Olor a primavera (NGC 2903)

Las noches invernales en las que la luna invade el cielo hasta la madrugada invitan a quedarse bajo una manta y el calor del hogar. Sin embargo, en estas noches podemos aprovechar para dormir un poco y  salir al campo a respirar el gélido aire que dota a este segundo turno de observación de una atmósfera espectacular, propiciando noches cristalinas con muchas cosas que ofrecernos. La primavera ya se deja notar en esta franja horaria, comenzando con la silueta de Leo, saliendo temprano y situándose en lo más alto a últimas horas de la noche. Precisamente en esta constelación está el objeto que nos ocupa hoy, NGC 2903, una galaxia que reside cerca del hocico del felino.

NGC 2903 es una de esas grandes galaxias que, inexplicablemente, Charles Messier pasó de largo en la elaboración de su lista (llama aún más la atención sabiendo que hasta tres cometas pasaron junto a la galaxia en su época). Esta gran masa de estrellas es una galaxia espiral barrada que mide unos 80.000 años luz de diámetro, considerándose una hermana pequeña de nuestra Vía Láctea. Extensos brazos en espiral salen de su barra central, pero, a diferencia nuestra, se encuentra poblada por numerosas regiones HII que convierten a NGC 2903 en una galaxia de brote estelar, especialmente en las zonas más cercanas a su núcleo. Una de estas regiones es tan brillante que tiene nombre propio, NGC 2905, situada cerca del centro.

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Se encuentra a unos 20 millones de años luz de nosotros y, con una magnitud de 9.3, es una de las galaxias más brillantes de las que podemos disfrutar en el hemisferio norte. Tiene a su alrededor un gran número de pequeñas galaxias satélite, probables responsables de su alta tasa de formación estelar.

Con un cielo oscuro, puede atisbarse sin ningún problema con el buscador del telescopio, apareciendo como un pequeño manchurrón alargado y difuso situado por debajo de Alterf o Lambda leo, la estrella de magnitud 4.3 situada en el hocico del León. Es necesario mirar por el telescopio para comenzar a distinguir a detalles. A 65 aumentos una gran nube alargada, de unos 15 minutos de longitud, ocupa el centro del ocular. El núcleo es muy brillante y de forma elíptica, extendiéndose alrededor de él un halo uniforme entre dos estrellas más brillantes.

NGC 2903

Alguna región más brillante se llega a intuir, pero es a mayor aumento cuando lo pude con claridad. A 214x la galaxia ocupaba más de la mitad del campo de visión, con un halo brillante fácilmente visible a simple vista, aunque con visión lateral se apreciaba bastante más alargada. Inmediatamente noté una zona más brillante un poco más abajo del núcleo, alargada, perpendicular al eje principal de la galaxia (corresponde a la ya mencionada nube NGC 2905). Tras adaptar un poco mejor la visión pude apreciar que esa especia de línea brillante se continuaba y giraba en espiral hasta encontrarse con el núcleo. Sonreí; no pensaba que me iba a resultar tan fácil ver uno de los brazos principales, aunque sólo fuera el comienzo. Tras varios minutos pude comprobar que el otro brazo se encontraba simétricamente opuesto, aunque mucho más tenue. Sin embargo, por momentos, aparecía a la vista antes de volver a desvanecerse. Aún más, pude apreciar muy cerca del núcleo los fotones de un brazo que recorría la galaxia paralela al eje principal, pasando cerca de la estrella más próxima. Una vez que se compara con fotografías se puede ver que sólo vi la zona más brillante y central, ya que la galaxia prácticamente duplica en tamaño lo visto. Sin embargo, su zona externa es muy pobre en estrellas, exceptuando los dos largos brazos que se prolongan por un área de unos 20 minutos de arco. Sin embargo, ser capaces de ver su comienzo y su forma me parece más que suficiente para seguir apuntando a esta galaxia cada vez que haya ocasión. Poco a poco irá mostrando más detalles, dejándose conocer tras este primer acercamiento. Quién sabe si algún día dejará entrever en toda su plenitud esos prominentes brazos que tanto nos gusta ver a los aficionados. La astronomía se reduce a practicar, a ver todo lo que podamos, a entrenar al ojo y, lo más importante, a disfrutar con cada cosa como un niño pequeño que ve el mar por primera vez.

