Un mes de hibernación

Como habréis podido comprobar, últimamente el ritmo de publicaciones ha decaído de forma súbita… Y no, no me he cansado de escribir, tengo todavía una lista de dibujos pendientes y montones de objetos interesantes (¿Conocíais los cúmulos globulares Terzan? Os traeré dos de ellos a la vuelta). Lo que pasa es que, por diversos motivos, necesito una máquina del tiempo para robarle horas al día. Por un lado, estoy con los exámenes en la UNED, me apunté a la carrera de física para tener una base más sólida y estoy lidiando día y noche con las derivadas y funciones… Por otro lado, voy a pasar un mes en una aldea del Sáhara como cooperante, con lo cual estaré imposibilitado para escribir nada hasta finales de febrero (por supuesto, aprovecharé para disfrutar algo de sus cielos y os contaré a la vuelta). Además, estoy inmerso en un proyecto del que todavía no diré nada, algo relacionado con varias publicaciones sobre astronomía que verán la luz muy pronto y que me va a consumir aún más tiempo. En fin, prometo seguir con el blog a la vuelta de mi viaje, mientras tanto iré publicando y compartiendo noticias en el facebook del Nido del Astrónomo. Por allí seguiré disponible para cualquier consulta o sugerencia. ¡Aprovechad estas noches para observar, que las nubes nos han dejado un respiro y la Luna no deslumbra lo suficiente!

Fantasmas estivales (Palomar 6)

Hay que aprovechar las condiciones propicias para intentar ver más allá de nuestras posibilidades, y una de estas condiciones se dio el pasado verano, cuando me encontré bajo los oscuros cielos de la Sierra en Postero Alto, pudiendo observar estrellas que rondaban la magnitud 6.5. Además de disfrutar con llamativas galaxias y nebulosas, decidí aventurarme en las profundidades del polvo y gas de nuestra galaxia  para intentar desentrañar algunos de sus objetos mejor escondidos… Allí pude encontrar algunos cúmulos globulares verdaderamente débiles, que hacen justicia al término anglosajón obscure.

Hoy os hablaré de Palomar 6, uno más de la selecta lista que engloba a los 15 globulares que fueron encontrados a partir de fotografías obtenidas en el Observatorio Palomar. Ya había podido observar algunos de sus hermanos, como Pal 2, Pal 7, Pal 11 o Pal 12, y no quería perder la oportunidad de ampliar la familia. Palomar 6 se encuentra en los dominios de Ofiuco, aunque para llegar hasta él es más sencillo si salimos desde Sagitario. El cúmulo dista de nosotros algo menos de 20.000 años luz, especialmente poco para lo débil que aparece ante nuestros ojos. Sin embargo, la culpa de su debilidad estriba, como hemos apuntado hace un momento, en su situación especialmente cercana al centro galáctico (se encuentra, tan solo, a unos 2.000 años luz sobre el plano de la galaxia), oculto tras una densa maraña de polvo y gas. Palomar 6 brilla con una magnitud de 11.6 (su brillo superficial es mucho menor, sin embargo) y tiene un tamaño aparente de 1.2 minutos de arco. Para encontrarlo tenemos que prepararnos con una buena dosis de paciencia y adaptación a la oscuridad, aunque también es verdad que no es de los cúmulos Palomar más débiles que existen. Una vez lo tengamos en el campo del telescopio tenemos que respirar con calma y relajar la mirada, intentando encontrar la más mínima diferencia de brillo con respecto al fondo. No hay una gran cantidad de estrellas colindantes, lo cual ayuda a centrar nuestra atención. En mi caso, con el Dobson de 30 cm, comencé a notar su presencia a los pocos minutos de observarlo, a 115 aumentos. Aparecía como una mancha pequeña y apenas perceptible, en el umbral de la visibilidad, un fantasma redondeado que sólo se dejaba ver con visión lateral. A 214 aumentos la nube prácticamente desaparecía de la vista, aunque podía distinguir una decena de estrellas en su seno, diminutos habitantes de un lejano mundo.

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Lagarto impostor (NGC 7243)

La constelación del Lagarto, Lacerta, dice más bien poco a la mayoría de aficionados: débiles estrellas que zigzaguean en una región del cielo que pocas pistas nos da para encontrarlas; la ausencia de famosos y brillantes objetos se encarga del resto. Sin embargo, no todo está perdido, pues podemos observar un buen puñado de interesantes cúmulos, e incluso algunas nebulosas planetarias y galaxias, sólo tenemos que darle una oportunidad. NGC 7243 es un cúmulo abierto que fue descubierto por William Herschel en 1788. Se encuentra a unos 2500 años luz de distancia y sus estrellas, jóvenes, apenas cuentan con una edad de 75 millones de años. lacertaSin embargo, la naturaleza de este cúmulo ha sido puesta en entredicho, sugiriéndose que no son más que una agrupación fortuita de estrellas que no guardan relación entre sí. Un estudio realizado a finales del siglo XX no encontró diferencias entre la abundancia de estrellas del supuesto cúmulo y el fondo. Se estudió el espectro de sus estrellas y tampoco coincidieron, dando a entender que, de haber un verdadero cúmulo, estaría formado tan solo por algunas estrellas dispersas.

