Nubes en la oscuridad (Sh2-235)

Volvemos a usar hoy el potencial del filtro H-Beta con un objeto poco conocido que se encuentra en la constelación de Auriga, un poco más allá de las nebulosas IC 405 e IC 410, en pleno Brazo de Perseo. Vamos a pasar al lado de la asociación Auriga OB1, dejando atrás al brillante cúmulo M36 para centrarnos en otra nube molecular que se encuentra a casi 6.000 años luz de distancia. En el cristal de proa de nuestra nave imaginaria, ayudados por un filtro apropiado, podríamos ver algo similar a la siguiente fotografía:

Auriga.jpg

Crédito: Terry Hancock

A la derecha destacan IC 405 e IC 410, que desperdigan sus filamentos nebulosos por toda la zona. M38, arriba, y M36, abajo, dominan aparentemente la población estelar, dando paso a esas nebulosas rojizas que tocan el borde izquierdo de la imagen. En esa región vamos a centrarnos, a unos 5.850 años luz de nosotros, apreciándola mejor aquí:

Invisible a nuestros ojos  (y a los de la cámara fotográfica) toda esta zona se encuentra poblada por un inmenso complejo de nubes moleculares que se conoce como G174+2.5, formado al parecer por la fusión entre dos grandes nubes moleculares. Esta nube, formada por hidrógeno molecular, sufrió un proceso conocido como fragmentación y colapso, a través del cual aparecieron zonas de mayor densidad en su interior, denominadas núcleos densos. Estas regiones tenían una mayor capacidad atractora por su mayor masa, de manera que fueron acretando más y más masa. Así, la densidad en su interior aumentó hasta el punto que la temperatura, también elevada, permitió la fusión nuclear del hidrógeno, naciendo las primeras estrellas de la nube. Cuando las estrellas más jóvenes y masivas estimulan el gas con su radiación ultravioleta producen la ionización del hidrógeno, y toda la masa de gas resplandece con esa tonalidad rojiza: es lo que conocemos como una región HII. Por tanto, lo que estamos observando en la fotografía son algunas de las regiones HII que pertenecen a la nube molecular G174+2.5. Además, en esta nube se ha podido comprobar una teoría que en inglés se denomina “collect and collapse”, que viene a decir que la proliferación estelar es un fenómeno contagioso. Básicamente, una región HII recién formada produce algunas estrellas supermasivas que, en unos pocos millones de años, terminarán su vida como supernovas. Además, generan fuertes vientos estelares, contribuyendo así a estimular las zonas colindantes de la nube molecular, pudiendo desencadenar una cadena de formación estelar. Pues bien, en toda esta zona de la nube molecular se han encontrado más de diez cúmulos que, partiendo del más céntrico como origen (situado en Sh2-235), parecen tener mayor edad conforme mayor es la distancia a la que se encuentran. Son datos que apoyan esta teoría de formación estelar encadenada, que también se ha podido estudiar en algunas otras galaxias.

A la izquierda de la imagen, la región HII más extensa se denomina Sh2-232, bastante débil y difusa. La más destacada y brillante es Sh2-235: cuenta con un diámetro de unos 100 años luz y es la más fácil de observar con un filtro H-Beta. De hecho, cuando me asomé al ocular tras colocar el filtro mis ojos fueron directos a ella sin siquiera saber su posición exacta. No obstante, necesitaremos visión lateral para distinguirla con claridad. Aparece como una nubecilla de forma triangular y bordes difusos. La estrella BD+35 1201, que podemos ver brillando en el centro, es la responsable de ionizar la masa gaseosa.

Sh2-231 es la débil nebulosa arriñonada que aparece a la derecha, también visible con el filtro H-Beta pero de una manera mucho más débil, apenas visible con visión periférica si no es con paciencia y una buena adaptación a la oscuridad. Sh2-233, la pequeña y rosada nebulosa, no es más que otra región HII, parte del mismo todo que rodea la zona. Es, buscando un símil aproximado, como si estuviéramos en una enorme cueva y sólo pudiéramos observar algunas partes, aquéllas en las que una vela deja entrever algunos de sus tesoros.