Al norte del cazador (NGC 2022 y NGC 2175)

Orión esconde una gran variedad de objetos al margen de los más conocidos, y entre ellos destacan, además de las nebulosas, los cúmulos abiertos. Si juntamos estos dos objetos en uno la visión resultará, sin duda, altamente sugerente. Es el caso de NGC 2175, un bonito cúmulo abierto que se halla inmerso en una nebulosa de emisión. Ha habido discrepancia desde hace años, ya que también ha sido referido con el nombre NGC 2174. Ambas identificaciones hacen referencia principalmente a la nebulosa, que forma parte de una región más extensa, una región HII denominada Sharpless 2-252. El cúmulo parece corresponder a Collinder 84, si bien no hay fuentes muy claras al respecto.

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Este objeto se encuentra entre la mano derecha levantada de Orión y el pie de Géminis, en una zona muy rica de la Vía Láctea invernal. Está formado por estrellas jóvenes, predominando aquéllas de tipo espectral O, que se hallan a algo más de 6.000 años luz. Su tamaño es  de unos 40 minutos de arco y recibe el nombre de Nebulosa de Cabeza de mono, debido a su forma y estructura interna que puede apreciarse en fotografías de larga exposición.

NGC 2175 es un objeto llamativo desde el primer momento. En el buscador ya se adivina como una nebulosidad salpimentada con diminutas estrellas. Al ocular la vista es espectacular. A bajo aumento todo el campo se halla repleto de estrellas, ninguna especialmente brillante, pero todas guardando una armonía digna de admirar. En el centro hay una que destaca levemente, que parece ser la causante de ionizar a la nebulosa. Unas 70 estrellas se dispersan por toda la zona sin una estructura aparente. Ya desde el principio pude notar una extensa pero muy débil nebulosidad poblando la zona. Nunca hubiera imaginado que la imagen mejorase tanto al aplicar el filtro UHC. Entonces enormes jirones nebulosos saltaron como por arte de magia, con una forma circular pero con zonas internas parcheadas y alargadas de menor densidad. Con visión periférica se aprecian con mucha mayor claridad y se extienden a todo lo largo del cúmulo, recordando con sus franjas más oscuras a una flor de delicados y tenues pétalos. Sin duda, un recuerdo que merece la pena llevarse.

NGC 2175

Bajando hacia la izquierda de la cabeza del cazador encontramos otro curioso objeto, mucho más pequeño y menos llamativo, pero no falto de interés. Es NGC 2022, una bonita nebulosa planetaria anular fácilmente resoluble con telescopios de aficionado. A pesar de tener una magnitud de 12.8, su pequeño tamaño (de unos 30 segundos de arco de diámetro) hace que sea relativamente sencilla de ver. Se encuentra algo más alejada que el anterior, a unos 7.600 años luz.

La observé desde cielos suburbanos en una noche con la atmósfera muy estable, usando para apreciar mejor su estructura el ocular Konus de 7 mm, que proporcionaba unos cómodos 214 aumentos. El anillo quedaba fácilmente distinguible, pequeño pero muy bien definido. En su interior brillaba una diminuta estrella que parecía a punto de apagarse, como si realmente pudiera apreciar por mi telescopio su última exhalación y desapareciera de la vista. La magnitud de esta estrella es de 15, con lo cual me puedo dar por satisfecho teniendo en cuenta la mediana calidad del cielo. En estos objetos con un alto brillo superficial lo más importante es tener una buena estabilidad atmosférica que permita usar altos aumentos. El filtro OIII, además, me ayudó a resaltar la estructura anular, dejándome un buen sabor de boca y sumando una más a la lista de planetarias observadas.

NGC 2022

Un visitante inesperado (C/2013 US10 Catalina)

El cometa Catalina ha pasado hace poco de los cielos meridionales a los del hemisferio norte, con lo cual comienza ahora una etapa en la que se irá viendo cada vez mejor posicionado y aumentará de brillo ligeramente. Tuvo su máximo acercamiento al sol hace un mes, pero lo veremos cada vez más brillante porque se va acercando rápidamente hacia la Tierra. El 16 de Enero será el día que más cerca se encuentre, pudiendo alcanzar una magnitud de 5 según algunas estimaciones. Ahora mismo, situado a 1.17 unidades astronómicas de nuestro planeta, brilla con una magnitud en torno a 6, que lo hace observable con cualquier instrumento e incluso a simple vista desde cielos oscuros y limpios.

