En la región de los Alpes

Después de tantas noches con el telescopio guardado “por culpa” de la luna, he decidido aprovecharla y aprender sobre ella, y de paso estrenar mi nueva libreta de papel negro. El día que la observé, el pasado sábado, la luna tenía una edad poco mayor de 7 días, es decir, presentaba un semicírculo perfecto. Con ayuda de un libro me propuse observar su zona norte, algo más despejada, ya que el polo sur está tan cargado de cráteres y diversas formaciones que empezar por ahí me parecía una verdadera locura. Aprovechando que el cielo parecía bastante estable, puse el ocular de 5 mm, con 300 aumentos, y me dispuse a inundarme de un tema que me resultaba totalmente ajeno hasta ahora.

Decidí comenzar por la región de los Alpes, una cadena montañosa de unos 200×80 km de superficie, cuyos picos tienen una media de 2.400 metros. El limbo del sol se encontraba justo en su mitad, de manera que no podía apreciar las sombras que dejaban sobre el suelo. Sí llamaba la atención, sin embargo, una enorme franja negra, muy larga, que atravesaba los Alpes por el centro, como la hoja de una afilada espada. Es una falla con un suelo liso y profundo, bordeada por paredes verticales que en algunos tramos llegan a alcanzar 1.000 de altura. En su interior, aunque no pude apreciarlo por el telescopio, discurre un surco sinuoso de unos 700 metros de ancho, muestra del recorrido de un extinto río de lava. La falla, denominada Vallis Alpes, se formó a raíz de la erosión de un caudal de lava que, poco a poco, fue horadando la piedra hasta dejar esa cicatriz tan llamativa. Imaginémonos por un momento atravesando ese valle, a orillas del río seco que lo recorre, y miremos arriba para contemplar esas paredes que se elevan un kilómetro en vertical. El Cañón del Colorado quedaría en evidencia a su lado. En un extremo de la cordillera veríamos asomando la cima del Mont Blanc, un enorme pico con una altura de casi 4.000 metros, más alto que cualquier montaña de la Península Ibérica.

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Los Alpes terminan desembocando a un curioso cráter denominado Cassini, de 57 kilómetros de diámetro. En su interior, dos pequeños cráteres muestran su fondo sombrío. El mayor de ellos, Cassini A (los cráteres que hay dentro de otros cráteres toman su nombre seguido de una letra del abecedario), se hunde hasta casi 3 kilómetros de profundidad. Siguiendo el camino que llevamos recorriendo nos encontramos con una imponente pared de altas montañas, con picos afilados que se elevan hacia el cielo, con una altura media de más de 3.600 metros. Entre las altas cimas se intercalan profundos valles, y dichas diferencias de nivel suponen un espectáculo para la vista cuando se contempla la sombra que dejan en el suelo lunar. Como si fueran dientes punzantes, la silueta queda reflejada a todo lo largo de esta cordillera que recibe el nombre de los montes Cáucasos. Entre sus montañas esconden algunos cráteres, siendo el más llamativo Calippus, un cráter de 33 kilómetros de diámetro y 2.6 kilómetros de profundidad. Desde lo alto de los montes Cáucasos, mirando al sureste, podríamos ver el Mare Serenitatis, una vasta extensión cuyos límites, más allá de 600 kilómetros, forman un círculo apreciable a simple vista.

Formando un triángulo con Cassini y los montes Cáucasos vemos un imponente cráter que compite en altura con estos últimos. El sol tan sólo ha iluminado su pared más oriental, otorgándole un aspecto de semicírculo grande y llamativo con un fondo totalmente oscuro. Se aprecian perfectamente material amontonado en sus laderas formando capas a diferentes alturas. Este cráter, denominado Aristillus, es mucho más joven que el resto de estructuras que hemos visto, con una edad aproximada de unos mil millones de años (frente a los 3.500 millones de años de los Alpes o los Cáucasos). En su interior guarda algunas sorpresas, pero en el momento de la observación el solo no las iluminaba, de manera que lo dejaremos para otro momento.

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Para terminar hay que imaginar que subimos al Mont Blanc, en los Alpes, a la zona que mira al oeste, que permanece aún en la sombra. A nuestra izquierda podemos ver, abajo, el cráter Cassini, y un poco más allá el alto Aristillus, con su falda llena de irregularidades. Nuestra vista se iría, sin duda, al mar de sombras que tenemos delante, Mare Imbrium, y por una buena razón. Veríamos una explanada de un color negro azabache, a la que todavía no han llegado los rayos solares. Sin embargo, a poco más de 50 kilómetros hacia el oeste, una alta montaña se elevaría sobre las sombras, con su cima fuertemente iluminada por el sol, devolviéndonos sus potentes rayos blanquecinos. Es el monte Piton, una formación de 2.200 metros de altura que, al telescopio, aparece como una isla de luz a la deriva en un mar de oscuridad. Poco a poco el sol irá bañando Mare Imbrium y el monte Piton perderá esa exclusividad, así que aprovechemos ahora que refulge más que nunca.

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