La estrella de Luyten

Las estrellas más cercanas a nuestro sistema solar tienen algo especial, son nuestras vecinas y, por tanto, podemos llegar a conocer bastante sobre ellas, además del interés que tiene pensar que, si alguna vez viajamos a las estrellas, serán ellas las primeras en recibir nuestra visita… Hoy vamos a centrarnos en BD+05 1668, más conocida como la Estrella de Luyten, una interesante enana roja que se sitúa a “tan sólo” 12.36 años luz de distancia.

Una enana roja es una estrella de muy baja masa: la estrella de Luyten tiene, en concreto, un cuarto de la masa de nuestro sol, cerca de la masa mínima necesaria para que pueda tener lugar la combustión de hidrógeno en el núcleo y la estrella pueda definirse propiamente como estrella. Su tipo espectral es M3.5, situándose en el extremo rojizo de la línea espectral, y su superficie alcanza los 2900 grados centígrados (puede parecer mucho, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que el Sol presenta una temperatura de unos 5700 grados). Esta temperatura es la que otorga a la estrella su tono escarlata, apreciable si se observa con cualquier telescopio. No podemos ver muchas enanas rojas con nuestros instrumentos, si bien son las constituyentes más abundantes de nuestra galaxia, estimándose que al menos tres cuartas partes del total pertenecen a esta categoría. Su bajo brillo es lo que juega en su contra. La estrella de Luyten presenta una metalicidad mucho menor que la del Sol, signo indirecto de una edad mayor, habiéndose formado en una época en la que había menor densidad de elementos pesados (diferentes del hidrógeno o del helio). Las estrellas de mayor masa son las que más rápidamente consumen su combustible, de manera que su vida es muy corta. Sin embargo, las enanas rojas fusionan su hidrógeno lentamente, por lo cual se estima que pueden llegar a vivir durante 200.000 millones de años: no podemos más que sorprendernos de la relativa fugacidad de nuestro sistema solar, que en apenas 5.000 millones de años habrá dejado de existir.

Diversos trabajos de finales del siglo pasado han estudiado la velocidad radial de la estrella mediante espectrómetros, sugiriendo algunos la presencia de un compañero orbitando a la estrella de Luyten con una masa excepcionalmente baja, aunque no hay nada claro al respecto. En todo caso, el objeto en cuestión podría ser una enana marrón o un planeta gaseoso gigante, pero tendremos que esperar hasta tener mejores datos. Lo que sí conocemos es que la estrella rota sobre sí misma a una velocidad muy lenta, menor de 1 km por segundo (el Sol se mueve a unos 2 km por segundo de media). Podríamos pensar que la poca energía que desprende haría inviable la posibilidad de que surgiera la vida en un planeta alrededor de la estrella de Luyten, aunque no es del todo correcto: como ocurre con el famoso planeta descubierto en Próxima Centauri, a una distancia muy cercana de la estrella las condiciones atmosféricas pueden ser similares a las nuestras, de manera que no podemos rechazar su habitabilidad en base a estos parámetros.

La estrella más cercana a la de Luyten es Procyon, que se encuentra a 1.2 escasos años luz. En el cielo de un hipotético planeta en el sistema de Luyten, Procyon alcanzaría una magnitud de -4.7, más brillante incluso que Venus visto desde la Tierra. Hace unos 13.000 años tuvo su mayor acercamiento a nuestro sistema solar, situándose a 12 años luz. Desde entonces se ha alejado 370 años luz, lo que equivale a un recorrido anual de casi 270 mil millones de kilómetros alejándose de nosotros.

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Encontrar la Estrella de Luyten no es difícil si partimos desde la brillante Procyon, aunque tendremos que navegar a través de algunas débiles estrellas haciéndonos camino hasta el destino. La estrella, visualmente, no supone un espectáculo portentoso, es un punto luminoso que brilla con un intenso tono anaranjado, con algunos destellos rojizos que contrastan con el resto de estrellas. Una de las cosas más interesantes que podemos hacer con la estrella es determinar su posición con bastante exactitud, plasmando la posición de las estrellas cercanas con la mayor precisión posible. Varios años después, cuando volvamos a observarla, podremos notar cómo se ha movido ligeramente, tal y como comprobó, en 1935, Wileem Jacob Luyten con la ayuda de Edwin G. Ebbighausen. La estrella de Luyten se mueve a la (asombrosa) velocidad de 3.74 segundos de arco por año. Puede parecer poco, pero es una de las estrellas accesibles a telescopios de aficionado más rápidas que podemos observar, y una prueba más para que nuestra mente comprenda que el universo está vivo y en continuo movimiento. En 16 años se habrá movido un minuto de arco, apenas un suspiro, pero los más pacientes serán capaces de detectar ese pequeño paso.

Fuera de lugar (NGC 2420)

El lugar de nacimiento de una estrella queda plasmado en su composición, impregnando el comportamiento que tendrá durante el resto de su vida. Este hecho, tan simple en apariencia, nos permite conocer datos extremadamente complejos, algo que vamos a comprobar con un cúmulo abierto que se encuentra en Géminis, muy cerca de NGC 2392, la nebulosa del esquimal.