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Las fotografías más actuales, como la anterior de Michael Jager, muestran dos colas bien definidas, con una tercera más pequeña y disimulada. ¿Cómo puede tener un cometa varias colas? Para entenderlo claramente podemos imaginarnos al cometa en tres dimensiones, en su camino hacia el sol a más de 150.000 km/h. Igual que si cogemos una pelota hecha de tierra y la movemos rápidamente gran parte de la arena cae hacia atrás, de la misma manera el polvo y las partículas del cometa, ante la gran velocidad a la discurre, son arrancadas y quedan rezagadas, formando la que se conoce como cola de polvo. Esta cola, como es de suponer, se va formando siguiendo la dirección de la trayectoria del cometa, como la estela de vapor de agua que deja un avión en el cielo. Sin embargo, al mismo tiempo, el cometa está atravesando la heliosfera, la capa que rodea nuestro sistema solar y cuyo protagonista es el viento estelar, cargado de partículas ionizantes. Este viento también atiza al cometa, produciendo en él una segunda cola, denominada cola iónica. Cuando el cometa se acerca al sol ambas colas están solapadas, ya que presentan la misma dirección. Sin embargo, la cosa cambia cuando el cometa da la vuelta al sol y comienza a alejarse. La cola de polvo, entonces, sigue estando en la parte posterior al cometa, fiel reflejo de su trayectoria reciente, de forma que apunta al sol. Sin embargo, la cola iónica se forma, siempre, en la dirección opuesta al sol, ya que son los vientos formados por éste los causantes de su formación. Así tenemos dos colas bien diferenciadas a partir de este momento, que irán cambiando su longitud y su ángulo según la posición relativa del cometa respecto al sol. En la siguiente imagen la cola iónica viene representada por la línea azul que, como podemos comprobar, siempre es opuesta al sol. La cola de polvo, sin embargo, se va moviendo según la inercia del cometa, siguiendo sus movimientos.

Foto colas

Llevaba tiempo esperando para poder cazar a este interesante cometa, pero las inclemencias meteorológicas no han dado tregua alguna, hasta ayer (cediéndole el cielo a la luna…). Decidí entonces intentar verlo con el telescopio, pese a la presencia de finas y débiles nubes altas que apenas se notaban a simple vista. Ayudado de un mapa, encontré el cometa sin grandes dificultades, apreciándolo claramente con los prismáticos como una mancha redondeada, pequeña y difusa, sin poder ver más detalles (no tenía un trípode en ese momento con el que afianzar la observación). Al telescopio ya empiezan a sonar palabras mayores. A 44 aumentos, con el ocular de gran campo, se apreciaba el núcleo intenso, de aspecto estelar en su región más central, rodeado de un halo circular, del que salía, a primera vista, una cola de unos 4 ó 5 minutos de arco de longitud. Con visión periférica se podía apreciar, formando un ángulo de unos 60º, la cola iónica, mucho más débil pero perceptible como una porción barrada del cielo algo más brillante que el fondo oscuro. Con la vista descansada era más fácil distinguirlo, y probablemente la ausencia de humedad en la atmósfera habría ayudado bastante más. A 65 aumentos logré aumentar un poco el contraste de la cola de polvo, quedando más definida y un poco abierta hacia la izquierda (de hecho podría ser la tercera cola, pequeña, que se aprecia en la fotografía, aunque necesitaría un mejor cielo para poder confirmarlo). La cola iónica se veía un poco más claramente, si bien esperaba poder verla más definida. De todas formas esta noche probaré a verla desde mejores cielos y sin nubes, y será interesante seguir su evolución durante las siguientes semanas.

Catalina 17-12

Los dominios de Thor (NGC 2359 y NGC 2360)

Canis Major, o el Can Mayor, es una constelación especialmente llamativa por su principal estrella, Sirio, que es el astro más brillante del hemisferio norte y una de los más cercanos a la Tierra (a poco más de 8 años luz). En estas noches invernales brilla intensamente por debajo de Orion, y si las nubes no nos impiden la observación es una buena ocasión para echar un vistazo a sus alrededores.

A su izquierda ya vimos que se encontraban M46 y M47, los cuales bien merecen un repaso cada vez que tengamos la oportunidad. A medio camino entre ellos y Sirio se encuentra, un poco al norte, una perla astronómica ampliamente disfrutada en fotografías pero que suele quedarse al margen en las observaciones visuales. Es una nebulosa con una forma tan característica que le ha valido el sobrenombre de “El casco de Thor”. Nos referimos a NGC 2359, y es la nebulosa que se ha formado a partir de una estrella Wolf-Rayet. Si recordamos la entrada de NGC 7635, la Nebulosa de la Burbuja, recordaremos que son estrellas extremadamente masivas que comienzan a perder masa a velocidades muy altas, de forma que toda su envoltura va expulsándose al espacio progresivamente hasta formar las atractivas figuras que podemos apreciar desde nuestra particular estación espacial. La estrella responsable de formar NGC 2359 recibe el nombre de WR7 ó HD 56925. Es una estrella que ha envejecido a pasos agigantados, teniendo en la actualidad unos 20 millones de años, si bien la nebulosa comenzó a formarse hace unos 230.000 años. Su masa, mayor a 16 masas solares, la conducirá irremediablemente a terminar su vida en forma de supernova debido a la rápida combustión de todo su material. En la siguiente imagen, de Bob Franke, podemos perdernos entre los jirones gaseosos de esta maravilla celeste:

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Hasta ahora se ha dedicado a expulsar los gases que la rodean hacia el exterior en pulsos, provocando varias “ondas de choque”. Se ha estimado que lleva tres de estos pulsos, que han promovido la formación de una burbuja a su alrededor, con el gas a merced de los rápidos vientos que llegan a alcanzar velocidades vertiginosas de hasta 1.500 km/s. Sin embargo, en las fotografías podemos apreciar distintos filamentos que otorgan a la nebulosa su aspecto de casco vikingo. Estas alteraciones en la formación se deben a que el gas, en su expulsión de los dominios de WR7, se ha encontrado con una región HII que le opone cierta resistencia. De esta manera, lo que vemos es el gas que intenta abrirse camino a través de un medio relativamente denso, como una nube que recibe un frente frío y se va deformando rápidamente.

NGC 2359 es fácil de localizar, saltando de estrella en estrella desde M46 (de camino, nos llevamos una alegría a la vista). En el buscador no lo pude apreciar con claridad, pero, sin embargo, había “algo” que me hacía saber que estaba ahí, quizás una mínima nebulosidad que alcanzaba mi retina de forma disimulada…). A 125 aumentos pude apreciarlo sin mayores dificultades, si bien era demasiado tenue y apenas se podía distinguir estructura alguna. La cosa cambió al usar el filtro OIII, resaltando enormemente la silueta de la nebulosa, alcanzando un grado de definición que no pensé que podría ver. El anillo central se apreciaba sin ningún problema, algo alargado, rodeando a la estrella central, que brilla con una magnitud de 11.4, sin llegar a ocupar el centro exacto. Lo más interesante eran, quizá, los dos filamentos que salían del anillo, a modo de cuernos, y se iban difuminando con el fondo a medida que se alejaban de él. La mirada periférica ayuda a verlos con una mayor definición y longitud. El campo estelar, sin ser especialmente rico, es llamativo y forma un agradable marco de fondo a la nebulosa. No es difícil imaginarse a esa estrella expulsando sus capas más externas, soplando con fuerza y deformando la inmensa nube que la rodea. El espectáculo desde una estrella cercana sería sobrecogedor.

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La noche que vi por primera vez el Casco de Thor, mientras recorría el cielo con el buscador, vi una pequeña nubecilla que captó mi atención, cerca de donde debía estar la nebulosa. Rápidamente la encuadré y miré por el ocular. Me sorprendí al comprobar que era un cúmulo abierto, y no un cúmulo cualquiera, sino uno de los grandes. Intrigado por cuál sería, decidí buscarlo posteriormente, cogí el lápiz y lo plasmé en el papel. A 125 aumentos ocupaba la mitad del ocular, con un centenar de estrellas que adoptaban caprichosas formas, numerosas alineaciones de pequeños astros que poblaban todo el campo de visión. Una estrella más brillante presidía el cúmulo, como si protegiera al resto de su rebaño. Al llegar a mi casa comprobé que era NGC 2360, conocido también como el Cúmulo de Caroline o Caldwell 58.

NGC 2360

Es un cúmulo abierto situado a unos 3.700 años luz de nosotros, con un diámetro de 15 años luz. Gracias al estudio de sus componentes, entre las que se encuentran varias gigantes rojas, podemos datarlo en unos 2 mil millones de años de antigüedad. La estrella más brillante a la que hacía referencia no pertenece realmente al cúmulo, sino que la vemos sobre él por efecto de perspectiva. Lo descubrió Caroline Herschel en el siglo XVIII, y es uno de tantos objetos que esta maravillosa zona depara al astrónomo que le dedique parte de su tiempo.

 

NGC 1342 en Perseo

Hoy le toca el turno a un bonito cúmulo abierto de la constelación de Perseo. Se encuentra a medio camino entre Algol y zeta Persei, también conocida como Menkib. NGC 1342, o Melotte 21, es un cúmulo de estrellas relativamente jóvenes, con una edad cercana a los 450 millones de años, que brillan con un espectro de tipo B y A, de ahí su color blanquecino. Se sitúan a unos 2.000 años luz de distancia, al borde del brazo galáctico de Orion y colindante con la Nube Molecular de Perseo. Según la clasificación de Trumpler es de tipo “III 2 m”, lo cual significa:

-III: concentración de estrellas media (el máximo valor es VI).

