Contactos en el cangrejo (NGC 2623)

El objetivo de hoy no es un objeto sencillo de ver; tampoco especialmente llamativo tras el ocular… No, el objetivo de hoy necesita de un cielo bien oscuro, y en el mejor de los casos no veremos más que una mancha pequeña y etérea. Sin embargo, la grandeza de lo que esconde tras de sí hace que merezca la pena intentar cazarla. La siguiente imagen, obtenida por el telescopio Hubble, sirve de presentación:

Foto NGC 2623.jpg

NGC 2623, también conocida como Arp 243, se encuentra en la zona norte de la constelación Cáncer. No es una, sino dos galaxias que protagonizan un baile de larga duración, una interacción intergaláctica que es pregón de lo que ocurrirá entre la Vía Láctea y la Galaxia de Andrómeda en unos pocos miles de millones de años. Se encuentra en un estado de interacción más avanzado que NGC 520, que veíamos el otro día, ya que sus dos núcleos se han fusionado en uno sólo. De hecho, en su centro reside un agujero negro supermasivo con una masa de entre 10 y 100 millones de masas solares que, probablemente, sea el que gobierne la dinámica de estos dos colosos. Y no es para menos, ya que entre un extremo y otro discurren 200.000 años luz, extensión debida, en parte, a la presencia de dos grandes filamentos que han sido desprendidos de cada una de las galaxias progenitoras, reminiscencias de grandes brazos que una vez acunaron, arremolinados, los núcleos de sus respectivas galaxias.

En el brazo septentrional, más definido, se han encontrado más de 100 cúmulos abiertos, cuya formación se ha visto promovida por la colisión entre ambos cuerpos. La edad de estos cúmulos es menor de 10 millones de años, y algunos podrían ser cúmulos protoglobulares, embriones de futuros cúmulos globulares que todavía no se han formado. Estas regiones son muy brillantes en el infrarrojo, gracias al gas que es calentado por las estrellas recién nacidas. Esta incrementada proliferación estelar es responsable, a su vez, de que haya supernovas con una frecuencia mayor de la habitual: en el caso de NGC 2623, la última registrada tuvo lugar en 1999.

El único pecado de este par de galaxias es estar situadas a una distancia demasiado grande, entre 250 y 290 millones de años luz (5 veces más que la distancia media del Cúmulo de Virgo o 100 veces más que M31). Esto deriva en un bajo brillo, de manera que NGC 2623 alcanza una magnitud de 13.9, fuera del alcance de telescopios de baja apertura, a no ser que las condiciones del cielo sean más que idóneas. Con un tamaño de 2.4 x 0.7 minutos de arco, tendremos que buscar algo muy pequeño y muy débil. Con el Dobson de 30 cm pude distinguirla a bajo aumento, haciendo uso de la visión periférica. A 214 aumentos aparecía algo más definida, y la diminuta mancha ya no era tan diminuta, adoptando además un forma algo alargada. Usé la imaginación para repetirme varias veces que en esa mancha fantasmagórica, que apenas podía ver, brillaba el intenso núcleo resultante de la interacción de esas maravillosas galaxias. Sabía que no podía aspirar a ver más detalles, pero el simple hecho de poder distinguir sus fotones, en vivo, ya resultó algo  verdaderamente emocionante.

NGC 2623

Floculenta perfección (NGC 2775)

La constelación de Cáncer es famosa por contener los cúmulos abiertos M44 y M67, conocidos por todo aficionado, pero el tercer objeto más brillante de la constelación no es un cúmulo, sino una galaxia. NGC 2775 cuenta con el privilegio de pertenecer al catálogo Caldwell con el número 48. Descubierta por William Herschel (cómo no) en 1783, su gran atractivo queda patente al contemplar la siguiente fotografía:

