En la región de los Alpes

Después de tantas noches con el telescopio guardado “por culpa” de la luna, he decidido aprovecharla y aprender sobre ella, y de paso estrenar mi nueva libreta de papel negro. El día que la observé, el pasado sábado, la luna tenía una edad poco mayor de 7 días, es decir, presentaba un semicírculo perfecto. Con ayuda de un libro me propuse observar su zona norte, algo más despejada, ya que el polo sur está tan cargado de cráteres y diversas formaciones que empezar por ahí me parecía una verdadera locura. Aprovechando que el cielo parecía bastante estable, puse el ocular de 5 mm, con 300 aumentos, y me dispuse a inundarme de un tema que me resultaba totalmente ajeno hasta ahora.

Decidí comenzar por la región de los Alpes, una cadena montañosa de unos 200×80 km de superficie, cuyos picos tienen una media de 2.400 metros. El limbo del sol se encontraba justo en su mitad, de manera que no podía apreciar las sombras que dejaban sobre el suelo. Sí llamaba la atención, sin embargo, una enorme franja negra, muy larga, que atravesaba los Alpes por el centro, como la hoja de una afilada espada. Es una falla con un suelo liso y profundo, bordeada por paredes verticales que en algunos tramos llegan a alcanzar 1.000 de altura. En su interior, aunque no pude apreciarlo por el telescopio, discurre un surco sinuoso de unos 700 metros de ancho, muestra del recorrido de un extinto río de lava. La falla, denominada Vallis Alpes, se formó a raíz de la erosión de un caudal de lava que, poco a poco, fue horadando la piedra hasta dejar esa cicatriz tan llamativa. Imaginémonos por un momento atravesando ese valle, a orillas del río seco que lo recorre, y miremos arriba para contemplar esas paredes que se elevan un kilómetro en vertical. El Cañón del Colorado quedaría en evidencia a su lado. En un extremo de la cordillera veríamos asomando la cima del Mont Blanc, un enorme pico con una altura de casi 4.000 metros, más alto que cualquier montaña de la Península Ibérica.

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Los Alpes terminan desembocando a un curioso cráter denominado Cassini, de 57 kilómetros de diámetro. En su interior, dos pequeños cráteres muestran su fondo sombrío. El mayor de ellos, Cassini A (los cráteres que hay dentro de otros cráteres toman su nombre seguido de una letra del abecedario), se hunde hasta casi 3 kilómetros de profundidad. Siguiendo el camino que llevamos recorriendo nos encontramos con una imponente pared de altas montañas, con picos afilados que se elevan hacia el cielo, con una altura media de más de 3.600 metros. Entre las altas cimas se intercalan profundos valles, y dichas diferencias de nivel suponen un espectáculo para la vista cuando se contempla la sombra que dejan en el suelo lunar. Como si fueran dientes punzantes, la silueta queda reflejada a todo lo largo de esta cordillera que recibe el nombre de los montes Cáucasos. Entre sus montañas esconden algunos cráteres, siendo el más llamativo Calippus, un cráter de 33 kilómetros de diámetro y 2.6 kilómetros de profundidad. Desde lo alto de los montes Cáucasos, mirando al sureste, podríamos ver el Mare Serenitatis, una vasta extensión cuyos límites, más allá de 600 kilómetros, forman un círculo apreciable a simple vista.

Formando un triángulo con Cassini y los montes Cáucasos vemos un imponente cráter que compite en altura con estos últimos. El sol tan sólo ha iluminado su pared más oriental, otorgándole un aspecto de semicírculo grande y llamativo con un fondo totalmente oscuro. Se aprecian perfectamente material amontonado en sus laderas formando capas a diferentes alturas. Este cráter, denominado Aristillus, es mucho más joven que el resto de estructuras que hemos visto, con una edad aproximada de unos mil millones de años (frente a los 3.500 millones de años de los Alpes o los Cáucasos). En su interior guarda algunas sorpresas, pero en el momento de la observación el solo no las iluminaba, de manera que lo dejaremos para otro momento.

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Para terminar hay que imaginar que subimos al Mont Blanc, en los Alpes, a la zona que mira al oeste, que permanece aún en la sombra. A nuestra izquierda podemos ver, abajo, el cráter Cassini, y un poco más allá el alto Aristillus, con su falda llena de irregularidades. Nuestra vista se iría, sin duda, al mar de sombras que tenemos delante, Mare Imbrium, y por una buena razón. Veríamos una explanada de un color negro azabache, a la que todavía no han llegado los rayos solares. Sin embargo, a poco más de 50 kilómetros hacia el oeste, una alta montaña se elevaría sobre las sombras, con su cima fuertemente iluminada por el sol, devolviéndonos sus potentes rayos blanquecinos. Es el monte Piton, una formación de 2.200 metros de altura que, al telescopio, aparece como una isla de luz a la deriva en un mar de oscuridad. Poco a poco el sol irá bañando Mare Imbrium y el monte Piton perderá esa exclusividad, así que aprovechemos ahora que refulge más que nunca.

