Un nido y una lechuza (M108 y M97)

Los meses invernales nos van acercando, de madrugada, las constelaciones de la primavera, y el 8 de febrero de 2016 decidí aprovechar el frío aire de Sierra Nevada para observar dos de sus mayores tesoros. A 2.500 metros de altura, cabe decir, los observé como nunca antes lo había hecho.

M97 - M108

M108 es uno de los objetos que se añadió a posteriori al catálogo Messier. Éste sabía de su existencia gracias Méchain, que lo había descubierto a la par que M97. Sin embargo, calcularon la posición de éste último pero no de M108, cuya localización quedó registrada en un cuaderno de notas de Messier, más adelante. Fue en 1953 cuando Owen Gingerich otorgó a este objeto el número 108 del famoso catálogo, a pesar de que le habría “tocado” la posición 98. Se llame como se llame, M108, o NGC 3556, es una verdadera maravilla al alcance de los aficionados.

Es un universo isla situado a unos 45 millones de años luz, perteneciente al Cúmulo de la Osa Mayor, cercano al Cúmulo de Virgo, cuyos componentes iremos viendo en los próximos meses. M108 se nos aparece casi de canto, con un ángulo de inclinación de 75º, motivo por el cual no vamos a ver definidos los brazos de esta galaxia, que es de tipo SB. Presenta un diámetro de 100.000 años luz, y unas 125.000 millones de estrellas pueblan su superficie, menos de la mitad que la Vía Láctea. A pesar de tener menos masa que nuestra galaxia, esconde en su interior un agujero negro supermasivo seis veces mayor que el nuestro. En 1969 una supernova brilló en M108 con una magnitud de 13.9, fácilmente visible con telescopios.

Foto M108.jpg

Se sitúa cerca de Merak o beta Ursae Majoris, una de las cuatro esquinas del “Carro”. Visible con prismáticos como una débil mancha alargada, es todo es un espectáculo a través de un telescopio. Con mi Dobson de 30 cm, a bajo aumento destaca muy cerca de una estrella brillante, un haz alargado fácilmente visible con visión directa. Ya entonces se puede percibir que su superficie no es uniforme, con algunas irregularidades que resaltan especialmente en su zona central. La visión con el ocular de 13 mm era muy interesante, pero subí a 214 aumentos para poner a prueba el aire gélido de la Sierra. Efectivamente, no me defraudó. La imagen parecía una fotografía en blanco y negro, con la galaxia ocupando más de la mitad del ocular, con sus 8 minutos de arco de longitud. Una brillante estrella ocupaba un punto cercano al centro, donde resaltaba un núcleo más intenso que el resto. Separados por una zona algo más oscura, otra región brillante hacía su aparición a poco más de un minuto de la estrella. Tras estas regiones, el halo de la galaxia destacaba sobre el negro del cielo, dando la forma alargada con los bordes terminando de forma, podríamos decir, abrupta. Tras varios minutos de adaptación y asombro pude detectar otra pequeña mancha más brillante, casi en el extremo opuesto de la galaxia. La porción central adquiría cierta forma alargada, una sombra apenas de esa barra central que se esconde tras montones de estrellas y polvo.

M108.png

Para encontrar el siguiente objeto no hay que irse muy lejos. De hecho, con un ocular amplio ambos pueden encuadrarse sin ningún problema dentro del mismo campo. Hablamos de M97, conocida como la Nebulosa de la Lechuza. Es una de las pocas nebulosas planetarias que catalogó Messier (en su lista hay 4 de estos objetos), y es especialmente interesante por su forma. Situada a unos 2.000 años luzFoto M97 dibujo de distancia, presenta una estructura basada en 3 capas de gases principales. La más externa, rojiza en fotografías, adquiere un tono rojizo característico del hidrógeno (el hidrógeno forma parte de las capas más superficiales de la estrella). Cualquier fotografía muestra su rasgo más relevante, ya inmortalizado por Lord Rosse en 1781, y que le valió para obtener su nombre: dos círculos más oscuros que, a modo de ojos, flanquean a una débil estrella central.

No es fácil imaginar la naturaleza de estos ojos a priori, pero basta saber que la estrella central, en uno de sus últimos suspiros, ha exhalado sus gases de manera que ha formado una especie de “donut” a su alrededor, lo que se conoce como estructura toroidal. Si viéramos la nebulosa desde “arriba” podríamos ver el anillo rodeando a la estrella, pero lo vemos prácticamente de perfil, así que lo que percibimos es una especie de corte transversal, destacando las regiones del anillo en las que más capas de gas se encuentran sobreexpuestas.

Foto M97

La nebulosa tiene unos 6.000 años de edad, de ahí su tamaño de apenas dos años luz de diámetro. Su estrella central es una enana blanca con una temperatura de unos 100.000 grados kelvin. Es interesante pensar que originalmente tenía el doble de masa que nuestro sol, mientras que actualmente  ocupa un tamaño similar a la Tierra. Esa diferencia de materia se encuentra ahora esparcida por el espacio, expandiéndose a velocidades del orden de 30 metros por segundo.

M97 tiene una magnitud de 9.9, lo cual no debe hacer que nos confiemos, pues presenta un bajo brillo superficial repartido por un diámetro de 3.3 minutos de arco. Si la abertura del telescopio no es especialmente amplia, serán necesarios cielos muy oscuros para atisbarla. Con mi Dobson aproveché que M97 se encontraba prácticamente en el cenit, de modo que pude verla en todo su esplendor. A un paso de M108, M97 es visible a bajo aumento como una esfera relativamente grande (unas 4 ó 5 veces el diámetro de júpiter), al lado de un grupito de tres estrellas brillantes. A pesar de su bajo brillo superficial sus bordes quedan bien delimitados. En un primer momento no detecte ningún detalle en su disco, así que decidí aumentar la magnificación. A 300 aumentos la imagen mejora considerablemente, sin necesidad de filtro OIII, que lo que hace es estropear la imagen cuando el cielo es de calidad. Sus dos ojos saltaron entonces a la vista, muy débiles, pero visibles con mirada indirecta, como dos esferas ligeramente más oscuras que el resto de la nebulosa. No pude apreciar diferencias en ellos, pero me contenté con poder distinguirlos con relativa claridad. Pude ver también la estrella central, extremadamente débil, justo en medio de los dos ojos. Su magnitud varía según la fuente leída, en algunas establecen para la estrella una magnitud de 14, mientras que otros la sitúan en torno a 16. Yo, personalmente, la encuentro más cercana a este último, ya que algunas estrellas de magnitud 14 cercanas a la nebulosa eran fácilmente visibles, incluso algunas de magnitud 15.

