar las grandes masas de gas que nos rodean y que rellenan todo el cosmos propiciando la aparición de nuevas estrellas. En este caso estamos observando a unos 3.300 años luz de distancia, al centro de una nube molecular de hidrógeno en la que una elevada densidad ha dado lugar al nacimiento de una cohorte de estrellas, de apenas un millón de años de edad. En concreto, se han podido contar unas 130 estrellas, la mayoría de las cuales son invisibles a nuestros ojos, precisando observar en otras longitudes de onda para distinguirlas. En la siguiente imagen obtenida por el Spitzer, en el infrarrojo, destacan en color verde las estrellas más jóvenes. En concreto, esos filamentos verdosos son objetos Herbig-Haro, de los que hablábamos con anterioridad en esta entrada. Básicamente, son estrellas recién nacidas que generan fuertes vientos, dispersando el gas del que se forman hacia sus polos en forma de rápidos y cambiantes jets que calientan el gas. Uno de los más patentes en longitud de onda visible es el que tenemos en la región superior de esta rosa cósmica, denominado HH 103 (estoy seguro de que, bajo las condiciones de observación adecuadas, debe ser visible a través de telescopios de suficiente apertura).

Foto NGC 7129 Spitzer

La nube molecular original permanece invisible en las fotografías, manifestándose su presencia gracias a las regiones que son iluminadas por las nuevas estrellas. Este tipo de nebulosa es, por tanto, una nebulosa de reflexión, ya que el gas todavía no se encuentra ionizado, como ocurre en las regiones HII. La nebulosa, simplemente, se encarga de “reflejar” la luz de las estrellas que la iluminan. NGC 7129 debe su brillo a 3 estrellas centrales de tipo espectral B; en concreto es una de ellas, LkHα, la que se ha encargado de esculpir la nebulosa, vaciando su contenido interno de gas. Los grandes vientos generados y su erosiva luz ultravioleta han sido sus exclusivas herramientas.

Con una magnitud de 11.5, NGC 7129 es fácilmente visible con cualquier instrumento, distinguiéndose incluso a través del buscador si la noche es oscura. Seis brillantes estrellas llaman la atención en un campo estelar relativamente pobre, y la principal porción de nebulosa se establece alrededor de dos de ellas, disponiéndose como una nube difusa de forma triangular y unos 4 minutos de diámetro. Sus bordes no son definidos, sino que se pierden poco a poco hasta entremezclarse con el cielo. Otra pequeña mancha se encuentra situada al lado, entre otras dos estrellas brillantes. Algo más débil, presenta una forma alargada y los filtros, tanto el UHC como el OIII, no hacen más que oscurecer su silueta, confirmándonos que no son nebulosas de emisión. Una estrella cercana también parecía reflejar un tenue halo de luz fantasmagórica, y es que esta nebulosa, como se puede apreciar en las fotografías, es más grande de lo que podría parecer en un primer momento.

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No deberíamos perder la oportunidad de visitar un cercano cúmulo que prácticamente linda con la nebulosa, a unos 25 minutos de arco. Se trata de NGC 7142, situado a una distancia bastante mayor, estimada en unos 7000 años luz. Está formado por unas 250 estrellas cuya edad, mucho más avanzada, es de unos 3.000 millones de años, más en consonancia con nuestro propio Sol. Resulta curioso contemplar agrupaciones de estrellas que, pese a su avanzada edad, aún continúan unidas como si hubieran nacido ayer. Entre sus estrellas abundan, como es lógico, aquéllas de un color rojizo, si bien se han encontrado un número relativamente alto de rezagadas azules, las estrellas que encontrábamos en algunos globulares y que suelen estar asociadas con lugares extremadamente densos. La siguiente imagen muestra los dos objetos de esta entrada en el mismo campo, tan cercanos pero, a la vez, separados por miles de años luz.

Foto NGC 7129 7142

Crédito: Tony Hallas

NGC 7142, con una magnitud que ronda la novena y un tamaño de entre 10 y 15 minutos de arco, es un objetivo sencillo de observar con pequeños instrumentos. A través de mi Dobson de 30 cm pude contemplar una maraña de diminutas estrellas (una treintena de ellas) de magnitud superior a 13, colocadas todas ellas alrededor de tres estrellas protagonistas de mayor brillo. Un fondo neblinoso delataba la presencia de más componentes en la lejanía, y se podían adivinar algunas alineaciones estelares que colgaban como guirnaldas de las principales estrellas.

