Vida y muerte de una estrella a través de un pequeño refractor

Cuando tuve en mis manos el Nextar 102SLT pensé que estaba sujetando un juguete, acostumbrado a mi Dobson de 30 cm que tengo que transportar en varias partes. Nunca imaginé que iba a poder ver las cosas que he visto a través de este tubo de 10 cm y con el detalle que las he observado, y me ha hecho tener más claro aún que lo importante para disfrutar de la astronomía con plenitud es disponer de un cielo oscuro. En las siguientes líneas voy a hacer un repaso del nacimiento y la muerte de las estrellas, usando dibujos que he elaborado mirando por este refractor de 102 mm de abertura y 660 mm de focal. Los oculares empleados han sido un Panoptic de 24 mm, un Hyperion de 13 mm y un Kronus de 5 mm.

Comenzamos nuestro viaje a 4000 años luz de nuestro hogar, hacia una inmensa nube que recibe el nombre de M8 o, más popularmente, la Nebulosa de la Laguna. En el universo no existe el vacío de forma literal, encontramos nubes de hidrógeno poblando sus rincones, moviéndose a merced del viento que generan las estrellas más jóvenes o de los suspiros que exhalan las más ancianas. M8 es una inmensa región HII, una nebulosa en la cual se están gestando estrellas a partir del hidrógeno circundante, estrellas que podemos apreciar fácilmente si nos asomamos al ocular. La noche que observé M8 a través del telescopio me esperaba ver una nube poco definida y alargada, con algunas estrellas en el campo de visión, pero en seguida comprobé lo equivocado que estaba. Aparecían varias nubes principales alrededor del pequeño cúmulo de estrellas y de otras dos estrellas más brillantes a la izquierda. Estas dos se continuaban con la porción de nebulosa más brillante, estando separadas del resto por una franja oscura. Más que laguna, siempre he pensado que debería considerarse un río, y esa sensación la encontré fácilmente en el refractor. Otras zonas más densas destacaban también a ambos lados de este “río lóbrego”, expandiendo los límites de la guardería estelar. La mejor visión la obtuve con el ocular Hyperion de 13 mm, que me proporcionaba unos cómodos 50 aumentos. El filtro UHC exaltaba aún más cada uno de estos accidentes geográficos, magnificando un objeto ya de por sí inigualable.

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Conocido ya el entorno en el que se forman las estrellas, vamos a ver ahora el futuro que le espera a nuestro sol, así como a la mayoría de estrellas de masa similar. Una vez agotado el combustible (hidrógeno y helio, principalmente), la gravedad va comprimiendo la estrella cada vez más al mismo tiempo que su atmósfera se expande en todas direcciones, creando una burbuja de gas a su alrededor. En el centro queda una enana blanca, una estrella pequeña y extremadamente caliente que puede alcanzar los 150.000 grados de temperatura. Uno de los ejemplos más conocidos de este tipo de objetos es M57, la Nebulosa del Anillo, en la constelación de Lyra. De nuevo la observé algo escéptico, pensando que iba a percibir un objeto extremadamente pequeño y que a duras penas conseguiría distinguir el anillo. Pues bien, un espectacular anillo de humo apareció en el ocular de 5 mm, a 132 aumentos, tan denso que se veía sobradamente con visión directa. Su tamaño no suponía ningún problema, adoptando una forma más bien ovalada, apreciándose incluso sus bordes más engrosados en los lados más estrechos. No necesité usar ningún filtro, ya la visión a través del ocular era, prácticamente, tan buena como la que he visto a través de mi Dobson de 30 cm. En este último puedo aspirar a observarla con un mayor tamaño, pero la diferencia de abertura hace que merezca la pena el pequeño refractor, en aras de un transporte más cómodo. La enana blanca no aparece en el centro del anillo, su magnitud la aleja de las posibilidades del 102SLT, pero no es difícil usar la imaginación para visualizarla allí, a 2283 años luz de distancia, exhalando su último suspiro.

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Ya sabemos lo que ocurrirá a nuestro sol, y vamos a terminar esta visita observando en un primer plano lo que ocurre cuando una estrella “grande” termina sus días. En este caso no es un suspiro, sino una verdadera explosión de dimensiones cataclísmicas lo que tiene lugar, lo que denominamos como supernova. En las estrellas con una masa 8 veces mayor que nuestro sol, cuando se quedan sin combustible, la gravedad colapsa la estrella tan rápido y con tanta fuerza que produce, en su núcleo, una densidad tan inmensa que la estrella explota, literalmente, esparciendo su contenido por todo el universo circundante. En el seno de esta explosión es donde se han creado algunos de los elementos químicos que forman parte de nosotros, como el calcio de nuestros huesos. Somos, pues, el resultado de la muerte de una gran estrella que tuvo lugar hace millones de años. Si miramos arriba en las noches de verano podemos ver los restos de una de estas supernovas, conocida como la Nebulosa del Velo, en la constelación del Cisne. Situada a 1500 años luz de distancia, es una enorme nebulosa que se formó hace unos 8000 años, tan grande que no es tarea fácil encuadrarla de una vez en el campo de visión. Cuando la observé a través del refractor tuve que ahogar un grito de emoción al contemplar su forma tan clara y definida. Observé una de las partes de esta “onda expansiva”, NGC 6992, la que se asemeja a la rama de un árbol con pequeñas ramificaciones en su extremo. El único requisito para disfrutar de esta nebulosa es contar con un filtro OIII, que hace aparecer, como por arte de magia, la nebulosa en toda su extensión. Con una forma curvada, posee numerosas condensaciones, algunos filamentos más brillantes que parecen salir del cuerpo principal y, cerca de uno de sus extremos, emite dos llamativas ramificaciones en ángulo recto. Con esta variedad de formas podemos sentir la fuerza de este evento que avanza por el cielo como una ola rompiendo contras las rocas, a miles de kilómetros por hora.