M97

De hecho, M97 me deparaba una sorpresa totalmente inesperada. Cuando me dio por mirar el atlas, al final de la observación, me di cuenta que una débil galaxia se situaba muy  cerca de la nebulosa, prácticamente rozando una débil estrella. Su nombre era PGC 34279, una lejana espiral de magnitud 16.1. Teniendo en cuenta lo limpio que estaba el cielo, decidí afrontar su observación y dedicarle unos minutos para ver si era capaz de cazarla. Tras muchos intentos por detectarla, con visión lateral, relajando los músculos de todo mi cuerpo, descansando la vista intermitentemente, logré notar un curioso efecto. Por momentos la estrella que rozaba la galaxia aparecía difuminada, como si una débil nebulosidad difusa y extremadamente débil la acompañara en la distancia. Se encuentra a casi 500 millones de años luz de nosotros, de manera que no es extraño sentir algo de vértigo al observarla. El cielo de primavera no hace más que asomarse estas frías noches, y va mostrándonos sus tesoros, que no son pocos…

Sangre en el cielo (R leporis e IC 418)

La constelación lepus, la Liebre, corretea siempre bajo la inmensa figura de Orión, condenada a ser obviada con facilidad. Aun así, guarda en su seno algunos tesoros dignos de atraer las miradas de astrónomos inquietos, como pudimos comprobar con M79. Hoy veremos otros dos objetos que piden a gritos una visita.

El primero de ellos es R leporis, una estrella con carácter y nombre propio, conocida también con el romántico nombre de “Estrella carmesí de Hind” (o, en inglés, Crimson star) o el macabro pero acertado nombre de “la gota de sangre”. Su alias lo dice todo, y es que cualquiera que mire esta estrella comprenderá que no todo en el cielo es blanco y negro. Es una estrella de carbono, y como tal muestra una increíble tonalidad rojiza como pocas podemos observar por nuestro telescopio. ¿De dónde viene ese color? La atmósfera de R leporis tiene más carbono del habitual, proveniente de zonas más internas de la estrella, tras la fusión de moléculas de helio. El carbono, así como el monóxido de carbono, no dejan pasar la luz azul, con lo cual el resultado es esa tonalidad rojiza. Son estrellas extremadamente frías, estimándose para R leporis una temperatura superficial poco mayor de 2.000º K, con un diámetro que supera unas 500 veces a nuestro sol. Las estrellas de carbono son de tipo espectral C y van camino de convertirse en una enana blanca, con su envoltura formando una nebulosa planetaria.

Pero R leporis es, además, una estrella variable tipo Mira. Siendo el prototipo Mira Ceti, que veremos en otra ocasión, son estrellas cuyo brillo presenta grandes variaciones en cuanto a magnitud durante un período mayor de 100 días. De color rojo intenso, las variables tipo Mira son gigantes rojas de edad avanzada que se expanden y contraen sufriendo con ello cambios en la temperatura y luminosidad, desprendiéndose poco a poco de su envoltura gaseosa. De hecho, muchas de estas estrellas no tienen forma esférica y van dejando un rastro de gases tras de sí. En la siguiente imagen podemos apreciar, en luz ultravioleta, los restos que va soltando Mira Ceti, como si de un cometa estelar se tratase, aunque a juzgar por la foto más bien pareciera una medusa espacial…

Foto Mira ceti.jpg

R leporis es fácil de encontrar, ubicada al oeste de mu leporis, visible con prismáticos siempre y cuando no se encuentre en el mínimo de su brillo. La intensidad del color que veamos dependerá del momento del ciclo, de modo que es más rojiza en su mínimo brillo, debido a que es el momento en el que mayor concentración de carbono hay en su atmósfera. Su período comprende un total de 445 días, y su magnitud varía entre 5.5 y 11.7. Cuando la observé, el 1 de febrero de 2016, tenía un brillo aproximado de 8, que la hacía distinguible con los prismáticos, si bien no mostró su naturaleza hasta mirar por el telescopio. Quedé boquiabierto al ver ese punto rojizo y brillante, y más aún, me quedé con ganas pensando cómo se verá cuando esté en su mínimo, dentro de un año. Es increíble poder apreciar estos colores tan llamativos en el cielo, y R leporis es, sin duda, una estrella que atrapa. Al verla no pude evitar acordarme de la primera estrella de carbono que vi, accidentalmente, moviéndome por la “cola” del Águila. Allí descubrí a V aquilae, y recuerdo que lo primero que pensé fue que no podía existir algo así, y la guardé en mi interior como visita obligada en las noches de verano.

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Un poco más al norte y al este encontramos nuestro siguiente objetivo, una bonita nebulosa planetaria cuya envoltura gaseosa tiene apenas unos pocos miles de años de edad. Recibe el nombre de la “Nebulosa Espirógrafo”, debido a que fotografías de este objeto recuerdan a los dibujos realizados con espirógrafos (instrumento de dibujo que realiza formas geométricas características, unas curvas llamadas hipotrocoides y epitrocoides). Viene al caso observarla tras R leporis, pues comparte con ella el hecho de que sus gases parecen ser bastante ricos en carbono. La nebulosa se denomina IC 418 y se sitúa a unos 1.100 años luz de nosotros, otra característica que comparte con R leporis. El tamaño de su envoltura, de unos 0.3 años luz, es una muestra de su relativa juventud. En fotografías de larga exposición podemos apreciar una forma ovalada, con dos capas superpuestas, rodeando a una estrella de magnitud 10.2, una enana blanca que ha comenzado la última etapa de su vida. Esta estrella ioniza a la nebulosa con una temperatura de unos 35.000º K, bastante poco si lo comparamos con otras planetarias. La temperatura necesaria para que una estrella ionice a su envoltura de gases es de 26.000º K. Por debajo de dicho límite la estrella moriría en el más absoluto anonimato, sin homenaje alguno visible desde la lejanía. IC 418 irá creciendo a medida que pasa el tiempo, ya que su envoltura se expande a unos 12 km por segundo.

Foto IC 418

Además de su llamativa textura, fruto de los vientos producidos por su estrella central, captan la atención sus vivos colores, que han dado que hablar a los observadores visuales. A pesar de que muchas nebulosas planetarias adquieren cierto tono verdoso o azulado, algunos observadores mantienen que son capaces de observar cierto matiz anaranjado en esta nebulosa, así como marronáceo, rosado o rojizo. Además, la percepción de dichos colores parece cambiar según el instrumento usado y la magnificación, dejando a cada observador libre interpretación.

Con una magnitud poco mayor de 10, IC 418 es un objeto fácil de encontrar y fácil de distinguir, si bien su pequeño tamaño, de apenas 12 segundos de arco, nos debe hacer mirar con atención si observamos a bajos aumentos. Ya a 125x la nebulosa es claramente visible rodeando a una brillante estrella. La noche que la observé soplaba un fuerte viento y la atmósfera no dejaba ver con total claridad objetos a grandes aumentos, pero decidí usar 214 aumentos para intentar percibirla mejor. El tamaño, con el Kronus de 7 mm, era mayor, lógicamente, aunque siguen siendo 12 segundos… Aun así, el pequeño tamaño unido a su forma perfectamente redonda y brillante hacen de IC 418 un objeto muy atractivo. No conseguí distinguir, eso sí, ningún color, cosa de la que no me extrañé, pues mis ojos no son especialmente sensibles al color. Intenté advertir un pequeño anillo interno que bordea la estrella, que en imágenes se muestra más fácilmente, pero las turbulencias de la atmósfera me impedían distinguir ningún detalle. De todas formas disfruté con su observación, una pequeña esfera en medio de un espacio oscuro con algunas estrellas, todavía jóvenes, que rodean al anciano de la vecindad, sin saber que a ellas les espera un final muy similar.

