El gran estallido de NGC 3631

La gente tiende a pensar que el universo es inmutable, que la única dinámica en el cielo viene dada por el movimiento de los planetas y la aparición esporádica de algún cometa. Nada más lejos de la realidad. Desde estrellas que se mueven a gran velocidad hasta nebulosas que van creciendo en el lapso de unos pocos años, el cosmos es una muestra constante de que nada permanece invariable. Uno de estos cambios, y quizás el más brusco y llamativo, es lo que conocemos como supernova, y estos días tenemos la oportunidad de observar una de ellas si disponemos de un telescopio de amplia abertura.

Para comprender qué es una supernova, antes debemos tener claro el “metabolismo” de una estrella. Toda estrella se mantiene por el equilibrio entre dos fuerzas, una que va del interior al exterior, la fusión nuclear, y otra que tiende a empujar la materia hacia el núcleo, la gravedad. Los astros como nuestro sol están formados por una gran cantidad de hidrógeno, que continuamente se fusiona para formar helio, en un proceso que genera grandes cantidades de energía. De esta manera, el hidrógeno de la estrella va desapareciendo a medida que forma helio, un elemento más pesado y, por tanto, más difícil de fusionar. Una vez agotado el hidrógeno la fuerza que vence en esta lucha estelar es, momentáneamente, la gravedad, de manera que su masa sufre un breve colapso hasta que el aumento de presión en el centro reactiva a la estrella, haciendo que el helio comience a fusionarse para formar elementos más pesados aún como el carbono o el oxígeno. De nuevo, una vez que el helio se termina la estrella sufre un nuevo colapso, y en estrellas de masa similar a nuestro sol no hay suficiente masa como para reactivar de nuevo el proceso de fusión. Sin embargo, estrellas mayores tienen suficiente masa como para que la presión aumente hasta el punto de que se puedan fusionar el carbono y el oxígeno, formando elementos aún más pesados, en una cadena cada vez más complicada de llevar a cabo. En estrellas con una masa 8 veces mayor que la del sol el hierro es el elemento que marca el final de la vida estelar. Es un elemento que, lejos de producir energía, necesita de grandes cantidades de energía para poder fusionarse, por lo que las reacciones exotérmicas se detienen. Entonces, el inmenso volumen estelar se colapsa rápidamente, una caída libre hacia el núcleo que produce, casi de manera instantánea, una densidad tan grande que la estrella “revienta” y expulsa sus capas externas a enormes velocidades. En este proceso la estrella adquiere un brillo millones de veces mayor, de manera que puede brillar más que la propia galaxia que la contiene.

Foto tycho

Continuamente hay supernovas visibles desde la Tierra, pero todas ocurren en otras galaxias y, por lo tanto, no son visibles a simple vista. Contamos con el testimonio histórico de algunas supernovas que sí ocurrieron en nuestra propia galaxia, como la que ocurrió en 1054 y formó la Nebulosa del Cangrejo, o la que en 1572 observaron Tycho Brahe y Jerónimo Muñoz en Casiopea. La última ocurrió en 1604, observada por Johannes Kepler, y desde entonces nuestra galaxia permanece en silencio, a la espera de ser sorprendida de nuevo por una de estas feroces llamaradas.

Mientras tanto no tenemos más que contentarnos con observarlas fuera de nuestra galaxia, y tenemos a diario un buen arsenal en el que elegir, si bien las accesibles a telescopios medios no son tan numerosas. La página http://www.rochesterastronomy.org/supernova.html muestra una lista con las últimas supernovas descubiertas, ordenándolas por magnitud visual, con lo cual podemos hacernos una idea de las que están a nuestro alcance. El 13 de marzo de 2016 fue descubierta por Ron Arbour una supernova de magnitud 14.6 en la galaxia NGC 3631, en la Osa Mayor. Dos semanas después, sigue siendo observable por cualquiera que disfrute de un cielo oscuro. En la siguiente imagen del granadino Juan Antonio Sánchez puede verse la supernova a la derecha del núcleo de la galaxia, como una pequeña estrella. Está hecha con un telescopio Vixen Visac de 200/1200 mm, y muestra además la interesante morfología de la galaxia.

SN2016bau_crop

NGC 3631, también denominada Arp 27, es una galaxia espiral que se sitúa a unos 50 millones de años luz de distancia. Se nos muestra casi totalmente de frente, por lo que podemos disfrutar de sus brazos retorcidos en cualquier fotografía de larga exposición. Visualmente, necesitaremos cielos muy oscuros y grandes aberturas para distinguirla en detalle. Su tamaño de 4.5 minutosFoto NGC 3631 de arco se corresponde con un diámetro total de 80.000 años luz, algo más de la mitad de la Vía Láctea, y ha sido víctima de otras 3 supernovas en el último siglo.

La observé el pasado martes 29 de septiembre desde un cielo suburbano relativamente oscuro, y saltó a la vista en el ocular de 13 mm rápidamente, como un núcleo brillante rodeado de un halo extremadamente difuso y débil. La mirada periférica ayuda a vislumbrarlo algo más extenso, pero ningún otro detalle es distinguible. Decidí usar 214 aumentos para oscurecer el fondo, con lo que el núcleo ganó en contaste al mismo tiempo que el halo se hacía aún más débil. Ninguna estrella, ninguna supernova se apreciaba en la etérea bruma galáctica. Mirada periférica, respiración relajada… Probé durante varios minutos estas técnicas para intentar cazarla, pero se resistía, probablemente debido a las cercanas luces de Granada, además de una atmósfera que no permitía usar cómodamente altos aumentos. Decidí dar el salto a los 300 aumentos, y fue entonces cuando noté, tras varios minutos, un diminuto punto que coincidía exactamente con las imágenes que había visto con anterioridad. En los momentos de estabilidad atmosférica una débil estrella aparecía tímidamente, desapareciendo unos segundos después, para volver a dar la cara con visión lateral.

