Un fantasma en Virgo (NGC 4526)

La primavera se acerca y, con ella, las constelaciones de la estación, con su ejército de galaxias de infinitas formas y personalidades. La galaxia que os traigo hoy me cautivó en fotografía, motivo más que suficiente para buscarla con el telescopio en cuanto tuve la oportunidad.

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Situada en la constelación de Virgo, NGC 4526 es una galaxia lenticular que pertenece al Cúmulo de Virgo, del que hemos hablado en múltiples ocasiones: en concreto, forma parte del subgrupo Virgo B, compartiendo asiento con M49. Se sitúa a unos 55 millones de años luz de nosotros y cuenta con el honor de ser una de las galaxias lenticulares más brillantes conocidas. El elemento que más nos impresiona en fotografías es la inmensa espiral oscura que rodea el núcleo de la galaxia, una ingente cantidad de gas y polvo que otorga a NGC 4526 un aspecto verdaderamente fantasmal. En algunos lugares de esta oscuridad despuntan algunas zonas brillantes, zonas de formación estelar cuya luz escapa y llega hasta nosotros a pesar de las dificultades. En las zonas más internas de la galaxia hay un disco de gas que gira a gran velocidad, calculada mediante interferometría en 250 kilómetros por segundo. Esta técnica sirvió para confirmar la presencia de un agujero negro supermasivo en el núcleo de la galaxia, y, por primera vez, permitió calcular la masa del agujero negro mediante interferometría, obteniendo una cifra 450 millones de veces superior a la del Sol (para que nos hagamos una idea de la magnitud, el agujero negro de nuestra galaxia tiene 4.1 millones de masas solares).

No esperemos distinguir grandes detalles en esta galaxia: pese a tener una magnitud de 10.7, fácilmente distinguible con instrumentos pequeños, no veremos en ella brazos espirales ni manchas sugerentes que rompan la monotonía. Sin embargo, podremos sentir cierto cosquilleo en el estómago si tenemos presente la fotografía en nuestra mente cuando la observemos. NGC 4526 se nos presenta como una mancha ovalada de 7 minutos de longitud y 2.4 de anchura, relativamente homogénea en sus bordes, difusos, aunque presenta un núcleo bien llamativo, redondeado y contrastado con el resto del halo. Una vez observada esta galaxia podremos presumir de conocer a un miembro más de la inmensa familia que es el Cúmulo de Virgo.

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La Cabellera de Berenice (Melotte 111)

Queda poco para la Primavera, y cualquiera que trasnoche un poco en estas frías noches podrá comenzar a disfrutar de sus constelaciones habituales. A simple vista, si pasamos nuestra mirada sobre las constelaciones de Virgo y Coma Berenices, puede que nos dejemos sorprender por una amplia nubecilla que, en cuanto fijemos la vista, comprobaremos formada por numerosas y débiles estrellas. Se trata de un cúmulo conocido como la Cabellera de Berenice, uno de los más cercanos a nuestro Sistema Solar y una delicia para la vista si lo observamos con unos pequeños prismáticos de gran campo.

La leyenda

Imagen relacionada

Antiguamente la cola de la constelación de Leo llegaba mucho más allá de lo que lo hace hoy en día, de manera que el cúmulo que nos ocupa en este artículo marcaba el mechón de su cola. Sin embargo, en el siglo III antes de Cristo la situación cambió a raíz de la decisión de Ptolomeo III, rey de Egipto. Eran tiempos de guerra contra Siria, y el rey hizo un pacto con Afrodita: si su hijo volvía sano y salvo de la batalla, se le ofrecería a la deidad, como agradecimiento, la cabellera de su esposa, Berenice II de Cirene. Así ocurrió y, como había prometido, un mechón de la cabellera de Berenice fue colocado en el templo pero, tras la primera noche, alguien robó la ofrenda. Ptolomeo y Berenice armaron gran revuelo buscando al culpable, y apareció entonces en escena Conón de Samos, un astrónomo amigo de Arquímedes, que les tranquilizó diciendo que la propia Afrodita había bajado a recoger la cabellera para colocarla en el cielo, correspondiéndose con un grupo de estrellas que habían aparecido esa misma noche cerca de las constelaciones de Virgo y Leo. Así surgió la constelación de Coma Berenices, traducida como la Cabellera de Berenice.

