Palomar 11

El catálogo Palomar de cúmulos globulares fue elaborado en la década de los 50 a partir de fotografías de gran campo obtenidas en el Observatorio Palomar, en California. Algunos de los más famosos astrónomos participaron en su elaboración, como Edwin Hubble, Halton Arp, George Abell… Éste último fue el que se encargó de ponerles nombre y englobarlos bajo una misma nomenclatura, formando así un catálogo de débiles objetos de cielo profundo al que podemos recurrir hoy con nuestros telescopios. Tengamos en cuenta que han sido descubiertos, la mayoría de ellos, con un telescopio de 48 pulgadas, lo cual habla en favor de su bajo brillo, debido principalmente a su oscurecimiento por polvo interestelar que se interpone en su camino. Dos de ellos ya se conocían con anterioridad: Palomar 7 (IC 1276) y Palomar 9 (NGC 6717). Ya hemos visto previamente dos de estos cúmulos, Palomar 2 y Palomar 12, siendo ahora el turno de Palomar 11.

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Es un cúmulo globular que se sitúa en la constelación del Águila, a unos 6 grados al norte de NGC 6822, la Galaxia de Barnard. Se encuentra a unos 44.000 años luz de nosotros, al otro lado del centro galáctico, aunque lo suficientemente alejado del plano galáctico como para ser uno de los globulares más brillantes de este alternativo catálogo. Su magnitud cercana a 10 puede llevar a error, ya que no tiene en cuenta su superficie, de unos 10 minutos de arco, y su baja magnitud superficial, que se sitúa entre 14 y 15. Por tanto, buscaremos algo extremadamente tenue, etéreo, y lo suficientemente grande como para que ocupe un porcentaje respetable del campo del ocular. Ya a bajo aumento aparecía entre algunas estrellas notorias como un tenue jirón de humo, apenas un fantasma casi imperceptible. Decidí usar 214 aumentos, oscureciendo el fondo del cielo, de manera que esa débil nebulosidad se hizo algo más evidente y, sorprendido, pude ver algunas estrellas inmersas en la neblina. Algunas de los componentes de Palomar 11 alcanzan la magnitud 15, así que no es tarea imposible cazarlas. Conté al menos una decena desde los limpios cielos de Sierra Nevada, siendo así, hasta ahora, el globular en el que más detalle he podido observar.

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Adjunto los dibujos de Palomar 2 y Palomar 12 para comparar, y para que el lector se lleve una idea más acertada de lo intrincada que puede ser la observación de estos cuerpos lejanos.

Sorpresas en la Vía Láctea (V Aql y NGC 6751)

Recuerdo la primera vez que vi una estrella roja. Hasta entonces nunca había imaginado que se vería tan clara, tan intensa, y la sorpresa que me llevé aún la guardo hoy en mi memoria. Llevaba pocos días con mi nuevo Dobson de 30 cm y decidí explorar a bajo aumento la Vía Láctea, apenas visible desde los cielos suburbanos desde los que observaba. Miles de estrellas aparecían tras el ocular, cruzándolo de lado a lado, por la constelación del Águila, y entonces la vi: una perla roja que contrastaba enormemente con el resto de estrellas que había a su alrededor, emitiendo destellos anaranjados y amarillos como si estuviera en llamas (valga la redundancia). Aparté la vista del ocular para comprobar que me encontraba en la cola del águila, y busqué el nombre de la estrella, que resultó ser V Aquilae. Descubrí así que hay estrellas de colores, colores que verdaderamente se aprecian, que no todas las estrellas tienen la misma composición, que hay estrellas de carbono que otorgan al cielo un punto vista más variopinto…

