El comienzo de un catálogo (NGC 1 y NGC 2)

En 1786 William Herschel publicó la primera versión de su General Catalogue, el primer gran catálogo en el que aunó una gran variedad de objetos celestes. Un siglo después,  el astrónomo John Louis Emil Dreyer se propuso la tarea de completar el mencionado catálogo con algunos objetos más, y la Sociedad Real de Astronomía le animó a publicarlo como un catálogo nuevo en vez de una ampliación. Nació así el New General Catalogue, publicado en 1888, una inmensa lista de 7840 objetos dispersos por toda la bóveda celeste, cada uno acompañado de su localización y una breve descripción. Después del catálogo Messier, el NGC es el más socorrido por los aficionados, y su gran variedad de objetos puede proporcionar innumerables horas de disfrute. El neófito puede verlo, al principio, como un paso demasiado grande en su práctica, pensando que sus objetos son débiles y difíciles de encontrar, pero nada más lejos de la realidad: entre los objetos del NGC encontramos verdaderas maravillas al alcance de unos modestos prismáticos, desde grandes galaxias como NGC 2403 a nebulosas como la Roseta, pasando por un sinfín de cúmulos abiertos y globulares perfectamente asequibles a la mayoría de instrumentos.

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Hoy vamos a ver las dos entradas que abren este catálogo, que sigue un orden según su ascensión recta, de manera que a finales del siglo XIX, los objetos de menor ascensión recta eran NGC 1 y NGC 2. Hoy en día, debido al movimiento de precesión de la Tierra, hay al menos 30 objetos con una menor ascensión recta, pero estas dos galaxias tienen el mérito de haber inaugurado el catálogo. Para hacernos una idea, cuando miramos un atlas, el orden de los objetos en el NGC va “de derecha a izquierda”. Esto sirve para que, con un poco de práctica, podamos ubicar los objetos según su posición, de manera que si alguien nos pregunta por NGC 6452 podemos no saber a qué objeto se refiere, pero nos suena que la mayoría de “seismiles” que conocemos rondan las constelaciones veraniegas del Cisne, Lyra, Hércules, Sagitario… Por lo que probablemente el objeto se encuentre en esa franja celeste (la altura ya no podemos saberla por el número del catálogo, puede ser un objeto situado completamente al sur o al norte, pero por lo menos sabemos si pertenece al cielo de verano o al de invierno). Una vez que lo busquemos podremos comprobar que NGC 6452 es una galaxia perteneciente a la constelación Hércules, por lo que no estábamos tan desencaminados.

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Tras este preludio sobre el célebre catálogo vamos a viajar a la constelación de Pegaso para visitar a NGC 1 y NGC 2, dos galaxias cuyo principal interés radica en su posición numérica y, por tanto, su relevancia histórica. Se sitúan muy cerca de Alpheratz, peculiar estrella que pertenece tanto a Andrómeda (su estrella alpha) como a Pegaso (Delta Pegasi), formando parte del famoso cuadrilátero de otoño. Pertenece a un grupo de estrellas conocidas como estrellas de mercurio-manganeso, que presentan una concentración atmosférica extrañamente elevada de dichos elementos, así como escasez de otros más comunes. Son estrellas con una velocidad de rotación lenta, especialmente estables, situación que probablemente facilite su composición química. Esta distribución heterogénea parece deberse a que la gravedad provoca el hundimiento de determinados elementos, mientras que la fuerza de radiación saca a la atmósfera a otros distintos, hecho que quizás tenga que ver con la presencia de una compañera estelar (la mayoría de estas estrellas son binarias). Nos quedan tantas cosas por conocer… A apenas grado y medio de Alpheratz está NGC 1, una galaxia espiral cuya distancia se estima entre 190 y 220 millones de años luz. Tiene un diámetro de unos 130.000 años luz y sus brazos, ovalados, se encuentran salpicados por numerosas regiones azuladas, cúmulos de jóvenes estrellas que se juntan en asociaciones estelares. Tiene una magnitud de 13.65, aunque su pequeño tamaño hace que no sea excesivamente difícil su observación. No nos será tan fácil su compañera, NGC 2, a menos de 2 minutos de distancia, otra galaxia espiral  que aparece casi en contacto con la anterior. Pero no nos dejemos engañar, ya que se encuentra mucho más lejos, a unos respetables 350 millones de años luz de distancia, por lo que su contacto es simple efecto de perspectiva. Es una espiral barrada de magnitud 14.2, bastante más tenue que su compañera, y si el cielo es oscuro la veremos como una débil mancha alargada, más clara si usamos visión periférica, aunque ningún detalle queda visible en estos mundos tan lejanos. Demasiado que podamos verlos usando dos pequeños espejos colocados en el interior de un tubo vacío. A bajo aumento apenas destacaban sobre el fondo, pero al usar el Cronus de 7 mm, con 214 aumentos, ambas nubecillas quedaron más definidas, como dos lejanas y solitarias hermanas.

