Detrás de la pared (Sh2-71)

La constelación del Águila  guarda un sinnúmero de objetos al alcance de telescopios de mediana apertura. Hoy vamos a estudiar una interesante nebulosa planetaria que se encuentra cerca del fantasmagórico globular NGC 6749:

Celestial Tapestry is Borne of Uncertain Parentage

Crédito: The Gemini Observatory/AURA

Hablamos de Sh2-71, catalogada por Sharpless como región HII aunque, como él mismo añadió, “pudiera ser una nebulosa planetaria”. Fue descubierta por Rudolph Minkowski en los 70, que la nombró como M1-90, y también es conocida como Pk 36-1.1. Detrás de todas estas denominaciones se esconde un objeto verdaderamente curioso, una de esas nebulosas planetarias cuya imagen nos impregna la retina y desafía nuestro entendimiento de este tipo de objetos. No tenemos aquí la típica esfera o anillo como podemos ver en M57; tampoco la estructura aparentemente bipolar de M27. Una brillante estrella que ocupa su centro podría explicar en parte esta irregularidad, pues es una binaria eclipsante (varía de magnitud 13.2 a 14 en un período de 17 días), y como tal puede producir cambios en la “dispersión” del gas de la estrella moribunda. Sin embargo, su radiación ultravioleta no es suficiente para ionizar el gas que le rodea, con lo cual su papel como estrella central ha quedado en entredicho. Sin embargo, en 2008 se encontró una débil estrella azulada que reside exactamente en el centro de la nebulosa, cuya radiación sí bastaría para explicar la ionización del gas.

La distancia a Sh2-71 también es algo difícil de precisar. Parece seguro que se encuentra a menos de 3.200 años luz, aunque su situación en el cielo complica los cálculos, pues una inmensa cantidad de polvo y gas se interpone entre ella y nosotros. De hecho, si miramos al cielo a ojo desnudo, comprobaremos que la zona donde reside Sh2-71 está inmersa en la oscuridad que parece atravesar la Vía Láctea y cortarla en dos: es lo que se conoce como la Gran Grieta (Great Rift en inglés), un conjunto de nubes moleculares que comienzan a destacar desde la constelación del cisne y se prolongan hasta Ofiuco. Son nubes de hidrógeno con una tasa importante de proliferación estelar, invisibles en longitudes de onda normales por no recibir una luz externa que las ilumine. Sin embargo, cuando ojeamos la región en el infrarrojo podemos apreciar que brilla con extrema intensidad. Este complejo de nubes moleculares se sitúan a una distancia estimada entre 500 y 1500 años luz, con lo cual no cabe duda que suponen un obstáculo para la luz que sale de Sh2-71, que se  ve oscurecida de manera importante.

Estas nubes moleculares tienen parte de la culpa de la dificultad que podemos encontrar a la hora de observar resta nebulosa planetaria. No obstante, bajo un cielo oscuro puede llegar a ser más sencillo de lo que uno podría imaginarse. Tiene una magnitud de 12.3 y un bajo brillo superficial, respondiendo de manera favorable al uso de un filtro OIII, aunque si estamos bajo cielos oscuros y usamos altos aumentos puede que prefiramos no usarlo. De entrada aparece como una débil mancha difusa sin una forma definida, aunque poco a poco se va definiendo su silueta rectangular, alcanzando una longitud de unos 2 o 3 minutos de arco. En el centro, con visión lateral, se aprecia sin dificultad una débil estrella, la que durante mucho tiempo fue considerada la estrella central  (podemos aprovechar para intentar estimar su brillo, que varía entre la magnitud 13.2 y 14). Tras varios minutos de adaptación podremos distinguir un mayor brillo y engrosamiento de tres de los bordes de la nebulosa, como si fuera un difuso y fantasmagórico marco de la estrella central.

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El parto de una estrella (Parsamyan 21)

Cada vez disponemos de mejores telescopios, más grandes y de mejor calidad, con lo cual el número de objetos que podemos observar se va ampliando exponencialmente. Los catálogos tradicionales, como el Messier o el NGC, ya no son suficientes, y a veces buscamos más allá: ya no sólo buscamos objetos lejanos, sino que vamos tras el exotismo de muchos de ellos, y como muestra el objetivo de hoy: Parsamyan 21.