El cúmulo

La cabellera de Berenice, además del nombre de la constelación, es un cúmulo disperso formado por unas 40 estrellas que han recibido el nombre conjunto de Melotte 111. Sus componentes se dispersan a través de 7 grados por el firmamento, con una magnitud conjunta superior a 4, por lo que es fácilmente distinguible si observamos desde un lugar oscuro. Hay algunas estrellas de tipo estelar K y M, indicando que no es una agrupación especialmente joven, habiéndose estimado su edad en unos 450 millones de años. Dista de nosotros unos 280 años luz, convirtiéndose así en la tercera agrupación de estrellas más cercana, por detrás, tan sólo, de las Híades y de la asociación estelar de la Osa Mayor.

Melotte 111

Observación

Hay varios alicientes para disfrutar de este grupo de estrellas. En primer lugar, es un delicado objeto a simple vista que, bajo condiciones óptimas, nos muestra una decena de diminutas estrellas que parecen envueltas en una halo de nebulosidad. Con prismáticos es todo un espectáculo, adoptando una forma de V con sus estrellas más brillantes pero plagado a su vez de astros más débiles: por momentos da la sensación de existir un centenar de ellos, aunque no todos pertenezcan al cúmulo propiamente dicho. Al telescopio la noción de cúmulo estelar se pierde: no hay ocular capaz de englobar a la totalidad de sus estrellas. Sin embargo, de esta manera podremos descubrir la Cabellera de Berenice de otra forma, y es que multitud de galaxias pululan entre sus estrellas, apareciendo como delicadas y tenues manchas nubosas: la mayoría de ellas se encuentran a distancias que oscilan desde los 40 o 50 millones de años luz hasta cientos de millones de años luz, y un buen atlas o aplicación se hacen imprescindibles si queremos saber por dónde navegamos. Algunas de las más llamativas y que merecen una visita son, sin duda alguna, NGC 4565, NGC 4414, NGC 4559 o el grupo compacto HCG 61, de las cuales os dejo los respectivos dibujos a continuación para motivaros a buscarlos:

El turbulento corazón de Perseo (Melotte 20)

Hoy vamos a hablar de un objeto fácilmente visible desde el hemisferio norte pero subestimado por no ser tan impresionante como algunos de sus congéneres, portador, eso sí, de una historia apasionante que viene arrastrando desde hace 50 millones de años. 

Un poco de historia

De hecho, para contar sus desventuras me gustaría que nos remontáramos al día en el que una inmensa bola de fuego surcó el cielo ante los atónitos ojos de los dinosaurios hace poco más de 65 millones de años. La inmensa explosión (que dejó como testimonio el cráter de Chicxulub) supuso el fin de la existencia de numerosas especies, pero permitió que otras se impusieran a la evolución y, gracias a esos cambios, nosotros podemos hoy disfrutar de nuestro apacible planeta. Pues bien, por aquel entonces, no muy lejos del Sistema Solar, había una inmensa nube molecular rica en hidrógeno, conocida como la Nube de Casiopea-Tauro. Estas nubes moleculares son el caldo de cultivo donde nacen las estrellas, debido a la condensación de sus átomos que, poco a poco, van formando núcleos densos que alcanzan tal temperatura (más de 10 millones de grados) que llegan a producir la fusión del hidrógeno y, con ello, el nacimiento de las estrellas. 

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La Nube de Casiopea-Tauro no debía ser muy distinta a esta imagen.

De esta manera, podemos decir que las nubes moleculares se condensan formando cientos o miles de estrellas, según su tamaño, y esto es lo que ocurrió con la Nube de Casiopea-Tauro, a unos escasos 400 años luz de nuestro Sol. En su centro predominaban dos importantes asociaciones estelares conocidas como Perseo OB3 y Cefeo OB6, que nacieron hace 50 millones de años, bastante después de que los dinosaurios pasaran a mejor vida. Sus estrellas más masivas crecieron y agotaron su combustible rápidamente (aunque pueda resultar paradójico, las estrellas más masivas tienen una vida mucho más corta porque consumen su combustible de una manera más rápida), y entonces explotaron como violentas supernovas, generando fuertes vientos y provocando que la Nube de Casiopea-Tauro se expandiera formando un anillo de gas conocido como Anillo de Lindblad. Este frente de choque estimuló, en los bordes del anillo, la creación de otras zonas de formación estelar (debido a la compresión del gas circundante) y así nacieron numerosas asociaciones como Orión OB2 o la asociación Escorpio-Centauro, que hoy podemos disfrutar con sus brillantes estrellas, como Antares en el escorpión. Estas asociaciones que han nacido a posteriori rodean al Sol y conforman lo que se conoce como Cinturón de Gould, del cual hablaremos otro día.