NGC 7142

Impostor cometario (M52)

Los límites entre Cefeo y Casiopea se encuentran poblados por multitud de cúmulos abiertos y nebulosas, correspondientes al rico brazo galáctico de Perseo. Entre ellos figura uno de sobra conocido por los aficionados, visible incluso desde ciudades contaminadas. Se trata de M52, un cúmulo abierto descubierto por Charles Messier en 1774 y que linda con algunas maravillas celestes como son NGC 7635 (la Nebulosa de la Burbuja) o NGC 7538. M52, también conocido como NGC 7654, es un cúmulo abierto inmerso en el plano galáctico. Esta localización hace prácticamente imposible conocer con exactitud su distancia, de manera que hay estudios que lo sitúan a 3.000 años luz mientras que otros lo hacen a más de 7.000  años luz.

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Es una familia cuyos miembros se han contabilizado en 193 componentes, con una edad estimada en unos 35 millones de años, de manera que es relativamente joven. Se ha comprobado que sus estrellas se han ido formando en tandas y de manera secuencial, naciendo primero las de menor masa. M52 tiene un diámetro aparente de 13 minutos de arco. Si tomamos como distancia real unos 5.000 años luz, tendría un diámetro de unos 19 años luz: no presenta una densidad especialmente elevada, en sus regiones más internas tiene una concentración de 3 estrellas por cada pársec cúbico (un pársec es algo más de 3 años luz), no mucho más que en las inmediaciones de nuestro sistema solar.

Con M52 podemos comprender perfectamente el motivo que llevó a Messier a realizar su lista de objetos. A bajo aumento presenta una forma triangular que podríamos definir como cometaria, con una brillante estrella anaranjada que, anclada en un vértice, simularía a la perfección el núcleo del cometa. Conforme usamos mayores aumentos podemos apreciar que el cometa está conformado por multitud de estrellas, decenas de ellas, brillando al unísono como pequeños granos de diamante. Para disfrutar de M52 decidí probar el Maksutov-Cassegrain de 127 mm y f/12, usando el ocular Explore Scientific de 14 mm. M52 cabía perfectamente en el campo, ocupando la región central. Su forma triangular se apreciaba con claridad y me resultó curioso que sus estrellas, perfectamente puntuales, no tenían un brillo muy elevado, aunque en conjunto transmitían una fuerza considerable. La brillante estrella anaranjada, SAO 20606, destacaba sobre el resto, ocupando el vértice del cúmulo. Con una magnitud de 8 y un tipo espectral F, añadía un interesante punto visual que contrastaba con el resto de estrellas, poniendo un broche de oro a un objeto adecuado para todos los públicos (e instrumentos).

m52

 

Fuera de lugar (NGC 2420)

El lugar de nacimiento de una estrella queda plasmado en su composición, impregnando el comportamiento que tendrá durante el resto de su vida. Este hecho, tan simple en apariencia, nos permite conocer datos extremadamente complejos, algo que vamos a comprobar con un cúmulo abierto que se encuentra en Géminis, muy cerca de NGC 2392, la nebulosa del esquimal.

La mayoría de cúmulos abiertos se encuentran a una distancia relativamente cercana al disco galáctico, lugar de gran formación estelar y “centro neurálgico” de la gran metrópolis que es nuestra Vía Láctea. Estos cúmulos situados en el disco tienen una gran metalicidad, que disminuye progresivamente a medida que nos alejamos de él. Uno de los principales indicadores de esta metalicidad es el hierro, elemento producido en el fragor de supernovas y cuya abundancia adopta un gradiente que disminuye a medida que nos alejamos del disco. Pues bien, NGC 2420 presenta una metalicidad similar a la de nuestro Sol y, sin embargo, se encuentra a la considerable distancia de 3000 años luz del disco galáctico. Este dato nos puede hacer pensar, de entrada, en dos posibilidades, ambas muy interesantes. Por un lado, se ha  especulado sobre el paso de una nube molecular que, por acción de la gravedad, habría arrastrado a NGC 2420 lejos del disco galáctico. Un contraargumento para esta hipótesis podría ser la ausencia del mismo comportamiento en otros objetos cercanos: si fuera el caso, lo lógico sería encontrar otros cúmulos o estrellas que hubieran sufrido la misma suerte (un tirón gravitatorio no tendría efecto sobre un solo cúmulo) y, por tanto, tuvieran una mayor metalicidad de la esperada. Sin embargo, podríamos rebatir dicha afirmación (un contra-contraargumento) con el pretexto de la edad de NGC 2420, ya que se ha estimado una edad de 2000 millones de años, extremadamente alta para un cúmulo abierto, lo cual significa que muchos de los cúmulos que habrían existido en su origen podrían haber desaparecido esparcidos por el espacio (pocos cúmulos abiertos superan los mil millones de años de vida). Sea como sea, otra posibilidad para la alta metalicidad de NGC 2420 sería que pertenezca a otra pequeña galaxia que se hubiera fusionado con nosotros, como ha ocurrido con algunos cúmulos globulares. Sin embargo, las galaxias enanas suelen tener una metalicidad muy baja, con lo cual tampoco encajaría muy bien con los datos que tenemos. Por supuesto, siempre tenemos una tercera opción, y es que los datos no sean del todo precisos, aunque diversos estudios coinciden en los números, por lo que sería algo poco probable.

