Nova en Sagitario. ¿Qué es y cómo verla?

El cielo no es un lienzo inmóvil e inerte, como hemos podido comprobar a menudo a lo largo de la historia. El ser humano ha sido testigo, desde que mira al cielo, de apariciones repentinas de estrellas desconocidas hasta entonces. No nos referimos a estrellas fugaces, sino estrellas que, de repente, aparecen incrustadas en el firmamento y tardan días e incluso semanas en desaparecer. Nos referimos a las novas, término acuñado por Tycho Brahe en el siglo XVI, cuya experiencia podemos repetir hoy si disponemos de unos prismáticos o de un pequeño telescopio. Porque sí, podemos decir que “ha nacido” una estrella en nuestro cielo. Antes de describir su posición vamos a dar unas nociones para conocer el proceso del que estamos hablando, y entenderemos entonces que, más que “nacer”, el término más adecuado sería “renacer”.

Vamos a viajar varios miles de años atrás, muy lejos de la Tierra, a un peculiar sistema solar en dirección a la constelación de Sagitario. Conforme nos acercamos podemos apreciar que, en realidad, está compuesto por dos estrellas, una de ellas grande y roja, mientras que la otra, extremadamente pequeña y blanca, nos llama poderosamente la atención. A pesar de ser más pequeña, notamos como se nos eriza el cabello y la nave en la que vamos sufre unas pequeñas vibraciones que denotan un fuerte campo gravitatorio. Pero no es eso lo más llamativo, sino que el material más externo de la estrella rojiza está siendo atraído por la enana blanca, hidrógeno y helio en su mayor parte, tan alejados de su estrella que la gravedad no es capaz de retenerlos. Se ha superado lo que se conoce como “lóbulo de Roch”, el punto del espacio tras el cual un cuerpo escapa de la influencia de su estrella. Contemplamos atónitos como este material va girando alrededor de la enana blanca, formando un bonito disco que nos recuerda a los anillos de Saturno. Nos acercaremos para curiosear…

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La actividad de la enana blanca es mínima, es una estrella en las últimas etapas de su vida, ya que ha quemado casi todo el combustible disponible. Sin embargo, la estrella roja, cediendo parte de su material, está recargando su depósito una vez más. El material del disco hace que aumente la presión en las capas externas de la enana blanca y, si recordamos las clases del colegio, al aumentar la presión aumenta la temperatura, con lo cual la estrella vuelve a disponer de las herramientas para quemar hidrógeno. Se produce entonces la combustión repentina de este elemento en diversos puntos de la atmósfera estelar, un proceso en cual dos átomos de hidrógeno se unen para formar helio y, como resultado, desprenden una ingente cantidad de energía. Esta fusión conjunta promueve una gargantuesca liberación de radiación electromagnética, luz y otros tipos de ondas que salen despedidos al exterior en una gran explosión. La estrella ha renacido…

Volvemos a nuestro tiempo y a nuestro hogar, a salvo de estos cataclísmicos eventos, y cogemos nuestro telescopio. Miramos ahora a la nova de la que hemos oído hablar y nos sorprende verla como una estrella más. Si no supiéramos la historia que hay tras ella no tendría mayor interés para nosotros, pero saber que esa estrella era invisible hasta hace unos días le da otro sentido al asunto. En unos días volverá a apagarse, pero el cosmos sigue su curso, y la enana blanca seguirá absorbiendo material de la gigante roja, con lo cual, tras varios días, o incluso meses, es posible que vuelva a brillar de nuevo, arrojando más información sobre su composición, estructura y composición.

Una vez conocida su naturaleza, vamos a salir a la caza de este peculiar evento. Para ello necesitaremos algún instrumento óptico, ya sean unos buenos prismáticos o un pequeño telescopio, quizás ese que tenemos guardado en el garaje desde aquélla Navidad… La hora también es decisiva, porque se encuentra en Sagitario, y sólo podremos verlo a primera hora de la noche, cuando la luz del sol haya desaparecido por completo. Primero tenemos que conocer cómo es la constelación de Sagitario, que muchos comparan con una casa o, más acertadamente, con una tetera, y se situará al oeste, por encima de donde se pone el sol. En el siguiente dibujo tenéis un esquema para encontrarla. Vamos a situarnos en la estrella Gamma Sagittarii, que es la boquilla de la tetera, y a ella apuntaremos nuestros instrumentos.

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Justo encima hay otra estrella brillante y, si seguimos foto-nova-mapahacia arriba y un poco a la izquierda, veremos otra estrella relativamente destacada. Continuamos en la misma dirección y podremos apreciar una curiosa agrupación de 4 estrellas alineadas que apuntan directamente a la nova. Si apuntamos con unos prismáticos no veremos más que la nova, pero en el telescopio nos puede llamar la atención un estrecho trapecio, con dos de sus esquinas más brillantes. Una de ellas es nuestra nova, la brillante enana blanca que nos envía su luz tras haber revivido y nos permite asombrarnos desde nuestro humilde planeta. Paradójicamente, la luz que vemos de ella es anaranjada, probablemente enrojecida a raíz de las capas de polvo y gas que se interponen en su camino hasta llegar a nosotros.

La nova, que ha recibido el romántico nombre TCP J18102829-2729590, fue descubierta el 20 de octubre por el japonés Koichi Itagaki, y en sólo dos días aumentó drásticamente su brillo, para mantenerse relativamente estable a lo largo de esta semana. Aprovechemos para disfrutar de ella antes de que su luz se vuelva a apagar.