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La familia de Pegaso (Pegasus I)

Hoy volvemos a sumergirnos en las infinidades del cosmos para explorar una pequeña familia de galaxias que se sitúan en la constelación de Pegaso, entre la cabeza de Piscis y la estrella Markab o Alpha Pegasi, una gigante blanco-azulada de tipo espectral B9 situada a 140 años luz de distancia. Las galaxias que nos ocupan se encuentran a una distancia un millón de veces mayor, a unos 160 millones de años luz de promedio. En la siguiente imagen, obtenida por Jim Thommes, podemos ver un retrato familiar:

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Imagen obtenida por Jim Thommes

Se trata del grupo de galaxias Pegasus I, una agrupación de varias decenas de galaxias presididas por dos grandes elípticas. Estudios recientes han encontrado evidencia de que son, realmente, dos subgrupos de galaxias, comandados cada uno por las mencionadas elípticas, algo similar a lo que podíamos ver en Abell 1656. NGC 7619 es la más brillante de las dos, tanto en visual como en ondas de radio, aunque NGC 7626 posee, como curiosidad, dos largos jets que salen de su brillante núcleo, seguramente en relación a la presencia de un agujero negro supermasivo. La primera se encuentra, concretamente, a 180 millones de años luz, mientras que la última está a 140 millones de años luz de distancia. Sus magnitudes, de 11.1 y 11.3, las hacen asequibles a telescopios de pequeña abertura, aunque se necesitarán cielos bien oscuros para disfrutar de los demás miembros de la familia. Varias espirales contrastan con la redondeada forma de las elípticas, mostrándose varias de ellas completamente de perfil, como es el caso de NGC 7608 y NGC 7611. La más débil que logré apreciar fue PGC 71159, de magnitud 15.21, si bien hay otras aún más débiles en espera de mayores aberturas y cielos más limpios. Se ha encontrado un importante déficit de hidrógeno atómico en muchas de sus galaxias (en más del 40% de sus espirales), algo que ha hecho preguntarse a la comunidad científica por el motivo de esta escasez. Podría deberse, entre otras cosas, a la interacción del medio “intracúmulo” (gas caliente) con el medio interestelar más frío de las galaxias, de manera que éste último fuera removido de su lugar habitual.

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A la hora de visualizar el grupo de galaxias, las más llamativas, NGC 7619 y NGC 7626, aparecieron rápidamente al colocar el Hyperion de 13 mm, con 115 aumentos. Redondeadas y con un núcleo brillante, no era precisa la visión periférica para apreciarlas, y poco a poco pude comprobar que el campo se encontraba poblado por varias manchas débiles que se fueron definiendo conforme la vista se adaptaba a la oscuridad. Algunas evidentes fueron NGC 7623, formando un triángulo con las elípticas, así como NGC 7631. Justo al lado de NGC 7619 aparecía una pequeña galaxia, NGC 7617, y PGC 71159, con una magnitud de 15.2, requirió usar visión indirecta para verla con mayor facilidad. NGC 7611, una espiral de canto, contaba con una posición privilegiada, al lado de la amarillenta estrella HD 219949, una estrella de tipo espectral G9 y magnitud 6.9 que reside a tan sólo 710 años luz de distancia, añadiendo un punto de color a la visión de tanta nubecilla dispersa.