NGC 3631

Mientras la veía ir y venir no podía salir de mi asombro. Somos capaces de ver galaxias enteras a enormes distancias, gracias al hecho de que son miles de millones de estrellas unidas entre sí. Por supuesto, ninguna de estas estrellas, ni siquiera las de M31, son visibles individualmente a través de nuestros ojos, pero allí estaba la supernova. Cuesta trabajo imaginar las dimensiones de esa explosión, y pensar que es capaz de viajar 50 millones de años luz para impregnar nuestra retina no deja de ser sobrecogedor. Desde nuestra cómoda situación es sólo un punto en el cielo, un punto débil, además, muy difícil de ver, que empalidece ante cualquier otro objeto de cielo profundo. Sin embargo, ser conscientes de que es la luz proveniente de una sola estrella que se encuentra, prácticamente, en el infinito, cambia sin duda las tornas.

Una cana en la Cabellera (NGC 4147)

Como ya sabemos, en el cielo siempre hay excepciones a la regla, de forma que, por ejemplo, podemos encontrar galaxias en la constelación de Sagitario, en pleno centro de la Vía Láctea. De la misma manera, la región del Cúmulo de Virgo es un hervidero de galaxias, plagado de nubecillas irresolubles donde quiera que miremos con el telescopio, pero hay un intruso en la constelación de Coma Berenices. Si navegamos por sus dominios, podremos encontrar una mancha difusa redondeada, y de entrada nuestra mente la asociará con una galaxia elíptica, pero nos frotaremos los cuando veamos que podemos distinguir un hormigueo de estrellas en su interior… Y no, no hemos adquirido de golpe una vista prodigiosa capaz de distinguir estrellas extragalácticas, sino que el objeto en cuestión es un cúmulo globular, uno lo suficientemente alejado del centro galáctico como para llamar la atención.

Se trata de NGC 4147, y se sitúa a unos 60.000 años luz de nosotros y a poco más de 70.000 años luz del centro. Si lo dibujamos en nuestra mente, podemos suponer que, si nuestro planeta mirase al centro de la Vía Láctea, para ver el globular tendríamos que mirar hacia arriba completamente. Con una masa cercana a 40.000 masas solares, NGC 4147 parece que está inmerso en la corriente de marea (tidal stream) de la Galaxia Enana Esférica de Sagitario, una galaxia satélite en vías de desaparecer, completamente deformada por su colisión con la Vía Láctea y cuyo centro se piensa que puede ser el cúmulo globular M54 en Sagitario. Por su situación, se ha sugerido que podría ser un cúmulo de dicha galaxia, capturado y adoptado por nuestra Vía Láctea recientemente.

Foto NGC 4147.png

Es un cúmulo globular relativamente pequeño y su población estelar difiere en algunos aspectos de la mayoría de cúmulos “locales”. Entre sus componentes encontramos 19 variables RR y más de 20 azules rezagadas, aquellas estrellas que interaccionan con otras y adquieren mayor energía, adoptando un color azulado. Son estrellas que, básicamente, rejuvenecen al brillar con más energía. Es fácil de comprender su tonalidad sabiendo que al aumentar la temperatura de una llama, su color va cambiando hacia el azul.

No veremos tonos azules o rojizos en NGC 4147, pero no es necesario para definirlo como un cúmulo, cuanto menos, interesante. Llegar hasta él puede ser más sencillo si visualizamos la estrella de magnitud 5.60 llamada 5 Comae Berenices, a medio camino entre Denébola y Melotte 111, la “Cabellera de Berenice” propiamente dicha. De hecho, al lado de esa estrella podemos ver una más débil, 2 Comae Berenices, que es un bonita doble fácil de desdoblar si la noche es serena. Su componente principal, de magnitud 6.10, se encuentra separada por 3.6 segundos de arco de otra estrella algo más débil, de magnitud 7.45. Ambas componentes son de tipo espectral F, por lo que no muestran un marcado cromatismo, aunque hay que gente que aprecia la secundaria de un tono verdoso o incluso liliácea, frente a la primaria blanquecina.

NGC 4147 es visible a través del buscador sin mayores problemas como una pequeña esfera neblinosa. Tras el ocular comprobamos, en un primer vistazo, que es brillante, haciendo honor a su magnitud de 10.7, y tiene cierta forma alargada. Sin embargo, también apreciamos que su tamaño es relativamente pequeño, sin llegar a superar los dos minutos de arco de diámetro. Usaremos, por tanto, aumentos elevados si la noche lo permite para apreciarlo mejor. La primera noche que lo observé, con mucho viento y turbulencias, pude usar el ocular de 5 mm sin mayores problemas, obteniendo 300 aumentos. El cúmulo aparece entonces más grande, apreciándose como una esfera de luz con un gradiente bien marcado, es decir, un núcleo muy brillante y una corona o periferia menos densa, perdiéndose los bordes gradualmente. Cuando el viento no hacía vibrar el telescopio pequeños puntos de luz aparecían sobre su superficie, llegando a ver al menos una docena de tenues estrellas titilando tímidamente. El más brillante de esos puntos apenas llega a la magnitud 14.5, por lo que podemos darnos por satisfechos al percibir varios de ellos.

NGC 4147.png

NGC 4147 es un respiro para esas noches en las que el vértigo infinito de las galaxias aturde nuestros sentidos y nos pide una cierta “cercanía”.