Sh2-235.png

 

Rubí entre diamantes (M37)

Los cúmulos abiertos pueden no ser, a priori, los objetos más espectaculares del cielo, si bien poco a poco se van ganando el apego de cualquier astrónomo aficionado. Ya sea por su densidad, por la disposición de sus estrellas, el tamaño o alguna forma curiosa, cada cúmulo abierto es único, aunque de entrada pueda parecer “uno más”. En mi opinión, uno de los efectos más llamativos que comparten muchos cúmulos abiertos es la presencia de una brillante estrella roja que corona o preside la familia de estrellas, como un rubí en medio de blancas piedras preciosas. Su presencia tiene que ver, a menudo, con la edad del cúmulo. Cuando las estrellas son jóvenes predomina el azul, como podemos comprobar, por ejemplo, en las Pléyades. Son grandes estrellas que consumen hidrógeno y generan una importante cantidad de energía, especialmente intensa en el ultravioleta. Tras varias decenas de millones de años, e incluso cientos de millones de años tras su nacimiento, algunas de estas estrellas han consumido todo su hidrógeno, “perdiendo fuelle”, de manera que la gravedad gana terreno y genera un aumento de presión y temperatura que estimula la combustión del helio en el núcleo y de hidrógeno en las capas externas, comenzando así la fase de gigante roja, en la que la atmósfera de la estrella se expande enormemente, alcanzando un tamaño cientos de veces mayor que nuestro sol.

Estas estrellas rojas, que han entrado en la “edad adulta”, son las que contrastan con el resto de estrellas azuladas de estos cúmulos abiertos, que no tardarán mucho en seguir su mismo destino. M52, NGC 6940 o NGC 1857 son algunos ejemplos de cúmulos con estrellas rojas llamativas, y hoy vamos a ver uno de los grandes que cumplen esta premisa, el rey de los cúmulos abiertos en Auriga. Nos referimos a M37, también conocido como NGC 2099, el tercero de la línea de cúmulos que podemos apreciar con prismáticos y que está conformada por M38, M36 y M37. Su primer descubridor fue Giovanni Battista Hodierna, en 1654, siendo descrito por Messier un siglo después. Con una magnitud de 6, es visible a simple vista como una débil mancha pequeña si la noche es oscura, deslumbrando al ser observado con cualquier instrumento. La mayoría de fuentes coinciden en otorgar a M37 una distancia que varía entre 4.400 y 4.700 años luz, situándose por delante del brazo de Perseo desde nuestro punto de vista. Es uno de los cúmulos más ricos, con referencias que citan más de 2000 estrellas entre sus componentes. Su edad, de entre 400 y 500 millones de años, es relativamente avanzada para un cúmulo abierto, motivo por el que vemos, sobre todo en fotografías de larga exposición, un gran número de estrellas rojas. Sin embargo, la gigante roja central es la que se lleva el protagonismo, llamada HD 39183, una estrella de tipo espectral M1. Su temperatura, a pesar de lo que su intenso color pudiera sugerir, es más fría que la de nuestro sol, llegando a los 3600 kelvin. Su enorme expansión es la causante de que disminuya la temperatura, ya que el calor debe distribuirse por un volumen mucho mayor.

Foto M37.jpeg

Si M36 nos parecía un cúmulo interesante conformado por brillantes estrellas, nos sorprenderá comprobar cómo M37 es capaz de robarle protagonismo a base de la unión de incontables estrellas diminutas. De entrada, a bajo aumento, llama la atención su forma triangular, que se expande por un área de unos 24 minutos de arco de diámetro. Incontables estrellas se dispersan por toda su extensión, estrellas débiles pero tan numerosas que producen un fuerte efecto visual. La mejor visión la obtuve a 62.5 aumentos, con el Televue Panoptic de 24 mm, ocupando M37 casi la mitad del campo. El fondo, tremendamente poblado de estrellas, no era capaz de ocultar la magnificencia del cúmulo. Una brillante estrella roja de magnitud 6.3, V440 Aurigae, compartía campo a su izquierda, añadiendo aún más atractivo al conjunto. Su tipo espectral M3 denotaba un intenso color rojizo, superando incluso a la ya mencionada estrella central de M37. La región circundante al cúmulo tenía tantas estrellas que sería difícil saber si pertenecen o no a la familia. Había superado largamente la centena cuando perdí la cuenta.

M37.png

Pero la estrella rojiza del centro no es lo único curioso de esta agrupación estelar. Si observamos desde un lugar oscuro nos llamará fuertemente la atención una banda oscura que pasa junto a la mencionada estrella, una zona alargada casi carente de estrellas, que se puede ver también en la mayoría de fotografías, cortando el triángulo a nivel transversal. Con paciencia se aprecian otras zonas oscuras, destacando otra línea que cruza sobre la anterior de forma perpendicular, formando una cruz con el eje al lado de la estrella central. Algunas alineaciones de estrellas se perfilan también más allá de los bordes del cúmulo, añadiendo variedad a este cuadro celeste con tintes rojizos que resultará difícil de olvidar.

