Burbujas en el espacio (NGC 7635)

“El viaje fue movido. Atravesar un agujero de gusano no es precisamente agradable, y menos el que conecta nuestro sistema solar con la región 2 del brazo de Perseo. Eso sí, al llegar la vista es espectacular, con enormes nubes de gas rodean a las estrellas. Estamos en la región Cassiopeia OB, una zona en la que se están formando nuevas estrellas a
partir del  hidrógeno que flota y brilla con un tono rojizo. Ponemos rumbo al territorio marcado en el sistema Sh2-162de navegación, una nube HII que alcanzamos a ver a lo lejos, llena de distintas condensaciones, con largos filamentos de humo que se deshacen en el espacio. Según la pantalla es Sh2-162, os envío una imagen que acabo de sacar. Algo llama poderosamente mi atención, algo esférico… Parpadeo varias veces para cerciorarme de que lo que estoy viendo es real. ¿Una burbuja? Marcus, mi ayudante de a bordo, me mira estupefacto. Efectivamente, frente a nosotros se halla, flotando en el vacío, una inmensa burbuja de gas, una maldita pompa de jabón. He visto esferas en mis viajes, he visto estrellas que al morir expelen nubes redondas, pero esto… esto es distinto. Nos acercamos bajando la velocidad, siendo conscientes de lo verdaderamente grande que es esa esfera, perdiéndose sus bordes en la vastedad del abismo. En su interior brilla una  enorme estrella que parece invitarnos a pasar. Haciéndole caso, nos disponemos a cruzar el borde  de la esfera, tras el cual nos recibe una inmensa corriente de aire que desvía la trayectoria de la nave y la zarandea como si fuera una mariposa volando en un huracán. En medio del ajetreo y las turbulencias decidimos detener los motores y dejarnos llevar, a la espera de que amaine un poco y podamos retomar el control. Y navegamos sin rumbo…”

NGC7635

Si me preguntaran cuál es mi objeto favorito no sabría contestar, pero lo que sí tendría claro es que NGC 7635 estaría en mi lista más selecta. En la constelación de Casiopea, lindando con Cefeo, y a una distancia entre 7.000 y 11.000 años luz, se encuentra esta región HII en la que destaca, en fotografías de larga exposición, una curiosa formación. Es una burbuja de gas que se ha formado a partir de una estrella Wolf-Rayet (en esta otra entrada hablábamos de NGC 6888 y su estrella Wolf-Rayet). Estas estrellas, a grosso modo, son estrellas muy masivas y de vida muy corta que pierden de forma rápida la envoltura de gases que las compone, promoviendo la formación de fuertes vientos que empujan la nebulosa hacia el exterior, provocando la aparición de caprichosas formas. Este gas se ioniza por la radiación ultravioleta de la estrella en cuestión, BD+60 2522, y ya tenemos el espectáculo servido. Es sólo cuestión de tiempo que esta estrella llegue al final de su vida, colapsándose y estallando en forma de supernova, destrozando entonces cualquier atisbo de burbuja que pueda quedar aún.

NGC 7635

Es una nebulosa difícil de observar, que requiere instrumentos grandes para distinguir los detalles más finos. Sin embargo, algo podremos ver… Con mi Dobson 305 mm he necesitado dos noches para conseguir ver lo que plasmo en el dibujo. A bajo aumento destaca la nebulosidad asociada a BD+60 2522, con la forma de una hoja de árbol. Esa zona de gas es, en realidad, uno de los extremos de la circunferencia (una circunferencia no tiene extremos, pero entendemos la intención). Detrás de ella brillan reminiscencias de la región HII que rodea a toda la región, fácilmente visibles también. A diferencia del UHC, el filtro OIII me sirvió para ver estos detalles más definidos, obteniendo la mejor imagen a 125x (a mayores aumentos la nebulosa es más débil). Tras un buen rato adaptando la visión y sabiendo dónde mirar comenzó a hacerse patente la parte más oriental y brillante de la burbuja, de la circunferencia propiamente dicha.