Su nombre puede hacer que se nos agudice el oído, pues es un objeto relativamente “raro”. También se conoce como GC 19.26.6.01, y su naturaleza es verdaderamente interesante. Corresponde a un tipo de estrellas variables conocidas como FU orionis, recibiendo nuestra protagonista el nombre de HBC 687 o Herbig-Haro 221 (si quieres recordar más sobre los cuerpos Herbig-Haro haz clic en este enlace). Este tipo de estrellas son extremadamente jóvenes, envueltas aún en la nube de gas y polvo que les ha visto nacer. Este  gas va girando a su alrededor, produciendo eclipses cada cierto tiempo que resultan en el oscurecimiento de la estrella. Producen intensos vientos estelares de hasta 1000 km por hora, capaces de remover el disco de acreción que van formando a su alrededor. Parsamyan 21 es parte de la masa de gas que envuelve a HBC 687, una nebulosa de reflexión que brilla al reflejar el brllo de la estrella central. Su rápida rotación ha producido la emisión de gas en forma de dos chorros bipolares, uno de los cuales se puede apreciar con un telescopio de apertura moderada bajo un cielo oscuro.

Parsamyayn 21 se encuentra en la constelación del Águila, cerca de la interesante nebulosa planetaria NGC 6804. Es pequeña, alcanzando apenas un minuto de arco en su eje mayor, por lo que no debemos dudar en usar altos aumentos. Una vez tengamos localizada la nebulosa observémosla con paciencia y con visión indirecta. Si la atmósfera es estable no tendremos problema en ver una diminuta mancha nebulosa, casi como una estrella gruesa y desenfocada. El matiz viene cuando insistimos en su observación y esa pequeña mancha parece vestirse con una débil cola de gas, tomando el aspecto de un lejano cometa con sus bordes muy definidos. Es verdaderamente curioso contemplar un objeto de esta naturaleza, más aún si somos conscientes de lo que estamos viendo. En poco tiempo todo el gas circundante quedará disipado y Parsamyan 21 desaparecerá para dejar lugar a una solitaria estrella

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El cúmulo de Hind (NGC 6760)

La constelación del Águila no tiene ningún objeto del catálogo Messier, pero tiene entre sus dominios cientos de interesantes objetos, especialmente del New General Catalogue. Hoy vamos a estudiar uno de sus cúmulos globulares, situado por debajo de una de sus alas, una zona en la que proliferan los cúmulos abiertos y las nebulosas planetarias.

Foto NGC 6760

NGC 6760 es una gran esfera de estrellas, un cúmulo globular con más de 300.000 componentes. Dista de nosotros unos 24.100 años luz, rozando el disco galáctico, motivo por el cual aparece más “apagado” de lo que debería, por todo el polvo que enturbia su línea de visión. Fue descubierto en 1845 por  John Russell Hind, un astrónomo británico que nos sonará por ser el descubridor de la Nebulosa Variable de Hind, en Tauro, aunque destacó en muchos otros campos, especialmente como buscador de asteroides y experto en estrellas variables (sobre todo las R leporis y T tauri). NGC 6760 es un cúmulo bastante disperso que no presenta un marcado gradiente, perteneciendo a la categoría IX de Shapley-Sawyer.

Su magnitud es de 8.9, al alcance de pequeños telescopios, aunque su brillo superficial es bastante tenue, así que necesitaremos cielos bastante oscuros para poder disfrutar de esta gran familia de soles. A bajo aumento aparecerá como una mancha difusa y redondeada, más evidente con visión lateral, de unos 3 minutos de arco di diámetro. Apenas hay diferencia entre el núcleo y la periferia, tan sólo podemos adivinar un discreto aumento de brillo conforme nos acercamos al centro. Algunas estrellas comienzan a dejarse ver en las regiones más externas, dos o tres más brillantes y otras tantas mucho más débiles. El cúmulo presenta un aspecto grumoso, que tras una completa adaptación a la oscuridad se manifiesta con minúsculos puntos flotando en la nube, como pequeños granos de harina que se hubieran dejado caer allí arriba. La noche que lo observé reinaba una calima como pocas he visto, ocultando la mayor parte de las estrellas a simple vista. Sin embargo, me sorprendió la calidad de imagen que pude obtener con NGC 6760. No obstante, a posteriori he vuelto a observar el cúmulo y he podido comprobar que esas pequeñas estrellas que solo se adivinaban son en realidad más brillantes y numerosas, poblando esa esfera difusa de un extremo a otro, habitantes diminutos de un inmenso mundo cósmico.