Original NGC 2420.jpg

Crédito: Bernhard Hubl

Conscientes de la información que nos puede proporcionar la metalicidad, vamos a observar el cúmulo de una manera más visual. Es una gran aglomeración de 30 años luz de diámetro en la que se engloban unas 1000 estrellas, la mayoría con una vida estimada en 2000 millones de años, algo menos de la mitad que nuestro Sol. Su avanzada edad, teniendo en cuenta que es cúmulo relativamente compacto, se puede intuir también observando una fotografía de larga exposición, que nos mostrará estrellas de tonalidades anaranjadas y rojizas, algunas de ellas gigantes rojas con diámetros muy superiores al del Sol. Llama la atención el hecho de que existen multitud de parejas de estrellas con idéntica masa, gemelas estelares que forman sistemas binarios en una órbita compartida.

La distancia de NGC 2420, estimada en unos 10.000 años luz, jugará en su contra para que lo disfrutemos desde nuestro sistema solar, aunque en una buena noche puede, sin duda, llegar a sorprendernos. En mi caso lo observé con el dobson de 30 cm desde un cielo relativamente contaminado, con una magnitud límite de 5. Antes de ver el cúmulo hice una rápida visita a NGC 2392, tan deslumbrante como siempre, y luego, a 2 grados de distancia, me situé sobre NGC 2420. En un primer momento tan sólo vi unas pocas estrellas abigarradas, pero en cuestión de unos pocos segundos el cúmulo saltó a la vista como por arte de magia. Una quincena de débiles estrellas titilaban en el centro de la imagen, ocupando un área de entre 5 y 10 minutos de arco. Algunas más brillantes conformaban cerradas parejas, aunque la mayoría se aglomeraban sin forma definida. A 214 aumentos una tenue neblina se escondía tras las estrellas, fantasmagórica, nada más que un lejano reflejo del brillo conjunto de mil estrellas. Su forma era algo alargada y algunas otras estrellas podían adivinarse en el límite de resolución del telescopio. Desde cielos más oscuros, NGC 2420 debe de ser un verdadero espectáculo, otro de los tesoros que esta constelación alberga entre sus estrellas.

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Buscando líneas en Stock 2

Cada día, miles de personas apuntan con sus prismáticos al Cúmulo Doble de Perseo y se dejan maravillar por esas familias de estrellas que parecen bullir en la distancia. Sin embargo, muy cerca nos aguarda una sorpresa, la presencia de otro cúmulo abierto tan amplio que, para disfrutar de él, tendremos que verlo con prismáticos, ya que cualquier telescopio pasará por alto esa disgregada agrupación de estrellas que parecerían más bien una densa región de la Vía Láctea. Se trata de Stock 2, también conocido como el cúmulo del hombre musculoso, por la forma que adoptan sus estrellas.

Haciendo un poco de historia, el cúmulo fue descubierto por Jürgen Stock, un astrónomo alemán que fue a trabajar a Chile, siendo el primer director del observatorio Cerro Tololo, reconocido hoy a nivel mundial. Además de conseguir muchos otros logros, elaboró una lista de 24 cúmulos abiertos a los que puso su nombre. Unos pocos ya eran conocidos, pero la mayoría habían pasado desapercibidos por la dispersión de sus componentes. Stock 2 se sitúa a apenas 2 grados del Cúmulo Doble, aunque en realidad está bastante más cerca de nosotros, a unos 1000 años luz de distancia, perteneciendo a la Rama de Orión, ese “pequeño brazo” en el que nos encontramos nosotros también. Su descubrimiento, a mitad de los años 50, se pudo confirmar observando el espectro de las estrellas, la mayoría de las cuales son de tipo A, y colocándolas en un diagrama de Hertzsprung-Russell se comprobó un comportamiento similar en todas ellas. Stock 2 se encuentra velado por una gran cantidad materia interestelar, responsable de una extinción que disminuye su magnitud en 1.5, de manera que si su localización fuera distinta podría llegar a brillar con una magnitud de 3. Podría parecer que Stock 2, un objeto de magnitud 4.4, debería ser fácil de ver a simple vista, pero no nos dejemos engañar, necesitaremos un cielo muy oscuro para verlo sin problema, ya que se extiende por más de un grado de cielo, más de dos veces el diámetro de la luna. Sus estrellas son débiles, encontrándose la mayoría de ellas rondando las magnitudes 11 y 12, si bien las principales estrellas que delimitan su forma son, al menos, casi dos magnitudes más brillantes.