Sin embargo, no podemos negar que NGC 7243 tiene algo especial, sea o no una familia de estrellas. Aunque el estudio de 1999 decía que no contenía más estrellas de las que se esperaban en esa  región del cielo, lo cierto es que si lo observamos bajo un cielo oscuro no nos cabrá duda de que en la zona indicada hay una gran cantidad de estrellas. Cierto es que todo el campo rebosa de diminutas estrellas, pero NGC 7243 presenta una mayor concentración de ellas, agolpadas en torno a una llamativa estrella doble que ocupa el centro. Este sistema, HD 211337, está formado por dos estrellas cuya magnitud ronda la 9.5, separadas entre sí por unos 9 segundos de arco (asequibles, por tanto, a cualquier telescopio). Unas cincuenta estrellas componen este ambiguo cúmulo, la mayoría de ellas de bajo brillo, contribuyendo a otorgar un cierto aire etéreo y delicado.

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Por las astas (las Híades)

La constelación de Tauro es huésped de uno de los cúmulos más fascinantes que podemos ver desde nuestro planeta, las Pléyades, pero también contiene entre sus dominios otra joya galáctica: las Híades. Conocidas desde hace miles de años, los griegos vieron en las estrellas de este cúmulo a las 5 hijas de Atlas, hermanastras de las Pléyades.

También conocidas como Melotte 25 o Collinder 50, es el cúmulo estelar más cercano a la tierra (si no tenemos en cuenta el Grupo de la Osa Mayor), situado a 153 años luz de distancia.  Su cercanía a nosotros ha permitido hacer uso del paralaje para estimar su distancia con exactitud. En 1869 Richard A. Proctor, astrónomo británico, se dio cuenta de que muchas estrellas del firmamento compartían el mismo movimiento y dirección que las Híades, lo cual hacía pensar que guardaban alguna relación. Posteriormente, en 1908, Lewis Boss confirmó  sus hallazgos, descubriendo que  las Híades estaban dejando un reguero de estrellas a su paso por el cielo, estructura que acuñó como Corriente de Tauro y que posteriormente sería conocida como Corriente de las Híades. Pero no acaban ahí las relaciones entre objetos celestes, y es que este cúmulo tiene la misma edad y metalicidad que las estrellas que forman M44, el cúmulo  del Pesebre. Además, también coinciden los movimientos de ambas agrupaciones, datos que han llevado a la conclusión de que las dos tuvieron un origen común en la misma nube molecular, separándose posteriormente.

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La edad de las Híades se ha estimado en unos 625 millones de años, una edad considerable para un cúmulo abierto. La mayoría de estos objetos se dispersan en menos de 100 millones de años, resistiendo tan sólo aquéllos con una masa especialmente elevada. La masa inicial de las Híades, concretamente, tenía que estar comprendida entre 800 y 1600 veces la masa del Sol.  De las cientos de estrellas que componen este cúmulo, cinco de ellas, las más brillantes, se encuentran a punto de convertirse en gigantes rojas: han consumido todo el hidrógeno que hay en sus núcleos y pronto comenzará la rápida expansión de sus atmósferas.

Las Híades se caracterizan por su curiosa forma en V, marcando el origen de los cuernos de Tauro. Sin embargo, bajo cielos oscuros es fácil darse cuenta de que sus estrellas más brillantes adoptan la forma de la letra Z. La estrella más brillante es Aldebarán, una de las más llamativas estrellas del cielo invernal y fácilmente reconocible por su tonalidad amarillenta, algo más anaranjada que Capella. Parece presidir el cúmulo, si bien su distancia es bastante inferior a la del resto de estrellas, apareciendo junto a ellas por simple efecto de perspectiva. 65 años luz nos separan de esta gigante roja de tipo espectral K5, cuyo diámetro es 44 veces mayor que el de nuestro sol. Forma un sistema doble con una enana roja que se encuentra a casi 2 minutos de arco de distancia y brilla con magnitud 12. El cúmulo mide unos 5 grados de arco de diámetro, que a la distancia estimada supone unos 33 años luz. Por tanto, para disfrutar su observación es preferible (casi indispensable) usar instrumentos de muy bajo aumento. Lo ideal sería disponer de unos pequeños prismáticos que posean un gran campo aparente.  En mi caso pude usar los 8×30 Kite Lynx HD que me prestó Leo, perfectos para este tipo de objetos. El cúmulo se encuadraba perfectamente dentro del campo, con sus decenas de estrellas brillando puntuales, dispersándose alrededor de las más llamativas.

Hiades