NGC 676'0

Turbulenta NGC 6778

El Águila es una de las constelaciones más rica en nebulosas planetarias que podemos encontrar, desplegando un ingente número de ellas pertenecientes a múltiples catálogos. Hoy vamos a estudiar una pequeña pero interesante planetaria que se encuentra bajo una de sus alas.

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Crédito: IAA-CSIC

Hablamos de NGC 6778, una nebulosa que se sitúa a unos considerables 10.800 años luz de distancia, en uno de los extremos del brazo de Sagitario. Fue descrita por Albert Marth en 1863, aunque hay algo de discordia en cuanto a su descubridor, ya que Wlliam Herschel se adelantó al describir NGC 6785, un objeto que parece coincidir con NGC 6778 y que bien podría haber sido el mismo.

Las nebulosas planetarias se suelen formar en dos etapas bien diferenciadas: una primera en la que la estrella alcanza la rama asintótica gigante, expandiendo sus capas externas tras haber consumido el hidrógeno de su núcleo (al contraerse aumenta la temperatura en sus capas externas y, consecuentemente, se produce una importante expansión); la segunda fase tiene lugar cuando la expulsión de capas externas deja al descubierto el núcleo de la estrella, extremadamente caliente, de manera que se produce radiación ultravioleta que ioniza el gas expulsado, comenzando la joven nebulosa a relucir con brillo propio, así como nuevas oleadas de gas expulsado a gran velocidad. Durante todo este proceso pueden producirse cambios que afectarán al final de la estructura planetaria, y eso es lo que ha ocurrido con NGC 6778. Su estrella central no es una sino un sistema binario, dos estrellas que se encuentran muy cercanas entre sí y que orbitan una a la otra en apenas 3 horas y media. De hecho, ambas estrellas se encuentran bajo una envoltura gaseosa común, ocultas a nuestros curiosos ojos. Esta disposición ha dado lugar a que se formara, en primer lugar, un anillo gaseoso ecuatorial, una especie de torus que delimitaría, con posteridad, la creación de dos lóbulos bipolares, grandes cavidades de gas que se abrieron a ambos lados. Unos mil años después se produjeron los jets que, finalmente, esculpirían la nebulosa tal cual la vemos hoy. Estudios recientes dejan claro que los lóbulos se han visto alterados por un evento violento con emisión de masa, una explosión interna que sembró de irregularidades sus regiones más externas. No hay pistas todavía sobre cuál pudo ser la naturaleza de tal evento, así que toca esperar a que se realicen nuevos estudios y clarifiquen un poco la situación.

Encontrar NGC 6778 no es especialmente dificil si vamos saltando de estrella en estrella. Si observamos a bajo aumento aparecera como una pequeña estrella desenfocada, y soĺo tenemos que colocar delante del ocular un filtro OIII para comprobar que una de las estrellas no se oscurece. Es cuando usamos altos aumentos cuando podemos apreciar los detalles de esta interesante planetaria, ya que apenas tiene medio minuto de arco de diametro. A 214 aumentos pude distinguirla como una pequeña y brillante mancha alargada, fácilmente visible incluso con visión directa, gracias a su magnitud 12. Aprovechando la estabilidad atmosférica decidí probar el ocular de 5 mm, que me proporcionaba unos considerables 300 aumentos. Para mi sorpresa la nebulosa no perdió definición, pudiendo apreciar, con un poco de paciencia, sus dos lóbulos bien diferenciados, como si fuera una versión en miniatura de M76. No había rastro de la estrella central, demasiado debil para intuirse si quiera, pero el hecho de poder apreciar detalles en un objeto tan pequeño ya es reconfortante.