Gigantes en colisión

Al hablar de galaxias en colisión probablemente se nos venga a la cabeza M51, como prototipo de este tipo de objetos. Pero lo cierto es que hay una cantidad ingente de galaxias en interacción pululando por el espacio, siendo muchas de ellas accesibles a nuestros telescopios. Las galaxias, como ya sabemos, tienen una gravedad tan elevada que no les resulta difícil atraer a otras galaxias hacia ellas. La más cercana, dentro de unos pocos miles de años, será M31 y nuestra propia galaxia, que se van acercando paulatinamente en un baile inevitable a largo plazo. Las galaxias que vamos a ver hoy se encuentran en una fase temprana de colisión, de forma que todavía no se han deformado sus brazos ni han adquirido estrambóticas siluetas.

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Cuando las noches invernales y la contaminación lumínica nos permitan disponer de un horizonte sur despejado podremos ver a la pareja que forman NGC 2207 e IC 2163, justo por debajo de Murzim o beta Canis Majoris. Se encuentran a algo más de 100 millones de años luz y su diámetro es considerable. La primera, mayor, mide 150.000 años luz de un extremo a otro, dimensiones similares a nuestra galaxia. La otra, algo menor, tiene unos 130.000 años luz de diámetro. En la siguiente fotografía podemos comprobar cómo se rozan sus halos, con un brazo de IC 2163 que ha sido empujado en dirección opuesta a su compañera. Con el transcurso de los años se producirá una maraña de filamentos y brazos desviados digna de observar por el telescopio. Más adelante aún, ambas galaxias quedarán unidas en una galaxia elíptica tremendamente brillante, de manera similar a M87. En el momento actual podemos observar una cantidad enorme de regiones HII en NGC 2207, fruto de la colisión en curso, que no es más que un estímulo para promover la formación estelar. De hecho, NGC 2207 es residencia habitual de supernovas, como atestigua la aparición de tres de ellas en los últimos quince años. La última ocurrió en 2013, así que en cualquier momento nos puede sorprender nuevamente.

NGC 2207.png

Al telescopio ambas galaxias son perfectamente evidentes una vez enmarcadas en el campo del ocular. NGC 2207 es la mayor y la más brillante, con una magnitud de 11. Aparece como una mancha difusa y redondeada con un núcleo muy brillante y puntiforme, como si fuera una estrella superpuesta. No es muy grande, de unos 3 minutos de arco de diámetro, pero tiene un tamaño cómodo para observar. A su lado hay una mancha más pequeña y débil, de magnitud 12.6, que corresponde a IC 2163. Con visión periférica se ve algo más definida, aunque no llega a mostrar ningún detalle aparente. La imagen es similar a una M51 más pequeña y débil, y no cuesta imaginar el gran espectáculo que debe suponer esta colisión desde lugares más cercanos.

La otra pareja en cuestión se encuentra en Cáncer, muy cerca de ese manchurrón visible a simple vista que es M44, el cúmulo del Pesebre. Se trata de NGC 2672 y NGC 2673, una pareja de galaxias elípticas situadas a unas distancia de unos 200 millones de años luz, si bien esta distancia ha sido discutida e incluso hay algunos artículos en contra de su estrecha relación. Según el corrimiento al rojo (o redshift), NGC 2673 estaría a 210 millones de años luz, mientras que NGC 2672 estaría situada a 185 millones de años luz. Lo que ocurre aquí es que cuando dos galaxias están interactuando entre sí pueden dar este tipo de movimientos relativos, ya que, por decirlo de alguna manera, giran entre sí, llevando a equívoco en algunos casos. No sabemos a ciencia cierta si son verdaderas compañeras o no, pero lo cierto es que nadie diría lo contrario al ver su imagen. Ambas están incluidas en el catálogo Arp de galaxias peculiares con el número 167.

NGC 2672

Son dos galaxias que en estas noches invernales se sitúan en el cenit, en una zona perfecta para poder usar aumentos elevados y verlas con más claridad. A 125 aumentos ya es evidente la galaxia principal, NGC 2673, redondeada y brillante, visible con visión directa, aunque es algo mayor con mirada lateral. NGC 2672 se encuentra rozándola, una mancha más pequeña, mejor definida a mayores aumentos. El ocular de 7 mm resultó la mejor opción para esta pareja, a 214 aumentos, alcanzando un equilibrio entre definición y oscurecimiento del fondo que encuentro muy útil para galaxias pequeñas. Una débil estrella de magnitud 14 forma un curioso trío con las dos galaxias descritas, intentando hacerse ver ante miles de millones de estrellas que, por efecto de la distancia, parecen una simple mota de polvo flotando en un vasto océano.