Emociona poder ver atisbos de esta esfera, aunque no pudiera “cerrar” el círculo por completo. No obstante, la apunto a la lista de objetos para ver una y otra vez bajo todos los cielos. Estoy seguro de que al final, a base de práctica y hábito, una noche la burbuja aparecerá como por arte de magia.

PD: muy cerca de NGC 7635 está el famoso cúmulo Messier 52. Le dedicaremos otra entrada exclusiva, pero mientras tanto no estaría de más echarle un vistazo, sorprende con cualquier instrumento que se vea (en buenas noches se ve fácilmente a simple vista como una pequeña mancha entre Casiopea y Cefeo).

Viajando en el tiempo (M22)

Hoy vamos a hablar de un “gigante del pasado” con todas las de la ley, uno de los más brillantes cúmulos globulares que podemos ver desde la “estación espacial” que llamamos Tierra. Pero, para hablar de M22, antes tenemos que tener algunas nociones sobre los cúmulos globulares, para no limitarnos a ver con los ojos. Retrocedamos en el tiempo, concretamente 12.000 millones de años atrás, cuando el universo tenía apenas 2.000 mil millones de años de edad.

Vamos en nuestra nave espacial recién lavada, propulsada por antimateria, y el universo es tan distinto a como lo conocemos que nos perderíamos si no fuera por nuestro sofisticado sistema de navegación. Miramos por el gran ventanal de la sala de mandos. El gran vacío se abre ante nosotros, un vasto universo negro como el carbón con pequeñas islas de luz dispersas. Algunas tienden a agruparse, formando el caldo de cultivo de futuros cúmulos galácticos. Nos acercamos a una de estas jóvenes galaxias, un hervidero de estrellas en ebullición en el que predominan los tonos azules. En uno de los brazos nos sorprende la aparición súbita de un brillante punto de luz que nos deslumbra. La observamos maravillados, sonriendo por la gran casualidad que supone estar escuchando en ese mismo momento “Champagne Supernova” de Oasis. Esa estrella que acaba de explosionar será la responsable de la formación de un centenar de progenitores. Pero hay algo más que llama la atención. Rodeando a la galaxia hay pequeñas nubes redondeadas, dispersas, que se concentran sobre todo alrededor del núcleo. Dirigimos la nave hacia una de esas nubes y vamos viendo que está formada por cientos, no, miles de estrellas, densamente agrupadas. Están tan juntas en el centro que apenas pueden distinguirse individualmente. En unos minutos nos encontramos en sus redes, entre un millar de estrellas tan brillantes que proyectan nuestra sombra contra la pared. Me asombra pensar que esa inmensa formación de estrellas seguirá ahí en la época de la que venimos…

Así es, los cúmulos globulares son formaciones de estrellas que surgieron al mismo tiempo que se formaron las galaxias, son fósiles vivientes que han pasado entre 10 y 12 mil millones de años aislados, ajenos a los procesos de formación estelar de los brazos de las galaxias. De hecho, en ellos no quedan restos de las nubes y polvo que formaron sus estrellas, tan solo decenas o cientos de miles de astros, la mayoría en un estado evolutivo bastante avanzado. Estudiando sus componentes podemos conocer de primera mano cómo eran las estrellas primigenias que dieron lugar a nuestra galaxia, de ahí su gran importancia. Se piensa, además, que los cúmulos globulares más masivos llegaron a ser el núcleo de galaxias enanas que, al colisionar con la nuestra, terminaron por descomponerse. Sea como sea, es impresionante poder ver desde nuestro planeta a estos solitarios cuerpos que viajan a nuestro alrededor. Tras ellos sólo hay vacío, el inmenso vacío intergaláctico (que no es tan vacío como parece) y, después, más y más galaxias, hasta donde la imaginación esté dispuesta a llegar.