IC 418.png

El exótico sueño de una noche de invierno (NGC 5128)

En la última entrada hablábamos de NGC 4038 y NGC 4039, dos galaxias en plena colisión en Corvus. Hoy el protagonista es el resultado de una colisión entre galaxias, la última fase de esta interacción de proporciones colosales. Pensaba hablar de NGC 5128, también llamada Centaurus A, unas semanas después, pero la repentina aparición de una supernova hace dos días, exactamente cuando la vi a través de mi telescopio, me ha animado a adelantar su publicación.

Foto NGC 5128 grande.jpg

Con unos 60.000 años luz de diámetro, NGC 5128 es lugar de residencia de más de un trillón de estrellas, cantidad desmesurada si la comparamos con las 400.000 de nuestra Vía Láctea. Forma parte de un grupo de galaxias presidido por ella misma y por M83, y a su vez pertenece, al igual que nuestro Grupo Local, al Supercúmulo de Virgo. Fue descubierta en 1826 por el escocés James Dunlop Foto NGC 5128 Dunlop(e inmortalizada en un dibujo), y podemos entender su asombro al catalogarla como una “nebulosa doble”, idea que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX.

NGC 5128 se sitúa a una distancia entre 10 y 15 millones de años luz de nosotros (según los últimos estudios más cerca de los 13 millones). Es una galaxia que ha traído de cabeza a los astrónomos por sus peculiares características morfológicas. Denominada también Caldwell 77 y Arp 153, esta galaxia es la representación de un acto de canibalismo cazado in fraganti. La principal componente es una gran galaxia elíptica (aunque hay cierta discrepancia, con algunos defensores que la catalogan como lenticular) y la que ha servido de alimento es una galaxia espiral que se halla inmersa en su interior. No podemos verla directamente, pero podemos contemplar todo lo que ha formado a su paso. Tras la colisión, que comenzó hace entre 200 y 700 millones de años, se ha producido una enorme proliferación estelar en todos los rincones, siendo más evidente en las regiones centrales, donde podemos observar una banda oscura que divide en dos a NGC 5128, formada por partículas de polvo y gas frío. Esta banda es otra muestra de la violenta conjunción galáctica. En la siguiente imagen podemos contemplar cómo se encuentra poblada por cúmulos y grandes nebulosas, regiones HII en las que se están gestando estrellas.

Foto NGC 5128 centro

NGC 5128 esconde, en su núcleo, un agujero negro supermasivo con una masa que se estima entre 100 millones y 1.000 millones de soles, condensada en un tamaño tan minúsculo como nuestro sistema solar. A su alrededor la materia va girando cada vez más rápido a medida que las partículas son atraídas por él, formando un disco de acreción, y cuando están lo suficientemente cerca son despedidas por los polos a velocidades ingentes, alcanzando en algunos puntos la mitad de la velocidad de la luz. Estos jets bipolares se alejan rápidamente del núcleo alcanzando una distancia de hasta 800.000 años luz. A su paso calientan la materia y producen una gran cantidad de rayos X y ondas de radio, convirtiendo a Centaurus A en una de las fuentes de ondas de radio más cercanas a nuestra galaxia. En esta fotografía, obtenida en rayos X, destaca uno de los jets que salen del agujero negro, en el centro, así como múltiples puntos brillantes que corresponden a estrellas de neutrones o pequeños agujeros negros de masa estelar que pueblan la zona central.

Foto NGC 5128 jet

En 1986 fue condecorada con la presencia de una supernova, y hace dos días, el 8 de febrero, se descubrió una segunda supernova de tipo II, denominada SN2016adj. Este tipo de supernovas se forman cuando el núcleo de la estrella contiene mayoritariamente hierro y níquel, elementos que, lejos de producir energía, necesitan un aporte extra de energía para su fusión. Debido a ello, la estrella pierde la fuerza que la mantenía estable, y la gravedad no encuentra obstáculo alguno, de manera que toda su materia comienza a colapsar hasta el punto de destrozar los electrones de su núcleo, que comienza a emitir fotones altamente energéticos, llevando consigo una explosión de magnitud colosal. SN2016adj ha tenido lugar junto a una brillante estrella en la banda oscura central, y en un primer momento se le estimó una magnitud de 15.2. Sin duda esa gran explosión supondrá un nuevo empuje para la formación estrellas, reanudando el ciclo infinito de los cielos.

Observé NGC 5128 en una fría noche de febrero desde los cielos oscuros de Sierra Nevada, en Granada, a 2.500 metros de altura. Una capa de oscuras nubes bajas tapaba la ciudad, haciéndola totalmente invisible desde la montaña. A las 5 de la madrugada la galaxia debía alcanzar su punto más alto, así que me dispuse a buscarla, luchando contra un fuerte viento que no daba tregua. Era la primera vez iba a verla, así que notaba por dentro esa emocionante tensión de “la primera vez”. Sonreí cuando pude apreciarla sin ningún problema en el buscador, casi lindando con la cima del Veleta. Puse la vista tras el ocular y ahí estaba, esa increíble mancha blanquecina, redondeada, con la oscura barra central que la dividía en dos partes perfectamente diferenciadas. Intentando controlar la respiración, me dediqué a absorber con la mirada cada uno de esos fotones que alcanzaban mi retina, maravillado por poder contemplar un objeto que nunca había pensado ver desde mi latitud. Siempre había visto NGC 5128 en los libros, en fotografías, pero en ese momento era real… Decidí subir los aumentos. La atmósfera no me permitía enfocar con precisión, y de hecho las estrellas aparecían como pequeñas bolas engrosadas, pero aun así contemplé la galaxia con 214 aumentos, entre turbulencia y turbulencia. Ocupando la mitad del ocular, me centré en la barra oscura, notando que no era, ni mucho menos, totalmente recta. Describía una pequeña curva en su lado izquierdo, abarcando a una pequeña estrella, para ensancharse después progresivamente hacia el exterior. No podía imaginar que justo al lado de esa débil estrella ya podía verse la recién formada supernova, aunque estando tan baja en el horizonte me habría resultado totalmente imposible distinguirla. Desde una latitud más baja, sin duda, sería posible cazarla con un telescopio de 12 pulgadas, siempre que el cielo fuera lo suficientemente oscuro.