Orión alternativo

“La catedral del cielo”, como algunos conocen a la constelación de Orión, es una caja de sorpresas que esconde tesoros por toda su superficie. Una vez conocidos los principales, la curiosidad va hurgando por los rincones en busca y captura de cualquier otro objeto. Hoy nos vamos a ocupar de un cúmulo abierto, una nebulosa especial, y algo que no suele asociarse al Cazador, una galaxia.

El cúmulo es NGC 2112, una agrupación de estrellas que se encuentra al Este de Orión, cerca de la iridiscente M78, que ya vimos el otro día.  Está formado por un centenar de estrellas, si bien con mi Dobson 305 mm llegué a observar unas 30. Destacan unas 7 u 8 de ellas algo más brillantes, con el resto de magnitud inferior a 12. Las más débiles parecen chisporrotear en la distancia de manera muy tenue. Ocupa un espacio de 18 minutos de diámetro, y no es especialmente aparente al buscador, necesitando usar mayores aumentos para distinguir su naturaleza cumular. En la siguiente fotografía podemos verlo en la zona superior, una débil agrupación estelar; pero lo más llamativo de la imagen es, evidentemente, esa banda rojiza que la atraviesa de arriba abajo, como un río de gas.

Foto Barnard

Para comprender la naturaleza de esa banda luminosa no tenemos más que irnos hacia atrás para observarla en su conjunto, y nos daremos cuenta entonces de que estamos ante una porción del Bucle de Barnard. En esta fotografía de gran campo, que ya hemos usado alguna vez, podemos ver ese inmenso bucle rodeando a la constelación, desde su hombro a su pie izquierdo, dejando en su interior al cinturón y a M42.

Foto Complejo Orion

Recibe el nombre de Sh2-276 (del catálogo Sharpless) y es el resultado de la explosión de una supernova que ocurrió hace unos 4 ó 5 millones de años. Lo que podemos ver es el frente de la explosión que se va expandiendo a velocidades de entre 10 y 25 kilómetros por segundo, cuyo gas se ioniza por las jóvenes y brillantes estrellas que pueblan la constelación de orión. Ese hidrógeno ionizado, como hemos visto en anteriores ocasiones, es el responsable de otorgar el intenso color rojizo que caracteriza a esta nebulosa. Barnard fue el primero en fotografiarla, a finales del siglo XIX, si bien ya Herschel incluyó una de sus partes en su catálogo de “Regiones de Herschel” con el número 27. En dicho catálogo Herschel enumeraba lo que él pensaba que eran condensaciones de la Vía Láctea. Y sí, resulta que el Bucle de Barnard es apreciable a simple vista, sobre todo algunas de sus zonas más brillantes. Para ello, lógicamente, habría que disfrutar de cielos espectaculares, de los que ya van escaseando en el mundo. No obstante, algo podremos ver…

La noche que observé NGC 2112, una oscura noche en Blancares, con el sur lo suficientemente alejado de las luces de Granada, pude ver una especie de neblina que se encontraba acompañando al cúmulo. No me llamaba la atención su naturaleza “neblinosa”, que podría haber sido causa de la contaminación lumínica, sino que parecía ocupar solo la mitad del ocular, bañando en su borde a NGC 2112. Rápidamente comprobé que correspondía exactamente al límite del Bucle de Barnard y, asombrado, volví a refutar la visión. Allí estaba esa orilla traslúcida que pasaría de largo sin una adecuada adaptación a la oscuridad, y no pude menos que admirar el paisaje celeste. Es una imagen que debemos intentar ver.

NGC 2112

Pasamos al otro objeto de interés, que es lo último que esperaríamos encontrar en esta constelación: una galaxia. Lo cierto es que Orión cuenta con cientos de ellas al alcance de telescopios, pero ninguna tan brillante o extensa como para llamar la atención y ganarse un puesto en el podio de cielo profundo. NGC 2110 es una galaxia elíptica (tipo S0) situada a unos 100 millones de años luz, brillando con una magnitud algo superior a 12. Es una galaxia de tipo Seyfert, con un núcleo activo que emite energía hacia el lejano espacio a modo de faro cósmico.