Hoy vamos a hablar brevemente de esta estrella y de una nebulosa planetaria que ha ido a parar a sus inmediaciones. V Aquilae es, por tanto, una estrella de carbono, un término que recordaremos de esta entrada anterior. Resumiendo un poco, la estrella, una vez ha agotado su combustible, tiene la masa suficiente como para fusionar el helio y formar una abundante cantidad de carbono, que se va desplazando a sus capas más externas. El carbono es un elemento que absorbe las longitudes de onda más azuladas, de manera que los colores que deja pasar son de la gama del rojo, naranja y amarillo, que en suma producen esa tonalidad tan característica. V Aquilae, en concreto, se sitúa a unos 1825 años luz de distancia, y brilla con una luminosidad 14.000 veces mayor que la de nuestro sol. Supera a nuestra con un tamaño 620 veces mayor, si bien es bastante más fría, con una temperatura de unos 2500 grados centígrados. Es, además, una estrella variable, emitiendo pulsos con una periodicidad de casi un año, variando entre la magnitud 6.6 y 8.4. Cuando la observé, el 11 de Julio de 2016, su magnitud estaba cercana a su máximo, ya que parecía ligeramente más brillante que una vecina estrella de magnitud 6.9.

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A bajo aumento ya se podía distinguir una pequeña mancha situada al otro lado del campo, redondeada y débil. NGC 6751 es una llamativa nebulosa planetaria situada a unos 6500 años luz de nosotros. Contrariamente a V Aquilae, la temperatura de su estrella central es extremadamente alta, llegando a los 140.000 grados centígrados. Es una planetaria joven y pequeña, de algo menos de un año luz de diámetro, que se está expandiendo a velocidades del orden de los 40 km por segundo. Tiene una bonita estructura anular, con algunas corrientes gaseosas más frías emitidas a alta velocidad que se dispersan radialmente, como los ejes de la rueda de un carruaje.

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Visualmente NGC 6751 es una nebulosa muy interesante, apareciendo a bajo aumento como una esfera pequeña y tenue que descansa en un campo extremadamente rico de estrellas. Si la noche es estable podemos usar sin miedo altos aumentos, ya que no pierde definición. Con el ocular de 5 mm llegué a los 300 aumentos, sorprendiéndome al distinguir, con relativa facilidad, una delicada estrella central. Decidí probar a colocar el filtro OIII, que aumentó enormemente el contraste de la nebulosa, a costa de perder una importante cantidad de estrellas. Sin embargo, con visión indirecta comprobé emocionado que la esfera no era homogénea, sino que sus bordes aparecían engrosados y más brillantes que el interior, mostrando una débil estructura anular. Cuando uno descubre estas estructuras sin conocer nada del objeto en cuestión la satisfacción es aún mayor.

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Una estrella roja como la sangre, un anillo de humo, un campo tan lleno de estrellas que incluso a elevados aumentos no dejan huecos libres entre ellas… Sin duda esta zona de la Vía Láctea merece la pena, y si navegamos sin rumbo por ella puede que nos encontramos con alguna que otra sorpresa.

El pequeño Omega (M55)

Hay algunos objetos del catálogo Messier cuya existencia pasa algo más desapercibida debido, entre otras cosas, a su situación meridional, sumado a que no posee un brillo excepcionalmente elevado. Ya el buscador de cometas se encontró con dificultades a la hora de localizar el cúmulo globular M55, que había sido descrito en 1751 por Nicolas Louis de Lacaille. Ambos astrónomos vieron una esfera nebulosa sin ninguna estrella en su interior, siendo William Herschel quien lo resolvió años después por primera vez.

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M55, también conocido como NGC 6809, es un cúmulo globular relativamente cercano, situado a unos 17.000 años luz de distancia en una zona lo suficientemente alejada del núcleo de la galaxia como para que no se vea especialmente mermado por el polvo interestelar. Es un cúmulo de categoría XI en la clasificación de Shapley-Sawyer, lo cual habla a favor de una mínima concentración de estrellas hacia el núcleo, apareciendo todas uniformemente diseminadas a lo largo de sus 19 minutos de arco de diámetro. Sus componentes tienen una metalicidad muy baja, de apenas un 1% de la de nuestro sol, siendo así M55 uno de los cúmulos globulares más antiguos que conocemos. Entre las 100.000 estrellas que lo componen se ha encontrado un número reducido de variables, así como algunas rezagadas azules formadas probablemente por el contacto entre dos estrellas antiguas.