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Fuente. Esquema donde se ilustran las principales regiones OB que conforman el Cinturón de Gould.

 

El Cúmulo de Alpha Persei

Podemos imaginar la importancia que tuvo Perseo OB3, el cúmulo central de la Nube de Casiopea-Tauro, responsable de todos estos cambios en su (nuestro) entorno. Pues bien, esta noche vamos a dirigir nuestras miradas al corazón de esta nube ya extinta, porque aún podemos ver los restos de la asociación Perseo OB3, hoy constituida por un grupo de estrellas que se resisten a separarse a pesar de los 50 millones de años que han pasado desde su nacimiento. Se trata del Cúmulo de Alpha Persei, también conocido como Melotte 20, descrito por Giovanni Battista Hodierna en el siglo XVII como una nebulosidad aglomerada en torno a Alpha Persei. La mayoría de sus estrellas tienen una tonalidad blanco-azulada (al menos 60 son de tipo espectral B y A), indicativo de su temperatura superficial y, además, de su relativa juventud (con una edad de 50 millones de años la mayoría de sus estrellas ni siquiera han entrado en la edad del pavo, astronómicamente hablando). Mirfak, también conocida como Alpha Persei, es la estrella más brillante de la constelación de Perseo (con una magnitud de 1.79) y, además, aporta un tinte de contraste cromático, pues presenta una tonalidad blanco-amarillenta. Se estima que unas 140 estrellas, al menos, conforman el cúmulo en su totalidad, dispersas por un espacio de 84 años luz de diámetro, una densidad relativamente baja si lo comparamos con otros cúmulos abiertos, pero es lo que tiene que hayan pasado 50 millones de años: la segregación de las estrellas es algo inevitable y el motivo principal de que muy pocos cúmulos superen los 500 millones de años.

Melotte localizacion

Localización del Cúmulo de Alpha Persei

Observación

Para ver el Cúmulo de Alpha Persei no necesitamos más que nuestros ojos y un lugar oscuro, desde donde podremos observar, alrededor de Mirfak, el corazón de Perseo, un reguero de estrellas que forman una especie de semicírculo alrededor de la principal estrella. En cuanto lo observamos con prismáticos la percepción cambia, adoptando una interesante forma que podría asemejarse a un corazón algo deformado. Es grande, alcanzando los 3 grados de arco aparentes, por lo que es preferible observarlo con unos pequeños prismáticos, que nos permitirán ver un centenar de estrellas dispersas alrededor de Mirfak. La magnitud conjunta del cúmulo es de 1.2, un valor que no tiene mucho sentido cuando hablamos de objetos tan extensos. Al telescopio la noción de cúmulo se pierde, precisamente por su gran tamaño, por lo que, como mucho, podremos disfrutarlo con pequeños telescopios de focal corta y oculares que nos proporcionen un campo amplio.

Melotte 20

Alrededores

Este cúmulo, inmerso como está en el brazo galáctico de Perseo, comparte parcela celeste con innumerables congéneres, cúmulos abiertos que se encuentran más alejados. En el mismo campo podemos encontrarnos con NGC 1245, del que ya hablamos en esta entrada, y que aparece como una nubecilla extremadamente débil cuando lo observamos con los prismáticos. Este cúmulo, a diferencia de Melotte 20, muestras sus encantos cuando lo observamos al telescopio, pero su visión con prismáticos puede darnos una idea de las distancias cósmicas. Melotte 20, con sus estrellas bien definidas y de gran tamaño aparente, reside a una distancia que ronda los 500 años luz; NGC 1245, por el contrario, se encuentra situado a unos 8.000 años luz: ahora entenderemos, sin duda, la diferencia que perciben nuestros ojos. Por cierto, las estrellas de este último cúmulo son incluso más añosas que las de Melotte 20, alcanzando los mil millones de años. En la zona colindante a nuestro protagonista podremos observar algunas zonas relativamente pobres en estrellas que contrastan con el brillante cielo. Son, en su mayoría, regiones de gas ricas en hidrógeno en cuyo interior están proliferando estrellas, nebulosas oscuras que ocultan de nuestra vista las estrellas que brillan por detrás. Acompañados de un atlas podréis disfrutar de una constelación que tiene mucho más que ofrecer de lo que aparenta…