M22 se encuentra a tan sólo 10.600 años luz de nosotros, en dirección al núcleo galáctico. Tenemos que agradecer que su brillo no quede eclipsado por las enormes masas gaseosas que suelen poblar esta zona. Este cúmulo globular fue de los primeros en ser descubierto, en 1665, por Abraham Ihle. Es un monstruo formado por 83.000 estrellas, todas ellas hermanas que nacieron hace unos 12.000 millones de años. Su fuerte brillo lo hace visible a simple vista cuando la noche es oscura, sorprendiendo a cualquiera que se acerque a él mediante un telescopio. Realicé este dibujo desde el Puerto de la Mora, cerca de Granada, la noche en que la presencia de un jabalí me hizo recoger las cosas y volver a casa.

La mejor visión la obtuve con el Hyperion de 13 mm, que proporciona unos agradables 125 aumentos, más que suficientes para disfrutar de este espectáculo. Un fuerte núcleo repleto de estrellas perfectamente resueltas domina el centro de la imagen, con una región periférica también colmada de puntos brillantes. Una gran cantidad de estrellas se pierde, además, en una nebulosidad que se deja entrever tras las más brillantes. Destaca, en esta periferia, la agrupación de estrellas en forma de “salientes” radiales con origen en el núcleo. Es como si de la zona central salieran dos “espinas” hacia arriba. En el centro, de forma horizontal, se aprecia también una franja más brillante que termina sobresaliendo hacia la derecha. Una estrella centellea con una intensa tonalidad rojiza, como si fuera el guardián de ese cúmulo de joyas. Mayores aumentos tampoco desmerecen la imagen, destacando las brillantes estrellas del núcleo, tan juntas que parece como si fueran a fusionarse.

M22

Pero aquí no termina el interés de este objeto. En 1989 se describió la presencia de una nebulosa planetaria en su interior, convirtiéndose así M22 en uno de los cuatro cúmulos globulares en los que se conoce la existencia de estos cuerpos. Por otro lado, recientemente se ha corroborado, gracias a ondas de radio, que en su interior residen 2 agujeros negros, de una masa entre 10-20 masas solares. Además, los cálculos pertinentes parecen indicar la presencia de 5 a 100 de estos cuerpos dispersos en M22 (al final va a resultar que estamos rodeados de agujeros negros…).

Por si fuera poco (y por último), trabajadores del Hubble monitorizaron el brillo de las 83.000 estrellas cada 3 días durante 4 meses, y obtuvieron resultados interesantes. Pudieron comprobar que algunas estrellas alteraban muy levemente su brillo durante unas horas (una durante 18 días), debido al efecto de “microlentes” que produce la gravedad cuando altera el recorrido de la luz (ya hablaremos de ello en otro momento). Dicho estudio mostró la presencia de cuerpos de una masa 80 veces mayor que la de la Tierra que van “flotando” a través de M22 sin orbitar ninguna estrella en concreto. Son planetas “errantes”, nunca mejor dicho, que parecen haber perdido la atracción por su sol. Imaginemos por un momento al habitante de uno de estos planetas gaseosos (si fuera posible el mantenimiento de su atmósfera) en su periplo a través de un cielo poblado por mil estrellas tan brillantes, e incluso más, como Venus. Él sí que se encontraría con una noche estrellada.

Nucleo m22

(Detalle del núcleo de M22, Hubble)

Los tres tesoros del Delfín

Hay constelaciones que pasan desapercibidas por no contener en su interior los objetos más observados, que están en un segundo plano sin llamar la atención. Sin embargo, a veces esconden tesoros dignos de ver con detenimiento y asombro. Es el caso de la constelación del Delfín, un pequeño grupo de estrellas cuya forma, más que al acuático mamífero, me recuerda a una cometa volando. Su presencia en el cielo obedece, según las leyendas, al delfín que encontró a Anfítrite, una nereida que escapaba de Poseidon, que finalmente accedió a casarse con éste. El dios de los océanos, agradecido con el delfín, lo colocó en el cielo estrellado.