NGC 6992 C4.png

*Si quieres conocer mejor el proceso que tiene lugar en una supernova te recomiendo leer el siguiente artículo:

https://elnidodelastronomo.com/2015/12/04/seda-sobre-negro-ngc-6992-y-ngc-6960/

*Ficha técnica del telescopio Celestron 102SLT.

Odisea a Cygnus X

Si miramos al cielo desde un lugar alejado de la contaminación lumínica nos sorprenderá la nitidez y el brillo intenso que muestra la Vía Láctea en la constelación del Cisne. Si nuestros ojos fueran capaces de captar las ondas de radio contemplaríamos, sin duda, uno de los paisajes más extraordinarios que puedan existir.

Foto Cygnus X

No podemos observar en distintas longitudes de onda, pero nada nos impide ver fotos que muestren esas ondas de radio o rayos X, y comprobaremos entonces la gran riqueza que reina en la zona del cisne. Toda esa radiación tiene su epicentro en una zona conocida como Cygnus X, una inmensa región situada a unos 5000 años luz de distancia que actúa como fábrica inmensa de estrellas. Se halla inmersa en una estructura aún mayor conocida como la Superburbuja del Cisne, una gran esfera gaseosa que engloba en su interior a una multitud de nebulosas y cúmulos de estrellas supermasivas. Su origen no se conoce hoy en día, habiéndose propuesto como mecanismo de formación la explosión de múltiples supernovas en los últimos millones de años o los fuertes vientos generados por las estrellas recién nacidas. Sin embargo, un estudio de 2012 defiende la teoría de que su origen está relacionado con la explosión de una hipernova, el último suspiro de una estrella con una masa 40 veces mayor que la de nuestro sol. Sea como sea, Cygnus X es un inmenso bosque repleto de hidrógeno ionizado que se estructura en diferentes bloques o regiones OB. De éstas, Cygnus OB2 es la más importante, tanto en tamaño como en número de estrellas formadas, situándose a unos 5500 años luz de distancia. Como luego veremos, la aglomeración de objetos en esta zona del cielo hace difícil estimar su distancia. Esta riqueza de objetos se debe a que estamos observando, de manera directa, a través de la extensión de la rama de Orión. En la siguiente imagen se puede entender con más claridad, viendo esa rama de Orión que discurre entre los brazos de Perseo y de Sagitario (aconsejo leer esta página).

Foto brazo orion

Hoy vamos a centrarnos en la encrucijada del cisne y su entorno, comenzando por la brillante Sadr o gamma Cygni, la estrella de magnitud 2.23 que, como indica su nombre árabe, señala al pecho del Cisne. Es una gigante amarilla de tipo espectral F8, 150 veces más grande que nuestro sol. Se encuentra a unos 1700 años luz de distancia y no tiene, por tanto, nada que ver con la inmensa masa de gas que la rodea. La zona que hay a su alrededor puede ser un verdadero laberinto si no se tienen las ideas claras. Ya en la década de los 50, ante la enmarañada y aparentemente caótica estructura, se catalogó a toda la región como Sh2-109, la única entrada del catálogo Sharpless que alcanza unas dimensiones de 18 grados de arco. Foto IC 1318Ya su autor, Stewart Sharpless, indicó que “el gran tamaño y la estructura filamentosa de la nebulosa la apartan de cualquier región HII conocida… Evidentemente, esta nebulosa no puede ser considerada una región HII normal”. Y no se equivocaba, ya que se podría considerar, más bien, como una aglomeración de regiones HII. La zona que nos ocupa, la más brillante de Sh2-109, recibe su propia denominación en el catálogo como Sh2-108, y también se conoce como IC 1318 o, simplemente, la Nebulosa de Gamma Cygni. Situada a 4.800 años luz de distancia, presenta tres partes bien diferenciadas, alcanzando cada una los 50 minutos de arco de envergadura. Las zonas más cercanas a Sadr son IC 1318B e IC 1318C, ambas separadas por una gran fisura negra, una nebulosa oscura que se interpone entre ellas y nosotros, denominada LDN 889. El complejo de nebulosas se prolonga de manera que es imposible abarcarlo todo en el mismo campo, lo mejor es dejarse llevar y mover el tubo recorriendo sus entresijos, si bien la parte más interesante es este río oscuro que separa dos prominentes nebulosas de emisión. A bajo aumento hay tantas estrellas en el ocular que es imposible contarlas todas, adquiriendo el fondo incluso un tono blanquecino que corresponde a inmensos campos estelares, integrantes de esta metrópolis que es Cygnus X. Al colocar un filtro UHC la imagen mejora sustancialmente, delimitándose los bordes con mayor definición.