Al ocular aparece como una pequeña mancha de poco más de 1 minuto de arco de diámetro, redondeada, con los bordes difusos y más débiles. Es fácil de ver, pudiendo apreciarse con visión directa, aunque no podremos ver en ella ningún detalle más, ni siquiera en fotografías de larga exposición. NGC 2110 no es, por así decirlo, nada especial, si pensamos que ser capaces de ver una bola inmensa de miles de millones de soles, situada a 100 millones de años luz de nosotros, no es nada especial… Además, el simple hecho de ser un objeto “raro” con respecto a sus vecinos es un aliciente más para cazarla con nuestro telescopio en estas frías noches de invierno.

NGC 2110

Dunas de luz en M78

Esta entrada va sobre un objeto que rompe esquemas, distinto a lo que le rodea y subyugado por su eterno antítesis. Al hablar de Orión casi nadie piensa en M78, esa pequeña nebulosa que se esconde en algún lugar sobre el Cinturón, y todas las miradas las acapara M42. Sin embargo, la primera no tiene nada que envidiarle a su compañera, aunque a los ojos de un telescopio no llegue a relucir como ella. Abriremos la entrada con una fotografía, que vale más que mil palabras:

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Inmediatamente nos vemos obligados a reconocer que parece una imagen sacada de un libro de ciencia ficción, el portal a un mundo etéreo que esconde tierras extrañas bañadas por un sol cálido, y quizás… ¿agua? ¿Por qué no? Ese reflejo azul trae a nuestra mente imágenes de un océano escondido tras ese pórtico que envía su reflejo a través del humo. La imaginación puede perderse fácilmente haciendo elucubraciones sobre su naturaleza, y lo cierto es que la realidad es igual de apabullante. Esa masa de gases reside a unos 1.600 años luz de nosotros, en el Complejo Molecular de Orión, que ya nos sonará por anteriores entradas. Sin embargo, no encaja con el paisaje que hay a su alrededor, bañado por un mar de color rojo como estamos acostumbrados a ver en esta constelación. Ese tono rojizo no es más que el hidrógeno en forma de gas que se ha ionizado por la energía de las estrellas jóvenes y calientes que pueblan Orión, una de las guarderías estelares más cercanas a nosotros. M78, sin embargo, contrasta con ese magnífico color azulado que en cualquier fotografía llama poderosamente la atención.

M78 es un complejo de nebulosas en cuyo seno se han formado, y aún lo hacen, jóvenes estrellas azuladas que, con su luz reflejada en el gas, otorgan al conjunto ese agradable color. Es una nebulosa de reflexión, por lo tanto, que no ha llegado a ser ionizada todavía, por lo que simplemente transmite la luz de sus retoños. De hecho, M78 es la nebulosa de reflexión más brillante que podemos observar desde nuestro planeta. Mide unos 4 años luz de diámetro, y se encuentra rodeada por otras islas de luz muy similares, formando en su conjunto un paisaje celeste digno del mejor de los pintores.

Sus estrellas son jóvenes astros con un predominio de tipo espectral B (brillando por tanto con la llama más energética de color azul blanquecino) y soles similares al nuestro de tipo espectral G, amarillentos. Las estrellas más rojizas, y por ende de mayor edad, brillan por su ausencia. La mayoría de sus componentes son, sin embargo, invisibles a nuestros ojos, ya que se hallan escondidas tras la gran masa de gas. La siguiente imagen capta los detalles en infrarrojo, y en ella podemos apreciar las jóvenes estrellas que pueblan M78.

Foto M78 IR

Se han contado casi 200 estrellas en su seno, aunque las principales responsables de su resplandor son HDE 38563A y HDE 38563B, dos estrellas jóvenes de magnitud 10 y tipo espectral B, separadas por tan sólo 2.3 segundos de arco, que podemos ver con cualquier telescopio. Entre sus componentes encontramos también 45 estrellas variables similares a las T Tauri, que varían de brillo periódicamente, probablemente como parte de su proceso de formación. Algo más podemos encontrar también en M78, como prueba de su relativa juventud. Hasta 17 de sus estrellas se han asociado a cuerpos de Herbig-Haro. Como recordamos de otras entradas (NGC 1999 y NGC 1333), son estrellas jóvenes que, debido a la rápida rotación de su material de formación, emiten jets o chorros de materia de forma bipolar que van adentrándose en el espacio con formas contorneadas e irregulares a gran velocidad. De hecho, Herbig-Haro 24 fue publicado como APOD el 18 de Diciembre del pasado año, y es una de las imágenes más espectaculares que podemos observar de este fenómeno. Dediquemos unos momentos a impregnar nuestros ojos con los jirones de gas que rodean a esa pequeña y amarillenta estrella, viendo como salen esas inmensas columnas de luz hacia lados opuestos. Sobran las explicaciones…