-2: brillo intermedio de sus componentes (máximo de 3).

-m: riqueza del núcleo intermedia (r es rico, p es pobre).

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La noche que lo observé no guardaba esperanzas de poder sacar el telescopio, pero al asomarme a la terraza vi un ambienteespecialmente oscuro para los cielos suburbanos del Barrio de la Vega, y sin pensarlo saqué el telescopio. Perseo se encontraba en una posición muy cómoda para apuntar con el telescopio, y buscando en un atlas encontré este cúmulo abierto y decidí probar suerte. Me sorprendí al percibirlo en el buscador de 50 mm como una pequeña mancha cerca de unas estrellas brillantes. Rápidamente me pasé al ocular, y ya a bajo aumento destacaba como una bonita aglomeración de soles relativamente brillantes con un tamaño de unos 20 minutos de arco. Dos o tres estrellas presiden la zona, y entre ellas chisporrotean unas 30 componentes. Se le suele achacar a este cúmulo cierta forma de flecha, aunque personalmente no me parece tan obvia. No sabría describir su forma, pero es agradable a la vista, incluso desde cielos medianamente contaminados.

NGC 1342

Preludio en Fornax (NGC 1097)

Hay noches en las que la gran estabilidad atmosférica y el cielo oscuro invitan a lanzarse a por aquellos desafíos que tenemos pendientes, objetos que, por alguna u otra razón, siempre han permanecido incompletos en nuestra mente. La noche del 13 de Noviembre fue una de esas ocasiones, desde los cielos del Purche, cerca de Granada pero a una altura suficiente para que, en determinadas noches, la condiciones sean ideales para la observación. No recuerdo haber visto nunca tantas estrellas brillando en Orion, parecía como si todo el cielo estuviera impregnado de polvillo blanco que no eran sino cientos de estrellas que por primera vez asomaban a mis ojos. En mi lista de asuntos pendientes estaba una galaxia de la constelación del Horno, conocida como Fornax. Ya hemos visto en ella a NGC 1360, pero esconde muchos objetos más, en concreto una gran variedad de galaxias, la mayoría de las cuales pertenecen al conocido Cúmulo de Fornax, el segundo más rico existente en un radio de 100 millones de años luz alrededor de nuestra Vía Láctea.

NGC 1097 es una galaxia que no Foto 1097 jetspertenece a dicho cúmulo, sino que se encuentra a medio camino, a unos 45 millones de años luz, con una envergadura similar a nuestra galaxia. Es una espiral barrada de tipo SBr, donde “r” quiere decir que posee una estructura anular. Esta estructura no se aprecia en primera instancia, ya que lo más llamativo a primera vista son sus dos largos y retorcidos brazos espirales, algo deformados, que salen de una barra central muy brillante. La disposición de sus brazos le ha granjeado un puesto en la clasificación de Arp, con el número 77, y también pertenece a la lista de objetos Caldwell, denominándose C67. En esos brazos se encuentran regiones HII dispersas en las que se están gestando estrellas continuamente. Otra zona especialmente interesante es su núcleo, en el cual reside un gran agujero negro. De hecho, NGC 1097 es una galaxia de tipo Seyfert, con un núcleo activo al que rodea un anillo de estrellas que giran a grandes velocidades. Se han encontrado cuatro “jets” o chorros de material que parecen salir disparados del núcleo, constituyendo los más largos de los que se tiene constancia hoy en día. Al principio se achacaba al núcleo activo, pero parece que son los restos de antiguas colisiones con otras galaxias.

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Con estas grandes fuerzas en juego no es de extrañar la peculiar forma de sus brazos, pero es que además hay otro elemento que parece participar en esta marejada, la denominada NGC 1097A. Es una galaxia enana satélite de NGC 1097 que orbita a tan sólo 42.000 años luz del núcleo de su compañera. Es cuestión de tiempo que alcance su núcleo, quizás deformando nuevamente su estructura espiral para dar lugar a una composición totalmente distinta. En materia de astronomía no se puede saber a ciencia cierta el resultado final del lienzo.