Preámbulo al infinito (1ª parte)

Cada una de las siguientes galaxias merecería ser protagonista por sí misma de un artículo en particular, pero a veces la caprichosa disposición en la esfera celeste hace más práctica su consideración como un grupo. La primavera trae consigo la mayor estructura cósmica que tenemos al alcance de la mano, el Cúmulo de Virgo, cuya vasta extensión puede hacer complicada su completa comprensión. Está formado por una gran cantidad de galaxias, entre 2.000 y 3.000, que se sitúan en torno a unos 60 millones de años luz de nosotros. Es el “cúmulo de los dinosaurios”, ya que cuando los fotones que ahora vemos salieron de sus galaxias, no hacía mucho que los dinosaurios se habían extinguido. En el cielo ocupa un área mayor de 8 grados de arco, y cualquier instrumento que observe la región en una noche oscura verá innumerables manchas blanquecinas atravesando el ocular. Un gran número de ellas están también al alcance de buenos prismáticos, y con un Dobson de 30 cm podemos ver cientos y cientos de universos. Ésta es la principal dificultad si queremos conocer el cúmulo de Virgo con propiedad, y para ello no hay nada mejor que hacerlo siguiendo algún método, patrón o camino preestablecido. De no hacerlo así, tendremos la sensación de perdernos entre mancha y mancha, y no sabremos si estamos dando vueltas sobre nosotros mismos.

La entrada de hoy, a modo de introducción, comienza alrededor de una agrupación de estrellas que marcan, a modo de portal, uno de los extremos de este laberinto galáctico. Es un asterismo que reside en los dominios de Coma Berenices, aunque la mejor manera de encontrarlo es a partir de Denébola o Beta Leonis. Denébola es una estrella de magnitud 2.10 que marca la cola del león. Es de tipo espectral A, más caliente y brillante que nuestro sol, y se ha descubierto a su alrededor un disco de polvo que podría estar gestando nuevos planetas. 5 grados al este encontramos, a través del buscador, la zona que nos ocupa hoy. Es un asterismo compuesto por 5 estrellas que adoptan la forma perfecta de la letra “T” o, más práctico, de un pico. A su alrededor se disponen algunas interesantes galaxias que aprovecharemos para estudiar, sirviendo como aperitivo antes de ahondar en el Cúmulo de Virgo.

Hoz de Leo

La primera que nos encontramos, si venimos desde Denébola, es M98 o NGC 4192, una galaxia con una historia turbulenta. Sabemos que el espacio está en continua expansión, por lo que todas las galaxias se alejan unas de otras. Sin embargo, M98 es de las pocas que tienen un desplazamiento al azul, es decir, parece acercarse hacia nosotros a 125 kilómetros por segundo. Este argumento ha servido a algunos autores para defender su hipótesis de que M98 no pertenece al Cúmulo de Virgo, sino que se dispone por delante de él. Sin embargo, no debemos olvidar que en los cúmulos de galaxias la proximidad entre ellas puede producir alteraciones en su movimiento, y esto parece ser lo que ha ocurrido con M98. Ya de por sí muestra signos evidentes de haber interactuado con otras galaxias, con regiones HII claramente visibles en cualquier fotografía, así como nubes oscuras de polvo y unos brazos en espiral ligeramente deformados.

Foto M98

De hecho, todo indica que M98 sufrió un encuentro con otra galaxia, M99, que ahora se encuentra a 1.3 millones de años luz de ella. La distancia que los separa es la mitad de la que nos separa a nosotros de M31, la Galaxia de Andrómeda, y volverán a interactuar en un futuro lejano, formando definitivamente una gran galaxia elíptica. M98 es una galaxia que se nos presenta inclinada casi 80º con respecto a su eje central, con dos brazos claramente discernibles dispuestos en el sentido de las agujas del reloj. Pertenece al tipo de galaxias de Núcleo Activo, con regiones HII altamente ionizadas en su región más interna. No se sabe a ciencia cierta si la ionización se debe a la formación de estrellas (algo relativamente inusual a nivel del núcleo) o a la presencia de un agujero negro supermasivo.

M98 es una galaxia de magnitud 10.1, con unas dimensiones de casi 10 x 3 minutos de arco. En noches oscuras puede ser vista a través de unos prismáticos estables, pero es con el telescopio como se muestra en todo su esplendor. A bajos aumentos aparece como una mancha alargada, bien definida, con un núcleo más brillante. A 214 aumentos la galaxia ocupa la mitad del campo, ofreciendo una imagen bien clara si observamos desde un cielo en condiciones. Además del núcleo más intenso podemos apreciar parte del halo más realzada, con forma de alas de pájaro que salen del mismo núcleo. Una brillante estrella acompaña a M98, única compañera a altos aumentos. Con mirada periférica y una buena adaptación podemos distinguir una región más brillante a un lado de las alas, correspondiente a una zona más densa de uno de los brazos de la galaxia. Es emocionante poder ver a través de unos espejos reminiscencias de esos mundos tan lejanos, aunque sea una mínima condensación en una delicada nube plateada.

M98

La siguiente galaxia en nuestro punto de mira nos va a hacer conscientes de todo lo que aún nos queda por conocer del universo y nos va a poner en contacto con un tema que todavía está en pañales: la materia oscura. Se trata de M99, denominada también NGC 4254 o la galaxia del Remolino (este último nombre puede ser polémico debido a que es compartido por varios objetos más). Es una curiosa galaxia espiral situada a unos 55 millones de años luz y que pasó al lado de M98, como ya hemos visto, hace unos 750 millones de años. De hecho, mientras aquella galaxia se acerca a nosotros, M99 se aleja a una velocidad de 2.400 km/s (casi un 1% de la velocidad de la luz). Esa velocidad es incluso elevada teniendo en cuenta la velocidad del Cúmulo de VirFoto M99go, que es de unos 1.200 km/s, pero ya sabemos que cuando tiene lugar una interacción entre dos galaxias la velocidad puede alterarse enormemente. La característica más llamativa de esta galaxia es, sin duda, la asimétrica disposición de sus brazos, con uno de ellos tan extendido que parece querer desprenderse. El motivo para explicar este comportamiento ha traído de cabeza a muchos astrónomos, buscando algo capaz de tirar de esas estrellas hacia el vacío intergaláctico.