La mayoría de cúmulos abiertos se encuentran a una distancia relativamente cercana al disco galáctico, lugar de gran formación estelar y “centro neurálgico” de la gran metrópolis que es nuestra Vía Láctea. Estos cúmulos situados en el disco tienen una gran metalicidad, que disminuye progresivamente a medida que nos alejamos de él. Uno de los principales indicadores de esta metalicidad es el hierro, elemento producido en el fragor de supernovas y cuya abundancia adopta un gradiente que disminuye a medida que nos alejamos del disco. Pues bien, NGC 2420 presenta una metalicidad similar a la de nuestro Sol y, sin embargo, se encuentra a la considerable distancia de 3000 años luz del disco galáctico. Este dato nos puede hacer pensar, de entrada, en dos posibilidades, ambas muy interesantes. Por un lado, se ha  especulado sobre el paso de una nube molecular que, por acción de la gravedad, habría arrastrado a NGC 2420 lejos del disco galáctico. Un contraargumento para esta hipótesis podría ser la ausencia del mismo comportamiento en otros objetos cercanos: si fuera el caso, lo lógico sería encontrar otros cúmulos o estrellas que hubieran sufrido la misma suerte (un tirón gravitatorio no tendría efecto sobre un solo cúmulo) y, por tanto, tuvieran una mayor metalicidad de la esperada. Sin embargo, podríamos rebatir dicha afirmación (un contra-contraargumento) con el pretexto de la edad de NGC 2420, ya que se ha estimado una edad de 2000 millones de años, extremadamente alta para un cúmulo abierto, lo cual significa que muchos de los cúmulos que habrían existido en su origen podrían haber desaparecido esparcidos por el espacio (pocos cúmulos abiertos superan los mil millones de años de vida). Sea como sea, otra posibilidad para la alta metalicidad de NGC 2420 sería que pertenezca a otra pequeña galaxia que se hubiera fusionado con nosotros, como ha ocurrido con algunos cúmulos globulares. Sin embargo, las galaxias enanas suelen tener una metalicidad muy baja, con lo cual tampoco encajaría muy bien con los datos que tenemos. Por supuesto, siempre tenemos una tercera opción, y es que los datos no sean del todo precisos, aunque diversos estudios coinciden en los números, por lo que sería algo poco probable.

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Crédito: Bernhard Hubl

Conscientes de la información que nos puede proporcionar la metalicidad, vamos a observar el cúmulo de una manera más visual. Es una gran aglomeración de 30 años luz de diámetro en la que se engloban unas 1000 estrellas, la mayoría con una vida estimada en 2000 millones de años, algo menos de la mitad que nuestro Sol. Su avanzada edad, teniendo en cuenta que es cúmulo relativamente compacto, se puede intuir también observando una fotografía de larga exposición, que nos mostrará estrellas de tonalidades anaranjadas y rojizas, algunas de ellas gigantes rojas con diámetros muy superiores al del Sol. Llama la atención el hecho de que existen multitud de parejas de estrellas con idéntica masa, gemelas estelares que forman sistemas binarios en una órbita compartida.

La distancia de NGC 2420, estimada en unos 10.000 años luz, jugará en su contra para que lo disfrutemos desde nuestro sistema solar, aunque en una buena noche puede, sin duda, llegar a sorprendernos. En mi caso lo observé con el dobson de 30 cm desde un cielo relativamente contaminado, con una magnitud límite de 5. Antes de ver el cúmulo hice una rápida visita a NGC 2392, tan deslumbrante como siempre, y luego, a 2 grados de distancia, me situé sobre NGC 2420. En un primer momento tan sólo vi unas pocas estrellas abigarradas, pero en cuestión de unos pocos segundos el cúmulo saltó a la vista como por arte de magia. Una quincena de débiles estrellas titilaban en el centro de la imagen, ocupando un área de entre 5 y 10 minutos de arco. Algunas más brillantes conformaban cerradas parejas, aunque la mayoría se aglomeraban sin forma definida. A 214 aumentos una tenue neblina se escondía tras las estrellas, fantasmagórica, nada más que un lejano reflejo del brillo conjunto de mil estrellas. Su forma era algo alargada y algunas otras estrellas podían adivinarse en el límite de resolución del telescopio. Desde cielos más oscuros, NGC 2420 debe de ser un verdadero espectáculo, otro de los tesoros que esta constelación alberga entre sus estrellas.

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Jonckheere 900, una planetaria en compañía

Robert Jonckheere fue un astrónomo dedicado a las estrellas dobles que trabajó, entre otros sitios, en el Observatorio Real de Greenwich. Confeccionó un catálogo de 3350 estrellas dobles con una separación menor de 5 segundos de arco, una versión ampliada de una lista escrita previamente y que fue publicada en 1912. Nuestra protagonista es hoy miembro de ese catálogo, ocupando el número 900. Sin embargo, Jonckheere 900 dista mucho de ser una estrella doble…

Masquerading as a double star

Robert la definió como una doble cerrada envuelta en una pequeña nebulosidad, aunque posteriormente otros astrónomos como Barnard no vieron rastro de la estrella doble. En lugar de ello, describió una nebulosa algo alargada con dos regiones muy pequeñas que destacaban sobre el resto de la superficie, lo cual podría ir en consonancia con su apariencia de estrella doble que habría confundido a Robert. Sea como sea, Jonckheere 900 es una nebulosa planetaria especialmente interesante, ya que a bajo aumento cualquier telescopio de baja apertura la verá como una estrella doble, pero basta con aplicar algo de aumento para separar la nebulosa de una cercana estrella de magnitud 12.6. J900 se encuentra a la respetable distancia de 16.000 años luz, y se encuentra formada por la emisión de gases de forma bipolar, todo ello envuelto por un halo que, desde nuestro punto de vista, adquiere una forma rectangular. El eje de J900 es perpendicular a nuestra línea de visión, de manera que la vemos de perfil, no siendo difícil imaginar la expansión de esas paredes gaseosas que arremeten contra el medio interestelar a gran velocidad. La estrella central, una débil enana blanca, tiene una magnitud de 17.8, quedando fuera del alcance de nuestros instrumentos.