La otra noche, en el Purche, decidí explorar esta constelación que tenía completamente olvidada. Apunté tres objetos para ver, aunque supongo que habrá muchos más. Comencé por NGC 6905, una planetaria conocida como Blue Flash o “Destello Azul”. Iba sin conocer ningún detalle previo, así que me sorprendí al encontrar una agradable nebulosa redondeada que, a 65 aumentos, brillaba en un rico campo estelar. Al usar más aumentos la visión mejoró, quedando patente algunos detalles interesantes. Una estrella brillaba tímida en pleno centro de la nebulosa, la culpable de formar esa bola de gas. Por otro lado se apreciaba una región más densa a un lado de la esfera. A 214 aumentos el disco de la nebulosa dejaba entrever, tras pasar un buen rato delante del ocular, ciertas irregularidades en el disco, como filamentos extremadamente débiles que a veces me hacían dudar de si realmente los estaba viendo. Al otro lado de la zona más densa se apreciaba otra pequeña condensación entre la estrella y la periferia. Con una gran motivación por dar con esta sorpresa, salté hacia el siguiente objetivo.

NGC 6905

NGC 6934 es un cúmulo globular descubierto por Herschel en 1785. Se encuentra de nosotros a 52.000 años luz, y conforme entra en el ocular de bajo aumento sorprende con la delicadeza de su periferia, en la que parece haber un centenar de estrellas espolvoreadas. A 125x y 214x la imagen es espectacular, resolviéndose una inmensa cantidad de estrellas, con un núcleo de aspecto “granujiento”. Conforme hacía el dibujo podía ver cómo el halo aumentaba de tamaño y se perdía de forma difusa. Con este tipo de objetos me ocurre como con los cúmulos abiertos: en ocasiones, los cúmulos más débiles me resultan mucho más sugerentes y atractivos que los “gigantes” en los que se ve todo perfectamente a la primera vista.

NGC 6934

Y hablando de objetos sugerentes, la tercera pieza del Delfín es NGC 7006, otro cúmulo globular bastante más tenue. Y no es para menos, porque se encuentra a una distancia mucho mayor, a 135.000 años luz, siendo uno de los más lejanos conocidos Al apuntar con el telescopio se aprecia como una mancha redondeada, con un núcleo más brillante y un gradiente importante con la periferia. A altos aumentos el núcleo muestra ese aspecto ya comentado, semirresoluble, como de un tazón con cereales (chocokrispies blanquecinos más bien).

NGC 7006

Los cúmulos globulares son verdaderos ancianos en la escala astronómica, habiéndose formado al mismo tiempo que las galaxias. De hecho, se piensa que son los potenciales núcleos de galaxias enanas que al final no consiguieron formarse. Su distancia se determinó gracias a estrellas variables (tipo RR y cefeidas) y dieron una idea de las dimensiones de nuestra galaxia, cambiando el concepto que tenían los astrónomos a comienzos del siglo XX. La observación de cúmulos globulares es siempre interesante. Personalmente me gusta compararlos con “lunas” que rodean a nuestra galaxia, formadas por su mismo material. Cuando alguien ve un globular por primera vez, su impresión queda plasmada, sin lugar a equivocaciones, en forma de exclamación (o el típico “oh…”).

PD: si hablamos de los tesoros del Delfín no podemos terminar la visita sin mencionar a Gamma Delphini, una de las estrellas dobles más bonitas y sencillas para ver durante el verano. Es un sistema binario formado por dos estrellas brillantes y amarillentas, separadas por unos 9’’, lo cual la hace asequible a pequeñas aberturas. Ya sí podemos poner el broche de oro a la visita, con este par que baila a 100 años luz de nosotros, completando una vuelta cada 3.249 años.

