Paseo navideño por el Unicornio

Cerramos el año con una observación especialmente navideña, acorde con estas fechas, perfectamente adecuada a aberturas medias y sitios bien oscuros. Es un paseo por algunos de los objetos más reseñables de la constelación del Unicornio, que en estos días se eleva por el cielo persiguiendo a Orión. Comenzaremos el recorrido en su región más boreal, justo por debajo de los pies de Géminis. Allí, a simple vista, se aprecia una zona con estrellas que parecen difuminadas, un efecto claramente visible desde cielos alejados de grandes urbes. En ese batiburrillo de estrellas, una de las zonas más llamativas corresponde a NGC 2264, conocido, con acierto, como el Cúmulo del Árbol de Navidad. Es una agrupación de estrellas que rememoran a la perfección la imagen de un abeto navideño, a lo largo de unos 60×30 minutos de arco. En la base, la estrella 15 Monocerotis brilla con una magnitud de 4.2. Su espectro es de tipo O7, una estrella gigante azul especialmente joven y brillante, superando a nuestra estrella unas 8.500 veces en luminosidad. Toda la zona, perfilando la silueta triangular, se encuentra inmersa en una nebulosa de emisión, una gran región HII, el caldo de cultivo que, a 2.700 años luz de distancia, ha dado lugar a tantas estrellas.

Foto 2264

Visualmente es un objeto muy llamativo. Ya a través del buscador se puede apreciar la aglomeración de estrellas con forma de árbol, más brillante en su base y en su extremo. Al ocular es fácil que alguna parte se salga del campo si no es de gran aumento. La noche que apunté a NNGC 2264 me llamó la atención, desde el primer momento, la fuerte nebulosidad que rodea a 15 Monocerotis, la estrella de la base. Con visión periférica pude apreciar que la mayoría de estrellas de la zona se encontraban inmersas en una débil neblina, fácilmente contrastable al apuntar a regiones más alejadas del cúmulo. En su vértice superior se encuentra la conocida “Nebulosa del Cono”, una nebulosa oscura con forma cónica que parte de dicha estrella hacia arriba. Me dediqué a usar todas las técnicas que conocía para intentar distinguirla, pero al final tuve que darme por vencido, culpando a unas mínimas nubes que rondaban la zona. Lo máximo que alcancé a vislumbrar fue la nebulosidad en zonas adyacentes a la nebulosa oscura, pero no la forma característica que podemos apreciar en fotografías. Aun así no salí descontento con el intento, pues no contaba con ver la nebulosa que engloba al cúmulo y pude verla sin mayores complicaciones.

NGC 2264.png

El siguiente objeto se encuentra muy cerca, a poco más de un grado de la cima del árbol y el escurridizo cono. Se trata de NGC 2261, Caldwell 46 o la Nebulosa variable de Hubble, un objeto que necesita de una buena dosis de imaginación para ser totalmente comprendido. Esta nebulosa ha traído de cabeza a los astrónomos desde hace más de dos siglos. Hasta el siglo XX se había pensado que era una estrella variable (R Monocerotis) asociada a una nebulosa de reflexión con una peculiar forma de abanico. En la década de los 20, Edwin Hubble descubrió que la nebulosa también era variable, cambiando tanto su brillo como su longitud de forma totalmente irregular, distinta al período de la estrella, hasta el punto de cambiar en pocas semanas. El misterio no fue resuelto hasta hace muy poco, gracias a observaciones con el Hubble y otros grandes telescopios. La explicación a este enigma se achaca a una estructura gaseosa de forma toroidal que rodea a R Monocerotis, como si un gran donut envolviera a la estrella. Esta estrella, una gigante azul, desprende materia al espacio que, a consecuencia del torus, adquiere forma bipolar, con un chorro de gas hacia cada polo. Por eso vemos esa forma triangular en la nebulosa. “¿Y dónde está el otro chorro?”, podríamos preguntarnos. El chorro que vemos es el que sale hacia nosotros, mientras que el otro, expulsado hacia atrás, queda oculto por la nube de gases que rodea a la estrella. De esa forma, lo que podemos observar es realmente una de las mitades del conjunto. De hecho, la estrella que vemos en el centro ni siquiera es una estrella, ya que ésta se encuentra oculta tras el gas. Lo que vemos es la envoltura gaseosa fuertemente iluminada por la estrella, por muy puntiforme que parezca. La única manera de ver el astro es en longitudes de onda diferentes a la luz visible.

NGC 2261

Al telescopio NGC 2261 es especialmente fácil de ver, ya que presenta un gran brillo superficial. Se puede apreciar como una estrella (aunque ya sabemos que no es la estrella propiamente dicha), con una nebulosidad intensa de forma triangular, como si fuera un abanico. La nebulosa es más brillante en uno de sus bordes, disminuyendo progresivamente a medida que se aleja, acabando con cierta forma semicircular. Una estrella aparece por momentos inmersa en su superficie.

Hay que recorrer 2 grados hacia el suroeste para encontrar el siguiente objeto de este recorrido, llegando a una de las más conocidas imágenes del cielo profundo. La Nebulosa Roseta es una enorme región HII que se deja adivinar a simple vista a un palmo de distancia a la izquierda de Betelgeuse. La nebulosa se expande por una región del cielo de 130 años luz de diámetro, adoptando una imagen que recuerda a una rosa con su región central menos densa, englobando a un cúmulo de brillantes estrellas que son las que se han formado a raíz del gas circundante. Estas estrellas son, además, las que excitan los átomos de la nebulosa, haciendo que emitan radiación y reluzcan con brillo propio. Es una de las nebulosas más masivas que conocemos en nuestra galaxia, estimándose su masa en unas 10.000 masas solares. El cúmulo se denomina NGC 2244 o Caldwell 49, mientras que la nebulosa, Caldwell 50, recibe varias entradas del catálogo NGC (2237, 2238, 2239 y 2246) debido a su gran tamaño, que supera el grado de diámetro y alcanza una superficie similar a 5 lunas llenas. Ambos, cúmulo y nebulosa, se encuentran a unos 5.200 años luz de nosotros, el doble de la distancia que nos separa del cúmulo del árbol de navidad.