Foto M78 HH24.jpg

Aún hay más, y es que M78 guarda otra sorpresa descubierta hace muy poco. En 2004, el astrónomo aficionado Jay McNeil hizo una fotografía de M78 con un modesto telescopio de 8 cm de diámetro. En ella pudo comprobar una zona de gas brillante que no aparecía en anteriores imágenes. Rápidamente dio la voz de alarma y se comprobó que, efectivamente, había surgido de forma inesperada una nueva y pequeña nebulosa. La causa de este fenómeno parece residir en el aumento de brillo brusco de una de las estrellas que iluminan la zona que, a modo de mechero, iluminó el gas que le rodeaba, en una erupción estelar de proporciones considerables. Otra explicación podría ser una envoltura de material que girase sobre la estrella responsable, de forma que al pasar de largo permitiera que iluminara su vecindario. Curiosamente, remontándonos varias décadas atrás, se ha podido comprobar que dicha nebulosa se captó en fotografías de la década de los 60, si bien luego permaneció apagada durante cuarenta años. Un misterio aún sin resolver que resalta la importancia que puede tener el astrónomo amateur a pesar de los grandes equipos profesionales. Estas palabras de McNeil, justo después de su descubrimiento, transmiten totalmente su emoción: “La idea de que algo visto por primera vez con mi telescopio de 3 pulgadas, que uno puede sujetar fácilmente con una mano, sería observado 48 horas después por un instrumento de 342 toneladas era absolutamente asombrosa”.

Foto M78 Mc Neil

Tras esta tarjeta de presentación de M78 y su entorno, ya estamos listos para abordarla con nuestros instrumentos. Es, como decíamos, la nebulosa de reflexión más brillante que podemos ver, y como tal se aprecia fácilmente en el buscador, situada sobre Alnitak. Una manera fácil de encontrarla es abarcar con la mirada el cinturón de Orión, y luego recorrer esa misma distancia a partir de Alnitak, en perpendicular hacia el norte. No nos será difícil distinguir una pequeña mancha difusa que brilla con magnitud aparente de 8.3. Cualquier telescopio nos mostrará, en un cielo oscuro, el cuerpo principal de M78, ese portal del que hablábamos al principio, con una forma semicircular, casi podríamos decir que “en abanico”, con la zona abierta perdiéndose en la negrura del cielo. Dos estrellas destacan en su interior. La más próxima al borde circular no pertenece a M78, sino que se encuentra mucho más cerca de nosotros. La otra, de magnitud 10.4, es la que comentábamos anteriormente, HDE 38563, la principal responsable del iluminar la nebulosa. Es una estrella doble con sus componentes separados 2.3 segundos de arco. La noche que realicé el dibujo las turbulencias de la atmósfera no me permitieron desdoblarla, aunque no es especialmente difícil por encima de 100 aumentos si la estabilidad es buena.

M78

Con mi Dobson de 30 cm la nebulosa se aprecia con un tamaño algo mayor y deja de ser la única mancha que se puede observar en el campo. Al menos otras tres nebulosas se dejan ver sin mayores dificultades. La más evidente de ellas es NGC 2071, englobando a una estrella brillante al norte de M78. Tiene cierta forma alargada, más extensa con visión lateral. Casi rozando a M78 hay un triángulo de estrellas más débiles, una de las cuales también aparece inmersa en una muy débil nebulosidad sin límites definidos. Se trata de NGC 2067, y se encuentra al otro del espacio oscuro que se aprecia en fotografías. La nebulosa más débil que alcancé a ver fue NGC 2064, una pequeña y difusa mancha que puede pasar fácilmente desapercibida. Al principio no conocía su existencia, y cuando la vi por el rabillo del ojo mientras dibujaba el resto pensé que era sugestión o algún efecto óptico. Tras dedicarle un momento más detenido pude comprobar que era real, y no especialmente difícil siempre y cuando la adaptación a la oscuridad sea adecuada. Los filtros no ayudaron a ver la imagen más clara, ya que no son útiles para las nebulosas de reflexión. El ojo es el único filtro que necesitamos aquí.

M78 detalles

Después de ver las magníficas imágenes fotográficas, es fácil sentirse decepcionado, sobre todo si observamos con instrumentos de baja abertura. Sin embargo, tenemos que aprender a ver con la mente, siendo conscientes de cada elemento que vemos por el ocular. Intentemos verlo con la profundidad de lo que realmente es, como un paisaje en el espacio que se deja ver a medias, ofreciendo más a medida que le dediquemos más de nuestro tiempo. Al final cada minuto que pasamos frente al ocular, acumulando frío en el cuerpo, son fotones que nuestro ojo va captando. Nunca llegaremos a verlo con el detalle de una fotografía, pero la sensación de estar viéndolo en directo es algo que ninguna pantalla puede ofrecernos.