Un gigante del lejano sur (NGC 253)

Vamos a hacer una incursión al grupo de galaxias más cercano a nuestro Grupo Local, que es grupo del Escultor. El protagonista de esta crónica es una de las galaxias más impresionantes que podemos ver, a pesar de que siempre aparecerá baja en el horizonte desde nuestras latitudes. La observación la hice desde el Purche, en un monte cercano a Sierra Nevada que cuenta con un cielo sur bastante oscuro, dominado por las altas montañas. Esta galaxia es NGC 253, también conocida como la Galaxia de la moneda o la galaxia del Escultor. Desde cielos meridionales debe ser una verdadera maravilla.

ngc253_2005_10_27

NGC 253, situada a casi 12 millones de años luz, es la mayor galaxia del grupo del Escultor. Es considerada una galaxia de brote estelar, en la que tiene lugar una altísima tasa de formación de nuevas estrellas. Imágenes del Hubble han puesto en evidencia la presencia de enormes cúmulos de estrellas jóvenes junto al núcleo de la galaxia, así como estrellas Wolf-Rayet (en esta entrada hablábamos sobre ellas). Abundantes supernovas han producido rápidos vientos que remueven el polvo de sus brazos. De todo esto se ha deducido que la galaxia fue testigo, hace unos 200 millones de años, de la colisión con una galaxia enana, al igual que M82, estimulando el brote estelar. Por si fuera poco, en su núcleo reside un gran agujero negro, similar al de nuestra galaxia.

Una vez entrados en materia, vamos a observar a NGC 253. A través de prismáticos se aprecia perfectamente su forma alargada, por debajo de Beta Ceti, con un gran brillo superficial. Con el Dobson 305 mm, a 65 aumentos, la imagen es impresionante, ovalada, con un núcleo bien marcado y brillante en el centro. Se aprecian a lo largo del halo zonas moteadas que confieren al conjunto una imagen de tridimensionalidad. A 125x la galaxia se ve en todo su esplendor. El núcleo se encuentra lindando con una barra oscura que recorre de forma horizontal el centro, contactando con otra hacia el Este. Dos grandes condensaciones destacan a su vez, que en fotografías de larga exposición corresponden a zonas de alta densidad. Mayores aumentos permiten navegar por la galaxia, sin que ésta pierda excesivo brillo. Es un objeto grande, especialmente con mirada indirecta, mediante la cual se aprecian los bordes cada vez más difusos.

NGC 253

Por ahora nos contentaremos con esta visión, que ya de por sí supera con creces a la de la mayoría de objetos de su naturaleza, sintiendo cierta envidia sana de los observadores meridionales. El punto a favor es que NGC 253 estará ahí para nosotros, esperando a que viajemos a regiones más sureñas para saludarnos cara a cara.

X-1 Cyg, o cómo ver un agujero negro

En 1964 un cohete suborbital detectó por primera vez en la historia una fuente de rayos X que provenía de una región en la constelación del Cisne. Imaginad la emoción que sentiría el mundo entero, dejándose llevar por la imaginación en una época en la que no se habían recibido todavía señales extraterrestres. No fue hasta 1971 cuando se empezó a desentrañar el misterio de ese “faro estelar” que emitía rayos X a una velocidad pasmosa.

Estamos hablando de la fuente de rayos X conocida como X-1 Cygnus, situada a 6.070 años luz de nuestra isla particular, formando parte de una inmensa región de estrellas conocida como Cygnus OB3, que viajan juntas por la galaxia como una bandada de pájaros. Sin embargo, al apuntar con telescopios visuales a X-1 Cyg no se apreciaba nada, salvo una estrella cercana a la fuente original. Cuidadosas observaciones posteriores pusieron en evidencia que esa solitaria estrella formaba en realidad parte de un sistema binario, siendo su compañera no una estrella, sino la invisible y esquiva fuente de rayos X. Ante la existencia de un objeto desconocido se barajaban dos opciones para explicar su naturaleza. Por un lado podría ser una estrella de neutrones, la última fase de una estrella que ha colapsado, de una masa igual a 8-10 masas solares. Sin embargo se comprobó que la masa de X-1 Cyg debía equivaler aproximadamente a 15 soles, dejando atrás la hipótesis de la estrella de neutrones. Un cuerpo de estas características cumplía todos los requisitos para ser considerado un agujero negro, y así fue, convirtiéndose en el primero de dichos objetos de los que se tuvo constancia.