La charca de los renacuajos (IC 410)

Ya hemos podido comprobar el gran potencial de Auriga, la gran cantidad de diferentes objetos que tiene para mostrar en estos meses invernales. Pero uno de ellos yace escondido en su región más céntrica, prácticamente desconocido y mucho menos disfrutado. Es IC 410, una enorme masa gaseosa que rodea a un bonito cúmulo abierto, NGC 1893. Pero vayamos por partes…

Si miramos desde un cielo oscuro a la constelación del Cochero, como también se llama a Auriga, nos llamará la atención una débil hilera de estrellas que parecen apuntar su centro desde uno de los bordes. Una visión con prismáticos nos revelará un bonito paisaje estelar, con varias estrellas brillantes y salpicado de un miríada de puntos más débiles. La hilera de estrellas brillantes, como podemos ver en fotografías de larga exposición, es la barrera que separa dos imponentes regiones nebulosas: a un lado, IC 405, una bonita nebulosa de reflexión que ya vimos con anterioridad. Al otro lado, el tesoro que nos aguarda hoy.

Foto IC 410.jpg

NGC 1893 es un cúmulo de más de una cincuentena de estrellas jóvenes que todavía se hallan bajo el amparo de la nebulosa que les ha dado a luz, una nebulosa que comparte zonas de emisión y de reflexión, sombreada parcialmente por zonas oscuras correspondientes a nebulosas oscuras. Su forma en Y, o como un águila con las alas abiertas, no es su característica más llamativa. Es posible que la nebulosa nos suene por haber aparecido en más de una ocasión como APOD de la NASA, y un vistazo rápido pone en evidencia el motivo por el que se conoce como la Nebulosa de los Renacuajos (“Tadpoles Nebula”). Esas dos pequeñas nebulosas llaman la atención en cualquier imagen, con esos dos núcleos brillantes que parecen mirar al centro de IC 410, como dos cabezas redondeadas, con sendas colas serpenteando tras de sí. La realidad supera en algunos casos el poder de la imaginación. El mayor recibe la denominación Simeis 130, mientras que el menor es Simeis 129. Foto IC 410 renacuajosEn el interior de estos renacuajos está teniendo lugar la gestación de estrellas, que poco a poco irán consumiendo el gas que las rodea hasta que termine por desaparecer. Estamos asistiendo, por tanto, al parto natural de unas jóvenes estrellas a unos 12.000 años luz de nosotros. Y eso no es lo más increíble, sino el hecho de que, en contra de lo que se podría pensar, está al alcance de un telescopio de 30 cm de diámetro.

La primera vez que vi IC 410 fue un accidente, navegando a la deriva por la región central de Auriga, buscando embelesado algunas estrellas dobles. De repente vi en el buscador una región nebulosa, débil, compuesta por finísimas estrellas apenas perceptibles. Miré entonces por el telescopio y quedé sorprendido por la riqueza del campo. Una tenue neblina se mostraba tras las estrellas, y no supe hasta que lo busqué en el atlas que era realmente una nebulosa y no estrellas irresolubles. Coloqué por curiosidad el filtro UHC y, de forma drástica, IC 410 revivió ante mis pupilas. La nebulosa, a 65 aumentos, muestra una forma de letra “Y”, con dos alas que se despliegan claramente hacia los lados, con forma redondeada y engrosada. En el centro de la nebulosa se dispone una estrella doble, y otras parejas estelares se pueden apreciar por toda la superficie, que engloba más de 20 minutos de arco de diámetro.

IC 410

Lo que nunca llegué a pensar es que sería capaz de ver con mis propios ojos a los famosos renacuajos, y unos días después leí acerca de algunos aficionados que los habían visto fácilmente con aberturas de 40 cm. Por tanto, la siguiente noche que tuve oportunidad me lancé a su búsqueda, esta vez conociendo la zona perfectamente. Una vez con la visión  adaptada a la oscuridad no tardé más de 30 segundos en captar al renacuajo más grande. Formando un triángulo rectángulo con la pareja central y otra estrella brillante hacia el noreste conseguí atisbar una pequeña nebulosidad redondeada que resaltaba sobre el fondo algo más oscuro, justo en el punto donde se localizaba Simeis 130. Comprobé varias veces, atónito, lo sencillo que me resultó, a pesar de las grandes turbulencias que azotaban la atmósfera. A 125 aumentos me resultó más sencillo aún, aunque a 214 el viento hacía totalmente incómoda la visita. Simeis 129 fue un poco más difícil, debido a su menor brillo y a que necesité 214 aumentos para verla con más claridad, haciéndose difícil la lucha contra el viento. Se encuentra formando parte de un débil hilera de 4 estrellas, disimulada entre ellas, pero visible con mirada periférica una vez la vista está descansada y bien adaptada. Conforme más tiempo pasaba ante el ocular más sencillo me parecía verlos, y la sensación de ver una fotografía aumentaba también progresivamente. ¿Cuántos objetos habrá tan exóticos como Simeis 129 y 130 al alcance de telescopios de aficionado? Probablemente muchos más de los que pensamos…