NGC 5128

Reticente, me despedí de la galaxia del Centauro con la sensación de haber cumplido un sueño (y no uno pequeño), con el deseo renovado de viajar a regiones más sureñas para poder contemplarla en condiciones y hacer justicia al espectáculo que nos ofrece. Luego me dispuse a buscar el cúmulo globular Omega Centauri, 4 grados más al sur, pero esa es otra historia…

Danza de gigantes (NGC 4038 y NGC 4039)

A quien espere con paciencia y temple en estas noches invernales, o a quien madrugue bastante, el cielo le tiene preparado un espectáculo sobrecogedor, a medio camino entre lucha de titanes y escena romántica intergaláctica. Estamos hablando de NGC 4038 y NGC 4039, más conocidas como las Galaxias de las Antenas. Son, sin duda, el ejemplo de interacción entre galaxias más claro y detallado que podemos observar con nuestros instrumentos. Su distancia, a unos 45 millones de años luz, contribuye enormemente a ello. En las fotografías de larga exposición podemos apreciar una explosión de formas y colores totalmente característica de este par. Dos masas de luz encorvadas sobre sí mismas se unen en uno de sus extremos, desde donde salen dos largos filamentos curvados que triplican su longitud y se pierden en direcciones opuestas. Se pueden distinguir dos núcleos galácticos bien definidos y brillantes, amarillentos, lugar de residencia de las estrellas más ancianas. Sin embargo, la periferia de ambos cuerpos es un mar de estrellas azules, cúmulos y nebulosas de tonos rojizos, muestra del hidrógeno ionizado típico de regiones HII.

Foto NGC 4038 antenas.png

El Telescopio Espacial Hubble ha encontrado más de un millar de cúmulos abiertos, la mayoría de apenas un millón de años de edad, formados por enormes estrellas azuladas de tipo espectral O y B. Tanta formación de estrellas se debe a la interacción entre ambas galaxias y las corrientes de marea que dominan la dinámica interestelar. La mayoría de esos cúmulos desaparecerá en breve, diseminándose sus estrellas por la tormenta producida. Se piensa, además, que al menos un centenar de los cúmulos más poblados pasarán a formar, en unos mil millones de años, cúmulos globulares como los que pueblan la periferia de nuestra galaxia. Estamos viendo, por tanto, a un par galáctico extremadamente joven que proseguirá su relación hasta convertirse en una galaxia gigante elíptica.

Pero no siempre han estado las Antenas en interacción. Hace poco más de mil millones de años eran galaxias normales, NGC 4038 una barrada espiral y NGC 4039 una espiral, sin nada especial que animara sus vidas. Entonces vino el encontronazo, comenzando hace 900 millones de años de forma tímida, como se encuentran ahora NGC 2207 e IC 2163, que ya hemos observado en el Can Mayor. Poco después la interacción fue mayor, provocando desgarros y deformidades en los discos galácticos, y hace apenas 300 millones de años se formaron lo que se conoce hoy como “las antenas”, esos regueros compuestos por estrellas que han sido dispersadas por las fuertes corrientes producidas.

Foto NGC 4038

NGC 4038 ha sido víctima de 5 supernovas en el último siglo, una muestra más de la gran dinámica a la que está sometida. Dos de ellas ocurrieron en 1921 y en 1972, pero las tres restantes han tenido lugar en apenas nueve años (2004, 2007 y 2013), así que podemos decir que esta galaxia es un verdadero hervidero de estrellas.

Las Antenas se encuentran al Oeste de la constelación Corvus, el Cuervo, justo encima de la estrella 31 crateris, de magnitud 5.26. A bajo aumento, con el Dobson de 30 cm, ya pude apreciar su naturaleza “bífida”, en forma de dos pequeñas manchas alargadas unidas por un extremo en forma de corazón. El cielo era bastante oscuro, a más de 2.000 metros de altura en Sierra Nevada, por lo que decidí subir los aumentos. Comprobando que las galaxias los soportaban perfectamente, y a pesar de un molesto vendaval que no había cedido en toda la noche, decidí usar mi ocular Konus de 5 mm, que me dio unos respetables 300 aumentos. Respetable fue la imagen que obtuve, que me erizó el vello y me hizo mirar dos veces para comprobar lo que estaba viendo. Allí estaban las galaxias, con la forma perfectamente definida como si fuera una fotografía. Tan impresionante era que no eché en falta la visión de las “antenas”, para las cuales, al parecer, necesitaré un cielo más oscuro todavía.

NGC 4038 era la galaxia más brillante, con una forma arriñonada, encorvada sobre sí misma. En sus bordes se apreciaban irregularidades, pequeñas zonas más brillantes que el centro, que en general permanecía más apagado, con el núcleo destacando como un punto más intenso en la bahía formada. Se estrechaba poco a poco hasta entrar en contacto con NGC 4039, más débil pero igualmente sorprendente. Su región central es la más brillante, la que mira hacia su compañera, con un caparazón difuso que se pierde rápidamente en la negrura del cielo. Una estrella brillaba en su zona central, pero al mirar posteriormente fotografías comprobé que no era tal, sino el núcleo de la galaxia, que brilla con una fuerte tonalidad amarillenta. Los minutos volaron mientras los detalles iban aflorando ante mis ojos, y me costó retirarme del ocular para realizar el dibujo.

NGC 4038

Se ha encontrado en estas galaxias unos niveles muy altos de Neón, Magnesio y Silicio, materiales necesarios para la vida tal y como la conocemos. ¿Habrá seres en alguno de aquellos soles contemplando el espectáculo celeste desde la primera fila? No me cabe la menor duda.

Espirales río abajo (NGC 1187, NGC 1232, NGC 1300)

La constelación Eridanus atraviesa el cielo recorriendo una vasta extensión poco llamativa, marcando la transición entre las constelaciones de otoño y de invierno, dando paso al Cazador. Como corresponde a una zona ajena al plano galáctico, entre los meandros de Eridanus yacen numerosas galaxias de distintas formas y tamaños, expuestas para poder elegir a nuestro gusto. Tres han sido las elegidas para rellenar este capítulo, cada una de ellas con algo que ofrecer a nuestra vista y a nuestra mente.

Comenzaremos el recorrido por NGC 1187, que se sitúa justo encima de la estrella Tau 3 eridani. Es una galaxia espiral que se encuentra a 60 millones de años luz de nosotros. Sus 6 brazos le confieren un aspecto levemente ovoideo y su núcleo se dispone en forma de barra de la que salen los brazos centrales. Foto NGC 1187.jpgLos tonos azules predominan en el halo galáctico, bañado de condensaciones a modo de parches de color, testigos de regiones formadoras de estrellas. La zona central, sin embargo, muestra una tonalidad amarillenta propia de estrellas de edad avanzada. NGC 1187 es conocida por haber albergado en 30 años dos supernovas especialmente brillantes, una en 1982 y otra en 2007. Teniendo en cuenta que suele aparecer una nova cada 300 años por galaxia, no es de extrañar que llame la atención.

