Por las astas (las Híades)

La constelación de Tauro es huésped de uno de los cúmulos más fascinantes que podemos ver desde nuestro planeta, las Pléyades, pero también contiene entre sus dominios otra joya galáctica: las Híades. Conocidas desde hace miles de años, los griegos vieron en las estrellas de este cúmulo a las 5 hijas de Atlas, hermanastras de las Pléyades.

También conocidas como Melotte 25 o Collinder 50, es el cúmulo estelar más cercano a la tierra (si no tenemos en cuenta el Grupo de la Osa Mayor), situado a 153 años luz de distancia.  Su cercanía a nosotros ha permitido hacer uso del paralaje para estimar su distancia con exactitud. En 1869 Richard A. Proctor, astrónomo británico, se dio cuenta de que muchas estrellas del firmamento compartían el mismo movimiento y dirección que las Híades, lo cual hacía pensar que guardaban alguna relación. Posteriormente, en 1908, Lewis Boss confirmó  sus hallazgos, descubriendo que  las Híades estaban dejando un reguero de estrellas a su paso por el cielo, estructura que acuñó como Corriente de Tauro y que posteriormente sería conocida como Corriente de las Híades. Pero no acaban ahí las relaciones entre objetos celestes, y es que este cúmulo tiene la misma edad y metalicidad que las estrellas que forman M44, el cúmulo  del Pesebre. Además, también coinciden los movimientos de ambas agrupaciones, datos que han llevado a la conclusión de que las dos tuvieron un origen común en la misma nube molecular, separándose posteriormente.

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La edad de las Híades se ha estimado en unos 625 millones de años, una edad considerable para un cúmulo abierto. La mayoría de estos objetos se dispersan en menos de 100 millones de años, resistiendo tan sólo aquéllos con una masa especialmente elevada. La masa inicial de las Híades, concretamente, tenía que estar comprendida entre 800 y 1600 veces la masa del Sol.  De las cientos de estrellas que componen este cúmulo, cinco de ellas, las más brillantes, se encuentran a punto de convertirse en gigantes rojas: han consumido todo el hidrógeno que hay en sus núcleos y pronto comenzará la rápida expansión de sus atmósferas.

Las Híades se caracterizan por su curiosa forma en V, marcando el origen de los cuernos de Tauro. Sin embargo, bajo cielos oscuros es fácil darse cuenta de que sus estrellas más brillantes adoptan la forma de la letra Z. La estrella más brillante es Aldebarán, una de las más llamativas estrellas del cielo invernal y fácilmente reconocible por su tonalidad amarillenta, algo más anaranjada que Capella. Parece presidir el cúmulo, si bien su distancia es bastante inferior a la del resto de estrellas, apareciendo junto a ellas por simple efecto de perspectiva. 65 años luz nos separan de esta gigante roja de tipo espectral K5, cuyo diámetro es 44 veces mayor que el de nuestro sol. Forma un sistema doble con una enana roja que se encuentra a casi 2 minutos de arco de distancia y brilla con magnitud 12. El cúmulo mide unos 5 grados de arco de diámetro, que a la distancia estimada supone unos 33 años luz. Por tanto, para disfrutar su observación es preferible (casi indispensable) usar instrumentos de muy bajo aumento. Lo ideal sería disponer de unos pequeños prismáticos que posean un gran campo aparente.  En mi caso pude usar los 8×30 Kite Lynx HD que me prestó Leo, perfectos para este tipo de objetos. El cúmulo se encuadraba perfectamente dentro del campo, con sus decenas de estrellas brillando puntuales, dispersándose alrededor de las más llamativas.

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