La respuesta llegó en 2005, cuando un grupo de astrónomos descubrió una inmensa región de hidrógeno neutro que emitía radiación en ondas de radio. Su masa, deducida a raíz de su interacción con M99, era equivalente a 10.000 millones de soles, pero ni una sola estrella era visible. Este intrigante objeto fue catalogado como la primera presunta galaxia oscura, una importante aglomeración de gas y materia que apenas emite luz en el rango visible, denominada VIRGOHI21. ¿Qué es esa materia oscura que la forma? Lo único que se puede hacer es elucubrar al respecto. Podrían ser estrellas extremadamente frías que apenas emitan radiación, planetas, partículas desconocidas hasta ahora, neutrinos… En el tema de la materia oscura lo único que sabemos con seguridad es que existe, gracias a sus efectos gravitacionales. Recientemente el telescopio Hubble ha descubierto la presencia de algo más de un centenar de gigantes rojas, estrellas frías que se acercan al final de su vida. Hay gente que opina que VIRGOHI21 no es más que el resultado de la colisión de M99 con otra galaxia, una porción de la galaxia que salió despedida al espacio a raíz de la interacción, y que las galaxias oscuras no existen realmente como tal. A día de hoy no conocemos la respuesta a estos enigmas, pero no deja de ser interesante imaginar una exótica galaxia formada por materia que no podemos comprender aún. M99, además, ha sido testigo de 4 supernovas en el último siglo, apareciendo la última de ellas en 2014, con una magnitud cercana a 15.

Foto M99 detalle

M99 es una galaxia llamativa se mire por donde se mire. Con una magnitud de 10.4, es visible a través del buscador siempre y cuando la noche sea lo suficientemente oscura. El Dobson de 30 cm muestra sin ningún problema, a primera vista, el brazo extendido que tan bien la caracteriza. M99 adquiere, de entrada, una forma redondeada, que tras una atenta mirada comienza a mostrar irregularidades en su superficie. El famoso brazo sale del centro y se extiende en dirección opuesta a la brillante estrella, más visible con visión indirecta. Pero si le dedicamos un tiempo prudente la galaxia nos mostrará algunos de sus encantos. Por ejemplo, nos daremos cuenta que en realidad está formada por tres brazos. Uno de ellos, más débil, sale en dirección a la mencionada estrella, perdiéndose rápidamente en la negrura del cielo. Es más difícil, pero la paciencia será nuestra mejor aliada. No es fácil tampoco otro pequeño brazo que hace su aparición a un lado de la galaxia, y que se dirige hacia una pequeña estrella que parece rozar el halo galáctico. Pero hay un detalle que se ve más fácilmente que dicho brazo, y es un gran cúmulo de estrellas que reside en su extremo, una región HII denominada HK1, situada cerca la pequeña estrella. Su gran densidad hace que no sea difícil percibirlo, apareciendo como una pequeña condensación redondeada y de bordes difusos, más brillante que el resto del halo. M99 posee otras condensaciones, pero necesitarán de mayores aberturas o cielos más oscuros.

M99

Imaginemos por un momento la emoción de Lord Rosse cuando apuntó a M99 y distinguió una espectacular estructura en espiral, convirtiéndose dicha galaxia en la segunda “nebulosa espiral” que el astrónomo pudo ver. ¿Qué pensaría de esas delicadas curvas? ¿Qué explicación le daría su imaginativa mente? Seguramente nunca llegó a ser consciente de la inmensidad de lo que estaba viendo. Nosotros, en cambio, tenemos consciencia de lo que significa esa espiral, y no sólo eso, sino que incluso podemos imaginar, justo al lado, una masa oscura e invisible que arrastra hacia sí los brazos de su compañera, en un universo cada vez más exótico en el que la física no deja de sorprendernos cada día. El cosmos es un verdadero zoo galáctico, y no conocemos ni la mitad de sus animales.

Un millar de luciérnagas (Omega Centauri)

La mayor parte de las maravillas que guarda el cielo austral permanecen ajenas a los observadores del hemisferio norte en espera de exóticos viajes a las tierras del sur. No obstante, algunos de sus principales objetos nos desafían a sumergirnos en las profundidades de nuestra atmósfera, casi rozando el horizonte, para poder disfrutarlos, aunque sea superficialmente. En las noches de primavera podemos mirar al sureste del Cuervo, ya en la constelación del Centauro, y si la noche es oscura puede que notemos una débil estrella que se nos muestra, usando visión indirecta, con cierto aspecto difuso. Uno no podría asegurar si es una estrella o una nebulosa, pero lo cierto es que cualquier astrónomo que lo vea notará un cosquilleo de emoción, sabedor de su verdadera naturaleza. El cúmulo Omega Centauri es, sin duda, uno de los objetos más notables y espectaculares que podemos observar, y el simple hecho de adivinarlo a simple vista ya es suficiente como para buscar el horizonte sur más bajo que podamos encontrar.

Esta inmensa aglomeración de estrellas merece una presentación acorde con su magnificencia. El nombre proviene del siglo XVII, cuando Bayer lo catalogó como tal, pero se conocía como una estrella más desde hacía más de dos mil años (de hecho, Ptolomeo ya la menciona en su Almagesto). No es hasta 1677 cuando Edmund Halley (el del cometa) aprecia que no es una estrella, sino que por su rudimentario instrumento lo ve como una nebulosa, al igual que Lacaille en 1755. Posteriormente, James Dunlop y Herschel descubrieron que era un cúmulo poblado por innumerables estrellas, el mayor de los conocidos hasta el momento. Omega Centauri, o NGC 5139, es el cúmulo globular más brillante, con una magnitud de 3.9, y el segundo más cercano. Se encuentra a una distancia estimada entre 15.000 y 18.000 años luz, tan sólo superado por NGC 6397 en Ara y M4 en Escorpio, a poco más de 7.000 años luz. El único globular que rivaliza con Omega Centauri es 47 Tucanae, fuera de las posibilidades de observación para aficionados del hemisferio norte. M13 o M3, a su lado, parecen extraordinariamente pequeños, ya que Omega Centauri tiene un diámetro que supera el grado de arco, aunque visualmente se nos aparezca de menor tamaño. Tiene una densidad tan elevada que sus estrellas están separadas por la décima parte de un año luz en sus regiones internas. Para hacernos una idea, basta saber que Próxima Centauri está situada a unos 4 años luz de nuestro Sol. En un cubo con aristas de 4 años luz de diámetro cabrían, teniendo en cuenta la densidad del cúmulo, la friolera de 64.000 estrellas, un número que nos parece totalmente exagerado pero que es la realidad de esta abarrotada familia.