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Despidiendo estrellas (NGC 6804 y NGC 6842)

Hoy veremos dos nebulosas planetarias veraniegas que, aunque a priori no parezcan especialmente llamativas, cuentan con varias características interesantes. La primera se trata de NGC 6842, una de las pocas planetarias que tienen un puesto en el catálogo Sharpless, con la denominación Sh2-95 (este catálogo es un compendio, principalmente, de regiones HII). Se encuentra en la constelación de Vulpécula o la Raposa, a 5 grados de Albireo, y su magnitud de 13.5 no debe hacer que desestimemos en el intento. Al ser pequeña, de 1 minuto de arco cuadrado, no resulta tan complicado como pueda parecer. Se encuentra a unos 4000 años luz de distancia, protegida por miles de estrellas que sobrevuelan esa zona de nuestra galaxia. La planetaria se encuentra en plena rama de Orión, que vemos de frente, motivo por el cual hay tantas estrellas superpuestas. Eso, sumado a que una importante cantidad de polvo y gas bloquean parte de su luz, hace que no existan fotografías de alto detalle, apareciendo en la mayoría de ellas relativamente borrosa. Su estrella central, de magnitud 15.5, es ciertamente esquiva, ya que a su bajo brillo hay que añadir que queda disimulada por la superficie nebulosa.

Con todo esto, NGC 6842 se deja ver si observamos desde un lugar oscuro. A 115 aumentos ya se podía intuir en un campo densamente poblado de estrellas. Decidí usar mayores aumentos, definiéndose un poco más como un disco pequeño y difuso, aunque lo decisivo aquí es el filtro OIII, que realza “mágicamente” la nebulosa. Por supuesto, no pude ver ni rastro de la estrella central, que con mayores aberturas debe apreciarse sin problemas. También me resultó imposible detectar un engrosamiento muy leve de sus bordes que le proporciona una difusa estructura anular. Aun así, siempre es interesante ver estas burbujas de gas y pensar que, algún día, nuestro sol correrá la misma suerte.

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Nuestro siguiente objetivo es, visualmente, mucho más interesante, ayudado quizás porque se encuentra a medio camino entre el brazo de Sagitario y la rama de Orión, y puede verse menos afectado por el polvo galáctico. Se trata de NGC 6804 y es una de las planetarias más llamativas que podemos encontrar en la constelación del Águila. Descubierta por William Herschel en 1791, fue considerada durante mucho tiempo como un cúmulo abierto, en una época en que las nebulosas eran consideradas aglomeraciones de estrellas lo suficientemente débiles como para no ser resueltas. Así lo describe Herschel, e incluso William Henry Smith, afirmando “haber resuelto sus estrellas”, debido a la presencia de su estrella central y otras dos que aparecen embebidas en su superficie. En 1917, Frances G. Pease (famoso por descubrir Pease 1, la planetaria inmersa en M15) fue el que arrojó luz sobre su verdadera naturaleza al fotografiar el objeto con el reflector de 150 cm de Mount Wilson.

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NGC 6804, situada a 4900 años luz de distancia, presenta una estructura compleja formada por hasta 4 capas gaseosas superpuestas. La tercera es la más brillante, dispuesta a modo de torus alrededor de la estrella central, como si fuera un gran donut. La capa más externa forma una burbuja de más de un año luz de diámetro, muy débil pero visible en telescopios de gran abertura. Un vistazo en fotografías de larga exposición nos permitirá comprobar que hay cierta asimetría en el tamaño de sus capas, de manera que el lado hacia el sureste se encuentra más compactado que el opuesto. Este dato, sumado a que la velocidad radial de cada capa decrece del interior al exterior, ha llevado a la conclusión de que NGC 6804 está interaccionando intensamente con el medio interestelar, con si lanzamos una pompa de jabón contra la pared (aunque no llegará a explotar). Cada una de las capas es fruto de una época distinta, de un pulso de la estrella agonizante que, al fusionar helio, produce un súbito calentamiento y dilatación de sus capas más externas. Sin embargo, su destino ya está escrito. Cada vez soplará con menos fuerza y se transformará en una débil enana blanca, invisible a nuestros ojos.

Como adelantábamos, NGC 6804 es verdaderamente interesante a la hora de observarla a través del telescopio. Ya detectable con pequeños telescopios, gracias a su magnitud 12, con instrumentos de abertura moderada mostrará detalles muy llamativos. En mi caso, la mejor imagen la obtuve a 214 aumentos, apareciendo ante mis ojos un disco tenue en el que, de entrada, podía adivinar cierta heterogeneidad. Una visión más atenta puso en relieve la presencia de varias estrellas en su superficie. La estrella central, de magnitud 14, se adivinaba perfectamente como el eje de una lejana rueda, mientras que otras dos brillantes estrellas la flanqueaban con un ángulo de unos 150 grados. Tres astros más débiles, por último, rondaban la nebulosa a corta distancia. La nubecilla no era perfectamente redonda, sino que presentaba una forma ovalada, y en seguida saltaron a la vista dos condensaciones que marcaban sus bordes en polos opuestos, a modo de estructura anular dividida en dos partes. Una de las estrellas brillantes marcaba una de estas divisiones, mientras que la otra aparecía en realidad por fuera del borde. Me recordó a NGC 40, sólo que ella tiene sus bordes más finos, pero la imagen era ciertamente similar. El filtro OIII apenas proporcionaba mejoría evidente, en detrimento de las estrellas, así que decidí prescindir de él y disfrutar en directo de la nebulosa, imaginando cómo sería estar en esa “onda expansiva” que avanza a más de 50.000 km por hora.