Para encontrar J900 podemos partir de Alhena, la tercera estrella más brillante de la constelación de Géminis, bien alta en estas frías noches invernales. Alhena, también conocida como gamma Geminorum, es una estrella subgigante blanca de tipo espectral A0 que se encuentra a 105 años luz de distancia, y cuenta con el privilegio de ser la estrella más brillante que se ha visto ocultada por un asteroide (Myrrha, en 1991). Este encuentro óptico permitió conocer las características de la compañera de Alhena, que resultó ser una doble espectroscópica. La secundaria es una enana amarilla con una masa similar a nuestro Sol que completa un giro alrededor de la principal en unos 12 años. A 3 grados de esta estrella podremos encontrar Jonckheere 900, aunque su camino no es fácil saltando de estrella en estrella, ya que es un campo bastante poblado. Nuestro primer objetivo, una vez en la zona, será orientarnos y buscar el sistema doble, aunque sea a bajo aumento. Ya a 65 aumentos pude intuirla con el Dobson de 30 cm bajo un cielo contaminado, apareciendo como una estrella doble, con uno de sus componentes algo difuso. Tengamos en cuenta que esta no era la estrella doble a la que Robert Jonckheere hacía referencia: lo que él describía era un sistema binario envuelto por la nebulosa. Si colocamos un filtro OIII por delante del ocular comprobaremos que la mayoría de las estrellas se apagan excepto la que corresponde a la planetaria. Si usamos mayores aumentos aparece entonces un bonito disco nebuloso, de forma redondeada, extremadamente fácil de ver con visión indirecta e incluso de forma directa, que apenas alcanza los 0.3 x 0.25 minutos de arco de diámetro. Por supuesto, no hay rastro de la estrella central, así como tampoco de los dos lóbulos más brillantes, pero la imagen es tremendamente sugerente. No todos los días podemos observar un par formado por una estrella y una nebulosa planetaria: sabemos que es un efecto óptico, que la planetaria es mucho más lejana, pero la imaginación no entiende de palabras…

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M41 a través del ES 14 mm

Quería escribir algunos comentarios sobre el ocular Explore Sicentific de 14 mm con campo aparente de 82 grados, y voy a aprovechar la observación del cúmulo M41 para ello, ya que ilustra perfectamente las cualidades de dicho ocular. En primer lugar, como de costumbre, vamos a presentar a M41, también conocido como NGC 2287.

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Crédito: Asociación Eslovaca de astrónomos amateur

Como tantos otros objetos de esta zona, M41 es un cúmulo abierto situado en la constelación del Can Mayor, a apenas 4 grados de Sirio, la brillante estrella que goza de gran protagonismo estas frías noches invernales. Es extremadamente brillante, con una magnitud conjunta de 4.5, y posiblemente fuera descubierto por Aristóteles hace más de dos mil años. Sin embargo, la primera referencia escrita con seguridad sobre M41 data de 1654, cuando fue descrito por el siciliano Giovanni Batista Hodierna. Un siglo después Charles Messier lo añadiría a su famoso catálogo, ocupando el honorífico puesto que precede a M42, la Nebulosa de Orión. M41 se encuentra algo más alejado que la famosa nebulosa, a unos 2.300 años luz de distancia, situado en dirección opuesta al centro galáctico desde nuestro punto de vista. El cúmulo, por tanto, se encuentra en pleno disco galáctico, una zona de gran densidad de estrellas y nebulosas que se aglomeran a lo largo de la franja lechosa de la Vía Láctea. No es tan brillante como en el cielo de verano, pero sin duda se ve ensalzada por compartir cielo con Orión y Sirio, además de las otras perlas que pueblan el cielo de invierno.

M41 está compuesto por un centenar de estrellas con una vida media relativamente elevada, habiéndose estimado una edad en torno a 200 millones de años. Este dato puede intuirse a simple vista por la ausencia de grandes estrellas azules o nebulosidad de fondo, como ocurre con las Pléyades: predominan los tonos blanquecinos e incluso sus estrellas quedan salpicadas por algunos rubíes, que no son más que gigantes rojas. Haciendo un breve apunte teórico, las gigantes rojas son estrellas que han consumido el hidrógeno de su núcleo, transformándolo en helio, un elemento que necesita mayor energía para ser fusionado, de manera que la gravedad no encuentra tanta oposición y comienza a producirse el colapso de la estrella. Sin embargo, al disminuir su tamaño se produce un aumento de su temperatura, y así el hidrógeno de las capas más externas vuelve a fusionarse entre sí, desencadenando un aumento de energía y la expansión de la envoltura de la estrella, que alcanza dimensiones verdaderamente grandes. Al aumentar su tamaño el calor debe dispersarse por un volumen mayor, motivo por el que se enfría y se presenta con un color rojizo (en cuestiones de energía no debemos olvidar que el azul, en contra de lo que podría dictar la lógica cotidiana, es más caliente, mientras que el rojo es más frío).

Había observado algunas otras veces a través del Explore Scientific de 14 mm, un cómodo ocular cuyo campo aparente es de 82º, pero con M41 me decidí a disfrutar de él, buscando los matices que lo hacen especial. Llama la atención, en primer lugar, la gran extensión de cielo que se puede ver a través de sus lentes, tan grande que uno puede asomarse a los lados y ver estrellas que se escondían tras los bordes. Esa es la sensación que se conoce como “inmersión”, y verdaderamente da la impresión de estar sumergido en un submarino y asomado por una ventana de ojo de buey (o, en este caso, a través de la ventana de una nave espacial). En los bordes se puede apreciar cierta coma, pero aparece en la periferia del campo, de manera que no influye en la observación, el campo es tan amplio que la mayor parte presenta estrellas perfectamente puntuales y definidas. M41 dominaba un campo plagado de estrellas, formado por un centenar de ellas, de las cuales las más brillantes se arremolinaban en el centro, formando algunas delicadas parejas. Una estrella roja destacaba en el núcleo del cúmulo, una gigante roja de tipo espectral K, cuyo color contrastaba enormemente con el de sus compañeras. Multitud de estrellas desafiaban la magnitud límite del NexStar 102 SLT, acompañando al resto como minúsculas luciérnagas que aparecen y desaparecen en la lejanía. Decidí compararlo con el Hyperion de 13 mm, el ocular que uso con frecuencia y que podría equipararse al ES de 14 mm. Aunque el aumento era similar, el Hyperion mostraba un campo bastante más reducido. El color de la estrella roja también me pareció más contrastado con el de 14 mm, aunque para detalles cromáticos sería interesante realizar comparaciones con planetas. No obstante, lo que pude sacar en claro fue que el Explore Scientific es un gran ocular en relación calidad-precio, especialmente interesante para objetos de amplio diámetro, así como en poblados campos estelares donde podremos disfrutar de su enorme campo aparente, una de sus principales virtudes.