IC 1318

La razón de ser del gas interestelar es la formación de nuevas estrellas, y encontramos un claro ejemplo en el cúmulo abierto NGC 6910, a apenas 40 minutos de arco de la zona anterior. Forma parte de la región conocida como Cygnus OB9, una aglomeración de estrellas y gas de unos 100 años luz de diámetro, muy cerca de la mayor Cygnus OB2. NGC 6910 es un cúmulo muy joven, estimándose su edad en unos 7 millones de años, con más de 60 estrellas de tipo espectral O y B. Su estrella más brillante no supera la magnitud 9, y verdaderamente nos puede parecer un cúmulo de los “normales”, pero tenemos que tener en cuenta que el polvo que lo separa de nosotros hace disminuir su fuerza, tanto que, si no estuviera, sería casi 2 magnitudes más brillante. Con el ocular Hyperion de 13 mm, a 115 aumentos, el cúmulo ocupaba una tercera parte del campo, con unos 10 minutos de arco de diámetro. Destacan dos estrellas más brillantes y amarillentas que marcan los extremos de una letra “Y”, siendo el resto de las estrellas, al menos una treintena, bastante más débiles. Una de las estrellas brillantes, HD 194241, es una gigante roja de tipo espectral K7, mientras que la otra, V2118 Cyg, es una supergigante azul de tipo espectral B2. ¿Cómo puede ser, entonces, que ambas se vean de color amarillo? El culpable es el polvo que flota en el espacio, tan abundante en esa zona que produce un enrojecimiento natural de los objetos, de la misma manera que el sol adquiere un tono rojizo al ponerse tras el horizonte. Una leve neblina envuelve a las estrellas más brillantes, así como a la zona situada sobre la “Y”, en la que débiles estrellas asoman al ocular, probablemente ajenas al cúmulo.

NGC 6910

Tenemos que desplazarnos casi 2 grados de arco para llegar a otra zona bien distinta, una región dominada por nebulosas de reflexión, que en fotografías destacan del resto por su agradable tonalidad azulada. Situadas a una distancia de entre 5500 y 6000 años luz, esta vez el fondo rojizo corresponde a la región Cygnus OB2, mientras que las nebulosas de reflexión brillan al reflejar, como indica su nombre, la luz de cercanas estrellas jóvenes y azuladas. Encontramos tres nebulosas de esta naturaleza consecutivas, y quien busque en diferentes fuentes se puede encontrar con datos abrumadoramente distintos. Cuando uno se maravilla con estos parajes celestes lo que menos importa es el nombre, pero haremos hincapié en ello con vistas a una mejor orientación. La nebulosa más débil, que rodea a la estrella BD +41 3731, de magnitud 9.9 se denomina vdB 131 (del catálogo de nebulosas Van der Bergh). Al ocular aparece como una débil nebulosidad que rodea a la susodicha estrella, tan débil que parece la típica huella que la humedad deja a su paso en la lente. Algo más de una decena de estrellas débiles acompañan a la estrella, formando parte del cúmulo Dolidze 8.

Foto NGC 6914

*Cabe mencionar una curiosidad que el observador avezado habrá notado en la parte inferior izquierda de la fotografía anterior, una extraña estrella amarilla con una especie de corona a su alrededor. Se trata de V1515 Cyg, una estrella variable que pertenece a un tipo de objetos denominados FU Orionis. Son estrellas que, en un momento dado, aumentan su brillo bruscamente (hasta 5 o 6 magnitudes), probablemente debido a la transferencia de masa de un disco de acreción hacia una estrella compañera de menor masa. Esta etapa de mayor brillo dura varias décadas, y se presume que una estrella media sufre entre 10 y 20 erupciones de este tipo a lo largo de su vida.

A 5 minutos de arco de distancia encontramos otra nebulosidad mucho más evidente y atractiva, vdB 132, abarcando a dos estrellas de magnitud 9.3 y 10.6 separadas por unos 41 segundos de arco. Su forma es alargada, quedando las estrellas en uno de sus bordes, revelando con visión indirecta una mayor extensión. El uso de filtros como el UHC o el OIII no sirven para nada, ya que el brillo de la nebulosa no se debe a la ionización del hidrógeno o del oxígeno. De hecho, al usar dichos filtros la nebulosa prácticamente desaparece por completo. Por último, el parche de luz más brillante se denomina propiamente NGC 6914, y también envuelve en su seno a 3 estrellas más notorias. La nebulosidad es algo menos extensa que vdB 132 y parece salir hacia lado opuesto, dando una curiosa sensación de asimetría ordenada. A 115 aumentos todas estas nebulosas quedan englobadas en el mismo campo del ocular, y la gran cantidad de estrellas que pueblan la zona no hacen sino añadir aún más encanto a la estampa. Otras nebulosas más débiles, difusas y oscuras, pululan por los alrededores, pero necesitaremos mayor abertura y cielos oscuros para cazarlas. No hay ninguna prisa.