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La pareja del dragón (Arp 81)

El Hubble nos regala la siguiente imagen, y deleitándonos con ella vamos a comenzar el artículo:

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Se trata de dos galaxias en interacción llamadas NGC 6621 y NGC 6622, ambas formando parte del catálogo Arp de galaxias peculiares como Arp 81. A 265 millones de años luz de distancia, el espectáculo queda garantizado en esta colisión de proporciones gargantuescas. NGC 6622 es la mayor de ellas, situada a la derecha en la fotografía, y es una galaxia barrada espiral que ha perdido gran parte de su estructura, aunque destaca uno de sus brazos, que se ha deformado por las corrientes de marea y se extiende por una distancia de casi 250.000 años luz. El cuerpo de la galaxia propiamente dicha tiene unos 68.000 años luz de longitud y 26.000 de ancho, lo cual nos sirve para hacernos una idea de su enorme brazo espiral. Su compañera, NGC 6621, es una pequeña galaxia lenticular, de apenas 20.000 años luz de diámetro, que al lado de NGC 6622 parece estar relativamente tranquila. Sin embargo, sabemos que ambas están inmersas en un largo y colosal baile, habiéndose estimado que el último acercamiento tuvo lugar hace unos 100 millones de años, tras el cual las galaxias se han alejado 55000 años luz. Próximamente, si esto fuera un vídeo a cámara rápida, veríamos como la velocidad de separación se va ralentizando hasta que la gravedad vuelve a producir otro acercamiento entre ellas. El siguiente contacto será, probablemente, el definitivo, aunando los dos universos y formando una galaxia elíptica.

Esta interacción ha promovido la formación de una ingente cantidad de estrellas, como podemos apreciar por la presencia de múltiples cúmulos azulados, la mayoría de ellos en NGC 6622, con algunas gigantes azules que se pueden individualizar en las fotografías de larga exposición. Otra característica que hace referencia a esta alta proliferación estelar es su elevado brillo en el infrarrojo, que ha llevado a catalogar estas galaxias como LIRG, siglas de “Luminous Infrared Galaxies”. Si nos fijamos en otras propiedades, como la presencia de hidrógeno neutro (en esta entrada hablábamos sobre los distintos tipos de hidrógeno), llama la atención la escasez relativa de este elemento, probablemente porque la interacción entre ambas galaxias ha removido este gas. El hidrógeno molecular, sin embargo, es extremadamente abundante, sobre todo en los brazos, indicándonos también los lugares de formación estelar (aunque no podemos captar el hidrógeno molecular, se puede inferir su localización gracias a la detección de monóxido de carbono).

Ambas galaxias se encuentran en la constelación de Draco, muy cerca de la nebulosa planetaria NGC 6543, por lo que podemos aprovechar y hacerle una visita. Las magnitudes de NGC 6621 y NGC 6622 son, respectivamente, 13.6 y 13.2, y su bajo brillo superficial no hace que sean especialmente fáciles. Sin embargo, bajo una oscura noche se apreciar con aberturas moderadas y una adaptación visual. Con mi Dobson de 30 cm aprecié inicialmente una mancha muy débil y algo alargada, y desde el primer momento podía notar que no era una imagen completamente homogénea. Usé el Cronus de 7 mm, con 214 aumentos, y pude verla un poco más definida. Tras varios minutos de adaptación conseguí, con visión periférica, distinguir cómo uno de los extremos de la mancha era, realmente, otra pequeña nubecilla independiente, NGC 6621, prácticamente en contacto con la más alargada. Además, por momentos aparecía el núcleo de ambas galaxias como una débil condensación casi puntual, desapareciendo al fijar la vista. No atisbé ni rastro del gran brazo de NGC 6622, por lo cual queda apuntada en mi lista de objetos para ver con mayor abertura. Sin embargo, por muy débil que sea, nunca se pierde la sensación de estar viendo algo muy, muy lejano y muy, muy grande.

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Las tres caras del hidrógeno (IC 1283, NGC 6589, NGC 6590)

Todos sabemos ya que el hidrógeno es el elemento más común en el universo, formando parte del agua que bebemos, el aire que respiramos y las grandes nubes que hay entre las estrellas. De estas nubes vamos a hablar hoy, así como de las distintas formas de hidrógeno que podemos encontrar en el cielo, eligiendo para ello una zona verdaderamente interesante en la que confluyen varias corrientes de gas.