Este cúmulo globular no es de los más fáciles de encontrar, encontrándose inmerso en la gran constelación de Sagitario, más al sur de la característica “tetera”. Comencé a buscarlo a partir de las estrellas que forman el mango, y cuando abandoné esa zona con el buscador me sentí como un explorador que zarpa a aguas desconocidas, dejando atrás tierra firme. Saltando de estrella en estrella fui avanzando hacia el horizonte, hasta que pude distinguir una pequeña mancha redondeada y tenue. Cuando puse el ojo tras el ocular no pude evitar soltar una exclamación. Había pecado de creer que sería un globular sin un interés especial, y cuando vi esa enorme esfera formada por multitud de estrellas supe que me encontraba ante un cúmulo muy especial. Lo primero que se me pasó por la mente fue su gran parecido con el famoso Omega Centauri, con la única diferencia del tamaño aparente, siendo éste último bastante más extenso. Aun así, a 115 aumentos M55 ocupaba dos terceras partes del campo, perfectamente redondeado, salpicado por débiles estrellas resueltas desde el mismísimo núcleo hasta el exterior. La zona interna, algo más brillante, tenía una especie de bocado en su periferia, aunque el número de estrellas era tan elevado que sólo se apreciaba con visión indirecta. No es un cúmulo con un llamativo gradiente: su brillo va disminuyendo desde el centro a la corona muy discretamente, sin grandes saltos en la magnitud de sus componentes.

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A menudo me sorprendo escuchando una canción por primera vez y pensando cómo me pudo haber pasado desapercibida hasta ese momento. Con la astronomía pasa algo similar: no puedo imaginar la cantidad de objetos que quedan ahí arriba capaces de ponernos la piel de gallina.

Dos en uno (Abell 70)

Algo que tenemos que tener claro todos los que nos dedicamos a la astronomía es que no siempre vamos a poder ver lo que nos propongamos. En este blog suelo hablar de lo que veo, pero me parece fundamental, a veces, hablar de los pequeños fracasos, ya que en un futuro podremos tratar de resolverlos de otra manera. Así mismo, este artículo sirve como sugerencia de observación para aquellos poseedores de grandes telescopios, cámaras fotográficas o los que gusten de desafíos observacionales. Cuando me enteré de la existencia de Abell 70 y busqué en Internet, se me erizó el cabello al contemplar su imagen, y más aún cuando llegué a pensar que quizás, con un poco de suerte, alcanzaría a ver el tesoro que encierra. Y es que Abell 70 es una nebulosa planetaria, muy débil, con la increíble particularidad de estar superpuesta con una lejana galaxia que parece engarzada en uno de sus bordes, como la joya que corona un anillo.

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Crédito: Adam Block / Mt Lemmon SkyCenter / Universidad de Arizona

Se encuentra en la constelación de Águila y su distancia oscila entre los 13.500 y los 17.500 años luz. Se muestra como una nebulosa anular de bordes brillantes y definidos, dejando entrever en fotografías la pequeña estrella centra de magnitud 19 que ha dado lugar a tan llamativa imagen. Estudios recientes defienden que la estrella central es en realidad un sistema binario, siendo uno de los componentes una estrella de bario que, como vimos con anterioridad, se suelen producir cuando una estrella de carbono contamina a su estrella acompañante, en la cual se forma este pesado material blanquecino. La nebulosa es muy débil, su magnitud visual es de 14.3 y su brillo superficial no es precisamente remarcable. Aun así, no se puede negar que es una imagen tremendamente sugerente, ya que la perspectiva ha conseguido hacer que dos objetos parezcan estar en contacto, aún cuando se encuentran separados cientos de millones de años luz.  La galaxia, llamada PMN J2033-0656 supera la magnitud 16 y es una espiral vista de perfil con un brillante núcleo. Es, así mismo, una fuente importante de ondas de radio, probablemente debido a la acción de un agujero negro central, cuyo material de acreción, cayendo en sus garras, produce la emisión de radiación al exterior. 