Melotte 20 detalle

Cuando en estas frías noches observemos el Cúmulo de Alpha Persei no nos olvidemos de todo el trasfondo que guardan sus estrellas. Imaginemos por un momento algunos de los átomos de hierro que salieron despedidos cuando explotaron las supernovas de Melotte 20, hace 50 millones de años; seamos conscientes, por un momento, de que es probable que algunos de esos átomos corran hoy por nuestras venas, conocedores de la historia de un largo viaje…

El complemento perfecto (NGC 5371)

Hoy toca complementar una observación que realizamos hace tiempo en la constelación de los perros de caza, Canes Venatici. Allí disfrutamos del grupo conocido como Hickson 68 (podéis leer el artículo haciendo clic aquí) y de esas dos estrellas de contraste cromático tan llamativo que conformaban un paisaje celeste verdaderamente memorable, que aprovecho para recordar:

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Pues bien, hoy nos desplazaremos unos cuantos minutos para observar una galaxia algo más grande y brillante que sus compañeras y que, sin embargo, pertenece al mismo grupo de galaxias, de la misma manera que M31 y la Vía Láctea pertenecen al grupo local.

Se trata de NGC 5371, una galaxia espiral que nos muestra su mejor frontal, con tres llamativos brazos espirales que giran alrededor de un brillante y amarillento núcleo donde se almacenan las estrellas más añosas. Los brazos, por el contrario, resplandecen con el azul intenso de las estrellas jóvenes que han nacido hace pocos millones de años, envueltas aún en las regiones HII que destacan con una tonalidad rosada. Fue descubierta por William Herschel en 1788, la misma noche que se topó con los principales miembros de Hickson 68. Su hijo, John Herschel, volvió a “redescubrirla” 44 años después, y un fallo en las coordenadas le llevó a catalogarla como NGC 5390, de manera que hay una entrada doble que hace referencia al mismo objeto. Los brazos tienen prolongaciones difusas y anchas que sugieren interacciones recientes con otras galaxias, y su alta tasa de formación estelar apoya dicha hipótesis.

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Crédito: Wikipedia

Si atendemos al desplazamiento al rojo, la galaxia se encuentra a una distancia de 110 millones de años luz, algo inferior a la de sus compañeras. Sin embargo, otros métodos estiman su distancia en unos 93 millones de años luz, que parece algo más acorde a la realidad. A esta distancia, su diámetro alcanzaría unos considerables 160.000 años luz, comparable al de nuestra propia Vía Láctea.

NGC 5371 tiene un diámetro aparente de 4.5 minutos de arco en su eje mayor y una magnitud visual de 11.3, por lo que está al alcance de telescopios pequeños bajo cielos oscuros. No es difícil verla como una mancha alargada al lado de una brillante estrella. Poco a poco, haciendo uso de visión periférica, podemos ir comenzando a notar algunos detalles de su interior. En primer lugar destaca el núcleo, brillante y redondeado, no llega a ser estelar. A su alrededor se dispone un halo difuso y débil, ovalado: inmerso en él podremos atisbar sus brazos espirales, o al menos algunas de sus porciones, en función de la apertura de nuestro instrumento. Con mi Dobson de 30 cm alcancé a distinguir el brazo principal, que comienza a desarrollarse en el lado opuesto a la estrella brillante, así como una pequeña porción del brazo que se encuentra al otro lado. Los cielos bajo los que observé no eran de los mejores, así que supongo que, con paciencia, puede exprimirse un poco más y alargar el recorrido de esas prominentes espirales.

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Hasta pronto, 46P/Wirtanen

Ayer fue una de las últimas noches en las que pudimos despedirnos en condiciones del cometa “de la navidad de 2018”, el 46P/Wirtanen, y no quería dejar pasar la oportunidad de obtener un recuerdo, aunque fuera dibujándolo desde la terraza de mi casa, bajo los cielos suburbanos de Huétor Vega, en Granada. Como ya sabréis, el cometa realizó su perihelio (paso más cercano al Sol) hace 4 días, siendo hoy, 16 de diciembre, el momento de su órbita en el que más cerca está de nuestro planeta, a una distancia 30 veces mayor que la que separa a la Luna de la Tierra, o 11.5 millones de kilómetros si queremos ser más precisos. Este acercamiento tiene lugar cada 5 años y medio, aunque sólo una de cada dos visitas es propicia para la observación, ya que en las restantes el Sol imposibilita su observación en el perihelio (en 2013 no pudo observarse hasta meses después del perihelio, y lo mismo ocurrirá en el acercamiento de 2024).