Visualmente es una galaxia brillante, que alcanza la magnitud 11 y  presenta unos 5×3 minutos de arco de superficie. Si disponemos de un horizonte sur limpio y estable la apreciaremos sin ningún problema a bajos aumentos. La noche que la observé me llamó la atención, desde un principio, cierta irregularidad en su halo. Aparecía como una mancha alargada, cercana a una estrella brillante, con un núcleo muy intenso. A los pocos minutos pude comprobar que lo que captaba mi atención era un brazo que recorría su camino junto al núcleo, alejándose de la estrella compañera, girando levemente mientras tanto. Otro débil brazo hacía lo propio en dirección a la estrella, pero bastante más tenue. Las luces de Granada empañaban la imagen y probablemente apagaban su resplandor, por lo que dentro de unos meses tengo una nueva cita con NGC 1187 bajo un cielo verdaderamente oscuro.

NGC 1187.png

El siguiente objetivo fue NGC 1232, una grata sorpresa que se sitúa justo al norte de la anterior. Nos mira desde unos 61 millones de kilómetros y, junto a NGC 1300, forma parte del Cúmulo de Eridanus de galaxias. Es una imponente galaxia espiral que se nos presenta de frente, mostrando unos perfectos brazos que salen del núcleo y se van dividiendo a medida que se alejan. Numerosas regiones azules pueblan los brazos, pero no es eso lo que más nos llama la atención, ni lo que le valió para obtener el nombre Arp 41. NGC 1232 tiene una pequeña galaxia compañera  que parece haber emergido del extremo de uno de sus brazos, como si fuera una palomita de maíz. Durante mucho tiempo ha sido objetivo de debate su pertenencia o no al sistema, porque NGC 1232A (este satélite) tiene un corrimiento al rojo unas 6 veces mayor que el de NGC 1232, lo cual, en principio, hace suponer que se aleja de nosotros a una velocidad mucho mayor, encontrándose, por tanto, más distante de lo que parece. Sin embargo, ya hemos podido comprobar que cuando dos galaxias interactúan el corrimiento o redshift no es validable, pues los tirones gravitatorios producidos pueden alterarlo. Además, otra razón a favor de la cohesión de Arp 41 es que NGC 1232A muestra en su superficie un nivel de detalle muy similar al de su compañera, haciendo gala de una barra central y varias regiones HII. De estar situada más lejos la imagen no sería tan nítida.

Foto NGC 1232

Con unos 5 minutos de diámetro y una magnitud aparente de 10.9, NGC 1232 no es difícil de ver, aunque vislumbrar a su compañera puede ser harina de otro costal si la noche no es apacible. En mi caso tuve que luchar contra el cielo iluminado para poder cazarla. Desde un primer momento lo que se aprecia es el brillante núcleo de la galaxia principal, cerca de una estrella débil y a unos 5 minutos de otra más notoria. Un halo de forma circular rodea al núcleo, también redondeado, y hace falta una adaptación completa a la oscuridad para notar que el halo no es uniforme. Entre el núcleo y la estrella débil pude notar la presencia de un tenue brazo que se retorcía a su salida del centro, perdiéndose a su paso por la estrella y apareciendo muy débilmente un poco más lejos. La salida de otro brazo se intuía al otro lado, mucho más esquivo. Una vez que el ojo fue capaz de notar estos detalles no me costó ver, con la visión periférica, una débil y pequeña mancha fuera del halo, formando un triángulo con las dos estrellas más cercanas. Comprobé rápidamente su situación y pude confirmar que esa pequeña mancha era NGC 1232A. Al mirarla directamente desaparecía sin miramientos, pero conforme la vista se apartaba se dejaba ver, tímida, como si se escondiera tras los brazos de su hermana mayor. Sin duda, bajo mejores cielos y aprovechando su paso por el meridiano, su visión debe ser bastante más interesante, y desde cielos oscuros será todo un portento del cielo.

NGC 1232.png

La última de las galaxias que vamos a observar por esta zona (aunque hay muchas más dispuestas a mostrarse en noches oscuras) es NGC 1300, una espectacular galaxia que es el prototipo de las Barradas de Gran Diseño. Dicho nombre hace referencia a aquellas espirales barradas con una barra central tan grande que ha permitido que alrededor de su núcleo se forma otra estructura en espiral, de manera que podemos ver una espiral dentro de una espiral. Una cuidadosa vista sobre la siguiente imagen nos permitirá apreciarlo con claridad. NGC 1300 es un universo isla un poco menor que nuestra Vía Láctea, de unos 100.000 años luz, rebosante, como podemos ver, de formación estelar, con los brazos brillante y azulados testigos de su inmensa actividad proliferativa. Se sitúa también a poco más de 60 millones de años luz, de manera que su luz nos llega desde una época en la que la extinción de los dinosaurios no había hecho más que ocurrir, dejando un mundo totalmente distinto.

Foto NGC 1300

NGC 1300 es muy agradecida al telescopio, de modo que incluso con contaminación lumínica en el horizonte sur, como fue mi caso, permite que apreciemos sus encantos. Lo primero que llama la atención, una vez en la zona, es un fuerte núcleo que preside el centro de un triángulo de estrellas más brillantes. Una atenta mirada muestra la presencia de la espectacular barra de la que NGC 1300 hace alarde, con el bulbo en el centro perfectamente apreciable, más ancho que la barra en sí. Un poco más complicados son sus brazos, pero no se pueden resistir a un observador paciente y decidido. Tras varios minutos de relajación y sin forzar la mirada, comienzan a hacer su aparición en los extremos de la barra, en un ángulo cerrado de unos 70º, siendo uno de ellos más brillante y perceptible que el otro. Realmente, en un primer momento no pude ver más que un halo alargado e irregular, con formas que no me recordaban a nada. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que era una galaxia barrada, y entonces los engranajes en mi cerebro encajaron y en seguida pude verla con total claridad. Cuando el cielo no es perfecto a veces puede ser necesario saber lo que estamos viendo, como una pequeña ayuda para la observación. No me cabe ninguna duda que bajo un cielo realmente oscuro sus brazos en espiral saltarán a la vista con una definición como pocas galaxias pueden presumir de hacerlo. Eridanus esconde muchas otras nubes de estrellas, como peces entre sus aguas, y poco a poco iremos bogando corriente abajo para pescarlas con nuestros propios ojos.

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Al amparo del Pesebre (M67 y Abell 31)

Hoy nos vamos a ocupar de una constelación cuyo elemento más visible a simple vista no son sus estrellas sino el cúmulo del Pesebre, M44, que preside su centro. Pero no hablaremos de este cúmulo, sino de otro más pequeño y débil, así como de una tenue nebulosa planetaria que también descansa en esta constelación.