NGC 6914

Vamos a terminar esta sesión de observación alejándonos del centro del Cisne para ir a parar al lado de Deneb. A poco más de 3 grados de NGC 6914 tenemos, como no podía ser de otra manera, otra región HII, catalogada como Sh2-112. Tiene un diámetro de unos 15 minutos de arco que, a una distancia de 5600 años luz, corresponde a un diámetro real de unos 25 años luz. La estrella causante de su ionización se puede ver en este caso sin problemas, ya que brilla con una generosa magnitud 9.2. Se llama BD +45 3216, de clase espectral O8, y es unas 30 veces más grande que nuestro sol, emitiendo gran parte de su energía en radiación ultravioleta.

Foto Sh2-112.jpg

Fotografía realizada por Manuel J.

La observé sin conocer previamente nada sobre ella ni haber visto fotografía alguna, de manera que no pudiera sugestionarme y ver cosas donde no las había. Para mi sorpresa me encontré con una nebulosa brillante, especialmente al usar el filtro UHC, rodeando a una llamativa estrella que resultó ser BD +45 3216. La nebulosa se extiende, con visión periférica, por gran parte del ocular, con bordes difuminados, si bien su región central es mucho más definida, apareciendo dos bordes extrañamente rectilíneos que llamaron mi atención instantáneamente. Posteriormente pude comprobar que Sh2-112 se encuentra recortada sobre la negrura del cielo por nebulosas oscuras filamentosas que producen esa interesante forma de ángulo recto. No pude ver la débil nebulosidad que hay al otro lado de las franjas oscuras, si bien tampoco conocía de su existencia. Por tanto, podría ser un buen motivo para volver a verla en otra ocasión, esta vez dispuesto a sacarle todo el jugo posible.

Sh2-112

Terminamos así una rápida sesión por esta región de las maravillas y ni siquiera hemos contemplado una mínima fracción de lo que podemos ver, así que sólo queda coger un buen atlas, lápiz y papel y seguir explorando cada rincón del cielo como un navegante en un mar de escarpadas nubes rojizas.

 

Geografía astronómica (NGC 7000)

Una densa niebla puede no parecer tan espesa una vez que caminamos en su interior, siendo prácticamente una masa blanca si la observamos a distancia. De la misma manera, en el cielo hay grandes masas gaseosas cuyo brillo queda enormemente mermado si las observamos a aumentos elevados, necesitando un campo amplio para poder disfrutarlas con mayor facilidad. Uno de estos casos es, sin lugar a dudas, la archiconocida Nebulosa de Norteamérica o NGC 7000. Situada en un lugar privilegiado, junto a Deneb (alfa Cygni), puede ser fácil de observar o totalmente imposible dependiendo de las características del cielo. Cualquier atisbo de contaminación lumínica, ya sea urbana o de la luna, borrará los tenues contornos que forman esta nebulosa, mientras que bajo un cielo oscuro podremos disfrutarla incluso a simple vista. Recuerdo que en mis comienzos realicé bastantes intentos para distinguirla, siempre infructuosos, llegando a pensar que era un objeto limitado a la fotografía. Sin embargo, el único ingrediente necesario es alejarse del tumulto de las ciudades.

Foto ngc 70000

NGC 7000 es una de las nebulosas de emisión de mayor tamaño que podemos observar desde nuestro planeta. A una distancia estimada de unos 1600 años luz, su diámetro abarcaría unos 65 años luz de lado a lado. Sin embargo, NGC 7000 no se encuentra aislada, sino que forma parte de una región HII mucho mayor denominada Sharpless 2-117, la parte visible de una inmensa nube molecular en la que se están gestando estrellas. De hecho, es la luz de esas estrellas la que ioniza el hidrógeno que forma la nebulosa, excitando sus electrones y produciendo luz propia. Sin embargo, las dos únicas partes que podemos observar de esta inmensa nube son la Nebulosa de Norteamérica y, muy cerca, la Nebulosa del Pelícano (formada por IC 5067, IC 6068 e IC 5070). ¿Qué ha sido del resto de la nube molecular? La respuesta a esta pregunta la podemos obtener mirando a la Vía Láctea en una noche oscura. Veremos, sin ningún tipo de problema, una franja oscura e irregular que la divide en dos, como un río interno que nace en la constelación del cisne y continúa hacia el sur, ensanchándose aún más en Ofiuco. Esta franja, denominada la Gran Grieta (Great Rift), no es sino una inmensa concatenación de nebulosas oscuras situadas a unos 300 años luz que separa las inmediaciones de nuestro sol (el Cinturón de Gould) de las regiones más alejadas, en este caso la gran región de formación estelar Cygnus X (a más de 4000 años luz de nosotros). Estas nubes oscuras tienen la misma naturaleza que el resto de nebulosas de emisión, son lugares de proliferación estelar, pero sus estrellas “recién nacidas” no poseen todavía la energía necesaria para ionizar el gas circundante. En la siguiente imagen podemos ver, en rayos X, una zona amplia de estas nebulosas oscuras que pueblan la constelación del Cisne. Como podemos apreciar, poco hay de vacío a pesar de su oscura superficie.