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No sólo es de los más cercanos, sino que además es el más grande, con lo cual su fama es bien merecida. Alcanza casi 300 años luz de diámetro y está formado por unas 5 millones de estrellas, amarillentas y rojizas en su mayoría, y aquí viene a colación un dato interesante que trae de cabeza a la comunidad científica. La edad del cúmulo se estima en unos 12.000 millones de años (cerca de la edad total del universo), pero en él distinguimos dos poblaciones estelares distintas, con un porcentaje importante de ellas relativamente jóvenes. Los cúmulos globulares son, por lo general, fósiles estelares, una muestra de la población primigenia de la galaxia que no ha sufrido grandes cambios durante su vida, ajenas a la dinámica de regiones internas de la Vía Láctea. Sin embargo, en Omega Centauri encontramos estrellas jóvenes que rompen esa tónica. La explicación que se viene dando desde hace tiempo es que Omega Centauri no es un cúmulo globular como tal, sino el núcleo de una galaxia enana que en los últimos millones de años ha ido perdiendo su halo por la influencia de nuestra propia galaxia, que la ha ido despojando de sus estrellas. Según esta teoría, por tanto, estaríamos ante los restos de una galaxia satélite, lo cual explicaría por qué es 10 veces mayor que la mayoría de los cúmulos globulares conocidos. Recientemente, un nuevo descubrimiento apoya esta hipótesis.

Foto NGC 5139 centro.jpg

En 2008 el telescopio Hubble y el observatorio Gemini (pertenecientes a la NASA y ESA, respectivamente), detectaron que las estrellas centrales de Omega Centauri se movían a velocidades inusualmente elevadas y en direcciones que rompían las reglas físicas establecidas, en contra del sentido de giro del cúmulo. Los resultados de esta peculiar dinámica eran congruentes con la presencia de un objeto altamente masivo que producía la aceleración de las estrellas cercanas, y este objeto resultó ser un agujero negro con una masa de 40.000 soles, el segundo agujero negro de masa intermedia que se conoce (el primero fue G1 en M31). La presencia de un agujero negro tan denso apoya firmemente la hipótesis de que Omega Centauri es el remanente del núcleo de una galaxia enana, cambiando entonces nuestra percepción de este exótico objeto. Tenemos que asumir, por tanto, que tenemos un nuevo compañero en nuestra vecindad.

Ya sea el más increíble de los cúmulos globulares o el núcleo de una galaxia, Omega Centauri merece todo el esfuerzo que podamos dedicar para intentar, aunque sea, atisbarlo. Como anunciábamos al principio, es reconocible a simple vista como una estrella desenfocada, más evidente con visión lateral. El efecto es precisamente similar al que produce M13 en Hércules, una minúscula mancha difusa que aparece y desaparece ante nuestros ojos, pero mucho más brillante en el caso que nos ocupa. De hecho, era más que evidente con mirada periférica a pesar de elevarse tan sólo 5 grados del horizonte, casi rozando la copa de lejanos árboles. Con prismáticos la imagen es muy interesante, apareciendo como una densa bola nebulosa, de alto brillo superficial y perfectamente redondeada. Las turbulencias de la atmósfera me impidieron distinguir estrellas individuales, pero a pesar de ello el efecto era extraordinario. Es al mirar por el telescopio cuando la imagen parece sacada una fotografía. Conviene usar bajos aumentos para que el cúmulo entre en el campo de visión al completo. En mi caso, usé el Hypperion de 13 mm, que me proporciona unos 30 minutos de campo aparente. La primera vez que lo vi no pude evitar soltar una exclamación, nunca había visto nada igual. Una esfera de estrellas se disponía ocupando casi todo el campo, una esfera perfectamente homogénea formada por tantos puntos que sería totalmente imposible contarlos. Cien, doscientos, mil… Me llamó la atención que no había un gradiente marcado entre el centro y la periferia. En lugar de eso, la mayoría de las estrellas poseían un brillo similar, de manera que no había ninguna que destacara de manera importante sobre el resto. Era como ver un enjambre de luciérnagas volando en formación perfecta. No había estrellas especialmente brillantes (la mayor parte presenta magnitud por encima de 12), pero el conjunto de todas ellas hacían de Omega Centauri uno de los objetos más impresionantes que he visto. Mayores aumentos sumergen en la miríada de estrellas que lo componen, dando la sensación de bucear por un cielo tan cargado de luceros que parece a punto de derrumbarse.

NGC 5139

Es en esos momentos, con el telescopio totalmente en horizontal, cuando somos conscientes de la cantidad de cielo que nos queda por descubrir, de las maravillas que se esconden en los rincones más insospechados. El lado alentador es que, a pesar de ello, tenemos la vida por delante para intentarlo.

El cofre del cuervo (NGC 4361)

Las cuatro estrellas que forman el centro de la constelación del Cuervo, Corvus, se elevan en el cielo en las noches primaverales, acercando al aficionado muchos objetos interesantes. Hoy veremos una nebulosa planetaria que se encuentra guardada por estas cuatro estrellas como un tesoro.