El cúmulo al que nos referimos es M67, una agrupación de 500 estrellas que, además de suponer una espectacular visión a través de cualquier instrumento, tiene información muy interesante que ofrecer. Y es que al referirnos a este cúmulo estamos hablando de uno de los más antiguos que conocemos. Sabemos ya que los cúmulos abiertos son agrupaciones de estrellas que han nacido en el seno de la misma masa gaseosa, y por tanto comparten edad y lugar. Ahora bien, con el tiempo, al igual que las personas, los miembros se van distanciando cada vez más, de manera que el cúmulo termina desapareciendo al cabo de varios millones de años. La mayoría de los cúmulos que observamos tienen menos de unos pocos cientos de millones de años, y algunos, como NGC 2024, apenas un millón. Pues bien, los últimos estudios confieren a M67 una edad de unos 4.000 millones de años, un poco menos que la edad de nuestro sol. No deja de sorprender que sus estrellas sigan fuertemente unidas pese al paso del tiempo, y no sólo eso, sino que se afirma que el cúmulo seguirá unido durante otros 5.000 millones de años. Sin duda es una familia duradera…

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Su avanzada edad es la responsable de que no veamos en su seno estrellas de tipo espectral O, B ni A, que son estrellas azules tan masivas y calientes que su vida termina rápidamente, en unos pocos millones de años. Su relativa cercanía a nosotros, situado a unos 2.700 años luz, nos ha permitido estudiarlo a conciencia. Al menos 100 de sus estrellas son amarillas similares a nuestro sol (de tipo espectral G), con minúsculas diferencias en cuanto a tamaño y temperatura, y se han encontrado casi 200 enanas blancas, una muestra más de su longevidad. Sin embargo, en las imágenes podemos ver varias estrellas de un fuerte color azul. Son “blue stragglers” o azules rezagadas, un tipo de estrella que nos sonará de algunos cúmulos globulares. Su espectro más “azulado” se debe probablemente a la colisión de dos estrellas más frías, que al chocar liberan energía y, por decirlo de alguna, se reactivan como astros más masivos.

Con una magnitud aparente de 6.1, es visible a simple vista si la noche es lo suficientemente diáfana, a la derecha de Acubens o alfa cancri (nombre que deriva del árabe “pinza”). Su visión con unos buenos prismáticos es especialmente interesante, apareciendo como una pequeña nubecilla salpimentada con débiles estrellas que titilan en constante ebullición. Una visión más profunda con el Dobson revela un magnífico enjambre de más de un centenar de astros ocupando casi todo el ocular a 125 aumentos (campo aparente de 30 minutos de arco). Una brillante estrella preside el conjunto en un extremo, y en el centro se disponen la mayoría de componentes de diferente brillo, destacando unos cuarenta más brillantes y un fondo plagado de diminutos astros más débiles. No transmite la fuerza de otros cúmulos como M47, sino más bien cierta delicadeza y suavidad por la homogeneidad de sus miembros.

M67.png

Sólo tenemos que mover el telescopio unos 3 grados hacia el sur para dar con el siguiente objeto, la planetaria Abell 31. También se denomina PK 219+31.1 y Sh 2-290, lo cual supone toda una excepción en el catálogo Sharpless, que incluye en su mayoría regiones HII. No es de extrañar, pues como podemos ver en la siguiente fotografía, su aspecto bien podría confundirnos con una de dichas regiones de formación de estrellas. Pero no, Abell 31 es una nebulosa planetaria, y una especialmente colorida además.

Foto Abell 31

Con más de 15 minutos de arco de diámetro, es de las más grandes que podemos encontrar en el cielo, superada por poco por NGC 7293, la Nebulosa Hélice, si bien Abell 31 presenta un brillo superficial aún menor. Su magnitud total de 12 no debe hacer que nos confiemos, pues necesitaremos un cielo muy oscuro y ayuda de filtros para poder, por lo menos, adivinar sus formas. En un primer momento, cuando apunté con el telescopio, no vi absolutamente nada. De hecho, ni siquiera sabía su forma ni su tamaño, por lo que tuve que probar con distintos oculares hasta que comencé a notar algo a 125 aumentos. Una débil nube apenas perceptible, que se hizo de notar algo más cuando usé el ocular de 24 mm, con 65 aumentos. El filtro OIII supuso un incremento muy importante en el contraste, aumentando su tamaño, y entonces comprendí que no era una de esas pequeñas planetarias puntiformes, sino todo lo contrario. La mancha débil y difusa tenía cierta forma esférica, pero era tan oscura que apenas podía adivinar los bordes. En la fotografía superior la región verdosa corresponde al oxígeno ionizado, y es precisamente esa zona la que pude ver cuando usé el filtro OIII, quedando la zona rojiza (hidrógeno, azufre…) totalmente fuera de mi alcance. No obstante, satisfecho, guardé el telescopio con la sensación de conocer al Cangrejo un poco más a fondo.*

Abell 31

Billete a la Galaxia de Andrómeda

Andrómeda es un nombre que viene unido intrínsecamente a la imagen más conocida del universo, que cualquiera ha visto al menos una vez en fotografías. Un óvalo de luz con un brillante centro ensanchado, plagado de una miríada de estrellas y salpicado de jirones de luz rojizos, azulados, flanqueado por otras dos estructuras menores pero muy brillantes, una alargada y otra pequeña y redondeada. Cualquier aficionado a la astronomía conoce esta descripción, probablemente a raíz de haberla observado a través de distintos y variados instrumentos, incluyendo la propia vista, quizás a raíz de haberla inmortalizado en una fotografía… La Galaxia de Andrómeda, M31, es un objeto conocido desde la antigüedad, y cuenta en su haber con tantos logros que sería imposible hablar de todos.

Foto M31.jpg

Comenzaremos por los cimientos, por una breve presentación, e iremos soltando datos conocidos y no tan sonados, para poder afrontar una observación de este monumento con todas las de la ley. M31 es el miembro más grande y brillante de nuestro Grupo Local, tan sólo desafiado por nuestra propia Vía Láctea. Sin embargo, hay que admitir que nos deja en pañales, ya que tiene un diámetro de 220.000 años luz (casi el doble de nuestra galaxia) y cuenta en su haber con la vertiginosa cantidad de un trillón de soles. Es difícil imaginar ese número, pero como comparación baste decir que la Vía Láctea tiene unas 400.000 millones de estrellas. Ambas galaxias, como principales protagonistas del Grupo Local, colisionarán en menos de 4.000 millones de años, y nuestro Sol seguirá vivo para observar el espectáculo. De hecho, estudios recientes sugieren que ya han comenzado a interactuar, ya que parece que los halos de las galaxias son en realidad mucho mayores que el diámetro observable. De esa manera, podrían haber comenzado a compartir materia en sus regiones más externas, de un modo apenas imperceptible. En el futuro la unión se hará más evidente y sus núcleos comenzarán una danza recíproca a medida que los brazos se deforman y pierden toda estructura. Las estrellas de ambas galaxias quedarán entonces mezcladas entre sí y la colisión estimulará la formación de miles de astros. Un tiempo después el resultado final será, probablemente, una colosal galaxia elíptica de enormes proporciones y densidad, de similar apariencia a M87 en Virgo. En la siguiente imagen de la NASA podemos contemplar una recreación de la visión que tendrán los habitantes de algún planeta cercano a medida que M31 se acerque a nosotros.