Hacia el corazón de Auriga (2ª parte)

La segunda parte de este viaje por la constelación de Auriga nos lleva por algunos de sus más famosos cúmulos abiertos, cada uno con distinta personalidad, así como una interesante nebulosa que guarda un secreto en su interior. Nos daremos cuenta de que los cuatro cúmulos que mencionamos en este artículo tienen una distancia similar a nosotros, de poco más de 4.000 años luz, indicio de que forman parte de “algo” más grande. Ese algo es una inmensa nube molecular, llamada Auriga OB1, un gran área del espacio repleta de vida, entendiendo como tal grandes cantidades de gas que se enfrían y forman estrellas por doquier. Próximamente nos dedicaremos con mayor ahínco a entender con mayor globalidad estas regiones del cielo.

El otro día nos despedíamos con Berkeley 17, uno de los cúmulos más antiguos que conocemos en nuestra galaxia. No tenemos más que elevar el telescopio unos 3 grados al norte para que entre en el ocular otra joya, ésta mucho más evidente. Se trata de M36, uno de los grandes cúmulos del Cochero, que no fue descubierto por Messier, sino por Giovan Battista Hodierna (arquitecto, astrónomo y sacerdote italiano) a mediados del siglo XVII. M36 es, en cuanto a edad y componentes, muy similar a las Pléyades, y de hecho brillaría igual que ellas si no fuera porque se encuentra mucho más lejos, a unos 4.100 años luz, ocupando un espacio de unos 14 años luz, justo en el centro Foto M36 IRASde la asociación Auriga OB1. Sus 60 estrellas tienen una edad estimada de 25 millones de años, destacando entre ellas las de tipo espectral O y B. En concreto, destaca una llamativa estrella que posee un brillo 360 veces superior al del sol, una estrella tipo B2 con una magnitud de 9, la madre de esta interesante familia. Hay otro objeto curioso inmerso en M36, aunque quede fuera de nuestras posibilidades visuales. Se denomina IRAS 05327+3404, y es una joven y débil estrella, caliente, que emite un flujo de gas bipolar, probablemente en el transcurso de la gestación de un sistema planetario. En algunas imágenes de gran aumento aparece con aspecto cometario, con una cola de gas en uno de sus lados.

Hablando de sistemas planetarios, M36 se ha sumado al estudio de los llamados discos circumestelares o discos protoplanetarios, es decir, las estructuras primigenias formadas por gas y roca que rodean a las estrellas y derivarán en la formación de un sistema solar. Equipos de astrónomos han estudiado numerosas estrellas de M36 y de otros cúmulos para conocer el período que tarda en “madurar” este disco, completando la formación de sus planetas. Los resultados coinciden en otorgar a este lapso de tiempo una duración de unos 6 millones de años, De hecho, a los 3 millones de años la mitad de las estrellas ya han perdido su disco protoplanetario, un tiempo extremada y cosmológicamente muy pequeño. Aún hay más, y es que al parecer M36 engendró una estrella masiva de tipo OB que, hace 40.000 años, explotó en forma de supernova, dejando tras de sí una estela de gas que formó lo que hoy conocemos como Simeis 147, un gran remanente de supernova que abarca unos 3 grados en el cielo, y que recibe el nombre de Nebulosa Spaghetti, un interesante objetivo de observación en cielos especialmente oscuros y con aberturas generosas.

Foto Simeis 147.jpg

Se puede disfrutar de M36 desde un cielo urbano, pero para sacarle provecho es necesario un cielo oscuro, que nos revelará más de 50 estrellas de diferente brillo esparcidas por más de medio grado de arco. Llama la atención la disposición de muchas de esas estrellas en forma de parejas, destacando quizás un sistema binario cuyas componentes se separan tan solo por 10 segundos de arco. Hay unas 20 estrellas principales, más brillantes, con varias decenas más de fondo, titilando débiles en la lejanía. Sin duda, una visión sugestiva se mire con el instrumento que se mire.

M36.png

Dejamos atrás a este joven cúmulo para visitar a su primo mayor, M38, que se encuentra a apenas 2 grados al oeste. Cuando lo veamos a   través de nuestro telescopio quedaremos perplejos al comprobar que no es uno, sino dos cúmulos abiertos. Como si envidiara a M35 y NGC 5128, M38 forma una bonita pareja con NGC 1907.