Para encontrarla podemos partir desde Algorab o delta Corvi, la estrella de magnitud 3 que marca la esquina noreste de este curioso cuadrilátero. Es, en realidad, una estrella doble con una compañera de la octava magnitud a 24 segundos de arco, fácilmente resoluble con cualquier instrumento. La principal es de tipo espectral A, mientras que la secundaria es de tipo espectral K, por lo que su color anaranjado garantiza un bonito contraste cromático. Además, la emisión de infrarrojo de esta estrella secundaria indica la presencia de un disco circumestelar, la primigenia expresión de un sistema solar en formación. Por cierto, a simple vista podemos ver otra estrella muy cerca de Algorab. Se trata de eta Corvi, de magnitud 4.3, una estrella situada a 59 años luz de nosotros e interesante a su manera. No presenta estrellas secundarias ni un color curioso (es una estrella algo mayor que nuestro Sol, de tipo espectral F2). Sin embargo, recientemente se ha descubierto un disco de polvo que orbita a la estrella a 150 unidades astronómicas de distancia, estando las zonas internas libres de material, lo cual está en consonancia con la presencia de un sistema planetario que ha “barrido” el polvo en las regiones medias. Así mismo se ha detectado otro pequeño disco de polvo situado a apenas 3.5 UA de la estrella central, cuyo origen sigue siendo un misterio. Una explicación podría sostenerse en la presencia de planetesimales, restos de planetas que colisionan entre sí y acaban siendo atraídos por la estrella. Habrá que esperar para conocer su naturaleza.

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Desde estas dos estrellas no tenemos más que descender 2 grados y medio hacia el interior de la constelación y nos encontraremos con NGC 4361. Es una nebulosa planetaria descubierta por Herschel en el siglo XVIII y catalogada inicialmente como una nebulosa difusa. Su tamaño relativamente grande, de hasta 2 minutos de arco, dio seguramente pie a ello. Esta planetaria es, sin duda, una maestra del disfraz, pues en algunas fotografías muestra dos prolongaciones de su núcleo con la forma de brazos de una galaxia espiral. Pero no nos dejemos engañar. En su interior aún lucha la estrella de magnitud 13 que ha generado esta confusión y va camino de consumirse en forma de enana blanca. Presenta una capa externa redondeada, relativamente homogénea, mientras que en su región interna muestra un flujo bipolar deformado por el viento estelar que produce. Estudios recientes han puesto en evidencia además la presencia de otros dos débiles chorros de gas que salen en sentido perpendicular, de forma que la nebulosa es realmente tetrapolar, como una cruz visigoda. Situada a unos 4000 años luz de distancia, su magnitud aparente de 10.9 la hace fácilmente visible a través de la mayoría de telescopios, e incluso de prismáticos en noches oscuras.

Una de las primeras cosas que llama la atención al ver esta nebulosa tras el ocular es su tamaño, mayor que gran parte de las planetarias que hemos observado. Ya a bajo aumento se percibe con forma ligeramente ovalada, presentando un gran brillo superficial. Es fácilmente visible con visión directa, y el campo de estrellas no es excesivamente pobre, teniendo en cuenta la región del cielo en que nos encontramos. Su alto brillo nos invita a probar oculares distintos, y a 214 aumentos la imagen es especialmente interesante. Con la visión completamente adaptada a la oscuridad comienzan a distinguirse, dentro de la esfera nebulosa, dos pequeñas protuberancias que salen de la zona más interna, que recuerdan vagamente a NGC 7009, la Nebulosa Saturno. Tras varios minutos estas prolongaciones se hacen más evidentes, como dos alas extendidas. La noche que vi NGC 4361 desde cielos verdaderamente oscuros no fui capaz de apreciar la “torsión” de este flujo bipolar, aunque el fuerte viento que soplaba no facilitaba la tarea. Habrá que probar en noches más calmadas y con una temperatura más agradable que invite a reposar la mirada sin prisa.

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No hay dos sin tres (Triplete de Leo)

La constelación de Leo hace gala, en estas noches primaverales, de un sinfín de galaxias de todo tipo, presentando agrupaciones verdaderamente interesantes. Hoy nos centraremos en una de las más conocidas de todo el cielo, el Triplete de Leo, conformado por M65, M66 y NGC 3628.

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Son un grupo de galaxias en interacción que han sufrido un encuentro hace relativamente poco tiempo, y seguirán interactuando hasta formar una gran galaxia elíptica. Se piensa que pueden estar ligadas al grupo de M96, que ya vimos con anterioridad, y se discute su pertenencia al cúmulo de Virgo. La mayoría de los estudios sugieren que el grupo de M66 no ha entrado todavía a formar parte de la gran familia de Virgo, aunque puede que en los próximos miles de millones de años acabe por caer en sus redes. La galaxia más brillante del Triplete es M66, con una magnitud de 8.2, de ahí que se defina con su nombre al grupo.

También conocida como NGC 3627, en ella podemos apreciar los resultados de su encuentro anterior, especialmente con NGC 3628. Es una espiral con una marcada barra central, que muestra dos prominentes brazos en sentido horario, cuya deformación le valió para entrar en el catálogo Arp con el número 16. Uno de los brazos se encuentra especialmente extendido (recuerda vagamente a NGC 772), mientras que el otro muestra un ángulo muy cerrado, proporcionando una imagen sumamente interesante. Está plagado de zonas de oscuro gas y de condensaciones más brillantes en las que se están formando estrellas, actividad estimulada tras el contacto con sus galaxias compañeras. En imágenes en infrarrojo y de radio se han podido observar los denominados Supercúmulos de Estrellas, los hipotéticos precursores de los cúmulos globulares que hoy están siendo fuente de investigación. M66 fue descubierta en 1780 por Messier junto a M65, si bien el astrónomo estuvo examinando esa zona del cielo siete años antes, cuando fue visitada por el cometa que recibió su nombre. Según su compañero Méchain, seguramente “el elevado brillo del cometa habría impedido a Messier descubrir esas dos nebulosas”. Podemos imaginar que tuvo que ser un cometa excepcional… Cuatro supernovas han sido descubiertas en M66 durante los últimos 43 años, una de las mayores frecuencias registradas hasta ahora (en el año 1973, 1989, 1997 y 2009), por lo que no estaría de más echar un vistazo a esta galaxia de vez en cuando.