NGC 6778

Breve historia de un cúmulo globular (NGC 6749)

Los cúmulos globulares, que nos parecen tan alejados del tumultuoso disco galáctico, no tienen una vida precisamente tranquila. Hay dos grandes poblaciones de estos cúmulos en nuestra galaxia, los que se encuentran más cercanos al núcleo, en el bulbo, y los más alejados o cúmulos del halo. Según pertenezcan a uno u otro grupo sus características serán diferentes, de manera que los más internos son especialmente ricos en metales (elementos más pesados que el hidrógeno y helio). Los cúmulos del halo, más alejados del tumulto galáctico (supernovas, nubes moleculares en interacción…) se han formado en un medio “libre de humos”, exento de dicha concentración de elementos pesados, por lo cual sus estrellas son ricas en hidrógeno y helio. Todas estas esferas estelares van girando alrededor del núcleo galáctico como una canica que se lanza al lavabo. Si su velocidad es demasiado elevada (velocidad de escape) acabará saliendo disparada por el borde; de otra manera, irá perdiendo gradualmente energía hasta caer finalmente en el oscuro sumidero, que en nuestro ejemplo sería el centro más denso de la Vía Láctea, lugar de residencia de nuestro agujero negro supermasivo.

Durante la mayor parte de su existencia (algunos llegan a los 13.000 millones de años) los cúmulos globulares vagan alrededor de la galaxia sin grandes cambios, perdiendo sutilmente energía, de manera que al final de su vida la gravedad vence la partida y son atraídos al centro galáctico. Algunos sobreviven a su paso por el centro, a costa de perder gran parte de su población de estrellas, aunque luego volverán a ser arrastrados nuevamente, de manera que es imposible que escapen de su inexorable destino. No sólo tienen que luchar contra la gravedad del núcleo de la galaxia, sino contra la gravedad del conjunto de estrellas y gases que pueblan el bulbo.

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NGC 6749 era un cúmulo solitario y tranquilo hasta que, recientemente, la gravedad se empeñó en atraerle al centro de la galaxia. Se formó hace 13.000 millones de años en el halo galáctico, algo que sabemos gracias a su composición pobre en metales. Recientemente atravesó el centro de la galaxia, encontrándose hoy a menos de 1000 años luz del eje ecuatorial de la galaxia, siendo el globular más “céntrico” de cuantos conocemos Se encuentra situado, desde nuestro punto de vista, justo detrás de la Gran Nube del Escudo, una inmensa aglomeración de estrellas con una masa estimada de 10.000 millones de masas solares. Si a eso sumamos, la masa de la barra central de nuestra galaxia (20.000 millones de masas solares) y la del propio bulbo galáctico, que posee un 30% de la masa total de nuestra galaxia, el resultado es tan descomunal que NGC 6749 no tiene ninguna posibilidad de salir ilesa: está rozando ese anillo metálico de la boca del sumidero del lavabo, y es cuestión de tiempo que tanta fuerza termine por dispersas todas sus estrellas.

NGC 6947 es un cúmulo de pequeño tamaño, estimándose su diámetro en unos 45 años luz, y extremadamente difuso, tanto que en la categoría de Shapley-Sawyer ocupa el número XII, el último número de la lista. Otra causa de su dificultad observacional es el oscurecimiento que sufre por su situación. Miles de millones de estrellas pertenecientes al brazo de Orión, así como a todas las estructuras mencionadas, se interponen en nuestra visión, sumado a una gran cantidad de gas, remanentes de supernovas y polvo en general. NGC 6749 alcanzaría una magnitud 4 veces más brillante de no ser por las estrellas y el polvo que bloquean su visión. Su magnitud visual es de 12.4, siendo sus estrellas más brillantes de la 16.5.

Hay algo de discordancia en cuanto a la identificación de este objeto, ya que John Herschel, en 1827, lo describió como “un cúmulo de débiles estrellas dispersas que ocupan todo el ocular”, siendo su posición además 8 minutos más alejada del cúmulo globular. Parece que Herschel pudo haber catalogado simplemente una región más densa de la Vía Láctea, ya que con su telescopio difícilmente podría haberlo resuelto, y su descripción no se adapta a la realidad que hoy conocemos. Y es que NGC 6749 es un cúmulo extremadamente débil, uno de esos objetos con un brillo superficial tan bajo (de 21.8) que se aprecia como un tenue fantasma con visión lateral (tiene fama de ser el cúmulo del catálogo NGC más difícil de ver). Aproveché para observarlo una visita al Veleta, el punto más alto de Sierra Nevada al que se puede llegar en coche, con una atmósfera inmejorable. La única pega esa noche fue el frío viento que nos sorprendió con poco abrigo, pero la calidad visual de los objetos hizo que mereciera la pena. De hecho pude apreciar el brillo tenue y disperso de NGC 6749 sin gran esfuerzo, con una brillante estrella marcando uno de sus bordes. Con visión lateral sus límites se expandían algo más, alcanzando unos 4 minutos de arco de diámetro. Con el paso de los minutos algunas minúsculas estrellas se asomaron en la periferia, para desaparecer sobre la marcha, como una chispa incandescente que se encuentra excesivamente lejos. Me lo tomé como un regalo de la atmósfera cristalina en compensación por el frío que me estaba haciendo pasar.