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Fan de M51 (NGC 750 y NGC 751)

Si miramos encarecidamente el cielo podremos comprobar que hay patrones que se repiten, ya sea a nivel de la estructura de cúmulos abiertos, curvas características de nebulosas o, como en este caso, interacciones entre galaxias. Si apuntamos con nuestros telescopios a NGC 750 y NGC 751, en la constelación del Triángulo, podremos comprobar que son dos pequeñas galaxias en interacción, y nos vendrá a la cabeza, sin duda, su semejanza con M51, la galaxia del Remolino.

Sin embargo, podemos encontrar varias diferencias importantes. Por un lado, este par de galaxias tienen un rasgo distintivo: normalmente la mayoría de galaxias que vemos en interacción son de tipo espiral, deformándose sus brazos por las inmensas fuerzas que se generan entre ellas. Sin embargo, en este caso las protagonistas son dos galaxias elípticas, tan cercanas entre sí que sus bordes se solapan y aparecen algunos signos, muy interesantes, delatores de su contacto. En primer lugar destaca un puente de materia que une a ambas galaxias, muy pequeño y tenue, pero fácilmente apreciable en fotografías de larga exposición. En la siguiente imagen, obtenida por Bob Franke, podemos apreciar dicho puente de estrellas si ampliamos la fotografía, pero también es llamativa otra singular característica de estos sistemas.

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Las corrientes de marea arrastran estrellas de una y otra galaxia, saliendo despedidas en forma de chorros de dimensiones descomunales. NGC 750 es la mayor galaxia, y podemos ver cómo sale de ella un reguero de estrellas de una longitud varias veces mayor, formado seguramente en un encuentro previo. Según los estudios ambas galaxias llevan ya varios miles de millones de años bailando entre sí, de manera que la próxima vez que contacten terminarán fusionándose definitivamente, formando una gran galaxia elíptica. Hasta ahora teníamos en mente que las galaxias elípticas se formaban a raíz de dos o más galaxias espirales que interactúan entre sí, pero ahora podemos ver claramente que no sólo las espirales son las progenitoras, sino que en algunos casos las propias elípticas se relacionan entre ellas. El cosmos es un bosque repleto de variada fauna, y la ley de la gravedad afecta por igual a cualquier tipo de galaxia.

Su tamaño aparente es pequeño, midiendo la mayor 1.7 x 1.3 minutos de arco, mientras que la menor cuenta con un diámetro de 1.4 minutos de arco. Su magnitud no es especialmente generosa, siendo de 12.9 y 13.5, respectivamente, aunque su pequeño tamaño hace que el brillo se encuentre algo más focalizado. Teniendo en cuenta que se encuentra a la increíble distancia de 225 millones de años luz, no podemos pedir mucho más. Ya a bajo aumento, si observamos desde un lugar oscuro, podremos apreciar una mancha borrosa y pequeña, más clara con visión indirecta, sin una forma definida. A 214 aumentos ya se resuelve perfectamente, quedando definida NGC 751, la menor de ellas, que se muestra como una yema en contacto con su hermana mayor. La visión periférica ayuda a distinguirlas con mayor nitidez y, aunque nos será imposible atisbar los regueros de estrellas que salen disparados al espacio, podemos imaginarlos en la lejanía, como el agua que salpica al saltar en una piscina.

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La cueva (Sh2-155)

El cielo está plagado de gas, hidrógeno en múltiples formas que llena cada espacio del cosmos, formando estrellas cuando se dan las condiciones adecuadas, la materia prima más importante. Hoy vamos a ver una gran masa de gas que se encuentra en la constelación de Cefeo, a una distancia de 2400 años luz, un lugar en el que se unen varias nubes de formación estelar. En concreto, vamos a estudiar la zona fronteriza entre la asociación Cepheus OB3b (un cúmulo de estrellas inmersas en el gas que les ha visto nacer) y la nube molecular Cepheus B. El término de “nube molecular” hace referencia a una región de gas formada por hidrógeno en su forma molecular (H2), una zona de potencial proliferación estelar: la materia prima está ahí, lista para ser usada cuando llegue el momento.