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El grupo Maffei (artículo completo)

Esta entrada es una recopilación de los artículos acerca del grupo Maffei, de manera que toda la información está en un mismo sitio:


Hoy vamos a comenzar un excitante viaje por uno de los grupos galácticos más cercanos a nosotros y, al mismo tiempo, uno de los menos conocidos. Estamos hablando del grupo Maffei, una familia de una veintena de galaxias que quedan parcialmente ocultas por la Vía Láctea, motivo por el que han pasado desapercibidas hasta hace unas pocas décadas. Fue en 1967 cuando Paolo Maffei, escudriñando el cielo en longitud de onda infrarroja, vio dos objetos que, en la constelación de Casiopea, brillaban intensamente, apenas visibles en longitud de onda visual. Bautizó a las fuentes de infrarrojo como Maffei 1 y Maffei 2, y pocos años después se conoció su verdadera naturaleza, dos galaxias que parecían estar muy cerca de nuestra propia galaxia. Previamente Sharpless las había detectado, aunque pensó que eran nebulosas de emisión, por lo que las denominó Sh2-191 y Sh2-197 (pasaban altamente desapercibidas al compartir parcela celeste con la archiconocida y deslumbrante Nebulosa del Corazón o IC 1805). A finales del siglo XX, el estudio en otras longitudes de onda permitió observar estas galaxias a través del polvo de la Vía Láctea, que hasta entonces había actuado como un turbio telón, y así es como llegamos a conocer a estas vecinas con las que compartimos algo más que la mera geografía. Se comprobó que no vagaban solas por el espacio, sino que compartían vuelo con otra galaxia espiral, IC 342, así como diversas galaxias de menor tamaño (Dwingeloo 1, 2, NGC 1560 o NGC 1569 son algunos otros de sus principales componentes). Hoy en día se conocen 24 galaxias en esta familia, que parecen disponerse en dos subgrupos, el subgrupo de IC 342 y el de Maffei 1, siendo éste último el que se encuentra oculto por mayor densidad de polvo galáctico. En la siguiente imagen, captada en IR, podemos apreciar a Maffei 1 y Maffei 2 muy cerca de IC 1805. Maffei 1 es esa mancha elongada y difusa, de color azulado, que ocupa el centro de la imagen a la izquierda. Maffei 2 aparece como una nube más blanquecina y alargada justo arriba.

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El estudio del movimiento de Maffei 1 e IC 342 llevó a la conclusión de que habían estado en contacto con M31, la galaxia de Andrómeda, hace entre 5000 y 8000 millones de años luz, poco después de la formación del Grupo Local, y fueron expulsadas velozmente a raíz de dicho encuentro. Estos datos provocaron un cambio a la hora de concebir la relación entre la Vía Láctea y M31, ya que se habían usado ambas galaxias como pilares para explicar la evolución del Grupo Local. Sin embargo, al aparecer el grupo Maffei en escenario la situación cambió, de manera que habría que estudiar preferentemente la relación entre las cuatro galaxias principales, ya que el acercamiento de Andrómeda a la Vía Láctea podría deberse, en mayor o menor medida, a la interacción con Maffei 1 e IC 342. Vemos así que existe una gran interrelación en el cosmos, que se asemeja más a un océano lleno de corrientes que a un vacío estático.

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Maffei 1 es la galaxia elíptica gigante más cercana al Grupo Local, situándose a unos 10 millones de años luz. Es una galaxia que alcanza los 75.000 años luz de diámetro, la mitad que la Vía Láctea, y está formada por estrellas de baja metalicidad, lo cual indica una edad avanzada, como la mayoría de galaxias elípticas. Cerca de su núcleo, sin embargo, se hace evidente cierto proceso de proliferación estelar que ha tenido lugar en los últimos 100 millones de Foto Maf 1.jpgaños, si bien no es más que un suspiro de aire fresco en una residencia de ancianos. Todo apunta a que tiene una gran cantidad de cúmulos globulares, como la mayoría de las galaxias elípticas, habiéndose estimado su número en unos 1100, si bien es extremadamente difícil apreciarlos debido a las interferencias con nuestra propia galaxia. La extinción, el “ocultamiento” por la Vía Láctea, se ha estimado en unas 4.7 magnitudes, de manera que si estuviera situada en otro lugar más limpio de gas y polvo brillaría con una magnitud cercana a 7, destacando sobre la mayoría de galaxias. Así, el tamaño que presenta en visual es de apenas 2 minutos de arco de longitud, mientras que si la observamos en infrarrojo ocupa un área de 23 minutos de arco de diámetro, tres cuartas partes de la luna llena. A la hora de observar Maffei 1 con nuestros telescopios tenemos que tener en cuenta que es pequeña y débil, con un bajo brillo superficial, estando camuflada en un grupito de estrellas que reciben el nombre de Czernik 11, un discreto cúmulo abierto en el que contamos 7 u 8 componentes. Y allí, entre el rombo que forman sus principales estrellas, veremos el núcleo de Maffei 1, luchando por dejarse ver tras el telón de la Vía Láctea. Teniendo en cuenta que es un objeto de pequeño tamaño, será mejor usar oculares de gran aumento. En el Dobson de 30 cm el que mejor resultado me proporcionó fue el Cronus de 7 mm, con 214 aumentos, de manera que oscurecía un poco más el fondo y permitía obtener un mejor contraste, dejándose ver esa nubecilla ovalada y tenue, especialmente con visión periférica.

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Maffei 2 es harina de otro costal… Se sitúa más lejos que Maffei 1, a unos 16 millones de años luz, y es una bonita espiral barrada que me recuerda enormemente a M109. Presenta dos prominentes brazos que nacen en los extremos de su barra central y que brillan extremadamente en el infrarrojo, mostrando una bárbara proliferación estelar. De hecho, Maffei 2 es la galaxia de brote estelar (starbust) más cercana a nosotros, una galaxia joven repleta de regiones HII y grandes cúmulos de estrellas. Esta proliferación podría deberse a una posible interacción en el pasado con alguna de las múltiples enanas que pueblan la zona, aunque en el momento actual no muestre signos de fusión reciente.