Foto NGC 2775.jpg

Pocas galaxias tan perfectas podemos ver con tal nitidez. Es una espiral de tipo Sa, con múltiples brazos en disposición circular que se arremolinan en torno al núcleo. Varias cosas llaman nuestra atención en cuanto a ellos: por un lado, su origen no está en el núcleo brillante y redondeado que preside la galaxia, sino que comienzan a una distancia prudencial, como si surgieran bruscamente de una profunda niebla. Por otro lado, no vemos unos brazos definidos, sino multitud de ellos que, además, parecen estar fragmentados, como otras galaxias floculentas que ya hemos visto. Una gran cantidad de polvo se interpone entre estos brazos formando una red marronácea que añade un gran atractivo a su visión, a lo que hay que añadir la presencia de múltiples condensaciones azuladas que corresponden a regiones HII, lugares de intensa y reciente formación estelar. NGC 2775 se nos presenta levemente inclinada, con una perfecta simetría que produce una agradable sensación a la vista. Tiene un diámetro de unos 75.000 años luz, y su masa se estima en 17.000 millones de masas solares.

Esta galaxia es el miembro más destacado del denominado grupo de NGC 2775, un pequeño grupo que abarca otras galaxias como NGC 2773 o NGC 2777 (con esta última se encuentra relacionada mediante una nube de hidrógeno atómico, aunque no hay evidencias claras de que hayan interaccionado en el pasado). Se sitúa a unos 55 millones de años luz, distancia comparable a la del Cúmulo de Virgo, al cual se haya unido de la misma manera en que lo está nuestro Grupo Local. NGC 2775 forma parte, además, de una agrupación de galaxias conocida como la nube de Antlia-Hydra, un largo filamento formado por más de 100 universos que comparten movimiento a través del cosmos. Hay fuentes que indican la presencia de hasta 5 supernovas en NGC 2775 durante los últimos 30 años, aunque la única que he encontrado registrada ocurrió en 1993, alcanzando una magnitud de 13.9.

NGC 2775 se encuentra a maś cerca de Hydra que del centro de Cáncer, motivo por el cual pertenecía a la primera constelación hasta que, a principios del siglo XX, se redefinieron los límites de las constelaciones, quedando la galaxia englobada dentro del cangrejo. Con una magnitud 10.1, NGC 2775 es fácilmente visible con instrumentos de pequeña apertura, con los cuales destacará, sin duda, su brillante núcleo, que reluce como una potente estrella rodeada de un débil resplandor. Con el Dobson de 30 cm el halo de la galaxia aparece con claridad alrededor del brillante núcleo, una redondeada nube apreciable incluso con visión directa, cuyos bordes se pierden abruptamente en la periferia. No resulta tan llamativa como puede serlo en las fotografías de larga exposición, pero verla en directo, captando sus fotones en el mismo momento, es algo difícil de superar.

NGC 2775

Al amparo del Pesebre (M67 y Abell 31)

Hoy nos vamos a ocupar de una constelación cuyo elemento más visible a simple vista no son sus estrellas sino el cúmulo del Pesebre, M44, que preside su centro. Pero no hablaremos de este cúmulo, sino de otro más pequeño y débil, así como de una tenue nebulosa planetaria que también descansa en esta constelación.

El cúmulo al que nos referimos es M67, una agrupación de 500 estrellas que, además de suponer una espectacular visión a través de cualquier instrumento, tiene información muy interesante que ofrecer. Y es que al referirnos a este cúmulo estamos hablando de uno de los más antiguos que conocemos. Sabemos ya que los cúmulos abiertos son agrupaciones de estrellas que han nacido en el seno de la misma masa gaseosa, y por tanto comparten edad y lugar. Ahora bien, con el tiempo, al igual que las personas, los miembros se van distanciando cada vez más, de manera que el cúmulo termina desapareciendo al cabo de varios millones de años. La mayoría de los cúmulos que observamos tienen menos de unos pocos cientos de millones de años, y algunos, como NGC 2024, apenas un millón. Pues bien, los últimos estudios confieren a M67 una edad de unos 4.000 millones de años, un poco menos que la edad de nuestro sol. No deja de sorprender que sus estrellas sigan fuertemente unidas pese al paso del tiempo, y no sólo eso, sino que se afirma que el cúmulo seguirá unido durante otros 5.000 millones de años. Sin duda es una familia duradera…