Foto 2237

Su intenso color rojo, debido al hidrógeno ionizado, recuerda a fotografías de la Nebulosa de la Laguna, compartiendo con ella su naturaleza y muchos de esos claroscuros tan típicos. Es una verdadera guardería estelar que todavía funciona a pleno rendimiento, condensando su gas en regiones concretas hasta alcanzar una temperatura tan alta como para emitir luz propia.

Visualmente la Roseta puede llegar a ser un objeto digno de admirar siempre y cuando contemos con un cielo suficientemente oscuro. He llegado a observarla fácilmente al colocar un filtro OIII sobre el buscador, apareciendo entonces perfectamente su forma circular englobando a NGC 2244. Éste es un cúmulo abierto, no especialmente poblado, pero con brillantes estrellas formando su esqueleto, destacando una decena de ellas que adquieren una disposición rectangular. A su alrededor se encuentran los bordes internos de la nebulosa, perfectamente marcados con cualquier ocular y un filtro, preferiblemente un OIII, aunque el UHC también resalta otros detalles diferentes. Para apreciar mejor la nebulosa es preferible usar un ocular de bajo aumento, y aun así tendremos problemas para enmarcarlo en el mismo campo. En mi caso, en el momento de la observación sólo disponía de un ocular de 24 mm, que proporciona en mi Dobson unos 125 aumentos y un campo de 30 minutos de arco, apenas suficiente para ver decentemente la mitad de la nebulosa. Sin embargo aproveché los “altos” aumentos para centrarme en detalles más concisos de la nebulosa, enfocando para ello a una zona especialmente rica en ellos. Parte del cúmulo quedaba en la parte superior derecha del campo, viéndose ampliamente rodeado por la nebulosa, y en algún punto estrechamente conectados por un débil resplandor. La parte interna se encuentra mucho más definida que el anillo exterior, que se pierde poco a poco de forma muy difusa. Destacan algunas islas oscuras que parchean el grosor de la nebulosa, con formas abruptas. El borde interno tampoco es liso, sino que presenta entrantes y salientes fácilmente destacables con visión periférica, añadiendo a la imagen una sensación de fotografía como pocos objetos son capaces de conseguir. Mi objetivo principal fue vislumbrar unas nebulosas oscuras a modo de filamentos que forman una especie de letra “Y” visible en fotografías de larga exposición. Ya en la zona, necesité de unos minutos de adaptación y visión lateral para conseguir verlos, pero allí estaban, una línea difusa y muy débil que dividía a la nebulosa en dos, bifurcándose en su camino hacia la periferia. Acabé agotado por intentar exprimir cada uno de estos detalles en los pétalos de una flor celeste, así que decidí terminar el paseo con un objeto más sencillo y agradecido.

NGC 2244

Beta monocerotis es la estrella más brillante de la constelación del Unicornio, con una magnitud de 3.74. Estamos habituados a ver estrellas dobles en las que sus componentes parecen gemelas en brillo y color. Lo que es tan habitual, como ocurre con esta estrella, es que sean tres las estrellas idénticas, y la imagen es lo suficientemente espectacular como para volcarse en ella cada noche de invierno. El sistema se encuentra a 690 años luz de nuestro sistema solar y sus estrellas son de tipo espectral B3, blanco-azuladas y jóvenes, con una edad que se estima en 34 millones de años (casi nada si lo comparamos con los 4.500 millones de años de nuestro sol).

Beta monocerotis

La principal, con una magnitud de 4.6, se encuentra a 7.4 segundos de arco de la estrella B. Ésta y C se encuentran mucho más unidas, a 2.8 segundos de arco. Ya resolubles a 125, su magnitud tan similar ayuda a poder diferenciarlas con gran facilidad. La imagen de dos soles tan cercanos que casi se tocan y giran uno alrededor del otro, con otra estrella algo más separada que también interactúa con ellos, no es fácil de olvidar. La estrella tarda 14.000 años en dar una vuelta completa alrededor de las otras dos, así que tenemos tiempo de sobra para deleitarnos con este baile cósmico interminable que no ha hecho más que empezar.

Efecto de la distancia (M35 y NGC 2158)

Las parejas de objetos celestes siempre nos llaman la atención y, personalmente, son una de mis observaciones favoritas, el hecho de poder ver dos entidades tan dispares compartiendo ocular. En este caso no son objetos tan diferentes, ambos son cúmulos abiertos, pero presentan una gran diferencia en cuanto al brillo, la distancia y la edad, haciéndolos un objetivo perfecto para comparar estas características.

El primero de ellos, y más conocido, es M35, un cúmulo descubierto por Philippe Loys de Chéseaux en 1745. Se encuentra a los pies de la constelación de Géminis, en una característica agrupación de tres estrellas que parecen acoger en su regazo una mancha neblinosa que corresponde a M35. Flota en el espacio a una distancia de 2.800 años luz y está compuesto por unas 500 estrellas que nacieron de la misma nube molecular, cuando ésta se fue enfriando y condensando poco a poco. Se formó hace 100 millones de años, una edad intermedia para un cúmulo abierto, por lo cual vemos en su composición un gran número de estrellas de tipo espectral G, de color amarillento, con algunas de tipo K, más rojizas.

Foto M35.jpg

NGC 2158 es otro cúmulo abierto que se sitúa al borde de M35, y desde un principio son notables las diferencias entre ambos. Pequeño, muy concentrado, más débil… Son los adjetivos que se nos vienen primeramente a la cabeza. Efectivamente, este cúmulo mide unos 5 minutos de arco, frente a los 30 minutos que ocupa en el ocular M35. Sin embargo, sus diferencias reales no son tan grandes, ya que NGC 2158 es víctima de la distancia que ocupa. Se encuentra a 16.000 años luz de distancia, casi 6 veces más, y es mayor en cuanto a edad, teniendo cerca de 1.000 millones de años. Además, cuenta con una población de 10.000 soles, motivo por el cual se pensó con anterioridad que era un cúmulo globular. Hoy se sabe que es un cúmulo abierto tremendamente compacto, que se irá disgregando poco a poco a medida que pasen los años.