Entonces, ¿qué es realmente un agujero negro? Para entenderlo tenemos que comprender que una estrella mantiene su estado gracias a dos fuerzas. Una es el resultado de múltiples explosiones, reacciones de fusión nuclear que tienen lugar en ella, en las cuales se fusionan dos moléculas de hidrógeno y forman helio, generando una gran cantidad de energía de “dentro a fuera”. La otra fuerza es la gravedad, que a diferencia de la anterior, tienda a mantener la estrella comprimida, es una fuerza de “fuera a dentro”. Cuando todo el hidrógeno se consume y se forma helio, éste a su vez reacciona (con más dificultad que el hidrógeno) y da lugar a carbono, formándose a continuación, en las estrellas muy masivas, otros elementos más pesados. Una vez que se forma níquel, la capacidad de fusión se anula, con lo cual la estrella pierde su “fuerza interior” y la gravedad actúa entonces en todo su auge, comprimiendo la estrella rápidamente. Esto da lugar al colapso de una estrella y a una gran explosión que se denomina supernova. Toda la masa original de la estrella (restando los gases que salen despedidos y forman los remanentes de supernova, de los cuales ya veremos algunos) queda comprimida en un espacio de apenas 40 km. La densidad es entonces tan inmensa que atrae todo lo que hay a su alrededor, no dejando si quiera escapar la luz. Estos párrafos sirven para introducir el informe de observación, si queréis una explicación más completa y clara os recomiendo visitar el siguiente enlace del blog “Ciencia de Sofá”: http://cienciadesofa.com/2013/04/agujeros-negros-acelerador-particulas.html.

De todo lo anterior podemos deducir que es imposible ver X-1 Cyg, y es cierto, Sin embargo, nada nos impide ver a la estrella azul que forma sistema binario con ella, ya que cuenta con una generosa magnitud 9, al alcance de prismáticos y telescopios.

X-1 Cyg

Tenemos que dejar paso a la imaginación y a ver a esa gigante azul, deformada por estar dejándose, de forma literal, la piel por su compañero. X-1 Cyg está absorbiendo las capas superficiales de la estrella, girando en un continuo baile que durará más que nosotros, completando una vuelta en tan sólo 5.6 días. Es uno de esos objetos que tenemos que “ver” con la mente para sacarle provecho, y cuando alguien nos pida ver un agujero negro, ya sabemos a dónde apuntar.

Cygnus_X-1

Antepasados (IC 2003 y NGC 1514)

La semana pasada hizo una de esas noches en las que el calor no deja descansar. La casualidad quiso que tuviera el telescopio montado en la terraza (cubierto por una manta) y, a las 05:00 de la madrugada, decidí salir al fresco y aprovechar lo que pudiera. El cielo estaba limpio, aunque la enorme luna al 80% brillaba en el cénit, enmascarando la mitad de las estrellas que hay normalmente, pero a veces hay que adaptarse. Busqué en mi lista algunas nebulosas planetarias, que son objetos que normalmente resisten bien la contaminación lumínica. Aprovechando que Perseo y Taurus estaban entre la luna y el horizonte, apunté a ellos con mi Dobson 305 mm.

Comencé con IC 2003, también conocida como PK 161-14.1, a los pies de Perseo. Es una nebulosa planetaria, el exoesqueleto de una estrella que murió hace miles de años, probablemente millones. La verdad es que apenas he encontrado nada publicado de esta nebulosa, salvo su distancia (unos 15.000 años luz) y alguna fotografía sin mucho detalle.