Foto cygnus X Spitzer

Volviendo nuevamente a NGC 7000, podemos imaginarla como una porción de Sh2-117 que vemos a través de una ventana entre oscuras y densas nubes opacas. Estas nubes son las que han perfilado sus contornos de una forma tan caprichosa que se asemeja al continente americano, desde el Golfo de México hasta Canadá. Hasta hace poco se pensaba que Deneb era la causante del brillo de la nebulosa, pero estudios recientes han apuntado a J20555125+4352246 como la principal sospechosa. Esta estrella, de magnitud 13.5, puede parecer ridícula al compararla con el brillo y extensión de la nebulosa, pero debemos entender que se encuentra prácticamente oculta por la nebulosa oscura LDN 935. No en vano es una gigante azul de tipo espectral O5…

NGC 7000 guarda algunas sorpresas más, y es que encierra varios cúmulos abiertos en su seno, al menos de forma aparente. El más tenue de ellos se denomina Collinder 428 y se encuentra en su región más occidental, apareciendo a bajo aumento como una pequeña nubecilla compuesta por unas 20 diminutas estrellas que brillan en su interior, dispuestas de forma homogénea y circular. El otro cúmulo, NGC 6997, es más notorio, compuesto por una treintena de estrellas más brillantes y de mayor tamaño, alcanzando los 10 minutos de diámetro. Su edad se ha estimado en unos 100 millones de años, por lo cual, aunque se encuentra a una distancia similar a la nebulosa, no guarda ninguna relación con ella: si esas estrellas hubieran nacido de NGC 7000, el gas ya se habría extinguido hace tiempo.

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Fotografía tomada por Juan Francisco Salinas Jiménez

La fama de “difícil” que tiene la Nebulosa Norteamérica se debe únicamente a que cualquier farola cercana la debilita hasta el punto de volverla invisible, pero si disfrutamos de un cielo oscuro no encontraremos impedimento alguno para verla. Su localización no puede ser más sencilla, cerca de Deneb, y su situación en estas noches veraniegas es óptima. No obstante, tenemos que tener presente que buscamos un objeto extremadamente grande, así que no dejemos de ver la niebla por estar “dentro de ella”. Lo mejor es usar un ocular de bajo aumento, en mi caso fue suficiente con un Panoptic de 24 mm, que me proporcionaba unos 62.5 aumentos. La nebulosa no cabía en el campo de visión de una sola vez, pero con este ocular podía buscar detalles, así como resolver con mayor facilidad los cúmulos abiertos. De entrada la zona más impresionante es la correspondiente a la Bahía de México, perfectamente curvada y definida, destacando la negrura del “Océano Atlántico”. Toda la nebulosa está salpicada de una miriada de estrellas, algunas con un tono rojizo, y otras muchas en el límite de visibilidad del instrumento. Los límites de la nebulosa continúan hacia el norte del continente, ensanchándose a medida que va perdiendo definición. En su zona más alta destacan los dos cúmulos mencionados, siendo NGC 6997 el más fácil de apreciar. Algunas estrellas más brillantes sirven como guía si comparamos la imagen con una fotografía, aunque si el cielo está oscuro la silueta se ve con facilidad. Hacia el norte los bordes se van difuminando en un campo plagado de estrellas, y destacan algunas manchas negras, nebulosas oscuras de las que mencionábamos al principio, entre las cuales llama poderosamente la atención Barnard 352, una de las más opacas que podemos observar.

NGC 7000

Muy cerca de NGC 7000 encontramos la tenue Nebulosa del Pelícano, también visible con nuestros instrumentos, así como otras nebulosas oscuras dispersas, pero volveremos con ellas en otra ocasión. Por ahora nos contentaremos disfrutando de este continente celeste y todos sus recovecos, sus nubes oscuras, sus estrellas infinitas… En una noche oscura podemos perder fácilmente la noción del tiempo navegando por sus tierras, contemplando todas esas estrellas que, por primera vez, están viendo la luz.

NGC 7000 detalle

Retorno a NGC 6888

Las vacaciones van llegando y con ello la falta de tiempo para publicar, de hecho ésta será la penúltima entrada antes de irme de viaje, ya volveré con las pilas cargadas. Hoy os comparto también una actualización, dibujando de nuevo un objeto apasionante como es NGC 6888.

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Imagen tomada por Miguel Barrero (Miguelyx) 

La vez anterior lo dibujé desde mi terraza en el Barrio de Monachil, mientras que hace un mes lo hice desde un cielo oscuro con un C11. Hoy le toca el turno a este objeto con el Dobson de 30 cm y desde un cielo ejemplar, con todo el tiempo del mundo para disfrutarlo. Es evidente lo necesario que se hace en esta afición ir a un lugar alejado de la contaminación para disfrutar plenamente. En el primer enlace podéis leer el anterior artículo sobre NGC 6888, y en el segundo la actualización con la observación con el C11. Os adjunto también, con un poco de vergüenza, el primer dibujo que realicé de la nebulosa, siendo también una de mis primeras incursiones en el dibujo astronómico:

-Entrada de NGC 6888 a través de un Dobson 12” en entorno suburbano.

-Entrada de NGC 6888 a través de un C11 en cielo rural.