Foto m31 colision.jpg

El primer manifiesto escrito que tenemos de M31 es un libro árabe escrito por Abderraman al-Sufi que data del siglo X, y en el que se refiere a la galaxiaFoto M31 abderraman como una “pequeña nube”. Sin embargo, no cabe duda de que culturas más antiguas tuvieron que percatarse de esa mancha blanquecina que tan distinta era del resto de las estrellas. Messier la catalogó como M31, si bien no fue el primero en observarla con un telescopio. Dicho honor recae sobre Simon Marius, un astrónomo alemán que la observó en 1612. Herschel predijo que M31 se encontraba a unas 2.000 veces la distancia que nos separa de Sirio, equivocándose en un factor de 156. Sin embargo, fue capaz de intuir que se encontraba “muy lejos”, algo no tan fácil como parece. Por aquélla época se creía que todos los objetos nebulosos eran en realidad aglomeraciones de estrellas irresolubles. Gracias al espectrógrafo se pudo ir conociendo la naturaleza gaseosa de las nebulosas, y Willian Huggins,  en 1864, observó que el espectro de Andrómeda era el mismo que las estrellas “normales y corrientes”, con lo cual obtuvo la primera prueba real de su naturaleza estelar.

Heber Curtis fue un gran defensor de la idea que situaba a M31 fuera de nuestra galaxia, y protagonizó un largo debate contra Harlow Shapley, que pensaba que la nebulosa de Andrómeda era más pequeña de lo que se sugería, perteneciendo al halo galáctico de la Vía Láctea. Fue Edwin Hubble quién zanjó tamaña discusión en 1925 al encontrar estrellas variables cefeidas, que permitieron conocer la distancia exacta y colocarla a unos 800.000 años luz. Infraestimó la distancia en gran medida, pero sirvió para refutar el argumento de Shapley y cambiar el concepto del cosmos que se tenía hasta entonces, ampliando los horizontes de nuestro universo más allá de lo inimaginable.

Estudios recientes sugieren que M31 se formó hace unos 10 mil millones de años a raíz de colisiones de galaxias más pequeñas o protogalaxias. La principal de estas interacciones ocurrió hace 8 mil millones de años, provocando el nacimiento de un aluvión de estrellas que dieron forma al halo que conocemos hoy en día. Posteriormente, en los últimos mil millones de años, ha sufrido un nuevo brote estelar, probablemente debido a la cercanía de sus dos principales galaxias satélite, M32 y M110. Hace unos 100 millones de años, la colisión con otra galaxia dejó como resultado un anillo de estrellas y gases que giran en sentido opuesto al resto de componentes, como puede apreciarse en la siguiente imagen en infrarrojo.

Foto M31 infrarrojo

La estructura principal de M31 está compuesta por dos brazos que rodean la galaxia, con un espacio entre ambos de unos 13.000 años luz. Estos brazos muestran irregularidades debidas a la interacción con M32 y M110, así como salientes y grandes regiones HII de formación de estrellas. La más grande de estas zonas, una importante nube estelar, tiene una entrada propia en el New General Catalogue, con la designación NGC 206.  Es una inmensa aglomeración de estrellas y gases con numerosas regiones HII, un diámetro de unos 800 años luz y una edad media de sus componentes entre 40 y 50 millones de años. La evolución natural de la estructura galáctica llevaría a M31, probablemente, a convertirse en una galaxia anular, un extraño tipo de galaxia que se caracteriza por presentar un núcleo central y una anillo rodeándole situado a mayor distancia.

OFoto M31 mayall IItros miembros de la gran familia de Andrómeda son sus cúmulos globulares, de los cuales se han encontrado unos 460. El mayor de ellos es, sin duda, Mayall II o G1, un enorme globular dos veces más luminoso que Omega Centauri, el
cúmulo globular más grande de nuestra galaxia. De hecho, su gran tamaño hace pensar que es el núcleo de alguna antigua galaxia a la que M31 le robó la mayor parte de sus estrellas, aunque dicha hipótesis no ha podido comprobarse aún. La galaxia tiene muchos de estos cúmulos visibles con instrumentos de aficionado, como veremos un poco más adelante. El núcleo de M31 también ha dado que hablar, ya que recientemente se comprobó que presenta una aparente estructura doble, con una estructura mayor conocida como P1 y otra menor denominada P2. Al parecer, P1 es parte de un anillo estelar que orbita alrededor de P2, que contiene en su interior un agujero negro supermasivo.

Foto M31 nucleo

La zona, como podemos ver en la siguiente imagen en rayos-X, presenta un número importante de fuentes emisoras de esta longitud de onda, y en su centro podemos ver ese punto azulado, testigo indirecto de la presencia del gran agujero negro. Probablemente no sea muy distinta al corazón de nuestra propia Vía Láctea.

Foto M31 Rx

Con algunos conocimientos nuevos sobre nuestra compañera galáctica, vamos a intentar abordar su observación de una manera algo distinta, que no se quede simplemente en observar el halo y el núcleo que tan bien conocemos y que tantas noches hemos visto (y, la verdad, tampoco nos cansamos de verlo). Con un cielo oscuro sobre nuestras cabezas, M31 llama la atención cuando elevamos la mirada, tanto que no hace falta si quiera saberse topográficamente la zona. Aun así desde cielos contaminados puede ser más complicado, así que podemos encontrarla a partir del cuadrado de Pegaso, o bien desde uno de los picos de Casiopea, que apunta directamente a ella. Si venimos por este último camino podemos aprovechar para echar un vistazo a dos de sus hermanas menores, NGC 147 y NGC 185, dos galaxias elípticas que ya hemos contemplado con anterioridad y que orbitan incansablemente alrededor de M31. No podremos apreciar en ellas mucho detalle, pero su visión no deja de ser sugerente, y mirando al cielo podemos intentar “visualizarlas” mentalmente a medio camino entre su hermana mayor y Casiopea, y pensar “pues sí, realmente parece que están en la misma dirección”.

Sin más preámbulos vamos a esa mancha brillante que nuestros ojos encuentran tan llamativa y que recibe el nombre de M31 o NGC 224. Su tamaño es grande, muy grande, tanto que cabrían 6 lunas llenas en fila india ocupando el halo de un extremo a otro. Su proximidad a la Vía Láctea vista a simple vista puede usarse como estimación de la calidad del cielo, ya que en lugares verdaderamente oscuros la distancia entre ambos es bastante pequeña. El mejor instrumento para observar M31 en su conjunto es, sin duda, unos buenos prismáticos, así como son el único instrumento capaz de abarcar sus 190 minutos de arco de envergadura. El halo brilla fuertemente con una magnitud conjunta de 3.4, y en su centro el núcleo, con forma redondeada, presenta un elevado brillo superficial. Una atenta mirada permitirá vislumbrar sus dos compañeros de viaje, M32 y M110. El primero apenas se distingue como una estrella gruesa, el segundo es una débil mancha blanquecina y alargada cuyo extremo apunta al halo de M31.