M35 es fácilmente visible a simple vista como una pequeña mancha cerca de Eta Geminorum, siempre que la noche sea lo suficientemente oscura. Su magnitud de 5.3 es indicativo de su gran brillo. Con unos prismáticos bien firmes el espectáculo está garantizado. Un popurrí de estrellas se entremezcla como migas en una sartén ardiendo, con un fondo formado por “polvillo cósmico” que no llega a resolverse. Con unos 15×70 hemos llegado a intuir la presencia de NGC 2158 de forma muy tenue, con visión lateral. Con cualquier telescopio el ocular se llena de brillantes estrellas que brillan sin un patrón fijo. No hay una mayor concentración en el centro, ni ningún tipo de gradiente. Todas las estrellas se disponen sin orden ni concierto, contando con mi Dobson 305 mm entre 150 y 200 componentes, en una amplia gama de brillos.

M35

Ya a bajo aumento queda patente la presencia de NGC 5128, como una mancha redondeada, que adquiere forma triangular con visión periférica, en cuya superficie hormiguean débiles estrellas, al menos una decena de ellas. El panorama cambia al usar mayores aumentos, resolviendo perfectamente el cúmulo y encontrando que esa nubecilla se encuentra formada por una barbaridad de astros. Llegué a contar unas 50 estrellas dispuestas en una zona de 5 minutos de diámetro, lo cual es indicativo de su alta densidad. De hecho, no es de extrañar que lo confundieran con un cúmulo globular. A 214 aumentos parece un objeto con entidad propia, lejos de la influencia de M35, aunque prefiero esa nubecilla débil acompañando al gran cúmulo abierto. Es interesante, cuando estemos frente al telescopio, hacer un ejercicio de imaginación para intentar verlo como lo que realmente es. M35, un grupo de estrellas cercanas; NGC 2158, una inmensa nube de estrellas que se encuentra mucho más lejos. Entonces conseguiremos verlo con cierta tridimensionalidad, y seremos conscientes del efecto tan importante de la distancia, entendiendo que no todo es lo que parece.

De cefeidas y magos (Delta Cephei y NGC 7380)

John Goodricke fue un astrónomo neerlandés que vivió en la segunda mitad del siglo XVIII. Su muerte, prematura por una neumonía a los 21 años, no le impidió hacer grandes descubrimientos, destacando la hipótesis de que Algol, una brillante estrella de Perseo, veía su brillo alterado porque era en realidad un sistema binario en el que sus componentes se eclipsaban regularmente. Este atrevimiento le granjeó su entrada a la Royal Society, 4 días antes de fallecer. El prometedor astrónomo también descubrió que una estrella de Cefeo sufría alteraciones periódicas de brillo. Dicha estrella era Delta Cephei, y su brillo variaba de una magnitud 3.5 a 4.3 en un período algo mayor de 5 días y 8 horas. Su importancia entonces ni se podía sospechar, pero sería una de las piezas clave para entender las dimensiones de nuestro universo.

Otra astrónoma importante para la historia, Henrietta Swan Leavitt, que trabajaba en el observatorio del Harvard College, descubrió  en 1912 que las estrellas cefeidas, como se conocían a aquéllas con un patrón similar a Delta Cephei, guardaban una relación estrella entre su magnitud absoluta y la amplitud del período, de forma que las estrellas con mayor brillo intrínseco tenían un período de pulsación más largo. Poco después se determinó la distancia a algunas de estas cefeidas, lo cual sirvió para calibrar la relación período-luminosidad. El último paso en la historia particular de las cefeidas lo dio Edwin Hubble en 1924, cuando encontró, en la galaxia de Andrómeda, algunas de estas estrellas. Observando su período de variabilidad pudo conocer su magnitud absoluta. Una vez conocida ésta, no tuvo más que compararla con la magnitud relativa, el brillo con el que se observa la estrella desde la Tierra, para, con una regla de tres, obtener la distancia a la que se encuentra. De esa manera calculó que la estrella, y por tanto M31, se encontraba a 800.000 años luz, dejando claro que la Gran Nebulosa de Andrómeda no formaba parte, como se pensaba hasta entonces, de nuestra propia galaxia.

Las estrellas cefeidas son estrellas supergigantes de tipo espectral G, de color amarillento, que “pulsan” de forma regular, es decir, su radio se dilata y se contrae a un ritmo constante. Cuando se contraen su temperatura aumenta por la mayor densidad, con lo cual el brillo aumenta rápidamente. Luego, poco a poco, se va dilatando, con lo la temperatura va disminuyendo al tener una mayor superficie por la que distribuirse, perdiendo parte de su brillo. El radio de la estrella está relacionado con el tiempo que dura el período de variación, y esta relación, como hemos visto, es la que permite usar estas estrellas como candelas estelares para conocer distancias lejanas. Se conocen unas 400 cefeidas en nuestra galaxia, si bien hay unas 1.000 catalogadas en las Nubes de Magallanes.

Cefeida

Entendiendo ya su importancia, podemos echar un vistazo a la estrella responsable de la secuencia fortuita de descubrimientos que llevaron a desechar la idea de que las “nebulosas espirales” eran objetos que pertenecían a nuestra galaxia. Esta estrella es, como hemos adelantado, Delta Cephei, una estrella cuya magnitud varía entre 3.5 y 4.35, que se encuentra formando parte de una de las esquinas de Cefeo. Forma un triángulo von Dseta Cephei, de magnitud 3.3, y Epsilon Cephei, de magnitud 4.2. Como podemos ver, sus magnitudes son cercanas al máximo y al mínimo de Delta Cephei, gracias a lo cual podemos usarlas para estimar, a simple vista, su magnitud. La noche que la vi, el 2 de diciembre, su brillo estaba rondando el mínimo, alrededor de 4.3. Será interesante echarle un vistazo cada vez que salgamos estas noches invernales.