NGC 1097 no es fácil de encontrar desde nuestras latitudes, menos aún teniendo en cuenta que la mayoría de sus estrellas principales son de magnitud mayor a 5. Una vez enfocada a bajo aumento resplandece claramente un núcleo redondo y pequeño, casi puntiforme, con un halo muy estrecho y alargado que sale de él a modo de alas, extendiéndose unos 3 ó 4 minutos de arco por cada lado. A 214 aumentos fue cuando noté el cambio más importante. El núcleo central destacaba más claramente, y los bordes nebulosos llegaban más lejos aún. Al principio no pude apreciar nada más, pero tras adaptar la vista completamente noté una zona más brillante y alargada que formaba una diagonal con la barra central. Esa región continuaba hasta llegar a uno de los extremos del halo central, apreciándose entonces claramente uno de sus brazos. Al otro lado y tras varios minutos más pude apreciar el otro brazo, más débil e impreciso, pero claramente visible con un poco de paciencia y la vista descansada. Una estrella se encontraba inmersa en la barra, entre el núcleo y uno de sus extremos.

NGC 1097

Casi en contacto con este extremo, lo que al principio me había parecido una estrella más brillante, se convirtió en una estrella engrosada y difusa, como si fuera una región HII. Por entonces no lo sabía, pero lo que estaba viendo tan claramente no era sino NGC 1097A, la pequeña compañera de la gran galaxia, como pude comprobar a posteriori con fotografías. Si bien los brazos no los pude apreciar en toda su longitud, fue suficiente como para sentir que, por fin, había conseguido conocer a fondo a esta increíble galaxia.

Ese batiburrillo de estrellas…

Hay un objeto que ha sido observado desde que el hombre deambula la Tierra, que ha sido observado por las distintas civilizaciones y dado rienda suelta a su imaginación, un objeto que todo el mundo ha visto alguna vez con curiosidad desde la calle o el campo, preguntándose que serán esas estrellas tan juntas que, a primera vista, parecen una mancha emborronada en el cielo. Hablamos, por supuesto, de las Pléyades, ese increíble cúmulo que en estas noches se levanta rápidamente por el Este para alcanzar el cenit a medianoche. Desde cualquier lugar las Pléyades suponen una vista magnífica, y su cercanía y grandiosidad les ha servido como mérito para ser uno de los objetos más estudiados en la historia de la astronomía.

Ya están presentes en la manifestación artística Foto Nebra.jpgdel cielo más antigua que se conoce. Se trata del Disco Celeste de Nebra, encontrado en Alemania, un disco de bronce que data de hace 3.600 años en el que se pueden apreciar el sol, la luna, la barca solar (elemento religioso presente en toda Europa en la Edad del Bronce) y diversas estrellas, entre las que se encuentra una agrupación de siete astros que se relaciona con las Pléyades.

En la mitología griega, las Pléyades son las siete hijas del titán Atlas y la ninfa Pléyone, y hermanas, entre otras, de las Híades. Su nombre viene de la palabra “paloma” o “navegante”, y es que estas estrellas son visibles desde el mes de mayo hasta finales de año, marcando la temporada de navegación. Parece ser que el nombre de su madre, Pléyone, se inventó posteriormente y no al revés, para ir en concordancia con sus hijas. Según su mitología, cuando Atlas se vio obligado a cargar el mundo a sus hombros, Orión vio la oportunidad de asaltar a sus hijas y las persiguió durante años, incansable, hasta que Zeus las elevó en el cielo para ayudarles a escapar. Después de convertirlas en palomas, las transformó en estrellas, y de hecho todavía podemos ver a Orión, insistente, recorriendo la bóveda celeste tras ellas, en una persecución interminable.

Las Pléyades han guiado a través de muchas civilizaciones los períodos de siembra y recolecta, así como de la navegación, y cada pueblo tiene una historia para explicar su existencia. Una de mis favoritas es la de una tribu india, los Kiowa, que cuenta que hace tiempo un grupo de siete jóvenes estaba en el bosque y un oso les atacó, persiguiéndoles con furia. Cuando pensaban que no podían escapar, acorraladas, pidieron ayuda al Gran Foto torre diablo.jpgEspíritu, y éste levantó la tierra que había bajo sus pies y las elevó rápidamente hacia el cielo, dejándolas fuera del alcance del oso y convertidas en estrellas, permaneciendo por siempre a salvo. El animal intentó subir la montaña, sin éxito, y dejó en ella las marcas de sus garras. Lo más interesante de esta historia es que se asocia a un elemento de la geografía de Estados Unidos, cerca de Wyoming, que fue el que propició la leyenda. Es una intrusión ígnea, una elevación del terreno de 386 metros de altura formada por columnas basálticas, en cuyos laterales se aprecian largas grietas verticales. No es difícil imaginar a las jóvenes sobre la montaña y al temible oso dejando esas marcas en la dura piedra…