El principal, M38 (o NGC 1912), se encuentra algo más alejado que M36, a unos 4.200 años luz, mientras que NGC 1907 se sitúa, al menos, a 4.500 años luz de distancia. ¿Significa esto que no hay relación entre ellos? Bueno, hay cierta discrepancia en esta materia. Algunos defienden que son dos cúmulos totalmente independientes, haciendo referencia a sus diferencias en cuanto a edad y localización. Otros sugieren, sin embargo, que se formaron en lugares distintos pero en la actualidad se están acercando entre sí, comenzando a interactuar poco a poco. Apoyan su teoría en los movimientos de las estrellas, que parecen apuntar en dicha dirección, de forma que estaríamos asistiendo a la unión de dos cúmulos totalmente distintos.

M38 posee un tamaño de unos 25 años luz, entre los que se esparcen  un centenar de estrellas de diferente brillo. Sus componentes tienen una edad de unos 220 millones de años, edad más que respetable para un cúmulo pero que palidece al lado de otros como Berkeley 17. Su compañero, NGC 1907, tiene unas 30 estrellas dispuestas en un espacio similar a M38, pero su edad media es de unos 500 millones de años, de ahí su tonalidad más amarillenta. Juntos, estos dos cúmulos forman una bonita estampa digna de admirar a bajo aumento en estas noches invernales. Para que entren ambos cómodamente necesité el ocular de 24 mm, con un grado de campo de visión. M38 aparece a la izquierda, estacando una veintena de estrellas con la característica forma de la letra “pi”, mientras que decenas y decenas de estrellas enmarcan el símbolo ocupando un área mayor de 20 minutos de arco. Al igual que ocurre con M35, NGC 1907 aparece al borde del campo, como un pequeño manojo de diminutas estrellas muy unidas entre sí, con forma de esfera algo alargada por uno de sus extremos. Cuento unas 20 componentes, si bien el número exacto es difícil de definir por lo agolpadas que se encuentran.

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La última parada de este recorrido por Auriga nos lleva bastante más lejos. Salimos de la región OB1 para realizar una inmersión en la región OB2, al doble de distancia, y disfrutar de un cúmulo estelar asociado a una nebulosa, NGC 1931. Realmente, es el cúmulo el que recibe dicha denominación, siendo la nebulosa Sh 2-237, del catálogo Sharpless. A 7000 años luz de distancia, este objeto es conocido por ser una versión en miniatura de la Nebulosa de Orión. Por un lado comparte su naturaleza, pues es una nebulosa de emisión y de reflexión que brilla al ser ionizada por sus estrellas internas. Por otro lado, podemos encontrar un trapecio formado por cuatro de sus estrellas, fácilmente visible desde un cielo oscuro (la estrella de menor brillo es de magnitud 14). Sin embargo, todo el conjunto presenta un pequeño tamaño, de apenas 3 minutos de arco de diámetro, con lo cual necesitará de grandes aumentos para poder apreciarlo como se merece.
Foto NGC 1931

Recibe el nombre de la Nebulosa de la Mosca, y en fotografías destaca su color rojizo debido al hidrógeno ionizado, que parece perfilar la forma de dicho insecto. Dos de sus estrellas internar son las culpables de su ionización, con un tipo espectral B0. La edad de la mayoría de sus componentes es de 10 de millones de años, con lo cual podemos entender perfectamente que todavía posea la cubierta primigenia que las creó y que, probablemente, siga formando algunas estrellas. Descubierta en 1793 por William Herschel, el almirante
Smith la catalogó poco después como una “nebulosa resuelta”, manifestando de esta manera su creencia de que todas las nebulosas no eran más que aglomeraciones de estrellas irresolubles si no se contaba con la suficiente abertura. En 1986 un estudio estimó que la nebulosa se encuentra bastante más alejada que el cúmulo, si bien las fuentes son ambiguas al respecto. Teniendo en cuenta otras nebulosas de la zona, como Sh 2-231, Sh 2-232 o Sh 2-235, se encuentran a la misma distancia, cuesta trabajo apoyar dicho estudio, ya que cúmulo y nebulosa forman una pareja totalmente consistente con su entorno, totalmente en consonancia con una región OB.

NGC 1931

NGC 1931 ya es visible en el buscador como una diminuta mancha apenas perceptible, y es al telescopio cuando adquiere suficiente entidad. Aparece entonces como una nebulosidad indefinida rodeando a varias estrellas. A mayores aumentos, a 214x y 300x en mi caso, las estrellas internas se dejan ver sin ningún problema, destacando en el centro un cerrado trapecio. Uno de sus lados, el más corto, está formado por dos estrellas excepcionalmente juntas, que necesitarán de altos aumentos para poder desdoblarlas. La nebulosidad adquiere forma redondeada, de unos 2 minutos de arco de diámetro, y con la visión adaptada se aprecia una prolongación que llega hasta un par de estrellas cercanas, rodeándolas con su velo fantasmal, más fácilmente visible con visión periférica. No tiene, claro está, la magnificencia de M42, pero también es digna de admirar.