Tres manchas en la lejanía (Arp 315)

La gran mayoría de objetos que solemos ver son vecinos de nuestra acogedora Vía Láctea, con los cuales compartimos viaje alrededor del cosmos. Casi todos están a una distancia menor a 10.000 años luz: nebulosas, cúmulos abiertos, estrellas dobles… Cuando hablamos de galaxias avanzamos un paso más, ampliando el rango de observación a millones de años luz. La mayor parte de las galaxias visitadas suelen estar relativamente cerca de nosotros, englobadas casi todas en los primeros cien millones de años luz de nuestra privada estación espacial. Las galaxias se agrupan en grupos, y estos a su vez en cúmulos, que se unen en supercúmulos de galaxias que son las grandes estructuras del universo conocido. Las protagonistas de hoy son un grupo de galaxias que se sitúan en la constelación del Lince, a una distancia estimada entre 300 y 350 millones de años luz, más de 100 veces la distancia que nos separa de M31 en Andrómeda. Pertenecen a un grupo denominado Abell 779, compuesto por una gran cantidad de galaxias con una magnitud superior a 15. Sin embargo, las que se sitúan en su centro son accesibles a instrumentos de aficionado.

Foto Abell 779

NGC 2832 es una gran galaxia elíptica que preside Abell 779, con una magnitud de 11.8, fácilmente visible al telescopio. Es interesante el hecho de que la mayoría de los núcleos de cúmulos galácticos cuentan con una galaxia elíptica en su centro (como ocurre con M87 y el cúmulo de Virgo). Las galaxias elípticas suelen adquirir su estructura tras la colisión de varias galaxias entre sí, por lo tanto no es de extrañar que si NGC 2832 es fruto de varias de estas colisiones, su masa debe ser lo suficientemente alta como para atraer a otras galaxias hacia ella y convertirse en la “reina” del enjambre. Además, NGC 2832 se encuentra interactuando a corto alcance con otras dos galaxias, que son las otras protagonistas de esta entrada. NGC 2831 es otra galaxia elíptica mucho menor, de 0.5 minutos de diámetro, que se encuentra inmersa en el halo de su compañera. Un poco más lejos, a 2 minutos de arco, y con una magnitud de 13.9, es una espiral barrada de tipo SB0 que se nos presenta de perfil, y al parecer también interactúa con las otras dos. Estas tres galaxias cuentan con un lugar en el catálogo Arp de galaxias peculiares, con el puesto número 315. Este catálogo tiene 338 entradas, encontrándose entre las últimas las agrupaciones de galaxias (los primeros números hacen referencia a galaxias deformadas, con brazos extraños, jets o disposiciones fuera de lo común). Dedicaremos una entrada más completa a este catálogo.

Vamos a establecer un paréntesis para comentar una curiosidad que aparece en la fotografía superior, imagen obtenida del sitio web http://www.astrophoton.com (que recomiendo encarecidamente a quien quiera ver fotografías que quitan el hipo). El punto que señala la flecha no es, como podría parecer, una pequeña estrella anaranjada. Es un quásar, uno de los fenómenos más intensos y luminosos que tienen lugar en nuestro universo. Son objetos con un corrimiento al rojo enorme, que según la Ley de Hubble están a gran distancia de nosotros. Se piensa que son el núcleo de galaxias activas con un gran agujero negro en su interior, cuyo disco de acreción provoca la emisión de energía a escalas inconcebibles por nosotros. Ya vimos un ejemplo de esto con M77, una galaxia Seyfert, y habría que multiplicarlo a escala astronómica para aplicarlo a los quásar. Ese punto que nos ocupa, denominado J091830.41+334824.4, proviene de una distancia de más de 12.000 millones de años luz. Teniendo en cuenta que nuestro universo tiene una edad de unos 13.700 millones de años luz, la luz que vemos de este objeto es una reminiscencia de los primeros tiempos del cosmos. Intentemos hacer un ejercicio de imaginación mirando la fotografía y añadamos un factor de perspectiva. Las estrellas que podemos ver en ella, a unos cientos de años luz, en primer lugar, casi podemos tocarlas. Muy por detrás, a 300 millones de años luz, se encuentran todas esas manchas borrosas de diferentes formas. Miremos ahora a ese punto tan mínimo y empujémoslo con la vista 40 veces más lejos. Uno puede llegar a sentir vértigo cuando intuye estas distancias. ¿Qué habrá hoy en día en las inmediaciones de ese quásar? ¿Habrá alguien mirando hacia nuestra galaxia y preguntándose cómo era el universo en sus comienzos?