Foto M66

M66 es una galaxia aparentemente grande, midiendo 9 x 4.2 minutos de arco, lo que equivale a unos 95.000 años luz (algo menor que nuestra galaxia). Desde un primer momento impresiona su alto brillo superficial, con un potente núcleo puntiforme que destaca ya a bajos aumentos (núcleo en el que, por cierto, reside un gran agujero negro supermasivo, como en tantas otras galaxias). A 214 aumentos la galaxia ocupa prácticamente la mitad del ocular, ofreciendo en una noche oscura una imagen sorprendente. El núcleo brillante, con forma alargada, se encuentra rodeado por un halo elíptico, que ya desde el primer momento destaca por dar sensación de heterogeneidad. Sus bordes difusos se extienden hacia el exterior, disminuyendo su brillo, pero con visión periférica se pueden apreciar dos característicos detalles. Por un lado, no es nada difícil distinguir el cerrado brazo que parte del extremo de su barra central, en un ángulo de unos 40 grados. Hacia el lado opuesto, una atenta mirada revelará el comienzo del otro brazo, perdiéndose rápidamente en el brillante halo, por lo que no se puede apreciar en toda su extensión. Probablemente desde cielos verdaderamente oscuros no supongan ningún problema a la vista e incluso podrán ser disfrutados de forma directa.

M66

M65 se sitúa a apenas 20 minutos de arco de M66, lo que en la realidad supone tan sólo 200.000 años luz. Sirviendo de comparación, la separación entre M31 y nuestra propia galaxia es de 2.5 millones de años luz, 25 veces mayor. M65 es una galaxia en apariencia tranquila, ya que ha sido la menos afectada por la interacción con M66 y NGC 3628. Sus estrellas, amarillentas, revelan un pasado menos turbulento y una mayor edad, si bien muestra algunos núcleos de proliferación estelar distribuidos en la periferia, testigos de un reciente contacto. Su posición más oblicua que M66 hace difícil distinguir, incluso en fotografías de larga exposición, una pequeña barra central, probablemente formada recientemente.

Foto M65

Su magnitud de 9.6 la convierte en un objetivo más débil que su compañera, algo claramente patente cuando se observa tras el telescopio. Tiene un tamaño generoso, no obstante, con una longitud de 8 y un grosor de 1.5 minutos de arco, que corresponden a 90.000 años luz de diámetro. Se aprecia perfectamente por el buscador como una diminuta mancha difusa, manifestándose como una excelente compañera de M65 al mirarlas por el telescopio, con su forma alargada y el núcleo brillante y pequeño en el centro. Sin embargo, merece la pena usar un ocular de mayor aumento y aislarla en el campo de visión. A 214 aumentos ocupa más de la mitad del campo, y su núcleo puntiforme destaca con fuerza. Somos conscientes entonces de que se encuentra rodeado por una especie de bulbo más brillante y perfectamente circular, que posteriormente se difumina y da lugar al alargado halo que, a modo de alas abiertas, se extiende de forma ordenada y homogénea hacia los extremos. Una pequeña estrella comparte, junto al núcleo, ese bulbo redondeado, dando la apariencia de que M65 tiene un núcleo doble.

M65

Volvemos la vista atrás, alejándonos nuevamente para ver todo el conjunto, reparando entonces en el tercer componente del famoso Triplete. Es NGC 3628, una galaxia espiral que nos muestra la otra cara de la moneda. Mientras que M65 se nos presenta de frente y M66 de forma oblicua, NGC 3628 nos muestra su imponente perfil. Conocida como la “Galaxia de la Hamburguesa”, cualquier fotografía nos aclara rápidamente su nombre. Una gruesa banda oscura atraviesa la galaxia de lado a lado, de forma similar a como ya hemos visto en otras galaxias de perfil, como M104 o NGC 1055. Muestra, además, un halo claramente deformado, de manera que sus bordes, en vez de ser estrechos, dan una apariencia rectangular, con claroscuros poblando su superficie. Estos detalles son indicadores de una interacción con M66 hace unos 800 millones de años, pero no son su principal testigo. En algunas fotografías de larga exposición podemos comprobar una especie de filamento que sobresale de la galaxia y se extiende a lo largo de una vasta región del espacio. Es lo que se conoce como una “cola de marea” y ocurre cuando, tras interactuar con otra galaxia, multitud de estrellas salen despedidas de su lugar de origen, como un chorro de agua que se distribuye por más de 300.000 años luz de distancia. Está formado en su mayoría por grandes estrellas azules que se han formado durante el contacto entre las galaxias “madre”, y ahora vagan por el espacio en compañía de sus hermanas, diseminándose y poblando el espacio intergaláctico a medida que se desprenden de la influencia de NGC 3628. Desde sus planetas deben tener una vista sin igual de este baile galáctico.

Foto NGC 3628

Es la galaxia más débil de las tres, con una magnitud algo mayor de 10, pero es, probablemente, la más interesante con aberturas medias. De entrada llama la atención su gran longitud, que alcanza los 15 minutos de arco, y su grosor más que evidente, que apenas disminuye en sus extremos. Con visión lateral no resultará difícil encontrar la banda oscura que recorre toda su región central. A 65 aumentos ya se puede adivinar sin mayores problemas si la noche es oscura. Al usar mayores aumentos nos será más fácil distinguir la barra, aunque el brillo del resto de la galaxia disminuirá de forma importante, por lo que será nuestra abertura y la calidad del cielo los que nos dirán hasta dónde podemos llegar. Con mi Dobson de 30 cm la imagen óptima la encontré a 214 aumentos, de manera que la galaxia ocupaba prácticamente la totalidad del campo. Aunque débil, se distinguía sin gran dificultad, con su región central más brillante atravesada por la barra oscura, que se extiende casi hasta los extremos.