Auriga nos reserva aún otros objetos y muchas noches de viaje astronómico, aunque después de este recorrido podemos decir que la conocemos un poco más, sobre todo en su región más central. Todavía nos quedan cúmulos, estrellas y nebulosas de todo tiempo esperando a ser descubiertas. Sin ir más lejos, muy cerca de estos objetos se encuentra una impresionante nebulosa con dos renacuajos navegando a su través, pero de eso hablaremos el siguiente día…

Hacia el corazón de Auriga (1ª parte)

Auriga domina el cénit al comienzo de las noches invernales, haciendo alarde de impresionantes cúmulos abiertos y nebulosas difusas. Pero Auriga es mucho más que eso, y es que guarda para sí algunos objetos verdaderamente interesantes. Este capítulo, así como una futura segunda parte, es un acercamiento a la constelación recorriendo un camino definido, comenzando en la periferia y acercándonos cada vez más hacia el corazón.

Comenzaremos usando como guía a la estrella iota aurigae o Hassaleh, una gigante anaranjada que apenas tiene unos 40 millones de años de edad. Sin embargo, al parecer ya está fusionando helio y formando carbono, y en un lapso relativamente corto de tiempo podría explotar en forma de supernova o apagarse como una enana blanca gigante, ya que su masa se encuentra rozando el límite entre ambas opciones. Al oeste de Hassaleh veremos un grupito de estrellas que resaltan en el buscador. Al final de ellas, ayudándonos de un atlas, llegaremos a nuestra primera parada en este fascinante viaje. Se trata de Palomar 2, un objeto especialmente difícil que necesitará cielos oscuros y limpios para poder intuirlo al menos. Es uno de los 15 cúmulos globulares pertenecientes al catálogo Palomar y, como tal, podemos adivinar que no será especialmente brillante. Su magnitud de 13 es engañosa, ya que su brillo superficial es bastante menor.

Foto Pal 12

Palomar 2 es un cúmulo ciertamente atípico. Como sabemos, los cúmulos globulares se agolpan alrededor del núcleo de nuestra galaxia, a unos 20.000 años luz de media, de manera que por este motivo podemos ver tantos en las constelaciones de Sagitario u Ofiuco, ya que se sitúan, desde nuestra perspectiva, rodeando al núcleo. Sin embargo, Palomar 12 yace en el lado opuesto (a 170º) del núcleo, y a una distancia de 110.000 años luz. No llega a ser el más lejano (recordemos a NGC 2419), pero sí se lleva el premio de ocupar las antípodas galácticas respecto al núcleo. Su bajo brillo se explica también porque está oculto por una gruesa capa de gases, que disminuye su magnitud en 1.5. Es un globular de tipo IV, relativamente concentrado en su núcleo, aunque al observarlo por el telescopio no distinguiremos ningún gradiente.

Palomar 2.png

Con poco más de 2 minutos de arco, es todo un desafío lanzarse a su búsqueda, pero nada nos impide observarlo. La noche que lo observé me hice camino a través de algunas brillantes estrellas, pero hay un momento en el que hay que “saltar” y navegar en una zona con estrellas especialmente débiles, que hacen la búsqueda algo más difícil. Una vez en el campo no pude ver nada, sólo un trapecio de estrellas que, según el atlas, guardaban al consentido halo en una de sus aristas. Me armé de paciencia y usé mayores aumentos, usando el ocular de 5 mm, que me daba unos 300x. La atmósfera no estaba para tirar cohetes, pero los mantuve lo mejor que pude. Finalmente, con visión lateral, conseguí ver una mínima nebulosidad justo en el punto donde Palomar 2 debía estar. Poco después volví a percibirlo, extremadamente débil. No había ningún detalle que me sugiriera su naturaleza globular, y si me hubieran dicho que era una lejana galaxia me lo habría creído. En cuanto miraba de forma un poco más directa el cúmulo desaparecía de la vista, desvaneciéndose en la lejanía. No obstante, me di por satisfecho al poder tachar uno más de la lista Palomar, y con renovadas energías fui hacia el siguiente objeto.

Se encuentra cerca de Palomar 2, y es una bonita y débil nebulosa planetaria denominada Kohoutek 2-1 o PK 173-05.1. Su naturaleza, sin embargo, ha dado lugar a discrepancias, ya que ha sido catalogada como galaxia (PGC 16765) y como región HII (LBN 809). Sin embargo, sus características físicas, morfológicas, su estrella central de magnitud 18 y su alta respuesta al OIII hacen clara su distinción como estrella moribunda. Se encuentra a medio camino entre Hassaleh y Elnath, beta tauri (ojo, que esta última estrella es de la constelación de Tauro, a pesar de ocupar uno de los vértices del clásico pentágono de Auriga).