Además de su variabilidad, Delta Cephei esconde una sorpresa que, personalmente, no conocía hasta que apunté a ella con el telescopio. Ya lo pude vislumbrar por el buscador, pero fue al ocular del telescopio cuando quedé maravillado al comprobar que es en realidad un sistema doble, perfectamente resoluble con cualquier instrumento, formado por una brillante estrella amarilla y una secundaria que es de color azul verdoso, difícil de describir. Es de magnitud 7.5 y se encuentra situada a 40 segundos de arco. Ambas forman un sistema binario físico que hacen a uno preguntarse cómo sería vivir en un planeta con dos soles tan distintos…

Delta Cephei

Muy cerca de esta estrella, a unos 2 grados de distancia, encontramos otro interesante objeto que puede complementar a la observación del primero. Se trata de NGC 7380, un cúmulo abierto asociado a una nebulosa de emisión llamada Sharpless 2-142. El cúmulo, situado a 7.200 años luz de distancia, fue descubierto por un personaje que ya hemos conocido, Caroline Herschel, en 1787. Al telescopio llama la atFoto 7380ención una curiosa agrupación de estrellas, de una treintena de componentes, dispuestas en una formación triangular. Desde el principio llama la atención que el fondo del cúmulo parece especialmente “brillante”, y basta con usar el filtro UHC para que una bonita nebulosa destaque contra el cielo y enmarque a todas las estrellas. Esta nebulosa, que recibe el nombre de “Nebulosa del Mago” por su forma en fotografías de larga exposición, necesita un tiempo prudencial para mostrar todo su potencial. Inicialmente se aprecia sin problemas su forma triangular que parece proteger el cúmulo, pero varios minutos de observación bastan para mostrar otra prolongación junto a uno de los vértices. Más fácil de  ver resulta otra pequeña mancha que brilla solitaria a unos 5-10 minutos de arco del triángulo principal, claramente visible con visión lateral.

NGC 7380

La imagen, si bien es totalmente diferente a las fotografías, es bastante sugestiva, y la nebulosa es agradecida a unos ojos bien adaptados a la oscuridad. Acompañada del cúmulo, suponen una agradable visión en una zona repleta de objetos como es la constelación de Cefeo.

Los mundos de Caroline (NGC 7789)

Ya hemos hablado en alguna ocasión de Caroline Herschel, sin entrar en detalles, como descubridora de algunos objetos celestes (por ejemplo, NGC 2360, que recibe el sobrenombre de Cúmulo de Caroline). Caroline nació en Hanover (Alemania) en 1750 y fue hermana del prestigioso astrónomo William Herschel. En un principio ambos se dedicaban a la música, tocando el órgano y cantando, respectivamente, llegando a alcanzar una relación muy estrecha. Cuando William empezó a interesarse por la astronomía su hermana le siguió, trabajando como ayudante, pero enfrascándose poco a poco en este mundo hasta obrar con entidad propia. De hecho, fue la primera mujer en recibir un salario (de 50 libras anuales) por trabajar como científica, y fue galardonada numerosas veces por sus logros. Falleció a la edad de 97 años, y en su larga vida realizó importantes aportes al mundo de la astronomía. Sin ir más lejos, descubrió 8 cometas, así como varios objetos de cielo profundo, la mayoría cúmulos estelares, ayudando además a su hermano con su creciente catálogo de objetos estelares.

Hoy presentamos a uno de los más maravillosos cúmulos abiertos que podemos observar en estos fríos meses, cuyo descubrimiento debemos también a esta entregada astrónoma. Es un cúmulo situado en la constelación de Casiopea, cerca de Caph o Beta cassiopeaie, una gigante de tipo espectral F. Unos 2 grados al sur se encuentra NGC 7899, esta increíble aglomeración que fue descubierta por Caroline Herschel en 1783. Es un cúmulo que se encuentra a unos 7.600 años luz de nosotros y cuenta con más de 500 estrellas que van desde la magnitud 10 hasta la 18. Todas estas estrellas, brillando juntas, otorgan una magnitud conjunta de 6.7, situándolo al bordo de la visión a simple vista en lugares especialmente oscuros. Denominado “la Rosa de Caroline”, supone una vista impresionante a cualquier aumento.

Merece la pena observarlo con unos buenos prismáticos, apareciendo entonces como una pequeña nube y redondeada, difusa, en la que pequeñas estrellas parecen bullir sobre el fondo más oscuro. Con el Dobson 305 mm la visión resulta abrumadora. El ocular queda invadido por tantas estrellas que se hace imposible contarlas, aglomeradas especialmente en una zona de unos 15 minutos de arco, de forma redondeada, apreciándola mejor a 125 aumentos.

NGC 7789.png

Desde el primer momento llama la atención que la disposición de las estrellas en el cúmulo no es uniforme, sino que parece como si bandas negras se ubicaran por toda su superficie, impidiendo la visión de las estrellas que hay detrás. La primera vez que lo vi, sin saber lo que estaba viendo, ya mi mente quiso ver una flor perfectamente formada, con dichas bandas oscuras perfilando los pétalos, una rosa tal vez. Cuando leí sobre ella que le llaman la Rosa de Caroline o la Rosa Banca, no me cupo duda de que cualquier persona compartiría ese nombre. Ninguna estrella se lleva el protagonismo, sino que todas ellas se apoyan y es el conjunto el que transmite un mar de sensaciones. Si bien me resultó imposible contar todas sus componentes, calculé que unas 200 estrellas se mostraban visibles con el ocular de 13 mm. A mayores aumentos se veían incluso más, aunque en detrimento de su forma y de esas bandas oscuras tan llamativas.

Me pregunto cómo objetos de este calibre pudieron pasar desapercibidos a Messier que, sin embargo, captó muchos otros bastante más débiles. En cualquier caso, gracias a ello hemos podido conocer mejor el trabajo de otros astrónomos que, como Caroline Herschel, supieron hacerse camino y brillar con luz propia.