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Su avanzada edad es la responsable de que no veamos en su seno estrellas de tipo espectral O, B ni A, que son estrellas azules tan masivas y calientes que su vida termina rápidamente, en unos pocos millones de años. Su relativa cercanía a nosotros, situado a unos 2.700 años luz, nos ha permitido estudiarlo a conciencia. Al menos 100 de sus estrellas son amarillas similares a nuestro sol (de tipo espectral G), con minúsculas diferencias en cuanto a tamaño y temperatura, y se han encontrado casi 200 enanas blancas, una muestra más de su longevidad. Sin embargo, en las imágenes podemos ver varias estrellas de un fuerte color azul. Son “blue stragglers” o azules rezagadas, un tipo de estrella que nos sonará de algunos cúmulos globulares. Su espectro más “azulado” se debe probablemente a la colisión de dos estrellas más frías, que al chocar liberan energía y, por decirlo de alguna, se reactivan como astros más masivos.

Con una magnitud aparente de 6.1, es visible a simple vista si la noche es lo suficientemente diáfana, a la derecha de Acubens o alfa cancri (nombre que deriva del árabe “pinza”). Su visión con unos buenos prismáticos es especialmente interesante, apareciendo como una pequeña nubecilla salpimentada con débiles estrellas que titilan en constante ebullición. Una visión más profunda con el Dobson revela un magnífico enjambre de más de un centenar de astros ocupando casi todo el ocular a 125 aumentos (campo aparente de 30 minutos de arco). Una brillante estrella preside el conjunto en un extremo, y en el centro se disponen la mayoría de componentes de diferente brillo, destacando unos cuarenta más brillantes y un fondo plagado de diminutos astros más débiles. No transmite la fuerza de otros cúmulos como M47, sino más bien cierta delicadeza y suavidad por la homogeneidad de sus miembros.

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Sólo tenemos que mover el telescopio unos 3 grados hacia el sur para dar con el siguiente objeto, la planetaria Abell 31. También se denomina PK 219+31.1 y Sh 2-290, lo cual supone toda una excepción en el catálogo Sharpless, que incluye en su mayoría regiones HII. No es de extrañar, pues como podemos ver en la siguiente fotografía, su aspecto bien podría confundirnos con una de dichas regiones de formación de estrellas. Pero no, Abell 31 es una nebulosa planetaria, y una especialmente colorida además.

Foto Abell 31

Con más de 15 minutos de arco de diámetro, es de las más grandes que podemos encontrar en el cielo, superada por poco por NGC 7293, la Nebulosa Hélice, si bien Abell 31 presenta un brillo superficial aún menor. Su magnitud total de 12 no debe hacer que nos confiemos, pues necesitaremos un cielo muy oscuro y ayuda de filtros para poder, por lo menos, adivinar sus formas. En un primer momento, cuando apunté con el telescopio, no vi absolutamente nada. De hecho, ni siquiera sabía su forma ni su tamaño, por lo que tuve que probar con distintos oculares hasta que comencé a notar algo a 125 aumentos. Una débil nube apenas perceptible, que se hizo de notar algo más cuando usé el ocular de 24 mm, con 65 aumentos. El filtro OIII supuso un incremento muy importante en el contraste, aumentando su tamaño, y entonces comprendí que no era una de esas pequeñas planetarias puntiformes, sino todo lo contrario. La mancha débil y difusa tenía cierta forma esférica, pero era tan oscura que apenas podía adivinar los bordes. En la fotografía superior la región verdosa corresponde al oxígeno ionizado, y es precisamente esa zona la que pude ver cuando usé el filtro OIII, quedando la zona rojiza (hidrógeno, azufre…) totalmente fuera de mi alcance. No obstante, satisfecho, guardé el telescopio con la sensación de conocer al Cangrejo un poco más a fondo.*

Abell 31

Gigantes en colisión

Al hablar de galaxias en colisión probablemente se nos venga a la cabeza M51, como prototipo de este tipo de objetos. Pero lo cierto es que hay una cantidad ingente de galaxias en interacción pululando por el espacio, siendo muchas de ellas accesibles a nuestros telescopios. Las galaxias, como ya sabemos, tienen una gravedad tan elevada que no les resulta difícil atraer a otras galaxias hacia ellas. La más cercana, dentro de unos pocos miles de años, será M31 y nuestra propia galaxia, que se van acercando paulatinamente en un baile inevitable a largo plazo. Las galaxias que vamos a ver hoy se encuentran en una fase temprana de colisión, de forma que todavía no se han deformado sus brazos ni han adquirido estrambóticas siluetas.