El hidrógeno atómico, o neutro, es la forma más simple de este elemento, un protón y un electrón en constante interacción, y forma grandes nubes que se diseminan por todo el universo. Estas nubes se conocen como regiones HI, zonas de gas poco denso y frío (temperaturas de 150ºC bajo cero), invisible a nuestros ojos. Sin embargo, con instrumentos especializados se puede detectar, ya que emite una línea espectral característica que se conoce como línea de 21 cm. Si dos átomos se unen obtenemos una molécula, y eso es básicamente el material del que están formadas las grandes nubes moleculares, hidrógeno molecular o H2. Éstas predominan en las regiones de los brazos galácticos y son el lugar donde se forman nuevas estrellas, gracias a la progresiva condensación y enfriamiento de sus partículas. Al igual que el hidrógeno atómico, el H2 no es apreciable a simple vista. Sin embargo, con determinados instrumentos podemos localizar algunos otros elementos químicos que acompañan siempre a estas nubes moleculares, como es el caso del monóxido de carbono (CO). De esta manera, la existencia de monóxido de carbono en el cosmos nos revela la presencia concomitante de hidrógeno molecular. La última forma del hidrógeno, y la que mejor conocemos en astronomía, es el hidrógeno ionizado, el protagonista de las regiones HII. Cuando una estrella nace y adquiere suficiente energía, su radiación es capaz de ionizar átomos de hidrógeno, es decir, el electrón es arrancado del átomo y en su interior queda, tan sólo, un solitario protón. En el momento en que el electrón se desprende, emite radiación electromagnética en una determinada longitud de onda, ésta vez visible por nuestros ojos y detectada en determinados instrumentos como una luz característicamente rojiza. Este es el motivo por el que gran parte de las nebulosas tienen esa tonalidad en fotografías, como ocurre con M42, M8 o Sh2-112. En la siguiente imagen, obtenida por Sergio Eguivar, vamos adelantando el espectáculo al que vamos a dedicar la entrada:

Con esta breve introducción teórica ya estamos en disposición de asomarnos al telescopio para “observar” con otros ojos y ver en directo el proceso del que estamos hablando. Justo por debajo de M24, la cual tratamos extensamente en esta entrada, se encuentra una zona de encrucijada entre varias nubes de gas, situadas a una distancia algo mayor de 5000 años luz. La más llamativa, una gran masa de hidrógeno molecular, se denomina Lynds 291 y tiene una forma alargada y geniculada, de más de 250 años luz de longitud y hasta 65 años luz de anchura. En fotografías de larga exposición aparece como una zona oscurecida, ya que, como hemos comentado al principio, el hidrógeno molecular no se percibe en visual. Sin embargo, al norte de la nube podemos apreciar una zona rojiza que corresponde a Sh2-37, uno de nuestros objetivos de esta noche. También se conoce como IC 1283, Gum 78 o RCW 153A, y es la parte más brillante y densa de una región HII de mayor envergadura que tiene forma de anillo y se denomina RCW 153. En toda su extensión, esta nube de hidrógeno ionizado nos envía sus fotones, indicándonos que en su seno se están formando multitud de estrellas. Sh2-37 es fácil de apreciar a través del ocular, como una débil nubecilla difusa alrededor de la brillante estrella HD 167815, de magnitud 7 y tipo espectral B (en realidad es un sistema binario), que es la responsable de ionizar el hidrógeno. El filtro UHC realza el brillo de la nebulosa, aunque sigue teniendo una forma poco definida, y su mayor superficie parece extenderse hacia el sur.

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RCW 153. A la derecha abajo Sh2-37

Volvemos la vista atrás para conocer otra región HII conocida como Sh2-35, alargada y extremadamente débil, difícil incluso de captar en fotografías de larga exposición. Se encuentra al sureste de Lynds 291 y junto a ella encontramos varias estrellas de tipo espectral O y B, estrellas extremadamente jóvenes y energéticas que ionizan todo el gas que hay a su alrededor, conformando la denominada Asociación Sag OB7. Los brazos de nuestra galaxia están poblados de asociaciones como estas que dan color al cielo y generan nuevas estrellas a partir de simple hidrógeno, como el que forma parte de las moléculas de nuestras células. Hay un dato interesante sobre esta zona y tiene que ver con la otra cara del hidrógeno que nos queda por ver, el hidrógeno neutro. Éste se encuentra disperso formando grandes nubes y, como comentábamos al principio, se puede detectar gracias a la línea de emisión de 21 cm. Pues bien, gracias a instrumentos que detectan esta línea de misión se ha podido comprobar que existe una burbuja exenta de hidrógeno neutro justo alrededor de Sh2-37 y Sag OB7, un vacío en expansión similar al que dejaría una persona que salta a una piscina llena de agua. Las grandes estrellas recién formadas producen fuertes vientos capaces de remover y dispersar el gas que las rodea, y eso es lo que ha ocurrido en este lugar, aunque al parecer hay un factor más que promueve la expansión de esta burbuja en la nube de hidrógeno neutro. Todo apunta al efecto producido por varias supernovas ocurridas en los últimos millones de años, estimándose entre 9 y 13 de ellas que, mediante sus ondas expansivas, han “barrido” el gas interestelar.

En el siguiente esquema he intentado representar las distintas nubes de gas que participan en este encuentro galáctico, quedando M24 al norte de la escena:

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Si miramos con cautela puede que distingamos dos pequeñas nubecillas azuladas que se encuentran cerca de Sh2-37, representadas en el esquema en color celeste. Se trata de dos interesantes nebulosas de reflexión que pertenecen al complejo gaseoso RCW 153. También formadas mayoritariamente por hidrógeno, la luz azulada no es más que un reflejo de las estrellas que hay en su interior. Estas estrellas no tienen energía suficiente para ionizar el hidrógeno, sino que el gas cercano, así como el polvo, reflejan su luz hacia nosotros. Son estrellas azuladas, de ahí el color que percibimos en las fotografías de larga exposición.