En un campo poco llamativo, aparece como una estrella más a 65x, aunque al verla, “se sabe” que no es una estrella. Es a partir de 125x cuando se aprecia un discreto aumento de tamaño y su forma perfectamente redonda. El filtro OIII oscurece el fondo y resalta aún más la nebulosa, aunque de ninguna manera pude ver la estrella central (es de magnitud 15.3 y la luna no deja lugar para acrobacias esa noche), habrá que probar otro día. A 214 aumentos, aprovechando que el seeing no era malo, me extrañó, tras permanecer un rato al ocular, que a veces me parecía notar cierta forma anular, como si fuera una versión más pequeña y tenue de M57. Miré nuevamente fotografías en Internet, en las que no pude ver ningún detalle salvo un disco uniforme y redondo… Tendré una nueva cita con ella para corroborarlo bajo algún cielo más oscuro y sin luna.

IC 2003

El siguiente objeto no entraba en la lista, pero en el atlas (Triatlas C) lo vi redondeado con fosforescente, captando mi atención. Me refiero a NGC 1514, otra nebulosa planetaria situada un poco más al sur, en la constelación de Taurus. Encontré la zona sin grandes dificultades y saltó a la vista conforme me asomé al ocular. A diferencia de IC 2003, NGC 1514 es bastante mayor en cuanto a tamaño, destacando como una importante nebulosidad con forma redonda en cuyo centro brilla una estrella brillante. Fue descubierta en 1790 por William Herschel, que hasta entonces estaba convencido de que todas las nebulosas eran en realidad aglomeraciones de estrellas tan tenues que no se podían distinguir de forma individualizada. Al mirar NGC 1514, no pudo evitar su asombro cuando vio una estrella bien definida con una “atmósfera débilmente luminosa de forma circular”. Es una nebulosa que soporta bien los aumentos, aunque la luna y la contaminación lumínica no me dejaron adivinar su estructura algo irregular. Aun así me ha resultado un objeto bastante agradecido.

NGC 1514

En realidad la nebulosa se ha formado en torno a dos cercanas estrellas que forman un sistema binario muy cerrado. En 2010 el telescopio WISE encontró que conformaba una extraña estructura compuesta por dos anillos, muy distinta a las imágenes tradicionales que de ella tenemos. Cómo se habrá formado, es un misterio. Probablemente el hecho de ser una estrella binaria y el encuentro con objetos de su propio sistema hayan contribuido a ello.

NGC 1514 - foto

El cielo de otoño trae consigo una buena muestra de estos gigantes cadáveres que se van de este mundo por lo más alto, contribuyendo con ello a la formación de nuevas estrellas. Debemos tenerles un gran respeto, pues los elementos que forman nuestro vulnerable cuerpo proceden de estas enormes explosiones, son realmente nuestros antepasados más antiguos. Somos, sin lugar a dudas, hijos de las estrellas.