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Sorpresas en la Vía Láctea (V Aql y NGC 6751)

Recuerdo la primera vez que vi una estrella roja. Hasta entonces nunca había imaginado que se vería tan clara, tan intensa, y la sorpresa que me llevé aún la guardo hoy en mi memoria. Llevaba pocos días con mi nuevo Dobson de 30 cm y decidí explorar a bajo aumento la Vía Láctea, apenas visible desde los cielos suburbanos desde los que observaba. Miles de estrellas aparecían tras el ocular, cruzándolo de lado a lado, por la constelación del Águila, y entonces la vi: una perla roja que contrastaba enormemente con el resto de estrellas que había a su alrededor, emitiendo destellos anaranjados y amarillos como si estuviera en llamas (valga la redundancia). Aparté la vista del ocular para comprobar que me encontraba en la cola del águila, y busqué el nombre de la estrella, que resultó ser V Aquilae. Descubrí así que hay estrellas de colores, colores que verdaderamente se aprecian, que no todas las estrellas tienen la misma composición, que hay estrellas de carbono que otorgan al cielo un punto vista más variopinto…

Hoy vamos a hablar brevemente de esta estrella y de una nebulosa planetaria que ha ido a parar a sus inmediaciones. V Aquilae es, por tanto, una estrella de carbono, un término que recordaremos de esta entrada anterior. Resumiendo un poco, la estrella, una vez ha agotado su combustible, tiene la masa suficiente como para fusionar el helio y formar una abundante cantidad de carbono, que se va desplazando a sus capas más externas. El carbono es un elemento que absorbe las longitudes de onda más azuladas, de manera que los colores que deja pasar son de la gama del rojo, naranja y amarillo, que en suma producen esa tonalidad tan característica. V Aquilae, en concreto, se sitúa a unos 1825 años luz de distancia, y brilla con una luminosidad 14.000 veces mayor que la de nuestro sol. Supera a nuestra con un tamaño 620 veces mayor, si bien es bastante más fría, con una temperatura de unos 2500 grados centígrados. Es, además, una estrella variable, emitiendo pulsos con una periodicidad de casi un año, variando entre la magnitud 6.6 y 8.4. Cuando la observé, el 11 de Julio de 2016, su magnitud estaba cercana a su máximo, ya que parecía ligeramente más brillante que una vecina estrella de magnitud 6.9.

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A bajo aumento ya se podía distinguir una pequeña mancha situada al otro lado del campo, redondeada y débil. NGC 6751 es una llamativa nebulosa planetaria situada a unos 6500 años luz de nosotros. Contrariamente a V Aquilae, la temperatura de su estrella central es extremadamente alta, llegando a los 140.000 grados centígrados. Es una planetaria joven y pequeña, de algo menos de un año luz de diámetro, que se está expandiendo a velocidades del orden de los 40 km por segundo. Tiene una bonita estructura anular, con algunas corrientes gaseosas más frías emitidas a alta velocidad que se dispersan radialmente, como los ejes de la rueda de un carruaje.

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Visualmente NGC 6751 es una nebulosa muy interesante, apareciendo a bajo aumento como una esfera pequeña y tenue que descansa en un campo extremadamente rico de estrellas. Si la noche es estable podemos usar sin miedo altos aumentos, ya que no pierde definición. Con el ocular de 5 mm llegué a los 300 aumentos, sorprendiéndome al distinguir, con relativa facilidad, una delicada estrella central. Decidí probar a colocar el filtro OIII, que aumentó enormemente el contraste de la nebulosa, a costa de perder una importante cantidad de estrellas. Sin embargo, con visión indirecta comprobé emocionado que la esfera no era homogénea, sino que sus bordes aparecían engrosados y más brillantes que el interior, mostrando una débil estructura anular. Cuando uno descubre estas estructuras sin conocer nada del objeto en cuestión la satisfacción es aún mayor.