La más brillante de ellas es NGC 6590 (aunque en algunos sitios aparece como NGC 6595 que, al parecer, hace alusión a un cúmulo abierto inexistente), situada en torno a una estrella doble cuyas componentes, ambas de magnitud 10, tienen una separación de 20 segundos de arco. En fotografías aparece, junto a estas estrellas, una pequeña nebulosa oscura muy opaca que, seguramente, estará al alcance de telescopios medianos si la noche es buena y nos permite usar aumentos considerables. En mi caso no pude apreciarla (tampoco conocía su existencia), así que habrá que hacerle otra visita más adelante. La otra nebulosa de reflexión, algo más pequeña, es NGC 6589, un poco más débil también pero interesante de ver junto a sus compañeras gaseosas. Con visión periférica se ve con mayor facilidad, mientras que los filtros la hacen desaparecer prácticamente, una prueba más de que no es una nebulosa de emisión.

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Para disfrutar de este complejo de objetos será mejor que lo hagamos en una noche bien oscura, alejados de las luces de la ciudad. Usemos primero unos prismáticos de gran campo para deleitarnos con la miríada de estrellas que pueblan el ocular. Tratemos de recordar la disposición de las distintas nubes que hemos visto y situémoslas con ayuda de la imaginación. No es difícil si tenemos el esquema claro en nuestra mente. Nos podemos ayudar de la nube molecular L291, que aparece como una zona especialmente vacía en contraste con la Vía Láctea colindante. Luego usemos el telescopio para enfrascarnos, poco a poco, en cada uno de los rincones que esta increíble zona tiene para ofrecernos. Cuando cacemos las principales nebulosas no nos quedemos ahí, intentemos ir más allá. ¿Somos capaces de ver la nebulosa oscura de NGC 6589? Puede que necesitemos varios minutos, media hora, una hora… No hay prisa, y si se nos resiste no tenemos más que volver otra noche en la que las condiciones sean más favorables. A base de práctica terminaremos por desentrañar los misterios de estas nubes celestes.

Mirando a través de la ventana (M24)

El que traemos hoy es quizás el objeto más peculiar de todo el catálogo Messier, debido, precisamente, a que no es un “objeto” como tal… ¿Cómo? Se trata de M24, catalogada en numerosas ocasiones como “nube estelar” o incluso como cúmulo abierto, pero esas denominaciones se alejan de su verdadera naturaleza. Para comprender lo que estamos viendo alejémonos por un momento de telescopios, prismáticos y pantallas de ordenador, yéndonos a un lugar oscuro en el que, al menos, podamos ver ligeramente la Vía Láctea surcando el cielo. Vemos que discurre desde el noreste, acompañando a Casiopea, hasta terminar entre Sagitario y Escorpio (más al sur si observamos desde latitudes meridionales), y podremos apreciar que se encuentra parcheada, con claroscuros bien definidos que la hacen completamente irregular. Pues bien, todas estas diferencias en su brillo se deben a ingentes cantidades de polvo y materia interestelar que se encuentran bloqueando nuestra visión del brazo de la galaxia, como si una pared traslúcida nos permitiera ver tan sólo una fracción del total de estrellas que discurren por el lechoso camino. Imaginemos por un momento el alto brillo que tendría la Vía Láctea si no fuera por este polvo: y, si no queremos imaginarlo, no tenemos más que dirigir nuestra mirada a M24.

M24 es una ventana, una zona del cielo libre de polvo y gas que nos muestra directamente lo que hay detrás, una claraboya que nos permite mirar directamente al brazo de Norma. Atravesamos, de esa manera, nuestro propio grupo de estrellas, el brazo de Sagitario-Carina e incluso el brazo de Centauro para sumergirnos aún más lejos, entre estrellas que se encuentran más allá de 12.000 años luz de distancia. Con el siguiente esquema podemos hacernos una idea de nuestro punto de vista:

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Apuntemos con nuestros prismáticos al “cúmulo” estelar, y nos sorprenderemos con la cantidad de estrellas que podemos contar. De hecho, es el lugar donde más estrellas podemos ver en el mismo campo del ocular, habiendo mil de ellas al alcance de cualquier instrumento, dispersas por una superficie de apenas 2 grados de ancho y 1 de alto. Tan brillante es que puede apreciarse a simple vista como un enaltecimiento de la Vía Láctea, entre las pequeñas manchas que se corresponden con M8, la Laguna, y M17, la Nebulosa del Cisne. Si no fuera por el polvo interestelar toda la Vía Láctea tendría un brillo similar a M24, tanta luz que incluso proyectaría nuestra sombra sobre el suelo. En esta fotografía, realizada por Juan Francisco Salinas Jiménez, podemos apreciar la zona en cuestión: es verdaderamente difícil hacerse a la idea de que esa condensación de la Vía Láctea se sitúa en realidad mucho más lejos que las regiones colindantes, que pertenecen al cercano brazo de Sagitario-Carina.

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Autor: Juan Francisco Salinas Jiménez

La ventana que supone M24 tiene, a 12.000 años luz de distancia, un diámetro de unos 600 años luz, y en ella vemos la superposición de estrellas, cúmulos y nebulosas que se sitúan incluso a 16.000 años luz de distancia. Muy relacionado con esta situación se encuentra el término “extinción”, que no es más que el oscurecimiento de los objetos debido a la absorción y dispersión de la radiación electromagnética producida, principalmente, por gas y polvo. Por regla general se ha calculado que la extinción es responsable de que, por cada 3200 años luz de distancia, el brillo de los objetos disminuya entre 0.7 y 1 magnitudes. A 12.000 años luz, donde comienzan las estrellas de M24, esto supondría una disminución de su brillo en casi 4 magnitudes, pero la extinción de M24 se ha estimado en tan sólo 1.5.