Foto pleyades nombre

Las estrellas del cúmulo reciben los siguientes nombres: Maya, Celeno, Alcíone, Electra, Estérope, Táigete y Merope, y no faltan en uno de sus extremos Atlas y Pleione, sus padres. Se menciona en diversas fuentes una supuesta disminución de brillo en Merope, que fue explicado por los griegos por ser la única de las siete hijas que tuvo relaciones con un mortal, lo cual la sumió en la vergüenza y desdicha. Se conoce hoy que esta estrella es variable, si bien sus diferencias en brillo son del orden de 0.1 magnitud, no apreciable a simple vista. ¿Podría haber disminuido su brillo tanto como para ser distinguible por los griegos? No llegaremos a conocer la respuesta, pero no sería de extrañar, conociendo las cosas que hoy conocemos del cosmos. Galileo fue el primero en observar sus estrellas con su telescopio de 3 cm de abertura, y sin duda quedó tan maravillado con lo que vio que realizó el siguiente dibujo:

FOto pleyades

Este cúmulo no sólo ofrece una historia fascinante en sus múltiples vertientes mitológicas, sino que también nos puede ofrecer interesante información si indagamos acerca de sus características más científicas. Las Pléyades se encuentran a una distancia de unos 443 años luz de nosotros, distancia ampliamente discutida durante muchos años. Conocerla es de gran importancia gracias a su cercanía, ya que conociendo bien sus características se pueden extrapolar sus datos para calcular las distancias de otros cúmulos estelares. En resumidas cuentas, se trata de colocar en un diagrama a las estrellas del cúmulo clasificadas según su tipo espectral y su luminosidad. El espectro lo conocemos gracias a los espectrómetros, y la luminosidad o magnitud absoluta la averiguamos una vez conocida su distancia, de forma que sabiendo dicha distancia y la magnitud relativa (la que apreciamos desde la tierra) podemos inferir su magnitud absoluta. ¿Y qué aplicación tiene ese diagrama? Gracias al diagrama de Hertzsprung-Rusell (así se llama), conociendo el espectro de la mayoría de estrellas de un cúmulo podemos conocer su magnitud absoluta. Haciendo una cuenta de tres, comparando su magnitud relativa con su magnitud absoluta, obtendremos la distancia aproximada. Básicamente, la interpretación casera sería algo así: “si esa estrella, desde mi jardín, tiene una magnitud de 1.5, muy brillante, pero sabiendo su espectro el diagrama me dice que su magnitud absoluta es muy débil, de 12 por ejemplo, eso significa que la estrella está muy cerca de mí, y por eso la puedo ver tan brillante”.

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Pero claro, para conocer la distancia a las Pléyades no se pudo hacer uso del diagrama de Hertzsprung-Rusell porque todavía no se había desarrollado. En su lugar, gracias a la cercanía de sus estrellas, se pudo comprobar con bastante exactitud teniendo en cuenta el paralaje. En otro momento hablaremos de este método, aunque para salir del paso diremos que es un método que usa la trigonometría como principal herramienta, midiendo la posición de una estrella desde dos posiciones muy lejanas. Si hacemos una fotografía en verano y otra en invierno, hemos dado tiempo a que la Tierra se coloque en dos posiciones totalmente opuestas entre sí, y la estrella cercana parecerá que se ha movido respecto a las estrellas más lejanas. Haciendo uso entonces de la trigonometría, conociendo los ángulos y la distancia entre los dos puntos de observación, podemos calcular de una forma sencilla y efectiva la distancia a dicha estrella. Este método sólo es útil para objetos cercanos, y de ahí la importancia de las Pléyades, que nos permitieron usar este método para conocer su distancia.

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Dejando de lado este tema continuamos con la descripción de este objeto, que está compuesto por más de mil estrellas que se distribuyen en un espacio de 86 años luz de diámetro. Su núcleo, que contiene a las estrellas más brillantes, mide unos 16 años luz. Sus estrellas son, mayoritariamente, gigantes azules de tipo espectral B, astros jóvenes con una edad estimada de unos 100 millones de años. Sin embargo, hay una población de estrellas totalmente distinta a ellas, relativamente abundante, formada por enanas marrones. Estas estrellas, mucho menores que nuestro sol, apenas tienen energía suficiente en su núcleo como para dar lugar a reacciones de fusión nuclear, por lo que son extremadamente frías (alcanzan temperaturas de unos 3.500º C). Suponen un 25% de la población total de las Pléyades, si bien su masa total apenas llega al 2%. La mayoría de las enanas marrones no son capaces de fusionar litio, por lo cual se puede encontrar dicho elemento en su superficie. Sin embargo, aquéllas con una masa mayor de 65 masas jovianas sí consumirán litio a una velocidad constante, por lo cual se puede deducir la edad que poseen. De esta manera se ha podido calcular la edad de las Pléyades con relativa precisión.