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Maffei 1 era distinguible con pequeños telescopios, incluso con uno de 10 cm bajo un cielo oscuro, pero Maffei 2 no nos lo pondrá tan fácil. Su escaso brillo puede hacernos temblar, ya que se le atribuye una magnitud de 16, aunque al ser pequeña y densa nos facilitará (levemente) la tarea. Se encuentra cerca de Maffei 1, y para atisbarla necesitaremos conocer con total precisión su posición, así como tener conciencia de que roza lo invisible. La mínima apertura necesaria ronda los 30 cm y, además, el cielo tiene que ser de los más oscuros que podamos soñar en la Península. En mi caso la observé desde el Puerto de Blancares, una oscura zona a 40 minutos de Granada que siempre me ha permitido ver objetos verdaderamente débiles. Me sorprendió poder distinguir a Maffei 2 con relativa facilidad, usando la visión periférica, apenas como una difusa y minúscula nube, recordándome su visión a PGC 16865, la lejana galaxia que aparece inmersa en NGC 1807. Sin embargo, PGC 16865 se encuentra a 246 millones de años luz mientras que Maffei 2 está a tan solo 16 millones. Imaginemos por un momento la cantidad de materia que se interpone entre nosotros y Maffei 2 para que ambas galaxias parezcan similares… De hecho, esta galaxia se encuentra aún más enturbiada que Maffei 1, oscurecida en 5.7 magnitudes, por lo que no es de extrañar que haya sido descubierta a finales del siglo pasado.

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Le toca el turno ahora a IC 342, una galaxia más conocida que sus compañeras ya estudiadas, y de la que podremos disfrutar con mayor facilidad.

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Crédito: NOAO

Fue descubierta por William F. Denning en 1980 con un reflector de 25 cm, lo cual da una idea de su dificultad: IC 342 es apreciable con pequeños refractores, aunque si queremos distinguir más detalles deberemos usar mayor apertura. Es una galaxia espiral que presenta una orientación casi de frente, aunque su forma no se conoció hasta 1934, cuando Edwin P. Hubble y Milton L. Humason la vieron en fotografías de Mt. Wilson, en California. Se conoce como la “Galaxia Oculta” por estar situada en el plano del disco galáctico, detrás de una gran cantidad de estrellas y polvo, aunque no se encuentra tan oscurecida como Maffei 1 o Maffei 2. Su distancia se ha estimado entre 7 y 11 millones de años luz, difícil de precisar por la materia que se interpone desde nuestro punto de visión. Si estuviera situada en otro lugar del firmamento su aspecto sería sobrecogedor, compitiendo probablemente con la mismísima M51.

IC 342 esconde una pequeña barra central, fácilmente visiblefoto-ic-342-spitzer en imágenes en infrarrojo del Spitzer. Su núcleo presenta una gran proliferación de estrellas, al igual que sus brazos. El gas, muy abundante en esta galaxia, se canaliza a través de la barra central y estimula la formación de nuevas estrellas. Justo en la zona más interna se han encontrado dos grandes regiones HII cuyas estrellas tienen apenas una edad de 5 millones de años, enormes estructuras que reciben el nombre de supercúmulos (en nuestra galaxia sólo se conoce un supercúmulo, Westerlund 1 en la constelación Ara, del cual aconsejo su lectura en Internet por ser extremadamente interesante). Realmente, alrededor del núcleo de IC 342 hay una estructura anular con una intensa formación estelar, en la que se ha documentado la presencia de al menos 5 nubes moleculares gigantes y numerosas regiones HII. No hay en esta galaxia un agujero negro supermasivo, como en tantas otras, sino todo lo contrario: una explosión de vida que se abre camino como una gran ola.

IC 342 mide unos 60.000 años luz de diámetro, lo cual se traduce en unos 21 minutos de arco (a modo de comparación, M51 tiene un diámetro de 11 minutos de arco). Su magnitud, de 9.1, sería mucho menor si habitase la constelación de Virgo o Pegaso, pero tendremos que conformarnos con su visión a través del polvo galáctico. El telescopio WISE (Wide-field Infrared Survey Explorer) ha fotografiado IC 342 en el infrarrojo, atravesando la nube de polvo de nuestra galaxia, y ha mostrado una enorme red de filamentos en sus brazos que se distribuyen en multitud de segmentos, refulgiendo por la intensa proliferación estelar a la luz de enormes estrellas recién nacidas.

A leggy cosmic creature comes out of hiding in this infrared view from NASA's Wide-field Infrared Survey Explorer, or WISE. The spiral beauty, called IC 342 and sometimes the

IC 342 captada por el WISE

IC 342 es, a la vez, fácil y difícil de ver. Por un lado, es extremadamente sencillo apreciar su núcleo, que brilla intensamente como una pequeña esfera luminosa y difusa, acompañando a una bonita hilera de seis estrellas que nos servirán de guía. Sin embargo, ver sus brazos en espiral es harina de otro costal. Tenemos que tener en cuenta que presentan un bajo brillo superficial y que, además, se distribuyen por una gran extensión, lo cual no ayuda a distinguirlos. Por ello nos beneficiaremos de aumentos bajos, ya que si usamos elevados aumentos corremos el riesgo de enmascarar por completo estos detalles. En mi caso, a 115 aumentos obtuve la mejor imagen, con el ocultar Hyperion de 13 mm. El núcleo destacaba intensamente, dejándose ver rodeado de un halo extremadamente débil, cuyos bordes se perdían sin forma alguna. Tras un buen rato usando visión periférica y tratando de relajar la mirada pude atisbar uno de sus principales brazos, que nace del núcleo y se dirige hacia el sur describiendo un fantasmagórico arco. Otro brazo, más tenue incluso, se adivina oculto tras la hilera de estrellas, perdiéndose rápidamente en un extremo de ésta hacia el norte. Para disfrutar de IC 342 hace falta un cielo verdaderamente oscuro, bajo el cual se pueden apreciar más brazos, incluso con menor apertura, aunque esos cielos brillan por su ausencia en los lugares que habitamos. Hoy en día, los cielos oscuros suenan casi a leyenda, a fábulas de ancianos, aunque todos los aficionados soñamos con esperanza el día de acercarnos a uno de ellos…