M24, conocida también como la “Pequeña Nube de Sagitario” (la Gran Nube de Sagitario es otra región especialmente brillante y de mayor tamaño que se encuentra al oeste de la constelación), es realmente espectacular a través de unos simples prismáticos. Con una forma alargada, cientos de estrellas brillan en su interior, resultando imposible contarlas todas. La mayoría de ellas tienen una edad muy joven, de unos 220 millones de años, aunque destacan algunas estrellas rojizas que denotan una vida más larga y, probablemente, una situación más periférica con respecto al núcleo de la galaxia. Una de las más destacadas, apreciable sin dificultad a través de los prismáticos, al norte de M24, se denomina HD 167720, con una magnitud de 5.8. Es de tipo espectral K4 y, a casi 1000 años luz de distancia, es una gigante roja con un diámetro 40 veces mayor que nuestro sol.

Pero no nos quedemos en la visión global de esta familia de estrellas que, si bien resulta sobrecogedora, tiene más que ofrecernos si nos fijamos en los detalles. Sus dos elementos más llamativos, si la noche es oscura, serán dos nebulosas oscuras conocidas como Barnard 92 y Barnard 93, ambas situadas a una distancia mucho más cercana, a pocos cientos de años luz. El gas que las forma no se encuentra iluminado por ninguna fuente de luz, por lo que actúan como una pared bloqueando por completo lo que hay tras ellas. La más evidente es B92, que cuenta con una opacidad de 6 (siendo ese valor el más oscuro en la escala que elaboró Edward Emerson Barnard), mientras que B93, más pequeña, tiene un valor de opacidad de 4. Aparecen como dos pequeñas manchas negras, al norte de M24, siendo B93, más alargada, la única que contiene una débil estrella en su interior. B93, por cierto, era conocida antiguamente como el “agujero negro”, aunque dicho nombre quedó en desuso tras el descubrimiento de los famosos agujeros negros, que nada tienen que ver con estas nubes oscuras.

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Otro detalle llamativo de M24 es un cúmulo abierto que a menudo se ha confundido con la propia nube estelar. Se trata de NGC 6603, un interesante cúmulo abierto situado a unos 12.000 años luz de distancia. Esta familia de estrellas tiene una edad estimada en 200 millones de años, suficientes para que la nebulosa que les diera origen se haya diseminado por completo. La mayoría de ellas son de tipo espectral B, una treintena de componentes cuyo brillo individual no supera la magnitud 14. Sin embargo, su alta densidad hace que el cúmulo en conjunto brille con una magnitud de 11.4, por lo que será fácil de apreciar como una pequeña nebulosidad en el centro de M24. Con el Dobson de 30 cm se aprecian multitud de sus componentes, si bien con los prismáticos de 22×100 mm sólo se distingue una minúscula nubecilla redondeada, apenas destacada entre el inmenso brillo de la nube estelar. Por cierto, muy cerca de este cúmulo hay una estrella doble visible a bajo aumento, HD 168021. Sus dos componentes, de magnitudes 6.4 y 7.9, tienen una separación de 18 segundos de arco. La enorme cantidad de estrellas, sin embargo, resta protagonismo a este sistema binario que, de otra manera, captaría invariablemente nuestra atención.

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M24 contiene aún otros tesoros por resolver: una pequeña nebulosa planetaria denominada NGC 6567, más cúmulos abiertos como Collinder 469 y Markarian 18, así como algunas nebulosas oscuras menos evidentes. Tendremos tiempo para ir estudiando todos estos detalles, completando así la topografía de esta ventana al interior de nuestra galaxia. Muy cerca, además, como podemos comprobar en el dibujo, está el cúmulo abierto M18, así como otras grandes regiones HII que iremos viendo progresivamente.

1. Cómo empezar en astronomía (Introducción)

La pregunta que encabeza este artículo tiene muchas posibles respuestas, y ninguna es más cierta que la otra. Lo que sí está claro es que cualquiera que esté dando sus primeros pasos en la astronomía, independientemente de usar prismáticos o un pequeño telescopio (o incluso a simple vista, una experiencia que puede ser verdaderamente interesante), debe leer todo lo que pueda sobre el tema. Al comenzar un hobby somos como una esponja y nuestro cerebro absorbe la información, generalmente, de una manera mucho más rápida. Hay una enorme variedad de libros disponibles en el mercado, aunque personalmente recomiendo siempre:

-La Guía del Firmamento de Jose Luis Comellas: es la biblia astronómica en español, con increíbles descripciones de todo el cielo,  de planetas, estrellas, cielo profundo, que nos abrirán muchísimas puertas.

-Stephen James O’Meara: gran observador que, desde Hawaii, describe multitud de interesantes objetos, añadiendo a sus dibujos datos interesantes sobre astrofísica o historia. Tiene varios libros, desde el que cubre los objetos Messier, los del catálogo Caldwell, a algunos de “segundo nivel” llamados Hidden Objects y The Secret Deep.

-The Night Sky Observer’s Guide: varios tomos con muchos objetos descritos por constelación, con notas sobre su observación con distintos instrumentos y dibujos ilustrativos.