Un faro cósmico (M1)

En julio de 1054 una estrella apareció en el cielo refulgiendo con un brillo tan sólo superado por el de la luna, manteniéndose junto a las astas del toro durante dos años hasta que se fue apagando poco a poco. Los testimonios de este enigma fueron astrónomos chinos y árabes, y gracias a sus manuscritos podemos desentrañar hoy ese misterio. La estrella que apareció esa noche era algo mayor que el sol y su luz proviene de una distancia de 6.300 años luz, por lo que realmente los astrónomos la vieron tal y como era en el quinto milenio antes de Cristo. La estrella fue consumiendo todo el hidrógeno que la formaba, de forma que perdió su combustible principal y la gravedad ganó entonces la batalla, comenzando a comprimir toda su masa hacia el centro mientras los gases más superficiales eran expulsados al exterior. Sin embargo, hay un punto tan denso en el que los electrones se resisten a comprimirse más, de forma que el colapso se detiene. En una estrella de masa similar a nuestro es el normal devenir, dando lugar a la formación de una estrella enana blanca, muy densa y caliente. Sin embargo, la estrella protagonista de esta historia tenía una masa superior a 1.4 masas solares, por lo que la gravedad no cedió ante la resistencia de los electrones, sino que siguió comprimiendo el núcleo hasta que los electrones colapsaron con los protones de los átomos, dando lugar a la formación de neutrones y neutrinos, formando lo que se conoce como estrella de neutrones. La rápida condensación provocó una supernova, una gran explosión en la que la envoltura de la estrella salió rápidamente disparada hacia el exterior, alcanzando un brillo millones de veces superior al original. Ese fue el destino de la estrella que brilló esa noche de abril de 1054. Para perfilar el tema de las muertes estelares queda puntualizar que, si la masa de la estrella es mayor a 2.5 masas solares, el resultado no sería una estrella de neutrones. La masa resultante sería tan densa que acabaría convertida en un agujero negro que no dejaría escapar partícula alguna, ni siquiera la luz.

Volvamos a nuestra estrella de neutrones, esta vez con conocimiento de lo que estamos viendo. Imaginémosla como una esfera brilla con la masa de una estrella reducida a un diámetro de unos 25 kilómetros, lo cual nos da una idea de la enorme densidad a la que se encuentra. Foto neutronesDe hecho, un sólo centímetro de una estrella de neutrones puede llegar a pesar cientos de millones de toneladas. Algunas de estas estrellas se encuentran girando rápidamente sobre su propio eje, a velocidades vertiginosas, recibiendo entonces el nombre de Púlsar. La estrella que brilló esa noche de 1054, ya hablando con propiedad, es un Púlsar. Gira sobre su eje unas 30 veces por segundo, perdiendo masa que sale despedida en todas direcciones. Esta pérdida de masa va condicionando que poco a poco vaya perdiendo velocidad, pero lo hace de manera prácticamente imperceptible. Su interior es tan denso que termina por adquirir conductancia eléctrica, promoviendo la formación de campos electromagnéticos que moldean su entorno, junto a los fuertes vientos que se forman a su alrededor. De esta manera, y a modo de resumen, tenemos una gigantesca pelota hecha principalmente de hierro que gira rápidamente sobre su eje, formando un verdadero ciclón a su alrededor y emitiendo una gran cantidad de energía en todas las longitudes de onda medibles, desde ondas de radio hasta rayos gamma.

Foto M1

Ya desde 1949 se manifestó como una brillante fuente de ondas de radio, y en los años 60 se identificaron sus potentes radiaciones electromagnéticas emitidas en forma de breves pulsos. No es de extrañar que muchos especialistas admitieran la posibilidad de que la fuente tuviera su origen en una hipotética civilización extraterrestre. Posteriormente, y gracias a los importantes avances tecnológicos, se ha podido entender la naturaleza de esta estrella, ahondando en sus profundos secretos. De hecho se ha comprobado que sus zonas más internas evolucionan a una velocidad pasmosa, pudiendo apreciar cambios en las masas de gas de un mes para otro. En la siguiente imagen podemos comparar el centro de la nebulosa que envuelve a la estrella y los cambios que experimenta cada 2 meses:

Foto M1 cambios

Tras esta prolongada charla sobre una peculiar estrella ya podemos ponerle nombre, que no es ni más que menos que PSR B0531+21. Sin embargo, no es la estrella la que posee un nombre propio, sino la nebulosa a la que ha dado lugar, que recibe el sobrenombre de la Nebulosa del Cangrejo, acuñado por William Parson, tercer conde de Rosse. Vio en ella filamentos que le recordaban a las patas de dicho animal, si bien la observación de esos detalles está reservada a grandes telescopios o fotografías de larga exposición. Messier, en 1758, la incluyó como primera entrada en su popular catálogo, gracias al paso cercano de un cometa.

Una vez terminada esta aproximación teórica es hora de pasar a la práctica, y para ello nada más fácil que dirigir nuestro instrumento al asta izquierda de la constelación de Tauro. Es fácil de encontrar la estrella guía si prolongamos el cuerno izquierdo, el que termina con Aldebaran, unas 4 ó 5 veces su longitud. Allí, unos prismáticos en un cielo oscuro nos mostrarán un pequeño parche de luz difusa, apenas perceptible si la noche no es oscura. Elegí una noche especialmente nítida para observar M1 en profundidad con mi Dobson 305 mm, ya que, aunque es fácil de ver, es difícil de obtener detalles si no es con un poco de detenimiento. A bajos aumentos pude apreciar perfectamente una forma irregular, una mancha algo alargada con forma de “S”, de brillo uniforme y bordes relativamente definidos. Varias estrellas aparecen inmersas en la nebulosidad, y el campo que tiene alrededor se encuentra bastante poblado. A 214 aumentos se apreciaba con un buen contraste, fácilmente visible con visión directa, aunque la visión lateral marca mejor los bordes. Tras adaptar completamente la vista conseguí percibir algunas irregularidades en las regiones centrales, claroscuros en posible relación con los filamentos que podemos apreciar en fotografías. No deja de ser sugerente, aunque no pudiera apreciar mayor detalle.