Navegando por M8

A veces las circunstancias parecen alinearse y empujarnos a hacer algo que no teníamos previsto. Anoche cogí el telescopio y salí hacia el Puerto de la Mora, una zona cercana a Granada lo suficientemente oscura para que la Vía Láctea se muestre densa y brillante. Poco antes de llegar una nube densa pero fina amenzaba la zona norte, pero me he acostumbrado a que la mayoría de las veces se desvanecen al caer la noche. Pero no fue así.
Había hecho una lista con algunos objetos para ver en la región circumpolar, desde Draco hasta Cassiopea, aprovechando que ahora están en su mejor momento. Además, dejé anotado junto a la lista “dibujar M8”, como alternativa si me sobraba tiempo. Sin embargo, la nube fue aumentando de tamaño y expandiéndose de forma radial, llegando a cubrir todo el cielo excepto las constelaciones de Sagitario y Escorpio. Entre ambas brillaba a simple vista una pequeña condensación, M8, que parecía querer arrastrar al buscador de mi telescopio hacia ella. No me opuse. Me senté y, con toda la paciencia del mundo, comencé a dibujar las estrellas más brillantes primero, las más débiles después, y, finalmente, el mar de nubes que había en el ocular (no me refiero aquí a nubes atmosféricas). La nebulosa lindaba con la cúpula de luz de Granada, y aún así me retuvo una hora frente a ella. No quiero imaginarme cómo tiene que ser desde un cielo limpio y meridional.
M8 final
M8, también conocida como NGC 6523 o Nebulosa de la Laguna, es una inmensa aglomeración de gases y estrellas que se encuentra a casi 5.000 años luz de nosotros. Más que una tranquila laguna, es una tormenta de hidrógeno cuyos fuertes vientos promueven la formación de estrellas, un verdadero hervidero estelar cuyos fotones nos regalan una de las imágenes más impactantes de todo el cielo. Como muestra de tan alta actividad proliferativa, en M8 se han encontrado Glóbulos de Bok (nubes oscuras de gas y polvo en cuyo interior se forman estrellas, son cuerpos muy fríos que favorecen de esa manera la condensación de las partículas) y objetos de Herbig-Haro (nebulosas que salen de estrellas recién formadas, en forma de chorros a presión).
Recibe el nombre de M8, pero en realidad se compone de distintos tipos de objetos. Por un lado, el cúmulo de estrellas recién formadas (NGC 6530), formado por un centenar de ellas, que proporcionan una interesante visión a cualquier aumento. Por otro lado, la propia nebulosa que ha dado lugar a dichas estrellas, que pertenece a la región Sagitario OB1. Es una nebulosa de emisión que brilla cuando la radiación de sus estrellas ioniza el hidrógeno que la compone. Encontramos tres zonas más diferenciadas de gases, denominadas NGC 6523, NGC 6526 e IC 1271, cada una con características peculiares y unidas en un gran marco.
Esa noche estaba decidido a ver M8 con la dedicación que se merece, como si fuera el objeto más difícil de observar. Comencé con el Hyperion 13, con 125 aumentos, y el filtro UHC. Como quien ve algo por primera vez, empecé a mirar detenidamente cada parte del ocular, que se encontraba ocupado plenamente por nebulosidad heterogénea. La gran “laguna” me recuerda en realidad a un gran río que, serpenteando, rodea una inmensa isla de luz. A un lado de este canal brilla NGC 6523, la parte más brillante. En ella destacan dos estrellas y un aumento de la densidad del gas conocido como el Reloj de Arena. Nunca había intentado verlo porque no me imaginaba que fuera posible. Ayer lo conseguí sin problema, tanto a 125x como 214x. Es una zona muy densa y caliente ionizada por Her36 y 9 Sgr, en la cual tienen lugar fuertes vientos que estimulan la formación de estrellas. Es impresionante en esta fotografía del Hubble. Sentí un escalofrío cuando la reconocí tan fácilmente.
HST_Lagoon_arXiv
Me extrañó ver, así mismo, una especie de entrante oscuro entre las dos brilantes estrellas 9 Sgr y HD 164816. No obstante, lo plasmé en el dibujo para comprobarlo al llegar a casa. Allí estaba esa porción de nube oscura. Es muy gratificante ver algo que no conoces sin tener que recurrir a fotografías previamente (es relativamente fácil “adivinar” algo cuando sabes el punto exacto).
Al otro lado del “río” encontramos el cúmulo estelar inmerso en más trazos de nebulosidad, con distintas densidades y formas, llenando el ocular a cualquier aumento. A 65x la zona ocupada por nebulosa aumenta considerablemente, siendo para mi gusto más impresionante que la mayoría de fotografías. Aquí os dejo un dibujo con los detalles de los principales objetos:
M8-detalles
Una vez terminado el dibujo me dispuse a ver M22, pero entonces el gruñido de un jabalí enfadado en un matorral cercano me hizo subirme al coche (al capó, no dentro) de un salto. Consideré en ese momento que la noche había sido suficientemente provechosa y estimulante (y no tengo entre mis planes enfrentarme a un jabalí), así que lo dejé tranquilo en su territorio y volví a mi guarida.