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NGC 6888 es, recordemos, la nebulosa que ha formado una estrella Wolf-Rayet, situada en la constelación del Cisne. Es una estrella masiva que está perdiendo masa a gran velocidad, generando vientos del orden de miles de kilómetros por hora que producen la expansión del gas que la rodea. En el caso de NGC 6888 esta onda expansiva se ha encontrado, a su vez, con otras masas gaseosas, creando la curiosa forma que podemos apreciar al telescopio. Es un objeto que gana enormemente con un filtro, ya sea un OIII o un UHC. En mi caso, bajo un cielo oscuro, prefiero el UHC, ya que no “se come” tantas estrellas como el OIII. La característica forma de letra “M” ya nos tal, sino que se cierra con facilidad el círculo formado por la envoltura, con zonas más densas que otras. El interior aparecía relleno, a su vez, por más nebulosidad, débil, más evidente con visión periférica. Sin embargo, donde realmente noté la mejoría en cuanto al cielo y al tiempo empleado, fue al percibir una pequeña nube en la región izquierda, cerca del borde, tan débil que desaparecía rápidamente en cuestión de segundos. Dudé de mí mismo, pero tras cerciorarme de que podía distinguirla sin mayores problemas la plasmé en el dibujo para comprobar, a posteriori, que es realmente una zona más densa en la que el gas se arremolina. Ese detalle, junto con todas las estrellas que salpimentan el fondo de la nebulosa, hacen que una noche estrellada merezca la pena.

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Una pequeña fábrica de estrellas (NGC 6857)

Si contemplamos una fotografía de gran campo y exposición suficiente de la constelación del Cisne podremos apreciar numerosas nebulosas rojizas dispersas entre sus estrellas, y es que estamos en una zona de enorme actividad estelar. En el caso de hoy vamos a observar una especialmente pequeña denominada NGC 6857, una nebulosa de emisión que se sitúa muy cerca de la más conocida NGC 6888. Se encuentra a una distancia bastante considerable, a unos 25.000 años luz, y forma parte de una región HII mayor denominada Sh 2-100, en pleno brazo de Perseo. Ésta última será invisible al telescopio, pero NGC 6857, rondando la onceava magnitud, es accesible a la mayoría de telescopios de aficionado bajo un cielo oscuro.

Fue considerado durante mucho tiempo como una nebulosa planetaria, y así  se identifica en el catálogo PK, como PK 070+01.2. Sin embargo, posteriormente se comprobó su verdadera naturaleza, una nebulosa de emisión que brilla ionizada por las estrellas que se están gestando en su interior. Con 19 años luz de diámetro, sería bastante más impresionante si no fuera por la gran distancia a la que se encuentra (se acerca bastante a las dimensiones de M42, que alcanza un diámetro de 24 años luz). Aun así, con sus 4 minutos de arco de extensión, no deja de ser un objeto interesante. A unos 5 grados de NGC 6888, es fácil de encontrar si partimos de la brillante Eta Cygni, visible en el cuello del cisne.

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A bajo aumento ya puede apreciarse sin necesidad de ningún filtro como una pequeña mancha redondeada, pudiendo entenderse ahora su errada identificación como nebulosa planetaria. Sin embargo, a mayores aumentos su estructura se a definiendo y podemos notar que estamos ante otro tipo de objeto. El filtro UHC aumenta el contraste levemente, a costa de disminuir el brillo de las estrellas circundantes, que en esta zona del firmamento son abundantes. A 214 aumentos se aprecia NGC 6857 con forma de cuadrilátero, con una estrella inmersa en su interior cuyo brillo queda disminuido por la densidad de la nebulosa. Otra estrella brillante permanece justo en el borde, y dos más, de menor brillo, la flanquean al otro lado. Por momentos, con visión lateral, da la sensación de que su superficie no es del todo homogénea, aunque no podría definirlo de forma precisa. No obstante, NGC 6857 es un interesante objeto que nos permite apreciar los importantes efectos de la distancia; si estuviera más cerca, nos brindaría un espectáculo bien distinto.

Medio caparazón (WR 134)

De vez en cuando nos gusta huir de los catálogos tradicionales, de los objetos que tantas veces hemos visto, en busca de objetos exóticos que alimenten nuestra imaginación. Ese es el caso de Wolf-Rayet 134, también abreviado WR 134, una estrella que se encuentra a 6000 años luz de distancia en la constelación del cisne, muy cerca de NGC 6888. Es una estrella Wolf-Rayet que, si recordamos de anteriores entradas, son estrellas muy masivas que han crecido rápidamente, comenzando a perder sus capas externas también a gran velocidad, debido principalmente a la presencia de enormes vientos generados por la estrella, que llegan a alcanzar millones de kilómetros por hora. Estos vientos, al apartar las capas externas, crean una envoltura gaseosa que podría confundirse con una nebulosa planetaria, si bien su naturaleza es bien distinta.

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WR 134, en concreto, tiene una masa casi 20 veces mayor que la de nuestro sol, con una luminosidad que supera en 400.000 veces la de nuestra estrella. Produce una importante cantidad de radiación ultravioleta, si bien en longitud de onda visual no es tan brillante, alcanzando una magnitud aparente de 8. Tiene, al parecer, una pequeña estrella orbitando a su alrededor, dando una vuelta completa en un período de unos 2 días. Sin duda, lo más interesante WR 134 es su envoltura gaseosa. A diferencia de Sh 2-308 o NGC 7635, grandes burbujas simétricas, la nebulosa de WR 134 aparece con forma de luna creciente, como si al otro extremo no hubiera sido expulsado gas alguno. Algunos jirones más desprendidos traducen la fuerza de los vientos de WR 134, aunque, debido a su forma, sería fácil confundirla con una sencilla nebulosa de emisión en la que se estén gestando estrellas.