Para observar Arp 315 es preferible esperar a una de esas noches invernales en las que el cielo parece cristalino, con la atmósfera estable y la contaminación lumínica lo más alejada posible. Al apuntar con mi Dobson de 30 cm, lo primero que alcanzó me retina, una vez ubicado, fue la brillante galaxia NGC 2832, una mancha redondeada, de unos 2 minutos de arco de diámetro, con un centro más brillante y unos bordes difusos que se perdían en el cielo. A mayores aumentos encontré una importante mejoría en el detalle de este rincón del cielo. Con 214 aumentos NGC 2832 aparecía más definida y se podía distinguir, sin ninguna dificultad, su pequeña compañera elíptica. NGC 2831 apareció como una diminuta esfera difusa y débil que parecía desvanecerse con la mirada directa. En cambio, observada de reojo, aparecía perfectamente distinguible, casi en contacto con su mayor compañera.

NGC 2832

NGC 2830 es harina de otro costal. Al verla en fotografías me había imaginado que tendría una mayor densidad y no costaría tanto trabajo encontrarla. Sin embargo, cuando adapté la vista, no conseguí ver nada allí donde debía estar. Algo extrañado, decidí darle tiempo. Relajé la mirada, respire profundamente, y, tras varios intentos, comencé a distinguir algún que otro destello lejano, tímido, visible apenas durante unos pocos segundos. Emocionado por poder atisbarlo, le dediqué un buen rato hasta que se hizo más patente y se dejó conocer. Allí estaba aquélla espiral de perfil, bastante menos extensa que en fotografías, pero algo alargada, perpendicular a la línea formada por sus dos compañeras. Por momentos la imagen se parecía enormemente a las fotografías que había visto, y cuando me sentí lo suficientemente seguro de lo que veía, me dispuse a dibujarlo, con una sonrisa en la cara. No todos los días se pueden ver tres objetos tan lejanos con ese detalle y la curiosa forma que componen en su conjunto.

Gélida Vía Láctea (Sh2-301 y NGC 2362)

La zona del Can Mayor es el equivalente invernal, podríamos decir, a la zona de Sagitario en cuanto a visibilidad de la Vía Láctea, ya que ambas se encuentran bañadas por los brazos de nuestra galaxia (la gran diferencia es que Sagitario apunta hacia el centro de la misma, con lo cual su brillo es intrínsecamente mayor). Esto significa que toda la región que rodea a Sirio, llegando hasta Orión, es especialmente rica en cúmulos y nebulosas, encontrando una inmensa cantidad de ellos allá donde pongamos el ojo. Ya hemos visto algunas de las maravillas de esta zona, como pueden ser M46 o NGC 2359, el Casco de Thor. Hoy le toca el turno a una zona al sur de Sirio, una región rica en estrellas que guarda muchos objetos interesantes.

Foto Sh2-301.jpg

El primero de ellos es Sharpless 2-301, una gran región HII, rica en hidrógeno ionizado, en la que se están formando estrellas de la misma manera que ocurre en M8 o M42. El gas, a medida que se enfría, se va condensando, y la gravedad hace el resto. El catálogo Sharpless es un conjunto de 313 regiones HII que Stewart Sharpless publicó en 1959 a raíz de fotografías del Observatorio Palomar. Suelen ser objetos vistosos en fotografías de alta resolución, si bien al telescopio sólo unos pocos son especialmente llamativos.

Sharpless 2-301 es una nebulosa difusa de unos 8 minutos de diámetro. Con mi telescopio pude apreciarla, a bajos aumentos, como una leve neblina que se hacía más patente al vibrar la imagen. A 65 aumentos, con el filtro UHC la imagen mejoró considerablemente, pudiendo delimitar algo mejor la imagen tan difusa. Aprecié cierta forma ovalada, alrededor de una decena de estrellas de variado brillo, así como otra condensación un poco más marcada alrededor de otra estrella brillante, a unos pocos minutos de la anterior. En observaciones realizadas con mayor abertura, o bajo mejores cielos, se pueden apreciar tres prolongaciones a modo de colas de cometa, que parten de un mismo punto. Con mi Dobson de 30 cm no pude distinguir una forma especialmente característica, si bien la visión de estas nebulosas siempre es altamente sugestiva.

Sharpless 2 301

El otro objeto es mucho más llamativo y no necesita de visión lateral ni importantes esfuerzos observacionales. Nos referimos a NGC 2362, el cúmulo abierto que engloba a la estrella Tau del Can Mayor. Es una estrella situada por debajo de Sirio, de magnitud 4.39 y tipo espectral O8, y, por lo tanto, muy joven. De hecho al cúmulo se le calculan unos 5 millones de años de edad, ante lo cual impresiona la ausencia de una envoltura gaseosa llamativa, restos de la materia que generó las estrellas. Recientemente se ha detectado una débil nebulosidad a su alrededor, bastante más extensa, que probablemente se haya diseminado a raíz de los fuertes vientos provocados por las estrellas.