Abell 70 no es un objeto fácil, tanto a la hora de observarlo como a la hora de encontrarlo, ya que se encuentra en una zona relativamente pobre de estrella y alejado de elementos fácilmente reconocibles. Aunque se encuentra en los dominios de la constelación Aquila, es mejor comenzar el viaje desde el extremo superior de Capricornio, ya que el objeto reposa al norte del límite entre Capricornio y Acuario. Una vez demos con el sitio exacto, lo más probable es que no veamos absolutamente nada, aunque si llevamos una buena adaptación a la oscuridad podremos empezar a notar que hay “algo” en el campo del ocular. Es preferible usar aumentos moderados, incluso altos, para oscurecer el cielo y aumentar las posibilidades de distinguir la nebulosa. Es al colocar el filtro OIII cuando Abell 70 cobra vida, extremadamente tenue, pero ya podemos incluso discernir su silueta redondeada, recortada sobre el fondo del cielo. Una vez conocida, al retirar el filtro la apreciaba con mayor facilidad, y pasé un tiempo considerable buscando algún rastro de la galaxia (la primera noche que la observé pasé hora y media tras el ocular en su búsqueda). Sin embargo, varias noches el intento fue infructuoso, por lo que tuve que asumir que no estaba al alcance de mi Dobson de 30 cm. Pero aun así no deja de resultar interesante observar algo sabiendo lo que hay detrás, y así Abell 70 ha pasado a formar parte de la pequeña lista que voy elaborando y que abordaré en cuanto tenga acceso a un telescopio de mayor envergadura. Lo bueno de la astronomía es que no hay prisas, y siempre habrá una segunda oportunidad para volverlo a intentar

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Círculos y cuadrados (NGC 6440 y NGC 6445)

Estamos habituados a observar la miríada de objetos de cielo profundo que van caminando por la Vía Láctea en la constelación de Sagitario, pero también hay otros objetos interesantes que se salen de esta vía. Hoy vamos a ver a dos de ellos que se localizan al noroeste de la constelación, a la derecha de M23, formando una interesante pareja: NGC 6445 y NGC 6440.

NGC 6445 es una nebulosa planetaria especialmente intersante, una de las más extensas que conocemos y que hace alarde de una forma totalmente peculiar. Está formada por un anillo interno que simula un rectángulo, con sus bordes más densos y brillantes, continuándose al exterior con difuminadas y tenues volutas de humo aparentemente anárquicas, fruto, probablemente, de primigenias expulsiones de gas. En su interior brilla una tímida enana blanca de magnitud 19, fuera del alcance de nuestros instrumentos. Su distancia se estima en unos 4500 años luz, midiendo por tanto 3 años luz de longitud y uno de anchura. Su avanzada edad conlleva una mayor variedad de formas debido a que los vientos estelares han tenido más tiempo para ejercer su acción, dando el aspecto de una nebulosa difusa. De hecho, William Herschel la observó en 1786 y la catalogó como “nebulosa difusa” (clase II) en vez de “nebulosa planetaria” (clase IV). Fue más adelante cuando se conoció su verdadera naturaleza, y hoy en día no sabemos si quiera cómo se ha formado realmente. Al parecer tiene una estructura bilobulada promovida por la expulsión inicial de material que adquirió forma de torus, de manera que la difusión posterior de sus capas externas tuvo lugar mayoritariamente por los dos polos. Los vientos estelares han jugado un papel muy importante, complicando el estudio a la vez que han esculpido una verdadera obra de arte celeste. La siguiente imagen, de Michael Sidonio, muestra a NGC 6445 a la derecha acompañada de nuestro siguiente objeto:

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Fuente: Michael Sidonio 

NGC 6440 es ese cúmulo globular que, a bajos aumentos, comparte campo con NGC 6445. Se sitúa a 27.000 años luz de nosotros y su brillo se ha visto altamente reducido por todo el polvo galáctico que se interpone. Según escribió Harlow Shapley en 1918, Curtis lo consideró inicialmente una nebulosa espiral (nombre dado a las galaxias en una época en la que todavía no se conocía su naturaleza), ya que no pudo distinguir estrellas en la fotografía que estaba estudiando, lo cual nos da una idea de la debilidad de sus componentes. A pesar de ello, su magnitud visual es de 9.2, al alcance de cualquier instrumento, con un diámetro de unos 6 minutos de arco.