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Por último, vamos a dedicar unas líneas a otras espectacular galaxia. Tras observar a las débiles Maffei 1, Maffei 2 e IC 342 me disponía a observar a NGC 1569 sin saber qué esperar, con el único interés en mente de “cazar” a otro miembro del grupo. Sin embargo, desde un primer momento su aspecto captó mi atención y la de mis compañeros. Poco a poco fuimos desentrañando algunos de sus interesantes detalles y, cuando busqué información sobre ella, quedé perdidamente atado a esta maravilla celeste. Antes de hablar de sus peculiaridades, que no son pocas, me gustaría presentarla como una historia, como un vídeo narrativo que, en unas pocas líneas, condensa varios miles de millones de años de continua evolución.

Retrocedemos en el tiempo hasta una época en la que las galaxias se estaban gestando. Nuestra pantalla imaginaria proyecta un fondo negro sobre el que comienza a aparecer una nube blanquecina, una gran masa de gas que, a medida que se enfría, se va condensando y dando lugar a una bonita galaxia enana, que en un futuro será conocida como NGC 1569. Las galaxias enanas son ladrillos que, a menudo, acaban formando parte de otras galaxias mayores, pero no es el caso de NGC 1569: ella se encuentra a una distancia prudencial de las grandes galaxias de su grupo, como son IC 342 o Maffei 1. Sin embargo, otra pequeña galaxia conocida como UGCA 92 pasa velozmente a su lado compartiendo algunas de sus estrellas. El encontronazo arrastra astros y nebulosas de NGC 1569, “esculpiendo” en la galaxia una especie de brazo que se abre hacia el exterior, pero no es la única huella que deja. NGC 1569, como otras muchas galaxias enanas, se encontraba repleta de hidrógeno, y la interacción con UGCA 92 estimula, en proporciones cósmicas, una enorme proliferación de estrellas, que comienzan a nacer en cada punto de la galaxia, en una oleada gestante que se prolonga durante varios millones de años. Estrellas gigantes nacen en este proceso, ionizando el gas que las circunda, que adquiere un bonito color rojizo, pero además generan enormes vientos que, a su vez, moldean el entorno, como si el gas fuera arcilla en manos de un alfarero colosal. Las estrellas más masivas tienen una vida más corta que el resto, de manera que en unos pocos millones de años terminan sus días en forma de supernovas que iluminan la galaxia como un castillo de fuegos artificiales, creando burbujas en expansión que se esparcen a gran velocidad inundando cada rincón de NGC 1569. Posteriormente, tras un periodo de calma, la galaxia vuelve a sufrir nuevos episodios de brote estelar que van tiñendo su superficie como si miles de tomates explotaran a la vez, formando una gran ensalada galáctica que, a 11 millones de años luz de distancia, alimenta hoy nuestros ojos ávidos de luz…

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Se cierra el telón y volvemos a nuestra base terrestre, dispuestos a desgranar algunas de las imágenes que acabamos de presenciar en nuestra mente y que la fotografía anterior, obtenida por el telescopio Hubble, resume con gran definición. NGC 1569 es uno de los principales miembros del grupo Maffei, gracias a que los últimos estudios la sitúan a unos 11 millones de años luz de distancia (a finales del siglo XX se le estimaba una distancia de 7 millones de años luz). Hay que tener en cuenta que los cálculos en esta galaxia se ven dificultados porque, al igual que sus compañeras, se encuentra parcialmente oculta por el disco de la Vía Láctea. NGC 1569 es una galaxia enana irregular que se parece mucho a la Gran Nube de Magallanes, con un alto contenido en gas que, como hemos visto, ha servido durante miles de millones de años para alimentar la formación de nuevas estrellas. El hidrógeno neutro, que se ha estudiado profundamente en esta galaxia, se encuentra presente en grandes proporciones, e incluso ha permitido descubrir una posible galaxia escondida en su halo, posible causante de alguno de los brotes estelares. UGCA 92 es otra galaxia del grupo Maffei situada a una distancia similar a NGC 1569, y estudios recientes han demostrado la presencia de un puente de hidrógeno neutro entre ambas, prueba directa de un anterior contacto que, como hemos mencionado, podría haber sido el causante de una llamativa estructura que presenta NGC 1569, una especie de brazo desplegado rico en hidrógeno ionizado. Teniendo en cuenta que el primer brote estelar parece situarse en un período de tiempo comprendido entre 1000 y 2000 millones de años atrás, no sería descabellado pensar que este encuentro tuvo lugar poco antes.

El último brote estelar ha sido extremadamente reciente, comenzando hace apenas 100 años, en pleno período Cretácico, y todo parece indicar que ha menguado en los últimos 5 millones de años. En los momentos de mayor esplendor la tasa de formación de estrellas era unas 100 veces mayor que en la Vía Láctea, lo cual era posible gracias a la gran cantidad de gas que actuaba como materia prima. Uno de los grandes legados de esta proliferación queda patente en la siguiente fotografía obtenida por el Hubble:

Bursting at the seams

Podría parecer uno de los magníficos cúmulos que se pueden contemplar desde el hemisferio sur, pero su naturaleza es mucho más exótica: se trata de los dos principales supercúmulos de NGC 1569. Ya comentábamos la presencia de uno de estos supercúmulos en IC 342, explicando que son enormes agrupaciones de estrellas que, en el caso de NGC 1569, llegan a tener más de un millón de componentes cada uno. Hay algunos supercúmulos más a lo largo de la galaxia, que destacan iluminando el gas que ellos mismos han ido “erosionando”, formando cavidades que parecen incendios incontrolados. Los principales supercúmulos, los que aparecen en la imagen, reciben el nombre de NGC 1569A y NGC 1569B, siendo el primero, realmente, la superposición de dos de ellos. NGC 1569A presenta una población joven de estrellas, entre las que abundan las estrellas Wolf-Rayet y masivas estrellas de tipo espectral O. Su edad se calcula en unos 5 millones de años, por lo que tuvo que formarse al final del último brote estelar. La población de NGC 1569B es algo mayor, destacando en ella gigantes rojas de mayor edad, con una vida que podría llegar a los 30 millones de años. Las características de NGC 1569A parecen indicar que su evolución va a ser muy similar a la de los cúmulos globulares que conocemos en nuestra galaxia. ¿Será éste uno de los métodos por los que se forman los grandes globulares? ¿Son estos supercúmulos frecuentes en el mundo extragaláctico? El tiempo lo dirá, a medida que podamos observar el cielo con instrumentos más potentes.

Vamos ahora a observar esta maravilla galáctica. La primera vez que la vi, sin saber qué iba a encontrarme, me sorprendió su alto brillo superficial (su magnitud visual es de unos 11.9), así como una interesante forma alargada, más ancha en uno de sus extremos, de unos 2 minutos de arco de longitud. Una estrella parece rozar uno de los bordes, lo cual nos sirve como punto de referencia para ver sus detalles. Y aquí es donde NGC 1569 destaca sobre muchas otras galaxias. Ya a 115 aumentos pude adivinar que algo brillaba en su interior, y a 214 aumentos se apreciaba, sin ninguna dificultad, un par de puntos brillantes muy cercanos entre sí, discretamente más notorios que el resto del halo galáctico. A mayor aumento se adivinaban otras manchas junto a las anteriores, aunque el pésimo seeing no me dejó enfocarlas correctamente, así que decidí realizar el dibujo a 214 aumentos. Además del Dobson de 12 cm, esa noche estuve probando también el C11 de mi amigo Leo y, sorprendentemente, a través de sus lentes pudimos usar un aumento mayor sin que perdiera mucha definición, de manera que unos cuatro puntos aparecían confinados en el núcleo de la galaxia. Es más, incluso con mi NexStar 102 SLT (un refractor de 102 mm de apertura) pude distinguir la galaxia con su fina silueta recortada sobre el fondo del cielo, como un lejano cometa cuya cola se va agudizando hacia uno de sus extremos.

En un primer momento pensé que esos pequeños puntos eran regiones HII, o incluso algunas estrellas superpuestas de nuestra propia galaxia. Sin embargo, me sorprendí cuando, en mi casa, comprobé que eran los grandes supercúmulos estelares (NGC 1569A y NGC 1569B), cuyas magnitudes alcanzan, respectivamente, 14.6 y 15.5. Puse así el punto y final al estudio del extraordinario grupo Maffei, conduciendo en el camino de vuelta con la sensación de regresar de un largo viaje, asombrado por la variedad de formas que uno puede encontrar ahí arriba.

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El grupo Maffei (3ª parte)

Las mejores sorpresas son las que uno encuentra por casualidad, sin esperar nada especial. En mi caso, la noche del 23 de diciembre de 2016 me encontraba bajo un cielo excepcionalmente oscuro, y había pasado gran parte de la noche disfrutando de algunas de las galaxias que conforman el grupo Maffei, que ya hemos ido descubriendo en las últimas dos entradas. Tras observar a las débiles Maffei 1, Maffei 2 e IC 342 me disponía a observar a NGC 1569 sin saber qué esperar, con el único interés en mente de “cazar” a otro miembro del grupo. Sin embargo, desde un primer momento su aspecto captó mi atención y la de mis compañeros. Poco a poco fuimos desentrañando algunos de sus interesantes detalles y, cuando busqué información sobre ella, quedé perdidamente atado a esta maravilla celeste. Antes de hablar de sus peculiaridades, que no son pocas, me gustaría presentarla como una historia, como un vídeo narrativo que, en unas pocas líneas, condensa varios miles de millones de años de continua evolución.

Retrocedemos en el tiempo hasta una época en la que las galaxias se estaban gestando. Nuestra pantalla imaginaria proyecta un fondo negro sobre el que comienza a aparecer una nube blanquecina, una gran masa de gas que, a medida que se enfría, se va condensando y dando lugar a una bonita galaxia enana, que en un futuro será conocida como NGC 1569. Las galaxias enanas son ladrillos que, a menudo, acaban formando parte de otras galaxias mayores, pero no es el caso de NGC 1569: ella se encuentra a una distancia prudencial de las grandes galaxias de su grupo, como son IC 342 o Maffei 1. Sin embargo, otra pequeña galaxia conocida como UGCA 92 pasa velozmente a su lado compartiendo algunas de sus estrellas. El encontronazo arrastra astros y nebulosas de NGC 1569, “esculpiendo” en la galaxia una especie de brazo que se abre hacia el exterior, pero no es la única huella que deja. NGC 1569, como otras muchas galaxias enanas, se encontraba repleta de hidrógeno, y la interacción con UGCA 92 estimula, en proporciones cósmicas, una enorme proliferación de estrellas, que comienzan a nacer en cada punto de la galaxia, en una oleada gestante que se prolonga durante varios millones de años. Estrellas gigantes nacen en este proceso, ionizando el gas que las circunda, que adquiere un bonito color rojizo, pero además generan enormes vientos que, a su vez, moldean el entorno, como si el gas fuera arcilla en manos de un alfarero colosal. Las estrellas más masivas tienen una vida más corta que el resto, de manera que en unos pocos millones de años terminan sus días en forma de supernovas que iluminan la galaxia como un castillo de fuegos artificiales, creando burbujas en expansión que se esparcen a gran velocidad inundando cada rincón de NGC 1569. Posteriormente, tras un periodo de calma, la galaxia vuelve a sufrir nuevos episodios de brote estelar que van tiñendo su superficie como si miles de tomates explotaran a la vez, formando una gran ensalada galáctica que, a 11 millones de años luz de distancia, alimenta hoy nuestros ojos ávidos de luz…