-Cualquiera que caiga en nuestras manos: me he dejado muchos títulos en el tintero para escribir sobre ellos en otra ocasión, pero de entrada no podemos rechazar ningún libro, todos son útiles y, como poco, van a reforzar lo que ya sabemos.

Así, conviene comenzar con libros y páginas web especializadas, aprendiendo las constelaciones, la naturaleza de las estrellas y cuerpos celestes, nuestro lugar en el cosmos… Este blog, aunque en principio engloba objetos fuera del alcance de pequeños telescopios, también cuenta con muchos objetos asequibles incluso a simple vista, y no viene mal leer un poco de sus características y datos peculiares. Algunos de los más clásicos, visibles algunos incluso desde ciudad, son:

-Galaxias: M31: la Galaxia de Andrómeda: es nuestra hermana mayor en el Grupo Local y visible a simple vista si nos movemos fuera de la ciudad. Otras galaxias interesantes son, por ejemplo, M33, NGC 404, M81, M51 o las primaverales que pertenecen al Cúmulo de Virgo.

-Nebulosas de emisión: masas de gas en cuyo interior se están formando estrellas. Algunas de las más impresionantes son M8 en verano o M42 en invierno, aunque el cielo está plagado de ellas, especialmente en las regiones de la Vía Láctea.

-Nebulosas planetarias: la huella que deja una estrella cuando se está apagando. Las más conocidas son M57 y M27, pero hay un sinfín de ellas. En otoño puedes buscar NGC 7662 o NGC 6543, mientras que en invierno tenemos la suerte de contar con NGC 2438, que se encuentra inmersa (en apariencia) en el cúmulo abierto M46.

-Cúmulos abiertos y globulares: son dos tipos muy distintos de objetos, que comparten su razón de ser: familias de estrellas que no se han dispersado aún. Los abiertos pertenecen a nuestra galaxia y suelen tener menos componentes, siendo el objeto ideal para observar desde ciudad. Las Pléyades son, sin duda, uno de los más espectaculares, y a simple vista podremos distinguir varias de sus estrellas más brillantes. Los cúmulos globulares están situados alrededor de nuestra galaxia, girando como si fueran satélites, y son esferas formadas por miles de estrellas. Para todos los públicos tenemos, por ejemplo, a M22 en Sagitario y M15 en Pegaso.

El cielo cuenta además con estrellas dobles de contrastados colores, estrellas variables, cúmulos asociados a nebulosas, restos de supernovas… A medida que vayamos profundizando  y adquiriendo soltura podremos ir buscando objetos más tenues y lejanos, dándonos cuenta de que el límite de magnitud de nuestro telescopio se puede superar sin dificultad si observamos desde un lugar oscuro. Ésa es la principal clave para disfrutar plenamente de las maravillas que tenemos ahí arriba, y eso es algo cada vez más difícil de conseguir por culpa de la contaminación que generamos los seres humanos con nuestras grandes urbes y con las inútiles farolas que lanzan su luz al cielo, apagándolo paulatinamente.

Continuará…

El final de las estrellas (NGC 7094 y Jones 1)

Las nebulosas planetarias tienen algo que nos fascina, quizás sea el hecho de poder contemplar una estrella despidiéndose, o conocer de primera mano cómo acabará sus días nuestro sol… Incluso las más pequeñas tienen algo de mágico, una pequeña esfera entre tanta estrella puntual, y resulta estimulante imaginar cómo sería su visión desde unos pocos años luz de distancia si pudiéramos viajar hasta ella. Hay una inmensa variedad en cuanto a forma, tamaño e incluso color, y todas ellas tienen un origen similar, comenzando el proceso cuando la estrella tiene unos cuantos miles de millones de años.

La estrella ha consumido el hidrógeno, su principal fuente de combustible, por lo que la gravedad gana terreno y comienza a contraer todo su volumen. Este colapso aumenta la densidad y, con ello, la temperatura, por lo que la fusión de hidrógeno se reactiva en las capas externas de la estrella y su atmósfera crece enormemente, convirtiéndose en una gigante roja. Al mismo tiempo, el aumento de la temperatura condiciona que, en el núcleo, el helio se pueda fusionar y dar lugar a oxígeno y carbono, elementos inservibles para una estrella de masa media (menor de 8 masas solares). El helio es un elemento bastante sensible a la temperatura, por lo que pequeños cambios de temperatura originan importantes aumentos en la intensidad de sus reacciones nucleares. Esto deriva en que la estrella comienza a emitir pulsaciones de energía, fuertes latidos que producen, paulatinamente, la expulsión de sus capas más externas de gas, formando una envoltura que recibe el nombre de nebulosa planetaria. Cuando la estrella pierde suficientes capas de su atmósfera deja en evidencia al brillante núcleo, que ha pasado a denominarse “enana blanca”, y su radiación ioniza los átomos de la envoltura gaseosa, que emite luz propia, fotones que llegan a nuestros telescopios y nos permiten maravillarnos con este interesante proceso. Proceso, además, extremadamente rápido, al menos en términos astronómicos, ya que la fase de nebulosa planetaria dura unos 10.000 años, tras los cuales el gas queda dispersa por el espacio, con una mínima densidad, y la estrella central, la enana blanca, se convierte en un silencioso espectador del cosmos que, poco a poco, se irá apagando en un completo anonimato.