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Fotografía obtenida por Bill Snyder

La Nebulosa de la Cueva, conocida como Sh2-155 o Caldwell 9, se encuentra entre estas grandes regiones y es un débil objeto envuelto en un halo de misterio. Es una nebulosa de emisión cuyas moléculas de hidrógeno, ionizadas por la luz de brillantes estrellas, emiten luz que puede ser captada desde la Tierra. Su dificultad estriba en que su brillo superficial es extremadamente débil, ya que se encuentra oscurecida por densas masas de polvo interestelar que absorben la mayor parte de sus fotones. En fotografías de larga exposición es un objetivo relativamente fácil de captar, pero en visual tendremos que sudar… Su principal atractivo radica en la peculiar forma que ha adquirido, con ese llamativo arco oscuro que parece la entrada a una lejana cueva. Dicha zona oscura es en realidad la nube molecular Cepheus B, que puede verse en la siguiente imagen, obtenida por telescopio Chandra:

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Justo en la silueta de la cueva está teniendo lugar una importante proliferación estelar, contando algunas de sus estrellas con una edad menor de un millón de años. Esta nueva generación de estrellas debe su existencia, al parecer, a la onda de choque producida entre ambas masas gaseosas. La asociación OB3b, cuyas estrellas emiten importantes cantidades de viento y radiación, producen un estímulo en la nube molecular Cepheus B, de manera que sus moléculas de hidrógeno comienzan a interaccionar entre sí y, paulatinamente, derivan en la formación de estrellas.

Llama la atención que un objeto tan débil fuese incluido en el catálogo Caldwell. Quizás Patrick Moore buscara añadir algún desafío, algún objeto que nos hiciera ganarnos el esfuerzo invertido. Y bien que lo consiguió. Personalmente ha sido uno de los objetos más difíciles que he observado, a pesar de observarlo bajo cielos verdaderamente oscuros en la región conquense. Su localización requiere algo de tiempo, en uno de los laterales de Cefeo, aunque podemos llegar más fácilmente a partir de M52 o NGC 7635, la nebulosa de la Burbuja. Una vez allí lo más probable es que no veamos nada, pero no desistamos. En mi caso esperé pacientemente, identificando cada estrella y comparándola con una imagen que tenía preparada. Personalmente creo que conocer la forma del objeto con anterioridad puede hacer que nuestra vista se sugestione, pero en ocasiones no queda otro remedio que saber dónde mirar. A los pocos minutos se hizo patente una nebulosidad en torno a las dos estrellas centrales que, según la fotografía, destacaban sobre el techo de la cueva. Poco después otras dos zonas aparecieron poco a poco, tímidas, parte de la enorme asociación Cepheus OB3b. Multitud de estrellas poblaban el campo, como corresponde a esta zona inmersa en la Vía Láctea.

El aumento empleado es crítico, ya que esta nebulosa es un objeto amplio y de un bajo brillo superficial. En mi caso, con el Dobson de 30 cm, el mejor ocular resultó ser el Hyperion de 13 mm, con 115 aumentos, y los filtros, curiosamente, no me resultaron especialmente útiles. Probablemente la excelente calidad del cielo los hacía inservibles. Mi siguiente objetivo, una vez descubiertos los parches de nebulosidad más brillantes, fue captar la boca de la cueva, esa nube de hidrógeno que no emite luz propia. Más de una hora pasé enfrascado ante el ocular, relajando la mirada constantemente para evitar el sobreesfuerzo, y finalmente pude atisbar ese entrante oscuro momentáneamente, en los momentos en los que la atmósfera reunía las condiciones idóneas de estabilidad. Tras verlo por primera vez, las demás ocasiones resultaron algo más sencillas, si bien es de los objetos más esquivos que he visto. Recuerdo haber encontrado con más facilidad los Pilares de la Creación que la cueva de Sh2-155, y quizás por eso deja tan buen sabor de boca. Lo primordial aquí es contar con un cielo de cine, de otra manera el débil brillo de la nebulosa se verá totalmente anulado. Si un día no lo vemos no hay que desesperar, estos objetos acaban cediendo cuando se intentan en varias ocasiones, siempre buscando los mejores cielos posibles.