Este cuerpo formado por hielo y polvo llega a distanciarse del Sol hasta la órbita de Júpiter, y es la acción gravitatoria del gigante gaseoso la responsable de que haya sufrido cambios bruscos en su órbita y en su período durante el último siglo. Con un diámetro de 1.2 km, el cometa Wirtanen fue elegido como objetivo de la sonda Rosetta en 2004; sin embargo, un retraso en el lanzamiento de la nave obligó a cambiar el destino hacia el cometa 67P/Churyumov–Gerasimenko. Hoy en día hay una propuesta de la NASA para lanzar una sonda hacia el 46P/Wirtanen que fue denegada ya en 2012, siendo pospuesta para el 2022, así que este gélido cuerpo todavía podría dar mucho que hablar en los próximos años.

Si algo podemos criticarle a este cometa es el hecho de que no haya desplegado una flamante cola, que habría elevado aún más su categoría. No obstante, su elevado brillo nos ha permitido disfrutar durante muchas noches en los últimos dos meses, cumpliendo las expectativas previstas y siendo visible desde hace al menos dos semanas. La luna nos molestará a partir de estos días, así que cruzaremos los dedos para que siga brillando con intensidad posteriormente, a medida que sigue su camino hacia la Osa Mayor. Anoche se encontraba en un marco inmejorable, en el mismo campo que las Pléyades y no muy lejos de las Híades. Hoy apenas ha cambiado, pero las nubes enturbiarán su observación para la mayor parte de los observadores de la Península Ibérica. El tamaño de su coma alcanza más de un grado de diámetro y su brillo ronda la cuarta magnitud, pero no nos dejemos engañar. Es un brillo difuso que se ve muy afectado por cualquier fuente de contaminación lumínica. Si tenemos la suerte de observarlo desde el campo no tendremos problema en apreciarlo a simple vista. En mi caso, desde un cielo suburbano, fui totalmente incapaz, aunque con los pequeños prismáticos de 8×36 mm pude verlo sin mayores problemas. Aparecía como una esfera difusa que quisiera imitar a los grandes cúmulos globulares, con cierto gradiente desde el centro a los bordes y un núcleo puntiforme que a los prismáticos no mostraba mayor detalle. No obstante, con telescopio es posible notar irregularidades en lo más profundo del núcleo, usando aumentos suficientes y observando desde cielos oscuros. Esperemos que durante las siguientes semanas siga regalándonos interesantes vistas…

Cometa 46P.Wirtanen

Los misterios de Sh2-174

Nos encantan los objetos que crean polémica, y Sh2-174 es uno de ellos. Descubierto en los años 60, fue incluido en el catálogo Sharpless, que incluye objetos con una importante emisión en hidrógeno alfa y, generalmente un tamaño considerablemente amplio. La inmensa mayoría de estos objetos corresponden a regiones HII, lugares de formación de estrellas, aunque encontramos algunas excepciones.

Ya vimos una de estas excepciones en Sh2-188, y hoy vamos a pincelar algunas palabras sobre Sh2-174, una de las nebulosas planetarias más cercanas (probablemente la tercera) al Sistema Solar, situada a una distancia de apenas 980 años luz. Se encuentra en Cefeo, a tan sólo 9 grados de la estrella Polar, por lo cual es un objeto circumpolar que, desde el hemisferio norte, nunca se oculta bajo el horizonte. Esta “masa gaseosa” fue incluida en el catálogo Sharpless, dando por sentado que su emisión en hidrógeno ionizado se debía a que era una región HII. Sin embargo, posteriormente se comprobó que también presentaba una intensa emisión en OIII y, en los años 90, fue catalogada como una nebulosa planetaria (también conocida como Pk 120+18.1 o como LBN 598). ¿Por qué, entonces presenta una forma tan asimétrica y caótica? Principalmente porque es una nebulosa planetaria especialmente antigua, con una edad estimada en unos 50.000 años, superando con creces la edad típica de las planetarias añosas que apenas alcanzan los 10.000 años. 