NGC 2362

NGC 2362 se encuentra a unos 5.000 años luz y se compone de unas 60 estrellas de la misma generación. Ya se puede apreciar al apuntar con el buscador a Tau Canis Majoris, como un pequeño batiburrillo de estrellas rodeando a la brillante estrella. Al ocular la imagen es muy atractiva, apareciendo como unas 40 estrellas dispuestas alrededor del astro central y que adquieren una disposición triangular, con los vértices estirados. Las estrellas más brillantes, diez de ellas, forman este triángulo, mientras que una veintena de componentes menores pululan por su interior, llamando poderosamente la atención. Una visión más atenta revela, además, que Tau Canis Majoris es en realidad una estrella múltiple, pues dos estrellas más débiles casi parecen tocarla. Se encuentran a 8.6 y a 14 segundos respectivamente, situadas hacia el Oeste. No hay posible confusión, ya que su cercanía las diferencia totalmente del resto de estrellas del cúmulo. La estrella, además, tiene otros dos componentes a 0.1 segundos de distancia, ya fuera del alcance de telescopios de aficionado. La lista de objetos por estos lares es interminable, y sin duda volveremos con un buen arsenal de objetivos.

Parte de un todo (NGC 1788)

A menudo observamos cuerpos celestes de forma aislada y olvidamos que todo es un gran ecosistema dinámico, y eso puede ocurrir si vemos NGC 1788. Es una nebulosa de reflexión que se encuentra en una zona relativamente oscura de la constelación de Orión, alejada de todos los grandes objetos que ya conocemos. Nada nos diría que esa pequeña mancha en el cielo está totalmente influenciada por los fuertes vientos y radiación provenientes de las estrellas de la Nube Molecular de Orión. Una foto vale más que mil palabras, y como muestra la siguiente imagen de la zona.

Foto 1788 de lejos.jpg

En ella podemos ver un complejo entramado de gases, masas de hidrógeno que están siendo esculpidas por las corrientes que discurren por el espacio. Esta región corresponde, desde el hemisferio norte, a la derecha de Orión, a un nivel intermedio entre Rigel y el cinturón. La masa de gas que vemos a la izquierda es el mentón de la Nebulosa de la Bruja o IC 2118, un objeto del que nos ocuparemos más adelante. En el centro de la fotografía, un poco hacia la derecha, destaca una pequeña masa de gas algo más brillante, que parece coronar una columna de aire más claro y brillante que el resto. Ese pequeño punto de luz es NGC 1788, una nebulosa de reflexión que está siendo esculpida por los vientos provenientes de las estrellas situadas mucho más lejos, en la zona del cinturón de Orión. Es un pequeño remanso de paz para una camada de estrellas recién nacidas que están creciendo en su interior, alumbrando con su primigenia luz las moléculas de gas. Estos astros, de apenas un millón de años de edad, permanecen escondidos tras la masa gaseosa, y sólo son visibles a través de Rayos X u otras longitudes de onda. Recibe el sobrenombre de la Nebulosa del Zorro, debido a que sus regiones más brillantes toman la apariencia de la cara de un zorro de largo hocico.

Para disfrutar de ella conviene verla con una abertura moderada, o al menos disfrutar de una noche bien oscura. El día que apunté a ella con mi Dobson 305 mm había cierta humedad en la atmósfera que transmitía, aunque de forma muy poco marcada, algo de la contaminación de Granada, haciendo que el cielo no pareciera lo limpio que suele ser en esa zona cercana a Quéntar. NGC 1788 ya se apreciaba a bajos aumentos como una nebulosidad débil y difusa entorno a una estrella relativamente brillante. A 214 aumentos obtuve la mejor imagen, ya que la nebulosa, aunque más tenue, mostraba mejor su contorno. Tras un poco de adaptación fui capaz de captar su forma de cabeza de zorro, o al menos eso es lo que pude deducir. La estrella más brillante, rodeada por la nebulosidad más intensa, vendría a ser el hocico, mientras que otras dos estrellas algo más débiles serían los ojos del animal. Otras manchas se adivinaban hacia abajo, en la zona que corresponde al cuerpo, bastante más tenues.

NGC 1788

NGC 1788 no es un objeto que resplandezca como otras nebulosas más cercanas, eso está claro, pero no deja de ser interesante contemplarlo como una prolongación de aquéllas que conocemos tan bien. Estamos, podríamos decir, ante un primo de M42, que comparte su sangre, y como tal bien se merece una visita en estas frías noches de invierno.