A lo largo de los 25 años luz que mide Stock 2 se han contabilizado casi 200 estrellas, si bien no podremos aspirar a ver tantas cuando nos asomemos con unos prismáticos. Con un telescopio perderíamos la cuenta con facilidad pero, como decíamos al principio, perdería “la gracia” a no ser que usemos un telescopio de campo amplio. Lo observé con mis prismáticos TS APO 22×100 mm, apareciendo ante mis ojos una multitud de débiles estrellas que se entremezclaban formando líneas aparentemente azarosas, confluyendo en el centro. Dos de estas alineaciones marcan las piernas del hombre musculoso, mientras que la zona central señala el torso. La cabeza y los brazos están formados por otras franjas menos definidas en el centro del cúmulo, sumando aproximadamente un centenar de estrellas en este curioso objeto.

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NGC 457, el cúmulo del extraterrestre

Buscar formas en el cielo es algo que nos encanta hacer desde pequeños, ya sea en nubes o en campos estelares. Hoy vamos a ver uno de los cúmulos abiertos más llamativos, no sólo por su riqueza de estrellas, sino por la forma que adoptan en el cielo, estimulando la imaginación: algunos verán al amigable extraterrestre E.T. de Steven Spielberg, otros verán un avión, una lechuza… Se trata de NGC 457, un cúmulo que ha ido ganando popularidad en los últimos años, para cuya observación no hacen falta más que unos prismáticos. En mi caso usé los impresionantes TS APO de 22×100 mm, apreciando perfectamente su forma y, un poco más lejos, otro lejano cúmulo, NGC 436.

NGC 457 se sitúa a una distancia estimada entre 8000 y 9000 años luz, formando parte, por tanto, del Brazo de Perseo de nuestra galaxia, junto a tantas otras familias de estrellas. Su rasgo más llamativo, además de su forma, es la presencia de dos brillantes estrellas que hacen las veces de ojos, un sistema binario conocido como Phi Cassiopeiae. La mayor de sus componentes es una supergigante amarilla, con un radio 250 veces mayor al de nuestro Sol y una luminosidad 100.000 veces superior. La secundaria, algo menor, presenta 83.000 veces la luminosidad del Sol. Al parecer, ambas estrellas forman parte de un sistema múltiple más amplio, que englobaría también a varias estrellas más, aunque es algo difícil de determinar con precisión por la gran riqueza del campo circundante. Todo apunta a que estas dos estrellas no forman parte del cúmulo abierto, estimándose su distancia entre 2000 y 4000 años luz; los ojos del extraterrestre no son, por tanto, más que un efecto de perspectiva. El cúmulo cuenta con unas 200 estrellas que se disponen por un área de unos 20 años luz, aunque claro, este último dato puede cambiar bastante según la distancia que tomemos como referencia. En NGC 457 se ha encontrado un gran número de estrellas Be, estrellas de tipo espectral B que muestran líneas de emisión de hidrógeno que no deberían estar presentes. Esta emisión no se produce en la misma estrella, sino en un disco circunestelar que se ha formado a su alrededor debido a una rápida rotación sobre sí misma. La consecuencia es la producción de fuertes vientos y una acentuada pérdida de masa mientras perdura este estado transicional de la estrella.

Si queremos estudiar NGC 457 en profundidad necesitaremos un telescopio con aumentos moderados, aunque unos prismáticos pueden mostrar su principal estructura con gran facilidad. En mi caso, con los TS APO 22×100 mm, su tamaño era más que suficiente como para llamar la atención de cualquiera que se asomara a los oculares. Su forma quedaba patente desde un principio, con esa hilera principal, algo más difusa, de la que salen los dos brazos, con los dos brillantes ojos en un extremo y, al otro lado, otras dos estrellas más brillantes que marcan los pies. Personalmente, le veo más parecido a un avión con las alas desplegadas, cuyo morro apunta a otra pequeña mancha que no es sino el cúmulo NGC 436. Se encuentra algo más alejado que su compañero, aunque todavía dentro de los límites del Brazo de Perseo. Aparece a los prismáticos como una pequeña mancha en la que se distinguen algunas diminutas estrellas titilando con timidez, apenas resolubles a 22 aumentos. La visión de ambas familias de estrellas pone de manifiesto la utilidad de un buen par de prismáticos, haciéndolos especialmente adecuados para amplios campos de observación y grandes cúmulos abiertos, aunque con los pequeños no se quedan cortos.