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Una pieza del puzle (grupo de NGC 691)

Cada vez que observo un nuevo grupo de galaxias siento una emoción difícil de explicar. No se trata de “sumar” una victoria más, sino más bien del hecho de rellenar un espacio vacío en mi universo mental, parcelando las regiones y organizando la estructura galáctica que, poco a poco, va tomando forma. De esta manera, podemos apuntar al grupo de galaxias de NGC 691, en Aries, y ver unas cuantas manchas débiles y pequeñas; otra opción, sin embargo, es apartar la mirada del ocular una vez resueltas y lanzarlas con nuestra imaginación a unos 130 millones de años luz. De refilón vemos a M31, y pensamos: “a 2.5 millones de años luz parece que está ahí mismo, al alcance de la mano”. Justo al lado está la bella Gamma Arietis, y recordamos entonces que al sur de dicha estrella estaba NGC 772, con su prominente brazo espiral y su pequeña compañera NGC 770, ambas un poco más cercanas que NGC 691, a algo más de 100 millones de años luz. De esta manera vamos elaborando un mapa tridimensional que nos permite ver algo más que puntos y manchas, y nos ayuda a comprender la vastedad del cosmos.

Vamos a centrar nuestra observación sobre la estrella 1 arietis, una espectacular doble que no nos dejará indiferentes. Situada a 590 años luz, está formada por una estrella amarillenta de magnitud 6.4 y tipo espectral K1, con una secundaria de tipo espectral A6 y magnitud 7.2 que adquiere un bonito color azulado. Su separación es de tan sólo 2.87 segundos de arco, dando la sensación de ser una verdadera doble al primer vistazo. La primera galaxia que cacé fue NGC 697, denominada también NGC 674 por error, una galaxia espiral barrada cuya distancia se estima entre 111 y 138 millones de años luz, distancia a la que también se encuentran el resto de galaxias que la acompañan. No hay información publicada acerca de estas galaxias, siendo algunas fotografías profesionales la principal fuente para describirlas. En NGC 674 destacan dos prominentes y alargados brazos en espiral que se extienden a su alrededor, poblados por regiones HII de color azuladas. Sus brazos no son simétricos, fruto quizás de una pasada interacción con alguna de sus compañeras.

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Se encuentra a 16 minutos de distancia de 1 arietis, por lo cual es fácil englobarlas en el mismo campo del ocular. Para ver el resto de galaxias tendremos que desplazarnos al otro lado de la estrella doble, apareciendo 5 de ellas en el mismo campo. La más brillante, con una magnitud de 11.5, es NGC 691, una bonita espiral vista de frente con marcados brazos y un núcleo puntiforme y brillante. Al telescopio no se aprecia gran detalle, pero una estrella doble aparece a su lado, con sus componentes blanquecinas extremadamente cercanas entre sí. Otras dos débiles galaxias hacen su aparición junto a NGC 691. Son IC 167 y NGC 694, siendo la primera verdaderamente espectacular en fotografías de larga exposición. Es una galaxia espiral que muestra una pequeña barra en su núcleo y dos brazos retorcidos brazos que se expanden en forma de letra “S”, un perfecto ejemplo del tipo de galaxias SBc. También podemos adivinar grumos azules que son muestra de puntos de actividad proliferativa. Visualmente sólo podemos ver el núcleo, quedando sus brazos reservados para aberturas mucho más generosas o astrofotografía. NGC 694, más pequeña, es otra galaxia espiral que muestra unos cortos brazos en un ángulo poco regular, probablemente fruto del contacto previo con alguna galaxia. En la siguiente imagen, de Alson Wong, podemos contemplar el conjunto.