El telescopio nos ayudará a ver más detalles, tanto a bajo como a alto aumento, y es que esta galaxia tiene mucho que ofrecer. Desde un principio, a bajo aumento (44x en mi caso con el ocular de 34 mm) el campo de visión ni siquiera llega a cubrir la mitad de sus medidas, de forma que hay que mover el tubo para poder contemplarla a todo lo largo. La imagen, en un primer momento, nos recuerda a la vista por prismáticos pero con un brillo más intenso. El bulbo central, redondeado, resalta enormemente, y destaca la parte más interna de su núcleo, que muestra un aspecto totalmente estelar. No es difícil imaginar en ese punto brillante a la pareja formada por el cúmulo de estrellas y el agujero negro que hemos visto anteriormente. Quién diría que una imagen tan estática puede reunir en un solo punto tanta fuerza…

M31

M32 es una bonita galaxia elíptica que aparece inmersa en el halo galáctico, de unos 7 minutos de arco. Redondeada, más brillante en el centro y difuminándose en sus bordes, colisionó con M31 hace unos 200 millones de años, perdiendo entonces más de la mitad de sus estrellas. Es interesante poder contemplarla al lado de una galaxia espiral para poder comparar ambos tipos morfológicos. El otro satélite, M110, se encuentra al otro lado, separado del núcleo unos 30 minutos de arco, en la periferia del halo principal. Con 10×17 minutos de arco de superficie, se encuentra a 190.000 años luz de M31, y desde nuestra perspectiva la vemos un poco más rezagada que su compañera. A pesar de su forma claramente alargada es de tipo elíptico, deformada por su paso cerca de M31. Vemos sin ningún problema su núcleo alargado y homogéneo, perdiendo brillo conforme se aleja del centro. Ambas galaxias satélite suponen un marco espectacular que ensalza aún más la magnificencia de la Galaxia de Andrómeda. Una prominente banda oscura puede observarse justo por encima del núcleo, más evidente con visión lateral, rodeando toda la zona del bulbo y perdiéndose hacia los laterales. Cuando se presta un poco más de atención aparece un segunda línea oscura por encima de la anterior, y entonces uno es consciente de que la galaxia es, además de muy larga, muy ancha.

Un detalle más podemos observar a bajos aumentos, y no es otra cosa que NGC 206, la inmensa asociación estelar que puebla uno de los brazos de M31. Para encontrarla lo más fácil es imaginar un triángulo formado por el núcleo de la galaxia, M32 y, en el otro vértice, veremos, si no nos molestan las luces artificiales, una pequeña mancha difusa que brilla algo más que el halo. Presenta una forma alarga, y de ella parece salir, tras una buena adaptación a la oscuridad, otra débil línea oscura en dirección a M32. En una noche más oscura podríamos apreciar más detalles aún con toda seguridad.

Abandonamos la galaxia propiamente dicha para ir a la caza de algunos de sus cúmulos globulares, algo para lo que sí necesitaremos al menos aberturas moderadas, ya la mayoría de ellos son de magnitud mayor a 14. El primero que vi fue G76, el más brillante de los que aparecen sobre el halo galáctico. Está muy cerca de NGC 206 y presenta una magnitud de 14.3, con 3 segundos de arco de diámetro que no bastarán para ver al cúmulo como algo más que una débil estrella. Es muy llamativo la región en la que se encuentra, un pequeño asterismo que parece un “copia y pega” de la constelación Casiopea. No es sólo su forma de “M” lo que recuerda a ella, sino que uno de los picos lo componen en realidad dos estrellas muy unidas, de forma similar a Shedir y Achird. Puede resultar difícil ver estas dos estrellas por su relativa cercanía, de 22 segundos de arco, pero será imprescindible, porque la más interna de ellas es en realidad el cúmulo globular. A 125 aumentos su aspecto es totalmente estelar, y cuando subí a 300x el fuerte viento que había esa noche me impedía apreciar la imagen totalmente nítida. En el mejor de los casos se verá como un débil estrella ligeramente engrosada, pero no debemos perder de vista que estamos hablando de un cúmulo globular que pertenece a otra galaxia (incomparablemente más lejos que los cúmulos de Fornax, por ejemplo, o el errante intergaláctico).

NGC 206

Con el Hyperion de 13 mm G76 comparte campo de ocular con otro cúmulo globular, un poco más débil aún, que recibe el nombre de Bol D195. Su magnitud de 15.3 hace totalmente imprescindible conocer su ubicación exacta, formando parte de una especie de pequeña cruz que mira hacia abajo. Después de tantear estos dos globulares me propuse ir a la caza de Mayall II, el mayor de los cúmulos de M31. Siguiendo el atlas me situé al lado de la estrella donde debía estar, y me sorprendió no verlo a la primera. Aun así, decidí insistir y, con paciencia, logré percibirlo como un evanescente punto que sólo aparecía con visión lateral y cuando la estabilidad de la atmósfera era especialmente buena. Decidí aumentar a 300 aumentos, aunque no logré mucha mejoría. Extrañado, volví a mirar el atlas y fui consciente de mi error. Eso no era Mayall II, sino G35, un globular aún más débil todavía. Con una magnitud de 15.5, es uno de los objetos más débiles que he conseguido ver con mi Dobson de 30 cm, aunque con mejores condiciones del cielo se puede forzar un poco más.

M31 - G35

Una vez consciente de mi error avancé un poco más con el telescopio hasta llegar a Mayall II, también conocido como G1 (Globular 1). Con una magnitud de 13.7 y unos 30 segundos de arco, su visión es un regalo para los sentidos después de los anteriores globulares. Se encuentra situado completamente fuera de los dominios de M31, motivo que probablemente ayude a verlo mejor, debido a que presenta un mayor contraste sobre el cielo oscuro de fondo. Se hace aparente desde un primer momento como una pequeñísima mancha borrosa, que pide a gritos usar mayores aumentos. A 300x la imagen mejora bastante, y esa pequeña bola difusa aparece flanqueada por dos débiles estrellas, recordando enormemente a M13 y sus dos estrellas en una versión minimizada. Por supuesto, ninguna estrella del cúmulo se puede individualizar, ni siquiera ofrece un aspecto grumoso, pero es de agradecer poder observar un cúmulo globular extragaláctico tan brillante (relativamente, por supuesto). Su visión desde la propia M31 debe ser abrumadora como poco…

Mayall II

Aquí concluimos este viaje a través de la galaxia más conocida y concurrida por astrónomos, desde el más novel al más veterano. Tan sólo hemos visto una mínima proporción de los cúmulos globulares que nos puede ofrecer, pero nada nos impide hacernos con un buen mapa estelar e ir cazándolos poco a poco, al menos los que se encuentren a nuestro alcance. Las dos bandas oscuras son sólo las principales líneas de gas que interceptan la luz de la galaxia, pero hay muchas otras diseminadas por el halo, que se nos mostrarán cuando observemos a M31 desde un cielo verdaderamente oscuro. Otros detalles aparecerán entonces, maravillándonos a medida que navegamos por su superficie con nuestro telescopio. Mientras tanto, miraremos incansablemente esa mancha de luz que, si de algo nos habla, es de lo que pequeños que somos en el universo. A saber cuántos ojos nos contemplan desde esa gran familia de estrellas. ¿En cuántos planetas florecerá la vida entre más de un trillón de soles?