M1

El astro central, la estrella de neutrones responsable de estos jirones espaciales, es de magnitud 18, demasiado débil para verla. Sin embargo, no es difícil imaginarla en el centro de la nebulosa, y si nos esmeramos podemos incluso notar como gira 30 veces por segundo, emitiendo chorros de energía como si fuera un enorme faro cósmico que ilumina todo el cielo. M1 no es uno de los objetos más espectaculares que podamos contemplar con nuestros instrumentos, eso está claro, pero es, sin duda, uno de los que llevan a cuestas una historia más interesante e inusual.

El placer de un viaje improvisado en Casiopea

Ésta es la historia de un viaje en el que, como suele pasar, el camino es más interesante que el final, un viaje en el que, a medida que se va recorriendo la ruta, aparecen pequeñas gemas escondidas que al final tienen un efecto mayor que el destino propiamente dicho. Este destino, la noche  del 2 de Diciembre, no era otro que una pareja de galaxias que pertenecen a nuestro Grupo Local, NGC 147 y NGC 185. Cogí el atlas para poder encontrarlas, y vi que sería fácil hacerlo desde una brillante estrella de Casiopea. A partir de ahí fue cuando comencé un viaje totalmente improvisado y lleno de sorpresas.

Chart Casiopea.png

La brillante estrella no era otra que eta cassiopeiae o Achird, una de las esquinas de la “W” que forma la constelación de Casiopea, junto a la brillante alfa cassiopeiae. Es una estrella que se encuentra a unos 19 años luz de nosotros, de clase espectral G y una magnitud de 3,5. Es una enana amarilla muy similar a nuestro sol tanto en tamaño como en brillo, con la peculiaridad de que cuenta con una estrella compañera orbitando junto a ella, una enana naranja de magnitud 7,5 a una distancia de 12.9 segundos de arco, lo cual la hace fácil de desdoblar con cualquier telescopio. De hecho como más disfruté de esta estrella fue a 65 aumentos, apreciándola perfectamente separada. La primaria, brillante y amarilla; la secundaria, con un tono rojizo que contrastaba de forma espectacular con su compañera. Fue un buen comienzo en el camino.

Al mirar el atlas pude comprobar que había una nebulosa planetaria muy cerca, Abell 2. “No pierdo nada por echar un vistazo”, pensé. Al fin y al cabo si no la veía ese día acabaría buscándola en cualquier otro momento. Seguí las tres estrellas tangentes a Achird me ubiqué en la zona. De entrada no pude ver nada, así que pensé que quizás estaría fuera de mi alcance. Sin embargo decidí tener un poco de paciente. Probé colocando el ocular de 7 mm, y a 214 aumentos, con visión periférica, alcancé a notar algo en la región donde debería estar. Miré entonces a través del filtro OIII y ahí estaba la planetaria, con una forma perfectamente circular y etérea como un fantasma, como si estuviera a punto de evaporarse. Al mirarla fijamente desaparecía rápidamente, volviendo a aparecer con visión lateral. Esta nebulosa también recibe el difícil nombre de PK 122-4.1, y fue descubierta en los años cincuenta por George O. Abell (su lista de nebulosas planetarias cuenta con 86 componentes de brillo relativamente débil). Aunque en algunos sitios Abell 2 aparece con una magnitud de 16.4, en otros refieren una magnitud de 14.1, lo cual me parece bastante más en consonancia con lo que pude ver.

Abell 2.png

(Desde aquí aconsejo, a todo aquel que no la conozca, una visita a NGC 281, la nebulosa Pacman. En esta entrada podéis leer sobre ella y, por su cercanía, bien merece la pena echarle un ojo)

Ya decidido a llegar a NGC 147 y NGC 185, miré nuevamente el atlas y fui saltando de estrella en estrella, de triángulos a cuadrados, guiándome por las formas que mi mente se encargaba de dibujar. Una de las que vi, a mitad del recorrido, vi que era doble. No tenía ninguna designación en el papel, pero me entró la curiosidad y me asomé al ocular. ¡Guau! No tenía nada que envidiar a eta cassiopeiae, si bien era completamente su antítesis. Dos estrellas de brillo medio, de color azulado, tan cerca que parecían tocarse y tan iguales entre sí que parecían dos perlas en el fondo del océano. De hecho, la visión más cómoda la obtuve con el ocular de 214 aumentos, en el cual quedaban perfectamente separadas pero extremadamente cercanas, y con razón, ya que se encuentran separadas por tan sólo 2,1 segundos de arco. La primera es de magnitud 7 y la secundaria de magnitud 8, y su visión me hizo preguntarme la inmensidad de estrellas tan increíbles que pasarán desapercibidas por nuestros telescopios. La estrella en cuestión se llama STF 59 ó HIP 3736 y ha pasado, sin duda, a ocupar un puesto privilegiado en mi (escueta) lista de estrellas dobles.

STG 59.png

Todavía maravillado por la azulada estrella doble y, viendo que estaba a punto de llegar a mi objetivo, decidí desviarme levemente y echar un vistazo a un cúmulo abierto cercano, no porque lo conociera, la verdad, sino por su curioso nombre, que captó inmediatamente mi atención: Alessi 1. Es un cúmulo abierto recientemente descubierto que fue pasado por alto por los grandes descubridores de los siglos pasados, algo que me parece extraño, ya que, sin ser uno de los más brillantes, es una agrupación que llama la atención. De hecho ya se apreciaba en el buscador como un manchurrón salpicado de estrellas débiles. Al telescopio tuve que usar 65 aumentos para que entrara en el campo de visión, ya que mide cerca de un grado de diámetro. Se encuentra a unos 2.500 años luz de nosotros, y el motivo por el que me pareció tan interesante fue su forma, que me recordó instantáneamente a un pájaro volando en el cielo, con las alas desplegadas a modo de dibujo infantil. Con una brillante estrella formando su cabeza, no pude menos que sonreír ante la curiosa silueta. Unas 40 estrellas, al menos, conforman este cúmulo, con algunas más débiles al borde del límite del telescopio.