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Por último, otras dos galaxias pueden verse en el mismo campo visual, relativamente brillantes, son NGC 678 y NGC 680, ambas formando una atractiva y contrastada pareja. Mientras que NGC 680 es una galaxia elíptica, con una forma perfectamente redondeada y definida, NGC 678 es una espiral vista de perfil, mostrando su inequívoca silueta cuando las condiciones del cielo son adecuadas. Aún hay más, y es que NGC 678 posee una interesante línea oscura de polvo que atraviesa su ecuador, con algunos entrantes y salientes que denotan una dinámica activa. Necesitaremos, eso sí, una gran abertura para poder distinguirla, así como un cielo realmente oscuro, pero nada nos impide intentar la hazaña conociendo ya su estructura.

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Subiendo por las piernas de Casiopea (2ª parte)

Tras la vuelta de las vacaciones, abordamos hoy la segunda parte de esta región de la constelación de Casiopea, en la que nos centraremos en tres llamativos cúmulos abiertos que pudieran englobarse juntos en un telescopio de gran campo. Vamos a contemplar la parte más brillante del brazo de Perseo de nuestra galaxia, que recibe el nombre de Arco de Casiopea, situándose gran parte en la zona comprendida entre Ksora o Delta Cas y Epsilon Cas, dos de las brillantes estrellas que forman la “M” o “W” de la constelación.

Comenzaremos por el cúmulo más llamativo, NGC 663, que también está incluido en el catálogo Caldwell con el número 10. Es conocido también como el cúmulo de la Herradura, y no es difícil entender por qué cuando lo observamos tras el telescopio. Cuenta con unas 400 estrellas de entre 15 y 25 millones de años de edad, por lo que estamos ante un cúmulo relativamente joven, en el cual predominan estrellas de tipo espectral B, aunque se ha encontrado una estrella de tipo espectral O y dos de tipo M, gigantes rojas cuya vida se acerca a su final. Se encuentra a una distancia de unos 7000 años luz, justo por delante, al parecer, de la asociación Casiopea OB8, aunque no se descarta que pueda formar parte de dicha familia. Tiene entre sus componentes 24 estrellas de tipo Be, una interesante variedad de estrellas de espectro B que giran sobre sí mismas a gran velocidad, expeliendo una importante cantidad de gas que conforma un disco a su alrededor. Este gas es el responsable de producir líneas de emisión de Balmer, características del hidrógeno que ha sido expelido. Normalmente una estrella de tipo espectral B es rica en helio, de ahí la peculiaridad de mostrar estas líneas de hidrógeno. Además, la rápida rotación de la estrella Be produce un achatamiento de sus polos, proporcionando a muchas de estas estrellas una forma casi ovalada, como ocurre con Achernar o Alpha eridani.

Para encontrarlo no tenemos más que apuntar con nuestros prismáticos a un punto intermedio entre las dos brillantes estrellas mencionadas de Casiopea, y veremos, sin dificultad, una pequeña mancha brillante en la que, si usamos algún tipo de soporte, podremos distinguir algunas de sus principales estrellas. Con una magnitud que, según algunas estimaciones, puede alcanzar la 6.5, es visible desde cielos extremadamente oscuros a simple vista, por lo que puede ser una buena manera de poner a prueba nuestro lugar favorito de observación. Al ocular destaca como una enorme familia de estrellas que se disponen en un área de unos 15 minutos de arco de diámetro. Unas cien estrellas pueden contarse sin problema, muchas de ellas en el límite de visibilidad, conformando un fondo granujiento extremadamente delicado, mientras que dos parejas de estrellas destacan sobremanera como si fueran cuatro ojos blanquecinos. Cada una de estas parejas podría considerarse como el extremo de la herradura, extendiéndose sus compañeras más débiles formando una especie de arco. En mi caso usé tan sólo 62.5 aumentos para poder ver a los cúmulos cercanos, aunque si usamos mayores aumentos el número de estrellas aumenta vertiginosamente.