NGC 3628

Basta un ocular que nos dé unos 65 aumentos para que las tres galaxias aparezcan en el mismo campo, apareciendo entonces como una cara con la boca formada por NGC 3628. Juntas se catalogan, a su vez, como Arp 316. Desde este punto de vista los detalles no son tan evidentes como a mayor aumento; de hecho apenas podremos distinguir detalle alguno salvo los núcleos más prominentes y la barra central de NGC 3628. Sin embargo, es la mejor manera de observar al Triplete de Leo para intentar imaginar la escena que está teniendo lugar. Aunque estuvieron prácticamente en contacto hace unos 800 millones de años, dentro de un tiempo volverán a sentirse atraídas para volver a interactuar, compartiendo cada vez más estrellas y perdiendo poco a poco su estructura, dando lugar a caprichosas formas que nunca llegaremos a ver. Por suerte, el cielo está plagado de galaxias en contacto que muestran todas las etapas de estos encuentros intergalácticos, de forma que no tenemos más que apuntar, por ejemplo, a NGC 4038 y NGC 4039 si queremos ver un posible marco para el futuro del grupo de M66.

Arp 316

El cúmulo de Lacaille (NGC 2477)

Todos conocemos, sin duda, los principales objetos de Puppis. M46 con su planetaria, M47, M93, el casco de Thor… Sin embargo, a los observadores del hemisferio norte se nos escapan algunas de las maravillas que la constelación guarda más hacia el sur. Ese es el caso, por ejemplo, de NGC 2477, una de las joyas que los cielos australes reservan para sí. Sin embargo, si la noche es clara y estable, podemos intentar disfrutarlo y perdernos entre sus innumerables estrellas.

Esta parte media de la Popa contiene algunas estrellas brillantes que pueden llamarnos la atención, sin saber muy bien cómo ubicarlas por no ser muy frecuentadas. Si la noche es oscura puede que nos llame la atención una zona que parece neblinosa, y que corresponde con el cúmulo abierto NGC 2451, una impresionante y amplia agrupación de estrellas brillantes dispuestas en un espacio de 50 minutos de arco, con la roja C Puppis presidiendo su centro. En otro momento le haremos la visita que merece, pero hoy nos vamos a ir un poco más abajo aún. La estrella que vemos con facilidad a simple vista es Zeta Puppis, que recibe el nombre Naos. Es una estrella de tipo espectral O4, una de las más luminosas y calientes visibles a simple vista, así como de las más cercanas. Su temperatura mayor a 40.000 grados centígrados es, en parte, responsable de los enormes vientos producidos a su alrededor. Con una masa entre 20 y 50 veces la de nuestro sol, su final como supernova está garantizado, y entonces será, durante un tiempo, la más brillante de todas las estrellas que podamos observar.

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A apenas 2 grados y medio de Naos encontramos, por fin, a NGC 2477, el cúmulo abierto que nos ocupa hoy (también conocido como Caldwell 71). Ha sido catalogado por muchos como uno de los diez mejores cúmulos del cielo y, con una magnitud de 5.8, es visible a simple vista desde lugares más meridionales. Fue descubierto por Abbé Lacaille en 1751, un sacerdote francés que dedicó gran parte de su vida a la astronomía. Un año antes de su descubrimiento viajó al Cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica, para intentar calcular la distancia a los planetas por trigonometría (los resultados le sirvieron para comprobar que el polo sur estaba más aplanado que el polo norte. Durante su estancia elaboró un catálogo con más de 10.000 estrellas y 42 objetos nebulosos entre los cuales figuraba NGC 2477. Es un cúmulo de edad avanzada, con aproximadamente un millón de años, de ahí el tono amarillento de sus estrellas. Su edad se ha podido calcular estudiando algunas de sus enanas blancas, cuya proporción respecto al resto de la población es un marcador de la edad total. Se encuentra a unos 4.000 años luz de distancia y la mayoría de sus estrellas se sitúan entre la magnitud 12 y 14. Unas 300 estrellas se disponen en un área de 27 minutos de arco, lo cual corresponde a un diámetro real de unos 30 años luz. La brillante estrella de magnitud 4.5 que comparte campo con NGC 2477, B Puppis, no pertenece al cúmulo, sino que se encuentra a poco más de 600 años luz, casi 7 veces más cerca. Es otra joven y masiva estrella de tipo espectral B que tiene “tan sólo” unos 27 millones de años de vida.

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Encontrar NGC 2477 con el telescopio es sencillo debido a que en regiones tan meridionales del cielo sólo podemos ver las estrellas brillantes, y Naos saltará a la vista sin ninguna dificultad como la estrella más representativa de la zona. Una vez en ella sólo tendremos que subir un poco hacia el noroeste y veremos, por el buscador, una pequeña nube redondeada. Cuando pongamos el ojo tras el ocular quedaremos maravillados por la gran riqueza de este cúmulo. A 125 aumentos se obtiene una imagen espectacular, con el grupo de estrellas ocupando dos terceras partes del campo. Inmediatamente podemos comprobar que, a pesar de tener forma redondeada, no posee un gradiente especialmente marcado como lo mayoría de los cúmulos globulares. De hecho, se parece bastante a M71, e incluso a M56, que ya de por sí son cúmulos globulares escasamente densos. Al intentar contar las componentes es fácil perderse, personalmente cuento alrededor de ciento cincuenta, y un fondo blanquecino hace suponer que el número es todavía mayor, dando la sensación de ser “un verdadero cúmulo”. Muchas de sus estrellas conforman líneas aleatorias de predominio radial, como si fueran prolongaciones que parten hacia la periferia. Sin duda, es uno de los cúmulos abiertos más espectaculares que he podido ver, y el desafío que supone su baja altura lo hace aún más interesante.

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