Según un estudio publicado en 2014 (que podéis leer haciendo clic aquí), Sh-2 174 está atravesando una nube de hidrógeno de más de un grado aparente de longitud, que es la responsable de “despeinar” a la nebulosa planetaria a medida que avanza a través de ella. El primer contacto tuvo lugar hace 27.000 años, y desde entonces Sh2-174 sigue creciendo rodeada por el hidrógeno neutro de la nube (parte de este hidrógeno se encuentra ionizado, dando lugar a la coloración rojiza que apreciamos en las fotografías). 

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Por tanto, tenemos una nebulosa planetaria cuya estrella central se encuentra ocupando, prácticamente uno de sus bordes, desplazada al menos 4 años luz de su lugar original. La zona emisora de OIII sí rodea, sin embargo, la estrella central de una manera más simétrica. En la siguiente fotografía podemos detectar esa estrella, que es el astro azulado que ocupa el centro de óvalo del mismo color, justo a la izquierda de una estrella más brillante. Se ha denominado a esta estrella con el nombre de GD 561, una pequeña enana blanca que, según algunos estudios, pudiera formar parte de un sistema binario con otra débil compañera.

Si queremos observar esta nebulosa tenemos que tener en cuenta que su brillo superficial es bajo. Si nos acordamos de otras planetarias como Sh2-188 o Abell 31 podremos hacernos una idea de lo que vamos a observar. Es grande, con unos 8 minutos de arco de diámetro, y se encuentra en un campo relativamente poblado de otras estrellas. Es mejor usar bajos aumentos y un filtro OIII para aumentar el contraste. En mi caso la observé sin dificultad a 65 aumentos, incluso sin filtro, si bien el uso de éste mejoraba su visibilidad ostensiblemente. Pude distinguirla como una mancha alargada y débil, visible fácilmente con visión periférica, de bordes difusos aunque bien definidos. Una estrella ocupaba su borde meridional, mientras que otra más débil aparecía inmersa al otro lado, aunque ninguna de ellas era su progenitora. Con un poco de imaginación uno puede ver esa fantasmal planetaria moviéndose rápidamente a través de la nube de hidrógeno a una velocidad de decenas de kilómetros por segundo. No olvidemos, tampoco, que es una de las nebulosas planetarias más longevas conocidas hasta el momento, atributos que convierten a Sh2-174 en un objeto digno de descubrir.

Sh2-174

 

Guirnaldas en M23

A veces nos perdemos buscando objetos lejanos, débiles y exóticos, y nos olvidamos que también los antiguos “clásicos” pueden ser también muy interesantes. Este verano decidí dedicarle un poco más de tiempo del habitual a un cúmulo abierto que ya descubrió Charles Messier en 1764.

Se trata de M23, también conocido como NGC 6494, en la constelación de Sagitario. Se encuentra en una zona tan repleta de objetos interesantes que puede pasar fácilmente desapercibido, a pesar de que cualquier par de prismáticos sirve para disfrutar de él bajo cualquier cielo. Es un cúmulo abierto que se sitúa relativamente cerca, a unos 2150 años luz de distancia. Su diámetro se estima es unos 15-20 años luz, espacio en el cual se agolpa más de un centenar de estrellas. No hay rastro de la nube molecular que dio lugar a la formación de este elenco de astros, cuya edad se estima en unos 220 millones de años, por lo que estamos ante un cúmulo relativamente añoso, de ahí que no se encuentre especialmente concentrado.

Localizar M23 no puede ser más fácil, pues su magnitud de 6.9 lo pone al alcance de cualquier instrumento (e incluso a simple vista bajo cielos perfectos). Ya con prismáticos resulta ciertamente llamativo, quizás incluso más que con telescopio, debido a su privilegiada situación entre cientos de estrellas de la franja lechosa que conocemos como Vía Láctea (Galileo ya se sorprendió al comprobar que esa nube blanquecina que atravesaba el cielo estaba formada por infinitas estrellas). Al telescopio no debemos olvidar que es un cúmulo con un gran tamaño aparente, de casi 30 minutos de arco de diámetro, por lo que debemos usar oculares de bajo aumento y gran campo para disfrutarlo en condiciones; de otra manera, perderemos la sensación de estar viendo una familia numerosa de estrellas. Cuando uno observa cúmulos abiertos siempre hay que intentar buscar algo especial, algo que diferencie un objeto de otro, y en este caso la peculiaridad que encontré fue la disposición de muchas de sus estrellas en forma de líneas curvas, como guirnaldas de un gran árbol cósmico, algo que no desentona con el frío que nos rodea estos días.

M23