Con el Panoptic de 24 mm, a 62.5 aumentos, ambos objetos entraban perfectamente en el mismo campo, si bien no es la magnificación apropiada para estudiarlos en detalle. No obstante, su imagen es muy atractiva, apareciendo como dos pequeñas manchas nebulosas, destacando en NGC 6440 su centro más brillante. El cúmulo globular, a mayor aumento, muestra una esfera de bordes difusos y un núcleo más intenso, con alguna tímida estrella que, de vez en cuando, hacía su aparición en la periferia.

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NGC 6445 tiene más que ofrecer cuando usamos mayores aumentos. En mi caso, debido a las turbulencias, llegué a usar 214 aumentos, alcanzando la nebulosa un tamaño considerable, situada entre dos estrellas más brillantes. Me sorprendió la densidad del objeto, que era fácilmente observable incluso con visión directa, pero lo que más llamó mi atención fue la irregularidad que mostraba. Se podía apreciar perfectamente la forma del anillo interno, más bien cuadrangular, con los bordes más condensados formando una letra “C” con marcadas esquinas. El lado abierto de la “C”, en ocasiones, me parecía más difuso y ensanchado, como si continuase hacia el exterior, aunque no podría decirlo con seguridad.

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Vulpecula entre luces (NGC 6830, NGC 6885 y NGC 6886)

A veces tenemos que conformarnos con observar desde cielos contaminados por la luz, adaptando en esos casos nuestro plan de observación en consonancia a las condiciones imperantes. Esta observación la realicé desde mi terraza en el Barrio de Monachil, en la cual disfruté de algunos objetos, hasta entonces desconocidos por mí, en el territorio de la constelación de la Zorra o Vulpécula.

Comencé con un cúmulo abierto denominado NGC 6830, una agrupación de una veintena de jóvenes estrellas que cuentan con una edad de unos 125 millones de años, situadas a casi 6000 años luz de distancia. NGC 6830 se encuentra a medio camino entre la punta de la estrella (Sagitta) y Vulpecula, fácil de reconocer a través del buscador como una diminuta nebulosidad. Al telescopio destaca como una agrupación que no llega a alcanzar los 10 minutos de arco de diámetro, con una decena de estrellas más brillantes y otra decena algo más tenues, con varias más rozando el límite de la visibilidad. Adoptan una característica forma en cruz y el campo de estrellas circundantes, pese a no ser excepcional, añade cierto atractivo a la vista.

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El siguiente es un objeto de mayor entidad, el cúmulo abierto NGC 6885, también conocido como Caldwell 37. Gran controversia ha habido a lo largo de los años en torno a NGC 6885 y a NGC 6882 confundiendo las posiciones de ambos, intercambiando su localización o usando descripciones muy distintas para cada uno según el observador y el atlas usado. NGC 6882 fue descrito la mayor parte de las veces como un pequeño cúmulo relativamente pobre de unos 7 minutos de arco, mientras que NGC 6885 se sitúa alrededor de 20 Vulpeculae y alcanza unos 20 minutos de arco de diámetro. El primero en describir NGC 6882 fue William Herschel, en una noche en la que ya se han documentado otros tres erros en cuanto a posicionamiento de los objetos. La mayor parte de los astrónomos están de acuerdo en que ningún otro objeto coincide con la descripción o posición de Herschel, habiendo confundido este su existencia con NGC 6885, más notorio. Este cúmulo abierto se sitúa a unos 1950 años luz de distancia y está formado por unas cincuenta estrellas abigarradas situadas sobre 20 Vulpeculae, una estrella ajena al cúmulo que se encuentra a unos 800 años luz. Visualmente es mejor usar un ocular de bajo aumento, siendo en mi caso el elegido el Televue de 24 mm, con 62.5 aumentos. Las estrellas se disponen en cierta forma triangular, aumentando su número con visión periférica. Muy cerca se sitúa 19 Vulpeculae, una gigante roja que, a 1400 años luz de distancia, brilla con un tono amarillento.