Kohoutek 2-1 tiene unos 2.3 años luz de diámetro, y se encuentra entre 3.000 y 4.000 años luz de nosotros. Su magnitud, de 13.8, habla en favor de su debilidad, pero después de Palomar 2 nos sabrá a gloria. Comparte campo en el ocular con un buen número de estrellas de diferentes brillos, y su tamaño de más de 2 minutos de arco la hace perfectamente visible a bajos aumentos. La mejor visión la obtuve con el Hyperion de 13 mm, a 125 aumentos. La nebulosa, en un principio, se mostraba como una débil mancha apenas visible con visión lateral. Sin embargo, el filtro OIII realza enormemente su brillo y deja apreciar sin dificultad su forma circular. En su interior tres estrellas se dejan mecer por la nebulosa, si bien es la perspectiva quien las coloca ahí, ya que, como hemos dicho, su estrella central es de magnitud 18, fuera del alcance de nuestros ojos.

Kohoutek 2-1

El último objeto de esta primera aproximación ostenta un importante récord. Es el cúmulo abierto más antiguo que conocemos, con una edad que supera los 10.000 millones de años, tan sólo comparable a NGC 6791 en Lyra, con el que rivaliza por el podio (lo abordaremos en verano). Al hablar de M67 vimos un poco de la evolución de los cúmulos abiertos, comprendiendo que a medida que pasan los años las estrellas de los cúmulos se van apagando o dispersando por el espacio. Las 400 estrellas que conforman Berkeley 17 han aguantado, estoicas, manteniéndose a través del tiempo como una gran familia. En cualquier fotografía resaltan sus colores anaranjados y rojizos, como corresponde a estrellas de avanzada edad. El débil brillo de sus componentes, sumado a su distancia de 8.800 años luz, no pondrá las cosas fáciles para observarlo a través de nuestros telescopios.

Foto Berkeley 17

Es un objeto de brillo superficial bajo, y a la hora de cazarlo deberemos ir pensando en una débil nebulosa difusa, tal será inicialmente su aspecto. Una vez en la zona, cerca de Elnath, me costó un poco situarme, ya que hay cientos de estrellas ocupando cada hueco del ocular. Cuando localicé el sitio exacto pude notar una débil nebulosidad a medio camino entre dos estrellas más brillantes. Tenía cierta forma alargada, y me recordaba a la textura de la Vía Láctea en las noches de verano, algo más débil. La imagen me inspiraba cierto respeto, como si estuviera contemplando a un anciano en sus últimos días. Con visión indirecta algunas estrellas saltaban a la vista a lo largo de nebulosidad, salpimentando toda su superficie de una forma apenas perfectible. A sus estrellas más débiles se les estima una magnitud 16, al alcance de un Dobson 30 cm en noches diáfanas. Sentí emoción cuando pude verlas, como diminutos peces salpicando agua en un lejano estanque, como copos de nieve que caen sobre una piedra y aguantan unos segundos hasta derretirse. Berkeley 17 no es un cúmulo espectacular, no es llamativo ni en su forma ni en su composición, pero no debemos olvidar que estamos contemplando un verdadero fósil, una pieza de museo que debería enaltecernos con tan sólo intuirlo en ese rincón del cielo.

Berkeley 17

La estrella de fuego (IC 405) y NGC 1664

Hace unos 2 millones de años, cuando en la Tierra no se había descubierto el fuego, una llama se estaba preparando en el cielo, a 1.500 años luz de distancia. Tenemos que transportarnos al Trapecio de Orion, ese grupo de estrellas que se encuentra en pleno corazón de M42, un lugar donde se están gestando estrellas. Allí ocurrió en esa época una colisión entre algunas de las estrellas recién formadas, y fueron expulsadas bruscamente por la gravedad, alejándose de sus compañeras en diferentes direcciones. Tres de estrellas fueron AE aurigae, Mu columbae y 53 arietis, hecho que se ha descubierto gracias al seguimiento de su rápido movimiento. Volvamos al momento de la colisión y sigamos a AE aurigae, una estrella gigante azul que acaba de formarse y tiene una luminosidad 33.000 veces mayor que la de nuestro sol, con un radio 5 veces mayor. La estrella, empujada de su cúmulo, fue vagando por el espacio hasta encontrarse donde hoy podemos observarla, en el centro de la constelación de Auriga. A su paso por un espacio lleno de gas y nubes de polvo va dejando su huella. La inmensa luz que desprende va iluminando esta red enmarañada de gases su paso, que brilla fantasmagóricamente y cuyos fotones podemos percibir desde nuestro planeta en forma de llama, motivo por el que se conoce a este objeto como “The flaming star” (la estrella llameante).