Las estrellas del cúmulo se encuentran rodeadas por gases fácilmente visibles en cualquier fotografía. En 1859 Wilhelm Tempel descubrió la nebulosa que rodea a Merope, por lo que pasó a denominarse Nebulosa de Tempel o NGC 1435. En un principio se pensó que estos gases serían los restos de la nebulosa original que dio lugar a las estrellas, si bien posteriores estudios dictaminaron que, tras 100 millones de años (la edad estimada del cúmulo), dicha nebulosa debería haberse disuelto por completo. Además, el movimiento delas estrellas el espacio no coincide con el movimiento de la nebulosa, lo cual parece indicar que el gas es tan sólo una zona del cielo que las estrellas están atravesando en su camino (algo similar a lo que ocurría con IC 405). Dentro de 250 millones de años las Pléyades se encontrarán en una región cercana al pie de Orion, aunque para entonces se habrán dispersado y dejarán de formar un grupo compacto.

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Las Pléyades son un claro ejemplo de cómo un simple nombre puede llegar a deformar lo que vemos y damos por hecho. La cultura popular siempre las ha relacionado con el número 7 (las 7 hijas de Atlas, las 7 hermanas…). Sin embargo, hay 9 estrellas con una magnitud superior a 5.6, perfectamente visibles desde un lugar medianamente oscuro. Si además tenemos en cuenta una de sus componentes que se encuentre un poco más alejada, el número alcanza la decena. Esterope, nombre con el que se conoce a dos estrellas relativamente cercanas, tiene un miembro de magnitud 5.6 y otro de 6.4, por lo que desde un cielo aún más oscuro podemos alcanzar a ver 11 componentes con facilidad. Y, aunque va sonando a disparate, hay personas que han alcanzado a observar hasta 19 estrellas que forman parte de este espectacular cúmulo. El único secreto es disponer de un buen cielo y de paciencia, ayudando a la proeza estar recostado en un lugar cómodo desde el que poder observar el tiempo que haga falta. Personalmente, he observado 10 de ellas a simple vista, aunque todavía no he encontrado el momento de tumbarme bajo el cielo sin prisas, quizás el verano sea la mejor estación para ello.

Cualquier aficionado a la astronomía sabe que la mejor visión de este cúmulo se obtiene a través de unos buenos prismáticos, que nos ofrezcan un campo amplio o, en su defecto, a través del buscador de nuestro telescopio. La imagen es entonces digna de recordar, con varias decenas de estrellas pululando por cada rincón, rodeando a las principales estrellas. Si la noche es especialmente oscura podemos apreciar, rodeando a algunas de ellas, cierta nebulosidad, que será más fácil de observar con el telescopio. Este instrumento tiene, como ventaja principal, una inmensa cantidad de estrellas para mostrarnos, si bien el gran aumento hace más difícil poder disfrutar de todo el conjunto, ya que cubre más de dos veces el área de la luna llena. Este problema se puede solucionar con un ocular de bajo aumento de gran campo aparente. En mi caso observé a las Pléyades con mi Dobson de 305 mm, usando un ocular de 34 mm y 68º de campo aparente, con lo cual encajaban perfectamente en el campo de visión (un poco justas, todo sea dicho). Un centenar de estrellas pobló el ocular, de distintos brillos, con algunas dobles fácilmente resolubles. Llamaba desde el primer momento la gran nebulosidad que rodea a Mérope (NGC 1435), expandiéndose hacia el extremo del ocular y dando la sensación de estar viendo la cola abierta de un cometa. Esta imagen mejora al ocular con el filtro UHC, y entonces queda más patente aún que no sólo Mérope goza de este privilegio, sino que hay nebulosas envolviendo a Alcyone, Maya y Electro, las estrellas que forman el “cuadrado” interno. Fantasmales, como sábanas que emborronan el fondo, estas nebulosas se aprecian mejor con visión periférica, y sin duda recuerdan a uno la imagen que se puede ver en fotografías de larga exposición. Una hilera de estrellas discurre entre Mérope y Alcyone, como pudo comprobar Galileo con su telesopio.

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La visión de este grupo de estrellas no deja indiferente a nadie, ya sea con el telescopio, los prismáticos o con el instrumento de mayor campo que conocemos, nuestra vista. Aprovechemos estas noches frías para sentarnos bajo el cielo y dedicarles unos merecidos minutos a las hijas de un dios. ¿Cuántas seremos capaces de ver?