Alessi 1.png

Todos los viajes llegan, de una u otra forma, a su final, y definitivamente me situé en los dominios de estas dos galaxias que orbitan a M31, la gran Galaxia de Andrómeda. NGC 147 es, sin duda, la más débil de las dos, ya que se encuentra más alejada de nosotros. Se encuentra situada a unos 2,53 millones de años luz, y es una galaxia enana esferoidal elíptica que se formó hace unos 10.000 millones de años, muy cerca de su compañera NGC 185. Esta última se encuentra a poco más de 2 millones de años luz, y comparte el mismo tipo de estructura. De hecho se ha podido comprobar que ambas galaxias están gravitacionalmente unidas y, además, comparten muchas de sus características. Las dos únicas parejas de galaxias conocidas en nuestro Grupo Local son las Galaxias de Magallanes y las que ahora nos ocupan. Las de Magallanes son, ambas, de tipo irregular, mientras que NGC 147 y NGC 185 son elípticas, lo cual hace pensar que el ambiente en el que se forma una galaxia es uno de los principales determinantes de su estructura final, como se ha descrito en recientes estudios al respecto.

Foto 147 185

NGC 147, sin embargo, es muy pobre en estrellas jóvenes. Su última oleada de formación se estima hace 3.000 millones de años, por lo que hoy queda en ella una población predominante de estrellas tipo 2, estrellas de edad avanzada y con baja concentración de metales, que se encuentran típicamente en cúmulos globulares, en el núcleo de las galaxias y, como acabamos de comprobar, en las galaxias elípticas, lugares “ancianos” por definición. NGC 185, sin embargo, cuenta con una población mucho más joven, rica en estrellas de tipo espectral O y B, haciendo gala, por tanto, de una población estelar tipo 1. Nuestro sol, sin ir más lejos, pertenece a esta subdivisión, que se caracteriza por edades más joviales y una alta metalicidad (esta abundancia en metales proviene de las explosiones de supernovas que predominan a estos niveles). Para perfilar este tema de las poblaciones estelares hay que mencionar un tercer e hipotético grupo, la población III. Teorizada hace apenas una década, sugiere la presencia de una población excepcionalmente joven de estrellas que habrían surgido poco después del Big Bang, siendo, por tanto, las primogénitas del resto de estrellas posteriores. En teoría serían estrellas compuestas por hidrógeno, helio y trazas de litio, enormemente masivas y brillantes, así como una vida excepcionalmente corta (de unos 2 millones de años). Su gran masa les llevaría a colapsar y explotar rápidamente en forma de supernovas que darían lugar a elementos más pesados y siguientes generaciones de estrellas. Hace unos meses un equipo, usando grandes telescopios, visualizó una galaxia tal y como era 800 millones de años después del Big Bang. No pudieron resolver sus estrellas debido a la gran distancia, pero sí pudieron detectar su abundancia en los gases descritos, sobre todo en hidrógeno, con una ausencia absoluta de metales. En los próximos años podremos conocer mucho más de estos antepasados primigenios.

Vuelvo a dar un salto en el tiempo a la noche del 2 de Diciembre de 2015, visualizando a NGC147 y NGC 185 tal y como eran hace 2 millones de años, una época en la que el Homo Rudolfensis poblaba las llanuras de África y descubría que si afilaba una piedra podía despedazar con más facilidad a sus presas. NGC 147 es grande, ocupando un área de unos 10 minutos de arco, pero extremadamente difusa. A 125 aumentos se aprecia como una mancha redondeada, algo ovalada, muy tenue, aumentando el brillo de forma gradual hacia el centro, hasta terminar en un núcleo más brillante y de aspecto puntiforme. Varias estrellas es adentraban en el halo de la galaxia, como si quisieran engañarnos y hacerse pasar por astros lejanos de ese mundo. Ningún detalle más se puede apreciar, pero eso es algo a lo que las galaxias elípticas nos tienen acostumbrados.

NGC 147

NGC 185 tiene una apariencia más “galáctica” que su compañera, si bien tampoco tiene gran cosa que ofrecer. Es más brillante, con un gradiente bien definido del centro a los bordes, perdiéndose por un área similar a NGC 147, de unos 10 minutos de arco. Se encuentra salpimentada por una decena de estrellas débiles que se superponen en su halo, con tres de ellas excepcionalmente cerca del intenso núcleo.

NGC 185

Tras disfrutarla durante unos momentos pude comprobar, en el atlas, que una débil galaxia se encontraba muy cerca, casi en contacto con NGC 147, llamada UGC 378. Decidí probar suerte, aprovechando que tenía la vista bastante adaptada a la oscuridad. En un primer instante no vi absolutamente nada, tan sólo una débil hilera de 4 estrellas junto a las que debería aparecer la galaxia. No obstante, intenté exprimir la vista hasta más no poder. Tras varios minutos usando diferentes oculares, durante un segundo, conseguí ver algo, una mancha alargada apenas perceptible. Fue su forma alargada la que me hizo confirmar que era lo que estaba buscando, y luego pude confirmarlo con imágenes en Internet. Su imagen impregnaba mi retina durante pocos segundos antes de desaparecer y fue, sin duda, uno de los objetos más débiles que he conseguido “adivinar” con el telescopio. Sin embargo, no he conseguido encontrar información sobre ella, así que, como dice alguna canción, sólo sé su nombre. La he incluido en el dibujo a 125 aumentos, como una mínima mancha en la región inferior derecha, aunque para verla fue imprescindible aumentar a 214.

Tras este último descubrimiento di por finalizada la travesía por esta zona de Casiopea, replanteándome lo útil y sugestivo que puede ser explorar el cielo con la única ayuda de un buen atlas impreso en papel. Habrá objetos que estén fuera del alcance de nuestro instrumento, pero con un cielo bien oscuro y paciencia las posibilidades de verlos serán mucho más altas. Galaxias, nebulosas, cúmulos, estrellas dobles… El cielo está plagado de la mayor variedad posible de formas y colores, y tenemos implementado el instrumental más interesante para abordarlo, dos buenos ojos. Y nos basta con uno.