Su localización no es muy complicada gracias al característico grupo de 4 estrellas en cuyo centro se encuentra WR 134. La nebulosa no llega a los 10 minutos de arco de longitud, así que será mejor usa aumentos medios. Una vez localizado el lugar, miré tras el Hyperion de 13 mm, a 115 aumentos, y vi claramente el grupito de estrellas, pero no había ni rastro de la nebulosa. Recordé entonces que el resto de nebulosas Wolf-Rayet que había visto respondían extremadamente bien al filtro OIII, y WR 134 no fue una excepción. Al volver a mirar tras el ocular apareció de la nada una fina nube, débil y delicada, como parte de una gran circunferencia. De forma curva y de unos 2 o 3 minutos de arco de grosor, se apreciaba mejor con visión periférica, siendo más gruesa en su lado occidental, estrechándose algo hacia el lado opuesto. Una estrella amarillenta, casi anaranjada, se encontraba arropada al abrigo de la nebulosa. Se denomina HD 228062 y es una gigante roja de tipo espectral K2, añadiendo con su viva tonalidad aún más atractivo a esta imagen celeste.

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Seda sobre negro (NGC 6992 y NGC 6960)

El cielo parece un lugar tranquilo y sosegado, y en una noche clara nada hace pensar lo contrario. Las estrellas titilan en la distancia, con la Vía Láctea atravesando el escenario de un extremo a otro, fantasmal, con irregularidades en su contorno, fruto de nebulosas oscuras que nos ocultan algunas de sus estrellas… Nadie diría que en la constelación del Cisne ha tenido lugar uno de los eventos más catastróficos que podríamos imaginar, de proporciones tan grandes que un millón de bombas atómicas empalidecerían a su lado. Una de las más bellas imágenes del firmamento es la manifestación directa de esta enorme explosión, una supernova que dio lugar a lo que hoy conocemos como la Nebulosa del Velo. Antes de hablar sobre ella daremos unas pinceladas sobre la teoría de las supernovas y su origen.

La mayoría de estrellas, como hemos visto recientemente, terminan sus vidas en forma de nebulosa planetaria, convertidas en una solitaria enana blanca. Sin embargo, aquéllas con una masa mayor a 8 masas solares tienen un destino muy diferente… Tenemos que tener claro algunos conceptos. En una estrella hay dos fuerzas en oposición, en constante lucha: la gravedad, que empuja toda la masa hacia el centro, y las reacciones nucleares que liberan energía, ejerciendo fuerza hacia el exterior. La estrella va fusionando helio a un ritmo rápido, convirtiéndolo en helio y liberando energía. El helio, posteriormente, forma Carbono en el núcleo de la estrella, donde la presión ejerce más fuerza y permite que los núcleos se fusionen. En una estrella normal el proceso termina en este punto, pero en las estrellas más grandes la gravedad imprime tanta energía que puede hacer que el carbón se fusione nuevamente, creando elementos más pesados cada vez (oxígeno, azufre, magnesio…). El sol va, de esta manera, aprovechando cada último aliento para sobrevivir un poco más, haciendo un esfuerzo mayor a medida que los elementos son más pesados. Durante este proceso la estrella adquiere una disposición en “capas de cebolla”, con los elementos más pesados en el núcleo y los más ligeros hacia la periferia, con una capa de hidrógeno en la región más externa.

El gran cambio se produce cuando en la fusión nuclear se forma hierro. El hierro es un elemento distinto a los anteriores, ya que al fusionarse, en vez de desprender energía, “absorbe” energía, que la estrella no puede cederle. Por lo tanto el complejo sistema de fusión nuclear se detiene y el núcleo deja de respirar súbitamente. Imaginemos a cámara lenta este proceso, en el que todas las explosiones que estaban teniendo lugar en el núcleo ceden bruscamente, haciéndose un silencio sepulcral. Entonces la gravedad no encuentra ninguna oposición y se prepara para dar el último golpe. Toda la estrella, cada uno de sus átomos, sufren una atracción tan inmensa que en una fracción de segundo la estrella se colapsa hasta poseer un diámetro tan pequeño como nuestro planeta, con una densidad que alcanza los 1.000.000.000 kg/cm3. Imaginemos por un momento un centímetro de un material que llegue a pesar mil millones de kilos… Al encontrarse toda la masa colapsada a tal velocidad, no es difícil imaginar la energía producida al fusionarse tantos protones y neutrones, hasta el punto de que muchos de ellos se deshacen y pierden su estructura. El núcleo entonces sufre la mayor de las explosiones concebidas en el universo, una supernova, y el material de la estrella es expulsado con violencia hacia el medio interestelar, colisionando con todo lo que encuentra a su paso y brillando con la luz de millones de soles, tanto como una pequeña galaxia.