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Además de los cúmulos abiertos, el otro tipo de objeto que no se ve tan perjudicado con la contaminación lumínica son las nebulosas planetarias, así que decidí concluir la observación con NGC 6886, ya en la constelación de la Flecha o Sagitta. Apunté a ella sin saber cómo era y, de entrada, supe que, o bien era extremadamente débil o extremadamente pequeña. Coloqué ante mis ojos el filtro OIII y pude comprobar que un pequeño punto resaltaba sobre el resto, confirmándose así que era una planetaria de pequeño tamaño. No obstante coloqué oculares de mayor aumento hasta llegar a los 300, con los cuales la nebulosa adquirió una apariencia de estrella borrosa algo engrosada. Por supuesto, no vi rastro de la estrella central, pero la imagen de ese “pequeño” último suspiro en medio de otras estrellas normales era bastante sugestiva.

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Al buscar información sobre ella me sorprendí por su interesante forma, que se asemeja enormemente a NGC 7009, la Nebulosa Saturno, con dos alas extendidas de forma bipolar. A la estrella central se le estima una temperatura de 168.000 grados centígrados, aunque poco a poco irá enfriándose y apagándose, situada a unos 10.000 años luz de distancia. La envergadura actual de la planetaria (actual hace 10.000 años, claro…) es de unos 0.3 x 0.45 años luz, por lo que aún debe crecer mucho. Probablemente en unos 5000 años los observadores terrícolas puedan apreciarla de una forma mucho más interesante y con un mayor tamaño, ya que se expande a una velocidad de entre 20 y 25 kilómetros por segundo.

NGC 6886

Observación en la Alcarria (03/09/16)

Los astrónomos estamos acostumbrados al coche, a viajar en busca de lugares oscuros: a veces, a una hora de distancia de nuestro hogar; en otras ocasiones, como este fin de semana, a casi 5 horas de distancia, a los alojamientos de El Moral, lindando con Valdecañas, en la campestre zona de la Alcarria manchega. Hoy inicio un nuevo tipo de artículo que será puramente observacional, haciendo un resumen de lo que observe cada noche, para ya posteriormente proseguir con los artículos habituales en los que adjunto información sobre el objeto en cuestión.

El fin de semana comenzó entre nubes espesas que deberían haberse ido a las 9 de la noche, pese a lo cual no pudimos observar hasta tres horas después. Una ligera bruma ensuciaba algunas zonas del cielo, pero la noche no se detiene, así que comenzamos la observación en los lugares que nos parecían más despejados. Tras intento fallido con M54 en Sagitario (por una rápida nube que surgió de la nada) me desplacé hacia lugares más altos, en concreto a la constelación de Pegaso, a ese gran cuadrilátero que tan pocas veces había visitado. Consulté la lista de objetos a observar por allí y comprobé que había dos nebulosas planetarias, algo llamativo en una constelación donde predominan las galaxias. La primera era NGC 7094, una débil planetaria de magnitud 13.69 situada al lado de M15. Me sorprendió el bajo brillo superficial que tenía, mostrándose como una pequeña esfera difusa dispuesta alrededor de una débil estrella. Tres débiles astros alineados parecen apuntar al lugar. La siguiente nebulosa resultó ser mucho más interesante: se denomina Jones 1 o PK 104-29.1 y su tamaño de 5.2 minutos de arco habla a favor de un diámetro considerable. No obstante, necesité del filtro OIII para apreciarla con claridad, apareciendo entonces como una esfera de bordes más marcados, engrosados en sus regiones norte y sur. De hecho, uno de estos engrosamientos no era regular, sino que presentaba una especie de abombamiento en su parte central, tal como se ve en las fotografías. Un objeto débil, pero sin duda merece la pena dedicarle un tiempo.