Foto NGC 2207.jpg

Cuando las noches invernales y la contaminación lumínica nos permitan disponer de un horizonte sur despejado podremos ver a la pareja que forman NGC 2207 e IC 2163, justo por debajo de Murzim o beta Canis Majoris. Se encuentran a algo más de 100 millones de años luz y su diámetro es considerable. La primera, mayor, mide 150.000 años luz de un extremo a otro, dimensiones similares a nuestra galaxia. La otra, algo menor, tiene unos 130.000 años luz de diámetro. En la siguiente fotografía podemos comprobar cómo se rozan sus halos, con un brazo de IC 2163 que ha sido empujado en dirección opuesta a su compañera. Con el transcurso de los años se producirá una maraña de filamentos y brazos desviados digna de observar por el telescopio. Más adelante aún, ambas galaxias quedarán unidas en una galaxia elíptica tremendamente brillante, de manera similar a M87. En el momento actual podemos observar una cantidad enorme de regiones HII en NGC 2207, fruto de la colisión en curso, que no es más que un estímulo para promover la formación estelar. De hecho, NGC 2207 es residencia habitual de supernovas, como atestigua la aparición de tres de ellas en los últimos quince años. La última ocurrió en 2013, así que en cualquier momento nos puede sorprender nuevamente.

NGC 2207.png

Al telescopio ambas galaxias son perfectamente evidentes una vez enmarcadas en el campo del ocular. NGC 2207 es la mayor y la más brillante, con una magnitud de 11. Aparece como una mancha difusa y redondeada con un núcleo muy brillante y puntiforme, como si fuera una estrella superpuesta. No es muy grande, de unos 3 minutos de arco de diámetro, pero tiene un tamaño cómodo para observar. A su lado hay una mancha más pequeña y débil, de magnitud 12.6, que corresponde a IC 2163. Con visión periférica se ve algo más definida, aunque no llega a mostrar ningún detalle aparente. La imagen es similar a una M51 más pequeña y débil, y no cuesta imaginar el gran espectáculo que debe suponer esta colisión desde lugares más cercanos.

La otra pareja en cuestión se encuentra en Cáncer, muy cerca de ese manchurrón visible a simple vista que es M44, el cúmulo del Pesebre. Se trata de NGC 2672 y NGC 2673, una pareja de galaxias elípticas situadas a unas distancia de unos 200 millones de años luz, si bien esta distancia ha sido discutida e incluso hay algunos artículos en contra de su estrecha relación. Según el corrimiento al rojo (o redshift), NGC 2673 estaría a 210 millones de años luz, mientras que NGC 2672 estaría situada a 185 millones de años luz. Lo que ocurre aquí es que cuando dos galaxias están interactuando entre sí pueden dar este tipo de movimientos relativos, ya que, por decirlo de alguna manera, giran entre sí, llevando a equívoco en algunos casos. No sabemos a ciencia cierta si son verdaderas compañeras o no, pero lo cierto es que nadie diría lo contrario al ver su imagen. Ambas están incluidas en el catálogo Arp de galaxias peculiares con el número 167.

NGC 2672

Son dos galaxias que en estas noches invernales se sitúan en el cenit, en una zona perfecta para poder usar aumentos elevados y verlas con más claridad. A 125 aumentos ya es evidente la galaxia principal, NGC 2673, redondeada y brillante, visible con visión directa, aunque es algo mayor con mirada lateral. NGC 2672 se encuentra rozándola, una mancha más pequeña, mejor definida a mayores aumentos. El ocular de 7 mm resultó la mejor opción para esta pareja, a 214 aumentos, alcanzando un equilibrio entre definición y oscurecimiento del fondo que encuentro muy útil para galaxias pequeñas. Una débil estrella de magnitud 14 forma un curioso trío con las dos galaxias descritas, intentando hacerse ver ante miles de millones de estrellas que, por efecto de la distancia, parecen una simple mota de polvo flotando en un vasto océano.