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El cúmulo de las parejas (M34)

Hoy le toca el turno a uno de los cúmulos abiertos más conocidos por el aficionado, M34, situado en la constelación de Perseo, muy cerca de Algol, la estrella variable a la que le dedicaremos una entrada exclusiva más adelante. M34, también conocido como NGC 1039, fue descubierto en los albores de la exploración telescópica, descrito por primera vez de la mano de Giovanni Battista Hodierna a mediados del siglo XVII. Cien años más tarde Charles Messier lo añadió a su catálogo con el número 34, sumándose a la lista de objetos que todo astrónomo ha observado en sus comienzos y de la que nunca nos cansamos.

M34 es un llamativo cúmulo abierto que se sitúa a unos 1500 años luz de distancia, contando entre sus componentes con unas 400 estrellas relativamente jóvenes, de unos 225 millones de años de edad. Su composición es similar a la de nuestro sol, con una cantidad levemente superior de hierro (un 17%) pero bastante similar en cuanto al resto de elementos. Se han encontrado en M34 una veintena de enanas blancas, de las cuales la mitad pertenecen realmente al cúmulo, estrellas en la última fase de su vida. En concreto, estas enanas blancas, que son relativamente recientes, sirven para definir con mayor exactitud la masa límite que debe poseer una estrella para convertirse en enana blanca. Se estima este límite entre 7 y 9 masas solares, y el mecanismo es sencillo de comprender. Cuando una gigante roja consume el helio que forma su núcleo comienza a colapsar bajo los efectos de la gravedad, haciéndose cada vez más densa. En una estrella extremadamente masiva este aumento de presión conseguiría hacer que los electrones y los protones se fundieran formando una “papilla de neutrones”, dando lugar a una estrella de neutrones, e incluso a un agujero negro si su masa fuera mayor. Por el contrario, cuando una estrella de una masa menor a 8 masas solares comienza a condensarse, los electrones de sus átomos son los encargados de evitar el colapso total, gracias a una propiedad denominada “presión de degeneración de electrones”. Un electrón no puede ocupar el mismo lugar que otro, de manera que se genera una fuerza de repulsión que, en las enanas blancas, evita que la estrella se condense aún más. De todas formas, estas estrellas tienen temperaturas de varias decenas de miles de grados y una densidad tan elevada que equivale a reducir el tamaño de nuestro sol al volumen que ocupa la Tierra.

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REU program / NOAO / AURA / NSF

M34 forma parte de la “Asociación Local”, un conjunto de cúmulos abiertos que se encuentran a nuestro alrededor y que comparten movimiento y dirección a través de la galaxia, incluyendo las Pléyades, el cúmulo de Alpha Persei y nuestro propio sol. Esta dirección compartida se debe a un origen en la misma nube molecular, de manera que podríamos decir que venimos “del mismo sitio”, aunque posteriormente nos hayamos separado los unos de los otros. M34 tiene un diámetro de unos 14 años luz, y desde nuestro punto de vista llama la atención la disposición de muchas de sus estrellas en pares relativamente cercanos entre sí. Al menos seis parejas de brillantes estrellas destacan a bajo aumento, pudiendo encontrar más si observamos con mayor detenimiento. Al telescopio, el diámetro aparente es de unos 35 minutos de arco, por lo que haremos bien en observarlo a bajos aumentos. Con una magnitud de 5.5, es visible sin ninguna ayuda óptica si la noche es lo suficientemente oscura. Con prismáticos se aprecia como una pequeña nubecilla nebulosa y brillante, pudiendo distinguir alguna de sus estrellas más brillantes (la más brillante tiene una magnitud de 7.9). Con mi Dobson de 30 cm encontré una buena relación visual a 62.5 aumentos, suficientemente bajo para que sus estrellas no den la sensación de estar demasiado desperdigadas. En el centro destacaban varias estrellas dobles, la mayoría muy brillantes y fácilmente desdobladas, con otras más pequeñas que se entremezclaban aquí y allá, sumando unas 50 componentes, aunque este número es difícil de precisar por la poca definición de sus bordes. Puede que M34 no tenga llamativos contrastes cromáticos ni una concentración pasmosa de estrellas, pero no podemos negar que tiene cierto atractivo, y observar todas esas parejas que el azar ha reunido bajo el mismo techo no deja de ser interesante.

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