IC 405 hace referencia a toda esa masa de gases que, en este Foto IC 405momento, es huésped del paso de una estrella que no encuentra su lugar. Es, a la vez, una nebulosa de reflexión y una nebulosa de emisión. Por un lado, la región iluminada por AE aurigae brilla en forma nebulosa de reflexión, reflejando la luz de la gigante azul. Por otro, la energía de la estrella es suficiente para ionizar la gran masa de hidrógeno molecular que rodea a la región, cuyos átomos excitados comienzan a brillar con luz propia en forma de nebulosa de emisión. En la fotografía anterior la nebulosidad de un tono morado corresponde a la zona de reflexión, mientras que la difusa y rojiza es la nebulosa de emisión. Es interesante fijarse en esta distinción, pues la región morada, de reflexión, es la que distinguiremos a través del telescopio (más o menos según el telescopio y las condiciones de observación). Todo el conjunto queda perfectamente plasmado en la APOD del pasado 10 de noviembre por parte de astrónomos de Cádiz:

Foto IC 405 APOD

Después de esta introducción podemos afrontar la observación de IC 405 de una forma más interesante, y conscientes de lo que estamos viendo. Se encuentra muy cerca del centro de Auriga, donde podemos ver, a simple vista, una hilera de estrellas que presentan aspecto nebuloso. Justo encima encontramos a AE aurigae, rondando la magnitud 6 (es una variable de corta amplitud). Para ver IC 405 es mejor no usar aumentos muy elevados. La mejor vista la obtuve con el Hyperion de 13 mm, a 125 aumentos, ya que es el que más me oscurece el cielo sin perder detalles. De entrada lo primero que se ve es una débil nebulosidad rodeando a la estrella principal, que forma un característico grupo con otras 5 estrellas, una especie de rectángulo que nos ayudará a orientarnos. La adaptación a la oscuridad y al campo de estrellas tiene que hacer su función y para ello tenemos que dejarle el tiempo que haga falta. Lo siguiente que pude apreciar claramente fue otro jirón de nebulosidad rodeando a la otras estrella brillante que forma uno de los vértices de este rectángulo, que se extiende un poco hacia AE aurigae. Tras dibujar estos detalles aparece como por arte de magia otro arco nebuloso por encima de la estrella principal, siguiendo la línea de tres pequeños astros. Los filtros no parecían ayudar mucho, así que prescindí de ellos.

IC 405

Lo interesante de dibujar algo sin conocer la forma del objeto por medio de fotografías es que la sugestión no juega ningún papel, y lo que se ve, se ve. Tras varios minutos más la principal nebulosidad se alargaba hacia arriba, con un saliente hacia otro lado que se perdía en la oscuridad del cielo. Otro manchón aparecía a unos 10 minutos de arco, aislado del resto. Supongo que si hubiera estado dos o tres horas habría acabado por unirse al resto de la nebulosa. El resultado final fue una curiosa y débil nebulosa con formas totalmente asimétricas y con delicadas curvas, como se puede apreciar en el dibujo. No me resultó fácil en absoluto, pero es un objeto agradecido a quien le eche algo más que un vistazo. Así es como una débil nube alrededor de la estrella pasa a ser una emocionante historia de colisiones, viajes a grandes velocidades a través de nubes de gas, prendiendo fuego a su paso como una gran llama… Conociendo lo que vemos y dedicando tiempo a ello tenemos el placer asegurado (teniendo buenos cielos, más aún).

No muy lejos de allí, por encima de Capella, tenemos un bonito cúmulo abierto, fácil de ver y de disfrutar, para contrarrestar el esfuerzo de ver la nebulosa. Se trata de NGC 1664, un bonito cúmulo situado a 3.900 años luz de nosotros. Está formado por unas 40 estrellas y no me di cuenta de su característica forma hasta revisar hoy el dibujo que hice esa noche. Ahora entiendo por qué se conoce como el “cúmulo de la cometa”, aunque a mí me recuerda más a un globo con forma de corazón, con la cuerda en su parte inferior. Hay una estrella brillante ajena al cúmulo que da un efecto interesante al conjunto. El ocular de 125 aumentos, como la mayor parte de las veces, fue el que dio la imagen perfecta. Más aumentos, para mi gusto, expanden demasiado el cúmulo y pierde atractivo. Pero para gustos, colores, y Auriga es una constelación tan rica en cúmulos abiertos que nos va a permitir ver una inmensa variedad de ellos. Sólo hay que coger un atlas y empezar a buscar.

NGC 1664