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En esa intensa reacción nuclear se forman elementos pesados como el oro que hoy en día forma parte de joyas, el calcio que da resistencia a nuestros huesos o el hierro que corre por nuestra sangre, por lo que podríamos decir que existimos gracias a un gran desastre natural que ocurrió hace miles de millones de años en nuestras inmediaciones. En esa explosión incluso los fotones adquieren tanta energía que destrozan núcleos de elementos más pesados como el hierro y provocan un aluvión de hidrógeno desprendiendo aún más energía. Una bomba de hidrógeno es 1.000 veces más potente que la bomba atómica que destruyó Hiroshima, y su mecanismo de acción es también la fusión de hidrógeno, pero reducida a menos de un metro cúbico de volumen. Imaginemos esa bomba multiplicada por los 300 millones o más kilómetros que puede alcanzar una estrella antes de colapsarse y nos podremos hacer, vagamente, una idea de las dimensiones de las que hablamos…

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Una vez conocidos los cimientos de estos decesos estelares estamos ya en disposición de hablar de la Nebulosa del Velo, que es, ni más ni menos, el mejor y más impactante ejemplo de los restos de una supernova que tenemos a nuestro alcance. Una estrella explotó hace unos 8.000 años, en una época en que las personas se distribuían en pequeñas tribus cazadoras y recolectoras, y brilló en el cielo con una intensidad mayor que la luna llena, siendo apreciable durante el día a simple vista. Los gases que la estrella expulsó al colapsarse se han ido expandiéndose desde entonces, haciéndose cada vez menos densos, ocupando en el momento actual una longitud en el cielo de 3 grados, lo que equivale a 6 lunas llenas seguidas. A unos 2.000 años luz de distancia, sus gases alcanzan ya un diámetro de unos 100 años luz (recordemos, como referencia, que las nebulosas planetarias más antiguas apenas llegan a los 4 años luz).

Se conoce como Nebulosa del Velo a las regiones más brillantes de esta remanente de supernova, que son visibles con instrumentos de aficionado, siendo el resto del “anillo” demasiado débil y poco denso como para apreciarlo. Se compone, por tanto, de dos regiones principales, conocidas como NGC 6992 (la región más occidental) y NGC 6990 (las más oriental). Entre ambas hay otras zonas más débiles que veremos en otro momento. A pesar de su fama de difícil, para ver la nebulosa sin problemas necesitamos simplemente un filtro para nebulosas, preferiblemente el OIII (el UHC también es muy útil), y entonces resalta con cualquier instrumento. Es apreciable en noches oscuras con unos prismáticos bien fijos en un trípode, aunque para ver detalles consistentes tendremos que recurrir al telescopio. Es entonces cuando, al usar el filtro OIII, la nebulosa parece cobrar vida y mostrarse tal cual lo hace en las fotografías, constituyendo una de las imágenes imprescindibles del verano.

NGC 6960

NGC 6960 llama la atención por varios motivos. Por un lado, está en contacto con una bonita y brillante estrella en su porción media, que en ocasiones puede dificultar un poco la visión si la abertura es pequeña. Con mi Dobson 305 mm la imagen es espectacular con el ocular de 65x, apareciendo como el palo de una escoba de bruja, siendo más ancha en un extremo y agudizándose a medida que avanza hacia el otro lado hasta terminar en una delicada punta. Durante el recorrido de la misma aparecen volutas de humo que se entrelazan entre ellas, y queda patente el motivo del nombre con el que se la conoce, la Nebulosa del Velo. Realmente parece un pañuelo de seda colgado del cielo, y con visión periférica y un poco de paciencia se comienza a apreciar más detalles internos y algo de nebulosidad fuera de la porción principal.

NGC 6992

Tenemos que mover el telescopio hacia el lado opuesto, imaginando que NGC 6960 es parte de una circunferencia, y nos toparemos con otro espectáculo aún más impresionante, si cabe, que su compañera. Es NGC 6992, y a mí me gusta referirme a ella como la “Nebulosa de las Cascadas” o “de las ramas”, ignoro si alguien ha llegado a la misma conclusión. El cuerpo principal de esta porción también es ligeramente curvo, perdiéndose por el borde del ocular, y en su extremo es donde guarda mayores secretos. Dos ramificaciones salen en perpendicular como si fueran chorros de agua que caen de un río, con una tercera más débil que se adivina solitaria en el cielo oscuro. La mayor parte de la nebulosa se encuentra salpicada de claroscuros, pequeños salientes de diferentes densidades que contribuyen a otorgar una sensación de tridimensionalidad. El campo de infinitas estrellas adorna a este David de la astronomía y resalta su belleza, comparándose perfectamente la sensación visual a lo que se ve en fotografías. No sé con cuál de las partes me quedaría si tuviera que elegir, probablemente con las dos, o con ninguna, porque cada una es especial a su manera, y entre las dos logran cautivar a la mirada y consiguen que el tiempo parezca detenerse. Es difícil imaginar que esa imagen que vemos a través del ocular sea el vestigio de tanto caos, y sin embargo cualquiera que observe nuestro planeta con un potente telescopio imaginará un paraíso verde y azul sin ruidos, humo o violencia. Todo es cuestión de perspectiva.