foto-ngc-1569

Se cierra el telón y volvemos a nuestra base terrestre, dispuestos a desgranar algunas de las imágenes que acabamos de presenciar en nuestra mente y que la fotografía anterior, obtenida por el telescopio Hubble, resume con gran definición. NGC 1569 es uno de los principales miembros del grupo Maffei, gracias a que los últimos estudios la sitúan a unos 11 millones de años luz de distancia (a finales del siglo XX se le estimaba una distancia de 7 millones de años luz). Hay que tener en cuenta que los cálculos en esta galaxia se ven dificultados porque, al igual que sus compañeras, se encuentra parcialmente oculta por el disco de la Vía Láctea. NGC 1569 es una galaxia enana irregular que se parece mucho a la Gran Nube de Magallanes, con un alto contenido en gas que, como hemos visto, ha servido durante miles de millones de años para alimentar la formación de nuevas estrellas. El hidrógeno neutro, que se ha estudiado profundamente en esta galaxia, se encuentra presente en grandes proporciones, e incluso ha permitido descubrir una posible galaxia escondida en su halo, posible causante de alguno de los brotes estelares. UGCA 92 es otra galaxia del grupo Maffei situada a una distancia similar a NGC 1569, y estudios recientes han demostrado la presencia de un puente de hidrógeno neutro entre ambas, prueba directa de un anterior contacto que, como hemos mencionado, podría haber sido el causante de una llamativa estructura que presenta NGC 1569, una especie de brazo desplegado rico en hidrógeno ionizado. Teniendo en cuenta que el primer brote estelar parece situarse en un período de tiempo comprendido entre 1000 y 2000 millones de años atrás, no sería descabellado pensar que este encuentro tuvo lugar poco antes.

El último brote estelar ha sido extremadamente reciente, comenzando hace apenas 100 años, en pleno período Cretácico, y todo parece indicar que ha menguado en los últimos 5 millones de años. En los momentos de mayor esplendor la tasa de formación de estrellas era unas 100 veces mayor que en la Vía Láctea, lo cual era posible gracias a la gran cantidad de gas que actuaba como materia prima. Uno de los grandes legados de esta proliferación queda patente en la siguiente fotografía obtenida por el Hubble:

Bursting at the seams

Podría parecer uno de los magníficos cúmulos que se pueden contemplar desde el hemisferio sur, pero su naturaleza es mucho más exótica: se trata de los dos principales supercúmulos de NGC 1569. Ya comentábamos la presencia de uno de estos supercúmulos en IC 342, explicando que son enormes agrupaciones de estrellas que, en el caso de NGC 1569, llegan a tener más de un millón de componentes cada uno. Hay algunos supercúmulos más a lo largo de la galaxia, que destacan iluminando el gas que ellos mismos han ido “erosionando”, formando cavidades que parecen incendios incontrolados. Los principales supercúmulos, los que aparecen en la imagen, reciben el nombre de NGC 1569A y NGC 1569B, siendo el primero, realmente, la superposición de dos de ellos. NGC 1569A presenta una población joven de estrellas, entre las que abundan las estrellas Wolf-Rayet y masivas estrellas de tipo espectral O. Su edad se calcula en unos 5 millones de años, por lo que tuvo que formarse al final del último brote estelar. La población de NGC 1569B es algo mayor, destacando en ella gigantes rojas de mayor edad, con una vida que podría llegar a los 30 millones de años. Las características de NGC 1569A parecen indicar que su evolución va a ser muy similar a la de los cúmulos globulares que conocemos en nuestra galaxia. ¿Será éste uno de los métodos por los que se forman los grandes globulares? ¿Son estos supercúmulos frecuentes en el mundo extragaláctico? El tiempo lo dirá, a medida que podamos observar el cielo con instrumentos más potentes.

Vamos ahora a observar esta maravilla galáctica. La primera vez que la vi, sin saber qué iba a encontrarme, me sorprendió su alto brillo superficial (su magnitud visual es de unos 11.9), así como una interesante forma alargada, más ancha en uno de sus extremos, de unos 2 minutos de arco de longitud. Una estrella parece rozar uno de los bordes, lo cual nos sirve como punto de referencia para ver sus detalles. Y aquí es donde NGC 1569 destaca sobre muchas otras galaxias. Ya a 115 aumentos pude adivinar que algo brillaba en su interior, y a 214 aumentos se apreciaba, sin ninguna dificultad, un par de puntos brillantes muy cercanos entre sí, discretamente más notorios que el resto del halo galáctico. A mayor aumento se adivinaban otras manchas junto a las anteriores, aunque el pésimo seeing no me dejó enfocarlas correctamente, así que decidí realizar el dibujo a 214 aumentos. Además del Dobson de 12 cm, esa noche estuve probando también el C11 de mi amigo Leo y, sorprendentemente, a través de sus lentes pudimos usar un aumento mayor sin que perdiera mucha definición, de manera que unos cuatro puntos aparecían confinados en el núcleo de la galaxia. Es más, incluso con mi NexStar 102 SLT (un refractor de 102 mm de apertura) pude distinguir la galaxia con su fina silueta recortada sobre el fondo del cielo, como un lejano cometa cuya cola se va agudizando hacia uno de sus extremos.

En un primer momento pensé que esos pequeños puntos eran regiones HII, o incluso algunas estrellas superpuestas de nuestra propia galaxia. Sin embargo, me sorprendí cuando, en mi casa, comprobé que eran los grandes supercúmulos estelares (NGC 1569A y NGC 1569B), cuyas magnitudes alcanzan, respectivamente, 14.6 y 15.5. Puse así el punto y final al estudio del extraordinario grupo Maffei, conduciendo en el camino de vuelta con la sensación de regresar de un largo viaje, asombrado por la variedad de formas que uno puede encontrar ahí arriba.

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