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Vamos a viajar ahora hasta su vecino cúmulo NGC 659, otra curiosa aglomeración de estrellas que se encuentra un poco más alejada del anterior, a unos 8200 años luz de distancia. Es algo más pequeño, y cuenta con 180 estrellas de joven edad también, estimándose en unos 20 millones de años. NGC 659 comparte muchas similitudes con M103, que, aunque no se describe en este artículo, se encuentra a poco más de un grado de distancia, así que nada nos impide disfrutarlo en la misma noche en que apuntemos a esta poblada región del cielo. Mide 6 minutos de arco de diámetro y su magnitud de 7.9 lo hace asequible a la visión con prismáticos, aunque puede ser tarea difícil por la presencia de la Vía Láctea como telón de fondo. Al telescopio, con 62.5 aumentos aparece como un pequeño cúmulo de estrellas, contando unas 15 de ellas, inmersas en una débil nebulosidad que no es más que el efecto de las lejanas componentes que no se pueden resolver. Al usar mayor aumento podremos resolver muchas de éstas, aunque su imagen pequeña en el mismo campo que NGC 663 es muy sugestiva, y seguramente muchos preferirán esta imagen conjunta (nada nos impide probar cada uno de los oculares que tengamos, el cúmulo no se va a mover de ahí, al menos no en los próximos millones de años).

Para terminar esta expedición vamos a mirar al otro lado de NGC 663, donde aguarda otro bonito cúmulo abierto denominado NGC 654. Se trata de una pequeña familia de entre 60 y 80 estrellas que nacieron hace unos 15-20 millones de años, edad similar a los anteriores cúmulos, lo cual hace pensar que todos han tenido un origen similar. Sus estrellas centrales, las más grandes, se encuentran en un medio interestelar muy poco denso, mientras que cierta cantidad de gas se ha podido detectar en la periferia. Esto hace pensar que el gas interestelar ha podido ser desplazado de las zonas centrales debido al viento formado por las estrellas más masivas, o bien por el efecto de una supernova que, a modo de ventiladora, haya hecho disipar gran parte del gas. Este cúmulo sufre un importante y peculiar fenómeno que se denomina extinción, básicamente consistente en que el polvo que se interpone entre sus estrellas y nosotros oscurece la imagen que llega a nuestra retina, haciendo que su color se desvíe hacia longitudes de onda rojizas. Así, se ha podido estimar la presencia de dos nebulosas intermedias a una distancia de 600 y 3000 años luz, capaces de disminuir el brillo de sus estrellas en varias magnitudes, que se encuentran a unos 7800 años luz. Otra llamativa faceta de NGC 654 es su vecindario, que comparte con una nebulosa de reflexión denominada VdB 6 (justo en la periferia del cúmulo, junto a una amarillenta estrella de magnitud 9.6) y varias nebulosas oscuras denominadas LDN 1332, LDN 1334 y LDN 1337, extremadamente débiles pero bien visibles en la espectacular fotografía de Antonio F. Sánchez, en la que se pueden apreciar sus variopintos y opacos filamentos bloqueando la luz del fondo.

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Imagen obtenida por Antonio F. Sánchez

Visualmente, NGC 654 es un bonito cúmulo abierto en el que, a bajo aumento, se distingue como un parche nebuloso de forma redondeada que acompaña a una brillante estrella, y en cuya superficie se disemina una veintena de diminutas estrellas, titilando en la lejanía. Si usamos mayores aumentos podremos apreciarlas de manera más fácil, y algunas más aparecen entre las principales estrellas, brillando tímidamente y alcanzando la treintena. Los astrónomos que dispongan de mayor abertura y cielos cristalinos podrían atreverse quizás con las nebulosas que rodean a esta familia de estrellas; para el resto, obtendremos una bella imagen si lo contemplamos con un telescopio de campo amplio, apareciendo el cúmulo junto a NGC 663, e incluso alcanzando a ver a la vez a NGC 659 si disponemos de un telescopio de gran campo. Este campo salpimentado de agrupaciones estelares es bastante común en esta época del año, y encontraremos cientos de imágenes similares si vamos a la deriva con nuestro telescopio, recorriendo la Vía Láctea en estas llamativas constelaciones que tan bien se sitúan en el cielo en los meses otoñales.

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