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Una estrella roja como la sangre, un anillo de humo, un campo tan lleno de estrellas que incluso a elevados aumentos no dejan huecos libres entre ellas… Sin duda esta zona de la Vía Láctea merece la pena, y si navegamos sin rumbo por ella puede que nos encontramos con alguna que otra sorpresa.

Dos en uno (Abell 70)

Algo que tenemos que tener claro todos los que nos dedicamos a la astronomía es que no siempre vamos a poder ver lo que nos propongamos. En este blog suelo hablar de lo que veo, pero me parece fundamental, a veces, hablar de los pequeños fracasos, ya que en un futuro podremos tratar de resolverlos de otra manera. Así mismo, este artículo sirve como sugerencia de observación para aquellos poseedores de grandes telescopios, cámaras fotográficas o los que gusten de desafíos observacionales. Cuando me enteré de la existencia de Abell 70 y busqué en Internet, se me erizó el cabello al contemplar su imagen, y más aún cuando llegué a pensar que quizás, con un poco de suerte, alcanzaría a ver el tesoro que encierra. Y es que Abell 70 es una nebulosa planetaria, muy débil, con la increíble particularidad de estar superpuesta con una lejana galaxia que parece engarzada en uno de sus bordes, como la joya que corona un anillo.

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Crédito: Adam Block / Mt Lemmon SkyCenter / Universidad de Arizona

Se encuentra en la constelación de Águila y su distancia oscila entre los 13.500 y los 17.500 años luz. Se muestra como una nebulosa anular de bordes brillantes y definidos, dejando entrever en fotografías la pequeña estrella centra de magnitud 19 que ha dado lugar a tan llamativa imagen. Estudios recientes defienden que la estrella central es en realidad un sistema binario, siendo uno de los componentes una estrella de bario que, como vimos con anterioridad, se suelen producir cuando una estrella de carbono contamina a su estrella acompañante, en la cual se forma este pesado material blanquecino. La nebulosa es muy débil, su magnitud visual es de 14.3 y su brillo superficial no es precisamente remarcable. Aun así, no se puede negar que es una imagen tremendamente sugerente, ya que la perspectiva ha conseguido hacer que dos objetos parezcan estar en contacto, aún cuando se encuentran separados cientos de millones de años luz.  La galaxia, llamada PMN J2033-0656 supera la magnitud 16 y es una espiral vista de perfil con un brillante núcleo. Es, así mismo, una fuente importante de ondas de radio, probablemente debido a la acción de un agujero negro central, cuyo material de acreción, cayendo en sus garras, produce la emisión de radiación al exterior. 

Abell 70 no es un objeto fácil, tanto a la hora de observarlo como a la hora de encontrarlo, ya que se encuentra en una zona relativamente pobre de estrella y alejado de elementos fácilmente reconocibles. Aunque se encuentra en los dominios de la constelación Aquila, es mejor comenzar el viaje desde el extremo superior de Capricornio, ya que el objeto reposa al norte del límite entre Capricornio y Acuario. Una vez demos con el sitio exacto, lo más probable es que no veamos absolutamente nada, aunque si llevamos una buena adaptación a la oscuridad podremos empezar a notar que hay “algo” en el campo del ocular. Es preferible usar aumentos moderados, incluso altos, para oscurecer el cielo y aumentar las posibilidades de distinguir la nebulosa. Es al colocar el filtro OIII cuando Abell 70 cobra vida, extremadamente tenue, pero ya podemos incluso discernir su silueta redondeada, recortada sobre el fondo del cielo. Una vez conocida, al retirar el filtro la apreciaba con mayor facilidad, y pasé un tiempo considerable buscando algún rastro de la galaxia (la primera noche que la observé pasé hora y media tras el ocular en su búsqueda). Sin embargo, varias noches el intento fue infructuoso, por lo que tuve que asumir que no estaba al alcance de mi Dobson de 30 cm. Pero aun así no deja de resultar interesante observar algo sabiendo lo que hay detrás, y así Abell 70 ha pasado a formar parte de la pequeña lista que voy elaborando y que abordaré en cuanto tenga acceso a un telescopio de mayor envergadura. Lo bueno de la astronomía es que no hay prisas, y siempre habrá una segunda oportunidad para volverlo a intentar

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