Una vez despejadas las nubes el sensor de contaminación lumínica marcaba valores algo dispersos, variando entre 20.56 y 21.8. La media fue de 21.3, algo más acorde con lo que podíamos ver, aunque el fondo del cielo no terminaba de oscurecerse del todo: las luces de Cuenca se dejaban notar al Suroeste, mientras que Madrid no molestaba mucho, al oeste. Siguiendo con la lista de Pegaso, decidí, como curiosidad, observar a las pioneras del catálogo NGC, NGC 1 y NGC 2, dos pequeñas galaxias que se encuentran cerca de Alpheratz o Alfa Andromedae. Con magnitudes de 12.9 y 14.2, respectivamente, forman un interesante par de manchas sin forma definida, mereciendo un vistazo aunque sea por inaugurar uno de los catálogos más importantes para el aficionado a la astronomía.

A 250 millones de años, un cúmulo de galaxias denominado Pegasus I se encuentra sobre uno de los peces de la constelación Piscis. Con centro en NGC 7619, una decena de galaxias se podían observar sin problema a su alrededor, apareciendo al menos ocho de ellas en el mismo campo a 115 aumentos. Algunas, como PGC 71159, tenían una magnitud alrededor de 14.6, pero la oscuridad del cielo las convertía en un objetivo asequible. De los primeros números del catálogo NGC pasamos ahora a uno de los últimos, NGC 7814, una bonita galaxia espiral que se nos presenta inclinada. También denominada Caldwell 43, su magnitud 10.60 supone un alivio para la vista cansada por la lejanía de las anteriores, apareciendo como una mancha difusa y ovalada, con la zona central redondeada y más brillante.

El cielo se iba tornando algo más oscuro, por lo que decidí probar suerte con Sh-2 155, más conocida como Caldwell 9 la Nebulosa de la Cueva. Es un complejo de nebulosas de emisión y reflexión, así como algunas nebulosas oscuras que contrastan con las anteriores, formando en su zona central la silueta de una cueva cósmica. Me costó la vida misma apreciarla, pero una vez que la visión está bien adaptada resultó algo más sencillo. Lo primero que hice para ello fue ser consciente de la nebulosa que rodea a las principales estrellas, la que en fotografías aparece de color rojizo (hidrógeno ionizado), y una vez “archivado” esa tonalidad más clara en mi retina pude notar el vacío que supone la cueva en contraposición. Con el paso de los minutos ésta fue tomando forma más definida, aunque he de decir que ha sido uno de los objetos más difíciles que he observado hasta ahora.

Posteriormente eché un vistazo por las nebulosas cercanas al Cúmulo Doble de Perseo, la nebulosa del Corazón y la del Espíritu, ambas muy débiles y extremadamente extensas. Con el ocular de menor aumento y el filtro UHC pude atisbar algunos de los bordes del corazón de la primera, muy tenues, si bien la nebulosa de la Huella se apreciaba sin dificultad. IC 1848, la nebulosa del Espíritu, era alargada y mucho más definida, apareciendo como una nebulosidad difusa con entrantes y salientes, así como una gran cantidad de estrellas en su interior. La siguiente en la lista fue NGC 750 o Arp 166, una pareja de galaxias en interacción en la constelación del Triángulo. No había imaginado que serían tan pequeñas, aunque sus dimensiones son claras: 1.5 x 1.4 minutos de arco. No obstante, a 300 aumentos pude por fin distinguir la pequeña galaxia que aparece casi como una prolongación de la principal, como si observáramos M51 con unos pequeños prismáticos.

Puestos a ver galaxias, viajé a la constelación de Aries para centrarme sobre la estrella 1 Arietis, una interesante doble muy cerrada a 2.8 segundos de distancia, cuyos componentes sólo podía observar en los momentos de mayor estabilidad de la imagen debido al mal seeing de la atmósfera. Sin embargo, durante esos breves segundos podía distinguir sin problema la principal amarillenta y la secundaria que, por contraste, aparecía con un delicado azul pastel. A su alrededor se disponen varias galaxias, entre las que destacaba la alargada NGC 697, una espiral de canto que se sitúa a 150 millones de años luz de nosotros.

La noche terminó con una visita a la recién llegada M42, que a las 5 de la mañana ya se iba elevando lo suficiente como para ser disfrutada con cualquier instrumento, cerrando por todo lo alto una noche variada y prolífera.