Hoy vamos a ilustrar esta fase de la vida de una estrella con dos interesantes objetos que se encuentran en Pegaso. Esta constelación es famosa, principalmente, por sus numerosas galaxias, por lo que se agradece poder disfrutar en ella de dos nebulosas planetarias. La primera, la más pequeña, es NGC 7094, una esfera filamentosa situada a unos 5500 años luz de distancia, que comparte cielo muy cerca de M15, por lo que podemos aprovechar para observar el cúmulo globular de paso. NGC 7094 puede parecer una nebulosa relativamente normal, pero lo cierto es que muestra algunas características que la hacen especial. Su estrella central pertenece a una categoría denominada “estrellas PG 1159”, estrellas con altas concentraciones de helio, carbono y oxígeno, pero deficientes en hidrógeno, que representan un breve episodio de transición entre la estrella central de una nebulosa planetaria y una enana blanca que ha perdido su envoltura. Por lo tanto, NGC 7094 es una planetaria en vías de extinción, y su estrella, aunque brilla con una magnitud de 13, está apagándose a gran velocidad. El astro pertenece, concretamente, a un subtipo conocido como “estrella PG 1159 híbrida”, ya que muestra en su espectro líneas de Balmer correspondientes al hidrógeno. Sólo hay tres objetos que cumplen estos requisitos (siendo los restantes Sh2-68 y Abell 43, que veremos en otra ocasión) y las causas de su composición no se conocen bien aún. Estudiando NGC 7094 se ha encontrado la presencia de fuertes vientos estelares que pueden estar haciendo que pierda masa a una velocidad relativamente alta, así como una pequeña variabilidad de brillo y temperatura que podrían corresponder a los últimos esfuerzos de la estrella por mantener su compostura.

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Crédito: CHART32

Con un diámetro de 1 minuto y medio de arco, no es difícil de encontrar si disponemos de un mapa detallado, ya que a bajo aumento se distingue sin problema su estrella central, de magnitud 13, en un campo relativamente poblado teniendo en cuenta la zona del cielo en la que nos encontramos. La magnitud de la nebulosa se ha estimado en 13.7, pero su pequeño diámetro hace que podemos verla sin problema si usamos aumentos adecuados. En mi caso, con el Dobson de 30 cm, la mejor visión la obtuve a 214 aumentos, apareciendo la nebulosa como una pequeña esfera bien definida, con la estrella causante justo en el centro. El filtro OIII mejoraba mínimamente la imagen en detrimento de las estrellas, así que decidí disfrutar de ella sin más cristales de por medio (cuando el cielo es bueno, el uso de filtros se reduce muchísimo). Mirando el paisaje celeste que aparecía ante el ocular no podía dejar de maravillarme pensando que esa diminuta estrella, embebida en la nube de gas, dejaría de brillar en lo que dura un suspiro, mostrando una vez más que el cielo no es un cuadro indeleble, sino un lugar en constante movimiento y actividad.

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La segunda planetaria de la noche resultó ser una sorpresa mayúscula. Ya de entrada su nombre nos pone sobre aviso, ya que Jones 1 no es un nombre que relacionemos automáticamente con un objeto celeste. Dicho nombre hace referencia Rebecca Jones, la astrónoma que la descubrió en 1941. Se encuentra más cerca que la anterior, a 2300 años luz de distancia, por lo que su tamaño también es mayor, sobrepasando los 5 minutos de arco de diámetro. A la distancia estimada obtenemos un tamaño real de unos 3.5 años luz, convirtiéndose así Jones 1 en una de las mayores nebulosas planetarias conocidas. Hay varias estimaciones en cuanto a su magnitud visual, variando entre 13 y 15, si bien lo cierto es que presenta un brillo superficial extremadamente bajo. Su estrella central, de magnitud 16, se escapa en este caso a nuestro telescopio, aunque con mayor abertura y mejores cielos no debe ser muy complicada de ver.

Foto Jones 1.jpg

T.A. Rector/Univ.Alaska Anchorage, H. Schweiker/NOAO/AURA/NSF

Tiene una forma peculiar, esferoidal, aunque sus bordes son algo irregulares y engrosados en forma de letra C. Destaca en la imagen anterior una zona anaranjada justo bajo la planetaria que corresponde a una masa de hidrógeno, más bien característica de las zonas de formación estelar, por lo que es independiente de Jones 1. No podemos negar, sin embargo, que produce un llamativo contraste de color. Al telescopio, pude apreciar la nebulosa planetaria con el Hyperion de 13 mm, a 115 aumentos, como una nube informe y extremadamente tenue, tan sólo visible cuando movía ligeramente el tubo. Sin embargo el filtro OIII en este caso sí aportó una importante mejoría, apareciendo, como por arte de magia, una nubecilla de forma levemente ovalada. No pude ver ninguna estrella en su interior, tampoco contaba con ello, pero lo que sí pude apreciar fueron sus dos arcos más brillantes, situados en bordes opuestos, sobre todo con visión periférica. Aunque seguía siendo débil, conforme pasaban los minutos la veía con mayor facilidad, sorprendido por esa estructura de la que hace gala en las fotografías de larga exposición y preguntándome cómo no había oído hablar de ella con anterioridad. Por muchas noches que haya estado alguien bajo las estrellas y por muchos objetos que haya visto, siempre se pueden encontrar maravillas escondidas que requieren una búsqueda algo más intrincada. El resultado siempre merece la pena.

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