Planetarias en Géminis (Abell 21 y NGC 2371)

La constelación de Géminis, inmersa en plena Vía Láctea invernal, ofrece al aficionado una innumerable variedad de objetos para todos los gustos, de forma que tardaríamos una eternidad en verlos todos. Como hay que ir poco a poco, abrimos sus páginas con la observación de dos nebulosas planetarias, cada una especial a su modo a pesar de no ser frecuentemente visitadas.

La primera de ellas se encuentra cerca de los pies de esta constelación y es Abell 21, más conocida como la “nebulosa de la Medusa”. Este nombre le viene dado por su aspecto en las fotografías de larga exposición, en las que pueden apreciarse largos filamentos que recorren su superficie de forma semicircular, como si fueran las serpientes que poblaban la cabeza de la Gorgona. Situada a 1.500 años luz de nosotros, Abell 21 tiene una extensión estimada de más de 3 años luz, lo cual es indicativo del avanzado estado evolutivo por el que está pasando la estrella central que, convertida en enana blanca, está próxima a exhalar su último suspiro. La magnitud otorgada de 7.68 nos puede llevar a error, ya que  se halla repartida por más de 10 minutos de arco de diámetro. Sus regiones más brillantes adoptan una forma de luna creciente, si bien las regiones más tenues se expanden más allá de forma difusa y etérea.

Foto abell 21.jpg

Es fácil de encontrar en estas noches en las que Géminis se eleva rápidamente en el cielo hasta una altura cómoda. Con mi Dobson 300 cm pude apreciarla muy ligeramente a 65 aumentos sin ningún tipo de filtro, nada más asomar la mirada al ocular, aunque era tan tenue que parecía más bien como si esa región sufriera una intermitente y localizada contaminación lumínica. Sin embargo, al colocar el filtro OIII la nube saltó a la vista inmediatamente, dejándose ver con unos bordes bien nítidos que le otorgaban el aspecto de luna creciente, abierta hacia la izquierda, con varias estrellas inmersas en su interior (una de ellas más brillante, como si fuera el ojo de un fantasma del juego Pac-man). El filtro UHC no fue tan eficaz, aunque se podía apreciar algo mejor que sin filtro. Con visión periférica la densidad de la nebulosa aumentaba, y entonces, sorprendido, noté por segundos cómo la zona ahondada parecía brillar con una débil nebulosidad, adoptando durante esos instantes la nebulosa una forma redondeada. La emoción momentánea me hacía perder esa sensación, pero en cuanto relajaba la vista podía volver a repetir el proceso y ahí estaba, la forma de croissant más marcada que, por momentos, se rellenaba para formar una ensaimada. No pude distinguir los filamentos que componen su cabellera, supongo que necesitarán unos cielos mucho más oscuros, pero desde luego no puedo quejarme, ya que no todos los días se encuentra una nebulosa tan amplia y tan reactiva a los filtros.

Abell 21.png

Abell 21 cuenta, además, con otro añadido, y es que comparte campo con un cúmulo abierto, ambos visibles a la vez en un ocular relativamente amplio. Este cúmulo es NGC 2395 y, con unos 12 minutos de arco de diámetro, es una agrupación de estrellas más bien pobre, con una veintena de ellas que se disponen con una densidad pequeña y sin forma característica. De hecho, por sí sólo carecería de mayor interés, pero el hecho de compartir espacio con un objeto de categoría hace que su visión sea mucho más interesante.

El último objeto de esta observación tFoto 2371iene trampa, ya que recibe su nombre como si fueran dos objetos distintos, NGC 2371 y NGC 2372, tal y como le ocurre a M76 por el hecho de ser bilobulada. De la misma manera, esta nebulosa planetaria presenta dos regiones claramente diferenciadas que explican el equívoco. Las modernas fotografías nos muestran una imagen espectacular, con una estrella central que se encuentra flanqueada por dos masas de gas de color verde y azulado, así como dos “alas” que parecen ser parte de la onda expansiva que genera la estrella. En las masas gaseosas podemos apreciar unos puntos más brillantes en forma de jets, material que ha sido  expelido por la estrella central de forma bipolar (algo similar ocurría, por ejemplo, en NGC 6826). NGC 2371 flota en el espacio a una distancia de unos 4.000 años luz y tiene una magnitud aparente de 13, a pesar de lo cual presenta un alto brillo superficial gracias a su pequeña extensión, de unos 55 segundos de arco.

Foto 2371 2

Situada cerca de Cástor, alfa Gemini, visitar NGC 2371 es un buen pretexto para echarle un ojo a esta brillante estrella de magnitud cercana a 2, que un ocular de aumento mediano revelará como dos componentes amarillentas y brillantes, como dos gemelas que transmiten una gran fuerza al observador. Más adelante dedicaremos un merecido espacio a esta interesante doble, ya que guarda muchos más secretos. NGC 2371 es fácilmente apreciable por el Dobson 30 cm a cualquier aumento, quedando patente fácilmente su naturaleza bipolar. A 125x la imagen, pequeña y bien definida, pedía a gritos un acercamiento, así que coloqué el ocular de 5 mm. A 300 aumentos la cosa es bien distinta, y quedé sorprendido por la gran cantidad de detalle que ofrece esta planetaria. Para empezar, las dos masas de gas parecen más separadas que a menores aumentos, y entre ambas brilla la delicada estrella, en el límite del alcance del telescopio pero fácilmente visible con visión periférica (su magnitud aparente es de 14.8).

NGC 2371

Además pude comprobar que las dos masas de gas no eran tan regulares como parecían en un primer momento. La superior, más pequeña y brillante, con una forma más redondeada. La inferior, si bien algo más débil, parecía más alargada y curvada, sobre todo tras pasar un buen rato tras el ocular, con la visión totalmente adaptada a la oscuridad. No fue la mejor noche en cuanto al cielo, ya que una fina capa de nubes altas transmitía la contaminación de Granada a toda la esfera celeste. Sin embargo reinaba una estabilidad atmosférica como pocas he podido disfrutar, y la visión de esta nebulosa a 300 aumentos es algo que no se olvida fácilmente. Géminis guarda aún muchos tesoros que ofrecer, y poco a poco iremos descubriéndolos.